lunes, 10 de octubre de 2011

PERSUASIÓN X

Ocasiones no faltaron para que Anne pudiera observar. Llegó un momento en que estando en compañía de los cuatro, pudo formar su propia opinión sobre aquel estado de cosas; pero era demasiado lista para darla a conocer al resto, sabiendo que no agradaría ni a la esposa ni al marido. A pesar de creer que Louisa era la preferida,  no lograba  imaginar  (por lo que recordaba  del carácter  del capitán Wentworth) que pudiera estar enamorado de ninguna de las dos. Ellas parecían estarlo de él; pero, a decir verdad, no era el caso hablar de amor. Se trataba más bien de una apasionada admiración, que sin duda terminaría en enamoramiento. Charles Hayter comprendía que casi no contaba, no obstante Henrietta  por  momentos  parecía  dividir  sus  atenciones  entre  ambos.  Anne hubiera deseado hacerles ver la verdad y prevenir a todos en contra de los males a los que se exponían, sin embargo no atribuía malas intenciones a ninguno. Y se sintió satisfecha al descubrir que el capitán Wentworth no parecía consciente del daño que ocasionaba. No había engreimiento ni compasión en sus modales. Es posible que nunca hubiera oído hablar o hubiera pensado en Charles Hayter. Su único error consistía en aceptar (que no es otra la expresión que puede emplearse) las atenciones de las dos muchachas.

Tras breve lucha, Charles Hayter pareció abandonar el campo. Pasó tres días sin dejarse ver por Uppercross, lo que significaba un verdadero cambio. Hasta rehusó una formal invitación a cenar. Mr. Musgrove, en una ocasión, lo encontró muy ocupado con unos voluminosos libros, y consiguió que el señor y la señora Musgrove comentaran que algo le ocurría, y que si estudiaba de tal manera acabaría  por  morir.  Mary  creyó,  aliviada,  que  había  sido  rechazado  por Henrietta, mientras su marido vivía pendiente de verlo aparecer al día siguiente. A Anne, por su parte, le parecía bastante sensata la actitud de Charles Hayter.
Una  mañana,  mientras  Charles  Musgrove  y  el  capitán  Wentworth  andaban juntos  de  cacería,  y  mientras  las  mujeres  de  la  quinta  estaban  sentadas trabajando sosegadamente, recibieron la visita de las hermanas de la Casa Grande.
Era una hermosa mañana de noviembre, y las señoritas Musgrove venían andando en medio de los terrenos sin otro propósito, según afirmaron, que dar un “largo' paseo. Suponían que, poniéndolo así, Mary no tendría deseos de acompañarlas. Pero ésta, ofendida de que no se la supusiera buena para las caminatas, respondió al instante:


-¡Oh!, me gustaría ir con ustedes; me gusta muchísimo caminar.

Anne se convenció, por las miradas de las dos hermanas, que aquello era, ni más ni menos, lo que deseaban evitar, y se asombró una vez más de la creencia que surge de los hábitos familiares de que todo paso que damos debe ser comunicado y realizado en conjunto, a pesar de que no nos agrade o nos cree dificultades.

Trató de disuadir a Mary de compartir el paseo de las hermanas, pero todo fue inútil. Y siendo así, pensó que lo mejor sería aceptar la invitación que las Musgrove le hacían también a ella, ya que por cierto era mucho más cordial. Con ella podría volverse su hermana y dejar a las Musgrove libres para cualquier plan que hubiesen trazado.

-¡No sé por qué suponen que no me gusta caminar! -exclamó Mary mientras subían la escalera-. Todos piensan que no soy buena para ello. Sin embargo no les hubiera agradado que rechazara su invitación. Cuando la gente viene expresamente a invitarnos, ¿cómo podemos rehusar?

