jueves, 29 de septiembre de 2011

PERSUASIÓN V

La mañana fijada para que el almirante Croft y su señora visitasen Kellynch Hall, a Anne le pareció más natural dar su acostumbrado paseo hasta la casa de Lady Russell y quedarse allí hasta que la visita hubiese concluido.
Aunque luego le pareciera igualmente natural lamentar haberse perdido la ocasión de conocerlos.

Esta entrevista de las dos partes resultó muy satisfactoria y con ella se dejó el negocio   definitivamente   resuelto.   Ambas   señoras   estaban   dispuestas   de antemano a llegar a un acuerdo y, por lo tanto, ninguna de las dos vio en la otra más que buenos  modales.  Entre los caballeros  hubo tanta cordialidad,  buen humor, franqueza, sinceridad y liberalidad por parte del almirante, que Sir Walter quedó conquistado, aunque las seguridades que Shepherd le había dado de que el  almirante  lo  tenía  por  un  dechado  de  buena  educación,  gracias  a  las referencias que él le había entregado, lo halagaron y lo inclinaron a hacer gala
de su mejor y más cortés compostura.


La casa, los terrenos y el mobiliario fueron aprobados; los Croft fueron también aprobados, y las condiciones y plazo, cosas y personas, quedaron arreglados. El escribiente  del  señor  Shepherd  se  sentó  a  trabajar  sin  que  hubiese  ni  una mínima diferencia preliminar que modificar en todo lo que “este contrato establece...”
Sir Walter declaró sin vacilar que el almirante era el marino más apuesto que había visto nunca, y llegó hasta decir que si su propio criado le hubiera ordenado un poco el pelo no se habría avergonzado de que lo viesen con él en cualquier parte. El almirante, con simpática cordialidad, comentó a su esposa, mientras paseaban por el parque:
-Estoy  pensando,  querida,  que  a  pesar  de  todo  lo  que  nos  contaron  en
Taunton,  nos hemos entendido  muy pronto.  El baronet  no es nada  del otro mundo, pero no parece un mal hombre.
Estos  cumplidos  recíprocos  dejan  a  la  vista  que  ambos  hombres  habían
formado el uno del otro el mismo concepto poco más o menos.
Los  Croft  debían  tomar  posesión  de  la  casa  por  San  Miguel  y Sir  Walter propuso trasladarse a Bath en el curso del mes precedente, de modo que no había tiempo que perder en hacer los preparativos de la mudanza.
Lady Russell, convencida de que no se permitiría a Anne tener ni voz ni voto en la elección de la casa que iban a tomar, sintió mucho verse separada tan pronto de ella e hizo todo lo posible por que se quedase a su lado hasta que fuesen ambas  a  Bath  pasadas  las  Navidades.  Pero  unos  compromisos,  que  la retuvieron  fuera  de  Kellynch  varias  semanas,  le  impidieron  insistir  en  su invitación todo lo que hubiese querido.
Y Anne, aunque temía los posibles calores de septiembre en la blanca y deslumbrante Bath y la apesadumbraba renunciar a la dulce y melancólica influencia de los meses otoñales en el campo, pensó que, bien mirado, no deseaba quedarse. Sería mejor y más prudente, y por lo tanto la haría sufrir menos, irse con los otros.
No obstante ocurrió algo que dio a sus ideas un giro inesperado. Mary, que estaba a menudo algo delicada, siempre ocupada en sus propias lamentaciones, y que tenía la costumbre de acudir a Anne en cuanto le pasaba algo, se hallaba
indispuesta. Previendo que no tendría un día bueno en todo el otoño, le rogó, o
mejor dicho le exigió, pues a decir verdad no podía llamarse a eso un ruego, que fuese a su quinta de Uppercross para hacerle compañía todo el tiempo que la necesitase en vez de irse a Bath.


-No puedo hacer nada sin Anne -argüía Mary

Y Elizabeth replicaba:
-Pues, siendo así, estoy segura de que Anne hará mejor en quedarse, porque
en Bath no hace la menor falta.


