sábado, 1 de octubre de 2011

PERSUASIÓN VI

Anne no necesitaba visitar Uppercross para saber que, cuando se traslada de un lugar a otro, aunque no sea más que a tres millas de distancia, la gente suele cambiar de conversaciones, de opiniones y de ideas. Había estado allí antes y siempre lo había notado, y hubiese querido que los otros Elliot tuviesen ocasión de ver  cuán desconocidos y desconsiderados eran en Uppercross los asuntos que en Kellynch Hall se trataban con tanto interés y general aspaviento.
 Pese a esta experiencia creía que iba a tener que pasar por una nueva y necesaria lección en el arte de aprender lo poca cosa que somos fuera de nuestro propio círculo. Ana llegó totalmente embargada por los acontecimientos que habían tenido en vilo durante varias semanas las dos casas de Kellynch, y esperó encontrar más curiosidad y simpatía de las que hubo en las observaciones separadas pero similares que le hicieron el señor y la señora Musgrove.

-¿Conque Sir Walter y su hermana se han marchado, señorita Anne?
¿Y en qué parte de Bath cree usted que van a radicarse?
Y  esto  sin  prestar  mucha  atención  a  la  respuesta.  En  cuanto  a  las  dos
muchachas, agregaron solamente:

-Me parece que este invierno iremos a Bath; pero acuérdate, papá, de que si vamos, tendremos que vivir en un buen lugar. ¡No nos vengas con tus Plazas de la Reina!

}
Y Mary, ansiosa, comentó:
-¡Caramba, pues sí que voy a lucirme mientras todos ustedes se van a divertir a Bath!
Anne determinó precaverse de allí en más contra semejantes desilusiones y pensó con intensa gratitud que era un don extraordinario gozar de una amistad tan sincera y afectuosa como la de Lady Russell.
Los señores Musgrove tenían sus propios afanes; vivían acaparados por sus caballos, sus perros y sus periódicos, y las mujeres estaban pendientes de todos los demás asuntos del hogar, de sus vecinos, de sus trajes, de sus bailes y de su música. Anne encontraba muy razonable que cada pequeña comunidad social dictase su propio régimen, y esperara convertirse en poco tiempo en un miembro digno de la comunidad a que había sido trasplantada. Con la perspectiva de pasar dos meses por lo menos en Uppercross, se esforzaba por dar a su imaginación, memoria e ideas un giro lo más uppercrossiano posible.
Esos dos meses no la espantaban. Mary  no era tan hostil ni tan despegada ni tan inaccesible a la influencia de sus hermanas como Elizabeth.

Y ninguno de los otros moradores de la quinta se mostraba reacio al buen acuerdo. Anne había estado siempre en los mejores términos con su cuñado, y los niños, que la querían y la respetaban mucho más que a su madre, eran para ella un objeto de interés, de distracción y de sana actividad.
Charles Musgrove era muy fino y simpático; su juicio y su carácter eran sin duda
alguna superiores a los de su mujer; pero no era capaz, ni por su conversación ni por su encanto, de hacer del pasado que lo unía a Anne un recuerdo peligroso.
Sin embargo, Anne pensaba lo mismo que Lady Russell, que era una lástima que Charles no hubiese hecho un matrimonio más afortunado, y que una mujer más sensata que Mary habría podido sacar mejor partido de su carácter, dando a sus costumbres  y ambiciones  mayor utilidad, razón y elegancia.