Justo al momento de partir, volvieron los caballeros. Habían llevado consigo un cachorro que les había arruinado la diversión y a causa del cual regresaban a casa temprano. Su tiempo disponible y sus ánimos parecían convidarlos a este paseo, que aceptaron sin vacilar. Si Anne lo hubiese previsto, ciertamente se hubiera quedado en casa; la curiosidad y el interés eran lo único que la llevaba con gusto al paseo. Pero era demasiado tarde para echar pie atrás, y los seis se pusieron  en  marcha  en  la  dirección  que  llevaban  las  señoritas  Musgrove, quienes al parecer se consideraban encargadas de guiar la caminata.
Anne no deseaba estorbar a nadie, y, por ello, en los recodos del camino se las ingeniaba para quedarse al lado de su hermana. Su placer provenía del ejercicio y  del  hermoso  día,  de  la  vista  de  las  últimas  sonrisas  del  año  sobre  las manchadas   hojas   y   los   mustios   cercados,   y   del   recuerdo   de   algunas descripciones poéticas del otoño, estación de peculiar e inextinguible influencia en las almas tiernas y de buen gusto; estación que ha arrancado a cada poeta digno  de  ser  leído  alguna  descripción  o  algunos  sentimientos.  Se  ocupaba cuanto podía en atraer estas remembranzas a su mente; pero era imposible que estando cerca del capitán Wentworth y de las hermanas Musgrove no hiciera algún esfuerzo por oír su charla. Nada demasiado importante pudo escuchar, sin embargo. Era una plática ligera, como la que pueden sostener jóvenes cualesquiera en un paseo más o menos íntimo. Conversaba él más con Louisa que con Henrietta. Louisa, sin duda, le llamaba más la atención. Esta atención parecía crecer y hubo unas frases de Louisa que sorprendieron a Anne. Después de otro más de los continuos elogios que se hacían al hermoso día, el capitán Wentworth señaló:

-¡Qué tiempo admirable para el almirante y mi hermana! Tenían la intención de ir lejos en el coche esta mañana; quizá los veamos aparecer detrás de una de estas colinas. Algo dijeron de venir por este lado. Me pregunto por dónde andarán arruinando su día.
Me refiero, claro está, al trajín del coche. Esto ocurre con mucha frecuencia y a mi hermana parece no importarle para nada el traqueteo.

-¡Oh! Ya sé que a ustedes les gusta correr -exclamó Louisa-, pero en el lugar de su hermana, haría absolutamente lo mismo. Si amara a un hombre de la misma manera  que  ella  ama  al  almirante,  estaría  siempre  con  él;  nada  podría separarnos, y preferiría volcar con él en un coche que viajar sin peligro dirigida por otro.

Había hablado con entusiasmo.

-¿Es verdad eso? -repuso él, adoptando el mismo tono-. ¡Es usted admirable! - Después guardaron silencio por un rato.


Anne no pudo volver a refugiarse en la evocación de algún verso. Las dulces escenas de otoño se alejaron, con excepción de algún suave soneto en el que se hacía referencia al año que termina, las imágenes de la juventud, de la esperanza y de la primavera declinantes, el que ocupó su memoria vagamente. Se apresuró a decir mientras marchaban por otro sendero:

-¿No es éste uno de los caminos que conducen a Winthrop? -Pero nadie la escuchó, o al menos, nadie respondió.

Winthrop, o sus alrededores, donde los jóvenes solían vagabundear, era el lugar al que se dirigían. Una larga marcha entre caminos donde trabajaban los arados, y en los que los surcos recién abiertos hablaban de las tareas del labrador, iban en contra de la dulzura de la poesía y sugerían una nueva primavera. Llegaron  entonces  a  lo  alto  de  una  colina  que  separaba  a  Uppercross  de Winthrop y desde donde se podía contemplar una vista completa del lugar, al pie de la elevación.

Winthrop, nada bello y carente de dignidad, se extendía ante ellos; una casa baja,  insignificante,  rodeada  de las construcciones  y edificios  típicos  de una granja.