Ser solicitada como algo útil, aunque sea en una forma impropia, vale más, al fin y al cabo, que ser rechazada como algo inútil. Y Anne, contenta de que la considerasen necesaria y de tener que cumplir algún deber; segura además de que lo cumpliría con alegría en el escenario de su propia y querida comarca, accedió sin dilación a quedarse.
Esta invitación de Mary allanó todas las dificultades de Lady Russell; y, por consiguiente, se acordó que Anne no iría a Bath hasta que Lady Russell la acompañase  y  que,  entretanto,  distribuiría  su  tiempo  entre  la  quinta  de

Uppercross y la casita de Kellynch.
Hasta aquí todo iba a pedir de boca; pero a Lady Russell le faltó poco para desmayarse cuando se enteró del disparate que entrañaba una de las partes del plan  de  Kellynch  Hall  y  que  consistía  en  lo  siguiente:  
La  señora  Clay  sería invitada a ir a Bath con Sir Walter y Elizabeth en calidad de importante y valiosa ayuda para esta última en todos los trabajos que les esperaban.

neLady Russell sentía muchísimo que hubiesen recurrido a tal medida; la asombraba, la afligía y la asustaba. Y la afrenta que significaba para Anne el hecho de que la señora Clay fuese tan necesaria mientras ella no servía para nada, era una agravante aún más penosa.
Anne ya estaba acostumbrada a ese género de afrentas; pero sintió la imprudencia de aquella decisión tan agudamente como Lady Russell. Dotada de una gran capacidad de serena observación y con un conocimiento tan profundo del carácter de su padre, que a veces hubiera preferido no tener, se daba cuenta de  que  era  más  que  probable  que  aquella  intimidad  tuviese  serias  con-secuencias para su familia. No podía creer que a su padre se le ocurriese por el momento nada semejante. La señora Clay era pecosa, tenía un diente salido y las muñecas gruesas, cosas que Sir Walter criticaba severa y constantemente cuando ella no estaba presente; pero era  joven  y  muy  bien  parecida  en  conjunto,  y  su  sagacidad  y  asiduas  y agradables maneras le daban un atractivo muchísimo más peligroso que el que pudiese tener una persona meramente agraciada.
 Anne estaba tan impresionada por el grado de aquel peligro, que creyó indispensable tratar de hacérselo ver a su hermana. No esperaba grandes resultados, pero pensaba que Elizabeth, quien, si la catástrofe se producía, sería más digna de compasión que ella, no podría reprocharle en modo alguno el no haberla puesto sobre aviso.
Le habló, pero, al parecer, lo único que logró fue ofenderla. Isabel no pudo comprender cómo le había pasado por la mente tan absurda sospecha, y le contestó, indignada, que cada cual sabe muy bien cuál es el lugar que ocupa.
-La señora Clay -dijo acaloradamente- nunca olvida quién es; y como yo estoy mucho mejor enterada de sus sentimientos que tú, puedo asegurarte que sus ideas sobre el matrimonio son discretas, y que reprueba la desigualdad de condición y de rango con más energía que muchas otras personas. En cuanto a papá, no puedo admitir, en verdad, que él, que ha permanecido  viudo tanto tiempo en atención a nosotras, tenga que pasar ahora por esta sospecha. Si la señora Clay fuese una mujer muy hermosa, te concedo que no estaría bien que anduviese  demasiado  conmigo;  no  porque  haya  nada  en  el  mundo,  estoy segura, que indujese a papá a hacer un matrimonio degradante, sino porque eso podría hacerlo desgraciado.
 ¡Pero la pobre señora Clay, que, con todos sus méritos, nunca ha sido ni pasablemente bonita! Creo en verdad que la pobre señora Clay puede estar aquí bien a salvo.
¡Cualquiera diría que nunca has oído hablar a papá de sus defectos, y lo has oído cincuenta veces!, ¡con aquel diente y aquellas pecas! A mí las pecas no me disgustan tanto como a él; conocí a una persona que tenía la cara no del todo desfigurada por unas cuantas, pero papá las detesta. Ya debes haberle oído comentar las pecas de la señora Clay.
-Rara vez se encuentra un defecto personal -repuso Anne- que la simpatía no nos haga olvidar poco a poco.
-Pues yo no pienso lo mismo -replicó Elizabet vivamente-. La simpatía puede sobreponerse a unos rasgos hermosos, pero nunca puede cambiar los vulgares. Sea como sea, y ya que estoy más enterada de este asunto que nadie, puedes ahorrarte tus advertencias.
Anne había cumplido con su deber y se alegraba de ello, sin desesperar del todo de su eficacia. Elizabeth se sintió molesta con la sospecha, pero en lo sucesivo estaría más atenta.
El último servicio de la carroza de cuatro caballos fue conducir a Sir Walter, a la señorita Elliot y a la señora Clay a Bath. Los viajeros partieron animadísimos.

