martes, 18 de octubre de 2011

PERSUASIÓN XIII


El resto del tiempo que Anne había de pasar en Uppercross, nada más que dos días, los pasó en la Casa Grande, y la satisfizo sentirse útil allí, tanto como compañía inmediata, como ayudando a los preparativos para el futuro, que la intranquilidad de los señores Musgrove no les permitía atender.
A la siguiente mañana, temprano, recibieron noticias de Lyme; Louisa seguía igual. Ningún síntoma grave había aparecido. Horas más tarde, llegó Charles para dar  noticias  más  detalladas.  Estaba  de  bastante  buen  ánimo.  No  podía esperarse una recuperación rápida, pero el caso marchaba tan bien como la gravedad del golpe lo permitía. Hablando de los Harville, le parecía increíble la bondad de esta gente, en especial los desvelos de la señora Harville como enfermera. En verdad, no dejó a Mary nada por hacer. Esta y él habían sido persuadidos de volverse a la posada a la mañana siguiente. Mary se había puesto histérica por la mañana. Cuando él salió, ella se disponía a salir de paseo con el capitán Benwick, lo que suponía le haría bien. Charles casi se alegraba de qué no hubiese vuelto a casa el día anterior, pero la verdad era que la señora Harville no dejaba a nadie nada por hacer.

Charles pensaba volver a Lyme en la misma tarde, y su padre tuvo un momento la intención de acompañarlo, pero las señoras no se lo permitieron. No haría sino aumentar las molestias de los otros, e intranquilizarse más; un plan mucho mejor  fue  propuesto  y  se  siguió.  Se  envió  un  coche  a  Crewherne  por  una persona que sería mucho más útil; la antigua niñera de la familia, quien, habiendo educado a todos los niños hasta ver al mimado y delicado Harry en el colegio, vivía  por  entonces  en  la  desierta  habitación  de  los  pequeños,  remendando medias, componiendo todas las abolladuras y desperfectos que caían en sus manos y que, naturalmente, se sintió muy feliz de ir a ayudar y atender a la querida señorita Louisa. Vagos deseos de enviar allí a Sarah surgieron en la señora Musgrove y en Henrietta, pero sin Anne aquello podía resolverse difícilmente.

Al  día  siguiente  quedaron  en  deuda  con  Charles  Hayter.  Tomó  como  cosa propia el ir a Lyme, y las noticias que trajo fueron aún más alentadoras. Los momentos en los que recuperaba el sentido parecían más frecuentes. Todas las noticias  comunicaban  que  el  capitán  Wentworth  continuaba  inconmovible  en Lyme.

Anne debía dejarlos al día siguiente y todos temían este acontecimiento. ¿Qué harían sin ella? Muy mal podían consolarse entre sí. Y tanto dijeron en este sentido que Anne no tuvo más recurso que comunicar a todos su deseo secreto: que fueran a Lyme en seguida.
Poco le costó persuadirlos; decidieron irse a la mañana siguiente, alojarse en alguna posada y aguardar allí hasta que Louisa pudiese ser trasladada. Debían evitar toda molestia a las buenas gentes que la cuidaban: debían al menos aliviar a la señora Harville del cuidado de sus hijos; y, en general, estuvieron tan contentos de la decisión, que Anne se alegró de lo que había hecho, y pensó que la mejor manera de pasar su última mañana en Uppercross  era  ayudando  a  los  preparativos  de  ellos  y  enviándolos  allá  a temprana hora, aunque el quedar sola en la desierta casa fuese la consecuencia inmediata.