 A la sazón, Charles no se interesaba más que por los deportes, y fuera de ellos desperdiciaba el tiempo sin beneficiarse de las enseñanzas de los libros ni de nada. Gozaba de un humor a toda prueba y nunca parecía afectarse demasiado por el tedio frecuente de su esposa, soportando a veces sus desatinos con gran admiración de Anne.
Muy a menudo tenían pequeñas disputas (riñas en las que Anne tenía que participar más de lo que hubiese querido, pues ambas partes reclamaban su arbitraje), pero en general podían pasar por una pareja feliz. Siempre estaban de acuerdo en lo tocante a su necesidad de disponer de más dinero y tenían una fuerte tendencia a esperar un buen regalo del padre de él. Pero tanto en esto como  en  todo  lo  demás,  Charles  quedaba  siempre  mejor  que  Mary,  pues mientras ésta consideraba un terrible agravio que tal regalo no llegase, Charles defendía a su padre, diciendo que tenía muchas otras cosas en que emplear su dinero y el derecho a gastárselo como le diera la gana.
En cuanto a la crianza de sus hijos, las teorías de Charles eran mucho mejores que las de su mujer y su práctica no era mala.
-Podría educarlos muy bien si Mary no se metiese -solía decir a Anne. Y ésta lo creía firmemente.

Pero luego tenía que escuchar los reproches de Mary:
-Charles  malcría  a  los  chicos  de  tal  modo  que  me  es  imposible  hacerles obedecer.
Y nunca sentía la menor tentación de decirle: “Es cierto”.
Una de las circunstancias menos agradables de su residencia en Uppercross era que todos la trataban con demasiada confianza y que estaba demasiado al tanto de las ofensas de cada casa. Como sabían que tenía alguna influencia sobre su hermana, una y otra vez acudían a ella o por lo menos le insinuaban que interviniese hasta más allá de lo que estaba en sus manos.

-Me gustaría que convencieras a Mary de que no esté siempre imaginándose enferma -le decía Charles.

Y Mary, en tono compungido, exclamaba:
-Carlos, aunque me viese muriéndome, no creería que estoy enferma. Estoy segura, Anne, de que si tú quisieras podrías convencerlo de que estoy en verdad muy enferma, mucho peor de lo que parece.
Luego Mary declaraba:
-Me disgusta terriblemente mandar a los chicos a la Casa Grande, a pesar de que su abuela los reclama constantemente, porque los subleva y los mima demasiado además de darles una porción de porquerías y dulces, con lo cual no hay día que no vuelvan a casa enfermos o cargantes hasta que se acuestan.
Y la señora Musgrove aprovechaba la primera oportunidad de estar a solas con Anne para decirle:
-¡Ay, señorita Anne! ¡Ojalá mi nuera aprendiese un poco de su manera de tratar
a los niños! ¡Son tan diferentes con usted esas criaturas! Porque no sabe usted cuán malcriados están. Es una lástima que no pueda usted convencer a su hermana de que los eduque mejor. Son los chicos más guapos y sanos que he visto nunca; pobrecillos míos, la pasión no me ciega; pero la mujer de Charles no tiene idea cómo debe educarlos. ¡Virgen santa! ¡A veces se ponen insufribles! Le aseguro, señorita Anneh, que me quitan el gusto de verlos en casa tan a menudo como quisiera. Sospecho que la mujer de Charles está un poco resentida porque no los invito a venir con más frecuencia; pero ¿usted sabe lo molesto que es estar  con  chiquillos  cuando  hay  que  bregar  con  ellos  a  cada  momento diciéndoles:
 “No hagas eso, no hagas aquello? Y si una quiere estar un poco tranquila,  no  tiene  otro  recurso  que  darles  más  pasteles  de  los  que  les convienen.
Además, Mary le comunicó lo siguiente:
-La señora Musgrove  cree que sus criadas son tan formales  que sería un crimen abrirle los ojos; pero estoy segura, sin exageración,  de que tanto su primera doncella como su lavandera, en vez de dedicarse a sus tareas, se pasan todo el santo día correteando por el pueblo. Me las encuentro adondequiera que voy, y puedo decir que nunca entro dos veces en el cuarto de mis chicos sin ver allí a una o a la otra. Si Jemima no fuese la persona más segura y más seria del mundo, eso sería suficiente para echarla a perder, pues me ha dicho que las otras la están siempre incitando a que se vaya de paseo con ellas.
Por su parte, la señora Musgrove decía:

-Me he prometido no meterme nunca en los asuntos de mi nuera, porque ya sé que no serviría de nada; pero debo decirle, señorita Anne, ya que usted puede poner las cosas en su lugar, que no tengo en buen concepto al ama de Mary. He  oído  contar  de  ella  unas  historias  muy  extrañas  y  decir  que  es  una trotacalles. Por lo que sé yo misma puedo decir que es una pícara de tomo y lomo capaz de estropear a cualquier sirvienta que se le acerque. Ya sé que la mujer de Charles responde enteramente de ella, pero yo me limito a avisarle para que pueda vigilarla y para que si ve usted algo que le llame la atención no tenga reparo en explicar lo que sucede.

Otras veces Mary se quejaba de que la señora Musgrove se las ingeniaba para no darle a ella la precedencia que se le debía cuando comían en la Casa Grande con otras familias, y no veía por qué razón se la tenía tan en menos en aquella casa para privarla del lugar que legítimamente le correspondía. Y un día, mientras  Anne  paseaba  a  solas  con  las  señoritas  Musgrove,  una  de  ellas, después de haber estado hablando del rango, de la gente de alto rango y de la manía del rango, dijo:

-No tengo reparo en observarle lo estúpidas que se ponen ciertas personas con la cuestión de su lugar, porque todos sabemos lo poco que le importan a usted esas cosas; pero me gustaría que alguien le hiciese ver a Mary cuánto mejor  sería  que  se  dejase  de  esas  terquedades  y  especialmente  que  no anduviese siempre adelantándose para quitarle el sitio a mamá. Nadie duda de sus derechos a la precedencia por encima de mamá, pero sería más discreto que no estuviese siempre insistiendo en eso. No es que a mamá la preocupe en lo más mínimo, pero sé que muchas personas se lo han criticado.

¿Cómo podía Anne arreglar esas diferencias? Lo más que podía hacer era escuchar con paciencia, suavizar las asperezas y excusar a los unos delante de los otros; sugerir a todos la tolerancia necesaria en tan estrecha vecindad y hacer que sus consejos fuesen lo bastante amplios para que alcanzasen a aprovechar a su hermana.
En otros aspectos, su visita empezó y continuó sin tropiezos. Su estado de ánimo mejoró con sólo haberse alejado tres millas de Kellynch y con el cambio de lugar y de ocupaciones. Las indisposiciones de Maya disminuyeron al tener
una compañía permanente; y las cotidianas relaciones con la otra familia, como
no tenían que interrumpir en la quinta ningún afecto, confianza o cuidado su- perior, eran más bien una ventaja. Dicha comunicación era lo más frecuente posible;  todas  las  mañanas  se  veían  y  era  raro  que  pasaran  una  tarde separados; Anne creía que ya no se habrían hallado sin ver las respetables humanidades del señor y de la señora Musgrove en los sitios acostumbrados, o sin la charla, la risa y los cantos de sus hijas.