Mary exclamó:

-¡Válgame Dios! Ya estamos en Winthrop. No tenía idea de haber caminado tanto. Creo que deberíamos volver ahora; estoy demasiado cansada.

Henrietta, consciente y avergonzada, no viendo aparecer al primo Charles por ninguno de los senderos ni surgiendo de ningún portal, se disponía a cumplir con el deseo de Mary.

-¡Oh, no! -dijo Charles Musgrove.

-No, no -dijo Louisa con mayor energía y, llevando a su hermana a un pequeño rincón, pareció argumentar con ella airadamente sobre el asunto.

Charles, por otra parte, deseaba ver a su tía, ya que el destino los había llevado tan cerca. Era asimismo evidente que, temeroso, trataba de inducir a su esposa a que los acompañara. Pero éste era uno de los puntos en los que la dama mostraba  su  tenacidad,  y  así,  pues,  cuando  se  le  recomendó  la  idea  de descansar un cuarto de hora en Winthrop, ya que estaba agotada, respondió:

-¡Oh, no, desde luego que no! -segura de que el descenso de aquella colina le
ocasionaría  una  molestia  que  no  recompensaría  ningún  descanso  en  aquel lugar. En una palabra, sus ademanes y sus modos afirmaban que no tenía la más remota intención de ir.

Después de una serie de debates y consultas, convinieron con Charles y sus dos hermanas que él y Henrietta bajarían por unos pocos minutos a ver a su tía, mientras el resto de la partida los esperaría en lo alto de la colina. Louisa parecía la principal organizadora del plan; y como bajó algunos pasos por la colina hablando   con   Henrietta,   Mary   aprovechó   la   oportunidad   para   mirarla, desdeñosa y burlona, y decir al capitán Wentworth:

-No es muy grato tener tal parentela. Pero le aseguro a usted que no he estado en esa casa más de dos veces en mi vida.

No recibió más respuesta que una artificial sonrisa de asentimiento, seguida de
una desabrida mirada, al tiempo que le volvía la espalda; y Anne conocía demasiado bien el significado de esos gestos. El borde de la colina donde permanecieron era un alegre rincón; Louisa volvió, y Mary, habiendo encontrado un lugar confortable para sentarse, en los umbrales de un pórtico, se sentía por demás satisfecha de verse rodeada de los demás. Pero Louisa llevó consigo al capitán Wentworth con el objeto de buscar unas nueces que crecían junto a un cerco,  y  cuando  desaparecieron  de  su  vista,  Mary  dejó  de  ser  dichosa. Comenzó a enfadarse hasta con el asiento que ocupaba...; seguramente Louisa había encontrado uno mejor en alguna otra parte. Se aproximó hasta la misma entrada  del  sendero,  pero  no  logró  verlos  por  ninguna  parte.  
Anne  había encontrado un buen asiento para ella, en un banco soleado, detrás de la cerca en donde estaba segura se encontraban los otros dos. Mary volvió a sentarse, pero su tranquilidad fue breve; tenía la certeza de que Louisa había encontrado un buen asiento en alguna otra parte, y ella debía compartirlo.
Anne, realmente cansada, se alegraba de sentarse; y bien pronto oyó al capitán Wentworth y a Louisa marchando detrás del cerco, en busca del camino de vuelta entre el rudo y salvaje sendero central. Venían hablando. La voz de Louisa era la más distinguible. Parecía estar en medio de un acalorado discurso. Lo primero que Anne escuchó fue:

-Y por esto la hice ir. No podía soportar la idea de que se asustara de la visita por semejante tontería. Qué, ¿habría acaso yo dejado de hacer algo que he deseado hacer y que creo justo por los aires y las intervenciones de una persona semejante,  o de  cualquier  otra  persona?  No,  por  cierto  que  no  es  tan  fácil hacerme cambiar de idea. Cuando deseo hacer algo, lo hago. Y Henrietta tenía toda la determinación de ir a Winthrop hoy, pero lo hubiera abandonado todo por una complacencia sin sentido.