¡Ella era la última, con excepción de los niños en la quinta, la última de todo el grupo  que  había  animado  y  llenado  ambas  casas,  dando  a  Uppercross  su carácter alegre!
 ¡Gran cambio, en verdad, en tan pocos días!
Si Louisa sanaba, todo estaría nuevamente bien. Habría aún más felicidad que antes. No cabía duda, al menos para ella, de lo que seguiría a la recuperación. Unos pocos meses, y el cuarto, ahora desierto, habitado sólo por su silencio, sería nuevamente ocupado por la alegría, la felicidad y el brillo del amor, por todo aquello que menos en común tenía con Anne Elliot.
Una hora sumida en estas reflexiones, en un sombrío día de noviembre, con una llovizna empañando los objetos que podían verse desde la ventana, fue suficiente para hacer más que bienvenido el sonido del coche de Lady Russell y, pese al deseo de irse, no pudo abandonar la Casa Grande, o decir adiós desde lejos a la quinta, con su oscura y poco atractiva terraza, o mirar a través de los empañados cristales las humildes casas de la villa, sin sentir pesadumbre en su corazón.
Las escenas pasadas en Uppercross lo volvían precioso. Tenía el recuerdo de muchos dolores, intensos una vez, pero acallados en ese momento y también algunos momentos de sentimientos más dulces, atisbos de amistad y de reconciliación, que nunca más volverían y que nunca dejarían de ser un precioso recuerdo. Todo esto dejaba tras de sí... todo, menos el recuerdo.
Anne no había regresado a Kellynch desde su partida de casa de Lady Russell en septiembre. No había sido necesario, y las ocasiones que se le presentaron las había evitado. Ahora iba a ocupar su puesto en los modernos y elegantes apartamentos, bajo los ojos de su señora.
Alguna ansiedad se mezclaba a la alegría de Lady Russell al volver a verla. Sabía quién había frecuentado Uppercross. Pero felizmente Anne había mejorado de aspecto y apariencia o así lo imaginó la dama. Al recibir el testimonio de su admiración, Anne secretamente la comparó con la de su primo y esperó ser bendecida con el milagro de una segunda primavera de juventud y belleza.
Durante la conversación comprendió que había también un cambio en su espíritu. Los asuntos que habían llenado su corazón cuando dejó Kellynch, y que tanto había sentido, parecían haberse calmado entre los Musgrove, y eran a la sazón de interés secundario. Hasta había descuidado a su padre y hermana y a Bath. Lo más relevante parecía ser lo de Uppercross, y cuando Lady Russell volvió a sus antiguas esperanzas y temores y habló de su satisfacción de la casa de Camden Place, que había alquilado, y su satisfacción de que Mrs. Clay estuviese aún con ellos, Anne se avergonzó de cuánta más importancia tenían para  ella  Lyme  y Louisa  Musgrove,  y todas  las  personas  que  conociera  allí; cuánto más interesante era para ella la amistad de los Harville y del capitán Benwick, que la propia casa paterna en Camden Place, o la intimidad de su hermana con la señora Clay. Tenía que esforzarse para aparentar ante Lady Russell una atención similar en asuntos que, era obvio, debían interesarle más.

Hubo cierta dificultad, al principio, al tratar otro asunto. Hablaban del accidente de Lyme. No hacía cinco minutos de la llegada de Lady Russell, el día anterior, cuando fue informada en detalle de todo lo ocurrido, pero ella deseaba averiguar más, conocer las particularidades, lamentar la imprudencia y el fatal resultado, y naturalmente el nombre del capitán Wentworth debía ser mencionado por las dos. Anne tuvo conciencia de que no tenía ella la presencia de ánimo de Lady Russell. No podía pronunciar el nombre y mirar a la cara a Lady Russell hasta no haberle informado brevemente a ésta de lo que ella creía existía entre el capitán y Louisa. Cuando lo dijo, pudo hablar con más tranquilidad.
Lady Russell no podía hacer más que escuchar y desear felicidad a ambos. Pero en su corazón sentía un placer rencoroso y despectivo al pensar que el hombre que a los veintitrés años parecía entender algo de lo que valía Anne Elliot, estuviera entonces, ocho años más tarde, encantado por una Louisa Musgrove.
Los primeros tres o cuatro días pasaron sin sobresaltos, sin ninguna circunstancia excepcional, como no fueran una o dos notas de Lyme, enviadas a Anne, no sabía ella cómo, y que informaban satisfactoriamente de la salud de Louisa. Pero la tranquila pasividad de Lady Russell no pudo continuar por más tiempo, y el ligero tono amenazante del pasado volvió en tono decidido:


-Debo ver a Mrs. Croft; debo verla pronto, Anne. ¿Tendrá usted el valor de
acompañarme a visitar aquella casa? Será una prueba para nosotras dos.

Anne no rehusó; muy por el contrario, sus sentimientos fueron sinceros cuando dijo:
-Creo que usted será quien sufra más. Sus sentimientos son más difíciles de cambiar que los míos. Estando en la vecindad, mis afectos se han endurecido. Podrían haber dicho algo más sobre el asunto. Pero tenía tan alta opinión de los Croft y consideraba a su padre tan afortunado con sus inquilinos, creía tanto en el buen ejemplo que recibiría toda la parroquia, así como de las atenciones y alivio que tendrían los pobres, que, aunque apenada y avergonzada por la necesidad del reencuentro, no podía menos que pensar que los que se habían ido  eran  los  que  debían  irse,  y  que,  en  realidad,  Kellynch  había  pasado  a mejores manos. Esta convicción, desde luego, era dolorosa, y muy dura, pero serviría para prevenir el mismo dolor que experimentaría Lady Russell al entrar nuevamente en la casa y recorrer las tan conocidas dependencias.

En tales momentos Anne no podría dejar de decirse a sí misma: “¡Estas habitaciones deberían ser nuestras! ¡Oh, cuánto han desmerecido en su destino!

¡Cuán indignamente ocupadas están! ¡Una antigua familia haber sido arrojada de esa manera! ¡Extraños en un lugar que no les corresponde!” No, por cierto, con  excepción  de  cuando  recordaba  a  su  madre  y  el  lugar  en  que  ella acostumbraba sentarse y presidir. Ciertamente no podría pensar así.


Mrs. Croft la había tratado siempre con una amabilidad que le hacía sospechar una secreta simpatía. Esta vez, al recibirla en su casa, las atenciones fueron especiales.