Sir Walter dispensó condescendientes saludos a los afligidos arrendatarios y labriegos, a quienes se había avisado para que fuesen a despedirlo. Y Anne se encaminó con una especie de tranquilidad desolada a la casita donde iba a pasar su primera semana.
Su amiga no estaba de mejor humor que ella. Lady Russell sentía con gran intensidad el trasplante de la familia. Su respetabilidad le era tan cara como la suya propia, y su cotidiano intercambio con los Elliot se le había hecho indispensable con la costumbre.
 La entristecía verlos abandonar aquellas tierras y más aún pensar que iban a dar a otras manos. Para huir de la soledad y de la melancolía de aquel lugar tan cambiado y no presenciar la llegada del almirante Croft y de su mujer, determinó ausentarse de su casa e ir a buscar a Anne a Uppercross. Acordaron las dos que partirían de allí, y Anne se instaló en la quinta que sería la primera etapa del viaje de Lady Russell.
Uppercross era un pueblo relativamente pequeño que pocos años antes aún conservaba -todo el viejo estilo inglés.
Anne había estado allí varias veces. Conocía los caminos de Uppercross tan bien como los de Kellynch. Las dos familias estaban juntas tan constantemente y tenían tal costumbre de entrar y salir de una y otra casa a todas horas, que se llevó una sorpresa al encontrar a Mary sola.


Estar sola y sentirse enferma y malhumorada eran casi la misma cosa para ella. Aunque de mejor condición que su hermana mayor, Mary no tenía ni el entendimiento ni el buen carácter de Anne. Mientras se encontraba bien y se sentía feliz y agasajada, estaba de muy buen talante y animadísima; pero cualquier indisposición la hundía por completo; no tenía recursos para la soledad; y habiendo heredado una parte considerable de  la  presunción  de  los  Elliot,  estaba  muy  dispuesta  a  añadir  a  sus  otras congojas la de creerse abandonada y maltratada. Físicamente era inferior a sus dos hermanas, e incluso cuando estaba en lo mejor de su edad no llegó a ser más  que  regularcilla. 


 Estaba  tendida  en  el  desvencijado  sofá  del  amable saloncillo cuyo mobiliario elegante en un tiempo había ido desluciéndose bajo la acción de cuatro veranos y dos niños.
Cuando vio aparecer a Anne la recibió, diciéndole:
-¡Vamos! ¡Por fin llegaste! Ya empezaba a creer que no te volvería a ver. Estoy tan enferma que apenas puedo hablar. ¡No he visto a nadie en toda la mañana!
-Siento  que  no  te  encuentres  bien  -repuso  Anne-.  ¡Pero  si  el  jueves  me
mandaste decir que estabas como una rosa!
-Sí, saqué fuerzas de flaqueza, como hago siempre. Pero no me sentía bien ni mucho  menos,  y creo  que nunca  en mi vida  he estado  tan mal como  esta mañana. No estoy en situación de que se me deje sola. Supónte que me diese algo horrible de repente y que no fuese capaz ni de tirar de la campanilla. Lady Russell no debe salir de su casa. Me parece que en todo el verano ha venido tres veces a heeta casa.
Anne dijo lo que hacía a propósito y preguntó luego a Mary por su marido.

