jueves, 27 de octubre de 2011

PERSUASIÓN XV


Sir Walter había alquilado una buena casa en Camden Place, en una elevación, digna, tal como merece un hombre igualmente digno y elevado. Él y Elizabeth se habían establecido allí enteramente satisfechos.

…to live in a house with a politically incorrect staircase. (Those figures, incidentally, were used in the 1970s BBC version.

Anne entró en la casa con el corazón desmayado, anticipando una reclusión de varios meses y diciéndose ansiosamente a sí misma: “Oh, ¿cuándo volveré a dejarlos? Sin embargo, una inesperada cordialidad a su arribo le hizo mucho bien. Su padre y su hermana se alegraban de verla, por el placer de mostrarle la casa y el mobiliario, y fueron a su encuentro dando muestras de cariño. El que fueran cuatro para las comidas era además una ventaja.
Mrs. Clay estaba muy amable y sonriente, pero sus cortesías y sus sonrisas no eran sino eso mismo: cortesía. Anne sintió que ella haría siempre lo que más le conviniera, pero la buena voluntad de los otros era sorprendente y genuina. Estaban de excelente humor, y bien pronto supo por qué. No les interesaba escucharla. Después de algunos cumplidos acerca de haber lamentado las antiguas  vecindades,  tuvieron  pocas  preguntas  que  hacer  y la conversación cayó en sus manos. Uppercross no despertaba interés; Kellynch, muy poco; lo más importante era Bath.


Tuvieron el placer de asegurarle que Bath había sobrepasado sus expectativas en varios aspectos. Su casa era sin discusión la mejor de Camden Place; su sala  tenía  todas  las  ventajas  posibles  sobre  las  que  habían  visitado  o  que conocían  de  oídas,  y  la  superioridad  consistía  además  en  lo  adecuado  del mobiliario. Buscaban relacionarse con ellos. Todos deseaban visitarlos. Habían rechazado muchas presentaciones, y sin embargo, vivían asediados por tarjetas dejadas por personas de las que nada sabían.


¡Qué cantidad de motivos para regocijarse! ¿Podía dudar Anne de que su padre y su hermana eran felices? Podía verse que su padre no se sentía rebajado con el cambio; nada lamentaba de los deberes y la dignidad de un poseedor de tierras y encontraba satisfacción en la vanidad de una pequeña ciudad; y debió marchar, aprobando, sonriendo y maravillándose de que Elizabeth se pasease de una  habitación  a  otra,  ponderando  su  amplitud,  y  sorprendiéndose  de  que aquella mujer que había sido la dueña de Kellynch Hall encontrara orgullo en el reducido espacio de aquellas cuatro paredes.

_ Pero además tenían otras cosas que les hacían felices. Tenían a Mr. Elliot. Anne tuvo que oír mucho sobre Mr. Elliot. No sólo le habían perdonado, sino que estaban encantados con él. Había estado en Bath hacía más o menos quince días (había pasado por Bath cuando se dirigía a Londres, y Sir Walter, pese a que éste no estuvo más que veinticuatro horas, se había puesto en contacto con él), pero en esta ocasión había pasado unos quince días en Bath y la primera medida que tomó fue dejar su tarjeta en Camden Place, seguida por los más grandes deseos de renovar la relación, y cuando se encontraron su conducta fue tan franca, tan presta a excusarse por el pasado, tan deseosa de renovar la relación, que en su primer encuentro el contacto fue plenamente reestablecido.

No  hallaban  ningún  defecto  en  él.  Había  explicado  todo  lo  que  parecía descuido  de su parte. Había borrado toda aprehensión  de inmediato.  Nunca había tenido la intención de tomarse mucha confianza; temía haberlo hecho, aunque sin saber por qué, y la delicadeza le había hecho guardar silencio. Ante la sospecha de haber hablado irrespetuosa o ligeramente de la familia o del honor de ésta, estaba indignado.