-¿Entonces se hubiera vuelto, de no haber sido por usted?

-Así es. Casi me avergüenza decirlo.

-¡Suerte para ella tener un criterio como el de usted a mano! Después de lo que me ha dicho, y de lo que yo mismo he observado la última vez que los vi juntos, no me cabe la menor duda de lo que está ocurriendo. Me doy cuenta de que no es sólo una visita de cortesía a su tía. Gran dolor espera a ambos, cuando se trate de asuntos importantes para ellos cuando se requieran en realidad  certeza  y  fuerza  de  carácter,  si  ya  ella  no  tiene  determinación  para imponerse en una niñería como ésta.
Su hermana es una criatura encantadora, pero bien veo que es usted quien posee un carácter decidido y firme. Si aprecia la felicidad de ella, procure infundirle su espíritu. Esto, sin duda, es lo que usted ya está haciendo. El peor mal de un carácter indeciso y débil es que jamás se puede contar con él enteramente. Jamás podemos tener la certeza de que una buena impresión sea duradera. Cualquiera puede cambiarla; dejemos que sean felices aquellos que son firmes.
 ¡Aquí hay una nuez! -exclamó, cogiendo una de una rama alta-. Tomemos  este ejemplo; una hermosa nuez, que, dotada de fuerza original, ha sobrevivido a todas las tempestades del otoño. Ni un punto, ni un rincón débil. Esta nuez -prosiguió con juguetona solemnidad-, mientras muchas de las de su familia han caído y han sido pisoteadas, es aún dueña de toda la felicidad que puede poseer una nuez. -Luego, volviendo a su tono habitual, continuó-: Mi mayor deseo para todas aquellas personas que me interesan es que sean firmes. Si Louisa Musgrove desea ser feliz en el otoño de su vida, debe preservar y emplear todo el poder de su mente.

Al terminar de hablar sólo le respondió el silencio. Hubiese sido una sorpresa para  Anne que Louisa  hubiera  podido  contestar  de inmediato  a este  discurso.

¡Palabras tan interesantes, dichas con tanto calor! Podía imaginar lo que Louisa sentía. En cuanto a ella, temía moverse por miedo a ser vista. Al paso de ellos, una gruesa rama la protegió y pasaron sin advertir su presencia. Antes de desaparecer, sin embargo, volvió a oírse la voz de Louisa:


-Mary es muy buena en ciertos aspectos -dijo-, pero a veces me enfada con su estupidez y orgullo, el orgullo de los Elliot. Tiene demasiado del orgullo de los Elliot. Hubiéramos preferido que Charles se casara con Anne. ¿Sabía usted que era a ésta a quien pretendía?

Después de una pausa, el capitán Wentworth preguntó:

-¿Quiere decir que ella lo rechazó?

-Eso mismo.

¿Cuándo ocurrió esto?

-No  podría  decirlo  con  exactitud,  porque  Henrietta  y  yo  estábamos  por entonces en el colegio. Creo que un año antes de que se casara con Mary. Hubiera deseado que Anne aceptara. A todos nos gustaba ella muchísimo más, y papá y mamá siempre han creído que todo fue obra de su gran amiga Lady Russell. Ellos creen que Charles no era lo suficientemente cultivado para conquistar a Lady Russell, y que, por consiguiente, ésta persuadió a Anne de rechazarlo.


Las voces se alejaban y Anne no pudo oír más. Sus propias emociones la mantuvieron quieta. El destino fatal del que escucha no podía aplicársele enteramente. Había oído hablar de ella misma, pero no había oído hablar mal y, sin embargo, aquellas palabras eran de dolorosa importancia. Supo entonces cómo consideraba su propio carácter el capitán Wentworth. Y el sentimiento y la curiosidad adivinados en las palabras de él la agitaban en extremo.
Tan pronto pudo, fue a reunirse con Mary, y ambas se dirigieron a su primitivo puesto.  Pero  sólo  sintió  un  alivio  cuando  todos  se  encontraron  de  nuevo reunidos y la partida se puso en marcha. Su estado de ánimo requería de la soledad y del silencio que pueden hallarse en un grupo numeroso de personas.

