lunes, 3 de octubre de 2011

PERSUASIÓN VII

A los pocos días se supo que el capitán Wentworth había arribado a Kellynch. El señor  Musgrove  fue  a visitarlo  y volvió  haciendo  de  él los  más  encendidos elogios y diciendo que lo había invitado a ir con los Croft a cenar a Uppercross a fines de la siguiente semana. Fue una gran contrariedad para el señor Musgrove no poder celebrar antes dicha cena, tal era su impaciencia por demostrar su gra- titud al capitán Wentworth, teniéndolo bajo su techo y dándole la bienvenida con todo lo más fuerte y mejor que hubiese en sus bodegas. Pero tenía que esperar una semana. Sólo una semana, se decía Anne, para que, según suponía, volviesen a encontrarse; y pronto empezó a desear sentirse segura una semana siquiera.
El capitán Wentworth devolvió sin tardanza la fineza del señor Musgrove, y por cuestión de media hora no estuvo Anne presente. Estaban ella y Mary preparándose para ir a la Casa Grande, donde, como más tarde supieron, se lo habrían encontrado sin poder evitarlo, cuando llevaron a la casa al chico mayor que había dado una mala caída, y esto las retuvo. La situación del niño dejó la visita completamente de lado, pero Anne no pudo enterarse con indiferencia del peligro del que había escapado, ni siquiera en medio de la grave ansiedad que luego les causara la criatura.

El pequeño se había dislocado la clavícula y había recibido tal contusión en la espalda que hizo concebir los más grandes temores. Fue una tarde de angustia y Anne tuvo que hacerlo todo a la vez: mandar por el médico, buscar e informar al
padre de lo ocurrido, atender a la madre y socorrer sus ataques de nervios,
dirigir  a  los  criados,  apartar  al  chico  menor  y  cuidar  y  calmar  al  pobre accidentado. Y además, en cuanto se acordó, avisar a la otra casa de lo acontecido,  lo  que  trajo  una  avalancha  de  gente  que  más  que  ayudar eficazmente no hizo otra cosa que aumentar la confusión.
El primer consuelo fue el regreso de su cuñado, que se encargó de cuidar a su mujer,  y  el  segundo  alivio  fue  la  llegada  del  médico.  Hasta  que  él  llegó  y examinó al pequeño, lo peor de los temores de la familia era su vaguedad; suponían que tenía una grave lesión, pero no sabían dónde. La clavícula fue en seguida repuesta en su lugar, y aunque el doctor Robinson palpaba y palpaba, y volvía a tocar, mirando gravemente y hablando en voz baja con el padre y la tía, todos se tranquilizaron y ya pudieron irse y comerse su cena en un estado de ánimo  algo  más  sosegado.  Momentos  antes  de  partir,  las  dos  jóvenes  tías dejaron de lado la situación de su sobrino para hablar de la visita del capitán Wentworth; se quedaron cinco minutos más, cuando ya sus padres se habían marchado, para tratar de expresar lo encantadas que estaban con él, diciendo que lo encontraban mucho más apuesto e infinitamente más agradable que ninguno de los hombres que conocían y que fueran antes sus favoritos; lo contentas que se pusieron cuando oyeron que su papá lo invitaba a quedarse a cenar; lo tristes que se quedaron cuando él contestó que le era imposible y lo felices que volvieron a sentirse cuando, apremiado por las otras invitaciones que le hacían los señores Musgrove, prometió ir a cenar con ellos al día siguiente.
¡Al día siguiente! Y lo prometió de un modo cautivador, como si interpretase con acierto el motivo de aquellas atenciones. En suma, que había mirado y hablado de todo con una gracia tan deliciosa que las niñas Musgrove podían asegurarles
que  las  dos  estaban  locas  por  él.  Y  se  marcharon  tan  alborozadas  como enamoradas, y, en apariencia, más preocupadas por el capitán Wentworth que por el pequeño Charles.
La  misma  escena  y  los  mismos  arrebatos  se  repitieron  cuando  las  dos
muchachas volvieron con su padre al caer de la tarde, para saber cómo seguía el niño. El señor Musgrove, disipada su primera inquietud por su heredero, confirmó las alabanzas al capitán y manifestó su esperanza de que no hubiera necesidad de aplazar la invitación que le habían hecho, lamentando únicamente que los de la quinta de seguro no querrían dejar al niño para asistir también a la cena.

