lunes, 28 de noviembre de 2011

PERSUASIÓN XX

Sir Walter, sus dos hijas y Mrs. Clay fueron esa noche los primeros en llegar. Y
como debían esperar por Lady Dalrymple decidieron sentarse en el Cuarto Octogonal.
Apenas se habían instalado cuando se abrió la puerta y entró el capitán Wentworth; solo. Anne era la que estaba más cerca y, haciendo un esfuerzo, se aproximó y le habló. El estaba dispuesto a saludar y a pasar de largo, pero su gentil: “¿Cómo está usted, lo obligó a detenerse y a hacer algunas preguntas pese al formidable padre y a la hermana que se encontraban detrás. Que ellos estuvieran allí era una ayuda para Anne, pues no viendo sus rostros podía decir cualquier cosa que a ella le pareciese bien.

Mientras hablaba con él un rumor de voces entre su padre y Elizabeth llegó a sus oídos. No distinguió con claridad, pero adivinó de qué se trataba; y viendo al capitán Wentworth saludar, comprendió que su padre había tenido a bien
reconocerlo y aún tuvo tiempo, en una rápida mirada, de ver asimismo una ligera cortesía de parte de Elizabeth. Todo aquello, aunque hecho tardíamente y con frialdad, era mejor que nada y alegró su ánimo.

Después de hablar del tiempo, de Bath y del concierto, su conversación comenzó a languidecer, y tan poco podían ya decirse, que ella esperaba que él
se fuera de un momento a otro. Pero no lo hacía; parecía no tener prisa en dejarla; y luego, con renovado entusiasmo, con una ligera sonrisa, dijo:

-Apenas la he visto a usted desde aquel día en Lyme. Temo que haya sufrido
mucho por la impresión y, más aún, porque nadie la atendió a usted en aquel
momento.

Ella aseguró que no había sido así.

-¡Fue un momento terrible -dijo él-, un día terrible! -y se pasó la mano por los
ojos, como si el recuerdo fuera aún doloroso. Pero al momento siguiente, volviendo a sonreír, añadió-: Ese día, sin embargo dejó sus efectos... y éstos no son en modo alguno terribles. Cuando usted tuvo la suficiente presencia de
ánimo para sugerir que Benwick era la persona indicada para buscar un cirujano, bien poco pudo usted imaginar cuánto significaría ella para él.

-En verdad no hubiera podido imaginarlo. Según parece... según espero, serán
una pareja muy feliz. Ambos tienen buenos principios y buen carácter.

-Sí -dijo él, sin evitar la mirada-, pero ahí me parece que termina el parecido entre ambos. Con toda mí alma les deseo felicidad y me alegra cualquier circunstancia que pueda contribuir a ello. No tienen dificultades en su hogar, ni oposición ni ninguna otra cosa que pueda retrasarlos. Los Musgrove se están portando según saben hacerlo, honorable y bondadosamente, deseando desde el fondo de su corazón la mayor dicha para su hija. Todo esto ya es mucho y podrán ser felices, mas quizá...
Se detuvo. Un súbito recuerdo pareció asaltarlo y darle algo de la emoción que
hacía enrojecer las mejillas de Anne, quien mantenía su vista fija en el suelo.
Después de aclararse la voz, prosiguió:

-Confieso creer que hay cierta disparidad, mejor dicho una gran disparidad, y
en algo que es más esencial que el carácter. Considero a Louisa Musgrove una
joven agradable, dulce y nada tonta, pero Benwick es mucho más. Es un hombre inteligente, instruido, y confieso que me sorprendió un poco que se enamorase de ella. Si éste fue efecto de la gratitud; que él la haya amado porque creyó ser preferido por ella, es otra cosa muy distinta. Pero no tengo razón para imaginar nada. Parece, por el contrario, haber sido un sentimiento genuino y espontáneo de parte de él, y esto me sorprende. ¡Un hombre como él y en la situación en que se encontraba! ¡Con el corazón herido, casi hecho pedazos! Fanny Harville era una mujer superior, y el amor que por ella sentía era verdadero amor. ¡Un hombre no puede olvidar el amor de una mujer así! No debe... no puede.
Fuera que tuviese conciencia de que su amigo había olvidado o por tener conciencia de alguna otra cosa, no prosiguió. Y Anne, que, pese al tono agitado con que dijo lo que dijo, y pese a todos los rumores de la habitación, el abrirse y cerrarse constante de la puerta, el ruido de personas pasando de un punto a otro, no había perdido una sola palabra, se sintió sorprendida, agradecida, confundida, y comenzó a respirar agitadamente y a sentir cien impresiones a la vez. No le era posible hablar de ese asunto; sin embargo, después de un momento, comprendió la necesidad de decir algo y no deseando en modo alguno cambiar completamente de tema, lo desvió sólo un poco, diciendo:

-Estuvo usted mucho tiempo en Lyme, presumo.

-Unos quince días. No podía irme hasta estar seguro de que Louisa se recobraría. El daño hecho me concernía demasiado para estar tranquilo. Había
sido mi culpa, sólo mi culpa. Ella no se hubiera obstinado de no haber sido yo
débil. El paisaje de Lyme es muy bonito. Caminé y cabalgué mucho, y cuanto más vi, más cosas encontré que admirar.

-Me gustaría mucho ver Lyme nuevamente -dijo Anne.

-¿De veras? No creía que hubiera encontrado usted nada en Lyme que pudiera inspirarle ese deseo. ¡El horror y la intranquilidad en que se vio envuelta, la agitación, la pesadumbre! Hubiera creído que sus últimas impresiones de Lyme habían sido ingratas.

-Las últimas horas fueron en verdad muy dolorosas -replicó Anne-, pero cuando el dolor ha pasado, muchas veces su recuerdo produce placer. Uno no ama menos un lugar por haber sufrido en él, a menos que todo allí no fuera más que sufrimiento, puro sufrimiento. Y no es precisamente el caso de Lyme. Solamente sufrimos intranquilidad y ansiedad en las últimas horas; antes nos habíamos divertido mucho. ¡Tanta novedad y tanta belleza! He viajado tan poco que cualquier sitio que veo me resulta en extremo interesante... Pero en Lyme hay verdadera belleza. En una palabra -sonrojándose levemente al recordar algo-,en conjunto, mis impresiones de Lyme son muy agradables.

