viernes, 18 de noviembre de 2011

PERSUASIÓN XVIII


Comenzaba febrero, y Anne, después de un mes en Bath, se impacientaba por
recibir noticias de Uppercross y Lyme. Deseaba saber más de lo que podían darle a conocer las comunicaciones de Mary. Hacía tres semanas que no sabíacasi nada. Sólo sabía que Henrietta estaba de nuevo en casa, y que Louisa, aunque se recuperaba rápidamente, permanecía aún en Lyme. 
Y pensaba intensamente en ellos una tarde cuando una carta más pesada que de costumbre, de Mary, le fue entregada, y para aumentar el placer y la sorpresa, con los saludos del almirante y de Mrs. Croft. ¡Los Croft debían pues estar en Bath! Una situación interesante. Era gente hacia los que sentía una natural inclinación.
-¿Qué es esto? -exclamó Sir Walter-. ¿Los Croft han llegado a Bath? ¿Los Croft que alquilan Kellynch? ¿Qué te han entregado?
-Una carta de Uppercross, señor.
Ah, estas cartas son pasaportes convenientes. Aseguran una presentación.
Hubiera visitado, de cualquier manera, al almirante Croft. Sé lo que debo a mi arrendatario.

Anne no pudo escuchar más; no podía siquiera haber dicho cómo había escapado la piel del pobre almirante; la carta monopolizaba su atención. Había sido comenzada varios días antes:
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“1 de febrero
“Mi querida Anne,
“No me disculpo por mi silencio porque sé lo que la gente opina de las cartas en un lugar como Bath. Debes encontrarte demasiado feliz para preocuparte por Uppercross, del que, como bien sabes, muy poco puede decirse. Hemos tenido una Navidad muy aburrida; el señor y la señora Musgrove no han ofrecido una sola comida durante todas las fiestas. No considero a los Hayter gran cosa. Las fiestas, sin embargo, han terminado: creo que ningún niño las haya tenido más largas. Estoy segura de que yo no las tuve. La casa fue desalojada por fin ayer, con excepción de los pequeños Harville. Te sorprenderá saber que durante este tiempo no han ido a su casa. Mrs. Harville debe ser una madre muy dura para separarse así de ellos. Yo no puedo entender esto. En mi opinión, no son nada agradables estos niños, pero Mrs. Musgrove parece gustar de ellos tanto o quizá más que de sus nietos. ¡Qué tiempo tan espantoso hemos tenido! Quizá no lo ayan sentido ustedes en Bath, debido a la pavimentación, pero en el campo ha sido bastante malo. Nadie ha venido a visitarme desde la segunda semana de enero, con la salvedad de Charles Hayter, quien ha venido más de lo deseado.
Entre nosotras, te diré que creo que es una lástima que Henrietta no se haya quedado en Lyme tanto tiempo como Louisa; esto la hubiera mantenido lejos de él. El carruaje ha partido para traer mañana a Louisa y a los Harville. No cenaremos con ellos, sin embargo, hasta un día después, porque la señora Musgrove teme que el viaje sea muy cansador para Louisa, lo que es poco probable considerando los cuidados que tendrán con ella. Por otra parte, para mí hubiera sido mucho mejor cenar con ellos mañana. Me alegro que encuentres tan agradable a mister Elliot y yo también desearía conocerlo. Pero mi suerte es así: nunca estoy cuando hay algo interesante; ¡soy siempre la última en mi familia! ¡Qué larguísimo tiempo ha estado Mrs. Clay con Elizabeth! ¿Ha querido marcharse alguna vez? Sin embargo, aunque ella dejara vacía la habitación, no es probable que se nos invitase. Dime lo que piensas de esto. No espero que se invite a mis niños, ¿sabes? Puedo dejarlos perfectamente en la Casa Grande por un mes o seis semanas. En este momento oigo que los Croft parten casi ahora mismo para Bath; creo que el almirante tiene gota. Charles se ha enterado de esto por casualidad; no han tenido la gentileza de avisarme u ofrecerme algo.