-¡Oh, no! ¡Nada de dejar al chico!

El  padre  y la madre  estaban  demasiado  afectados  por  la seria  y reciente alarma para poder ni siquiera considerarlo una posibilidad. Y Anne, con la alegría de volver a librarse, no pudo menos que añadir sus calurosas protestas a las de ellos.
Sin embargo, Charles Musgrove manifestó más tarde deseo de ir. El chico iba tan bien y él tenía tantas ganas de que le presentaran al capitán Wentworth, que tal vez iría a reunirse con ellos por la tarde; no quería cenar fuera de casa, pero
podía ir a dar un paseo de media hora. Al oír esto, su mujer puso el grito en el
cielo:
-¡Ah, no, Charles, de ningún modo! No podría soportar que te fueses. ¿Qué sería de mí si sucediera algo?

El niño pasó una buena noche y al día siguiente ya estaba mucho mejor. Era cuestión de tiempo el cerciorarse si se le había lesionado la espina dorsal, pero el doctor Robinson no encontraba nada que pudiese dar lugar a alarma, y por consiguiente   Charles  Musgrove   empezó   a  pensar  que  no  había  ninguna necesidad de seguir confinado. El niño tenía que quedarse en cama y distraerse lo más quietamente posible, pero el padre ¿qué tenía que hacer allí? Era cosa de mujeres, y le parecía muy absurdo que él, que en nada podía ayudar en la casa, tuviese que permanecer recluido en ella. Su padre estaba deseoso de pre- sentarle al capitán Wentworth y como no había ninguna razón de peso en contra de  ello,  tenía  que  ir.  Todo  acabó  en  que  al  volver  de  su  cacería,  Charles Musgrove declaró pública y audazmente que pensaba vestirse acto seguido e ir a cenar a la otra casa.

-El chico no puede estar mejor -dijo- y por lo tanto le acabo de decir a mi padre que iré y él ha opinado que hago muy bien. Estando tu hermana contigo, amor mío, no tengo ningún temor. Que tú no te separes del niño, santo y bueno; pero
ya ves que yo no sirvo aquí de nada. Si pasara algo, que Anne vaya a buscarme.
Las esposas y los maridos por lo general entienden cuándo son vanas las oposiciones. Mary supo por el modo de hablar de Charles, que éste estaba absolutamente resuelto a irse y que sería inútil contrariarlo. Por lo tanto no dijo nada hasta que se hubo marchado, pero tan pronto estuvo a solas con Anne, exclamó:
-¡Vamos! Ya nos dejaron solas para que nos las arreglemos con este pobre enfermito y en toda la tarde no vendrá nadie a vernos. Ya sabía yo que esto pasaría. ¡Siempre me ocurre lo mismo! En cuanto sucede algo desagradable
puedes estar segura de que van a esfumarse, y Charles no es mejor que los demás. ¡Qué fresco! Hace falta no tener entrañas para abandonar de este modo a su pobre hijito y decir, encima, que no le pasa nada.
¿Cómo sabe que no le pasa nada o que no puede sobrevenir un cambio repentino dentro de media hora? Nunca creí que Charles fuera tan desalmado. Ahí lo tienes, largándose a divertirse y yo, como soy la pobre madre, no tengo derecho a moverme. Pues por cierto que yo soy la menos capaz de atender al chico. El hecho de que sea su madre es una razón para que no se pongan mis sentimientos a prueba. No puedo resistirlo. Ya viste qué nerviosa me puse ayer.

-Pero no fue más que el efecto de tu súbita alarma, de la impresión. Ya no volverás a ponerte nerviosa. Estoy casi segura de que no ocurrirá nada que nos inquiete. He comprendido muy bien las instrucciones del doctor Robinson y no
tengo ningún temor. No me extraña la actitud de tu marido. Cuidar a los chicos
no es cosa de hombres; no es asunto de su incumbencia. Un niño enfermo debe estar siempre al cuidado de su madre, sus propios sentimientos se lo imponen.

-Creo que quiero a mis hijos como la que más, pero no que sea más útil yo a la
cabecera que Charles, porque no puedo estar todo el tiempo regañando y contrariando  a  una  pobre  criatura  cuando  está  enferma;  ya  has  visto  esta mañana: bastaba que le dijera que se estuviese quieto para que empezara a agitarse. Yo no puedo soportar estas cosas.

-Pero, ¿estarías tranquila si te pasaras toda la tarde lejos del pobre niño?

-Sí; ya viste que su padre lo está; ¿por qué entonces yo no? ¡Jemima es tan diligente! Nos podría enviar información acerca del estado del chico a cada hora. Charles podía haber dicho a su padre que iríamos todos. Charly ya no me in- quieta tanto; lo mismo que a él. Ayer estaba asustadísima, pero las cosas han cambiado mucho hoy día.

-Está bien entonces; si no crees que es demasiado tarde para avisar que irás, anda  con  tu  marido.  Yo  cuidaré   Charly.  Los  señores  Musgrove  no  se ofenderán si yo me quedo con el niño.



-¿Lo dices en serio? -exclamó Mary con los ojos brillantes-. ¡Hermana, ¡has tenido  la  mejor  idea!,  ¡magnífica!  Puedes  esta  segura  que  finalmente  es  lo mismo si voy que si no voy, ya que nada soluciono quedándome aquí, ¿estás de acuerdo? Lo único que haría sería cansarme.  Tú, que no sientes como una madre, eres la más indicada para quedarte. Tú logras que Charly obedezca; a ti siempre te hace caso. Es mejor que dejarlo solo con Jemima. ¡Por supuesto que iré! Pudiendo, conviene mucho más que vaya yo que Charles, porque está muy interesado en que conozca al capitán Wentworth, y ya sé que a ti no te importa quedarte sola.

¡Has tenido una idea excelente, Anne! Voy a decírselo a Charles y estaré lista en un minuto. Ya sabes que puedes mandarnos recado en cualquier momento si pasara algo, aunque te puedo asegurar que nada desagradable sucederá. Si no estuviera tranquila del todo respecto de mi hijito querido, no iría; no lo dudes.
Un momento después, Mary llamaba al tocador de Charles, y Anne, que subía por las escaleras detrás de ella, llegó a tiempo para oír toda la conversación, que empezó con Mary, hablando con gran excitación:
-¡Quiero  ir  contigo,  Charles,  porque  no  hago  más  falta  en  casa  que  tú!  Si estuviera más tiempo encerrada con el niño, no podría convencerlo de hacer lo que debe hacer. Anne se quedará con él; ha decidido permanecer en casa y ocuparse  del chico. Ella misma me lo ha propuesto;  de modo que puedo ir contigo.  Y será mucho mejor,  pues no he comido en la otra casa desde el martes.

-Anne es muy amable -contestó el marido- y me encantaría llevarte; pero me parece un poco duro dejarla sola en casa haciendo de niñera de nuestro hijo enfermo.
Anne  acudió  a  defender  su  propia  causa  y  su  sinceridad  no  tardó  en  ser suficiente para convencer a Charles, convicción que al fin y al cabo era muy agradable,  pues  no  tenía  grandes  escrúpulos  en  dejarla  comer  sola.  No obstante, todavía le dijo que fuese a pasar con ellos la tarde cuando ya no hubiese que hacerle nada al chico hasta el día siguiente, y la animó afectuosamente para que lo dejase ir a recogerla; pero no hubo manera de persuadir a Anne, en vista de lo cual poco rato después tuvo el gusto de ver partir a los dos contentos como unas pascuas. Iban a divertirse, pensaba Anne por muy extrañamente tramada que semejante diversión pudiese parecer. En cuanto a ella, se quedó con una sensación de bienestar que tal vez nunca antes había experimentado.  Sabía  que  el  niño  la  necesitaba;  y  ¿qué  le  importaba  que Federico Wentworth no estuviese más que a una milla de distancia enamorando a las demás?