-¡Ah! Charles se fue de caza. No lo he visto desde las siete. Se ha querido marchar,  a pesar  de que  le dije  lo enferma  que  estaba.  Respondió  que  no estaría mucho fuera, pero todavía no ha regresado y ya es casi la una. Es lo que te decía, no he visto un alma en toda esta larguísima mañana.
-¿No has estado con tus niños?
-Sí, mientras he podido soportar su bullicio; pero son tan traviesos que me hacen más mal que bien. Charly no obedece en nada y Walter crece igual de malo.
-Bueno;  ahora  te  pondrás  mejor  -replicó  Anne  jovialmente-.  Ya  sabes  que siempre te curo en cuanto llego. ¿Cómo están tus vecinos de la Casa Grande?
-No puedo decirte nada de ellos. Hoy no he visto más que al señor Musgrove, que se ha detenido un momento y me ha hablado por la ventana, pero sin bajar del caballo. Por mucho que les dije lo mal que estaba, ninguno de ellos se me acercó. Me figuro que habrá sido porque a las señoritas Musgrove no les venía de paso y nunca se salen de su camino.
-Tal vez los veas antes de que pase la mañana. Es temprano todavía. -
-Ni falta que me hacen, puedes estar segura. Encuentro que charlan y ríen demasiado. ¡Ay, Anne, qué mal estoy! ¿Cómo no viniste el jueves?
-Querida Mary, acuérdate de que me mandaste decir que estabas bien. Me
escribiste con la mayor alegría diciéndome que te hallabas perfectamente y que no me diera prisa en venir. Por ello quise quedarme hasta el final con Lady Russell; y además del cariño que le tengo, estuve tan ocupada, y he tenido tanto que hacer que de ninguna manera hubiese podido salir antes de Kellynch.
-Pero, ¿qué es lo que tuviste que hacer?
-Muchísimas cosas, te lo aseguro. Más de las que puedo recordar en este momento, pero voy a decirte algunas. Hice un duplicado del catálogo de libros y cuadros de mi padre. Estuve varias veces en el jardín con Mackenzie, tratando de entender y dándole a entender a él cuáles eran las plantas de Elizabeth que debían apartarse para Lady Russell.
 Tuve que arreglar muchas pequeñas cosas mías: libros y música que separar; y tuve que rehacer todos mis baúles, debido a que no supe a tiempo lo que se había decidido acerca de los acarreos. Y tuve que hacer una cosa, Mary, más fatigosa aún: ir a casi todas las casas de la parroquia en visita de despedida, pues así me lo encargaron. Todas estas cosas llevan mucho tiempo.
-¡Sin duda!
Y después de una pausa:
-Pero no me has preguntado nada de nuestra cena de ayer en casa de los
Poole.
-¿Conque fuiste? No te pregunté nada porque me figuré que habías tenido que renunciar a la invitación.
-Claro que fui. Ayer me encontraba muy bien; no he sentido nada hasta esta
mañana. Habría parecido muy raro si no hubiese ido.
-Me alegro de que estuvieses lo bastante bien y supongo que pasaste un rato muy agradable.
-Nada del otro mundo. Siempre se sabe de antemano lo que va a ser una cena y a quiénes vas a encontrar allí. ¡Y es tan incómodo no tener coche propio! Los señores Musgrove me llevaron en el suyo y anduvimos como sardinas en lata
¡Son tan corpulentos y ocupan tanto espacio! El señor Musgrove siempre se sienta delante. Yo iba aplastada en el asiento trasero entre Enriqueta y Luisa. No me extrañaría que toda mi enfermedad de hoy se debiera a eso.

