jueves, 15 de diciembre de 2011

PERSONAJES NO TAN AMADOS: GEORGE WICKHAM


George Wickham
 (Orgullo y Prejuicio  de Jane Austen) 


Es el enemigo del señor Darcy. Es un gallardo, encantador y guapo soldado que llama la atención de Elizabeth Bennet. Su padre era el administrador del patrimonio Darcy, así que creció con el señor Darcy y su hermana, y era el favorito del padre de Darcy, ya fallecido.
El encanto de Wickham encubre una naturaleza más conspiradora y deshonesta, y hay una amarga enemistad entre él y Darcy debido a su intento de raptar a Georgiana Darcy por su considerable dote. Más tarde se fuga con Lydia Bennet, pero es encontrado por Darcy, quien le soborna para que se case con ella.


Él llega con su amigo el oficial Denny a Meryton con el fin de entrar al regimiento del General Forster. Al llegar se encuentra con las señoritas Bennet, las que lo encuentran muy atractivo y muy amable.
Después sería invitado por los Phillips a su casa y se haría amigo y objeto de interés de Elizabeth Bennet.
Elizabeth comienza a enamorarse del Sr. Wickham, que sostiene que ha sido privado de su legítima herencia nada menos que por el Sr. Darcy, con lo que se fortalece la reprobación de Elizabeth, dados los prejuicios que tiene hacia Darcy. Después de que Elizabeth rechace al Sr. Collins, este se casa rápidamente con Charlotte Lucas, la mejor amiga de Elizabeth, quien acepta su ofrecimiento con una estimación realista de sus opciones dado que ya ha cumplido 27 años y sólo tiene una pequeña dote.
Cuando Bingley el amigo de Darcy , decide repentinamente marcharse de nuevo a Londres, Elizabeth sospecha que Darcy está detrás de esta separación.

Elizabeth visita a Charlotte, que vive ahora bajo el dominio de la tía de Darcy, Lady Catherine. Estando con ellos, Darcy visita a su tía, en la propiedad vecina, Rosings. Elizabeth y Darcy están obligados a verse diariamente. Los encantos de Elizabeth, con el tiempo, acaban encantando al Sr. Darcy, lo que provoca que finalmente le declare su amor por ella "contra su propia voluntad" y le expresa su deseo de casarse con ella, "a pesar de su origen inferior, su degradación, su reprensible familia...".
Sorprendida e insultada por tan arrogante método de proponer matrimonio, nuevamente herida en su orgullo, así como por haber descubierto recientemente que Darcy convenció a su amigo Bingley para que cortara la relación con Jane y desdeñándolo aún por sus supuestas injusticias hacia Wickham, Elizabeth lo rechaza en términos inequívocos, diciendo que él es "el último hombre en el mundo con el que podrían convencerla para que se casara". Esta propuesta de matrimonio es el momento trascendental de la trama. Al día siguiente, Darcy intercepta a Elizabeth mientras esta da su paseo matutino, le entrega una carta y se despide fríamente.
En la carta, Darcy justifica sus acciones en relación a su interferencia en la relación entre Bingley y Jane, reconociendo que lo hizo porque, habiendo observado a Jane (también Darcy practica la observación como un arte social), creía que Bingley no significaba nada para ella, por lo que sólo quería proteger a Bingley de una relación desafortunada.

Revela asimismo su historia en relación con el Sr. Wickham y la verdadera naturaleza de éste. No le ha privado de la herencia, es sólo que Wickham prefirió una elevada cantidad de dinero en un solo pago, en lugar de una posición estable vitalicia. Los problemas financieros de Wickham provienen de su inestable estilo de vida y su afición al juego. Además, es un libertino que intentó fugarse con Georgiana, la hermana de 15 años de Darcy. Elizabeth queda avergonzada a la vista de estas aclaraciones y reconoce que el orgullo y el prejuicio la habían cegado. No obstante, lamenta el haber rechazado a Darcy y sólo desea volver a verlo.

Más tarde, Elizabeth se va de vacaciones con sus tíos, los Gardiner, por Derbyshire; la convencen para que visite Pemberley, la finca de Darcy, mientras él se encuentra fuera.
 
 Queda impresionada por su tamaño y organización, así como por las alabanzas que recibe de su ama de llaves. Por ello se siente avergonzada cuando se lo tropieza inesperadamente mientras hace una visita por los terrenos. No obstante, su comportamiento respecto a ella ha cambiado, es más cálido que en su anterior encuentro; esto, unido a la manera educada y amistosa con que trata a sus tíos los Gardiner, empieza a hacer pensar a Elizabeth que bajo su orgullo yace una naturaleza leal y generosa. Esta segunda opinión sobre Darcy viene apoyada por su encuentro con su hermana menor, Georgiana, una chica agradable y tímida a quien Darcy adora.
Justo cuando su relación con Darcy empieza a ser más distendida, Elizabeth queda horrorizada al saber que, en su ausencia, su obstinada hermana menor Lydia ha captado la atención de Wickham y se ha fugado con él: una relación sin matrimonio y un hijo ilegítimo destruirían el honor de los Bennet y reduciría las posibilidades de matrimonio de las otras hermanas. Cuando la familia investiga, descubren que Wickham abandonó el servicio para eludir deudas de juego. Cuando Elizabeth cuenta esto a Darcy, él asume la misión de encontrar a Wickham y sobornarlo para que se case con Lydia, por sentirse en parte responsable al no haber revelado a tiempo el verdadero carácter de Wickham, pero lo mantiene en secreto para Elizabeth y su familia.
 Darcy consigue encontrar a Lydia y Wickham en Londres e induce a Wickham a casarse con Lydia, pagando su boda y dándole dinero.

Era necesario y no se podian omitir algunas situaciones de la historia para hacer referencia a la importancia  que este personaje tiene en ella, finalmente cada quien es responsable de sus actos, todo tiene una consecuencia y la de Wickham, fue haber tenido que aguantar un matrimonio donde amar y hacer feliz a su esposa no era una prioridad, asi que mucho menos podia ser feliz.

En cambio Elizabeth, a pesar de todos los prejuicios que tuvo anteriormente, conocio realmente a Mr. Darcy, que, sin la aportacion de Wickham no se hubiese llevado a cabo tal acercamiento.

sábado, 10 de diciembre de 2011

EL FINAL... POR AHORA

Este es el último capítulo de esta novela, espero hayan disfrutado tanto de ella, como yo.

PERSUASIÓN XXIV
¿Quién no adivina lo que siguió? Cuando a dos jóvenes se les mete en la cabeza casarse, pueden estar seguros de triunfar por medio de la perseverancia, aunque sean pobres al extremo, o imprudentes, o tan distintos el uno del otro que bien poco puedan servirse de mutua ayuda.
 Esta puede ser una mala moral, pero es la verdad. Y si tales matrimonios se realizan a veces,¿cómo un capitán Wentworth y una Anne Elliot, con la ventaja de la madurez, la conciencia del derecho y con fortuna independiente, podrían encontrar alguna oposición? En una palabra, hubieran vencido obstáculos mucho mayores que los que tuvieron que enfrentar, porque poco hubo que lamentar o echar de menos con excepción de la falta de calor y amabilidad.
Sir Walter no opuso ninguna objeción, y Elizabeth tomó el partido de mirar fríamente y como si no le interesara el asunto.
El capitán Wentworth, con veinticinco mil libras y un grado tan alto en su profesión como el mérito y la actividad podían otorgar, no era ya un “nadie”. Se le consideraba entonces digno de dirigirse a la hija de un tonto y derrochador barón que no había tenido principios ni sentido común suficientes para mantenerse en la posición en que la providencia lo había colocado, y que a la sazón sólo podía dar a su hija una pequeña parte de la herencia de diez mil libras que más adelante habría de heredar.

Sir Walter, aunque no sentía gran afecto por Anne, y su vanidad no encontraba ningún motivo de halago que lo hiciera feliz en esa ocasión, distaba mucho de considerar que su hija realizaba un matrimonio desventajoso. Por el contrario, cuando vio más a menudo al capitán Wentworth a la luz del día y lo examinó bien, se sintió impresionado por sus dotes físicas, y pensó que la superioridad de su aspecto era una compensación para la falta de superioridad en rango.

Todo esto, ayudado por el buen nombre del capitán, preparó a Sir Walter para inscribir de muy buena gana el nombre del matrimonio en el volumen de honor.







La única persona cuyos sentimientos hostiles podían causar cierta ansiedad era Lady Russell.
Anne comprendía que su amiga tendría que sufrir cierto desencanto al conocer el carácter de Mr. Elliot, y que debería vencerse un poco para aceptar esto tal cual era y hacer justicia al capitán Wentworth. Debía admitir que se había equivocado con respecto a ambos; que las apariencias le habían jugado una mala pasada; que porque los modales del capitán Wentworth no estaban de acuerdo con sus ideas, se había apresurado a sospechar que éstas indicaban un peligroso temperamento impulsivo; y que precisamente porque los modales de Mr. Elliot le habían agradado por su propiedad y corrección, su cortesía y su suavidad, precipitadamente había supuesto que éstos indicaban opiniones correctas y espíritu lleno de cordura. Lady Russell no tenía nada más que hacer; es decir, debía reconocer que se había equivocado en todo y cambiar el objetivo de sus opiniones y esperanzas.
Hay en algunas personas una rapidez de percepción, una precisión en el discernimiento de un carácter, una penetración natural, que la experiencia de otras gentes no alcanza jamás, y Lady Russell había sido menos bien dotada en este terreno que su joven amiga. Pero era una buena mujer, y si su primer
objetivo era ser inteligente y buen juez de la gente, el segundo era ver feliz a
Anne. Amaba a Anne más de lo que apreciaba sus propias cualidades; y cuando el desagrado del primer momento hubo pasado no le fue difícil sentir afecto maternal por el hombre que aseguraba la felicidad de quien consideraba su hija.
De toda la familia, la más satisfecha fue Mary. Era conveniente tener una hermana casada, y podía imaginarse que ella había contribuido algo a ello, teniendo a Anne consigo durante el otoño; y como su hermana debía ser mejor
que sus cuñadas, era también grato pensar que el capitán Wentworth era más
rico que el capitán Benwick o Charles Hayter. No tuvo nada que lamentar cuando vio a Anne restituida a los derechos del señorío, como dueña de una bonita propiedad. Había además una cosa que la consolaba poderosamente de
cualquier pesar que pudiese sentir. Anne no tenía un Uppercross delante de ella, no tenía tierras ni era cabeza de una familia; y si ocurría que el capitán Wentworth no era nunca hecho barón, no tendría ella motivos para envidiar la
situación de Anne.
Hubiera sido un bien para la hermana mayor contentarse de igual manera, pero poco cambio podía esperarse de ella. Pronto tuvo la mortificación de ver alejarse a Mr. Elliot; y desde entonces nadie en situación aceptable se presentó para salvar las esperanzas que se desvanecieron al retirarse este caballero.
Las noticias del compromiso de su prima Anne cayeron inesperadamente sobre
Mr. Elliot. Desarreglaba esto su ilusión de felicidad doméstica, sus esperanzas
de mantener soltero a Sir Walter en favor de los derechos de su presunto yerno.
Pero, molesto y desilusionado, pudo hacer aún algo por sus propios intereses y felicidad. Pronto dejó Bath; poco después también se fue mistress Clay y bien pronto se oyó decir que se había establecido en Londres bajo la protección del caballero, con lo que se evidenció hasta qué punto había éste jugado un doble juego, y cuán determinado estaba a no dejarse vencer por las artes de una mujer hábil.
El afecto de Mrs. Clay había sido más poderoso que su interés y había sacrificado al caballero más joven sus esperanzas de casarse con Sir Walter.
Esta dama tenía, sin embargo, habilidades que eran tan grandes como sus afectos, y no era fácil decir cuál de los dos astutos triunfaría al final. Quién sabe si al impedir que se convirtiera Mrs. Clay en la esposa de Sir Walter, no se preparaba a ésta el camino para convertirse en esposa de Sir William.
No cabe duda que Sir Walter y Elizabeth sufrieron un terrible disgusto al perder a su compañera y al desilusionarse de ella. Tenían sus primos para consolarse, es cierto, pero bien pronto comprenderían que seguir y adular a otros sin ser a la vez seguidos y adulados es sólo un placer a medias.
Anne, muy fuertemente satisfecha con la intención de Lady Russell de amar como debía al capitán Wentworth, no tenía más sombra en su dicha que la que provenía de la sensación de que no había en su familia una persona con méritos suficientes para ser presentada a un hombre de buen sentido. Allí sintió poderosamente su inferioridad. La desproporción de sus fortunas no tenía la menor importancia; no sintió esto en ningún momento; pero no tener familia que lo recibiera y lo estimara como merecía; ninguna respetabilidad, armonía, buena voluntad que ofrecer a cambio de la digna y pronta bienvenida de sus cuñados y cuñadas, era un manantial de pesares, bajo circunstancias, por otra parte, extremadamente felices. Sólo dos amigas podía presentarle: Lady Russell y Mrs. Smith. A estas dos, él pareció dispuesto a dedicar inmediato afecto. A Lady Russell, pese a sus resentimientos anteriores, estaba él dispuesto a recibirla de todo corazón. Mientras no se viera obligado a confesar que ella había tenido razón en separarlos al principio, estaba presto a hacer grandes alabanzas de la dama; en cuanto a Mrs. Smith, había varias circunstancias que lo inclinaron pronto y para siempre a apreciarla como merecía.
Sus recientes buenos oficios con Anne eran ya más que suficientes; y el matrimonio de ésta, en lugar de privarla de una amistad, le otorgó dos. Fue ella la primera en visitarlos apenas se hubieron establecido; y el capitán Wentworth, encargándose de los negocios para que recobrase las propiedades de su esposo en las Indias Occidentales, escribiendo por ella, actuando y ocupándose de todas las dificultades del caso, con la actividad y el interés de un hombre valiente y un amigo solícito, devolvió todos los servicios que ésta hiciera o hubiese intentado hacer a su esposa.
Las buenas cualidades de Mrs. Smith no desmerecieron con el aumento de su renta. Con la salud recobrada y la adquisición de amigos que podía ver a menudo, continuó valiéndose de su perspicacia y de la alegría de su carácter; y teniendo estas fuentes de bienestar habría hecho frente a cualquier otro halago mundano. Habría podido estar más sana y ser más rica, siendo siempre dichosa. La fuente de su felicidad estaba en su espíritu, como la de su amiga Anne residía en el calor de su corazón.
Anne era la ternura misma, y había encontrado algo digno de ella en el afecto del capitán Wentworth. La profesión de su marido era lo único que hacía desear a sus amigas que aquella ternura no fuese tan intensa, por miedo a una futura guerra que pudiera turbar el sol de su dicha. Su gloria era ser la esposa de un marino, pero debía pagar el precio de una constante alarma por pertenecer su esposo a aquella profesión que es, si fuese ello posible, más notable por sus virtudes domésticas que por su importancia nacional.







jueves, 8 de diciembre de 2011

PERSUASIÓN XXIII


Sólo un día había pasado desde la conversación de Anne con Mrs. Smith, pero ahora tenía un interés más inmediato y se sentía poco afectada por la mala conducta de Mr. Elliot, excepto porque debía aún una visita de explicación a Lady Russell, que de nuevo debió postergar. Había prometido estar con los Musgrove desde el desayuno hasta la cena. Lo había prometido, y la explicación del carácter de Mr. Elliot, al igual que la cabeza de la sultana Scherazada, tendría que dejarse para otro día.
Sin embargo, no pudo ser puntual; el tiempo se presentó malo y se lamentó de ello por sus amigos y por ella antes de intentar salir de paseo. Cuando, llegando a White Hart, se encaminó a la casa encontró que no sólo había llegado tarde, sino que tampoco era la primera en estar ahí. Los que habían llegado antes eran Mrs. Croft, que conversaba con Mrs. Musgrove, y el capitán Harville, que conversaba con el capitán Wentworth, y de inmediato supo que Mary y Henrietta, sumamente impacientes, habían aprovechado el momento en que la luvia había cesado, pero volverían pronto, y habían comprometido a Mrs. Musgrove a no dejar partir a Anne hasta que ellas volvieran. No le quedó más remedio que acceder, sentarse, adoptar un aspecto de compostura y sentirse de nuevo precipitada en todas las agitaciones de penas que había probado la mañana anterior. No había tregua. De la extrema miseria pasaba a la mayor felicidad, y de ésta, a otra extrema miseria. Dos minutos después de haber llegado ella, decía el capitán Wentworth:
 
-Escribiremos la carta de la que hemos hablado ahora mismo, Harville, si me proporciona usted los medios para hacerlo. Los materiales estaban a mano, sobre una mesa apartada; allí se dirigió él y, casi de espaldas a todo el mundo, comenzó a escribir.
Mrs. Musgrove estaba contando a Mrs. Croft la historia del compromiso de su
hija mayor, con ese tono de voz que quiere ser un murmullo, pero que todo el
mundo puede escuchar.
Anne sentía que ella no era parte de esa conversación, y sin embargo, como el capitán Harville parecía pensativo y poco dispuesto a hablar, no pudo evitar oír una serie de detalles: “Como mister Musgrove y mi hermano Hayter se encontraron una y otra vez para ultimar los detalles; lo que mi hermano Hayter dijo un día, y lo que Mr. Musgrove propuso al siguiente, y lo que le ocurrió a mi hermana Hayter, y lo que los jóvenes deseaban, y como lo dije en el primer momento que jamás daría mi consentimiento, y como después pensé que no estaría tan mal”, y muchas más cosas por el estilo; detalles que aún con todo el gusto y la delicadeza de la buena Mrs. Musgrove no debían comunicarse; cosas que no tenían interés más que, para los protagonistas del asunto. Mrs. Croft escuchaba de muy buen talante y cuando decía algo, era siempre sensata. Anne confiaba en que los caballeros estuvieran demasiado ocupados para oír.

-Considerando todas estas cosas, señora -decía Mrs. Musgrove en un fuerte murmullo-, aunque hubiéramos deseado otra cosa, no quisimos oponernos por más tiempo, porque Charles Hayter está loco por ella, y Henrietta más o menos lo mismo; y así, creímos que era mejor que se casaran cuanto antes y fueran felices, como han hecho tantos antes que ellos. En todo caso, esto es mejor que un compromiso largo.

-¡Es lo que iba a decir! -exclamó mistress Croft-. Prefiero que los jóvenes se establezcan con una renta pequeña y compartan las dificultades juntos antes que pasar por las peripecias de un largo compromiso. Siempre he pensado que...

-Mi querida Mrs. Croft -exclamó Mrs. Musgrove, sin dejarla terminar-, nada hay tan abominable como un largo compromiso. Siempre he estado en contra de esto para mis hijos. Está bien estar comprometidos si se tiene la seguridad de
casarse en seis meses, o aun en un año... pero ¡Dios nos libre de un compromiso largo!

-Sí, señora -dijo Mrs. Croft-, es un compromiso incierto el que se toma por mucho tiempo. Empezando por no saber cuándo se tendrán los medios para casarse, creo que es poco seguro y poco sabio, y creo también que todos los padres debieran evitarlo hasta donde les fuera posible.

