martes, 27 de septiembre de 2011

PERSUASIÓN II

El  señor  Shepherd,  abogado  cauto  y  político,  cualesquiera  que  fuesen  su concepto de Sir Walter y sus proyectos acerca del mismo, quiso que lo desagradable le fuese propuesto por otra persona y se negó a dar el menor consejo, limitándose a pedir que le permitieran recomendarles el excelente juicio de Lady Russell, pues estaba seguro de que su proverbial buen sentido les sugeriría las medidas más aconsejables, que sabía habrían de ser finalmente adoptadas.

Lady Russell se preocupó muchísimo por el asunto y les hizo muy graves observaciones.  Era mujer de recursos  más reflexivos  que rápidos y su gran dificultad para indicar una solución en aquel caso provenía de dos principios opuestos. Era muy íntegra y estricta y tenía un delicado sentido del honor; pero deseaba no herir los sentimientos de Sir Walter y poner a resguardo, al mismo tiempo,  la  buena  fama  de  la  familia;  como  persona  honesta  y  sensata,  su conducta era correcta, rígidas sus nociones del decoro y aristocráticas sus ideas acerca de lo que la alcurnia reclamaba. Era una mujer afable, caritativa y bondadosa,  capaz  de  las  más  sólidas  adhesiones  y  merecedora  por  sus modales de ser considerada como arquetipo de la buena crianza. Era culta, razonable y mesurada; respecto del linaje abrigaba ciertos prejuicios y otorgaba al rango y al concepto social una significación que llegaba hasta ignorar las debilidades de los que gozaban de tales privilegios. Viuda de un sencillo hidalgo, rendía justa pleitesía a la dignidad de baronet; y aparte las razones de antigua amistad, vecindad solícita y amable hospitalidad, Sir Walter tenía para ella, además de la circunstancia de haber sido el marido de su queridísima amiga y de ser el padre de Anne y sus hermanas, el mérito de ser Sir Walter, por lo que era acreedor a que se lo compadeciese y se lo considerase por encima de las dificultades por las que atravesaba.
No tenían más alternativa que moderarse; eso no admitía dudas. Pero Lady Russell ansiaba lograrlo con el menor sacrificio posible por parte de Elizabeth y de su padre.

Trazó planes de economía, hizo detallados y exactísimos cálculos,
llegando hasta lo que nadie hubiese sospechado: a consultar a Anne,

a quien nadie reconocía el derecho de inmiscuirse en el asunto. Consultada Anne e influida Lady Russell por ella en alguna medida, el proyecto de restricciones fue ultimado y sometido a la aprobación de Sir Walter.
 Todos los cambios que Ana proponía iban destinados a hacer prevalecer el honor por encima de la vanidad. Aspiraba   a   medida rigurosas,   a   una   modificació radical,    la   rápida cancelación de las deudas y a una absoluta indiferencia para todo lo que no fuese justo.

-Si logramos meterle a tu padre todo esto en la cabeza -decía Lady Russell paseando  la  mirada  por  su  proyecto-  habremos  conseguido  mucho.  Si  se somete a estas normas, en siete años su situación estará despejada. Ojalá convenzamos  a Elizabeth y a tu padre de que la respetabilidad  de la casa de Kellynch Hall quedará incólume a pesar de estas restricciones y de que la verdadera dignidad de Sir Walter Elliot no sufrirá ningún menoscabo a los ojos de la gente sensata, por obrar como corresponde a un hombre de principios. Lo que él tiene que hacer se ha hecho ya o ha debido hacerse en muchas familias de alto rango. Este caso no tiene nada de particular, y es la particularidad lo que a menudo constituye la parte más ingrata de nuestros sufrimientos. Confío en el éxito, pero tenemos que actuar con serenidad y decisión. Al fin y al cabo, el que contrae una deuda no puede eludir pagarla, y aunque las convicciones de un - caballero y jefe de familia como tu padre son muy respetables, más respetable es la condición de hombre honrado.

Estos eran los principios que Anne quería que su padre acatase, apremiado por su amigos.   Estimaba   indispensabl acabar   con   las   demandas   de   los acreedores tan pronto como un discreto sistema de economía lo hiciese posible, en lo cual no veía nada indigno. Había que aceptar este criterio y considerarlo una obligación. Confiaba mucho en la influencia de Lady Russell, y en cuanto al grado severo de propia renunciación que su conciencia le dictaba, creía que sería poco más difícil inducirlos  a una reforma completa  que a una reforma parcial. Conocía bastante bien a Elizabeth y a su padre como para saber que sacrificar un par de caballos les sería casi tan doloroso como sacrificar todo el tronco, y pensaba lo mismo de todas las demás restricciones por demás moderadas que constituían la lista de Lady Russell.
La forma en que fueron acogidas las rígidas fórmulas de Anne es lo de menos. El  caso  es  que  Lady  Russell  no  tuvo  ningún  éxito.  Sus  planes  eran  tan irrealizables como intolerables.

-¿Cómo? 
- ¡Suprimir  de golpe  y porrazo  todas  las comodidades  de la vida!
¡Viajes, Londres, criados, caballos, comida, limitaciones por todas partes! ¡Dejar de vivir con la decencia que se permiten hasta los caballeros particulares! No, antes abandonar Kellynch Hall de una vez que reducirlo a tan humilde estado.

