jueves, 13 de octubre de 2011

PERSUASIÓN XI

Se acercaba el tiempo del regreso de Lady Russell. Ya estaba fijado el día. Anne deseaba unirse a ella tan pronto como volviera a establecerse, y pensaba en su próxima partida de Kellynch, preguntándose si su paz se vería amenazada por ello.


Estaría  en  la  misma  villa  que  el  capitán  Wentworth,  sólo  a  una  milla  de distancia; frecuentarían la misma iglesia y, sin duda, se establecerían relaciones entre las dos familias. Eso estaba en contra de ella, pero, por otra parte, él pasaba tanto tiempo en Uppercross que el marcharse de allí era más bien como si lo dejara, en vez de aproximársele como en verdad ocurría.
Por otra parte, en lo que a ella misma concernía, no podía evitar pensar que salía ganando al cambiar la compañía de Mary por la de Lady Russell.
Hubiera deseado no ver para nada al capitán Wentworth, especialmente en las habitaciones del Hall, que tan llenas de dolorosos recuerdos estaban para ella, puesto que eran las de sus primeros encuentros. Más aún la preocupaba el posible encuentro del capitán Wentworth con Lady Russell. No simpatizaban, y un reencuentro no podría acarrear nada bueno. Por otra parte, en caso de verlos juntos a ellos dos, Lady Russell iba a encontrar que él tenía gran dominio de sí mismo y ella, muy poco.
Estas cavilaciones eran su preocupación mientras preparaba su despedida de Uppercross, donde creía haber estado ya bastante. Los cuidados que había prodigado al pequeño Charles llenarían el recuerdo de esos dos meses con cierta dulzura; había sido necesaria y útil. Pero el pequeño recobraba fuerzas día a día y ya nada justificaba que permaneciese allí.
El final de su visita, sin embargo, fue distinto de todo lo previsto por ella. El capitán Wentworth, después de dos días de ausencia de Uppercross, apareció, relatando los motivos que lo habían alejado. Una carta de su amigo el capitán Harville, que por fin había llegado a su poder, informaba de sus proyectos de establecerse con su familia durante el invierno en Lyme; por consiguiente, el capitán y sus amigos habían estado, sin saberlo, a escasas veinte millas el uno del  otro.  El  capitán  Harville  nunca  había  recobrado  enteramente  su  salud después  de una seria herida recibida  dos años antes, y la ansiedad  que el capitán Wentworth sentía por ver a su amigo lo hicieron dirigirse de inmediato a Lyme.  Estuvo  allí  veinticuatro  horas.  Sus  excusas  fueron  aceptadas  sin problema; su celo amistoso muy ponderado. Su amigo despertó gran interés, y, por último, la descripción de las bellezas de Lyme llamaron tanto la atención de los miembros de la reunión, que la inmediata consecuencia fue un proyecto para ir de excursión a ese lugar.


Los jóvenes estaban enloquecidos por conocer Lyme. El capitán Wentworth hablaba de volver; Lyme distaba sólo diecisiete millas de Uppercross; a pesar de correr el mes de noviembre, el tiempo no era en modo alguno malo, y por último, Louisa, que era la más ansiosa entre las ansiosas, habiendo decidido ir, no logró que quebrantaran su propósito las insinuaciones de su padre y su madre para postergar la excursión hasta la entrada del verano. Así, pues, a Lyme debían ir todos: Charles, Mary, Anne, Henrietta, Louisa y el capitán Wentworth.
La idea al principio fue partir por la mañana y volver por la noche; y así se hubiera hecho de no intervenir mister Musgrove, que pensaba en sus caballos. Por otra parte, pensándolo bien, en el mes de noviembre un solo día no iba a dejar mucho tiempo para conocer el lugar, en especial descontando las siete horas que el mal estado de los caminos requería para ir y volver. Resolvieron entonces pasar la noche en Lyme y no volver hasta el día siguiente a la hora de cenar. Esto fue considerado muchísimo mejor por todo el grupo.


Así, a pesar de haberse reunido en la Casa Grande bastante temprano a desayunar, y de la puntualidad  general,  fue  bastante  después  del  mediodía  cuando  los  dos carruajes, el de Mr. Musgrove conduciendo a las cuatro señoras, y el carricoche de Charles,  en que éste llevaba  al capitán  Wentworth,  descendieron  la larga colina  en  dirección  a  Lyme  y  entraron  en  la  tranquila  calle  del  pueblo.  Era evidente que no hubieran tenido tiempo de recorrerla antes que la luz y el calor del día desaparecieran.
Después de encontrar alojamiento y ordenar la comida en una de las posadas, lo  que  correspondía  hacer,  por  supuesto,  era  preguntar  el  camino  del  mar. Habían llegado a una altura demasiado avanzada del año para disfrutar de cualquier entretenimiento o variedad que Lyme pudiera proporcionar como lugar público. Las habitaciones estaban cerradas, los huéspedes, retirados; casi no quedaban más familias que las de los residentes; y, como hay muy poco que ver en los edificios por sí mismos, lo único que los paseantes podían admirar era la notable  disposición  del  pueblo,  con  su  calle  principal  cayendo  directamente hacia el mar, el camino a Cobb, rodeando la pequeña y agradable bahía que en el verano tiene la animación que le prestan las casillas de baños y la grata compañía de la gente; por último, Cobb, con sus antiguas maravillas y nuevas mejoras, con la hermosa línea de los riscos destacándose al este de la ciudad; esto, y no otra cosa, era lo que debían buscar los forasteros; y, en realidad, debía  ser  un  forastero  muy  extraño  aquel  que  viendo  los  encantos  de  la población no deseara conocerla mejor para descubrir nuevas bellezas, como los alrededores, Charmouth, con sus alturas y su limpia campiña, y, más aún, su suave bahía retirada, detrás de negros peñascos, con fragmentos de roca baja entre las arenas, en donde podían sentarse tranquilamente para contemplar el flujo y reflujo de la marea.

Las gentes de Uppercross pasaron por delante de las hospederías, entonces desiertas y melancólicas; descendiendo más, se encontraron a orillas del mar, y deteniéndose lo necesario para mirarlo, continuaron su marcha a Cobb, para cumplir con sus respectivos propósitos, tanto ellos como el capitán Wentworth. En una pequeña casa al pie de un viejo pilar, allí colocado desde tiempo inmemorial, vivían los Harville. El capitán Wentworth se volvió para visitar a su amigo, y los demás continuaron su marcha hacia Cobb, donde éste habría de reunírseles más tarde.
No estaban en modo alguno cansados de admirar y vagar. Ni siquiera Louisa creía lejano el tiempo en que se habían separado del capitán Wentworth, cuando vieran regresar a éste acompañado por tres amigos, bien conocidos ya para el grupo a través de las descripciones del capitán, como Mr. y Mrs. Harville y el capitán Benwick, que pasaba una temporada con éstos.

El capitán Benwick había sido primer teniente del Laconia. Al relato que de su carácter había hecho el capitán Wentworth, al cálido elogio que hizo de él, presentándolo  como un joven y eximio oficial, a quien apreciaba muchísimo, habían seguido pequeños detalles sobre su vida privada que contribuyeron a volverlo interesante ante los ojos de las señoras. Había estado comprometido en matrimonio  con  la  hermana  del  capitán  Harville,  y  por  entonces  lloraba  su pérdida. Durante un año o dos habían esperado una fortuna y una mejora de posición.         La fortuna llegó, siendo su sueldo de teniente bastante elevado, y la promoción finalmente, pero Fanny Harville no vivió para verlo. Había muerto el año anterior mientras él se encontraba en el mar. El capitán Wentworth creía imposible que un hombre pudiera amar más a una mujer de lo que amó el pobre Benwick  a  Fanny  Harville,  o  alguien  que  hubiera  sido  más  profundamente afectado por la terrible realidad. Creía el capitán Wentworth que este joven era de aquellos que sufren intensamente, uniendo sentimientos muy profundos a modales tranquilos, serios y retirados, un decidido gusto por la lectura y una vida sedentaria.  Para  hacer  aún  más  interesante  la  historia,  su  amistad  con  los Harville  se  había  intensificado  a  raíz  del  suceso  que  hacía  imposible  para siempre una alianza entre ambas familias, y, a la sazón, podía afirmarse que vivía  enteramente  en  compañía  del  matrimonio.  El  capitán  Harville  había alquilado la casa por medio año; sus gustos, su salud y sus medios económicos no le permitían una residencia lujosa, y, por otra parte, estaba cerca del mar.
La magnificencia  del país,  el aislamiento  de Lyme  en el invierno  parecían igualmente a propósito para el estado de ánimo del capitán Benwick. La simpatía y la buena voluntad que todos sintieron hacia él fue en realidad grande.


“Y sin embargo -pensó Anne mientras iban al encuentro del grupo- no creo que sufra más que yo. Sus perspectivas de dicha no pueden haber terminado tan absolutamente. Es más joven que yo; más joven de sentimientos en caso de que no lo sea por edad; más joven por ser un hombre. Podrá rehacer su vida y ser feliz con alguna otra.”

Se encontraron, y unos y otros fueron presentados. El capitán Harville era un hombre alto y moreno, con un rostro bondadoso y sensible; cojeaba un poco, y su falta de salud y sus facciones más duras le hacían parecer de más edad que el capitán Wentworth. El capitán Benwick parecía, y era, el más joven de los tres,  y  comparado  con  los  otros  dos  era  un  hombre  bajo.  Tenía  un  rostro agradable y un aspecto melancólico, tal como le correspondía, y evitaba la conversación.
El capitán Harville, aunque no igualaba los modales del capitán Wentworth, era un perfecto caballero, sin afectación, sincero y simpático. Mrs. Harville, ligeramente menos pulida que su esposo, parecía igualmente bondadosa y nada podía ser más grato que su deseo de considerar al grupo como amigos personales,  puesto  que  eran  amigos  del  capitán  Wentworth,  ni  nada  más agradable que la manera de invitar a todos para que comiesen con ellos. La comida, ya ordenada en la posada, fue finalmente aceptada como excusa, pero parecieron ofendidos de que el capitán Wentworth hubiese llevado un grupo de amigos a Lyme sin considerar que debían, como cosa natural, comer con ellos.
Había en todo esto tanto afecto hacia el capitán Wentworth, y un encanto tan hechicero en esta hospitalidad tan desusada, tan fuera del común intercambio de invitaciones y comidas por pura fórmula y aburrimiento, que Anne debió luchar contra un sentimiento al comprobar que ningún beneficio recibiría ella del encuentro con gentes tan encantadoras. Estos hubieran sido mis amigos”, era su doloroso pensamiento y tuvo que luchar contra una gran depresión.
Al salir de Cobb, se dirigieron a la casa en compañía de los nuevos amigos, y encontraron   habitaciones   tan   pequeñas   como   sólo   aquellos   que   hacen invitaciones realmente de corazón podrían haber supuesto capaces de alojar a un grupo tan numeroso. Anne misma tuvo un momento de sorpresa, pero bien pronto  prevalecieron   los  sentimientos   agradables  que  surgían  al  ver  los acomodos  y las pequeñas  privaciones  del capitán Harville  para conseguir  el mayor espacio posible, para minimizar las deficiencias del amueblado y defender ventanas y puertas de las fuertes tormentas que vendrían. La variedad en el arreglo de los cuartos, donde los utensilios menos valiosos de uso común contrastaban con algunos objetos de raras maderas, excelentemente trabajados, y con algunos, curiosos  y valiosos, provenientes  de los distintos países que había  visitado  el  capitán  Harville,  eran  más  que  divertidos  para  Anne.  Todo hablaba de su profesión, era el fruto de sus labores, la influencia de sus hábitos, y esto, en un marco de dicha doméstica, le hacía sentir algo que en cierto modo podía compararse con la gratitud.
El capitán Harville no era buen lector, pero había hecho sitio para unos bonitos estantes que contenían los libros del capitán Benwick, y los había adornado. Su cojera le impedía hacer mucho ejercicio, pero su ingenuidad y su deseo de ser útil lo hacían ocuparse constantemente en algo. Engomaba, hacía oficios de carpintero, barnizaba, construía juguetes para los niños, renovaba agujas y alfileres y remendaba, en los ratos perdidos, su red de pescar, que descansaba en uno de los extremos del cuarto.

Cuando se fueron de la casa, Anne pensó que dejaba atrás una gran felicidad; y Louisa, mientras caminaban juntas, tuvo explosiones de admiración y contento al referirse a la Marina -su manera de ser afectuosa, su camaradería, su franqueza y su dignidad-, convencida de que eran los hombres mejores y más cariñosos de Inglaterra; que solamente ellos sabían vivir, solamente ellos merecían ser respetados y amados.

