lunes, 21 de abril de 2014

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLVIII

Elinor había descubierto la diferencia entre espe­rar que ocurriera un hecho desagradable, por muy seguro que se lo pudiera considerar, y la certeza misma. Había descubierto que, mientras Edward seguía soltero, a pesar de sí misma siempre le ha­bía dado cabida a la esperanza de que algo iba a suceder que impediría su matrimonio con Lucy; que algo -una decisión que él tomara, alguna interven­ción de amigos o una mejor oportunidad de esta­blecerse para la dama- surgiría para permitir la felicidad de todos ellos. Pero ahora se había casa­do, y ella culpó a su propio corazón por esa re­cóndita tendencia a formarse ilusiones que hacía tanto más dolorosa la noticia.
Al comienzo se sorprendió de que se hubiera casado tan luego, antes (según se lo imaginaba) de su ordenación y, por consiguiente, antes de haber entrado en posesión del beneficio. Pero no tardó en ver cuán probable era que Lucy, cautelando sus propios intereses y deseosa de tenerlo seguro lo antes posible, pasara por alto cualquier cosa me­nos el riesgo de la demora. Se habían casado, lo habían hecho en la ciudad, y ahora se dirigían a toda prisa donde su tío. ¡Qué habría sentido Ed­ward al estar a cuatro millas de Barton, al ver al criado de su madre, al escuchar el mensaje de Lucy!
Supuso que pronto se habrían instalado en De­laford... Delaford, allí donde tantas cosas conspi­raban para interesarla, el lugar que quería conocer y también evitar. Tuvo la rápida imagen de ellos en la casa parroquial; vio en Lucy la administrado­ra activa, ingeniándoselas para equilibrar sus aspi­raciones de elegancia con la máxima frugalidad, y avergonzada de que se fuera a sospechar ni la mi­tad de sus manejos económicos; en todo momen­to con su propio interés en mente, procurándose la buena voluntad del coronel Brandon, de la se­ñora Jennings y de cada uno de sus amigos pu­dientes. No sabía bien cómo veía a Edward ni cómo deseaba verlo: feliz o desdichado..: ninguna de las dos posibilidades la alegraba; alejó entonces de su mente toda imagen de él.
Elinor se hacía ilusiones con que alguno de sus conocidos de Londres les escribiría anunciándoles el suceso y dándoles más detalles; pero pasaban los días sin traer cartas ni noticias. Aunque no es­taba segura de que alguien pudiera ser culpado por ello, criticaba de alguna manera a cada uno de los amigos ausentes. Todos eran desconsiderados o in­dolentes.
-¿Cuándo le escribirá al coronel Brandon, se­ñora? -fue la pregunta que brotó de su impacien­cia por que algo se hiciera al respecto.
-Le escribí la semana pasada, mi amor, y más bien espero verlo llegar a él en vez de noticias suyas. Le insistí que viniera a visitarnos, y no me sorprendería verlo entrar hoy o mañana, o cual­quier día.
Esto ya era algo, algo en qué poner las expec­tativas. El coronel Brandon debía tener alguna in­formación que darles.
No bien acababa de concluir tal cosa, cuando la figura de un hombre a caballo atrajo su vista hacia la ventana. Se detuvo ante su reja. Era un caballero, era el coronel Brandon en persona. Ahora sabría más; y tembló al imaginarlo. Pero no era el coronel Brandon... no tenía ni su porte, ni su altura. Si fuera posible, diría que debía ser Ed­ward. Volvió a mirar. Acababa de desmontar... no podía equivocarse... era Edward. Se alejó y se sentó. “Viene desde donde el señor Pratt a pro­pósito para vernos. Tengo que estar tranquila; ten­go que comportarme dueña de mí misma”.
En un momento se dio cuenta de que también los otros habían advertido el error. Vio que su ma­dre y Marianne mudaban de color; las vio mirarla y susurrarse algo entre ellas. Habría dado lo que fuera por ser capaz de hablar y por hacerles comprender que esperaba no hubiera la menor frial­dad o menosprecio hacia él en el trato. Pero no pudo sacar la voz y se vio obligada a dejarlo todo a la discreción de su madre y hermana.