Anne se sintió de pronto interesada. Sintió que esto se podía aplicar a ella. Se
estremeció de pies a cabeza y en el mismo momento en que sus ojos se dirigían instintivamente a la mesa ocupada por el capitán Wentworth, éste dejaba de escribir, levantaba la pluma y escuchaba, al mismo tiempo que volviendo la cabeza cambiaba con ella una rápida mirada.
Las dos señoras continuaron hablando de las verdades admitidas, y dando ejemplos de los males que la ruptura de esta costumbre había acarreado a gentes conocidas, pero Anne no pudo oír bien; solamente sentía un murmullo y su mente daba vueltas.
El capitán Harville, que nada había escuchado, dejó en este momento su silla y se acercó a la ventana; Anne pareció mirarlo aunque la verdad es que su pensamiento estaba ausente. Por fin comprendió que Harville la invitaba a sentarse a su lado. La miraba con una ligera sonrisa y un movimiento de cabeza que parecía decir: “Venga, tengo algo que decirle”, y sus modales sencillos y llenos de naturalidad, pareciendo corresponder a un conocimiento más antiguo, invitaban también a que se sentara a su lado. Ella se levantó y se aproximó. La ventana donde él estaba se encontraba al lado opuesto de la habitación donde las señoras estaban sentadas y más cerca de la mesa ocupada por el capitán Wentworth, aunque bastante alejada de ésta. Cuando ella llegó, el gesto del capitán Harville volvió a ser serio y pensativo como de costumbre.

-Vea -dijo él, desenvolviendo un paquete y sacando una pequeña miniatura-, ¿sabe usted quién es éste?

-Ciertamente, el capitán Benwick.

-Sí, y también puede adivinar quién es el autor. Pero -en tono profundo- no fue hecho para ella. Miss Elliot, ¿recuerda usted nuestra caminata en Lyme, cuando lo compadecíamos? Bien poco imaginaba yo que... pero esto no viene al caso. Esto fue hecho en El Cabo. Se encontró en El Cabo con un hábil artista alemán, y cumpliendo una promesa hecha a mi pobre hermana posó para él y trajo esto a casa. ¡Y ahora tengo que entregarlo cuidadosamente a otra! ¡Vaya un encargo! Mas ¿quién, si no, podría hacerlo? Pero no me molesta haber encontrado otro a quien confiarlo. El lo ha aceptado -señalando al capitán Wentworth-; está escribiendo ahora sobre esto. -Y rápidamente añadió, mostrando su herida-: ¡Pobre Fanny, ella no lo habría olvidado tan pronto!

-No -replicó Anne con voz baja y llena de sentimiento-; bien lo creo.
-No estaba en su naturaleza. Ella lo adoraba.
-No estaría en la naturaleza de ninguna mujer que amara de verdad.
El capitán Harville sonrió y dijo:
-¿Pide usted este privilegio para su sexo?
Y ella, sonriendo también, dijo:
-Sí. Nosotras no nos olvidamos tan pronto de ustedes como ustedes se olvidan de nosotras. Quizá sea éste nuestro destino y no un mérito de nuestra parte. No podemos evitarlo. Vivimos en casa, quietas, retraídas, y nuestros sentimientos nos avasallan. Ustedes se ven obligados a andar. Tienen una profesión, propósitos, negocios de una u otra clase que los llevan sin tardar de vuelta al mundo, y la ocupación continua y el cambio mitigan las impresiones.
 hombres tienen toda la ventaja sobre nosotras por ser ellos quienes cuentan la historia. Su educación ha sido mucho más completa; la pluma ha estado en sus manos. No permitiré que los libros me prueben nada.
-Admitiendo que el mundo haga esto por los hombres (que sin embargo yo no admito), no puede aplicarse a Benwick. El no se ocupaba de nada. La paz lo devolvió en seguida a tierra, y desde entonces vivió con nosotros en un pequeño círculo de familia.
-Verdad -dijo Anne-, así es; no lo recordaba. Pero, ¿qué podemos decir, capitán Harville? Si el cambio no proviene de circunstancias externas debe provenir de adentro; debe ser la naturaleza, la naturaleza del hombre la que ha operado este cambio en el capitán Benwick.
-No, no es la naturaleza del hombre. No creeré que la naturaleza del hombre sea más inconstante que la de la mujer para olvidar a quienes ama o ha amado; al contrario, creo en una analogía entre nuestros cuerpos y nuestras almas; si nuestros cuerpos son fuertes, así también nuestros sentimientos: capaces de soportar el trato más rudo y de capear la más fuerte borrasca.
 
-Sus sentimientos podrán ser más fuertes -replicó Anne-, pero la misma analogía me autoriza a creer que los de las mujeres son más tiernos. El hombre es más robusto que la mujer, pero no vive más tiempo, y esto explica mi idea acerca de los sentimientos. No, sería muy duro para ustedes si fuese de otra manera. Tienen dificultades, peligros y privaciones contra los que deben luchar. Trabajan siempre y están expuestos a todo riesgo y a toda dureza. Su casa, su patria, sus amigos, todo deben abandonarlo. Ni tiempo, ni salud, ni vida pueden llamar suyos. Debe ser en verdad bien duro -su voz falló un poco- si a todo esto debieran unirse los sentimientos de una mujer.

-Nunca nos pondremos de acuerdo sobre este punto -comenzó a decir el capitán Harville, cuando un ligero ruido los hizo mirar hacia el capitán Wentworth. Su pluma se había caído; pero Anne se sorprendió de encontrarlo Más cerca de lo que esperaba, y sospechó que la pluma no había caído porque la estuviese usando, sino porque él deseaba oír lo que ellos hablaban, y ponía en ello todo su esfuerzo. Sin embargo, poco o nada pudo haber entendido.
-¿Ha terminado usted la carta? -preguntó el capitán Harville.
-Aún no; me faltan unas líneas. La terminaré en cinco minutos.

-Yo no tengo prisa. Estaré listo cuando usted lo esté. Tengo aquí una buena ancla -sonriendo a Anne-; no deseo nada más. No tengo ninguna prisa. Bien, miss Elliot -bajando la voz-, como decía, creo que nunca nos pondremos de acuerdo en este punto. Ningún hombre y ninguna mujer lo harán probablemente. Pero déjeme decirle que todas las historias están en contra de ustedes; todas, en prosa o en verso. Si tuviera tan buena memoria como Benwick, le diría en un momento cincuenta frases para reforzar mi argumento, y no creo que jamás haya abierto un libro en mi vida en el que no se dijera algo sobre la veleidad femenina. Canciones y proverbios, todo habla de la fragilidad femenina. Pero quizá diga usted que todos han sido escritos por hombres.

-Quizá lo diga... pero, por favor, no ponga ningún ejemplo de libros. Los  hombres tienen toda la ventaja sobre nosotras por ser ellos quienes cuentan la historia. Su educación ha sido mucho más completa; la pluma ha estado en sus manos. No permitiré que los libros me prueben nada.

