lunes, 10 de octubre de 2011

PERSUASIÓN IX

El capitán Wentworth había llegado a Kellynch como a su propia casa, para permanecer allí tanto como desease, siendo patente que era el objeto de la fraternal amistad del almirante y de su esposa. Su primera intención al llegar había  sido  hacer  una  corta  estadía  y  luego  encaminarse  sin  demora  a Shropshire a visitar a su hermano, establecido en aquel condado; pero los atractivos de Uppercross lo indujeron a posponer la idea. Había demasiado halago, demasiado calor amistoso, algo que realmente encantaba en aquella recepción; los viejos eran muy hospitalarios; los jóvenes, muy agradables; y así, pues,  no  podía  decidirse  a  dejar  aquel  lugar,  y  aceptaba  sin  discusión  los encantos de la esposa de Edward.
Uppercross ocupó pronto todos sus días. Difícil era decir quién tenía más prisa: él por aceptar la invitación o los Musgrove por hacerla. Por las mañanas en particular iba allí, porque no tenía compañía, puesto que el matrimonio Croft pasaba fuera las primeras horas del día, recorriendo sus nuevas posesiones, sus llanuras  de pasto, sus ovejas,  pasando  el tiempo en una forma que se comprendía incompatible con la presencia de una tercera persona.
A veces también  recorrían  el  campo  en  un  birlocho  que  habían  adquirido  no  hacía mucho.
Los  huéspedes  de  los  Musgrove  y  éstos  compartían  la  misma  impresión acerca del capitán Wentworth: una admiración general y calurosa. Pero esta convicción unánime produjo mucho desagrado e incomodidad a un tal Charles Hayter, quien al volver a reunirse con el grupo, pensó que el capitán Wentworth estaba absolutamente de sobra.
Charleos Hayter, un joven agradable y gentil, era el mayor de los primos, y entre él y Henrietta había existido, según parecía, una considerable atracción antes de  la  llegada  del  capitán  Wentworth.  
Era  pastor  y  tenía  un  curato  en  las inmediaciones, en el cual no era imprescindible residir y, por lo tanto, lo hacía en casa de su padre, que distaba escasas dos millas de Uppercross.
Una corta ausencia había dejado a su dama sin vigilancia, en un período crítico de sus relaciones, y al volver, tuvo el disgusto de encontrar los modales de ella cambiados y de ver allí al capitán Wentworth.
Mrs. Musgrove y Mrs. Hayter eran hermanas. Ambas habían tenido dinero, pero sus matrimonios establecieron entre ellas una gran diferencia. Mr. Hayter poseía algo, pero su propiedad era una nadería comparada con la de los Musgrove; por otra parte, los Musgrove pertenecían  a la mejor sociedad del lugar, mientras que a los Hayter, debido a la vida ruda y retirada de los padres, a los defectos de su educación y al nivel inferior en que vivían, no podía considerárseles como pertenecientes a ninguna clase, y el único contacto que tenían con la gente provenía  de su parentesco  con los Musgrove.  Este hijo mayor, naturalmente, había sido educado como para ser un culto caballero y, por lo tanto, su educación y maneras eran muy diferentes a las de los demás.
Ambas familias habían guardado siempre las mejores relaciones; sin orgullo de
una parte y sin envidia de la otra. Cierto sentimiento de superioridad de parte de las señoritas Musgrove se traducía en el placer de educar a sus  primos. Las atenciones  de Charles a Henrietta  habían  sido observadas  por el padre y la madre de ésta sin ninguna desaprobación. “No será un gran matrimonio para ella, pero si le agrada... y parece agradarle...
Henrietta  también  compartía  esta  opinión  antes  de  la  llegada  del  capitán
Wentworth. A partir de entonces, el primo Charles fue relegado al olvido.
Cuál de las dos hermanas era la preferida del capitán Wentworth, era difícil de establecer, en lo que Anne podía ver al respecto. Henrietta  era quizá más bella, pero Louisa parecía más inteligente y atractiva. Por otra parte, ella no podía decir a la sazón si él se sentiría atraído por la belleza o por el carácter.
Mr. y Mrs. Musgrove, bien fuera por darse poca cuenta de las cosas, bien por entera confianza en el buen criterio de sus hijas o de los jóvenes que las rodeaban, parecían dejar todo en manos del azar. En la Casa Grande no había la más leve muestra de que alguien se ocupase de estas cosas; en la quinta era diferente: los jóvenes estaban más dispuestos a comentar y averiguar. Debido a esto,  apenas  había  el  capitán  Wentworth  concurrido  tres  o  cuatro  veces,  y Charles  Hayter había reaparecido, Anne tuvo que escuchar la opinión de sus hermanos  acerca  de  cuál  sería  el  preferido.  Charles  decía  que  el  capitán
Wentworth sería para Louisa; Mary, que para Henrietta, pero convenían que a cualquiera de las dos que se dirigiese Wentworth, les sería grato.

