lunes, 17 de octubre de 2011

PERSUASIÓN XII

Anne y Henrietta, las primeras en levantarse al día siguiente, acordaron bajar a la playa antes de desayunar. Llegaron a las arenas y contemplaron el ir y venir de las olas, a las que la brisa del sudeste hacia lucir con toda la belleza que permitía una playa tan extensa. Alabaron la mañana, se regocijaron con el mar, gozaron de la fresca brisa y guardaron silencio, hasta que Henrietta, súbitamente, empezó a hablar.


-¡Oh, sí! Estoy convencida de que, salvo raras excepciones, el aire de mar
siempre es bueno. No cabe duda de que ha sido muy beneficioso para el doctor Shirley después de su enfermedad, que tuvo lugar hace un año en la primavera.
El dice que un mes de permanencia en Lyme le ayuda más que todas las
medicinas, y que el mar lo hace sentirse rejuvenecido. Pienso que es una
lástima que no viva siempre junto al mar. Yo creo que debería dejar Uppercross para siempre y fijar su residencia en Lyme. ¿No le parece, Anne? ¿No cree usted, como yo, que sería lo mejor que podría hacer, tanto para él como para Mrs. Shirley? El tiene primos aquí, y muchos conocidos que harían la estadía de ella muy animada, y estoy segura de que ella estaría contenta de vivir en un lugar donde puede tener a mano los cuidados médicos en caso de volver a enfermar. En verdad, creo que es muy triste que personas excelentes como el doctor y su señora, que han pasado toda su vida haciendo el bien, gasten sus últimos días en un lugar como Uppercross, donde, aparte de nuestra familia, están alejados del mundo. Me gustaría que sus amigos le propusieran esto al doctor: en realidad creo que deberían hacerlo. En cuanto a obtener una licencia, creo que no habría dificultad, dados su edad y su carácter. Mi única duda es que algo pueda persuadirlo a abandonar su parroquia. ¡Es tan severo y escrupuloso! Demasiado escrupuloso, en realidad. ¿No piensa usted lo mismo, Anne? ¿No cree usted que es un error que un clérigo sacrifique su salud por deberes que podrían ser igualmente bien cumplidos por otra persona? Por otra parte, estando en Lyme a
una distancia de diecisiete millas, podría oír de inmediato las noticias de
cualquier irregularidad que sobreviniere.

Anne sonrió más de una vez para sí misma al oír estas palabras, y se interesó
en el tema procurando ayudar a la joven como antes lo había hecho con
Benwick, aunque en este caso la ayuda era sin importancia, pues ¿qué podía
ofrecer que no fuera un asentimiento general? Dijo todo lo que era razonable y
propio al respecto; estuvo de acuerdo en que el doctor Shirley necesitaba reposo; comprendió cuán deseable era que tomara los servicios de algún joven
activo y respetable como párroco, y fue tan cortés que insinuó la ventaja de que el dicho párroco estuviese casado.

-Me gustaría -dijo Henrietta, muy halagada por su compañera-, me gustaría
que Lady Russell viviera en Uppercross y fuera amiga del doctor Shirley. He
oído decir que Lady Russell es una mujer que influye fuertemente sobre todo a considero una persona capaz de persuadir a cualquiera. Le temo, por ser tan inteligente, pero la respeto muchísimo, y me gustaría tenerla como
vecina en Uppercross.
A Anne le causó gracia el agradecimiento de Henrietta, y que el curso de los
acontecimientos y de los nuevos intereses de la joven hubieran puesto a su
amiga en situación favorable con un miembro de la familia Musgrove; no tuvo
tiempo, sin embargo, más que para dar una respuesta vaga y desear que tal
mujer viviera en Uppercross, antes de que la charla fuera interrumpida por la
llegada de Louisa y el capitán Wentworth.


Venían también a pasear antes deldesayuno, pero al recordar Louisa, de inmediato, que debía comprar algo en una tienda, los invitó a volver al pueblo. Todos se pusieron a su disposición.
Al llegar a los peldaños por los que se bajaba hasta la playa encontraron a un
caballero que se preparaba en ese momento a bajar y que cortésmente se retiró para cederles el paso. Subieron y lo dejaron atrás. Mas, al pasar, Anne observó sus ojos, que la miraron con cierta respetuosa admiración, a la cual no fue ella insensible.