No creo que hayan mejorado como vecinos. No los vemos casi nunca, y ésta es una grave desatención. Charles une sus afectos a los míos, y quedo de ti con todo cariño, “Mary M.
“Lamento decir que estoy muy lejos de encontrarme bien y Jemima acaba de decirme que el carnicero le ha dicho que abunda aquí el mal de garganta.
Imagino que voy a adquirirlo, y bien sabes que sufro de la garganta más que cualquier otra persona”.
Así terminaba la primera parte, que había sido puesta en un sobre que contenía mucho más:
“He dejado mi carta abierta para poder decirte cómo llegó Louisa, y me alegro de haberlo hecho, porque tengo muchas más cosas que decirte. En primer lugar recibí una nota de la señora Croft ayer, ofreciéndose a llevar cualquier cosa que quisiera enviarte; en verdad, una nota muy cortés y amistosa, dirigida a mí, tal como correspondía. Así, pues, podré escribirte tan largamente como es mi deseo. El almirante no parece muy enfermo, y espero que Bath le haga mucho bien. Realmente me alegraré de verlos a la vuelta. Nuestra vecindad no puede perder esta familia tan agradable. Hablemos ahora de Louisa. Tengo que comunicarte algo que te sorprenderá. Ella y los Harville llegaron el martes perfectamente bien, y por la tarde le preguntamos cómo era que el capitán Benwick no formaba parte de la comitiva, porque había sido invitado al igual que los Harville. ¿A que no sabes cuál es la razón? Ni más ni menos que se ha enamorado de Louisa, y no quiere venir a Uppercross sin tener una respuesta de parte de Mr. Musgrove, porque entre ellos arreglaron ya todo antes de que ella volviera, y él ha escrito al padre de ella por intermedio del capitán Harville. Todo esto es cierto, ¡palabra de honor! ¿Estás atónita? Me pregunto si alguna vez sospechaste algo, porque yo... jamás. Pero estamos encantados; porque pese a que no es lo mismo que casarse con el capitán Wentworth, es infinitamente
mejor que Charles Hayter; así pues, Mr. Musgrove ha escrito dando su consentimiento, y estamos esperando hoy al capitán Benwick. Mrs. Harville dice que su esposo añora muchísimo a su hermana, pero, de cualquier manera, Louisa es muy querida por ambos. En verdad, yo y Mrs. Harville estamos de acuerdo en que tenemos más afecto por ella por el hecho de haberla cuidado.
Charles se pregunta qué dirá el capitán Wentworth, pero si haces memoria recordarás que yo jamás creí que estuviera enamorado de Louisa; jamás pude ver nada semejante. Y puedes imaginar que también es el fin, de suponer que el capitán Benwick haya sido un admirador tuyo. Cómo Charles pudo creer semejante cosa, es algo que yo no comprendo. Espero que sea un poco más amable ahora. Ciertamente no es éste un gran matrimonio para Louisa Musgrove, pero de todos modos un millón de veces mejor que casarse con uno de los Hayter”.
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Mary había acertado al imaginar la sorpresa de su hermana. Jamás en su vida había quedado más boquiabierta. ¡El capitán Benwick y Louisa Musgrove! Era demasiado maravilloso para creerlo. Y solamente haciendo un gran esfuerzo pudo permanecer en el cuarto, conservando su aire tranquilo y contestando a las preguntas del momento. Felizmente para ella, fueron bien pocas. Sir Walter deseaba saber si los Croft viajaban con cuatro caballos y si se hospedarían en algún lugar de Bath que permitiera que él y miss Elliot los visitaran. Era lo único
que parecía interesarle.

-¿Cómo está Mary? -preguntó Elizabeth-. ¿Y qué trae a los Croft a Bath? -añadiósin esperar respuesta.
-Vienen a causa del almirante. Parece que sufre de gota.
-¡Gota y decrepitud! -exclamó Sir Walter-. ¡Pobre caballero!

-¿Tienen conocidos aquí? -preguntó Elizabet.

