miércoles, 5 de octubre de 2011

PERSUASIÓN VIII

 
Por  ese  tiempo,  el  capitán  Wentworth  y  Anne  Elliot  frecuentaban  un  mismo círculo.  Pronto  se encontraron  comiendo  en casa de los señores  Musgrove, porque el estado del pequeño no permitía a su tía una excusa para ausentarse. Esto fue el comienzo de otras comidas y nuevos encuentros.
Si los sentimientos antiguos se habían de renovar, el pasado debía volver a la memoria de ambos: estaban forzados a regresar a él.
El año de su compromiso no podía menos que ser aludido por él en las pequeñas narraciones y descripciones propias de la conversación. Su profesión lo predisponía a ello; su estado de ánimo lo hacía locuaz:

“Eso fue en el año seis”, “Esto fue después que me hice a la mar en el año seis” -fueron frases dichas en el transcurso de la primera tarde que pasaron juntos. Y a pesar de que su voz- no se alteró, y a pesar de que ella no tenía razón para suponer que sus ojos la buscaban al hablar, Anne sintió la completa imposibilidad, dado su carácter, de que existiera otra mujer para él. Debía haber la misma inmediata asociación de pensamiento, pero no supuso que pudiera haber el mismo dolor.


Sus conversaciones, sus expresiones, eran las que exige la más elemental cortesía mundana. ¡Tanto como habían sido una vez el uno para el otro! Y ahora nada. En cierta época de su vida les hubiese sido difícil pasar un momento sin dirigirse la palabra, aun en medio de la más concurrida reunión del salón de Uppercross.
Con excepción quizá del almirante y de Mrs. Croft, que parecían muy unidos y felices (Anne no conocía otro caso, ni siquiera entre los matrimonios), no había habido dos corazones tan abiertos, dos gustos tan similares, más comunidad de sentimientos, ni figuras más recíprocamente amadas. Ahora eran dos extraños. No; peor que extraños, porque jamás podrían llegar a conocerse. Era un exilio perpetuo.
Cuando él hablaba, era la misma voz la que ella escuchaba, y adivinaba los mismos pensamientos. Había gran ignorancia de asuntos navales entre los asistentes a la reunión. Lo interrogaban mucho, especialmente las señoritas Musgrove -que no parecían tener ojos más que para él-, acerca de la vida a bordo, las órdenes diarias, la comida, los horarios, etcétera, y la sorpresa ante sus relatos, al escuchar el nivel de comodidades que podía obtenerse, daban a la voz de él cierto lejano y agradable tono burlón, que recordaba a Anne los lejanos días cuando ella también era ignorante y suponía que los marineros vivían a bordo sin nada que comer, sin cocina para abastecerse, criados que aguardasen órdenes ni cubiertos que usar.

Mientras pensaba y escuchaba esto, se oyó un murmullo de Mrs. Musgrove, quien, sobresaltada por un profundo arrepentimiento, no pudo menos que decir:


-¡Ah, señorita Anne, si el cielo hubiera permitido vivir a mi pobre hijo, sería igual
a nuestro amigo en la actualidad!

Anne reprimió una sonrisa y escuchó bondadosamente, mientras Mrs. Musgrove aliviaba su corazón un poco más, y, por unos momentos, le fue imposible seguir la conversación de los demás.

Cuando pudo permitir a su atención seguir sus naturales deseos, encontró a las señoritas Musgrove revisando una lista naval (propiedad de ellas, y la única que jamás había sido vista en Uppercross) y sentándose juntas para examinarla, con el propósito de encontrar los barcos que el capitán Wentworth había comandado.

-El primero fue el Asp, bien lo recuerdo; busquemos el Asp.

-No lo encontrarán ustedes ahí: estaba viejo y desvencijado. Fui el último en comandarlo.  Apenas servía ya entonces.  Por un año o dos fue considerado bueno para servicios  locales y, con este propósito,  fue enviado a las Indias Occidentales.