 ¡El, que siempre se había enorgullecido de ser un  Elliot!,  y cuyas  ideas,  en  lo que  se  refiere  a la  familia,  eran  demasiado estrictas para el democrático tono de los tiempos que corrían. En verdad estaba asombrado.  Pero  su  carácter  y  su  comportamiento  refutarían  tal  sospecha. Podía decirle a Sir Walter que averiguara entre la gente que lo conocía; y en verdad, el trabajo que se tomó a la primera oportunidad de reconciliación para ser puesto en el lugar de pariente y presunto heredero fue prueba suficiente de sus opiniones al respecto.

Las circunstancias de su matrimonio también podían disculparse. Este tema no debía ser puesto por él, pero un íntimo amigo suyo, el coronel Wallis, un hombre muy respetable,  todo  el tipo del caballero  (y no mal parecido,  agregaba  Sir Walter), que vivía muy cómodamente en las casas de Malborough y que había, a su propio pedido, trabado conocimiento de ellos por intermedio de Mr. Elliot, fue quien mencionó una o dos cosas sobre el matrimonio, que contribuyeron a disminuir el desprestigio.

El  coronel  Wallis  hacía  mucho  tiempo  que  conocía  a  mister  Elliot;  había conocido muy bien a su esposa y entendió a la perfección el problema. No era ella una mujer de buena familia, pero era bien educada, culta, rica y muy enamorada  de su amigo.  Allí residía  el encanto.  Ella lo había buscado.  Sin aquella condición, no hubiera bastado todo su dinero para tentar a Elliot, y además, Sir Walter estaba convencido de que ella había sido una mujer muy honrada. Todo esto hizo atractivo el matrimonio. Una mujer muy buena, de gran fortuna y enamorada de él. Sir Walter admitía todo ello como una excusa en forma, y aunque Elizabeth no podía ver el asunto bajo una luz tan favorable, se vio obligada a admitir que todo era muy razonable.

Mr. Elliot había hecho frecuentes visitas, había cenado una vez con ellos y se había mostrado encantado de recibir la invitación, pues ellos no daban cenas en general;  en  una  palabra,  estaba  encantado  de  cualquier  muestra  de  afecto familiar y hacía depender su felicidad de estar íntimamente vinculado con la casa de Camden.


Anne escuchaba, pero no entendía. Muy buena voluntad había que poner por las opiniones de los que hablaban. Ella mejoraba todo lo que oía. Lo que parecía extravagante o irracional en el progreso de la reconciliación podía tener su origen nada más que en el modo de hablar de los narradores. Sin embargo, tenía la sensación de que había algo más de lo que parecía en el deseo de mister Elliot, después de un intervalo de tantos años, de ser bien recibido por ellos. Desde un punto de vista mundano, nada sacaría en limpio con la amistad de Sir Walter, nada ganaría con que las cosas cambiaran. Con seguridad él era el más rico  y  Kellynch  sería  alguna  vez  suyo,  lo  mismo  que  el  título.  Un  hombre sensato, y parecía haber sido, en verdad, un hombre muy sensato, ¿por qué había de poner objeciones? Ella podía presentar una sola solución; tal vez fuera a causa de Elizabeth. Tal vez en un tiempo hubo cierta atracción, aunque la conveniencia  y  los  accidentes  los  hubieran  apartado,  y  ahora  que  podía permitirse  ser  agradable  podría  dedicarle  sus  atenciones.  Elizabeth  era  muy hermosa, de modales elegantes y cultivados, y su modo de ser no era conocido por mister Elliot, que la había tratado pocas veces, en público, cuando muy joven. Cómo habrían de recibir la sensibilidad y la inteligencia de él el conocimiento de su presente modo de vida, era otra preocupación muy penosa.
En verdad deseaba Anne que no fuera él demasiado amable u obsequioso, de ser Elizabeth la causa de sus desvelos; y que Elizabeth se inclinaba a creer tal cosa y que su amiga mistress Clay fomentaba  la idea, se hizo clarísimo  por una o dos miradas entre ambas mientras se hablaba de las frecuentes visitas de Mr. Elliot.

