sábado, 8 de diciembre de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXI

Tras una noche en que había dormido más de lo esperado, Marianne despertó a la mañana siguien­te para encontrarse sabiéndose tan desdichada como cuando había cerrado los ojos.
Elinor la animó cuanto pudo a hablar de lo que sentía; y antes de que estuviera listo el desayuno, habían recorrido el asunto una y otra vez, Elinor sin alterar su tranquila certeza y afectuosos conse­jos, y Marianne manteniendo la exacerbación de sus emociones y cambiando una y otra vez sus opi­niones. 

A ratos creía a Willoughby tan desdichado e inocente como ella; y en otros, se desconsolaba ante la imposibilidad de absolverlo. En un momento le eran absolutamente indiferentes los comentarios del mundo, al siguiente se retiraría de él para siem­pre, y luego iba a resistirlo con toda su fuerza. En una cosa, sin embargo, permanecía constante al tratarse ese punto: en evitar, siempre que fuera posi­ble, la presencia de la señora Jennings, y en su de­cisión de mantenerse en absoluto silencio cuando se viera obligada a soportarla. Su corazón se rehu­saba a creer que la señora Jennings pudiera parti­cipar en su dolor con alguna compasión.

-No, no, no, no puede ser -exclamó--, ella es incapaz de sentir. Su afabilidad no es conmisera­ción; su buen carácter no es ternura. Todo lo que le interesa es chismorrear, y sólo le agrado porque le doy material para hacerlo.

Elinor no necesitaba escuchar esto para saber cuántas injusticias podía cometer su hermana, arras­trada por el irritable refinamiento de su propia mente cuando se trataba de opinar sobre los demás, y la excesiva importancia que atribuía a las delicadezas propias de una gran sensibilidad y al donaire de los modales cultivados. Al igual que medio mundo, si más de medio mundo fuera inteligente y bueno, Marianne, con sus excelentes cualidades y excelen­te disposición, no era ni razonable ni justa. Espera­ba que los demás tuvieran sus mismas opiniones y sentimientos, y calificaba sus motivos por el efecto inmediato que tenían sus acciones en ella. Fue en estas circunstancias que, mientras las hermanas es­taban en su habitación después del desayuno, ocu­rrió algo que rebajó aún más su opinión sobre la calidad de los sentimientos de la señora Jennings; pues, por su propia debilidad, permitió que le oca­sionara un nuevo dolor, aunque la buena señora había estado guiada por la mejor voluntad.

Con una carta en su mano extendida y una ale­gre sonrisa nacida de la convicción de ser porta­dora de consuelo, entró en la habitación diciendo:

-Mire, querida, le traigo algo que estoy segura le hará bien.
Marianne no necesitaba escuchar más. En un momento su imaginación le puso por delante una carta de Willoughby, llena de ternura y arrepentimiento, que explicaba lo ocurrido a toda satisfac­ción y de manera convincente, seguida de inmediato por Willoughby en persona, abalanzán­dose a la habitación para reforzar, a sus pies y con la elocuencia de su mirada, las declaraciones de su carta. La obra de un momento fue destrui­da por el siguiente. Frente a ella estaba la escri­tura de su madre, que hasta entonces nunca había sido mal recibida; y en la agudeza de su desilu­sión tras un éxtasis que había sido de algo más que esperanza, sintió como si, hasta ese instante, nunca hubiera sufrido.
No tenía nombre para la crueldad de la señora Jennings, aunque ciertamente hubiera sabido cómo llamarla en sus momentos de más feliz elocuen­cia; ahora sólo podía reprochársela mediante las lágrimas que le arrasaron-los ojos con apasionada violencia; un reproche, sin embargo, tan por com­pleto desperdiciado en aquella a quien estaba di­rigido, que ésta, tras muchas expresiones de compasión, se retiró sin dejar de encomendarle la carta como gran consuelo. Pero cuando tuvo la tranquilidad suficiente para leerla, fue poco el ali­vio que encontró en ella. Cada línea estaba llena de Willoughby. La señora Dashwood, todavía con­fiada en su compromiso y creyendo con la calidez de siempre en la lealtad del joven, sólo por la in­sistencia de Elinor se había decidido a exigir de Marianne una mayor franqueza hacia ambas, y esto con tal ternura hacia ella, tal afecto por Willough­by y tal certeza sobre la felicidad que cada uno encontraría en el otro, que no pudo dejar de llo­rar desesperadamente hasta terminar de leer.
De nuevo se despertó en Marianne toda su im­paciencia por volver al hogar; nunca su madre le había sido más querida, incluso por el mismo ex­ceso de su errada confianza en Willoughby, y anhelaba desesperadamente haber partido ya. Eli­nor, incapaz de decidir por sí misma qué sería me­jor para Marianne, si estar en Londres o en Barton, no le ofreció otro consuelo que la recomendación de paciencia hasta que conocieran los deseos de su madre; y finalmente logró que su hermana ac­cediera a esperar hasta saberlo.