Tenía muy buen aspecto: sus facciones regulares y bonitas habían recobrado
la frescura de la juventud por obra del saludable aire, y sus ojos estaban muy
animados. Era evidente que el caballero -su aspecto así lo demostraba- la
admiraba muchísimo. El capitán Wentworth la miró en una forma que
evidenciaba haber notado el hecho. Fue una rápida mirada, una brillante mirada que parecía decir:
“El hombre está prendado de ti, y yo mismo, en este
momento, creo ver algo de la Anne Elliot de otrora”.

 Después de acompañar a Louisa en su compra y pasear otro rato, regresaron a la posada, y al pasar Anne de su dormitorio al comedor, casi atropelló al mismo caballero de la playa, que salía en ese momento de un departamento contiguo. En un principio había pensado ella que era un forastero como ellos, suponiendo además que un muchacho de buena apariencia, que habían encontrado arguyendo en las dos posadas que recorrieron, debía ser su criado. El hecho de que tanto el amo como el presunto criado llevaran luto parecía corroborar la idea. Era ahora un hecho que se alojaba en la misma posada que ellos; esté segundo encuentro, pese a su brevedad, probó asimismo, por las miradas del caballero, que encontraba a Anne encantadora, y por la prontitud y propiedad de sus maneras al excusarse, que se trataba de un verdadero caballero.
 Representaba unos treinta años, y aunque no puede decirse que fuera hermoso, su persona era sin duda agradable. Anne comprendió que le agradaría saber de quién se trataba.
Acababan de terminar el almuerzo, cuando el ruido de un coche (el primero
que habían escuchado desde su llegada a Lyme) atrajo a todos hacia la
ventana.


-Era el coche de un caballero, un cochecillo, -comentó un huésped-, que venía
desde el establo a la puerta principal. Alguien que se marcha seguramente. Lo
conducía un criado vestido de luto.


 
La palabra “cochecillo” despertó la curiosidad de (Charles Musgrove, que en el
acto deseó comparar aquel coche con el suyo. Las palabras “un criado de luto”
atrajeron la atención de Anne, y así, los seis se encontraban en la ventana en el momento que el dueño del coche, entre los saludos y cortesías de la
servidumbre, tomó su puesto para conducirlo.

-¡Ah! -exclamó el capitán Wentworth, y mirando de reojo a Anne, arguyó-: es el hombre con quien nos hemos cruzado.

Las señoritas Musgrove convinieron en ello; todos miraron el coche hasta que
desapareció tras la colina, y luego volvieron a la mesa. El mozo entró en la
habitación poco después.

-Haga usted el favor -dijo el capitán Wentworth-, ¿podría decirnos quién es el
caballero que acaba de partir?

-Sí, señor, es un tal Mr. Elliot, un caballero de gran fortuna. Llegó ayer
procedente de Sidmouth; posiblemente habrán ustedes oído el coche mientras
se encontraban cenando. Iba ahora hacia Crewherne, camino de Bath y
Londres.

-¡Elliot! -Se miraron unos a otros y todos repitieron el nombre, antes de que
este relato terminara, pese a la rapidez del mozo.

-¡Dios mío! -exclamó Mary-. ¡Este Mr. Elliot debe ser nuestro primo, no cabe
duda! Charles, Anne, ¿no les parece a ustedes así? De luto, tal como debe estar.

¡Es extraordinario! ¡En la misma posada que nosotros! Anne, ¿este mister Elliot no es el próximo heredero de mi padre? Haga usted el favor -dirigiéndose al mozo-, ¿no ha oído a su criado decir si pertenecía a la familia Kellynch?

-No, señora; no ha mencionado ninguna familia determinada. Pero el criado
dijo que su amo era un caballero muy rico y que sería barón algún día.

-¡Eso es! -exclamó Mary extasiada-. Tal como lo he dicho. ¡El heredero de Sir
Walter Elliot! Ya sabía yo que llegaríamos a saberlo. Es en verdad una
circunstancia que los criados se encargarán de difundir por todas partes. ¡Anne,imagina qué extraordinario! Me hubiera agradado mirarlo más detenidamente.
Me hubiera agradado saber a tiempo de quién se trataba para poder ser
presentados. ¡Es en verdad una lástima que no hayamos sido presentados!
¿Les parece a ustedes que tiene el aspecto de la familia Elliot? Me sorprende
que sus brazos no me hayan llamado la atención. Pero la gran capa ocultaba
sus brazos; si no, estoy cierta de que los hubiera observado. Y la librea también.
Si el criado no hubiera estado de luto lo habríamos reconocido por la librea.
-Considerando todas estas circunstancias -dijo el capitán Wentworth-,
debemos creer- que fue la mano de la naturaleza la que impidió que fuésemos
presentados a su primo.
Cuando pudo llamar la atención de Mary, Anne serenamente trató de
convencerla de que su padre y mister Elliot, por largos años, no habían estado
en tan buenas relaciones como para hacer deseable una presentación.
Sentía al mismo tiempo la satisfacción de haber visto a su primo y de saber
que el futuro dueño de Kellynch era sin discusión un caballero y daba la
impresión de poseer buen sentido. Bajo ninguna circunstancia mencionaría que
lo había encontrado por segunda vez. A Dios gracias, Mary no había intentado
ninguna aproximación en su primer encuentro, pero era indiscutible que no
estaría conforme con su segundo encuentro, en el cual Anne había huido casi del corredor, recibiendo sus excusas mientras que Mary no había tenido ocasión de estar cerca de él. Sí: aquella entrevista debía quedar secreta.

-Naturalmente -dijo Mary-, deberás mencionar nuestro encuentro con Mr. Elliot
la próxima vez que escribas a Bath. Mi padre debe saberlo. Cuéntale todo.

Anne no respondió nada, porque se trataba de una circunstancia que creía no
sólo innecesaria de ser comunicada, sino que no debía mencionarse para nada.
Bien sabía la ofensa que varios años atrás había recibido su padre. Sospechaba la parte que Elizabeth había compartido en esto. Y, por otra Parte, la sola idea de mister Elliot siempre casaba desagrado a los dos. Mary jamás escribía a Bath; la tarea de mantener una insatisfactoria correspondencia con Elizabeth recaía sobre Anne.

Hacía ya largo rato que habían terminado de desayunar cuando se les
reunieron el capitán Harville, su esposa y el capitán Benwick, con quienes
habían convenido dar un último recorrido a Lyme. Pensaban partir para
Uppercross alrededor de la una, y mientras la hora llegaba pasearían todos
juntos al aire libre.

Anne encontró al capitán Benwick, aproximándosele tan pronto como estuvieron en la calle. Su conversación de la velada precedente lo predisponía a buscar la compañía de ella nuevamente. Y marcharon juntos por cierto tiempo, conversando como la vez anterior de Mr. Scott y Lord Byron, y como la vez anterior, al igual que muchos otros lectores, no se hallaron capaces de discernir exactamente los méritos de uno y otro, hasta que un cambio general en la partida de caminantes trajo a Anne al lado del capitán Harville.
-Miss Elliot -dijo éste hablando en voz más bien baja-, ha hecho usted un gran
bien haciendo conversar tanto a este pobre muchacho. Desearía que pudiese
disfrutar de su compañía más a menudo. Es muy malo para él estar siempre
solo, pero ¿qué podemos hacer nosotros? No podemos, por otra parte,
separamos de él.
-Lo comprendo -dijo Anne-. Pero con el tiempo... bien sabe usted qué gran
influencia tiene el tiempo sobre cualquier aflicción... Y no debe olvidar, capitán Harville, que nuestro amigo hace poco tiempo que guarda luto... Creo que sucedió el último verano, ¿no es así?
-Así es; en junio... -dijo dando un profundo suspiro.
-Y es posible que haga menos tiempo aún que él lo supo... -Lo supo en la
primera semana de agosto, cuando volvió del Cabo, en el Grappler. Yo estaba
en Plymouth y temía encontrarlo. El envió cartas pero el Grappler debía ir a
Portsmouth. Hasta allí debieron llegarle las noticias, ¿pero quién se hubiera
atrevido a decírselo cara a cara? Yo no. Hubiera preferido ser colgado. Nadie
hubiese podido hacerlo, con excepción de ese hombre -señaló al capitán
Wentworth-. El Laconia había llegado a Plymouth la semana anterior, y no iba a ser mandado a la mar nuevamente. El había aprovechado la ocasión para
descansar.
“Escribió pidiendo licencia, pero sin esperar la respuesta, cabalgó día y noche
hasta Portsmouth, se precipitó en el Grappler y no abandonó _ al desdichado
joven desde aquel instante por espacio de una semana. ¡Ningún otro hubiera
podido salvar al pobre James! Ya puede usted imaginar, miss Elliot, cuánto lo
estimamos por esto.
Anne parecía un poco confusa, y respondió según se lo permitieron sus
sentimientos, o mejor dicho, lo que él podía soportar, puesto que el asunto era para él tan doloroso que no pudo continuar con el mismo tema, y cuando volvió a hablar, lo hizo refiriéndose a otra cosa.
Mrs. Harville, juzgando que su esposo habría caminado bastante cuando
llegaran a casa, dirigió al grupo en lo que había de ser su último paseo.
Deberían acompañar al matrimonio hasta la puerta de su residencia, y luego
regresar y preparar la partida. Según calcularon, tenía tiempo justo para todo
eso; pero cuando llegaron cerca de Cobb sintieron un deseo unánime de
caminar por allí una vez más. Estaban tan dispuestos, y Louisa mostró pronto
tanta determinación, que juzgaron que un cuarto de hora más no haría gran
diferencia. Así, pues, con todo el pesar e intercambio de promesas e invitaciones imaginables se separaron del capitán y de la señora Harville en su misma Puerta; y, acompañados por el capitán Benwick, que parecía querer estar con ellos hasta el final, se encaminaron a dar un verdadero adiós a Cobb.
Anne se encontró una vez más junto al capitán Benwick. Los oscuros mares azules de Lord Byron volvían con el panorama, y así Anne, de buena voluntad,
prestó al joven cuanta atención le fue posible, porque pronto ésta fue
forzosamente distraída en otro sentido.

Había demasiado viento para que la parte alta de Cobb resultase agradable a
las señoras, y convinieron en descender a la parte baja, y todos estuvieron
contentos de pasar rápida y quietamente bajo el escarpado risco, todos menos
Louisa. Debió ser ayudada a saltar allí por el capitán Wentworth. En todos los
paseos que habían hecho, él debió ayudarla a saltar los peldaños y la sensación era deliciosa para ella. La dureza del pavimento amenazaba esta vez lastimar los pies de la joven, y el capitán temía esto vagamente. Sin embargo, la esperó mientras saltaba y todo sucedió a la perfección, tanto que, para mostrar su contento, ella trepó otra vez de inmediato para saltar otra vez. 
El la previno, temiendo que la sacudida resultase muy violenta, pero razonó y habló en vano; ella sonrió y dijo: “Quiero y lo haré”. El tendió pues los brazos para recibirla, pero Louisa se apresuró la fracción de un segundo y cayó como muerta sobre el pavimento de la baja Cobb.


No había herida ni sangre visibles, pero sus ojos estaban cerrados, no se
escuchaba su respiración, y su semblante parecía el de un muerto. ¡Con qué
horror la contemplaron todos!
El capitán Wentworth, que la había levantado, se arrodilló con ella en sus
brazos, mirándola con un rostro tan pálido como el de ella, en su agonía
silenciosa.
-¡Está muerta!, ¡está muerta! -gritó Mary abrazando a su esposo y
contribuyendo con su propio horror a mantenerlo inmóvil de espanto. Henrietta, desmayándose ante la idea de su hermana muerta, hubiera caído también al pavimento de no impedirlo Anne y el capitán Benwick, que la sostuvieron a tiempo.
-¿No hay quién pueda ayudarme? -fueron las primeras palabras del capitán
Wentworth, en tono desesperado y como si hubiera perdido toda su fuerza.

-¡Acudan a él! -gritó Anne-. ¡Por el amor de Dios, acudan a él! -Dirigiéndose a
Benwick-: Yo puedo sostenerla. Déjeme y vaya a él. Frótenle las manos, los
miembros; aquí hay sales, tómelas usted, tómelas.
El capitán Benwick obedeció y Charles, librándose de su esposa, acudió al
mismo tiempo. Louisa fue levantada entre todos, y todo lo que Anne indicó se hizo, pero en vano. El capitán Wentworth, apoyándose contra el muro, exclamaba en la más amarga consternación:

-¡Oh, Dios! ¡Su padre y su madre!
-¡Un cirujano! -dijo Anne.
El escuchó la palabra y su ánimo pareció renacer de pronto, diciendo
solamente:
-¡Un cirujano, eso es, un cirujano!
Se dispuso a partir, cuando Anne sugirió:
-¿No será mejor que vaya el capitán Benwick? El sabe dónde encontrar un
cirujano.
Cualquiera capaz de pensar en aquellos momentos había comprendido la
ventaja de la idea, y al instante (todo esto pasaba vertiginosamente) el capitán Benwick había soltado en brazos del hermano la pobre figura desmayada y partía a la ciudad a toda prisa.
En cuanto a los que quedaron, con dificultad podría decirse de los que
conservaban sus sentidos, quién sufría más, si el capitán Wentworth, Anne o
Charles, quien siendo en verdad un hermano cariñoso, sollozaba amargamente y no podía apartar los ojos de sus dos hermanas más que para encontrar la
desesperación histérica de su esposa, quien reclamaba de él consuelo que no
podía prestarle.
Anne, atendiendo con toda su fuerza, celo e instintos a Henrietta, trataba aún a intervalos, de animar a los otros, tranquilizando a Mary, animando a Charles, confortando al capitán Wentworth. Ambos parecían contar con ella para cualquier decisión.
-¡Anne!, ¡Anne! -clamaba Charles-, ¿qué debemos hacer después? Por Dios, ¿qué debemos hacer?
Los ojos del capitán Wentworth estaban también vueltos a ella.
-¿No es mejor llevarla a la posada? Sí, llevémosla suavemente hasta la
posada.
-Sí, sí, a la posada -repitió el capitán Wentworth, algo aliviado, y deseoso de
hacer algo-. Yo la llevaré, Musgrove, encárguese usted de los demás.
Por entonces, el rumor del accidente había corrido entre los pescadores y
boteros de Cobb,, y muchos se habían acercado a ofrecer sus servicios, o a
disfrutar de la vista de una joven muerta, mejor dicho, de dos jóvenes muertas, que eso parecían, lo que por cierto era una cosa poco usual, digna de ser vista y repetida.
 A los que tenían mejor aspecto les fue confiada Henrietta, quien, a pesar de haber vuelto algo en sí, no era aún capaz de caminar sin apoyo. Así, con Anne a su lado y Charles atendiendo a su esposa, se pusieron en marcha con
sentimientos inenarrables, sobre el mismo camino por el que hacía tan poco,
¡tan poco!, habían pasado con el corazón rebosante.
No habían salido de Cobb, cuando los Harville se les reunieron. Habían visto
pasar a toda prisa al capitán Benwick con un rostro descompuesto, y habían sido informados de todo mientras se encaminaban al lugar. No obstante la
conmoción, el capitán Harville conservaba sus nervios y su sentido común, que
desde luego se volvían inapreciables en el momento. Una mirada cambiada
entre él y su esposa resolvió lo que debía hacerse.
La llevarían a casa de ellos -todos debían ir a su casa- y esperar allí la llegada del doctor. No querían oír ninguna excusa; fueron obedecidos. Louisa fue llevada arriba siguiendo las indicaciones de la señora Harville, quien le proporcionó su propio lecho, su asistencia, medicinas y sales, mientras su esposo proporcionaba calmantes a los demás.
Louisa había abierto una vez los ojos, pero volvió a cerrarlos; parecía del todo
inconsciente. Esta prueba de vida había sido, sin embargo, útil a su hermana.
Henrietta, absolutamente incapaz de permanecer en el mismo cuarto con Louisa, entre el miedo y la esperanza, no podía recobrar sus sentidos. Mary, por su parte, parecía calmarse poco a poco.
El médico llegó antes de lo que parecía posible. Todos sufrieron horrores
mientras duró el examen, pero el cirujano no perdió la esperanza. La cabeza
había recibido una seria contusión, pero había visto contusiones más graves que no habían resultado fatales; en modo alguno parecía descorazonado: hablaba confiadamente.

Nadie se había atrevido a concebir un desenlace que no fuese desgraciado.
De allí la dicha profunda y silenciosa experimentada por todos, después de dar
gracias al cielo.
El tono y la mirada con que el capitán Wentworth dijo: “¡A Dios gracias!”, fueron algo que Anne jamás olvidaría. Tampoco habría de olvidar cuando, más tarde, con los brazos cruzados sobre la mesa, como vencido por sus emociones, parecía querer calmarse por medio de la oración y la reflexión.
Los miembros de Louisa estaban a salvo; sólo la cabeza había sido dañada. Erael momento, entonces, de pensar qué convenía hacer para resolver la situación general planteada. Podían ahora hablar y consultarse. Que Louisa debía quedarse allí, a pesar de la molestia que experimentaban todos de abusar de los Harville, era algo que no admitía dudas. Llevársela era imposible. Los Harville silenciaron todo escrúpulo, y, en cuanto les fue posible, toda gratitud. Habían preparado y arreglado todo antes que los demás tuvieran tiempo de pensar. El capitán Benwick les dejaría su habitación y conseguiría una cama en cualquier parte; todo estaba arreglado. El único problema era que la casa no podía albergar a más gente. Sin embargo, “poniendo a los niños en la habitación de la criada” o “colgando una cortina de alguna parte”, podían albergarse dos a tres personas si es que deseaban quedarse. En cuanto a la asistencia de la señorita Musgrove, no debía haber ningún reparo en dejarla enteramente bajo el cuidado de la señora Harville, quien era una enfermera experimentada, y también lo era su criada, quien la había acompañado a muchos sitios y estaba a su servicio desde hacía tiempo.
Entre las dos la atenderían día y noche. Todo esto fue dicho con verdad y sinceridad irresistibles.
Charles, Henrietta y el capitán Wentworth consultaban algo entre ellos:
Uppercross, la necesidad de que alguien vaya a Uppercross... dar las noticias..., la sorpresa de los señores Musgrove a medida que el tiempo pasaba sin verlos llegar..., el haber tenido que partir hacía una hora..., la imposibilidad de estar allí a una hora razonable... Al principio no podían más que exclamar, pero después de un rato dijo el capitán Wentworth:
-Debemos decidirnos ahora mismo. Todo minuto es precioso. Alguien debe ir a
Uppercross; Musgrove, usted o yo debemos ir.

Charles asintió, pero declaró que no deseaba ir. Molestaría lo menos posible a
los señores Harville, pero de ninguna manera deseaba o podía abandonar a su
hermana en ese estado. Así lo había decidido; Henrietta, por su parte, declaró lo mismo. Sin embargo, muy pronto se la hizo cambiar de idea. ¡La inutilidad de su estadía!... ¡Ella, que no había sido capaz de permanecer en la habitación de Louisa, o mirarla, con aflicciones que la tornaban inútil para cualquier ayuda eficaz! Se la obligó a reconocer que no podía hacer nada bueno. Pese a ello no quería partir hasta que se le recordó a sus padres; consintió entonces, deseosa de volver a casa.
Ya estaba el plan arreglado, cuando Anne, volviendo en silencio del cuarto de
Louisa, no pudo menos que oír lo que sigue, porque la puerta de la sala estaba abierta:
-Está, pues, arreglado, Musgrove -decía el capitán Wentworth-, usted se
quedará aquí y yo acompañaré a su hermana a casa. La señora Musgrove,
naturalmente, deseará volver junto a sus hijos. Para ayudar a la señora Harville no es necesario más que una persona, y si Anne quiere quedarse, nadie es más capaz que ella en estas circunstancias.
Anne se detuvo un momento para reponerse de la emoción de oírse nombrar.
Los demás asintieron calurosamente las palabras del capitán, y entonces entró Anne.
-Usted se quedará, estoy seguro -exclamó él-, se quedará y la cuidará. -Se
había vuelto a ella y le hablaba con una viveza y una gentileza tales que
parecían pertenecer al pasado. Anne se sonrojó intensamente, y él,
recobrándose, se alejó. Ella manifestó al punto su voluntad de quedarse. Era lo que había pensado. Una cama en el cuarto de Louisa, si la señora Harville
deseaba tomarse la molestia, era cuanto se precisaba.
Un punto más y todo estaría arreglado. Lo más probable era que los señores
Musgrove estuvieran alarmados ya por la tardanza, y como el tiempo que
demorarían en llevarlos de vuelta los caballos de Uppercross sería demasiado
largo, convinieron entre el capitán Wentworth y Charles Musgrove que sería mejor que el primero tomase un coche en la posada y dejase el carruaje y los caballos del señor Musgrove hasta la mañana siguiente, cuando además se pudieran enviar nuevas noticias del estado de Louisa.
El capitán Wentworth se apresuraba por- su parte en arreglar todo, y las
señoras pronto hicieron lo mismo. Sin embargo, cuando Mary supo del plan, la
paz terminó. Se sentía terriblemente ultrajada ante la injusticia de querer enviarla de vuelta y dejar a Anne en el puesto que le correspondía a ella.