Las muchachas miraron sorprendidas.
-El  Almirantazgo  -prosiguió  él-  se  entretiene  en  enviar  de  vez  en  cuando algunos centenares de hombres al mar en barcos que ya no sirven. Pero ellos tienen que cuidar muchísimas cosas, y entre los miles que de todos modos se irán al fondo, les es difícil distinguir cuál es el grupo que sería más de lamentar.

-¡Bah, bah! -exclamó el viejo almirante-. ¡Qué charlas sin sentido tienen estos jóvenes! Jamás hubo mejor goleta que el Asp en su tiempo. Entre las goletas de construcción antigua jamás encontrarán ustedes rival. ¡Dichoso quien la tuvo! El sabe que debe haber habido veinte hombres solicitándola por aquel entonces.
¡Dichoso quien obtuvo tan pronto algo semejante, no teniendo más interés que el suyo propio!

-Le  aseguro,  almirante,  que  comprendo  mi  suerte  -respondió  muy  serio  el capitán  Wentworth-.  Estaba  tan  contento  con  mi  destino  como  usted  habría podido estarlo. Era algo grande para mí, en aquella época, estar en el mar, algo muy grande. Deseaba hacer algo.

-Y por cierto lo hizo. ¿Para qué habría de permanecer en tierra seis meses un
hombre joven como usted? Si un hombre no tiene esposa, pronto desea volver a bordo.


-Pero,  capitán  Wentworth  -exclamó  Luisa-.  ¡Cuán  humillado  debe  haberse
sentido usted cuando, llegando a bordo del Asp, vio el viejo barco que se le destinaba!
-Ya  conocía  el  barco  de  antes  -respondió  él  sonriendo-.  No  tenía  más
descubrimientos que hacer en él que los que tendría usted en una vieja pelliza, prestada entre casi todas sus amistades, y que un buen día se la prestaran a usted también. ¡Ah! ¡Era muy querido el viejo Asp para mí! Hacía cuanto yo deseaba. Tuve siempre esa seguridad. Sabía que habíamos de irnos al fondo juntos o salir de él siendo algo; nunca tuve un día de mal tiempo mientras lo comandé; después de haber tomado suficientes corsarios como para pasarlo bien, tuve la buena suerte, a mi regreso el otoño siguiente, de toparme con la fragata francesa que deseaba. La traje a Plymouth, y esto también fue obra de la buena fortuna. Estuvimos sondeando seis horas cuando súbitamente se levantó un vendaval que duró cuatro días y que hubiera terminado con el viejo Asp en menos de lo que tardo en decirlo.


“Nuestro encuentro con la Gran Nación no hubiera mejorado la situación. Veinticuatro  horas  más  y  yo  hubiera  sido  un  valiente  marino,  el  capitán Wentworth,  en  un  pequeño  párrafo  de  una  columna  de  los  periódicos.  Y, habiendo perdido la vida en el primer viaje, nadie me hubiera recordado.

Anne debía ocultar sus sentimientos, mientras las señoritas Musgrove podían ser  tan  sinceras  como  lo  deseaban  en  sus  exclamaciones  de  compasión  y horror.



-Y entonces -dijo Mrs. Musgrove quedamente, como pensando en voz alta- fue
cuando se dirigió al Laconia y se encontró con nuestro pobre muchacho. Charles, querido mío -haciendo señas para que le prestara atención-, pregunta al capitán Wentworth cuándo se encontró con tu pobre hermano. Siempre lo olvido.

-Creo que fue en Gibraltar, madre. Dick fue dejado enfermo en Gibraltar con una recomendación de su anterior capitán para el capitán Wentworth.

-¡Oh! Di al capitán Wentworth que no debe temer mencionar a Dick delante de
mí; por el contrario, para mí será un placer oír hablar de él a tan buen amigo. Charles, importándole más el asunto que a su madre, asintió con la cabeza y se
fue.

Las muchachas se habían puesto a buscar al Laconia y el capitán Wentworth no pudo evitar tomar el precioso volumen en sus manos para evitarles molestias, y una vez más leyó en voz alta su nombre y los demás pormenores, comprobando que también el Laconia había sido un buen amigo, uno de los mejores.