La señora Jennings salió más temprano que de costumbre, pues no podía quedarse tranquila hasta que los Middleton y los Palmer pudieran lamentarse tanto como ella; y rehusando termi­nantemente el ofrecimiento de Elinor de acom­pañarla, salió sola durante el resto de la mañana. Elinor, con el corazón abatido, consciente del do­lor que iba a causar y dándose cuenta por la carta a Marianne del escaso éxito que había tenido en preparar a su madre, se sentó a escribirle rela­tándole lo ocurrido y a pedirle que las guiara en lo que ahora debían hacer. Marianne, entretanto, que había acudido a la sala al salir la señora Jen­nings, se mantuvo inmóvil junto a la mesa don­de Elinor escribía, observando cómo avanzaba su pluma, lamentando la dureza de su tarea, y la­mentando con más afecto aún el efecto que ten­dría en su madre.
Llevaban en esto cerca de un cuarto de hora cuando Marianne, cuyos nervios no soportaban en ese momento ningún ruido repentino, se sobresal­tó al escuchar un golpe en la puerta.

-¿Quién puede ser? -exclamó Elinor-. ¡Y tan temprano! Pensaba que estábamos a salvo.
Marianne se acercó a la ventana.

-Es el coronel Brandon -dijo, molesta-. Nunca estamos a salvo de él.


-Como la señora Jennings está fuera, no va a entrar.

-Yo no confiaría en eso -retirándose a su ha­bitación-. Un hombre que no sabe qué hacer con su tiempo no tiene conciencia alguna de su intro­misión en el de los demás.

Los hechos confirmaron su suposición, aunque estuviera basada en la injusticia y el error, porque el coronel Brandon sí entró; y Elinor, que estaba convencida de que su preocupación por Marianne lo había llevado hasta allí, y que veía esa preocu­pación en su aire triste y perturbado y en su an­sioso, aunque breve, indagar por ella, no pudo perdonarle a su hermana por juzgarlo tan a la li­gera.
-Me encontré con la señora Jennings en Bond Street -le dijo, tras el primer saludo-, y ella me ani­mó a venir; y no le fue difícil hacerlo, porque pensé que sería probable encontrarla a usted sola, que era lo que quería. Mi propósito... mi deseo, mi úni­co deseo al querer eso... espero, creo que así es... es poder dar consuelo... no, no debo decir con­suelo, no consuelo momentáneo, sino una certe­za, una perdurable certeza para su hermana. Mi consideración por ella, por usted, por su madre, espero me permita probársela mediante el relato de ciertas circunstancias, que nada sino una muy sincera consideración, nada sino el deseo de ser­les útil... creo que lo justifican. Aunque, si he de­bido pasar tantas horas intentando convencerme de que tengo la razón, ¿no habrá motivos para temer estar equivocado? -se interrumpió.

-Lo comprendo -dijo Elinor-. Tiene algo que decirme del señor Willoughby que pondrá aún más a la vista su carácter. Decirlo será el mayor signo de amistad que puede mostrar por Marianne. Cual­quier información dirigida a ese fin merecerá mi inmediata gratitud, y la de ella vendrá con el tiem­po. Por favor, se lo ruego, dígamelo.

-Lo haré; y, para ser breve, cuando dejé Bar­ton el pasado octubre... pero así no lo entenderá. Debo retroceder más aún. Se dará cuenta de que soy un narrador muy torpe, señorita Dashwood; ni siquiera sé dónde comenzar. Creo que será nece­sario contarle muy brevemente sobre mí, y seré muy breve. En un tema como éste -suspiró profunda­mente- estaré poco tentado a alargarme.
Se interrumpió un momento para ordenar sus recuerdos y luego, con otro suspiro, continuó.
-Probablemente habrá olvidado por completo una conversación (no se supone que haya hecho ninguna impresión en usted), una conversación que tuvimos una noche en Barton Park, una noche en que había un baile, en la cual yo mencioné una dama que había conocido hace tiempo y que se pa­recía, en alguna medida, a su hermana Marianne.