Anne mencionó los vistazos que había tenido de él en Lyme, pero sin que se le prestara mucha atención. “Oh, sí, tal vez era Mr. Elliot. Ellos no sabían. Tal vez fuera él. No podían escuchar la descripción que ella hacía de él. Ellos mismos lo describían, sobre todo Sir Walter. El hizo justicia a su aspecto distinguido, a su elegante aire a la moda, a su bien cortado rostro, a su grave mirada, pero al mismo  tiempo  “era  de  lamentar  su  aire  sombrío,  un  defecto  que  el  tiempo parecía  haber  aumentado”;  ni  podía  ocultarse  que  diez  años  transcurridos habían cambiado  sus facciones desfavorablemente.  Mr. Elliot parecía pensar que él (Sir Walter) tenía “el mismo aspecto que cuando se separaron”, pero Sir Walter “no había podido devolver el cumplido enteramente”, y eso lo había confundido. De todos modos, no pensaba quejarse: mister Elliot tenía mejor aspecto que la mayoría de los hombres, y él no pondría objeciones a que lo vieran en su compañía donde fuere.

Mr. Elliot y su amigo fueron el principal tema de conversación toda la tarde. “¡El coronel Wallis había parecido tan deseoso de ser presentado a ellos! ¡Y mister Elliot tan ansioso de hacerlo!” Había además una señora Wallis a quien sólo conocían  de oídas por encontrarse  enferma.  Pero Mr. Elliot  hablaba  de ella como de “una mujer encantadora digna de ser conocida en Camden Place”. Tan pronto se restableciera la conocerían. Sir Walter tenía un alto concepto de la señora Wallis; se decía que era una mujer extraordinariamente bella, hermosa. Deseaba verla. Sería un contrapeso para las feas caras que continuamente veía en la calle.
 Lo peor de Bath era el extraordinario número de mujeres feas. No quiere decir esto que no hubiese mujeres bonitas, pero la mayoría de las feas era aplastante. Con frecuencia había observado en sus paseos que una cara bella era seguida por treinta o treinta y cinco espantajos. En cierta ocasión, encontrándose en una tienda de Bond Street había contado ochenta y siete mujeres, una tras otra, sin encontrar un rostro aceptable entre ellas. Claro que había sido una mañana helada, de un frío agudo del que sólo una mujer entre treinta hubiera podido soportar. Pero pese a ello... el número de feas era incalculable.
 ¡En cuanto a los hombres...! ¡Eran infinitamente peores! ¡Las calles estaban llenas de multitud de esperpentos! Era evidente, por el efecto que un hombre de discreta apariencia producía, que las mujeres no estaban muy acostumbradas a la vista de alguien tolerable. Nunca había caminado del brazo del coronel Wallis, quien tenía una figura arrogante aunque su cabello parecía color arena, sin que todos los ojos de las mujeres se volviesen a mirarlo. En verdad, todas las mujeres miraban al coronel Wallis”. ¡Oh, la modestia de Sir Walter! Su hija y mistress Clay no lo dejaron escapar, sin embargo, y afirmaron que el acompañante del coronel Wallis tenía una figura tan buena como la de éste, sin la desventaja del color del cabello.


-¿Qué aspecto tiene Mary? -preguntó Sir Walter, con el mejor humor-. La última vez que la vi tenía la nariz roja, pero espero que esto no ocurra todos los días.

-Debe haber sido pura casualidad. En general ha disfrutado de buena salud y aspecto desde San Miguel.

-Espero que no la tiente salir con vientos fuertes y adquirir así un cutis recio. Le enviaré un nuevo sombrero y otra pelliza.

Anne consideraba si le convendría sugerir que un tapado o un sombrero no debían exponerse a tan mal trato, cuando un golpe en la puerta interrumpió todo:

¡Un llamado a la puerta y a estas horas! ¡Debían ser más de las diez! ¿Y si fuera mister Elliot?” Sabían que tenía que cenar en Lansdown Crescent. Era posible que se hubiese detenido en su camino de vuelta para saludarlos. No podían pensar en nadie más. Mrs. Clay creía que sí, que aquella era la manera de llamar de Mr. Elliot.
Mistress Clay tuvo razón. Con toda la ceremonia que un criado y... un muchacho de recados pueden hacer, mister Elliot fue introducido en la sala.