Con un poco más de perseverante paciencia y de forzada jovialidad consiguió Anne que Mary se restableciese prontamente. Al poco rato ya pudo incorporarse en el sofá y empezó a acariciar la esperanza de poder dejarlo para la hora de la comida.  Luego olvidó su postración  y se fue al otro extremo del salón para arreglar un ramo de flores. Se comió unos fiambres y se sintió tan aliviada que propuso ir a dar un paseo.
-¿Adónde iremos? -preguntó en cuanto estuvieron listas-. Me imagino que no querrás ir a visitar a los de la Casa Grande antes de que ellos hayan venido a verte.
-No tengo ningún inconveniente -replicó Anne-. Nunca se me ocurriría reparar en esas formalidades con gente como los señores y las señoritas Musgrove, a los que tanto conozco.
-Sí, pero son ellos los que deben visitarte a ti primero. Deben saber cómo han de tratarte por ser mi hermana. Sin embargo, podemos ir muy bien y sentarnos con ellos un ratito, y cuando ya estemos satisfechas de la visita, nos distraemos con el paseíto de vuelta.
Anne siempre había considerado esa clase de trato como una gran imprudencia, pero desistido de oponerse porque creía que a pesar de que las dos familias se inferían mutuamente continuas ofensas, no podían estar la una sin la otra.

Se dirigieron por tanto a la Casa Grande y estuvieron una buena media hora en el cuadrado gabinete decorado a la antigua usanza, con su pequeña alfombra y su lustroso suelo, al que las actuales hijas de la casa fueron dando gradualmente su aire peculiar de confusión, con un gran piano, un arpa, floreros y mesitas a diestra y siniestra.
 ¡Ah, si los originales de los retratos colgados contra el arrimadero, si los caballeros vestidos de pardo terciopelo y las damas envueltas en rasos azules  hubiesen  visto lo que pasaba  y hubiesen  tenido  conciencia  de aquel atentado contra el orden y la pulcritud! Aquellos mismos retratos parecían estar contemplando boquiabiertos todo a su alrededor.
Los Musgrove, al igual que su casa, estaban en un estado de mudanza que tal vez era para bien. El padre y la madre se ajustaban a la vieja tradición inglesa, y la gente joven, a la nueva. El señor y la señora Musgrove eran de muy buena pasta, amistosos y hospitalarios, no muy educados y nada elegantes. Las ideas y modales de sus hijos eran más modernos. Era una familia numerosa, pero los dos únicos hijos crecidos, excepto
Charles,  eran  Henrietta  y Louisa,  jóvenes  de  diecinueve  y  veinte  años,  que tenían de una escuela de Exeter todo el acostumbrado bagaje de talentos, y que ahora se dedicaban, como miles de otras señoritas, a vivir a la moda, felices y contentas. Sus trajes tenían todas las gracias, sus caras eran más bien bonitas, su humor excelente y sus modales, desenvueltos y agradables; eran muy consideradas en su casa y mimadas fuera de ella.
Anne siempre las había mirado como a unas de las más dichosas criaturas que había conocido; no obstante, por esa grata sensación de superioridad que solemos experimentar y que nos salva de desear cualquier posible cambio, no habría trocado su más fina y cultivada inteligencia  por  todos  los  placeres  de  Luisa  y  Henrrietta;  lo  único  que  les envidiaba era aquella apariencia de buena armonía y de mutuo acuerdo y aquel afecto  alegre  y  recíproco  que  ella  había  conocido  tan  poco  con  sus  dos hermanas.
Thankfully, Anne can visit the Musgroves who live nearby and have cake and flowers and really nice china. Anne likes it there...

Las recibieron con gran cordialidad. Nada parecía mal en el seno de la familia de la Casa Grande; toda ella -como Anne sabía muy bien- era completamente irreprochable.   La   media   hora   transcurrió   agradablemente,   y   Anne   no   se sorprendió en absoluto cuando al marcharse Mary invitó a las dos señoritas Musgrove a que las acompañaran en su paseo.