¡Abandonar Kellynch Hall! La proposición fue en el acto recogida por el señor Shepherd, a cuyos intereses convenía una auténtica moderación del tren de gastos de Sir Walter, y quien estaba absolutamente convencido de que nada podría hacerse sin un cambio de casa. Puesto que la idea había surgido de quien más derecho tenía a sugerirla, confesó sin ambages que él opinaba lo mismo. Sabía muy bien que Sir Walter no podría cambiar de modo de vivir en una casa sobre la que pesaban antiguas obligaciones de rango y deberes de hospitalidad. En cualquier otro lugar, Sir Walter podría ordenar su vida según su propio criterio y regirse por las normas que la nueva existencia le plantease.
Sir Walter saldría de Kellynch Hall.
Después de algunos días de dudas e indecisiones, quedó resuelto el gran problema de su nueva residencia y fijaron las primeras líneas generales del cambio que iba a producirse.
Había tres alternativas:
 Londres,





Bath

 u otra casa de la misma comarca.
Anne prefería esta última; toda su ilusión era vivir en una casita de aquella misma vecindad, donde pudiese seguir disfrutando de la compañía de Lady Russell, seguir estando cerca de Mary y seguir teniendo el placer de ver de cuando en cuando los prados y los bosques de Kellynch.
Pero el hado implacable de Anne no habría de complacerla; tenía que imponerle algo que fuese lo más opuesto posible a sus deseos. No le gustaba Bath y creía que no le sentaría; pero en Bath se fijó su domicilio.
En un principio, Sir Walter pensó en Londres. Pero Londres no inspiraba confianza a Shepherd, y éste se las ingenió para disuadirlo de ello y hacer que se decidiera por Bath. Era aquél un lugar inmejorable para una persona de la clase de Sir Walter, y podría sostener allí un rango con menos dispendios.
Dos ventajas materiales de Bath sobre Londres hicieron inclinar la balanza:
no hallarse más que a quince millas de distancia de Kellynch y dar la coincidencia de que Lady Russell pasaba allí buena parte del invierno todos los años. Con gran satisfacción de ella, cuyo primer dictamen al cambiarse el proyecto fue favorable a Bath, Sir Walter y Elizabeth terminaron por aceptar que ni su importancia ni sus placeres sufrirían mengua por ir a establecerse a ese lugar.
Lady  Russell  se vio obligada  a contrariar  los deseos  de Anne,  deseos  que conocía muy bien. Habría sido demasiado pedir a Sir Walter descender a ocupar una vivienda más modesta en sus propios dominios. La misma Anne hubiese tenido que soportar  mortificaciones  mayores  de las que suponía.  Había que contar además con lo que aquello habría humillado a Sir Walter; y en cuanto a la aversión de Ana por Bath, no era más que una manía y un error que provenían sobre todo de la circunstancia de haber pasado allí tres años en un colegio después de la muerte de su madre, y de que durante el único invierno que estuvo allí con Lady Russell se halló de muy mal ánimo.

La oposición de Sir Walter a mudarse a otra casa de aquellas vecindades estaba fortalecida por una de las más importantes partes del programa que tan bien acogida fuera al principio.
No sólo tenía que dejar su casa, sino verla en manos de otros, prueba de resistencia que temples más fuertes que el de Sir Walter habrían sentido excesiva. Kellynch Hall sería desalojado; sin embargo, se guardaba sobre ello un hermético secreto; nada debía saberse fuera del círculo de los íntimos.
Sir Walter no podía soportar la humillación de que se supiese su decisión de abandonar su casa.
Una vez el señor Shepherd pronunció -la palabra “anuncio”, pero nunca más osó repetirla. Sir Walter abominaba de la idea de ofrecer su casa en cualquier forma que fuese y prohibió terminantemente que se insinuase que tenía tal propósito; sólo en el caso de que Kellynch Hall fuese solicitada por algún pretendiente excepcional que aceptase las condiciones de Sir Walter y como un gran favor, consentiría en dejarla.
¡Qué pronto surgen razones para aprobar lo que nos gusta!

 Lady Russell en seguida tuvo a mano una excelente para alegrarse una enormidad de que Sir Walter y su familia se alejasen de la comarca. Elizabeth había entablado recientemente una amistad que Lady Russell deseaba ver interrumpida. Tal amistad era con una hija de Shepherd que acababa de volver a la casa paterna con el engorro de dos pequeños hijos. Era una chica inteligente, que conocía el arte de agradar o, por lo menos, el de agradar en Kellynch Hall.
Logró inspirar a Elizabeth tanto cariño que más de una vez se hospedó en su mansión, a pesar de los consejos de precaución y reserva de Lady Russell, a quien esa intimidad le parecía del todo fuera de lugar.
Pero Lady Russell tenía escasa influencia sobre Elizabeth, y más parecía quererla porque quería quererla que porque lo mereciese. Nunca recibió de ella más que atenciones triviales, nada más allá de la observancia de la cortesía. Nunca logró hacerla cambiar de parecer.

Varias veces se empeñó en que llevasen a Anne a sus excursiones a Londres y clamó abiertamente contra la injusticia y el mal efecto de aquellos egoístas arreglos en los que se prescindía de ella. Otras, intentó proporcionar a Elizabeth las ventajas de su mejor entendimiento y experiencia, .pero siempre fue en vano. Isabel quería hacer su regalada voluntad y nunca lo hizo con más decidida oposición  a Lady Russell que en la cuestión  de su encaprichamiento  por la señora Clay, apartándose del trato de una hermana tan buena, para entregar su afecto y su confianza a una persona que no debió haber sido para ella más que objeto de una distante cortesía.
Lady Russell estimaba que la condición de la señora Clay era muy inferior, y que  su  carácter  la  convertía  en  una  compañera  en  extremo  peligrosa.  De manera que un traslado que alejaba a la señora Clay y ponía alrededor de la señorita Elliot una selección de amistades más adecuadas no podía menos que celebrarse.

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