Era el mismo, el mismo hombre, sin más diferencia que el traje. Anne se hizo algo  atrás  mientras  los  demás  recibían  sus  cumplidos,  y  su  hermana  las disculpas por haberse presentado a hora tan desusada. Pero “no podía pasar tan cerca sin entrar a preguntar si ella o su amiga habían cogido frío el día anterior,  etcétera”.  Todo  esto  fue  cortésmente  dicho  y cortésmente  recibido. Pero el turno de Anne se acercaba. Sir Walter habló de su hija más joven. “Mr. Elliot debía ser presentado a su hija más joven” (no hubo ocasión de recordar a Mary), y Anne, sonriente y sonrojada, de manera que le sentaba muy bien, presentó a Mr. Elliot las hermosas facciones que éste no había en modo alguno olvidado, y pudo comprobar, por la sorpresa que él tuvo, que antes no había sospechado quién era ella.
 
Pareció tremendamente sorprendido, pero no más que agradado. Sus ojos se iluminaron y con la mayor presteza celebró el encuentro,  aludió  al  pasado,  y  dijo  que  podía  considerársele  un  antiguo conocido. Era tan bien parecido como había semejado serlo en Lyme, y sus facciones mejoraban al hablar. Sus modales eran exactamente los apropiados, tan corteses, tan fáciles, tan agradables, que sólo podían ser comparados con los de otra persona. No eran los mismos, pero eran así de buenos.

Se sentó con ellos y la conversación mejoró al momento. No cabía duda que era un hombre inteligente.  Diez minutos bastaron para comprenderlo.  Su tono, su expresión, la elección de los temas, su conocimiento de hasta dónde debía llegar, eran el producto de una mente inteligente y esclarecida. En cuanto pudo,  comenzó  a  hablar  con  ella  de  Lyme,  deseando  cambiar  opiniones respecto al lugar, pero deseoso especialmente de comentar el hecho de haber sido huéspedes de la misma posada y al mismo tiempo, hablando de su ruta, sabiendo un poco la de ella, y lamentando no haber podido presentarle sus respetos en aquella ocasión.
Ella informó en pocas palabras de su estancia y de sus asuntos en Lyme. Su pesar aumentó al saber los detalles. Había pasado una tarde solitaria en la habitación contigua a la de ellos. Había oído voces regocijadas.  Había pensado que debían ser personas  encantadoras  y deseó estar con ellos. Y todo esto sin saber que tenía el derecho a ser presentado.
 ¡Si hubiera  preguntado  quiénes  eran!  ¡El  nombre  de  Musgrove  habría  bastado! “Bien, esto serviría para curarle de la costumbre de no hacer jamás preguntas en una posada, costumbre que había adoptado desde muy joven, pensando que no era gentil ser curioso.”

-Las nociones de un joven de veinte o veintidós años -decía- en lo que se refiere a buenas maneras son más absurdas que las de cualquier otra persona en el mundo. La estupidez de los medios que emplean sólo puede ser igualada por la tontería de los fines que persiguen.

Pero no podía comunicar sus reflexiones a Anne solamente; él lo sabía; y bien pronto se perdió entre los otros, y sólo a ratos pudo volver a Lyme.

Sus preguntas, sin embargo, trajeron pronto el relato de lo que había pasado allí  después  de  su  partida.  Habiendo  oído  algo  sobre  “un  accidente”,  quiso conocer el resto. Cuando preguntó, Sir Walter e Elizabeth lo hicieron también; pero la diferencia de la manera en que lo hacían no podía menos que quedar de manifiesto.
Ella sólo podía comparar a Mr. Elliot con Lady Russell por su deseo de  comprender  lo  que  había  ocurrido,  y  por  el  grado  en  que  parecían comprender también cuanto había sufrido ella presenciando el accidente.

Se quedó una hora con ellos. El elegante relojito sobre la chimenea había tocado “las once con sus argentinos toques, y el sereno se oía a la distancia cantando lo mismo, antes de que Mr. Elliot o cualquiera de los presentes creyera que había pasado tan largo rato.

¡Anne nunca imaginó que su primera velada en Camden Place sería tan agradable!

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