Anne, que no era parienta de Louisa mientras que ella era su hermana, y le correspondía el derecho de permanecer allí en el lugar que debía ser de Henrietta. ¿Por qué no había de ser ella tan útil como Anne? ¡Tener que volver a casa, y, para colmo, sin Charles..., sin su esposo! ¡No, aquello era demasiado poco bondadoso! Al poco rato había dicho más de lo que su esposo podía soportar, y como desde el momento que él abandonaba el plan primitivo nadie podía insistir, el reemplazo de Anne por Mary se hizo inevitable.
Anne jamás se había sometido de más mala gana a los celos y malos juicios de Mary, pero así debía hacerse. El capitán Benwick, acompañándola a ella y
Charles a su hermana, partieron en dirección al pueblo. Recordó por un momento, mientras se alejaban, las escenas que los mismos parajes habían contemplado durante la mañana. Allí había oído ella los proyectos de Henrietta para que el doctor Shirley dejase Uppercross; allí había visto la primera vez a Mr. Elliot; todo ahora desaparecía ante Louisa, para aquellos que se vieran envueltos en su accidente.
El capitán Benwick era muy atento con Anne y, unidos por las angustias
pasadas durante el día, ella sentía inclinación hacia él y hasta cierta satisfacción ante el pensamiento de que ésta era quizás una ocasión de estrechar su conocimiento.
El capitán Wentworth los esperaba, y un coche para cuatro, estacionado para
mayor comodidad en la parte baja de la calle, estaba también allí. Pero su
sorpresa ante el cambio de una hermana por la otra, el cambio de su fisonomía, lo atónito de sus expresiones, mortificaron a Anne, o mejor dicho, la convencieron de que tenía valor solamente en aquello en que podía ser útil a Louisa.
Procuró aparecer tranquila y ser justa. Sin los sentimientos de una Emma por su Henry, hubiera atendido a Louisa con un celo más allá de lo común, por afecto a él; esperaba que no fuera injusto al suponer que ella abandonaba tan rápidamente los deberes de amiga.
Entre tanto ya estaba en el coche. Las había ayudado a subir y se había
colocado entre ellas. De esta manera, en estas circunstancias, llena de sorpresa y de emoción, Anne dejó Lyme. Cómo transcurriría el largo viaje, en qué ánimo estarían, era algo que ella no podía prever. Sin embargo, todo pareció natural.
 El hablaba, siempre con Henrietta, volviéndose hacia ella para atenderla o
animarla. En general, su voz y sus maneras parecían estudiadamente tranquilas.
Evitar agitaciones a Henrietta parecía lo principal. Sólo una vez, cuando
comentaba ésta el desdichado paseo a Cobb, lamentando haber ido allí, pareció dejar libres sus sentimientos:

-No diga nada, no hable usted de ello -exclamó-. ¡Oh, Dios, no debí haberla
dejado en el fatal momento seguir su impulso! ¡Debí cumplir con mi deber! ¡Pero estaba tan ansiosa y tan resuelta! ¡Querida, encantadora Louisa!
Anne se preguntó si no pensaría él que muchas veces vale más un carácter
persuasivo que la firmeza de un carácter resuelto.
Viajaban a toda velocidad. Anne se sorprendió de encontrar tan pronto los
mismos objetos y colinas que suponía más distantes. La rapidez de la marcha y el temor al final del viaje hacían parecer el camino mucho más corto que el día anterior. Estaba bastante oscuro, sin embargo, cuando llegaron a los
alrededores de Uppercross; habían guardado silencio por cierto tiempo.
Henrietta se había recostado en el asiento con un chal sobre su rostro, llorando hasta quedarse dormida. Cuando ascendían por la última colina, el capitán Wentworth habló a Anne. Dijo con voz recelosa:
-He estado pensando lo que nos conviene hacer. Ella no debe aparecer en el
primer momento. No podría soportarlo. Me parece que lo mejor es que se quede usted en el coche con ella, mientras yo veo a los señores Musgrove. ¿Le parece a usted una buena idea?
 
Anne asintió; él pareció satisfecho y no dijo más. Pero el recuerdo de que le
hubiera dirigido la palabra la hacía feliz; era una prueba de amistad, una
deferencia hacia su buen criterio, un gran placer. Y a pesar de ser casi una
despedida, el valor de la consulta no se desvanecía.
Cuando las inquietantes nuevas fueron comunicadas en Uppercross y los
padres estuvieron tan tranquilos como las circunstancias permitían, y la hija,
satisfecha de encontrarse entre ellos, Wentworth anunció su decisión de volver aLyme en el mismo coche. Cuando los caballos hubieron comido, partió.

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