-No lo sé; pero imagino que un hombre de la edad y la profesión del almirante Croft debe de tener muy pocos conocidos en un lugar como éste.

-Sospecho -dijo fríamente Sir Walter- que el almirante Croft debe ser mejor conocido en Bath como arrendatario de Kellynch. ¿Crees, Elizabeth, que podemos presentarlos en Laura Place?

-¡Oh, no! No lo creo. En nuestra situación de primos de Lady Dalrymple debemos cuidarnos de no presentarle a nadie a quien pudiere desaprobar. Si no fuéramos sus parientes no importaría, pero somos primos y debemos cuidar a quién presentamos. Será mejor que los Croft encuentren por sí solos el nivel que les corresponde. Abundan por ahí muchos viejos de aspecto desagradable que, según he oído decir, son marinos. Los Croft podrán relacionarse con ellos.

Este era todo el interés que tenía la carta para su padre y hermana. Cuando Mrs. Clay hubo pagado también su tributo, preguntando por Mr. Charles Musgrove y sus lindos niños, Anne se sintió en libertad.

Al quedarse sola en su habitación trató de comprender lo acontecido. ¡Claro que podía Charles preguntarse qué sentiría el capitán Wentworth! Quizás había abandonado el campo, dejando de amar a Louisa; quizás había comprendido que no la amaba. No podía soportar la idea de traición o versatilidad o cualquier cosa semejante entre él y su amigo. No podía imaginar que una amistad como la de ellos diera lugar a ningún mal proceder.

¡El capitán Benwick y Louisa Musgrove! La alegre, la ruidosa Louisa Musgrove y el pensativo, sentimental, amigo de la lectura, Benwick, parecían las personas menos a propósito la una para la otra. ¡Dos temperamentos tan diferentes! ¿En qué pudo consistir la atracción? Pronto surgió la respuesta: había sido la situación. Habían estado juntos varias semanas, viviendo en el mismo reducido círculo de familia; desde la vuelta de Henrietta, debían haber dependido el uno del otro, y Louisa, reponiéndose de su enfermedad, estaría más interesante, y el capitán Benwick no era inconsolable. Esto ya lo había sospechado Anne con anterioridad, y en lugar de sacar de los acontecimientos la misma conclusión que Mary, todo esto la afirmaba en la idea de que Benwick había experimentado cierta naciente ternura hacia ella. Sin embargo, en esto no veía una satisfacción para su vanidad. Estaba persuadida que cualquier mujer joven y agradable que le hubiese escuchado pareciendo comprenderle hubiera  despertado en él los mismos sentimientos. Tenía un corazón afectuoso y era natural que amase a alguien.
No veía ninguna razón para que no fueran felices. Louisa tenía para empezar, entusiasmo por la Marina, y bien pronto sus temperamentos serian semejantes.
El adquiriría alegría y ella aprendería a entusiasmarse por Lord Byron y Walter Scott; no, esto ya estaba sin duda aprendido; de seguro, se habían enamorado leyendo versos. La idea de que Louisa Musgrove pudiera convertirse en una persona de refinado gusto literario y reflexiva era por cierto bastante cómica, pero no cabía duda de que así ocurriría. El tiempo transcurrido en Lyme, la fatal caída de Cobb, podían haber influido en su salud, en sus nervios, en su valor, en su carácter, hasta el fin de su vida, tanto como parecían haber influido en su destino.


