miércoles, 28 de septiembre de 2011

PERSUASIÓN IV

Él no era el señor Wentworth, el otrora párroco de Monkford, a pesar de lo que hayan  podido  dictar  las  apariencias,  sino  el  capitán  Frederick  Wentworth, hermano del primero, que fuera ascendido a comandante a raíz de la acción de Santo Domingo. Como no lo destinaron de inmediato, fue a Somersetshire en el verano de 1806, y, muertos sus padres, vivió en Monkford durante medio año. En aquel tiempo era un joven muy apuesto, de inteligencia destacada, ingenioso y  brillante. 

 Anne  era  una  muchacha  muy  bonita,  gentil,  modesta,  delicada  y sensible. Con la mitad de los atractivos que poseía cada uno por su lado había bastante para que él no tuviese que esforzarse para  conquistarla y para que ella difícilmente pudiese amar a alguien más. Pero la coincidencia de tan generosas circunstancias había de dar frutos. Poco a poco fueron conociéndose y se enamoraron el uno del otro rápida y profundamente.
¿Cuál de los dos vio más perfecciones en el otro?,
¿cuál de los dos fue más feliz: ella, al escuchar su declaración y sus proposiciones, o él, cuando ella las aceptó?
Siguió un período de felicidad exquisita, aunque muy breve. No tardaron en surgir los sinsabores. Sir Walter, al enterarse del romance, no dio su consentimiento  ni  dijo  si  lo  daría  alguna  vez;  pero  su  negativa  quedó  de manifiesto por su gran asombro, su frialdad y su declarada indiferencia respecto de  los  asuntos  de  su  hija.  Consideraba  aquella  unión  degradante;  y  Lady Russell, a pesar de que su orgullo era más templado y más perdonable, la tuvo también por una verdadera desdicha.
¡Anne Elliot, con todos sus títulos de familia, bella e inteligente, malograrse a los diecinueve años; comprometerse en un noviazgo con un joven que no tenía para abonarle a nadie más que a sí mismo, sin más esperanzas de alcanzar alguna distinción  que  la  que  proporcionan  los  azares  de  una  carrera  de  las  más inciertas, y sin relaciones que le asegurasen un ulterior encumbramiento en aquella profesión!
¡Era un desatino que sólo pensarlo la horrorizaba!
 ¡Anne Elliot, tan joven, tan inexperta, atarse a un extraño sin posición ni fortuna; mejor dicho, hundirse por su culpa en un estado de extenuante dependencia, angustiosa y devastadora! No debía ser, si la intervención de la amistad y de la autoridad de quien era para ella como una madre y que tenía sus derechos podían evitarlo.
El capitán Wentworth no tenía bienes. Había sido afortunado en su carrera, pero gastó liberalmente lo que con igual liberalidad había recibido y no conservó nada.
 No obstante, confiaba en ser rico pronto. Lleno de fuego y de vida, sabía que pronto podría tener un barco y que a poco andar llegaría el tiempo en que podría disponer de cuanto se le antojase. Siempre fue hombre de suerte y sabía que seguiría siéndolo. Esta confianza, poderosa por su mismo entusiasmo y hechicera por el talento con que solía expresarla, a Anne le bastaba; pero Lady Russell  lo  veía  de  otra  manera.  El  temperamento  sanguíneo  y  la  atrevida fantasía de Wentworth operaban en ella de un modo del todo distinto. Le parecía que no hacían más que agravar el mal y añadir a los inconvenientes de Wentworth el de un carácter peligroso. Era un hombre brillante y testarudo. A Lady Russell le gustaba muy poco el ingenio, y cualquier cosa que se aproximase a la temeridad le causaba horror. Así, pues, las relaciones de Anne con Wentworth le parecían reprobables desde todo punto de vista.


Semejante oposición y los sentimientos que provocaba superaban las fuerzas de Anne; con su juventud y su gentileza todavía hubiese podido hacer frente a la malquerencia de su padre; pero la firme opinión y las dulces maneras de Lady Russell,  a  la  que  siempre  había  querido  y  obedecido,  no  podían  asediarla siempre   en  vano.  

 Se  convenció   de  que  aquel  noviazgo   era  una  cosa disparatada, indiscreta, impropia, que difícilmente podría dar buen resultado y que no convenía. Pero al romper el compromiso no actuó sólo inducida por una egoísta cautela. Si no hubiera creído que lo hacía en bien de Wentworth más que en el suyo propio, no sin dificultad habría podido despedirlo. Se imaginó que su prudencia y renunciación redundaban sobre todo en beneficio del capitán, y éste fue su mayor consuelo en medio del dolor de aquella ruptura definitiva. Precisó  de todos  los consuelos,  pues  por  si su pena  fuese  poca,  tuvo  que soportar  también  la  de  él,  que  no  se  dio  por  convencido  en  absoluto  y permaneció   inflexible,  herido  en  sus  sentimientos   al  obligársele  a  aquel abandono. A causa de ello se alejó de la comarca.

Yeah, thanks for that.
En pocos meses tuvo lugar el principio y el fin de sus relaciones. Pero Anne no dejó en pocos meses de sufrir. Su amor y sus remordimientos le impidieron por mucho tiempo gozar de los placeres de la juventud, y la temprana pérdida de su frescura y animación le dejaron impresa una huella que no se borraría.
Más de siete años habían pasado ya desde el final de esa pequeña historia de mezquinos intereses. El tiempo había suavizado mucho y casi apagado del todo el amor del capitán; pero Anne no había encontrado más lenitivo que el del tiem- po. Ningún  cambio de lugar, excepto  una visita a Bath poco después de la ruptura, ni ninguna novedad o ampliación en sus relaciones sociales le ayudaron a olvidar.
 No entró nadie en el círculo de Kellynch que pudiese compararse con Frederick Wentworth tal como ella lo recordaba. Ningún otro cariño, que hubiese sido la única cura en verdad natural, eficaz y suficiente a su edad, fue posible, dadas las exigencias de su buen discernimiento y lo amargado de su gesto, en los estrechos límites de la sociedad que la rodeaba.