El desgraciado accidente de Lyme fue pronto el centro de la conversación. Por lo que sabían de la enferma era claro que las señoras hablaban de las noticias recibidas el día anterior, y así se supo que el capitán Wentworth había estado en Kellynch el último día (por primera vez desde el accidente) y de allí había despachado a Anne la nota cuya procedencia ella no había podido explicar, y había vuelto a Lyme, al parecer sin intenciones de volver a alejarse de allí. Había preguntado especialmente por Anne. Había hablado de los esfuerzos realizados por ella, ponderándolos. Eso fue hermoso... y le causó más placer que cualquier otra cosa.

En cuanto a la catástrofe en sí misma, era juzgada solamente en una forma por las tranquilas señoras, cuyos juicios debían darse sólo sobre los hechos. Concordaban en que había sido el resultado de la irreflexión y de la imprudencia. Las consecuencias habían sido alarmantes y asustaba aun pensar cuánto había sufrido ella; con una rápida mirada alrededor después de curada, cuán fácil sería que continuara sufriendo del golpe. El almirante concretó todo esto diciendo:

-¡Ay, en verdad es un mal negocio! Una nueva manera de hacer la corte es ésta. ¡Un joven rompiendo la cabeza a su pretendida! ¿No es así, miss Elliot?

¡Esto sí que se llama romper una cabeza y hacer una bonita mezcla!

Las maneras del almirante Croft no eran del agrado de Lady Russell, pero encantaban a Anne. La bondad de su corazón y la simplicidad de su carácter eran irresistibles.

-En verdad esto debe de ser muy malo para usted -dijo de pronto, como despertando de un ensueño-, venir y encontrarnos aquí. No había pensado en ello  antes,  lo  confieso,  pero  debe  de  ser  muy  malo...  Vamos,  no  haga ceremonias. Levántese y recorra todas las habitaciones de la casa, si así lo desea.

-En otra ocasión, señor. Muchas gracias, pero no ahora.

-Bien,  cuando  a  usted  le  convenga.  Puede  recorrer  cuanto  guste.  Ya encontrará nuestros paraguas colgando detrás de la puerta. Es un buen lugar, ¿verdad?  Bien  -recobrándose-,  usted  no  creerá  que  éste  es  un  buen  lugar porque  ustedes  los  guardaban  siempre  en  el  cuarto  del  criado.  Así  pasa siempre, creo. La manera que tiene una persona de hacer las cosas puede ser tan buena como la de otra, pero cada cual quiere hacerlo a su manera. Ya juzgará usted por sí misma, si es que recorre la casa.

Anne, sintiendo que debía negarse, lo hizo así, agradeciendo mucho.

-¡Hemos hecho pocos cambios, en verdad! -continuó el almirante, después de pensar un momento-. Muy pocos. Ya le informamos acerca del lavadero, en Uppercross. Esta ha sido una gran mejora. ¡Lo que me sorprende es que una familia haya podido soportar el inconveniente de la manera en que se abría por tanto tiempo! Le dirá usted a Sir Walter lo que hemos hecho y que mister Shepherd opina que es la mejora más acertada hecha hasta ahora. Realmente, hago justicia al decir que los pocos cambios que hemos realizado han servido para mejorar el lugar. Mi esposa es quien lo ha dirigido. Yo he hecho bien poco, con excepción de quitar algunos grandes espejos de mi cuarto de vestir, que era el de su padre.
Un buen hombre y un verdadero caballero, cierto es, pero... yo pienso, señorita Elliot -mirando pensativamente-, pienso que debe haber sido un hombre muy cuidadoso de su ropa, en su tiempo. ¡Qué cantidad de espejos! Dios mío, uno no podía huir de sí mismo. Así que pedí a Sophía que me ayudara y pronto los sacamos del medio. Y ahora estoy muy cómodo con mi espejito de afeitar en un rincón y otro gran espejo al que nunca me acerco.
Anne, divertida a pesar suyo, buscó con cierta angustia una respuesta, y el almirante, temiendo no haber sido bastante amable, volvió al mismo tema.

-La próxima vez que escriba usted a su buen padre, miss Elliot, transmítale mis saludos y los de mistress Croft, y dígale que estamos aquí muy cómodos y que no encontramos ningún defecto al lugar. La chimenea del comedor humea un poco, a decir verdad, pero sólo cuando el viento norte sopla fuerte, lo cual no ocurre más que tres veces en invierno. En realidad, ahora que hemos estado en la mayor parte de las casas de aquí y podemos juzgar, ninguna nos gusta más que ésta.
Dígale eso y envíele mis saludos. Quedará muy contento.
Lady Russell  y Mrs.  Croft  estaban  encantadas  la una con la otra,  pero la relación que entabló esta visita no pudo continuar mucho tiempo, pues cuando fue devuelta, los Croft anunciaron que se ausentarían por unas pocas semanas para visitar a sus parientes en el norte del condado, y que era probable que no estuvieran de vuelta antes de que Lady Russell partiera a Bath.

Se  disipó  así  el  peligro  de  que  Anne  encontrara  al  capitán  Wentworth  en Kellynch Hall o de verlo en compañía de su amiga. Todo era seguro; y sonrió al recordar los angustiosos sentimientos que le había inspirado tal perspectiva.

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