Anne tocaba el piano mucho mejor que una u otra de las señoritas Musgrove; pero  como  no  tenía  voz  ni  conocimiento  del  arpa,  ni  padres  embelesados sentados delante de ella, nadie reparaba en su habilidad más que por cortesía o porque permitía descansar a los demás ejecutantes, lo que a ella no le pasaba inadvertido. Sabía que cuando tocaba a nadie daba gusto más que a sí misma; pero esto no le era nuevo, exceptuando un corto período de su vida; nunca, desde la edad de catorce años, en que perdió a su madre, había conocido la dicha  de  ser  escuchada  o alentada  por  una  justa  apreciación  de  verdadero gusto.  En la música  se había  tenido  que acostumbrar  a sentirse  sola en el mundo; y el ciego entusiasmo del señor y de la señora Musgrove por los talentos de sus hijas, con su total indiferencia hacia los de cualquier otra persona, le daba mucho más placer por la ternura que significaba, que mortificación por sí misma.
Las tertulias de la Casa Grande se engrosaban a veces con la concurrencia de otras personas. La vecindad no era muy extensa, pero todo el mundo acudía a casa de los Musgrove, y tenían más banquetes, más huéspedes y más visitantes ocasionales o invitados que ninguna otra familia. Eran los más populares.
Las muchachas morían por bailar, y las tardes finalizaban muchas veces con un   pequeño   baile   improvisado.   Había   una   familia   de   primos   cerca   de Uppercross, de posición menos desahogada, que tenía en casa de los Musgrove su centro de diversiones; llegaban a cualquier hora y tocaban, bailaban o hacían lo que se presentase.
 Anne, que prefería el oficio de pianista a cualquier otro más activo, tocaba las contradanzas a las horas de las reuniones; sólo por esta amabilidad, los señores Musgrove apreciaban sus dotes musicales, y a menudo le dirigían estos cumplidos:
-¡Muy bien tocado, señorita Anne! ¡Muy bien tocado por cierto! ¡Bendito sea
Dios, cómo vuelan esos deditos!
Así transcurrieron las tres primeras semanas. Llegó el día de san Miguel y el corazón de Anne se apresuró otra vez por Kellynch. Su hogar estaba en manos de  extraños;  aquellas  preciosas  habitaciones  con  todo  lo  que  contenían, aquellas arboledas y aquellas perspectivas empezaban a pertenecer a otros ojos y a otros cuerpos... El 29 de septiembre no pudo pensar en nada más, y por la tarde recibió una grata emoción cuando Mary, al detenerse en el día del mes en que estaban, exclamó:
-¡Querida!, ¿no es hoy el día en que los Croft van a instalarse en Kellynch? Me alegra no haberlo pensado antes. ¡Cómo me habría entristecido!
Los Croft tomaron posesión de la casa con un aparato completamente naval, y
hubo que ir a visitarlos. Mary deploró verse obligada a aquello. Nadie podía imaginarse el sufrimiento que eso le causaba. Lo diferiría todo lo posible. Pero no  estuvo  tranquila  hasta  que  hubo  convencido  a  Charles  de  que  la  llevase cuanto antes, y cuando volvió estaba en un estado de agradable excitación y de alborotadas  fantasías. 
 Anne se congratuló  sinceramente  de no haber ido con ellos. Sin embargo, deseaba ver a los Croft y le encantó estar en casa cuando ellos devolvieron la visita. Cuando llegaron, el señor de la casa no estaba, pero las dos hermanas se encontraban juntas. Sucedió entonces que la señora Croft se apoderó de Anne, mientras el almirante se sentaba junto a Mary, deleitándola con sus chistosos comentarios acerca de sus chiquillos. Y Anne pudo dedicarse a buscar un parecido que, si no halló en las facciones, reconoció en su voz y en su modo de sentir y de expresarse.