Regresaron a vestirse para la cena y el proyecto había dado tan buenos frutos que nada estaba fuera de lugar, a pesar de que no era la estación, y de “no ser tiempo de recorrer Lyme”, y de no esperar compañía, como decían los dueños de la posada.

Por  entonces  se  sintió  Anne  menos  inclinada  a  la  compañía  del  capitán Wentworth de lo que en un principio pudo imaginarse, y el sentarse a la misma mesa con él y el intercambio de cortesías propias de la ocasión (nunca fueron más allá) carecían para ella de todo significado.
Las noches eran demasiado Oscuras  para que las señoras  se visitaran  a horas  que no fueran  las de la mañana, pero el capitán Harville había prometido una visita por la noche.
Llegó  con  su  amigo,  que  era  una  persona  más  importante  de  lo  que
esperaban, estando todos de acuerdo en que el capitán Benwick parecía perturbado por la presencia de tantos desconocidos. Volvió entre ellos de nuevo, aunque su ánimo no parecía adecuarse a la alegría de aquella reunión.
Mientras los capitanes Wentworth y Harville hablaban en un extremo del cuarto y, recordando viejos tiempos, narraban abundantes anécdotas para entretener al auditorio, sucedió que Anne se sentó más bien lejos, con el capitán Benwick, y un impulso muy bueno de su naturaleza la forzó a entablar relación con él. Benwick era tímido y con tendencia a ensimismarse,  pero la encantadora dulzura del rostro de ella y la amabilidad de sus modales pronto surtieron efecto, y Anne fue recompensada en su primer esfuerzo de aproximación.
El joven gustaba mucho de la lectura, sobre todo de la poesía, y, además de la certeza de haberle proporcionado una velada agradable al hablar de temas por los cuales sus com- pañeros no sentían posiblemente ninguna inclinación, ella tenía la esperanza de serle útil en algunas observaciones, como el deber y la utilidad de luchar contra las penas morales, tema que había surgido con naturalidad de su conversación. Era tímido, pero no reservado, y parecía contento de no tener que reprimir sus sentimientos, habló de poesía, de la riqueza de la actual generación, e hizo una breve comparación entre los poetas de primera línea, procurando decidirse por Marmion,  o La dama  del  lago,  analizó  el valor  de  Giauor  y La doncella  de Abydos, y además, señalo cómo debía pronunciarse Giauor, demostrando estar íntimamente relacionado con los más tiernos poemas de tal poeta y las apasio- nadas descripciones de desesperado dolor en tal otro.
Repetía con voz trémula los versos  que describían  un corazón  deshecho,  o un espíritu  herido  por la maldad, y se expresaba con tal vehemencia, que ella deseó que el joven no sólo leyera poesía, y dijo que la desgracia de la poesia era el no poder ser gozada impunemente por aquellos que de ella gozaban en verdad, y que sus violentos sentimientos que permitían apreciarla eran los mismos sentimientos que debían aconsejarnos la prudencia en su manejo.

Como el rostro de él no pareciera afligido, sino, por el contrario, halagado por esta alusión, Anne se atrevió a proseguir, y consciente del derecho que le daba una mayor madurez mental, se animó a recomendarle que leyera más obras en prosa, y al preguntarle el joven qué clase de obras, sugirió ella algunas obras de nuestros mejores moralistas, algunas colecciones de nuestras cartas más hermosas, algunas memorias de personas dignas y golpeadas por el dolor, que le parecieron en ese momento indicadas para elevar y fortificar el ánimo por medio de sus nobles preceptos y los ejemplos más vigorosos de perseverancia moral y religiosa.

El capitán Benwick escuchaba con toda atención y parecía agradecer aquel interés, y a pesar de que con una sacudida de la cabeza y algunos suspiros expresó su poca fe en la eficacia de tales lecturas para curar un dolor como el suyo, tomó nota de los libros recomendados, prometiendo obtenerlos y leerlos.
Al finalizar la velada, Anne no pudo menos que pensar con ironía en la idea de haber ido a Lyme a aconsejar paciencia y resignación a un joven que nunca había visto; ni pudo dejar de pensar, reflexionando más seriamente, que semejando a grandes moralistas y predicadores, había sido ella muy elocuente sobre un punto en el que su propia conducta dejaba algo que desear.

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