-Nunca se podrá probar nada sobre este asunto. Es una diferencia de opinión que no admite pruebas. Posiblemente ambos comenzaríamos con una pequeña circunstancia en favor de nuestro sexo,- y sobre ella construiríamos cuanto se nos ocurriera y hayamos visto en nuestros círculos. Y muchas de las cosas que sabemos (quizá aquéllas que más han llamado nuestra atención) no podrían decirse sin traicionar una confidencia o decir lo que no debe decirse.

-¡Ah -exclamó el capitán Harville, con tono de profundo sentimiento-, si solamente pudiera hacerle comprender lo que sufre un hombre cuando mira por
última vez a su esposa y a sus hijos, y ve el barco que los ha llevado hasta él
alejarse, y se da vuelta y dice: “Quién sabe si volveré a verlos alguna vez”! Y
luego, ¡si pudiera mostrarle a usted la alegría del alma de este hombre cuando vuelve a encontrarlos; cuando, regresando de la ausencia de un año y obligado tal vez a detenerse en otro puerto, calcula cuánto le falta aún para encontrarlos y se engaña a sí mismo diciendo: “No podrán llegar hasta tal día”, pero esperando que se adelante doce horas, y cuando los ve llegar por fin, como si el cielo les hubiese dado alas, mucho más pronto aún de lo que los esperaba! ¡Si pudiera describirle todo esto, y todo lo que un hombre puede soportar y hacer, y las glorias que puede obtener por estos tesoros de su existencia! Hablo, por supuesto, de hombres de corazón -y se llevó la mano al suyo con emoción.

-¡Ah! -dijo Anne-, creo que hago justicia a todo lo que usted siente y a los que a usted se parecen. Dios no permita que no considere el calor y la fidelidad de
sentimientos de mis semejantes. Me despreciaría si creyera que la constancia y el afecto son patrimonio exclusivo de las mujeres. No creo que son ustedes capaces de cosas grandes y buenas en sus matrimonios. Los creo capaces de sobrellevar cualquier cambio, cualquier problema doméstico, siempre que... si se me permite decirlo, siempre que tengan un objeto. Quiero decir, mientras la mujer que ustedes aman vive y vive para ustedes. El único privilegio que reclamo para mi sexo (no es demasiado envidiable, no se alarme) es que nuestro amor es más grande; cuando la existencia o la esperanza han desaparecido. No pudo decir nada más, su corazón estaba a punto de estallar, y su aliento, entrecortado.

-Tiene usted un gran corazón -exclamó el capitán Harville tomándole el brazo afectuosamente-. No habrá más discusiones entre nosotros. En lo que se refiere a Benwick, mi lengua está atada a partir de este momento.

Debieron prestar atención a los otros. Mrs. Croft se retiraba.
-Aquí debemos separamos, Frederick -dijo ella-; yo voy a casa y tú tienes un compromiso con tu amigo. Esta noche tendremos el placer de encontrarnos todos nuevamente en su reunión -dirigiéndose a Anne-. Recibimos ayer la tarjeta de su hermana, y creo que Frederick tiene también invitación, aunque no la he visto. Tú estás libre, Frederick, ¿no es así?         
El capitán Wentworth doblaba apresuradamente una carta y no pudo dar una respuesta como es debido.
-Sí -dijo-, así es. Aquí nos separamos, pero Harville y yo saldremos detrás de ti. Si Harville está listo, yo no necesito más que medio minuto. Estoy a tu disposición en un minuto.

Mrs. Croft los dejó, y el capitán Wentworth, habiendo doblado con rapidez su carta, estuvo listo, y pareció realmente impaciente por partir. Anne no sabía cómo interpretarlo. Recibió el más cariñoso: “Buenos días. Quede usted con Dios”, del capitán Harville, pero de él, ni un gesto ni una mirada. ¡Había salido del cuarto sin una mirada!
Apenas tuvo tiempo de aproximarse a la mesa donde había estado él escribiendo, cuando se oyeron pasos de vuelta. Se abrió la puerta; era él. Pedía perdón, pero había olvidado los guantes, y cruzando el salón hasta la mesa de escribir, y parándose de espaldas a Mrs. Musgrove, sacó una carta de entre los desparramados papeles y la colocó delante de los ojos de Anne con mirada ansiosamente fija en ella por un tiempo, y tomando sus guantes se alejó del salón, casi antes de que Mrs. Musgrove se hubiera dado cuenta de su vuelta.
La revolución que por un instante se operó en Anne fue casi inexplicable. La carta con una dirección apenas legible a “Miss A. E.” era evidentemente la que
había doblado tan aprisa. ¡Mientras se suponía que se dirigía únicamente al capitán Benwick, le había estado escribiendo a ella! ¡Del contenido de esa carta dependía todo lo que el mundo podía ofrecerle! ¡Todo era posible; todo debía afrontarse antes que la duda! Mrs. Musgrove tenía en su mesa algunos pequeños quehaceres. Ellos protegerían su soledad, y dejándose caer en la silla que había ocupado él cuando escribiera, leyó:                   
   
“No puedo soportar más en silencio. Debo hablar con usted por cualquier medio a mi alcance. Me desgarra usted el alma. Estoy entre la agonía y la esperanza. No me diga que es demasiado tarde, que tan preciosos sentimientos han desaparecido para siempre. Me ofrezco a usted nuevamente con un corazón que es aún más suyo que cuando casi lo destrozó hace ocho años y medio. No se atreva a decir que el hombre olvida más prontamente que la mujer, que su amor muere antes. No he amado a nadie más que a usted. Puedo haber sido injusto, débil y rencoroso, pero jamás inconsciente. Sólo por usted he venido a Bath; sólo por usted pienso y proyecto. ¿No se ha dado cuenta? ¿No ha interpretado mis deseos? No hubiera esperado estos diez días de haber podido leer sus sentimientos como debe usted haber leído los míos. Apenas puedo escribir. A cada instante escucho algo que me domina. Baja usted la voz, pero puedo percibir los tonos de esa voz cuando se pierde entre otras.
¡Buenísima, excelente criatura! No nos hace usted en verdad justicia. Crea que
también hay verdadero afecto y constancia entre los hombres. Crea usted que estas dos cosas tienen todo el fervor de
“F. W."
“Debo irme, es verdad. Pero volveré o me reuniré con su grupo en cuanto pueda. Una palabra, una mirada me bastarán para comprender si debo ir a casa de su padre esta noche o nunca”.
No era fácil reponerse del efecto de semejante carta. Media hora de soledad y
reflexión la hubiera tranquilizado, pero los diez minutos que pasaron antes de
ser interrumpida, con todos los inconvenientes de su situación, no hicieron sino agitarla más. A cada instante crecía su desasosiego. Era, la que sentía, una felicidad aplastante. Y antes de que hubiera traspuesto el primer peldaño de sensaciones, Charles, Mary y Henrietta ya estaban de vuelta.
 