-¡Ah, eran días muy gratos aquellos en que comandaba el Laconia! ¡Cuán rápidamente  hice  dinero  en  él!  ¡Un  amigo  mío  y  yo  tuvimos  tan  agradable travesía desde las islas occidentales! ¡Pobre Harville! Ustedes saben cómo necesitaba dinero, aún más que yo. Tenía mujer. Era un muchacho excelente. Jamás olvidaré su felicidad. Sufría todo por amor a ella. Deseé encontrarlo nuevamente en el verano siguiente, cuando yo tenía todavía la misma suerte en el Mediterráneo.

-Ciertamente, señor -dijo Mrs. Musgrove-, fue un día feliz para nosotros cuando lo hicieron a usted capitán de aquel barco. Nunca olvidaremos lo que usted hizo. Sus sentimientos la hacían hablar en voz alta, y el capitán Wentworth, oyendo
sólo parte de lo que decía, y no teniendo probablemente en su pensamiento a
Dick Musgrove, quedó en suspenso, como esperando algo.

-Habla de mi hermano -dijo una de las muchachas-. Mamá está pensando en el pobre Richard.

-Pobre chico -continuó Mrs. Musgrove-. Se había puesto tan serio; sus cartas eran excelentes mientras estuvo bajo su mando. Hubiera sido dichoso si nunca lo hubiese abandonado a usted. Puedo asegurarle, capitán Wentworth, que hubiéramos sido muy felices todos nosotros si así hubiese sido.


Una momentánea expresión del capitán Wentworth, mientras hablaba, una rápida mirada de sus brillantes ojos, un gesto de su hermosa boca, bastaron para probar a Anne que en lugar de compartir los deseos de Mrs. Musgrove respecto a su hijo, había tenido, a no dudarlo, mucho deseo de verse libre de él; pero esto fue un movimiento tan rápido que ninguno que no lo conociera tanto como ella pudo notarlo. Un instante después, dominándose, tomó aire serio y reposado, y casi de inmediato, encaminándose al sofá, ocupado por Anne y Mrs. Musgrove, se sentó al lado de ésta y empezó en voz baja una conversación con ella, acerca de su hijo, haciéndolo con simpatía y gracia naturales, mostrando la mayor consideración por todo lo que había de real y sincero en los sentimientos de los padres.

Ocupaban, pues, el mismo sofá, porque la señora Musgrove le hizo lugar en seguida. Solamente la señora Musgrove se interponía entre ellos, y, en verdad, no se trataba  de un  obstáculo  menor.  Mrs.  Musgrove  era  bastante  robusta,
mucho más hecha por la naturaleza para expresar la alegría y el buen humor
que la ternura y el sentimiento. Y mientras las agitaciones del esbelto cuerpo de Anne y las contracciones de su pensativo rostro delataban sus sentimientos, el capitán  Wentworth  conservó  toda su presencia  de ánimo,  informando  a una obesa madre sobre el destino de un hijo del cual nadie se ocupó mientras estuvo vivo.

Las  proporciones  corporales  y  el  pesar  no  deben  guardar  necesariamente
relación. El cuerpo macizo tiene tanto derecho a estar profundamente afligido como el más gracioso conjunto de miembros finos. Pero, justo o no, hay cosas irreconciliables que la razón tratará de justificar en vano, porque el gusto no las tolera y porque el ridículo las acoge.

El almirante, después de dar dos o tres vueltas alrededor del cuarto, con las manos detrás, y habiendo sido llamado al orden por su esposa, se aproximó al capitán Wentworth, y sin la menor idea de que podía interrumpir algo dio curso a sus propios pensamientos diciendo:

-De  haber  estado  usted  en  Lisboa,  la  primavera  última,  Frederick,  hubiera tenido que dar usted pasaje a Lady Mary Grierson y a sus hijas.
-¿En serio? ¡Pues me alegro de haber entrado una semana después!
El almirante le echó en cara su falta de galantería. El capitán se defendió, alegando,  sin embargo,  que de buena voluntad jamás consentiría  mujeres  a bordo, excepto para un baile o una visita de algunas horas.