Le habría gustado saber qué sentiría el capitán al encontrarse con ella. Puede que lo dejase indiferente, si la indiferencia cabía en semejantes circunstancias. Sentiría indiferencia  o desdén. Si hubiese deseado volver a verla, no habría
esperado hasta entonces; habría hecho lo que Anne podía menos que creer
que ella habría hecho en su lugar, desde mucho tiempo atrás, cuando los acontecimientos le proporcionaron tan rápidamente aquella independencia, que era lo único que anhelaba.
Su hermana y su cuñado volvieron contentísimos de su nuevo amigo y de la reunión  en  general.  Tocaron,  cantaron,  hablaron  y  rieron  del  modo  más agradable; el capitán Wentworth era encantador, no había en él ni timidez ni reserva;  fue  como  si  se  hubiesen  conocido  desde  siempre,  y  a  la  mañana siguiente iba a ir a cazar con Charles. Iría a almorzar, pero no en la quinta, tal como al principio se le propuso, porque se le rogó que fuese a hacerlo en la Casa Grande, y él se mostró temeroso de molestar a la señora de Charles Musgrove, a causa del niño.
Fuese como fuese y sin que supieran exactamente cómo había ido la cosa, acabaron por resolver que Charles almorzaría con el capitán en casa de su padre. Anne lo comprendió. Frederick quiso evitar verla. Supo que había preguntado por ella al pasar, como si se hubiese tratado de cualquier vieja amistad sin mayor importancia, sin parecer conocerla más de lo que ella le había conocido, y procediendo, quizá, con la misma intención de rehuir la presentación cuando se
encontrasen.

En la quinta siempre se levantaban más tarde que en la otra casa; pero al día siguiente, la diferencia fue tan grande que Anne y Mary empezaban sólo a desayunar cuando llegó Charles a decirles que iban a salir en aquel momento y que había ido a buscar a sus perros. Sus hermanas venían tras él con el capitán Wentworth, pues las chicas querían ver a Mary y al niño, y el capitán deseaba también saludarla si no había inconveniente. Charles le había dicho que el estado del chico no era de cuidado, pero el capitán Wentworth no se habría quedado tranquilo si él no hubiese corrido a prevenirla.
Mary,  halagadísima  con  esta  atención,  dijo  que  lo  recibiría  encantada. Mientras tanto, mil sentimientos encontrados  agitaban a Anne; el más consolador de todos era que el trance pronto habría pasado. Y pronto pasó, en efecto. Dos minutos después de la preparación de Carlos, aparecieron en el salón los anunciados. Los ojos de Anne se encontraron a medias con los del capitán Wentworth, y se hicieron una inclinación y un saludo.






Anne oyó su voz: estaba hablando con Mary y diciéndole las cosas de rigor; dijo algo a las señoritas Musgrove,  lo  bastante  para  demostrar  gran  seguridad  en  sí  mismo.  La habitación parecía llena, llena de personas y voces, pero a los pocos minutos todo hubo terminado. Charles se asomó a la ventana, todo estaba listo; los visitantes saludaron y se fueron. Las señoritas Musgrove se fueron también, repentinamente resueltas a llegarse hasta el final del pueblo con los cazadores. La habitación quedó despejada y Anne logró terminar su desayuno como pudo.




-“¡Ya pasó! ¡Ya pasó! se repetía a sí misma una y otra vez, nerviosamente aliviada. “¡Ya pasó lo peor!”
Mary le hablaba, pero Anne no la escuchaba. La había visto. Se habían encontrado. ¡Habían estado una vez más bajo el mismo techo!
Sin embargo, no tardó en empezar a razonar consigo misma y en procurar controlar  sus  sentimientos.  Ocho  años,  casi  ocho  años  habían  transcurrido desde su ruptura. ¡Era tan absurdo recaer en la agitación que aquel intervalo
había relegado a la distancia y al olvido! ¿Qué no podían hacer ocho años? Sucesos de todas clases, cambios, desvíos, ausencias, todo; todo cabía en ocho años. ¡Y cuán natural y cierto era que entretanto se olvidase el pasado! Aquel período significaba casi una tercera parte de su propia vida.
Pero, ¡ay!, a pesar de todos sus argumentos, Anne se dio cuenta de que para los sentimientos arraigados ocho años eran poco más que nada.
Y ahora, ¿cómo leer en el corazón de Frederick? ¿Deseaba huir de ella? Y en
seguida se odió a sí misma por haberse hecho esa loca pregunta.
Pero todas sus dudas quedaron despejadas por otra cuestión en la que su extrema perspicacia no había reparado. Las señoritas Musgrove volvieron a la quinta para despedirse, y cuando se hubieron ido, Mary le proporcionó esta espontánea información:

-El capitán  Wentworth  no estuvo  muy galante  contigo,  Anne,  a pesar  de lo atento que estuvo conmigo. Cuando se marcharon, Henrietta le preguntó qué le parecías, y él le dijo que estás tan cambiada que no te habría reconocido.
Por  lo  general,  María  no  acostumbraba  respetar  los  sentimientos  de  su
hermana, pero no tenía la menor sospecha de la herida que le infligía.
¡Tan cambiada que no me habría reconocido! Anne se quedó sumida en una silenciosa y profunda mortificación. Así era, sin duda; y no podía desquitarse, porque él no había cambiado si no era para mejor. Lo notó al momento y no podía rectificar su juicio, aunque él pensara de ella lo que quisiera. No; los años que habían distraído su juventud y su lozanía no habían hecho más que darle a él mayor esplendor, hombría, y desenvoltura, sin menoscabar para nada sus dotes personales. Anne había visto al mismo Frederick Wentworth.



¡Tan cambiada que no la habría reconocido! Estas palabras no podían menos
que obsesionarla. Poco después comenzó a regocijarse de haberlas oído. Eran tranquilizadoras, apaciguadoras, reconfortaban y, por tanto, debían hacerla feliz.
Frederick Wentworth había dicho estas palabras u otras parecidas sin pensar
que iban a llegar a oídos de ella. Había pensado en ella como espantosamente cambiada, y en la primera emoción del momento dijo lo que sentía. No había perdonado a Anne Elliot. Ella le había hecho mal; lo había abandonado y desilusionado; más aún: al hacer eso lo había hecho por debilidad de carácter, y un temperamento recto no puede soportar una cosa así. Lo había dejado para dar gusto a otros. Todo fue efecto de repetidas persuasiones; fue debilidad y fue timidez.
El estuvo fuertemente ligado a ella, y jamás encontró otra mujer que se le pareciese, pero, aparte una sensación de natural curiosidad, no había deseado reencontrarla. La atracción que ella ejerciera sobre él había desaparecido para siempre.
Pensaba él a la sazón en casarse; era rico y deseaba establecerse, y lo haría en  cuanto  encontrase  una  ocasión  digna.  Deseaba  enamorarse  con  toda  la rapidez que una mente clara y un certero gusto pueden permitirlo. Las señoritas
Musgrove hubieran podido atraerle, porque su corazón se conmovía ante ellas.
En una palabra, sus sentimientos se abrían para cualquier mujer joven que cruzase  su  camino,  con  excepción  de  Anne  Elliot.  Guardaba  este  secreto, mientras respondía a las suposiciones de su hermana diciendo:
-Sí, Sonia, estoy pronto a contraer cualquier matrimonio tonto. Cualquier mujer entre los quince y los treinta puede contar con mi posible declaración. Un poco de belleza,  unas cuantas  sonrisas,  unos elogios  a la marina,  y soy hombre perdido. ¿No es acaso bastante para conquistar a un marino rudo?

Su hermana comprendía que decía esto esperando ser contradicho. SU orgulloso mirar decía a las claras que se sabía agradable. Y Anne Elliot no estaba fuera de sus pensamientos cuando más en serio describía a la mujer con quien le agradaría encontrarse.

-Una mentalidad fuerte y dulzura en los modales. -Eran el principio y el fin de su descripción.
-Esa es la mujer que quiero -decía-. Transigiría con algo un poco inferior, siempre que no lo fuera mucho. Si hago el tonto lo haré de verdad, porque he pensado en este asunto más que cuanto lo piensan muchos hombres.

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