La absoluta necesidad de reponerse produjo cierta lucha. Pero después de un momento no pudo hacer nada más. Comenzó por no entender una palabra de lo que decían. Y alegando una indisposición, se disculpó. Ellos pudieron notar que parecía enferma y no se hubieran apartado de ella por nada del mundo. Eso era terrible. Si se hubieran ido y la hubieran dejado tranquilamente sola en su habitación, se hubiese sentido mejor. Pero tener a todos alrededor parados o esperando era insoportable; y en su angustia, ella dijo que deseaba ir a casa.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

PERSUASIÓN XXII



Anne se dirigió a casa para reflexionar sobre lo que había oído. De alguna manera se sentía más tranquila al conocer el carácter de Mr. Elliot. Ya no le sugería ninguna ternura. Aparecía él, frente al capitán Wentwork, con toda su malintencionada intromisión. Y el mal causado por sus atenciones de la noche anterior, el irreparable daño, la dejaba perpleja y llena de sensaciones incalificables. Ya no sentía ninguna piedad por él. Pero solamente en esto se sentía aliviada. En otros aspectos, cuanto más buscaba alrededor y más profundizaba, más motivos encontraba para temer y desconfiar. Se sentía
responsable por la desilusión y el dolor que tendría Lady Russell, por las mortificaciones que sufrirían su padre y su hermana, y por todas las cosas imprevistas que llegarían y que no podría evitar. A Dios gracias conocía a Mr. Elliot. Nunca había considerado que tuviera derecho a aspirar a ninguna recompensa por su trato hacia una antigua amiga como mistress Smith, y pese a esto había sido recompensada. Mrs. Smith había podido decirle lo que nadie
más. ¿Debía comunicar todo a su familia? Pero ésta era una idea tonta. Debía
hablar con Lady Russell, decirle todo, consultarla, y después, esperar con tanta tranquilidad como fuese posible; al fin y al cabo, donde necesitaba más sosiego era en aquella parte de su alma que no podía abrir a Lady Russell, en aquel fluir de ansiedades y temores que era para ella sola.

Al llegar a casa comprobó que había podido evitar a Mr. Elliot. El había estado
allí y les había hecho una larga visita. Pero apenas se comenzaba a felicitar de estar a salvo hasta el día siguiente, cuando se enteró de que mister Elliot
regresaría por la tarde.

-No tenía la menor intención de invitarlo -dijo Elizabeth con afectado descuido-,pero él lanzó muchas indirectas; al menos eso dice Mrs. Clay.

-Lo digo en serio. Jamás he visto a nadie esperar con tanto interés una invitación. ¡Pobre hombre! Realmente me ha entristecido. Porque la dureza del
corazón de Anne ya está pareciendo crueldad.

-Oh -dijo Elizabeth-, estoy demasiado acostumbrada a esta clase de juego para que me sorprendieran sus indirectas. Sin embargo, cuando me enteré cuánto lamentaba no haber encontrado a mi padre esta mañana, me vi en cierto modo interesada, porque jamás evitaré una oportunidad de que él y Sir Walter se reúnan. ¡Parecen beneficiarse tanto de su mutua compañía! ¡Se conducen tan amablemente! ¡Mr. Elliot lo mira con tanto respeto!...

-¡Es realmente delicioso! -exclamó Mrs. Clay, sin atreverse a mirar a Anne-.
Parecen padre e hijo. Mi querida miss Elliot, ¿no puedo acaso llamarlos padre e hijo?

-No me preocupan las palabras... ¡Si usted piensa así...! Pero palabra de honor
que apenas he notado si sus atenciones son más que las de cualquier otro.

-¡Mi querida miss Elliot! -exclamó Mrs. Clay levantando las manos y alzando los ojos al cielo y guardando de inmediato un conveniente silencio para manifestar su extremo azoramiento.

-Mi querida Penélope -prosiguió diciendo Elizabeth-, no debe alarmarse tanto. Yo lo invité a venir, ¿sabe usted? Lo eché con sonrisas, pero cuando supe que todo el día de mañana lo pasaría con unos amigos en Thomberry Park, me compadecí de él.

Anne no pudo menos que admirar los talentos de comedianta de Mrs. Clay, quien era capaz de mostrar tanto placer y expectación por la llegada de la persona que estorbaba su principal objetivo. Era imposible que los sentimientos de Mrs. Clay hacia Mr. Elliot fueran otros que los del más enconado odio, y sin embargo podía adoptar una expresión plácida y cariñosa, y parecer muy satisfecha de dedicar a Sir Walter la mitad de las atenciones que le hubiera prodigado en otras circunstancias.
Para Anne era inquietante ver entrar a Mr. Elliot en el salón; doloroso verlo acercarse y hablarle; se había acostumbrado a juzgar sus actos como no siempre sinceros, pero a la sazón descubría la falsedad en cada gesto. La deferencia que mostraba hacia su padre, en contraste con su lenguaje anterior, resultaba odiosa; cuando pensaba en lo cruel de su conducta hacia Mrs. Smith, apenas podía soportar la vista de sus sonrisas y su dulzura o el sonido de sus falsos buenos sentimientos. Deseaba ella evitar que cualquier cambio de maneras provocase una explicación de parte de él. Deseaba evitar toda pregunta, pero tenía la intención de ser con él tan fría como lo permitiera la cortesía y echarse atrás tan rápidamente como pudiera de los pocos grados de intimidad que le había concedido. En consecuencia, estuvo más retraída y en guardia que la noche anterior.
El deseó despertar nuevamente su curiosidad acerca de cuándo y por quién había sido ella elogiada. Deseaba ardientemente que le preguntara. Pero el encanto estaba roto: comprendió que el calor y la animación del salón de conciertos eran necesarios para despertar la vanidad de su modesta prima; comprendió que nada podía hacerse en esos momentos por ninguno de los medios usuales para atraer la atención de las personas. No llegó a imaginar que había entonces algo en contra de él que cerraba el pensamiento de Anne a todo aquello que no fueran sus actos más sucios.
Ella tuvo la satisfacción de saber que en verdad se iba de Bath al día siguiente temprano y que sólo volvería dentro de dos días. Fue invitado nuevamente a Camden Place en la misma tarde de su regreso; pero de jueves a sábado su ausencia era segura. Bastante incómodo era ya que Mrs. Clay estuviera siempre delante de ella, pero que un hipócrita mayor formara parte de su grupo bastaba para destruir todo sosiego y bienestar. Era humillante pensar en el constante engaño en que vivían su padre y Elizabeth y considerar las mortificaciones que se les preparaban. El egoísmo de Mrs. Clay no era ni tan complicado ni tan disgustante como el de Mr. Elliot, y Anne de buena gana hubiera accedido al matrimonio de ésta con su padre de inmediato, pese a todos sus inconvenientes, con tal de verse libre de todas las sutilezas de Mr. Elliot para evitar la mentada boda.
En la mañana del viernes se decidió a ver bien temprano a Lady Russell y a comunicarle lo que creía necesario; hubiera ido inmediatamente después del desayuno, pero Mrs. Clay salía también en una diligencia que tenía por objeto
evitar alguna molestia a su hermana, y debido a esto decidió aguardar hasta
verse libre de tal compañía. Mistress Clay partió antes de que ella hablase de
pasar la mañana en la calle River.