-Si  usted  conociera  -dijo-,  comprendería  que  no  hago  esto  por  falta  de
galantería.  Es  por  saber  cuán  imposible  es,  pese  a  todos  los  esfuerzos  y sacrificios   que   puedan   hacerse,   proporcionar   a   las   mujeres   todas   las comodidades que merecen. No es falta de galantería, almirante; es colocar muy en alto las necesidades femeninas de comodidad personal, y esto es lo que yo hago. Detesto oír hablar de mujeres a bordo, o verlas embarcadas, y ninguna nave bajo mi comando aceptará señoras, mientras pueda evitarlo.

Esto llamó la atención de su hermana.



-¡Oh, Frederick! No puedo comprender esto en ti; son refinamientos perezosos. Las mujeres pueden estar tan confortables a bordo como en la mejor casa de Inglaterra.  Creo  haber  vivido  a  bordo  más  que  muchas  mujeres,  y  puedo asegurar que no hay nada superior a las comodidades de que disfrutan los hombres de guerra. Declaro que jamás ha habido galanterías especiales para mí, ni siquiera en Kellynch Hall -dirigiéndose a Anne-, que pudieran compararse a las de los barcos en los que he vivido. Y creo que éstos han sido unos cinco.

-Eso no significa nada -replicó su hermano-; tú eras la única mujer a bordo y viajabas con tu marido.

-Pero tú mismo has llevado a Mrs. Harville, su hermana, su prima y sus tres niños   desde   Portmouth   a   Plymouth.   ¿Dónde   dejaste   esa   extraordinaria galantería tuya?

-Abusaron de mi amistad, Sofía. Ayudaré siempre a la esposa de cualquier oficial compañero mientras pueda hacerlo, y hubiera llevado cualquier cosa de Harville hasta el fin del mundo, si me la hubiesen pedido. Pero esto no quiere decir que lo encuentre bien.

-Razón por la cual ellas estuvieron muy cómodas.

-Quizá sea por lo que no me gusta. ¡Las mujeres y los niños no tienen derecho a estar cómodos a bordo!

-Hablas tonterías, mi querido Frederick. Di, ¿qué sería de nosotras, pobres esposas de marinos, que a menudo debemos ir de un puerto a otro en busca de
nuestros maridos, si todos sintieran como tú?

-Mis sentimientos, tú lo sabes, no me impidieron llevar a Mrs. Harville y toda su familia a Plymouth.

-Pero detesto oírte hablar tan caballerosamente, y como si las mujeres fueran todas damas refinadas, en lugar de seres normales. Ninguna de nosotras espera siempre buen tiempo al viajar.

-Querida mía -explicó el almirante-, ya pensará de otro modo cuando tenga esposa. Si está casado y si tenemos la suerte de estar vivos en la próxima guerra, ya lo veremos hacer como tú, yo y muchos otros hemos hecho. Estará muy agradecido de cualquiera que le lleve a su esposa.

-¡Ay, así es!

-Terminemos -exclamó el capitán Wentworth-. Cuando los casados empiezan a atacarme diciendo: “Ya pensará usted de otro modo cuando se case”, lo único que puedo contestar es: “No será así; ellos responden entonces: “Sí, lo hará usted”, y esto pone punto final al asunto.

Se levantó y se alejó.

-¡Qué gran viajera ha sido usted, señora! -dijo Mrs. Musgrove a Mrs. Croft.

-He viajado -bastante en mis quince años de matrimonio, aunque algunas mujeres han viajado aún más. He cruzado el Atlántico cuatro veces, y he estado en  las  Indias  Orientales  y  he  vuelto.  Una  vez  estuve  también  en  lugares cercanos como Cork, Lisboa y Gibraltar. Pero nunca he pasado los estrechos o llegado hasta las Indias Occidentales, Bermudas o las Bahamas; ¿saben ustedes?, no son las Indias Occidentales, como se las suele llamar.