Al terminar de hablar, se abrió la puerta del salón y entró el grupo que estaban esperando. “Lady Dalrymple, Lady Dalrymple”, se oyó murmurar en todas partes, y con toda la premura que permitía la elegancia, Sir Walter y las dos señoras se levantaron para salir al encuentro de Lady Dalrymple, quien junto a miss Carteret y escoltada por Mr. Elliot y el coronel Wallis, que acababan de entrar en ese mismo instante, avanzó por el salón. Los otros se unieron a éstos y formaron un grupo en el que Anne se vio a la fuerza incluida.
 Se encontró separada del capitán Wentworth. Su interesante, quizá, demasiado interesante conversación, debía interrumpirse por un tiempo; pero el pesar que experimentó fue leve comparado con la dicha que tal conversación le había dado. Había sabido en los últimos diez minutos más acerca de sus sentimientos hacia Louisa, más acerca de todos sus sentimientos de lo que se hubiera atrevido a pensar. Se entregó a las atenciones de la reunión, a las cortesías del momento, con exquisitas y agitadas sensaciones. Estuvo de buen humor con todos. Había recibido ideas que la predisponían a ser cortés y buena con todo el mundo, a compadecer a todo el mundo, por ser menos dichosos - que ella.

Las deliciosas emociones se apagaron un poco cuando, separándose del grupo para unirse nuevamente al capitán Wentworth, vio que éste había desaparecido. Tuvo tiempo solamente de verlo entrar al salón de conciertos. Se había ido... había desaparecido... sintió un momento de pesar. Pero volverían a encontrarse. El la buscaría..., la hallaría antes de que hubiera terminado la velada. Un momento de separación era lo mejor..., ella necesitaba una pausa para recomponerse.

Con la llegada de Lady Russell poco después, el grupo se completó, y ya sólo
les quedaba dirigirse al salón de conciertos. Elizabeth, dando el brazo a miss
Carteret y marchando detrás de la vizcondesa viuda de Dalrymple, no deseaba
ver más allá de dicha dama y era perfectamente feliz en ello: también lo era Anne, pero sería un insulto comparar la felicidad de Anne con la de su hermana: una era vanidad satisfecha; la otra, cariño generoso.
Anne no vio nada, no pensó nada del lujo del salón; su felicidad era interior. Sus ojos refulgían y sus mejillas estaban animadas, pero ella no lo sabía. Pensaba solamente en la última media hora y mientras ocupaban sus asientos, en su pensamiento repasaba los detalles. La elección del tema de conversación, sus expresiones, y más aún sus gestos y su fisonomía eran algo que ella podía ver sólo de una manera. Su opinión acerca de la inferioridad de Louisa Musgrove, opinión que parecía haber dado con gusto, su asombro ante los sentimientos del capitán Benwick, los sentimientos de éste por su primer y fuerte amor -las frases dejadas sin terminar-, su mirada algo esquiva, y más de una rápida y furtiva mirada, todo aquello hablaba de que al fin volvía a ella; el enfado, el resentimiento, el deseo de evitar su compañía habían desaparecido.
Y sus sentimientos no eran simplemente amistosos; tenían la ternura del pasado; sí, algo había en ellos de la antigua ternura. El cambio no podía significar otra cosa. Debía amarla.

jueves, 24 de noviembre de 2011

PERSUASIÓN XIX

 
Mientras el almirante Croft paseaba con Anne y le expresaba su deseo de que el capitán Wentworth fuese a Bath, éste ya se encontraba en camino.

 Antes de que Mrs. Croft hubiera escrito, ya había llegado; y la siguiente vez que Anne salió de paseo, lo vio.


Mr. Elliot acompañaba a sus dos primas y a Mrs. Clay. Se encontraban en la calle Milsom cuando comenzó a llover; no muy fuerte, pero lo bastante como para que las damas desearan refugiarse. Para miss Elliot fue una gran ventaja tener el coche de Lady Dalrymple para regresar a casa, pues éste fue avistado un poco más lejos; por tanto, Anne y Mrs. Clay entraron en Molland, mientras  
Mr. Elliot se dirigía hacia el coche para solicitar ayuda. Pronto se les uniónuevamente. Su intento, como era de esperar, había tenido éxito; Lady Dalrymple estaba encantada de llevarlos a casa y estaría allí en pocos momentos. 
En el coche de su señoría sólo cabían cuatro personas cómodamente. Miss
Carteret acompañaba a su madre, y por tanto no podía esperarse que cupieran
allí las tres señoras de Camden Place. Miss Elliot iría, eso sin duda; estaba
decidida a no sufrir ninguna molestia. Así, pues, el asunto se convirtió en una
cuestión de cortesía entre las otras dos señoras. La lluvia era muy fina, de manera que Anne no tenía inconveniente en seguir caminando en compañía de
Mr. Elliot. Pero Mrs. Clay también encontraba que la lluvia era inofensiva.

Apenas lloviznaba, y por otra parte, ¡sus zapatos eran tan gruesos!; mucho más gruesos que los de miss Anne. En una palabra, estaba cortésmente ansiosa de caminar con Mr. Elliot, y ambas discutieron tan educada y decididamente, que los demás debieron solucionarles el asunto. Miss Elliot sostuvo que mistress Clay tenía ya un ligero resfriado y, al ser consultado mister Elliot, decidió que los zapatos de su prima Anne eran los más gruesos.
Se resolvió, por lo tanto, que Mrs. Clay ocuparía el coche, y casi estaban ya decididos cuando Anne, desde su asiento cerca de la ventana, vio clara y distintamente al capitán Wentworth caminando por la calle.
Nadie, salvo ella misma, se percató de su sorpresa. Y al instante comprendió
también que era la persona más simple y absurda del mundo. Durante unos minutos no pudo ver nada de cuanto sucedía a su alrededor. Todo era confusión, se sentía perdida. Cuando volvió en sí, vio que los otros estaban aún esperando el coche y Mr. Elliot, siempre gentil, había ido a la calle Unión por un pequeño encargo de Mrs. Clay.
Sintió Anne un intenso deseo de salir: deseaba ver si llovía. ¿Cómo podía pensarse que otro motivo la impulsara a salir? El capitán Wentworth debía estar ya demasiado lejos. Dejó su asiento; una parte de su carácter era insensata, como parecía, o quizás estaba siendo mal juzgada por la otra mitad. Debía ver si llovía. Tuvo que volver a sentarse, sin embargo, sorprendida por la entrada del mismo capitán Wentworth con un grupo de amigos y señoras, sin duda conocidos que había encontrado un poco más abajo en la calle Milsom.
Se sintió visiblemente turbado y confundido al verla, mucho más de lo que ella observara en otras ocasiones. Se sonrojó de arriba abajo. Por primera vez desde que habían vuelto a encontrarse, se sintió más dueña de sí misma que él. Es verdad que tenía la ventaja de haberlo visto antes. Todos los poderosos, ciegos, azorados efectos de una gran sorpresa pudieron notarse en él.


 ¡Pero ella también sufría! Los sentimientos de Anne eran de agitación, dolor, placer..., algo entre dicha y desesperación.

El capitán le dirigió la palabra y entonces debió enfrentarse a él. Estaba turbado. Sus gestos no eran ni fríos ni amistosos: estaba turbado.
Después de un momento, habló de nuevo. Se hicieron el uno al otro preguntas
comunes. Ninguno de los dos prestaba demasiada atención a lo que decía, y Anne sentía que el azoramiento de él iba en aumento. Por conocerse tanto, habían aprendido a hablarse con calma e indiferencia aparentes; pero en esa  
ocasión él no pudo adoptar este tono. El tiempo o Louisa lo habían cambiado.
Algo había ocurrido.

Tenía buen aspecto, y no parecía haber sufrido ni física ni moralmente, y hablaba de Uppercross, de los Musgrove y de Louisa hasta con alguna picardía; pese a ello, el capitán Wentworth no estaba ni tranquilo ni cómodo ni era el que solía ser.
No la sorprendió, pero le dolió que Elizabeth fingiera no reconocerlo. Wentworth vio a Elizabeth, Elizabeth vio a Wentworth y ambos se reconocieron al momento -de esto no cabe duda-, pero Anne tuvo el dolor de ver a su hermana dar vuelta la cara fríamente, como si se tratara de un desconocido.

El coche de Lady Dalrymple, por el que ya se impacientaba miss Elliot, llegó en ese momento. Un sirviente entró a anunciarlo. Había comenzado a llover de
nuevo, y se produjo una demora y un murmullo y unas charlas que hicieron
patente que todo el pequeño grupo sabía que el coche de Lady Dalrymple venía en busca de miss Elliot. Finalmente miss Elliot y su amiga, asistidas por el criado, porque el primo aún no había regresado, se pusieron en marcha. El
capitán Wentworth se volvió entonces hacia Anne y por sus maneras, más que
por sus palabras, supo ella que le ofrecía sus servicios.



-Se lo agradezco a usted mucho -fue su respuesta-, pero no voy con ellas. No
hay lugar para tantos en el coche. Voy a pie. Prefiero caminar.

-Pero está lloviendo.

-Muy poco. Le aseguro que no me molesta.

Después de una pausa, él dijo:
-Aunque llegué recién ayer, ya me he preparado para el clima de Bath, ya ve
usted -señalando un paraguas-. Puede usted usarlo si es que desea caminar,
aunque creo que es más conveniente que me permita buscarle un asiento.

Ella agradeció mucho su atención, y repitió que la lluvia no tenía importancia:
-Estoy esperando a Mr. Elliot; estará aquí en un momento.
No había terminado de decir esto cuando entró mister Elliot. El capitán
Wentworth lo reconoció perfectamente.


Era el mismo hombre que en Lyme se había detenido a admirar el paso de Anne, pero en ese momento sus gestos y modales eran los de un amigo. Entró de prisa y pareció no ocuparse más que de ella; pensar solamente en ella. Se disculpó por su tardanza, lamentó haberla hecho esperar, y dijo que deseaba ponerse en marcha sin pérdida de tiempo, antes de que la lluvia aumentase. Poco después se alejaron juntos, ella de su brazo, con una mirada gentil y turbada. Apenas tuvo tiempo para decir rápidamente: “Buenos días”, mientras se alejaba.

En cuanto se perdieron de vista, los señores que acompañaban al capitán Wentworth se pusieron a hablar de ellos.

-Parece que a Mr. Elliot no le desagrada su prima, ¿no es así?

- ¡Oh, no! Esto es evidente. Ya podemos adivinar lo que ocurrirá aquí. Siempre
está con ellos, casi vive con la familia. ¡Qué hombre tan bien parecido!

-Así es. Miss Atkinson, que cenó una vez con él en casa de los Wallis, dice que es el hombre más encantador que ha conocido.

-Ella es muy bonita. Sí, Anne Elliot es muy bonita cuando se la mira bien. No
está bien decirlo, pero me parece mucho más bella que su hermana.

-Eso mismo creo yo.
-Esa también es mi opinión. No pueden compararse. Pero los hombres se vuelven locos por miss Elliot. Anne es demasiado delicada para su gusto.

Anne hubiera agradecido a su primo si éste hubiese marchado todo el camino
hasta Camden Place sin decir palabra. Jamás había encontrado tan difícil prestarle atención, pese a que nada podía ser más exquisito que sus atenciones y cuidados, y que los temas de su conversación eran como de costumbre interesantes y cálidos; justos e inteligentes los elogios de Lady Russell y delicadas sus insinuaciones sobre Mrs. Clay. Pero en esas circunstancias ella sólo podía pensar en el capitán Wentworth. No lograba comprender sus sentimientos; si realmente se encontraba despechado o no. Hasta no saberlo, no podría estar tranquila.
Esperaba tranquilizarse, pero ¡Dios mío, Dios mío!... la tranquilidad se negaba
a llegar.
Otra cosa muy importante era saber cuánto tiempo pensaba él permanecer en
Bath; o no lo había dicho o ella no podía recordarlo. Era posible que estuviese
solamente de paso. Pero era más probable que pensase estar una temporada.
De ser así, siendo como era tan fácil encontrarse en Bath, Lady Russell se toparía con él en alguna parte. ¿Lo reconocería ella? ¿Cómo se darían las cosas?
Se había visto obligada a contar a Lady Russell que Louisa Musgrove pensaba
casarse con el capitán Benwick. Lady Russell no se había sorprendido demasiado, y podía ocurrir por ello que, en caso de encontrarse con el capitán
Wentworth, ese asunto añadiera una sombra más al prejuicio que ya sentía
contra él.

viernes, 18 de noviembre de 2011

PERSUASIÓN XVIII


Comenzaba febrero, y Anne, después de un mes en Bath, se impacientaba por
recibir noticias de Uppercross y Lyme. Deseaba saber más de lo que podían darle a conocer las comunicaciones de Mary. Hacía tres semanas que no sabíacasi nada. Sólo sabía que Henrietta estaba de nuevo en casa, y que Louisa, aunque se recuperaba rápidamente, permanecía aún en Lyme. 
Y pensaba intensamente en ellos una tarde cuando una carta más pesada que de costumbre, de Mary, le fue entregada, y para aumentar el placer y la sorpresa, con los saludos del almirante y de Mrs. Croft. ¡Los Croft debían pues estar en Bath! Una situación interesante. Era gente hacia los que sentía una natural inclinación.
-¿Qué es esto? -exclamó Sir Walter-. ¿Los Croft han llegado a Bath? ¿Los Croft que alquilan Kellynch? ¿Qué te han entregado?
-Una carta de Uppercross, señor.
Ah, estas cartas son pasaportes convenientes. Aseguran una presentación.
Hubiera visitado, de cualquier manera, al almirante Croft. Sé lo que debo a mi arrendatario.

Anne no pudo escuchar más; no podía siquiera haber dicho cómo había escapado la piel del pobre almirante; la carta monopolizaba su atención. Había sido comenzada varios días antes:
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“1 de febrero
“Mi querida Anne,
“No me disculpo por mi silencio porque sé lo que la gente opina de las cartas en un lugar como Bath. Debes encontrarte demasiado feliz para preocuparte por Uppercross, del que, como bien sabes, muy poco puede decirse. Hemos tenido una Navidad muy aburrida; el señor y la señora Musgrove no han ofrecido una sola comida durante todas las fiestas. No considero a los Hayter gran cosa. Las fiestas, sin embargo, han terminado: creo que ningún niño las haya tenido más largas. Estoy segura de que yo no las tuve. La casa fue desalojada por fin ayer, con excepción de los pequeños Harville. Te sorprenderá saber que durante este tiempo no han ido a su casa. Mrs. Harville debe ser una madre muy dura para separarse así de ellos. Yo no puedo entender esto. En mi opinión, no son nada agradables estos niños, pero Mrs. Musgrove parece gustar de ellos tanto o quizá más que de sus nietos. ¡Qué tiempo tan espantoso hemos tenido! Quizá no lo ayan sentido ustedes en Bath, debido a la pavimentación, pero en el campo ha sido bastante malo. Nadie ha venido a visitarme desde la segunda semana de enero, con la salvedad de Charles Hayter, quien ha venido más de lo deseado.
Entre nosotras, te diré que creo que es una lástima que Henrietta no se haya quedado en Lyme tanto tiempo como Louisa; esto la hubiera mantenido lejos de él. El carruaje ha partido para traer mañana a Louisa y a los Harville. No cenaremos con ellos, sin embargo, hasta un día después, porque la señora Musgrove teme que el viaje sea muy cansador para Louisa, lo que es poco probable considerando los cuidados que tendrán con ella. Por otra parte, para mí hubiera sido mucho mejor cenar con ellos mañana. Me alegro que encuentres tan agradable a mister Elliot y yo también desearía conocerlo. Pero mi suerte es así: nunca estoy cuando hay algo interesante; ¡soy siempre la última en mi familia! ¡Qué larguísimo tiempo ha estado Mrs. Clay con Elizabeth! ¿Ha querido marcharse alguna vez? Sin embargo, aunque ella dejara vacía la habitación, no es probable que se nos invitase. Dime lo que piensas de esto. No espero que se invite a mis niños, ¿sabes? Puedo dejarlos perfectamente en la Casa Grande por un mes o seis semanas. En este momento oigo que los Croft parten casi ahora mismo para Bath; creo que el almirante tiene gota. Charles se ha enterado de esto por casualidad; no han tenido la gentileza de avisarme u ofrecerme algo.
No creo que hayan mejorado como vecinos. No los vemos casi nunca, y ésta es una grave desatención. Charles une sus afectos a los míos, y quedo de ti con todo cariño, “Mary M.
“Lamento decir que estoy muy lejos de encontrarme bien y Jemima acaba de decirme que el carnicero le ha dicho que abunda aquí el mal de garganta.
Imagino que voy a adquirirlo, y bien sabes que sufro de la garganta más que cualquier otra persona”.
Así terminaba la primera parte, que había sido puesta en un sobre que contenía mucho más:
“He dejado mi carta abierta para poder decirte cómo llegó Louisa, y me alegro de haberlo hecho, porque tengo muchas más cosas que decirte. En primer lugar recibí una nota de la señora Croft ayer, ofreciéndose a llevar cualquier cosa que quisiera enviarte; en verdad, una nota muy cortés y amistosa, dirigida a mí, tal como correspondía. Así, pues, podré escribirte tan largamente como es mi deseo. El almirante no parece muy enfermo, y espero que Bath le haga mucho bien. Realmente me alegraré de verlos a la vuelta. Nuestra vecindad no puede perder esta familia tan agradable. Hablemos ahora de Louisa. Tengo que comunicarte algo que te sorprenderá. Ella y los Harville llegaron el martes perfectamente bien, y por la tarde le preguntamos cómo era que el capitán Benwick no formaba parte de la comitiva, porque había sido invitado al igual que los Harville. ¿A que no sabes cuál es la razón? Ni más ni menos que se ha enamorado de Louisa, y no quiere venir a Uppercross sin tener una respuesta de parte de Mr. Musgrove, porque entre ellos arreglaron ya todo antes de que ella volviera, y él ha escrito al padre de ella por intermedio del capitán Harville. Todo esto es cierto, ¡palabra de honor! ¿Estás atónita? Me pregunto si alguna vez sospechaste algo, porque yo... jamás. Pero estamos encantados; porque pese a que no es lo mismo que casarse con el capitán Wentworth, es infinitamente
mejor que Charles Hayter; así pues, Mr. Musgrove ha escrito dando su consentimiento, y estamos esperando hoy al capitán Benwick. Mrs. Harville dice que su esposo añora muchísimo a su hermana, pero, de cualquier manera, Louisa es muy querida por ambos. En verdad, yo y Mrs. Harville estamos de acuerdo en que tenemos más afecto por ella por el hecho de haberla cuidado.
Charles se pregunta qué dirá el capitán Wentworth, pero si haces memoria recordarás que yo jamás creí que estuviera enamorado de Louisa; jamás pude ver nada semejante. Y puedes imaginar que también es el fin, de suponer que el capitán Benwick haya sido un admirador tuyo. Cómo Charles pudo creer semejante cosa, es algo que yo no comprendo. Espero que sea un poco más amable ahora. Ciertamente no es éste un gran matrimonio para Louisa Musgrove, pero de todos modos un millón de veces mejor que casarse con uno de los Hayter”.
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Mary había acertado al imaginar la sorpresa de su hermana. Jamás en su vida había quedado más boquiabierta. ¡El capitán Benwick y Louisa Musgrove! Era demasiado maravilloso para creerlo. Y solamente haciendo un gran esfuerzo pudo permanecer en el cuarto, conservando su aire tranquilo y contestando a las preguntas del momento. Felizmente para ella, fueron bien pocas. Sir Walter deseaba saber si los Croft viajaban con cuatro caballos y si se hospedarían en algún lugar de Bath que permitiera que él y miss Elliot los visitaran. Era lo único
que parecía interesarle.