-Muy bien -dijo Elizabeth-, no puedo mandar más que mi cariño. Oh, puedes además llevar contigo el aburrido libro que me ha prestado y decirle que lo he leído. Realmente no puedo preocuparme de todos los nuevos poemas y artículos que se publican en el país. Lady Russell me aburre bastante con sus publicaciones. No se lo digas, pero su vestido me pareció detestable la otra noche. Pensaba que ella tenía cierto gusto para vestirse, pero sentí vergüenza por ella en el concierto. Es a veces tan formal y compuesta en sus ropas. ¡Y se
sienta tan derecha! Dale cariños, naturalmente.

-Y también los míos -dijo Sir Walter-. Mis mejores saludos. Puedes decirle también que iré a visitarla pronto. Dale un mensaje cortés. Pero solamente dejaré mi tarjeta. Las visitas matutinas no son nunca agradables para mujeres
de su edad, que se arreglan tan poco como ella. Si solamente usara colorete no debería temer ser vista; pero la última vez que fui observé que las celosías
fueron cerradas inmediatamente.

Mientras su padre hablaba, golpearon a la puerta. ¿Quién podía ser? Anne, recordando las inesperadas visitas de mister Elliot a todas horas, hubiera supuesto que era él, de no saber que se hallaba a siete millas de distancia.
Después de los usuales minutos de espera se oyeron ruidos de aproximación y... Mr. y Mrs. Musgrove entraron en el salón.
La sorpresa fue el principal sentimiento que provocó su llegada; pero Anne se
alegró sinceramente de verlos y los demás no lamentaron tanto la visita que no pudieran poner un agradable aire de bienvenida, y tan pronto como quedó claro que no llegaban con ninguna idea de alojarse en la casa, Sir Walter y Elizabeth se sintieron más cordiales e hicieron muy bien los honores de rigor. Habían ido a Bath por unos pocos días, con la señora Musgrove, y se alojaban en White Hart.
Esto se entendió prontamente; pero hasta que Sir Walter y Elizabeth no se encaminaron con Mary al otro salón y se deleitaron con la admiración de ésta,
Anne no pudo obtener de Charles una historia completa de los pormenores de su viaje, o alguna sonriente explicación de los negocios que allí les llevaban y que Mary había insinuado, con algunos datos confusos acerca de la gente que
formaba su grupo.
Se enteró entonces de que estaban allí, además del matrimonio, la señora Musgrove, Henrietta y el capitán Harville. Charles le hizo un somero relato, una narración de acontecimientos sumamente natural. Al principio había sido el capitán Harville quien necesitaba viajar a Bath por algunos negocios. Había
comenzado a hablar de ello hacía una semana, y por hacer algo, porque la temporada de caza había terminado, Charles propuso acompañarlo, y a Mrs. 
Harville parecía haberle agradado la idea, que consideraba ventajosa para su
esposo; Mary no pudo soportar quedarse, y pareció tan desdichada por un día o dos, que todo quedó en suspenso o en apariencia abandonado. Pero luego el
padre y la madre volvieron a insistir en la idea. La madre tenía algunos antiguos amigos en Bath, a los que deseaba ver; era pues, una buena oportunidad para que fuese también Henrietta a comprar ajuares de boda para ella y para su hermana; al final su madre organizó el grupo y todo resultó fácil y simple para el capitán Harville; y él y Mary fueron también incluidos para conveniencia general.
Habían llegado la noche anterior, bastante tarde. Mrs. Harville, sus niños y el
capitán Benwick quedaron con su madre y Louisa en Uppercross.
La sola sorpresa de Anne fue que las cosas hubiesen ido tan rápido como para
que ya pudiera hablarse del ajuar de Henrietta; había imaginado que las dificultades económicas retrasarían la boda; pero se enteró por Charles que hacía muy poco (después de la carta que recibiera de Mary) Charles Hayter había sido requerido por un amigo para ocupar el lugar de un joven que no podría tomar posesión de su cargo hasta que transcurrieran algunos años, y esto, unido a su renta actual y con la certidumbre de obtener algún puesto permanente antes del término de éste, las dos familias habían accedido a los deseos de los jóvenes que se casarían en pocos meses, casi al mismo tiempo que Louisa.
Y era un hermoso lugar -añadía Charles-, a sólo veinticinco millas de Uppercross y en una bella campiña, cerca de Dorsetshire, en el centro de uno de los mejores rincones del reino, rodeados de tres grandes propietarios, cada cual más cuidadoso. Y con dos de éstos Charles Hayter podría obtener una recomendación especial. “No estima esto en lo que vale -observó-; Charles es muy poco amante de la vida al aire libre. Este es su mayor defecto.”

-Me alegro de verdad -exclamó Anne-, y de que las dos hermanas, mereciéndola ambas por igual, y habiendo sido siempre tan buenas amigas, tengan su felicidad al mismo tiempo; que las alegrías de una no opaquen las de la otra y que juntas compartan la prosperidad y el bienestar. Espero que el padre y la madre sean igualmente felices con estas bodas.

-¡Oh, sí! Mi padre estaría más contento si los dos jóvenes fueran más ricos, pero ésta es la única falta que les encuentra. El casar dos hijas a un mismo tiempo es un problema importante que preocupa por muchos conceptos a mi padre. Sin embargo no quiero decir que no tengan derecho a esto. Es lógico que los padres doten a las hijas; siempre ha sido un padre generoso conmigo. Mary está descontenta con el matrimonio de Henrietta. Ya sabes que nunca lo
aprobó. Pero no le hace justicia a Hayter ni considera el valor de Wenthrop. No ha podido hacerle entender cuán costosa es la propiedad. En los tiempos que corren es un buen matrimonio. A mí siempre me ha gustado Charles Hayter y no cambiaré mi opinión.