Se podía concluir que si la mujer que había sido sensible a los méritos del capitán Wentworth podía preferir a otro hombre, nada debía ya sorprender en el asunto. Y si el capitán Wentworth no había perdido por ello un amigo, nada había que lamentar. No, no era dolor lo que Anne sentía en el fondo de su corazón, a pesar de ella misma, y coloreaba sus mejillas el pensar que el capitán Wentworth seguía libre. Se avergonzaba de escudriñar sus sentimientos.
¡Parecían ser de una grande e insensata alegría!
Deseaba ver a los Croft, pero cuando los encontró, comprendió que éstos aún no sabían las novedades. La visita de ceremonia fue hecha Musgrove y el capitán Benwick fueron mencionados, sin que ni siquiera sonrieran.
Los Croft se habían alojado en la calle Gay, lo que Sir Walter aprobaba. Este no se sentía avergonzado en modo alguno de tal conocimiento. En una palabra, hablaba y pensaba más en el almirante que lo que éste jamás pensó o habló de él.
Los Croft conocían en Bath tanta gente como era su deseo, y consideraban su relación con los Elliot como un asunto de pura ceremonia, y que en lo absoluto les proporcionaba placer. Tenían el hábito campesino de estar siempre juntos. El debía caminar para combatir la gota y Mrs. Croft parecía compartir con él todo, y caminar junto a ella parecía hacerle bien al almirante. Anne los veía en todas partes. Lady Russell la sacaba en su coche casi todas las mañanas y ella jamás dejaba de pensar en ellos y de encontrarlos. Conociendo como conocía sus sentimientos, los Croft constituían un atractivo cuadro de felicidad.
Los contemplaba tan largamente como le era posible y se deleitaba creyendo entender lo que ellos hablaban mientras caminaban solos y libres. De la misma manera le encantaba el gesto del almirante al saludar con la mano a un antiguo amigo, y observaba la vehemencia de la conversación cuando Mrs. Croft, entre un pequeño grupo de marinos, parecía tan inteligente e interiorizada en asuntos náuticos como cualquiera de ellos.
Anne estaba demasiado ocupada por Lady Russell para hacer caminatas, pero, pese a ello, ocurrió que una mañana, diez días después de la llegada de los Croft, en que decidió dejar a su amiga y al coche en la parte baja de la ciudad y volver a pie a Camden Place. Caminando por la calle Milsom tuvo la suerte de encontrarse con el almirante. Estaba parado frente a una vidriera, con las manos detrás, observando atentamente un grabado, y no sólo hubiera podido pasar sin ser vista, sino que debió tocarlo y hablarle para que reparase en ella. Cuando lavio y la reconoció, exclamó con su habitual buen humor:
-¡Ah!, ¡es usted! Gracias, gracias. Esto es tratarme como a un amigo. Aquí estoy, ya ve usted, contemplando un grabado. No puedo pasar frente a esta vidriera sin detenerme: ¡Lo que han puesto aquí pretendiendo ser un barco! Mire usted. ¿Ha visto algo semejante? ¡Qué individuos curiosos deben ser los pintores para imaginar que alguien arriesgaría su vida en esa vieja y desfondada cáscara de nuez! Y, sin embargo, vea usted allí a dos caballeros muy cómodamente mirando las rocas y las montañas, sin preocuparse por nada, lo que a todas luces es absurdo. Pienso en qué lugar ha podido construirse un barco semejante -riendo-. No me atrevería a navegar en ese barco ni en un estanque. Bueno -volviéndose-, ¿hacia dónde va? ¿Puedo hacer algo por usted o acompañarla tal vez? ¿En qué puedo serle útil?
-En nada, gracias. A menos que quiera darme usted el placer de caminar conmigo el corto trecho que falta. Voy a casa.

  -Lo haré con muchísimo gusto. Y si lo desea, la acompañaré más lejos también. Sí, juntos haremos más agradable el camino. Además, tengo algo que decirle. Tome usted mi brazo; así está bien. No me siento cómodo si no llevo una mujer apoyada en él. ¡Dios mío, qué barco! -añadió lanzando una última mirada al grabado mientras se ponían en marcha.
-¿Usted quería decirme algo, señor?
-Así es. De inmediato. Pero allí viene un amigo: el capitán Bridgen. No haré más que decirle: “¿Cómo está usted?”, al pasar. No nos detendremos. “¿Cómo está usted?” Bridgen se sorprenderá de verme con una mujer que no es mi esposa. Pobrecita, ha debido quedarse amarrada, en casa. Tiene una llaga en el talón, mayor que una moneda de tres chelines. Si mira usted a la vereda de enfrente verá al almirante Brand y a su hermano. ¡Unos desharrapados! Me alegro de que no vengan por esta acera. Sophía los detesta. Me hicieron una mala pasada una vez... Se llevaron algunos de mis mejores hombres. Ya le contaré la historia en otra oportunidad. Allí vienen el viejo Sir Archibaldo Drew y su nieto.
Vea, nos ha visto. Besa la mano en su honor, la confunde a usted con mi esposa. Ah, la paz ha venido demasiado aprisa para este señorito. ¡Pobre Sir Archibaldo! ¿Le agrada a usted Bath, miss Elliot? A nosotros nos conviene mucho. Siempre nos encontramos algún antiguo amigo; las calles están repletas de ellos cada mañana. Siempre hay con quien conversar, y después nos alejamos de todos y nos encerramos en nuestros aposentos, y ocupamos nuestras sillas y estamos tan cómodamente como si nos encontráramos en Kellynch o como cuando estábamos en el norte de Yarmouth o en Deal. Uno de nuestros aposentos no nos agrada porque nos recuerda los que teníamos en Yarmouth. El viento se cuela por uno de los armarios tal como que se colaba allá.
Cuando hubieron caminado un poco, Anne se atrevió a inquirir otra vez qué era lo que él deseaba comunicarle. Ella había esperado que al alejarse de la calle Milsom su curiosidad se vería satisfecha. Pero debió esperar aún más, porque el almirante estaba dispuesto a no comenzar hasta que hubieran llegado a la gran tranquilidad espaciosa de Belmont, y como no era la señora Croft, no tenía más remedio que dejarlo hacer su voluntad. En cuanto iniciaron el ascenso de Belmont, él comenzó:
-Bien, ahora oirá algo que la sorprenderá. Pero antes deberá usted decirme el nombre de la joven de la que voy a hablar. Esa joven de la que tanto nos hemos ocupado todos. La señorita Musgrove, la que sufrió el accidente... su nombre de pila, siempre olvido su nombre de pila.
Anne se avergonzó de comprender tan presto de qué se trataba; pero ahora podía sin problemas sugerir el nombre de “Louisa”.
-Eso es, Louisa Musgrove, éste es el nombre. Desearía que las muchachas no tuviesen tal cantidad de lindos nombres. Nunca olvidaría si todas se llamasen Sophía o algún otro nombre por el estilo. Bien, esta señorita Louisa, sabe usted, creíamos todos que se casaría con Frederick. El le hacía la corte desde hacía varias semanas. Lo único que nos sorprendía algo era tanta demora en declararse hasta que ocurrió el accidente de Lyme. Entonces, por supuesto, supimos que él debía esperar hasta que ella se recobrase. Pero aun así había algo curioso en su manera de proceder.

En lugar de quedarse en Lyme, se fue a Plymouth y de allí se encaminó a visitar a Edward. Cuando nosotros volvimos de Minehead se había ido a visitar a Edward y allí permaneció desde entonces. No hemos vuelto a verlo desde el mes de noviembre. Ni Sophía puede entenderlo. Pero ahora ocurre lo más extraño de todo, porque esta señorita, esta joven Musgrove, en lugar de casarse con Frederick se va a casar con James Benwick.
Usted conoce a James Benwick.
-Algo. Conozco un poco al capitán Benwick.
-Bien, ella se casará con él. Ya deberían estar casados, porque no sé lo que están esperando.
-Considero al capitán Benwick un joven muy agradable -dijo Anne- y tengo entendido que tiene excelente carácter.
-¡Oh, claro que sí! No hay nada que decir en contra de James Benwick. Es solamente comandante, ¿sabe usted? Fue ascendido el último verano, y éstos son malos tiempos para progresar, pero ésta es la única desventaja que le conozco. Un individuo excelente, de gran corazón, y muy activo y celoso de su carrera, puedo asegurarlo, cosa que por cierto usted no habrá sospechado, porque sus ademanes suaves no revelan su carácter.
-En eso se equivoca usted, señor; jamás encontré falta de entusiasmo en los modales del capitán Benwick. Lo encuentro particularmente agradable, y puedo asegurarle que sus modales gustan a todo el mundo.
-Bien, las señoras son mejores jueces que nosotros. Pero James Benwick es demasiado tranquilo a mi manera de ver, y aunque puede ser parcialidad nuestra, Sophía y yo no podemos evitar encontrar mejores maneras en Frederick. Y creo que hay algo en Frederick que está más de acuerdo con nuestro gusto.
Anne estaba en la trampa. Sólo había querido oponerse a la idea de que el entusiasmo y la gentileza eran incompatibles, sin decir por ello que los modales del capitán Benwick fueran mejores, y después de un momento de vacilación, dijo: “No he pensado comparar a los dos amigos...”, cuando el almirante la interrumpió diciendo:


-El asunto es bien claro. No se trata de simple chismografía. Lo hemos sabido por el mismo Frederick. Su hermana recibió ayer una carta de él en la que nos informa de todo, y él, a su vez, lo ha sabido por una carta de los Harville, escrita de inmediato, desde Uppercross. Creo que están todos en Uppercross.
Esta fue una oportunidad que Anne no pudo resistir. Así, pues, dijo:
-Espero, almirante, que no haya en la carta del capitán Wentworth nada que les intranquilice a ustedes. Parecía en verdad, el último otoño, que había algo entre el capitán y Louisa Musgrove. Pero confío en que haya sido una separación sin violencias para ninguna de las dos partes. Espero que esta carta no trasunte amargura.
-En modo alguno, en modo alguno. No hay ni un juramento ni un murmullo de principio a fin.
Anne dio vuelta el rostro para ocultar su sonrisa.
-No, no, Frederick no es hombre que se queje; tiene demasiado espíritu para ello. Si a la muchacha le gusta más otro hombre, con seguridad ella está mejor destinada para éste...
-No hay duda de eso, pero lo que quiero decir es que espero que no haya en la manera de escribir del capitán Wentworth nada que les haga pensar que guarda algún resentimiento contra su amigo, lo que bien podría ser, aunque no lo dijera. Lamentaría mucho que una amistad como la que ha habido entre él y el capitán Benwick se destruyese o sufriese daño por una causa como ésta.
-Sí, sí, comprendo. Pero no hay nada semejante en la carta. No lanza el menor dardo contra Benwick, ni siquiera dice: “Me sorprende, tengo mis razones para sorprenderme”. No; por la manera de escribir jamás sospecharía usted que miss... (¿cómo se llama?) hubiera podido interesarle. Muy amablemente desea que sean felices juntos, y no hay nada rencoroso en ello, en mi opinión.
Anne no tenía igual convicción del almirante, pero era inútil continuar preguntando. Por consiguiente, se dio por satisfecha, asintiendo calladamente o diciendo alguna frase común a las opiniones del almirante.
-¡Pobre Frederick! -dijo éste por último-. Debemos comenzar con alguna cosa. Creo que debemos traerlo a Bath. Sophía debe escribirle y pedirle que venga a Bath. Aquí hay muchas muchachas, estoy cierto. Es inútil volver a Uppercross por la otra señorita Musgrove, porque según sé está prometida a su primo, el joven pastor. ¿No cree usted, miss Elliot, que es mejor que venga a Bath?

2 comentarios:

anne wentworth dijo...

Esa emocion que refleja Anne al enterarse de que el Capitan, "SU Capitan" no esta para nada interesado en Louisa, es tan sentida hasta las lagrimas!!!.... esa emocion se transmite en cuanto lo lees..... aqui entramos en la parte que mas me gusta de la historia!!!...
saludos!!!

PERSONAJES AMADOS dijo...

Si, yo opino lo mismo, empieza lo mas interesante de la historia...
El reconocimiento de la necesidad que tienen el uno del otro y pasar por alto la ofensa, dejando el pasado atras y poder estar juntos.