-¿Cómo está Mary? -preguntó Elizabeth-. ¿Y qué trae a los Croft a Bath? -añadiósin esperar respuesta.
-Vienen a causa del almirante. Parece que sufre de gota.
-¡Gota y decrepitud! -exclamó Sir Walter-. ¡Pobre caballero!

-¿Tienen conocidos aquí? -preguntó Elizabet.

-No lo sé; pero imagino que un hombre de la edad y la profesión del almirante Croft debe de tener muy pocos conocidos en un lugar como éste.

-Sospecho -dijo fríamente Sir Walter- que el almirante Croft debe ser mejor conocido en Bath como arrendatario de Kellynch. ¿Crees, Elizabeth, que podemos presentarlos en Laura Place?

-¡Oh, no! No lo creo. En nuestra situación de primos de Lady Dalrymple debemos cuidarnos de no presentarle a nadie a quien pudiere desaprobar. Si no fuéramos sus parientes no importaría, pero somos primos y debemos cuidar a quién presentamos. Será mejor que los Croft encuentren por sí solos el nivel que les corresponde. Abundan por ahí muchos viejos de aspecto desagradable que, según he oído decir, son marinos. Los Croft podrán relacionarse con ellos.

Este era todo el interés que tenía la carta para su padre y hermana. Cuando Mrs. Clay hubo pagado también su tributo, preguntando por Mr. Charles Musgrove y sus lindos niños, Anne se sintió en libertad.

Al quedarse sola en su habitación trató de comprender lo acontecido. ¡Claro que podía Charles preguntarse qué sentiría el capitán Wentworth! Quizás había abandonado el campo, dejando de amar a Louisa; quizás había comprendido que no la amaba. No podía soportar la idea de traición o versatilidad o cualquier cosa semejante entre él y su amigo. No podía imaginar que una amistad como la de ellos diera lugar a ningún mal proceder.

¡El capitán Benwick y Louisa Musgrove! La alegre, la ruidosa Louisa Musgrove y el pensativo, sentimental, amigo de la lectura, Benwick, parecían las personas menos a propósito la una para la otra. ¡Dos temperamentos tan diferentes! ¿En qué pudo consistir la atracción? Pronto surgió la respuesta: había sido la situación. Habían estado juntos varias semanas, viviendo en el mismo reducido círculo de familia; desde la vuelta de Henrietta, debían haber dependido el uno del otro, y Louisa, reponiéndose de su enfermedad, estaría más interesante, y el capitán Benwick no era inconsolable. Esto ya lo había sospechado Anne con anterioridad, y en lugar de sacar de los acontecimientos la misma conclusión que Mary, todo esto la afirmaba en la idea de que Benwick había experimentado cierta naciente ternura hacia ella. Sin embargo, en esto no veía una satisfacción para su vanidad. Estaba persuadida que cualquier mujer joven y agradable que le hubiese escuchado pareciendo comprenderle hubiera  despertado en él los mismos sentimientos. Tenía un corazón afectuoso y era natural que amase a alguien.
No veía ninguna razón para que no fueran felices. Louisa tenía para empezar, entusiasmo por la Marina, y bien pronto sus temperamentos serian semejantes.
El adquiriría alegría y ella aprendería a entusiasmarse por Lord Byron y Walter Scott; no, esto ya estaba sin duda aprendido; de seguro, se habían enamorado leyendo versos. La idea de que Louisa Musgrove pudiera convertirse en una persona de refinado gusto literario y reflexiva era por cierto bastante cómica, pero no cabía duda de que así ocurriría. El tiempo transcurrido en Lyme, la fatal caída de Cobb, podían haber influido en su salud, en sus nervios, en su valor, en su carácter, hasta el fin de su vida, tanto como parecían haber influido en su destino.


jueves, 17 de noviembre de 2011

PERSUASIÓN XVII


Mientras Sir Walter y Elizabeth probaban fortuna en Laura Place, Anne renovaba una antigua y muy distinta relación.e profesión y siempre en casa cuando sus obligaciones se lo permitían, estuvo libre en los momentos en que ella necesitó asistencia.
Había visitado a su antigua institutriz y había sabido por ella que estaba en Bath una antigua compañera que llamaba su atención por haber sido bondadosa con ella en el pasado y que a la sazón era desdichada.
Miss Hamilton, por entonces Mrs. Smith, se había mostrado cariñosa con ella en uno de esos momentos en que más se aprecia esta clase de gestos. Anne había llegado muy apesadumbrada al colegio, acongojada por la pérdida de una madre profundamente amada, extrañando su alejamiento de la casa y sintiendo, como puede sentir una niña de catorce años, de aguda sensibilidad, en un caso como ése. Y miss Hamilton, que era tres años mayor que ella, y que había permanecido en el colegio un año más, debido a falta de parientes y hogar estable, había sido servicial y amable con Anne, mitigando su pena de una manera que jamás podría olvidarse.