La señora Croft no era alta ni gorda, pero tenía una arrogancia, una tiesura y una robustez que daban presencia a su persona. Sus ojos eran oscuros y brillantes, sus dientes hermosos, y en conjunto su rostro era agradable, aunque su tez enrojecida y curtida por la intemperie, a consecuencia de pasarse en el mar casi tanto tiempo como su marido, hacía creer que tenía varios años más de los treinta y ocho que contaba. Sus modales eran francos, desenvueltos y decididos como los de una persona que confía en sí misma y que no duda de lo que tiene que hacer, sin que eso significase ni asomo de rudeza ni ninguna falta de buen  carácter 
Anne  le agradeció  sus  sentimientos  de gran  consideración hacia ella, en todo lo que le dijo de Kellynch; estuvo muy complacida y más porque se tranquilizó pasado el primer medio minuto, en el mismo instante de la presentación, al ver que la señora Croft no daba ninguna- muestra de estar en antecedentes o de tener sospechas de algo que torciese para nada sus intenciones. Estuvo del todo descansada sobre el particular y por lo mismo llena de fuerza y de valor, hasta que en un momento se heló al oír que la señora Croft decía:
-¿De modo que fue usted y no su hermana a quien tuvo el gusto de conocer mi hermano cuando estuvo aquí?
Anne estaba segura de que ya había pasado la edad del rubor, pero no la edad
de la emoción, a juzgar por lo ocurrido.
-Puede que no haya usted oído decir que se casó -agregó la señora Croft.
Anne  pudo  contestar  entonces  como  era  debido;  y  cuando  las  siguientes palabras de la señora Croft aclararon de cuál señor Wentworth estaba hablando, se alegró de no haber dicho nada que no pudiese aplicarse a ambos hermanos.
Al  momento  comprendió  cuán  razonable  era  que  la señora  Croft  pensara  y hablara de Edward y no de Frederick, y avergonzada de su error preguntó con el debido interés cómo le iba a su antiguo vecino en su nuevo estado.
El  resto  de  la  conversación  fue  ya  tranquilísima;  hasta  el  momento  de
levantarse, en que oyó que el almirante decía a Mary:
-Pronto  va a llegar  un hermano  de la señora  Croft.  Creo que usted  ya lo conoce de nombre.
Lo  interrumpió  en  seco  el  vehemente  ataque  de  los  chiquillos,  que  se prendieron  de  él  como  de  un  antiguo  amigo  y  declararon  que  no  se  iba  a marchar. El les propuso llevárselos metidos en sus bolsillos, con lo cual aumentó el alboroto y ya no hubo lugar para que el almirante acabase o se acordara de lo que había empezado a decir.
Anne pudo, pues, persuadirse, en lo que cabía, de que se trataba aún del hermano en cuestión. No logró, sin embargo, llegar a tal grado de certidumbre que no estuviese ansiosa por saber si los Croft habían dicho algo más sobre el particular en la otra casa en donde habían estado antes. La gente de la Casa Grande iba a pasar la tarde aquel día a la quinta, y como ya  estaba  la  estación  muy  avanzada  para  que  semejantes  visitas  pudiesen hacerse a pie, aguzaban  el oído para percibir el ruido del coche, cuando la menor de las chicas Musgrove entró en la habitación.
 La primera y negra idea que se les ocurrió fue que venía a decir que no irían, y que tendrían que pasarse la  tarde  solas.  Mary  estaba  a  punto  de  sentirse  ofendida,  cuando  Louisa restableció la calma anunciando que se había adelantado ella a pie con objeto de dejar espacio en el coche para el arpa que transportaban.
-Y además -agrego- voy a explicarles la causa de todo esto. He venido para advertirles que mamá y papá están esta tarde muy deprimidos; mamá especialmente. No hace más que pensar en el pobre Richard. Y acordamos que sería mejor tocar el arpa, pues parece que la divierte más que el piano. Y voy a decirles por qué está tan desanimada.

Cuando vinieron los Croft esta mañana (luego   estuvieron   aquí,   ¿verdad?),   dijeron   que   su   hermano,   el   capitán Wentworth, acaba de volver a Inglaterra o que ha sido licenciado o algo por el estilo, y que vendrá a verlos de un momento a otro. Lo peor de todo es que a mamá se le ocurrió, cuando los Croft se hubieron ido, que Wentworth, o algo muy parecido, era el apellido del capitán del pobre Richard un tiempo, no sé cuándo ni dónde, pero mucho antes de que muriera, pobre chico. Se puso a revisar  sus  cartas  y  sus  cosas  y  confirmó  su  sospecha;  está  absolutamente segura que ése es el hombre de que se trata y no cesa de pensar en él y en el pobre Richard.