Charles y Henrietta volvieron acompañados, como era de presumir, por Charles Hayter. Los detalles de todo este asunto Anne no podía entenderlos; hasta el capitán  Wentworth  parecía  no  estar  del  todo  enterado.  Era  evidente,  sin embargo, cierto retraimiento de parte del caballero, y cierto enternecimiento de parte  de  la  dama,  como  asimismo   que  ambos  se  alegraban   de  verse nuevamente.  Henrietta parecía  un  poco  avergonzada,  pero  su  dicha  era evidente. En cuanto a Charles Hayter, se le notaba demasiado feliz, y ambos se dedicaron  el  uno  a  la  otra  casi  desde  los  primeros  pasos  de  la  vuelta  a Uppercross.
Todo parecía indicar que era Louisa la candidata para el capitán Wentworth: jamás había sido algo tan evidente. Si es que eran necesarias nuevas divisiones de la partida o no, no podía decirse, pero lo cierto es que ambos caminaron lado a lado casi tanto tiempo como la otra pareja. En una amplia pradera donde había espacio para todos, se habían dividido ya de esta manera, en tres partidas distintas. Anne necesariamente pertenecía a aquella de las tres que mostraba menos  animación  y  complacencia.  Se  había  unido  a  Charles  y  a  Mary,  tan cansada que llegó a aceptar el otro brazo de Charles. Pero Charles, pese a encontrarse  de  buen  humor  con  respecto  a  ella,  parecía  enfadado  con  su esposa. Mary se había mostrado insumisa, y ahora debía sufrir las consecuencias, que no eran otras que el abandono que hacía del brazo de ella a cada momento para cortar con su bastón algunas ortigas que sobresalían del cerco. Mary comenzó a quejarse, como siempre, arguyendo que el estar situada al lado del cerco hacía que se la molestase a cada instante, mientras que Anne marchaba por el lado opuesto sin ser incomodada; a esto respondió él abandonando el brazo de ambas y emprendiendo la persecución de una comadreja que vio por casualidad; entonces casi llegaron a perderlo de vista.
La  larga  pradera  bordeaba  un  sendero,  cuya  vuelta  final  debían  cruzar;  y cuando toda la comitiva hubo llegado al portal de salida, el coche que se había oído marchar en la distancia por largo tiempo llegó hasta ellos, y resultó ser el birlocho del almirante Croft.



El y su esposa acababan de realizar el proyectado paseo y regresaban a casa. Después de enterarse de la larga caminata hecha por los jóvenes, amablemente ofrecieron un asiento a cualquiera de las señoras que se encontrara particularmente cansada; de esta forma le evitarían andar una milla y, por otra parte, proyectaban cruzar Uppercross. La invitación fue general, pero todas la declinaron. Las señoritas Musgrove no se sentían fatigadas para nada; en cuanto a Mary, o bien se sintió ofendida de que no le hubiesen preguntado primero, o bien el orgullo de los Elliot se sublevó ante la idea de hacer de tercero en la silla de un pequeño birlocho.
La partida había cruzado ya el sendero y subía por el declive opuesto, y el almirante había puesto en movimiento su caballo cuando el capitán Wentworth se aproximó para decir algo a su hermana.  Qué era pudo adivinarse  por el efecto causado.