Miss Hamilton había dejado el colegio, se había casado poco después, según se decía, con un hombre de fortuna, siendo esto todo lo que Anne sabía de ella, hasta que el relato de su institutriz le hizo ver la situación de una manera muy diferente.
Era viuda y pobre; su esposo había sido extravagante y, a su muerte, acaecida dos años antes, había dejado sus asuntos bastante embrollados. Había tenido serias dificultades y, sumada a tales inconvenientes, una fiebre reumática que le atacó las piernas la había convertido en una momentánea inválida. Había llegado a Bath por tal motivo, y se alojaba cerca de los baños calientes, viviendo de una manera muy modesta, sin poder pagar siquiera la comodidad de una sirvienta, y claro está, casi al margen de toda sociedad.

La amiga de ambas garantizó la satisfacción que una visita de Miss Elliot daría a Mrs. Smith, y Anne, por lo mismo, no tardó en hacerla. Nada dijo de lo que había oído y de lo que pensaban en su casa. No despertaría allí el interés que debía. Solamente consultó a Lady Russell, quien comprendió perfectamente sus sentimientos, y tuvo el placer de llevarla lo más cerca posible del domicilio de Mrs. Smith en Westgate.



Se hizo la visita, se restablecieron las relaciones, su interés fue recíproco. Los primeros diez minutos fueron embarazosos y emocionantes. Doce años habían transcurrido desde su separación, y cada una era una persona distinta de la que la otra imaginaba. Doce años habían convertido a Anne, de la floreciente y silenciosa niña de quince años, en una elegante mujer de veintisiete, con todas las bellezas salvo la lozanía y con modales tan serios como gentiles; y doce años habían hecho de la bonita y ya crecida miss Hamilton, entonces en todo el apogeo de la salud y la confianza de su superioridad, una pobre, débil y abandonada viuda, que recibía la visita de su antigua protegida como un favor. Pero todo lo que fue ingrato en el encuentro pasó bien pronto y sólo quedó el encanto de recordar y hablar sobre los tiempos idos.
Anne encontró en Mrs. Smith el buen juicio y las agradables maneras de las que casi no podía prescindir, y una disposición para conversar y para ser alegre, que realmente la sorprendieron. Ni las disipaciones del pasado -había vivido mucho en el mundo-, ni las restricciones del presente, ni la enfermedad ni el pesar parecían haber embotado su corazón o arruinado su espíritu.


En el curso de una segunda visita habló con gran franqueza y el asombro de Anne aumentó. Difícilmente puede imaginarse una situación menos agradable que la de Mrs. Smith. Había amado mucho a su esposo y lo había visto morir.
Había conocido la opulencia; ya no la tenía. No tenía hijos para estar por ellos unida a la vida y a la felicidad; no tenía parientes que la ayudaran en el arreglo de embrollados negocios, y tampoco tenía salud que hiciera todo esto más llevadero. Sus habitaciones eran una ruidosa salita y un sombrío dormitorio detrás. No podía trasladarse de una a otro sin ayuda, y no había más que una criada en la casa para este menester. Jamás salía de la casa que no fuera para ser llevada a los baños calientes. Pese a esto, Ana no se equivocaba al creer que tenía momentos de tristeza y abatimiento en medio de horas ocupadas y alegres. ¿Cómo podía ser esto? Ella vigiló, observó, reflexionó y finalmente concluyó que no se trataba nada más que de un caso de fortaleza o resignación.
Un espíritu sumiso puede ser paciente; un fuerte entendimiento puede dar resolución, pero aquí había algo más; aquí había ligereza de pensamiento, disposición para consolarse; poder de transformar rápidamente lo malo en bueno y de interesarse en todo lo que venía como un don de la naturaleza, lo que la mantenía olvidada de sí misma y de sus pesares. Era éste el don más escogido del cielo, y Anne vio en su amiga uno de esos maravillosos ejemplos
que parecen servir para mitigar cualquier frustración.


En un tiempo -le informó Mrs. Smith-, su espíritu había flaqueado. No podía llamarse a la sazón inválida, comparando su estado con aquel en que estaba cuando llegó a Bath. Entonces era realmente un objeto digno de compasión, porque había cogido frío en el viaje y apenas había tomado posesión de su alojamiento cuando se vio confinada al lecho presa de fuertes y constantes dolores.
Todo esto entre extraños, necesitando una enfermera y no pudiendo procurársela por sus apremios económicos. Lo había soportado, sin embargo, y podía afirmar que realmente había mejorado. Había aumentado su bienestar al sentirse en buenas manos. Conocía mucho del mundo para esperar interés en alguna parte, pero su enfermedad le había probado la bondad de la patrona del alojamiento; tuvo además la suerte de que la hermana de la patrona, enfermera de profesión y siempre en casa cuando sus obligaciones se lo permitían, estuvo libre en los momentos en que ella necesitó asistencia.
 “Además de cuidarme admirablemente-decía Mrs. Smith- me enseñó cosas valiosísimas. En cuanto pude utilizar mis manos, me enseñó a tejer, lo que ha sido un gran entretenimiento. Me enseñó a hacer esas cajas para guardar agujas, alfileteros, tarjeteros, en las que me encontrará usted siempre ocupada, y que me permite los medios de ser útil a una o dos familias pobres de la vecindad. Debido a su profesión, conoce mucho a la gente; conoce a los que pueden comprar, y dispone de mi mercadería. Siempre escoge el momento oportuno. El corazón de todos se abre tras haber escapado de grandes dolores y adquirido nuevamente la bendición de la salud, y la enfermera Rooke sabe bien cuándo es el momento de hablar. Es una mujer inteligente y sensible. Su profesión le permite conocer la naturaleza humana, y tiene una base de buen sentido y don de observación que la hacen como compañía infinitamente superior a la de muchas gentes que han recibido la mejor educación del mundo, pero que no sabe en realidad nada. Llámelo usted chismes, si así le parece, pero cuando la enfermera Rooke viene a pasar una hora conmigo siempre tiene algo útil y entretenido que contarme; algo que hace pensar mejor de la gente. Uno desea enterarse de lo que pasa, estar al tanto de las nuevas maneras de ser trivial y tonto que se usan en el mundo. Para mí, que vivo tan sola, su conversación es un regalo.”
Anne, deseando conocer más acerca de este placer, dijo:
-Lo creo. Mujeres de esta clase tienen muchas oportunidades, y si son inteligentes, debe valer la pena escucharlas. ¡Tantas manifestaciones de la naturaleza humana que tienen que conocer...! Y no únicamente de las tonterías pueden aprender; también pueden ver cosas interesantes o conmovedoras.
¡Cuántos ejemplos verán de ardiente y desinteresada abnegación, de heroísmo, de fortaleza, de paciencia, de resignación...! Todo conflicto y todo sacrificio nos ennoblecen. El cuarto de un enfermo podría llenar el mejor de los volúmenes.

-Sí -dijo, dudosa, Mrs. Smith-, alguna vez sucede, aunque la mayoría de las veces los casos que esta mujer ve no son tan elevados como usted supone.
Alguna vez la naturaleza humana puede mostrarse grande en los momentos de prueba, pero suelen primar las debilidades y no la fuerza en la habitación de un enfermo. Son el egoísmo y la impaciencia más que la generosidad y la fortaleza los que se ven allí. ¡Tan infrecuente es la verdadera amistad en el mundo! Y por desdicha -hablando bajo y trémulo-, ¡hay tantos que olvidan pensar con seriedad hasta que es demasiado tarde...!
Anne comprendió la dolorosa miseria de estos sentimientos. El marido no había sido lo que debía, y había dejado a la esposa entre aquella gente que ocupa un peor lugar en el mundo del que merecen. Ese momento de emoción fue sin embargo, pasajero. Mrs. Smith se repuso y continuó en tono inalterable:

-Dudo que la situación que tiene en el presente mi amiga Mrs. Rooke sirva de mucho para entretenerme o enseñarme algo. Atiende a la señora Wallis de Marlborough, según creo una mujer a la moda, bonita, tonta, gastadora, y, naturalmente, nada podrá contarme sobre encajes y fruslerías. Sin embargo, quizá, yo pueda sacar algún beneficio de Mrs. Wallis. Tiene mucho dinero, y pienso que podrá comprarme todas las cosas caras que tengo ahora entre manos.

lunes, 7 de noviembre de 2011

LA BANCA...


¡Cómo extraño esa banca!
ella no se ha ido, no, sigue en ese mismo lugar,  se han ido solo los que en ella se sentaban a contemplar, a platicar, a debatir puntos de vista... a reconciliar amistades, a concluir que sus diferencias irreconciliables mas bien eran conciliables.

No había mucho en común entre ellos, pero estaba ese tiempo, para pasarlo juntos disfrutando de sus diferencias.

La han dejado sola, ¿acaso ya no les importa?

No, en realidad no es eso, es que ahora el tiempo se ocupa de ella, se ocupa de que todo siga cambiando en su curso, ese mismo tiempo que no permite que aquellos que la dejaron, se vuelvan a sentar.

viernes, 4 de noviembre de 2011

PERSUASIÓN XVI

Había algo que Anne, al volver entre los suyos, hubiera preferido saber, incluso más que si Mr. Elliot estaba enamorado de Elizabeth, y era si su padre lo estaría de Mrs. Clay. Después de haber permanecido en casa algunas horas, más se intranquilizó a este respecto. Al bajar para el desayuno a la mañana siguiente, encontró que había habido una razonable intención de la dama de dejarlos.


Imaginó que mistress Clay habría dicho:



 “Ahora que Anne está con ustedes, ya no soy necesaria”, porque Elizabeth respondió en voz baja: “No hay ninguna razón en verdad; le aseguro que no encuentro ninguna. Ella no es nada para mí comparada con usted”.
 Y tuvo tiempo de oír decir a su padre: “Mi querida señora, esto no puede ser. Aún no ha visto usted nada de Bath. Ha estado aquí solamente porque ha sido necesaria. No nos dejará usted ahora. Debe quedarse para conocer a Mrs. Wallis, a la hermosa Mrs. Wallis. Para su refinamiento, estoy seguro de que la belleza es siempre un placer”.
Habló con tanto entusiasmo que Anne no se sorprendió de que Mrs. Clay
evitase la mirada de ella y de su hermana; ella podría parecer quizás un poco
sospechosa, pero Elizabeth ciertamente no pensaba nada acerca del elogio al
refinamiento de la dama. Esta, ante tales requerimientos, no pudo menos de
condescender en quedarse.

En el curso de la misma mañana, encontrándose sola Anne con su padre,
comenzó éste a felicitarla sobre su mejor aspecto; la encontraba “menos delgada de cuerpo, de mejillas; su piel, su apariencia habían mejorado..., era más claro su cutis, más fresco. ¿Había estado usando algo? No, nada.” “Nada más que Gowland”, supuso él.



 “No, absolutamente nada.” Ah, esto le sorprendía mucho, y añadió: “No puedes hacer nada mejor que continuar como estás. Estás sumamente bien. Pero te recomiendo el uso de Gowland constantemente durante los meses de primavera. Mrs. Clay lo ha estado usando bajo mi recomendación y ya ves cuánto ha mejorado. Se han borrado todas sus pecas”.
¡Si Elizabeth lo hubiera oído! Tal elogio le hubiera chocado, especialmente
cuando, en opinión de Anne, las pecas seguían donde mismo. Pero hay que dar oportunidad a todo. El mal de tal matrimonio disminuiría si Elizabeth se casaba también. En cuanto a ella, siempre tendría su hogar con Lady Russell.



La compostura de Lady Russell y la gentileza de sus modales sufrieron una
prueba en Camden Place. La visita de Mrs. Clay gozando de tanto favor y de
Anne tan abandonada, era una provocación interminable para ella. Y esto la
molestaba tanto cuando no se encontraba allí, como puede sentirse molestada
una persona que en Bath bebe el agua del lugar, lee las nuevas publicaciones y tiene gran número de conocidos.

Cuando conoció a Mr. Elliot, se volvió más caritativa o más indiferente hacia
los otros. Los modales de éste fueron una recomendación inmediata; y
conversando con él encontró bien pronto lo sólido debajo de lo superficial, por lo que se sintió inclinada a exclamar, según dijo a Anne:
“¿Puede ser éste Mr. Elliot?”, y en realidad no podía imaginar un hombre más agradable o estimable.
Lo reunía todo: buen entendimiento, opiniones correctas, conocimiento del
mundo y un corazón cariñoso. Tenía fuertes sentimientos de unión y honor
familiares, sin ninguna debilidad u orgullo; vivía con la liberalidad de un hombre de fortuna, pero sin dilapidar; juzgaba por sí mismo en todas las cosas esenciales sin desafiar a la opinión pública en ningún punto del decoro
mundano. Era tranquilo, observador, moderado, cándido; nunca desapareceria
por espíritu egoísta creyendo hacerlo por sentimientos poderosos, y con una
sensibilidad para todo lo que era amable o encantador y una valoración de todo lo estimable en la vida doméstica, que los caracteres falsamente entusiastas o de agitaciones violentas rara vez poseen. Estaba cierta de que no había sido feliz en su matrimonio.
El coronel Wallis lo decía y Lady Russell podía verlo; pero no se había agriado su carácter ni tampoco (bien pronto comenzó a sospecharlo) dejaba de pensar en una segunda elección.
La satisfacción que Mr. Elliot le producía atenuaba la plaga que era mistress Clay.
Hacía ya algunos años que Anne había aprendido que ella y su excelente amiga podían discrepar. Por consiguiente, no la sorprendió que Lady Russell no encontrase nada sospechoso o inconsistente, nada detrás de los motivos que aparecían a la vista, en el gran deseo de reconciliación de Mr. Elliot. Lady
Russell estimaba como la cosa más natural del mundo que en la madurez de su vida considerara Mr. Elliot lo más recomendable y deseable reconciliarse con el cabeza de la familia. Era lo natural al andar del tiempo en una cabeza clara y que sólo había errado durante su juventud.

Anne, sin embargo, sonreía, y al fin mencionó a Elizabeth.

Lady Russell escuchó, miró, y contestó solamente: “¡Elizabeth!
Bien: El tiempo lo dirá”.
Anne, después de una breve observación, comprendió que ella también debía
limitarse a esperar el futuro. Nada podía juzgar por el momento. En aquella
casa, Elizabeth estaba primero y ella estaba tan habituada a la general reverencia a “miss Elliot”, que cualquier atención particular le parecía imposible.
Mr. Elliot, además -no debía olvidarse-, era viudo desde hacía sólo siete meses. Una pequeña demora de su parte era muy perdonable. En una palabra, Anne no podía ver el crespón alrededor de su sombrero sin imaginarse que no tenía ella excusa en suponerle tales intenciones; porque su matrimonio, aunque infortunado, había durado tantos años que era difícil recobrarse tan rápidamente de la espantosa impresión de verlo deshecho.
Como fuere que todo aquello terminase, no cabía duda de que Mr. Elliot era la
persona más agradable de las que conocían en Bath. No veía a nadie igual a él, y era una gran cosa de vez en cuando conversar acerca de Lyme, lugar que
parecía tener casi más deseos de ver nueva y más extensamente que ella.
Comentaron los detalles de su primer encuentro varias veces.



 El dio a entender que la había mirado con interés. Ella lo recordaba bien, y recordaba además la mirada de una tercera persona.
No siempre estaban de acuerdo. Su respeto por el rango y el parentesco era
mayor que el de ella. No era sólo complacencia, era un agradarle el tema lo que hizo que su padre y su hermana prestaran atención a cosas que. Anne juzgaba indignas de entusiasmarlos. El diario matutino de Bath anunció una mañana la llegada de la vizcondesa viuda de Dalrymple y de su hija, la honorable miss Carteret; y toda la comodidad de Camden Place número... desapareció por varios días; porque los Dalrymple (por desgracia en opinión de Anne) eran primos de los Elliot, y las angustias surgieron al pensar en una presentación correcta.
Anne no había visto antes a su padre y a su hermana en contacto con la
nobleza, y se descorazonó un poco. Había pensado mejor acerca de la idea que ellos tenían de su propia situación en la vida, y sintió un deseo que jamás
hubiera sospechado que podría llegar a tener... el deseo de que tuvieran más
orgullo; porque “nuestros primos Lady Dalrymple y miss Carteret”, “nuestros
parientes, los Dalrymple”, eran frases que estaban todo el día en su oído.

Sir Walter había estado una vez en compañía del difunto vizconde, pero jamás
había encontrado a la familia. Las dificultades surgían a la sazón de una
interrupción completa en las cartas de cortesía, precisamente desde la muerte
del mencionado vizconde, acaecida al mismo tiempo en que una peligrosa
enfermedad de Sir Walter había hecho que los moradores de Kellynch no
hicieran llegar ninguna condolencia. Ningún pésame fue a Irlanda. El pecado
había sido pagado, puesto que a la muerte de Lady Elliot ninguna condolencia
llegó a Kellynch, y en consecuencia, había sobradas razones para suponer que
los Dalrymple consideraban la amistad terminada. Cómo arreglar este enojoso
asunto y ser admitidos de nuevo como primos era lo importante; y era un asunto que, bien sensatamente, ni Lady Russell ni Mr. Elliot consideraban trivial.