 Tenemos que estar lo más alegres posible para distraerla de esos negros pensamientos.
Las verdaderas circunstancias de este patético episodio de una historia de familia eran que los Musgrove tuvieron la mala fortuna de echar al mundo un hijo cargante e inútil y la buena suerte de perderlo antes de que llegase a los veinte años;  que  lo  mandaron  al  mar  porque  en  tierra  era  la  más  estúpida  e ingobernable de las criaturas; que su familia nunca se había preocupado mucho por él, aunque siempre más de lo que merecía; y que rara vez se supo de él y poco lo extrañaron, cuando dos años atrás llegó a Uppercross la noticia de que había muerto en el extranjero.
Aunque  sus  hermanas  hacían  por  él  todo  lo  que  estaba  a  su  alcance, llamándolo ahora “pobre Ricardo”, en realidad nunca había sido más que el muy mentecato, desnaturalizado e inaprovechable Ricardito Musgrove, que nunca, ni vivo ni muerto, hizo nada que le hiciese digno de más título que aquel diminutivo en su nombre.
Estuvo varios años navegando y en el curso de esos traslados a que todos los marinos mediocres están sujetos, y en especial aquellos a quienes todos los capitanes desean quitarse de encima, fue a dar por seis meses a la fragata Laconia del capitán Federico Wentworth.

 

A bordo de la Laconia y a instancias de su capitán escribió las únicas dos cartas que sus padres recibieron de él durante toda su ausencia; es decir, las dos únicas cartas desinteresadas, pues todas las demás no habían sido más que simples pedidos de dinero.
En todas ellas habló bien de su capitán; pero sus padres estaban tan poco habituados a fijarse en tales cuestiones y les tenían tan sin cuidado los nombres de hombres o de barcos, que entonces apenas repararon en ello. El hecho de que  la  señora  Musgrove  hubiese  tenido  aquel  día  la  súbita  inspiración  de
acordarse de la relación que guardaba con su hijo el nombre Wentworth parecía uno de esos extraordinarios chispazos de la mente que se dan de tarde en tarde. Acudió a sus cartas y encontró confirmadas sus suposiciones. La nueva lectura de aquellas cartas después de tan largo tiempo desde que su hijo desapareciera para siempre y después que todas sus faltas hubieron sido olvidadas, la afectó sobremanera y la sumió en un gran desconsuelo que no había sentido ni cuando se  enteró  de  su  fallecimiento.  El  señor  Musgrove  también  estaba  afectado, aunque  no  tanto;  y  cuando  llegaron  a  la  quinta  se  hallaban  en  evidente disposición de que primero se escuchasen sus lamentaciones, y luego de recibir
todos los consuelos que su alegre compañía pudiese suministrarles.
Fue una nueva prueba para los nervios de Anne tener que oírles hablar hasta por  los  codos  del  capitán  Wentworth,  repetir  su  nombre,  rebuscar  en  sus memorias   de  los   pasados   años   y  por   fin  afirmar   que   debía   ser,   que probablemente  sería,  que  era  sin  duda  el  mismo  capitán  Wentworth,  aquel guapo joven que recordaban haber visto una o dos veces después de su regreso de Clifton, sin poder precisar si hacía de eso siete u ocho años. Pensó, sin embargo, que tendría que acostumbrarse. Puesto que el capitán iba a llegar a la comarca, le era preciso dominar su sensibilidad en lo tocante a este punto. Y no sólo parecía que lo esperaban y muy pronto, sino que los Musgrove, con su ardiente gratitud por la bondad con que había tratado al pobre Richard y con el gran respeto  que sentían  por su temple,  evidenciado  en el hecho  de haber tenido seis meses al pobre muchacho Musgrove a su cuidado, quien hablaba de él con grandes aunque no muy bien ortografiados elogios, diciendo que era “un compañero muy vueno y muy brabo, sólo demasiado parecido al maestro de la ezcuela , estaban decididos a presentársele y a solicitar su amistad en cuanto supiesen que había llegado.
Esta resolución contribuyó a consolarlos aquella tarde.

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