Mrs. Musgrove no pudo replicar nada. Por otra parte, jamás había oído mencionar aquellos lugares.

-Y puedo asegurarle, señora -continuó Mrs. Croft, que nada hay superior a las comodidades que proporcionan los marinos. Hablo, por supuesto, de los navíos
de primera calidad. Cuando se viaja en una fragata, como es natural, una está más confinada, pero cualquier mujer razonable puede ser perfectamente feliz en esta clase de barcos. Yo puedo afirmar que los períodos más felices de mi vida los he pasado a bordo., Cuando estábamos juntos, ¿sabe usted?, no había nada que temer. A Dios gracias he tenido siempre excelente salud y los cambios de clima no me afectan en absoluto. Unas pocas molestias las primeras veinticuatro horas de hacerse a la mar es todo lo que he sentido, pero jamás he estado mareada después. La única vez que en verdad sufrí, en cuerpo y alma; la única vez que no me encontré del todo bien, o que temí al peligro, fue el invierno que pasé sola en Deal cuando el almirante (capitán Croft, por aquel entonces) estaba en  los  mares  del  norte.  Vivía  en  constante  zozobra,  llena  de  temores imaginarios, sin saber qué hacer con mis horas, o cuándo tendría noticias de él. Pero en cuanto estamos juntos, nada me asusta, y jamás he encontrado  el menor inconveniente.

-¡Ah, por supuesto! Estoy de acuerdo con usted, Mrs. Croft -fue la cálida respuesta de Mrs. Musgrove-. Nada hay tan malo como la separación. Mister Musgrove asiste siempre a las sesiones, y puedo asegurarle que soy muy feliz cuando éstas terminan y él regresa a mi lado.

La tarde terminó con un baile. Al pedirse música, Anne ofreció sus servicios
como de costumbre, y a pesar de que sus ojos estaban en algunos momentos llenos de lágrimas mientras tocaba el instrumento, se alegraba mucho de tener algo que hacer, pidiendo como sola recompensa no ser observada.


Era una reunión alegre, agradable, y ninguno parecía de mejor ánimo que el capitán Wentworth. Anne sentía que tenía condiciones que lo elevaban sobre el resto, y que atraían consideración y atención; especialmente la atención de las jóvenes. Las señoritas Hayter, de la familia de primos ya mencionada, al parecer aceptaban como un honor el aparecer enamoradas de él; en cuanto a Henrietta  y Louisa, parecían no tener ojos más que para él, y sólo la continua fluencia de atenciones entre ambas permitía creer que no se consideraban rivales. ¿Se ufanaba él de la admiración general que despertaba? ¿Quién podría decirlo?


Estos pensamientos llenaban la mente de Anne mientras sus dedos trabajaban mecánicamente. Y así continuó por media hora, sin errores, pero sin conciencia de  lo  que  hacía.  En  un  momento  sintió  que  la  miraba,  que  observaba  sus
Facciones alteradas, buscando quizás en ellas los restos de la belleza que una
Vez  lo había encantado; en un momento supo que debía estar hablando de ella, pero apenas lo comprendió hasta oír la respuesta. En un momento estuvo cierta de haberle oído preguntar a su compañera si miss Elliot no bailaba nunca. La respuesta fue: “Nunca. Ha abandonado por completo el baile. Prefiere tocar el piano. En un momento, también debió hablarle. Ella había abandonado el instrumento al terminar el baile, y él lo ocupó, tratando de encontrar una melodía que quería hacer escuchar a una de las señoritas Musgrove. Sin ninguna intención, ella volvió a un ángulo de la habitación. El se levantó del taburete y, dijo con estudiada cortesía:




-Perdón, señorita, éste es su asiento -y a pesar de que ella rehusó ocuparlo otra vez, él no se volvió a sentar.
Anne no deseaba más aquellos discursos y aquellas miradas. Su fría cortesía,
su ceremoniosa gracia, eran peores que cualquier otra cosa.

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