Al frisar en los veintidós años le solicitó que cambiase de nombre un joven que poco después encontró una mejor disposición en su hermana menor. Lady Russell lamentó que hubiera rehusado, pues Charles Musgrove era el primogénito de un señor que en propiedades y significación no cedía en la comarca más que a Sir Walter; y poseía, además, muy buenos aspecto y carácter.



 Lady Russell hubiese aspirado a algo más cuando Anne tenía diecinueve años, pero ya a los veintidós le habría encantado verla alejada de un modo tan honorable de la parcialidad e injusticia de su casa paterna, y establecida para siempre a su vera. Pero esta vez Anne no hizo caso de los consejos ajenos. Y aunque Lady Russell, tan satisfecha como siempre  de  su  propia  discreción,  nunca  pensaba  en  rectificar  el  pasado, empezaba ahora a sentir un ansia que rayaba en la desesperación, de que Anne fuese invitada por un hombre hábil e independiente a entrar en un estado para el cual   la   creía   particularmente   dotada   por   su   ardiente   afectividad   y   sus inclinaciones hogareñas.

Anyway, Anne lives in kellynch Hall. A house so fancy, it has servants whose sole responsibility is to stand at various points in the hallway, just in case ink may be needed.
Ni la una ni la otra sabían si sus opiniones respecto al punto fundamental de la existencia de Anne habían cambiado o persistían, porque no volvieron a hablar de aquel asunto; pero Anne, a los veintisiete años, pensaba de muy distinta manera que a los diecinueve. Ni censuraba a Lady Russell ni se censuraba a sí misma por haberse  dejado guiar por ella; pero sentía que si cualquier  jovencita  en similar situación hubiese acudido a ella en busca de consejo, de seguro no se habría llevado ninguno que le acarrease tan cierta desdicha de momento y tan incierta felicidad futura. Estaba convencida de que a pesar de todas las desventajas y oposiciones de su casa, de todas las zozobras inherentes a la profesión de Wentworth y de todos los probables temores, dilaciones y disgustos, habría sido mucho más feliz manteniendo su compromiso de lo que lo había sido sacrificándolo. Y eso se podía aplicar, estaba cierta de ello, a la mayor parte de tales solicitaciones y dudas, aunque sin referirse a los actuales resultados de su caso, pues sucedió que podía haberle procurado una prosperidad más pronto de  lo  que  razonablemente   se  hubiera   calculado.  
 Todas   las  sanguíneas esperanzas de Wentworth y toda su fe habían quedado justificadas. Parecía que su genio y su ánimo habían previsto y dirigido su próspero camino. Muy poco después de la ruptura, Wentworth consiguió una plaza; y todo lo que dijo que Ocurriría ocurrió. Su distinguida actuación le valió un rápido ascenso, y a la sazón, gracias a sucesivas capturas, debía haber hecho una buena fortuna. Anne no podía saberlo más que por las listas navales y los periódicos, pero no podía dudar de que fuese rico y, en razón de su constancia, no podía creer que se hubiese casado.
¡Cuán elocuente pudo haber sido Anne Elliot  y cuán elocuentes fueron al fin y al cabo sus deseos en favor de un temprano y caluroso afecto y de una gozosa fe en el porvenir contra aquellas exageradas precauciones que parecían insultar el esfuerzo propio y desconfiar de la Providencia! La obligaron a ser prudente en su juventud y con la edad se volvía romántica, obligada consecuencia de un inicio antinatural.
Con todas estas circunstancias, recuerdos y sentimientos, no podía oír decir que la hermana del capitán Wentworth viviría a lo mejor en Kellynch sin que su antiguo dolor se reavivase. Y fueron necesarios muchos paseos solitarios y muchos suspiros para calmar la agitación que dicha idea le producía. A menudo se  dijo  que  era  una  insensatez,  antes  de  haber  apaciguado  sus  nervios  lo bastante para resistir sin peligro las continuas discusiones acerca de los Croft y de sus asuntos.
 La ayudaron, no obstante, la perfecta indiferencia y la aparente inconsciencia de los tres únicos amigos que estaban al tanto de lo pasado, y que parecían haberlo olvidado por completo. Reconocía que los motivos de Lady Russell fueron más nobles que los de su padre y su hermana, y justificaba su tranquilidad; y, por lo que pudiese suceder, era preferible que todos hubiesen borrado  de  sus  mentes  lo  ocurrido. 
 En  caso  de  que  los  Croft  arrendasen realmente Kellynch Hall, Anne se alegraba de nuevo con una convicción que siempre le había sido grata: que lo pasado no era conocido más que por tres de sus familiares a los que creía no se les había escapado la más mínima indiscreción, y con la certeza de que entre los de él, sólo el hermano con quien Wentworth vivió tuvo alguna información de sus breves relaciones. Ese hermano hacía mucho tiempo que había sido trasladado, y como era un hombre delicado y además soltero, Anne estaba segura de que no habría dicho nada de ello a nadie.

Su hermana, la señora Croft, había estado fuera de Inglaterra, acompañando a su marido en unos viajes por el extranjero. Su propia hermana Mary estaba en la escuela al ocurrir los hechos, y el orgullo de unos y la delicadeza de otros nunca permitirían que se supiese nada.
Con estas seguridades, Anne esperaba que su relación con los Croft, que anticipaba el hecho de estar aún en Kellynch Lady Russell y Mary sólo a tres millas de allí, no ocasionaría ningún contratiempo.

No hay comentarios: