jueves, 17 de noviembre de 2011

PERSUASIÓN XVII


Mientras Sir Walter y Elizabeth probaban fortuna en Laura Place, Anne renovaba una antigua y muy distinta relación.e profesión y siempre en casa cuando sus obligaciones se lo permitían, estuvo libre en los momentos en que ella necesitó asistencia.
Había visitado a su antigua institutriz y había sabido por ella que estaba en Bath una antigua compañera que llamaba su atención por haber sido bondadosa con ella en el pasado y que a la sazón era desdichada.
Miss Hamilton, por entonces Mrs. Smith, se había mostrado cariñosa con ella en uno de esos momentos en que más se aprecia esta clase de gestos. Anne había llegado muy apesadumbrada al colegio, acongojada por la pérdida de una madre profundamente amada, extrañando su alejamiento de la casa y sintiendo, como puede sentir una niña de catorce años, de aguda sensibilidad, en un caso como ése. Y miss Hamilton, que era tres años mayor que ella, y que había permanecido en el colegio un año más, debido a falta de parientes y hogar estable, había sido servicial y amable con Anne, mitigando su pena de una manera que jamás podría olvidarse.

Miss Hamilton había dejado el colegio, se había casado poco después, según se decía, con un hombre de fortuna, siendo esto todo lo que Anne sabía de ella, hasta que el relato de su institutriz le hizo ver la situación de una manera muy diferente.
Era viuda y pobre; su esposo había sido extravagante y, a su muerte, acaecida dos años antes, había dejado sus asuntos bastante embrollados. Había tenido serias dificultades y, sumada a tales inconvenientes, una fiebre reumática que le atacó las piernas la había convertido en una momentánea inválida. Había llegado a Bath por tal motivo, y se alojaba cerca de los baños calientes, viviendo de una manera muy modesta, sin poder pagar siquiera la comodidad de una sirvienta, y claro está, casi al margen de toda sociedad.

La amiga de ambas garantizó la satisfacción que una visita de Miss Elliot daría a Mrs. Smith, y Anne, por lo mismo, no tardó en hacerla. Nada dijo de lo que había oído y de lo que pensaban en su casa. No despertaría allí el interés que debía. Solamente consultó a Lady Russell, quien comprendió perfectamente sus sentimientos, y tuvo el placer de llevarla lo más cerca posible del domicilio de Mrs. Smith en Westgate.



Se hizo la visita, se restablecieron las relaciones, su interés fue recíproco. Los primeros diez minutos fueron embarazosos y emocionantes. Doce años habían transcurrido desde su separación, y cada una era una persona distinta de la que la otra imaginaba. Doce años habían convertido a Anne, de la floreciente y silenciosa niña de quince años, en una elegante mujer de veintisiete, con todas las bellezas salvo la lozanía y con modales tan serios como gentiles; y doce años habían hecho de la bonita y ya crecida miss Hamilton, entonces en todo el apogeo de la salud y la confianza de su superioridad, una pobre, débil y abandonada viuda, que recibía la visita de su antigua protegida como un favor. Pero todo lo que fue ingrato en el encuentro pasó bien pronto y sólo quedó el encanto de recordar y hablar sobre los tiempos idos.
Anne encontró en Mrs. Smith el buen juicio y las agradables maneras de las que casi no podía prescindir, y una disposición para conversar y para ser alegre, que realmente la sorprendieron. Ni las disipaciones del pasado -había vivido mucho en el mundo-, ni las restricciones del presente, ni la enfermedad ni el pesar parecían haber embotado su corazón o arruinado su espíritu.


En el curso de una segunda visita habló con gran franqueza y el asombro de Anne aumentó. Difícilmente puede imaginarse una situación menos agradable que la de Mrs. Smith. Había amado mucho a su esposo y lo había visto morir.
Había conocido la opulencia; ya no la tenía. No tenía hijos para estar por ellos unida a la vida y a la felicidad; no tenía parientes que la ayudaran en el arreglo de embrollados negocios, y tampoco tenía salud que hiciera todo esto más llevadero. Sus habitaciones eran una ruidosa salita y un sombrío dormitorio detrás. No podía trasladarse de una a otro sin ayuda, y no había más que una criada en la casa para este menester. Jamás salía de la casa que no fuera para ser llevada a los baños calientes. Pese a esto, Ana no se equivocaba al creer que tenía momentos de tristeza y abatimiento en medio de horas ocupadas y alegres. ¿Cómo podía ser esto? Ella vigiló, observó, reflexionó y finalmente concluyó que no se trataba nada más que de un caso de fortaleza o resignación.
Un espíritu sumiso puede ser paciente; un fuerte entendimiento puede dar resolución, pero aquí había algo más; aquí había ligereza de pensamiento, disposición para consolarse; poder de transformar rápidamente lo malo en bueno y de interesarse en todo lo que venía como un don de la naturaleza, lo que la mantenía olvidada de sí misma y de sus pesares. Era éste el don más escogido del cielo, y Anne vio en su amiga uno de esos maravillosos ejemplos
que parecen servir para mitigar cualquier frustración.


En un tiempo -le informó Mrs. Smith-, su espíritu había flaqueado. No podía llamarse a la sazón inválida, comparando su estado con aquel en que estaba cuando llegó a Bath. Entonces era realmente un objeto digno de compasión, porque había cogido frío en el viaje y apenas había tomado posesión de su alojamiento cuando se vio confinada al lecho presa de fuertes y constantes dolores.
Todo esto entre extraños, necesitando una enfermera y no pudiendo procurársela por sus apremios económicos. Lo había soportado, sin embargo, y podía afirmar que realmente había mejorado. Había aumentado su bienestar al sentirse en buenas manos. Conocía mucho del mundo para esperar interés en alguna parte, pero su enfermedad le había probado la bondad de la patrona del alojamiento; tuvo además la suerte de que la hermana de la patrona, enfermera de profesión y siempre en casa cuando sus obligaciones se lo permitían, estuvo libre en los momentos en que ella necesitó asistencia.
 “Además de cuidarme admirablemente-decía Mrs. Smith- me enseñó cosas valiosísimas. En cuanto pude utilizar mis manos, me enseñó a tejer, lo que ha sido un gran entretenimiento. Me enseñó a hacer esas cajas para guardar agujas, alfileteros, tarjeteros, en las que me encontrará usted siempre ocupada, y que me permite los medios de ser útil a una o dos familias pobres de la vecindad. Debido a su profesión, conoce mucho a la gente; conoce a los que pueden comprar, y dispone de mi mercadería. Siempre escoge el momento oportuno. El corazón de todos se abre tras haber escapado de grandes dolores y adquirido nuevamente la bendición de la salud, y la enfermera Rooke sabe bien cuándo es el momento de hablar. Es una mujer inteligente y sensible. Su profesión le permite conocer la naturaleza humana, y tiene una base de buen sentido y don de observación que la hacen como compañía infinitamente superior a la de muchas gentes que han recibido la mejor educación del mundo, pero que no sabe en realidad nada. Llámelo usted chismes, si así le parece, pero cuando la enfermera Rooke viene a pasar una hora conmigo siempre tiene algo útil y entretenido que contarme; algo que hace pensar mejor de la gente. Uno desea enterarse de lo que pasa, estar al tanto de las nuevas maneras de ser trivial y tonto que se usan en el mundo. Para mí, que vivo tan sola, su conversación es un regalo.”
Anne, deseando conocer más acerca de este placer, dijo:
-Lo creo. Mujeres de esta clase tienen muchas oportunidades, y si son inteligentes, debe valer la pena escucharlas. ¡Tantas manifestaciones de la naturaleza humana que tienen que conocer...! Y no únicamente de las tonterías pueden aprender; también pueden ver cosas interesantes o conmovedoras.
¡Cuántos ejemplos verán de ardiente y desinteresada abnegación, de heroísmo, de fortaleza, de paciencia, de resignación...! Todo conflicto y todo sacrificio nos ennoblecen. El cuarto de un enfermo podría llenar el mejor de los volúmenes.

-Sí -dijo, dudosa, Mrs. Smith-, alguna vez sucede, aunque la mayoría de las veces los casos que esta mujer ve no son tan elevados como usted supone.
Alguna vez la naturaleza humana puede mostrarse grande en los momentos de prueba, pero suelen primar las debilidades y no la fuerza en la habitación de un enfermo. Son el egoísmo y la impaciencia más que la generosidad y la fortaleza los que se ven allí. ¡Tan infrecuente es la verdadera amistad en el mundo! Y por desdicha -hablando bajo y trémulo-, ¡hay tantos que olvidan pensar con seriedad hasta que es demasiado tarde...!
Anne comprendió la dolorosa miseria de estos sentimientos. El marido no había sido lo que debía, y había dejado a la esposa entre aquella gente que ocupa un peor lugar en el mundo del que merecen. Ese momento de emoción fue sin embargo, pasajero. Mrs. Smith se repuso y continuó en tono inalterable:

-Dudo que la situación que tiene en el presente mi amiga Mrs. Rooke sirva de mucho para entretenerme o enseñarme algo. Atiende a la señora Wallis de Marlborough, según creo una mujer a la moda, bonita, tonta, gastadora, y, naturalmente, nada podrá contarme sobre encajes y fruslerías. Sin embargo, quizá, yo pueda sacar algún beneficio de Mrs. Wallis. Tiene mucho dinero, y pienso que podrá comprarme todas las cosas caras que tengo ahora entre manos.


Anne visitó varias veces a su amiga antes de que en Camden Place sospecharan su existencia. Finalmente se hizo necesario hablar de ella. Sir Walter, Elizabeth y Mrs. Clay volvían un día de Laura Place con una invitación de la señora Dalrymple para la velada, pero Anne estaba ya comprometida a ir a Westgate. Ella no lamentaba excusarse. Habían sido invitados, no le cabía duda, porque Lady Dalrymple, a quien un serio catarro mantenía en casa, pensaba utilizar la amistad de los que tanto la habían buscado. Así, pues, Anne se negó rápidamente:

“He prometido pasar la velada con una antigua compañera”. No les interesaba nada que se relacionase con Anne, sin embargo hicieron más que suficientes preguntas para enterarse de quién era esta antigua condiscípula.
Elizabeth manifestó desdén, y Sir Walter se puso severo.



-¡Westgate! -exclamó-. ¿A quién puede miss Anne Elliot visitar en Westgate? A Mrs. Smith; una viuda llamada Mrs. Smith. ¿Y quién fue su marido? Uno de los miles señores Smith que se encuentran en todas partes. ¿Qué atractivos tiene?
Que está vieja y enferma. Palabra de honor, miss Anne Elliot, que tiene usted unos gustos notables. Todo lo que disgusta a otras personas: gente inferior, habitaciones mezquinas, aire viciado, relaciones desagradables, son gratas para usted. Pero tal vez podrás postergar la visita a esa señora. No está tan próxima a morirse, según creo, que no puedas dejar la visita para mañana. ¿Qué edad tiene? ¿Cuarenta?
-No, señor; aún no tiene treinta y un años. Pero no creo que pueda dejar mi compromiso porque es la única tarde en bastante tiempo que nos conviene a ambas. Ella va a los baños calientes mañana, y nosotros, bien lo sabe usted, hemos comprometido ya el resto de la semana.
-Pero, ¿qué piensa Lady Russell de esta relación? -preguntó Elizabeth.
 -No ve en ella nada reprochable -repuso Anne-; ¡muy por el contrario, lo aprueba! Casi siempre me ha llevado cuando he ido a visitar a Mrs. Smith.
-Westgate debe estar sorprendido de ver un coche rodando sobre su pavimento -observó Sir Walter-. La viuda de Sir Henry Russell no tiene armas que pintar, pero, pese a ello, es el suyo un hermoso coche, sin duda digno de llevar a miss Elliot. ¡Una viuda de nombre Smith que vive en Westgate!... ¡Una pobre viuda que escasamente tiene con qué vivir y de treinta o cuarenta años! ¡Una simple y común Mrs. Smith, el nombre de todos en todo el mundo, haber sido elegida como amiga de miss Elliot y ser preferida por ésta a sus relaciones de familia de la nobleza inglesa e irlandesa! Mrs. Smith; ¡vaya un nombre!
Mrs. Clay, que había presenciado toda la escena, juzgó prudente en ese momento abandonar el cuarto, y Anne hubiera deseado hacer en defensa de su amiga, algunos comentarios acerca de los amigos de ellos, pero el natural respeto a su padre la contuvo. No contestó. Dejó que comprendiera él por sí mismo que Mrs. Smith no era la única viuda en Bath entre treinta y cuarenta años, con escasos medios y sin nombre distinguido.
Anne cumplió su compromiso; los demás cumplieron el de ellos, y, por supuesto, debió oír, a la mañana siguiente, que habían pasado una velada encantadora. Ella fue la única ausente; Sir Walter y Elizabeth no solamente se habían puesto al servicio de su señoría, sino que habían buscado a otras personas, molestándose en invitar a Lady Russell y a Mr. Elliot; y Mr. Elliot había dejado temprano al coronel Wallis, y Lady Russell había finalizado temprano sus compromisos para concurrir. Anne supo, por Lady Russell, todos los detalles adicionales de la velada. Para Anne, lo más importante era la conversación sostenida con Mr. Elliot, quien, habiendo deseado su presencia, estimó comprensibles sin embargo las causas que le impidieron ir. Sus bondadosas y compasivas visitas a su antigua condiscípula parecían haber encantado a Mr. Elliot. Creía éste que ella era una joven extraordinaria; en sus maneras, carácter y alma, un prototipo excelente de femineidad. Las alabanzas que de ella hacía igualaban a las de Lady Russell, y Anne entendió claramente, por los elogios que de ella hacía este hombre inteligente, lo que su amiga insinuaba en su relato.

 Creía, en una palabra, lo que Anne no. La sola imagen de Mr. Elliot trajo a la realidad a Anne. El encanto de Kenelynch y de “Lady Elliot” desapareció. Jamás podría aceptarlo. Y no era sólo que sus sentimientos fueran sordos a todo hombre con excepción de uno. Su claro juicio, considerando fríamente las posibilidades, condenaba al señor Elliot.
Lady Russell tenía ya una opinión muy firme sobre mister Elliot. Estaba convencida de su deseo de conquistar a Anne con el tiempo y no dudaba de que la mereciera, y pensaba cuántas semanas tardaría él en estar libre de las ataduras creadas por su viudez y luto, para poder valerse abiertamente de sus atractivos para conquistar a la joven. No dijo a Anne tan claramente cómo veía ella el asunto; solamente hizo unas pequeñas insinuaciones de lo que bien pronto ocurriría, es decir, de que él se enamorase y de la conveniencia de tal alianza y la necesidad de corresponderle. Anne la escuchó y no lanzó ninguna exclamación violenta; se limitó a sonreír, se ruborizó y sacudió la cabeza suavemente.

-No soy casamentera, como tú bien sabes -dijo Lady Russell-, conociendo como conozco la debilidad de todos los cálculos y determinación humanos. Sólo digo que en caso que alguna vez Mr. Elliot se dirija a ti y tú lo aceptes, tendrán la posibilidad de ser felices juntos. Será una unión deseada por todo el mundo, pero, para mí será una unión feliz.

-Mr. Elliot es un hombre en extremo agradable, y en muchos aspectos tengo una alta opinión de él -dijo Anne-, pero no creo que nos convengamos el uno al otro.

Lady Russell no dijo nada al respecto, y continuó:
-Desearía ver en ti a la futura Lady Elliot, la castellana de Kellynch, ocupando la mansión que fuera de tu madre, ocupando el puesto de ésta con todos los correspondientes derechos, la popularidad que tenía y todas sus virtudes. Esto sería para mí una gran recompensa. Eres idéntica a tu madre, en carácter y en físico y sería fácil volver a imaginarla a ella si tú ocupas su lugar, su nombre, su casa; si presidieras y bendijeras el mismo sitio; solamente serías superior a ella por ser más apreciada. Mi queridísima Anne, esto me haría más feliz que ninguna otra cosa en el mundo.

Anne se vio obligada a levantarse, a caminar hasta una mesa distante y pretender ocuparse en algo para esconder los sentimientos que este cuadro despertaba en ella. Por unos momentos su corazón y su imaginación estuvieron fascinados. La idea de ser lo que su madre había sido, de tener el nombre precioso de “Lady Elliot” revivido en ella, de volver a Kellynch, de llamarlo nuevamente su hogar, su hogar para siempre, tenía para ella un encanto innegable.
Lady Russell no dijo nada más, dejando que el asunto se resolviera por sí solo y pensando que Mr. Elliot no habría podido escoger mejor momento para hablar.
Pese a conocerlo desde hacía más de un mes, no podía decir que supiera mucho sobre su carácter. Que era un hombre inteligente y agradable, que hablaba bien, que sus opiniones eran sensatas, que sus juicios eran rectos y que tenía principios, todo esto era indiscutible. Ciertamente sabía lo que era bueno y no podía encontrarle ella faltas en ningún aspecto de sus deberes morales; pese a ello, no habría podido garantizar su conducta. Desconfiaba del pasado, ya que no del presente. Los nombres de antiguos conocidos, mencionados al pasar, las alusiones a antiguas costumbres y propósitos sugerían opiniones poco favorables de lo que él había sido. Le era claro que había tenido malos hábitos; los viajes del domingo habían sido cosa común; hubo un período en su vida (y posiblemente nada corto) en el que había sido negligente en todos los asuntos serios; y, aunque ahora pensara de otra manera, ¿quién podía responder por los sentimientos de un hombre hábil, cauteloso, lo bastante maduro como para apreciar un bello carácter? ¿Cómo podría asegurarse que esta alma estaba en verdad limpia?
Mr. Elliot era razonable, discreto, cortés, pero no franco. No había tenido jamás un arrebato de sentimientos, ya de indignación, ya de placer, por la buena o mala conducta de los otros. Esto, para Anne, era una decidida imperfección. Sus primeras impresiones eran perdurables. Ella apreciaba la franqueza, el corazón abierto, 'el carácter impaciente antes que nada. El calor y el entusiasmo aún la cautivaban. Ella sentía que podía confiar mucho más en la sinceridad de aquellos que en alguna ocasión podían decir alguna cosa descuidada o alguna ligereza, que en aquellos cuya presencia de ánimo jamás sufría alteraciones, cuya lengua jamás se deslizaba.
Mr. Elliot era demasiado agradable para todo el mundo. Pese a los diversos caracteres que habitaban la casa de su padre, él agradaba a todos. Se llevaba muy bien, se entendía de maravillas con todo el mundo. Había hablado con ella con cierta franqueza acerca de Mrs. Clay, había parecido comprender las intenciones de esta mujer y había exteriorizado su menosprecio hacia ella; sin embargo, mistress Clay estaba encantada con él.
Lady Russell, quizá por ser menos exigente que su joven amiga, no observaba nada que pudiese inspirar desconfianza. No podía encontrar ella un hombre más perfecto que Mr. Elliot, y su más caro deseo era verlo recibir la mano de suquerida Anne Elliot, en la capilla de Kellynch, el siguiente otoño.

2 comentarios:

anne wentworth dijo...

Gracias nuevamente...
siempre me alegra re-leer mis novelas favoritas.
saludos

PERSONAJES AMADOS dijo...

Hola Anne, si, aqui sigo, un poco lenta por que el blogger me ha jugado 2 que 3 malas pasadas, pero bueno, espero que las cosas vayan mejor.

te mando saludos y bss....