No cruzaron ni una sílaba entre ellas. Espera­ron en silencio que apareciera su visitante. Escu­charon sus pisadas a lo largo del camino de grava; en un momento estuvo en el corredor, y al siguiente frente a ellas.
Al entrar en la habitación su semblante no mos­traba gran felicidad, ni siquiera desde la perspecti­va de Elinor. Tenía el rostro pálido de agitación, y parecía temeroso de la forma en que lo recibirían y consciente de no merecer una acogida amable. La señora Dashwood, sin embargo, confiando cum­plir así los deseos de aquella hija por quien se pro­ponía en lo más hondo de su corazón dejarse guiar en todo, lo recibió con una mirada de forzada ale­gría, le estrechó la mano y le deseó felicidades.
Edward se sonrojó y tartamudeó una respues­ta ininteligible. Los labios de Elinor se habían mo­vido a la par de los de su madre, y cuando la actividad hubo terminado, deseó haberle dado la mano también. Pero ya era demasiado tarde y, con una expresión en el rostro que pretendía ser llana, se volvió a sentar y habló del tiempo.
Marianne, intentando ocultar su aflicción, se había retirado fuera de la vista de los demás tanto como le era posible; y Margaret, entendiendo en parte lo que ocurría pero no -por completo, pensó que le correspondía comportarse dignamente, tomó asiento lo más lejos de Edward que pudo y man­tuvo un estricto silencio.
Cuando Elinor terminó de alegrarse por el cli­ma seco de la estación, se sucedió una horrible pausa. La rompió la señora Dashwood, que se sin­tió obligada a desear que hubiera dejado a la se­ñora Ferrars en muy buena salud. Apresuradamente él respondió que sí.
Otra pausa.
Elinor, decidiéndose a hacer un esfuerzo, aun­que temerosa del sonido de su propia voz, dijo:
-¿Está en Longstaple la señora Ferrars?
-¡En Longstaple! -replicó él, con aire sorpren­dido-. No, mi madre está en la ciudad.
-Me refería -dijo Elinor, tomando una de las labores de encima de la mesa- a la señora de Edward Ferrars.
No se atrevió a levantar la vista; pero su ma­dre y Marianne dirigieron sus ojos a él. Edward en­rojeció, pareció sentirse perplejo, la miró con aire de duda y, tras algunas vacilaciones, dijo:
-Quizá se refiera... mi hermano... se refiera a la señora de Robert Ferrars.
-¡La señora de Robert Ferrars! -repitieron Marianne y su madre con un tono de enorme asombro; y aunque Elinor no fue capaz de hablar, también le clavó los ojos con el mismo impacien­te desconcierto. El se levantó de su asiento y se dirigió a la ventana, aparentemente sin saber qué hacer; tomó unas tijeras que se encontraban por allí, y mientras cortaba en pedacitos la funda en que se guardaban, arruinando así ambas cosas, dijo con tono apurado:
-Quizá no lo sepan, no hayan sabido que mi hermano se ha casado recién con... con la menor... con la señorita Lucy Steele.
Sus palabras fueron repetidas con indecible asombro por todas, salvo Elinor, que siguió senta­da con la cabeza inclinada sobre su labor, en un estado de agitación tan grande que apenas sabía dónde se encontraba.
-Sí -dijo él-, se casaron la semana pasada y ahora están en Dawlish.
Elinor no pudo seguir sentada. Salió de la ha­bitación casi corriendo, y tan pronto cerró la puer­ta, estalló en lágrimas de alegría que al comienzo pensó no iban a terminar nunca. Edward, que has­ta ese momento había mirado a cualquier parte menos a ella, la vio salir a la carrera y quizá vio -o incluso escuchó- su emoción, pues inmedia­tamente después se sumió en un estado de en­sueño que ninguna observación ni pregunta afectuosa de la señora Dashwood pudo penetrar; finalmente, sin decir palabra, abandonó la habi­tación y salió hacia la aldea, dejándolas estupe­factas y perplejas ante un cambio en las circunstancias tan maravilloso y repentino, entre­gadas a un desconcierto que sólo podían paliar a través de conjeturas.