-Señorita Elliot, de seguro está usted cansada -dijo Mrs. Croft. Permítanos el placer  de  llevarla  a  casa.  Hay  muy  cómodamente  lugar  para  tres,  puedo asegurárselo.  Si todos  tuviéramos  sus  proporciones  diría  que  hay  sitio  para cuatro. Debe venir con nosotros. -Anne estaba aún en el sendero y, aunque instintivamente quiso negarse, no se le permitió proseguir. El almirante acudió en ayuda de su esposa, y fue imposible rehusar a ambos. Se apretujaron cuanto fue posible para dejarle espacio, y el capitán Wentworth, sin decir palabra, la ayudó a trepar al carruaje.


Sí, lo había hecho. Se encontraba sentada en el coche, y era él quien la había colocado allí, su voluntad y sus manos lo habían hecho; esto se debía a la percepción que él tuvo de su fatiga y a su deseo de darle descanso. Se sintió muy afectada al comprobar la disposición de ánimo que abrigaba hacia ella y que  todos  estos  detalles  ponían  de  manifiesto.  Esta  pequeña  circunstancia parecía el corolario de todo lo que había ocurrido antes. Ella lo entendía. No podía  perdonarla,  pero  no  podía  ser  descorazonado   hacia  ella.  Pese  a condenarla en el pasad
o, recordándolo con justo y gran resentimiento, a pesar de no importarle nada de ella y de comenzar a interesarse por otra, no podía verla sufrir sin el deseo inmediato de darle alivio. Era el resto de los antiguos sentimientos; un impulso de pura e inconsciente amistad; una prueba de su corazón   amable   y  cariñoso,   y  ella  no   podía   contemplar   todo   esto   sin sentimientos confusos, mezcla de placer y dolor, sin poder decir cuál de los dos prevalecía.
Sus respuestas a las atenciones y preguntas de sus compañeros fueron inconscientes al principio. Habían andado la mitad del rudo sendero antes de que ella comprendiera de lo que estaban hablando. Hablaban de “Frederick'.
-Ciertamente está interesado en alguna de estas dos muchachas, Sophía -decía
el almirante-; pero ni él mismo sabe en cuál de las dos. Ya las ha cortejado bastante como para saber a cuál escoger. Ah, esta indecisión es consecuencia de la paz. Si hubiera  guerra  ya habría  escogido  hace  tiempo.  Los marinos, señorita  Elliot,  no podemos  permitirnos  el lujo  de hacer  un cortejo  largo  en tiempos de guerra. ¿Cuántos días pasaron, querida, entre el primer día que te vi y  aquel  en  que  nos  sentamos  juntos  en  nuestras  propiedades  de  North Yarmouth?
-Mejor no hablar de ello, querido -dijo Mrs. Croft suavemente-, porque si miss Elliot oyera cuán rápidamente llegamos a entendemos, nunca entendería que hayamos  sido  tan  felices  juntos.  Te  conocía,  sin  embargo,  de  oídas  desde mucho antes.
-Y yo había oído hablar de ti como de una muchacha muy bonita. Por otra parte, ¿qué teníamos que esperar? No me gusta esperar mucho por nada. Desearía que Frederick se diese prisa y nos trajese a casa una de estas damitas de Kellynch. Siempre habrá allí compañía para ellas. Y en verdad son muy agradables, aunque apenas distingo a una de la otra.
-Muchachas sinceras y de buen carácter realmente -dijo Mrs. Croft en tono de tranquilo elogio, con algo en la manera de hablar que hizo pensar a Anne que no consideraba a ninguna de las dos hermanas dignas de casarse con su hermano- y de una familia muy respetable. No se podría encontrar mejores parientes... ¡Mi querido almirante, ese poste! ¡Nos vamos contra ese poste!
Pero, empuñando ella misma las riendas, evitó el peligro; más adelante evitó un  surco  y  el  caer  bajo  las  ruedas  de  un  coche  grande;  Anne,  ligeramente divertida de la manera de conducir de ambos, unidos sobre las riendas, lo que también podía ser un-símbolo de su unión en otros aspectos, se encontró tranquilamente de vuelta en su casa.

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