Charles jamás había visto un hombre más agradable en su vida. Por otra parte, de acuerdo con lo que había oído decir al mismo capitán Wentworth,  podía afirmar que a lo menos había hecho en la guerra alrededor de veinte mil libras. Esto ya ponía una fortuna de por medio, además de las perspectivas de hacer otra en una siguiente guerra. Por otra parte, tenía la certeza de que el capitán Wentworth era muy capaz de distinguirse como cualquier oficial de la Armada.

¡Oh, por cierto sería un matrimonio muy ventajoso para cualquiera de sus hermanas!

-En verdad que lo sería -replicaba Mary-. ¡Dios mío, si llegara a alcanzar grandes  honores!  ¡Si  llegara  a  tener  algún  título!  Lady  Wentworth suena grandioso. ¡Sería una gran cosa para Henrietta! ¡Ocuparía mi puesto entonces y Henrietta  estaría encantada! Sir Frederick y Lady Wentworth suena encantador; aunque es verdad que no me agrada la nobleza de nuevo cuño; jamás he considerado en mucho a nuestra nueva aristocracia.

Mary prefería casar a Henrietta con el fin de desbaratar las pretensiones de Charles Hayter, que jamás había sido de su agrado. Sentía que los Hayter eran gente  decididamente  inferior,  y  consideraba  una  verdadera  desgracia  que pudiera renovarse el parentesco entre ambas familias... en especial para ella y sus hijos.

-¿Saben ustedes? -decía-, no puedo hacerme a la idea de que éste sea un buen matrimonio para Henrietta; y considerando las alianzas que hemos hecho los Musgrove, no debe rebajarse ella en esa forma. No creo que ninguna joven tenga derecho a elegir a alguien que sea desventajoso para los mayores de su familia imponiéndoles un parentesco indeseable.

Veamos un poco: ¿quién es Carlos  Hayter?  Nada  más  que  un  pastor  de  pueblo.  ¡Una  alianza  muy conveniente para la señorita Musgrove de Uppercross! ...

Su marido discrepaba. Además de cierta simpatía por su primo Charles Hayter, recordaba que éste era primogénito, y siéndolo él mismo, veía las cosas desde este punto de vista.
-Dices tonterías, Mary -era su respuesta-; no será un partido demasiado ventajoso para Henrietta, pero Charles puede obtener, por medio de los Spicers, algo del obispo dentro de un año o dos; por otra parte, no debes olvidar que es el hijo mayor. Cuando mi tío muera, heredará una buena propiedad. Los terrenos de Winthrop no son menos de cien hectáreas; además de la granja cercana a Taunton, que es de las mejores tierras del lugar. Te aseguro que Charles no sería un matrimonio desventajoso para Henrietta. Debe ser así: el único candidato posible es Charles. Es un joven bondadoso y de buen carácter. Por otra parte, cuando herede Winthrop lo convertirá en algo muy diferente de lo que ahora es, y vivirá una vida muy distinta de la que ahora lleva. Con esta propiedad no puede ser nunca un candidato despreciable.

¡Una bonita propiedad por cierto! Henrietta haría muy mal en perder esta oportunidad; y si Louisa se casa con el capitán Wentworth, te aseguro que podremos darnos por satisfechos.

-Charles podrá decir lo que quiera -decía Mary a Anne apenas éste dejaba el salón-, pero sería chocante que Henrietta se casase con Charles Hayter. Sería malo para ella y peor aún para mí. Es muy de desear que el capitán Wentworth se lo saque de la cabeza, como realmente creo que ha sucedido. Apenas miró a Charles Hayter ayer. Me hubiera gustado que hubieses estado presente para ver su comportamiento.  En cuanto a suponer que al capitán Wentworth le guste Louisa tanto como Henrietta,  es ridículo. Le gusta Henrietta  muchísimo más.
¡Pero Charles es tan positivo! De haber estado ayer habrías decidido cuál de nuestras dos opiniones era la justa. No dudo que hubieses pensado como yo, a menos de estar deliberadamente en mi contra.

Esto había tenido lugar en una comida en casa de los Musgrove en la que se había esperado a Anne, pero ésta se excusó de concurrir con el pretexto de un dolor de cabeza y una leve recaída del pequeño Charles. Pero en verdad no había ido para evitar encontrarse con Wentworth.

A las ventajas de la noche, que había pasado tranquilamente, se añadía la de no haber sido la tercera en discordia.

En cuanto al capitán  Wentworth,  opinaba  ella que debía éste conocer sus sentimientos lo suficiente como para no comprometer su honorabilidad, o poner en peligro la felicidad de cualquiera de las dos hermanas, escogiendo a Louisa en lugar de Henrietta  o a Henrietta  en lugar de Louisa. Cualquiera de las dos sería una esposa cariñosa y agradable. En cuanto a Charles Hayter, le apenaba el dolor que podía causar la ligereza de una joven, y su corazón simpatizaba con las penas que sufriría él. Si Henrietta  se equivocaba respecto a la naturaleza de sus sentimientos, no podía decirse con tanta premura.

Charles Hayter había encontrado en la conducta de su prima muchas cosas que lo intranquilizaban y mortificaban. Su afecto mutuo era demasiado antiguo para haberse extinguido en dos nuevos encuentros y no dejarle otra solución que reiterar sus visitas a Uppercross. Pero, sin duda, existía un cambio que podía considerarse alarmante si se atribuía a un hombre como el capitán Wentworth. Hacía  sólo  dos  domingos  que  Charles  Hayter  la  había  dejado  y  estaba  ella entonces  interesada  (de acuerdo  con los deseos de él) en que obtuviera  el curato  de  Uppercross  en  lugar  del  que  tenía.  Parecía  entonces  lo  más importante para ella que el doctor Shirley, el rector, que durante cuarenta años había atendido celosamente los deberes de su curato, pero que a la sazón se sentía demasiado enfermo para continuar-, se sirviese de un buen auxiliar como lo sería Charles Hayter. Muchas eran las ventajas:
Uppercross estaba cerca y no tendría que recorrer seis millas para llegar a su parroquia; tener una parroquia mejor, desde cualquier punto de vista; haber ésta pertenecido al querido doctor Shirley, y poder éste, por fin, retirarse de las fatigas que ya no podían soportar sus años. Todas éstas eran grandes ventajas según Louisa, pero más aún según Henrietta , hasta el punto de que llegaron a constituir su principal preocupación. Pero a la vuelta de Charles Hayter, ¡vive Dios!, todo el interés se había desvanecido. Louisa no mostraba el menor deseo de saber lo que había conversado  con  el  doctor  Shirley:  permanecía  en  la  ventana  esperando  ver pasar al capitán Wentworth. Henrietta  misma parecía sólo prestar una parte de su atención al asunto, y parecía haber apagado también toda ansiedad al respecto.

-Me  alegro  mucho  de  verdad.  Siempre  creí  que  obtendrías  esto.  Estuve siempre segura. No me parece que... En una palabra, el doctor Shirley debe tener un pastor con él, y tú has obtenido su promesa. ¿Lo ves venir, Louisa?

Una mañana, después de la cena en casa de los Musgrove, a la cual Anne no había podido asistir, el capitán Wentworth entró en el salón de la quinta en momentos en que no estaban allí más que Anne, y el pequeño inválido, Carlitos, que descansaba sobre el sofá.
La sorpresa de encontrarse casi a solas con Anne Elliot alteró la habitual compostura de sus modales. Se detuvo y sólo atinó a decir:

-Creí que miss Musgrove estaba aquí. La señora Musgrove me dijo que podría encontrarlas...

Después se encaminó hacia la ventana para tranquilizarse un poco y encontrar la manera de reponerse.

-Está arriba con mi hermana; creo que vendrán en seguida -fue la respuesta de Anne, en medio de la natural confusión. Si el niño no la hubiese llamado en aquel momento, hubiera huido de la habitación, aliviando así la tensión establecida entre ambos.

El continuó en la ventana, y después de decir cortésmente: “Espero que el niño esté mejor”, guardó silencio.

Ella se vio obligada a arrodillarse al lado del sofá y permanecer allí para dar gusto al pequeño paciente. Esto se prolongó algunos minutos hasta que, con gran satisfacción, oyó los pasos de alguien cruzando el vestíbulo. Esperó ver entrar al dueño de la casa, pero se trataba de una persona que no habría de facilitar  las cosas:  Charles  Hayter,  quien  no pareció  alegrarse  más  de ver al capitán Wentworth que éste de ver a Anne.

Ana atinó a decir:

-¿Cómo está usted? ¿Desea sentarse? Los demás vendrán en seguida.

El capitán Wentworth dejó la ventana y se aproximó, con aparentes deseos de entablar conversación. Pero Charles Hayter se encaminó a la mesa y se sumió en la lectura de un periódico. El capitán Wentworth retornó a la ventana.

Al minuto siguiente, un nuevo personaje entró en acción. El niño más pequeño, una fuerte y desarrollada criatura de dos años, de seguro introducido por alguien que desde afuera le abrió la puerta, apareció entre ellos y se dirigió directamente al sofá para enterarse de lo que pasaba e iniciar cualquier travesura.
Como no había nada que comer, lo único que podía hacer era jugar, y como su tía no le permitía molestar a su hermano enfermo, se prendió de ella en tal forma, que, estando ocupada en atender al enfermito, no podía librarse de él.

Anne le habló, lo reprendió,  insistió, pero todo fue en vano. En un momento consiguió rechazarlo, pero sólo para que volviera a prenderse de su espalda.

-Walter -dijo Anne-, déjame en paz. Eres muy molesto. Me enfadas.

-¡Walter! -gritó Charles Hayter-, ¿por qué no haces lo que te mandan? ¿No oyes lo que te dice tu tía? Ven acá, Walter, ven con el primo Charles.

Pero Walter no se movió.

De pronto, Anne se sintió libre de Walter. Alguien, inclinándose sobre ella, había separado de su cuello las manos del niño. Anne se encontró libre antes de comprender que era el capitán Wentworth quien había cogido a la criatura.

Las sensaciones que tuvo al descubrirlo fueron intraducibles. Ni siquiera pudo Dar las gracias: hasta tal punto había quedado sin habla. Lo único que pudo hacer fue inclinarse sobre el pequeño Charles presa de una confusión de sentimientos.  La  bondad  demostrada  al  correr  en  su  auxilio,  la  manera,  el silencio en que lo había hecho, todos los pequeños detalles, junto con la convicción  (dado el ruido que comenzó  a hacer con el niño) de que lo que menos deseaba era su agradecimiento, y que lo que más deseaba era evitar su conversación, produjeron una confusión de múltiples y dolorosos sentimientos, de  los  que  no  lograba  reponerse,  hasta  que  la  entrada  de  las  hermanas Musgrove le permitió dejar el pequeño paciente a su cuidado y abandonar el cuarto. No podía seguir allí. Hubiera sido una oportunidad de atisbar las esperanzas y celos de los cuatro; era la oportunidad de verlos juntos, pero no podía soportarlo.
 Era evidente que Charles Hayter no estaba bien dispuesto hacia el capitán Wentworth. Tenía idea de haber oído decir entre dientes, después de la intervención del capitán Wentworth: “Debiste haberme hecho caso, Walter. Te dije que no molestaras a tu tía, en un tono de voz resentida; y comprendió el enojo del joven porque el capitán Wentworth había hecho lo que él debió hacer.
Pero por el momento, ni los sentimientos de Charles Hayter ni los de nadie contaban  hasta  que  hubiera  tranquilizado  los  suyos  propios.  Estaba avergonzada de sí misma, de estar nerviosa, de prestar tanta atención a una niñería; pero así era, y requirió largas horas de soledad y reflexión para recobrar la compostura.

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