-Tan excelentes padres como los señores Musgrove -exclamó Anne- deben ser
felices con las bodas de sus dos hijas. Hacen todo por hacerlas dichosas, estoy segura. ¡Qué bendición para las jóvenes estar en tales manos! Su padre y su madre parecen estar libres del todo de esos ambiciosos sentimientos que han acarreado tantos malos procederes y desdichas tanto entre los jóvenes como entre los viejos. Espero que Louisa esté ahora completamente repuesta.

El respondió, con alguna vacilación:
-Sí, creo que lo está. Pero ha cambiado: ya no corre ni salta, baila o ríe; está
muy distinta. Si una puerta se cierra de golpe, se estremece como el agua ante el picotazo débil de un pájaro. Benwick se sienta a su lado leyendo versos todo el día o murmurando en voz baja. Anne no pudo evitar reírse.

-Esto no es muy de su gusto, bien lo comprendo -exclamó-, pero creo que Benwick es un excelente joven.

-Ciertamente, nadie lo pone en duda. Y supongo que no creerá usted que todos los hombres encuentren gusto y placer en las mismas cosas que yo. Aprecio mucho a Benwick y cuando se pone a hablar tiene muchas cosas que decir. Sus lecturas no lo han dañado porque ha luchado también. Es un hombre
valiente. He llegado a conocerlo más de cerca el lunes último que en cualquier
otra ocasión anterior. Tuvimos una cacería de ratas esa mañana en la granja grande de mi padre, y se desempeñó tan bien que desde entonces me agrada aún más.
Fueron aquí interrumpidos para que Charles acompañara a los otros a admirar los espejos y los objetos chinos; pero Anne había oído bastante para comprender la situación de Uppercross y alegrarse de la dicha que allí reinaba. Y aunque también se entristecía por algunas cosas, en su tristeza no había la menor envidia. Ciertamente, uniría sus bendiciones a las de los otros.
La visita transcurrió en medio del general buen humor. Mary estaba de excelente ánimo, disfrutando de la alegría y del cambio, y tan satisfecha con el viaje en el carruaje de cuatro caballos de su suegra y con su completa independencia de Camden Place, que se sentía con ánimo para admirar cada cosa como debía, y al momento comprendió todas las ventajas de la casa en cuanto se las detallaron. No tenía nada que pedir a su padre y a su hermana y toda su buena voluntad aumentó al ver el hermoso salón.

Elizabeth sufrió bastante durante un corto tiempo. Sentía que Mrs. Musgrove y todo su grupo debían ser invitados a comer con ellos, pero no podía soportar que la diferencia de estilo, la reducción del servicio que se revelaría en una comida, fueran presenciados por aquéllos que eran inferiores a los Elliot de Kellynch. Fue una lucha entre la educación y la vanidad; pero la vanidad se llevó la mejor parte, y Elizabeth fue nuevamente feliz. Para sus adentros se dijo: “Viejas costumbres... hospitalidad campesina... no damos comidas... poca gente en Bath lo hace... Lady Alicia jamás lo ha hecho, no invita ni a la familia de su hermana, aunque han estado aquí un mes; y creo que será un inconveniente para Mrs. Musgrove... echará por tierra sus planes. Estoy segura de que prefiere no venir... no se sentiría cómoda entre nosotros. Les pediré que vengan para la velada; esto será mucho mejor; será novedoso y cortés. No han visto dos salones como éstos antes. Estarán encantados de venir mañana por la noche. Será una reunión bastante regular... pequeña pero elegante.” Y esto satisfizo a Elizabeth, y cuando la invitación fue cursada a los dos que estaban presentes y se prometió la presencia de los ausentes, Mary pareció muy satisfecha. Deseaba particularmente conocer a mister Elliot y ser presentada a Lady Dalrymple y a miss Carteret, que habían prometido asistencia formal para esa velada; y para Mary ésta era la más grande satisfacción: Miss Elliot tendría el honor de visitar a Mrs. Musgrove por la mañana y Anne se encaminó con Charles y Mary para ver a Henrietta y a Mrs. Musgrove inmediatamente.
Su idea de visitar a Lady Russell debería postergarse por el momento. Los tres
entraron en la casa de la calle River por un par de minutos, pero Anne se convenció a sí misma de que la demora de un día en la comunicación que debía hacer a Lady Russell no haría gran diferencia, y tenía prisa por llegar a White Hart para ver a los amigos y compañeros del otoño, con una vehemencia que provenía de muchos recuerdos.
Encontraron solas a Mrs. Musgrove y a su hija, y ambas hicieron el más amable recibimiento a Anne. Henrietta estaba en ese estado en el que todos nuestros puntos de vista han mejorado, en el que se forma una nueva felicidad que le hacía interesarse por gentes de las que apenas había gustado antes. Y el cariño verdadero de Mrs. Musgrove lo había obtenido Anne por su utilidad cuando la familia se encontró en desgracia. Había allí una liberalidad, un calor y una sinceridad que Anne apreciaba mucho más por la triste falta de tal bendición en su hogar. Se la comprometió a que pasaría con ellos cuantos momentos libres tuviera, invitándola para todos los días; en una palabra, se le pedía que fuese como de la familia. Y, naturalmente, ella sintió que debía prestar toda su atención y buenos oficios, y así, cuando Charles las dejó solas, escuchó a Mrs. Musgrove contar la historia de Louisa, y a Henrietta contar la suya propia; le dio su opinión sobre varios asuntos y recomendó algunas tiendas. Hubo intervalos en los que debía prestar ayuda a Mary, quien pedía consejo sobre la clase de cinta que debería llevar hasta en cuanto al arreglo de sus cuentas; desde encontrar sus llaves y ordenar sus chucherías hasta tratar de convencerla de que no era antipática para nadie; cosas que Mary, entretenida como estaba siempre que se sentaba en una ventana a vigilar la entrada de la habitación, no imaginaba siquiera.
Era de esperarse una mañana de mucha confusión. Un gran grupo en un hotel
presenta una escena de alboroto y desorden. En un momento llega una nota, en el siguiente un paquete, y no hacía ni media hora que Anne estaba allí cuando el comedor, pese a ser espacioso, estaba casi lleno. Un grupo de viejas amigas se hallaba sentado alrededor de la señora Musgrove, y Charles volvió con los capitanes Harville y Wentworth.

La aparición del segundo fue la sorpresa del momento. Era imposible para Anne no sentir que la presencia de sus antiguos amigos los aproximaría de nuevo. El último encuentro había dejado a la vista los sentimientos de él; ella tenía esa deliciosa convicción; pero temió, al ver su expresión, que la misma desdichada persuasión que le había alejado del salón de conciertos aún lo dominara. Parecía no desear acercarse y conversar con ella.