-Por cierto -respondió Elinor-, no lo he olvi­dado.

El coronel pareció complacido por este recuer­do, y agregó:
-Si no me engaña la incertidumbre, la arbitra­riedad de un dulce recuerdo, hay un gran pareci­do entre ellas, en mentalidad y en aspecto: la misma intensidad en sus sentimientos, la misma fuerza de imaginación y vehemencia de espíritu. Esta dama era una de mis parientes más cercanas, huérfana desde la infancia y bajo la tutela de mi padre. Teníamos casi la misma edad, y desde nues­tros más tempranos años fuimos compañeros de juegos y amigos. No puedo recordar algún momen­to en que no haya querido a Eliza; y mi afecto por ella, a medida que crecíamos, fue tal que quizá, juzgando por mi actual carácter solitario y mi tan poco alegre seriedad, usted me crea incapaz de haberlo sentido. El de ella hacia mí fue, así lo creo, tan ferviente como el de su hermana al señor Willoughby y, aunque por motivos diferentes, no menos desafortunado. A los diecisiete años la per­dí para siempre. Se casó, en contra de sus deseos, con mi hermano. Era dueña de una gran fortuna, y las propiedades de mi familia bastante importan­tes. Y esto, me temo, es todo lo que se puede de­cir respecto del comportamiento de quien era al mismo tiempo su tío y tutor. Mi hermano no se la merecía; ni siquiera la amaba. Yo había tenido la esperanza de que su afecto por mí la sostendría ante todas las dificultades, y por un tiempo así fue; pero finalmente la desdichada situación en que vi­vía, porque debía soportar las mayores inclemen­cias, fue más fuerte que ella, y aunque me había prometido que nada... ¡pero cuán a ciegas avanzo en mi relato! No le he dicho cómo fue que ocu­rrió esto. Estábamos a pocas horas de huir juntos a Escocia. La falsedad, o la necedad de la donce­lla de mi prima nos traicionó. Fui expulsado a la casa de un pariente muy lejano, y a ella no se le permitió ninguna libertad, ninguna compañía ni di­versión, hasta que convencieron a mi padre de que cediera. Yo había confiado demasiado en la forta­leza de Eliza, y el golpe fue muy severo. Pero si su matrimonio hubiese sido feliz, joven como era yo en ese entonces, en unos pocos meses habría terminado aceptándolo, o al menos no tendría que lamentarlo ahora. Pero no fue ése el caso. Mi her­mano no tenía consideración alguna por ella; sus diversiones no eran las correctas, y desde un comienzo la trató de manera inclemente. La con­secuencia de esto sobre una mente tan joven, tan vivaz, tan falta de experiencia como la de la seño­ra Brandon, no fue sino la esperada. Al comienzo se resignó a la desdicha de su situación; y ésta hu­biera sido feliz si ella no hubiera dedicado su vida a vencer el pesar que le ocasionaba mi recuerdo. Pero, ¿puede extrañarnos que con tal marido, que empujaba a la infidelidad, y sin un amigo que la aconsejara o la frenara (porque mi padre sólo vi­vió algunos meses más después de que se casa­ron, y yo estaba con mi regimiento en las Indias Orientales), ella haya caído? Si yo me hubiera que­dado en Inglaterra, quizá... pero mi intención era procurar la felicidad de ambos alejándome de ella durante algunos años, y con tal propósito había ob­tenido mi traslado. El golpe que su matrimonio sig­nificó para mí -continuó con voz agitada- no fue nada, fue algo trivial, si se lo compara con lo que sentí cuando, más o menos dos años después, supe de su divorcio. Fue esa la causa de esta melanco­lía... incluso ahora, el recuerdo de lo que sufrí...
Sin poder seguir hablando, se levantó precipi­tadamente y se dedicó a dar vueltas durante algu­nos minutos por la habitación. Elinor, afectada por su relato, y aún más por su congoja, tampoco pudo decir palabra. El vio su aflicción y, acercándosele, tomó una de sus manos entre las suyas, la opri­mió y besó con agradecido respeto. Unos pocos minutos más de silencioso esfuerzo le permitieron seguir con una cierta compostura.

-Transcurrieron unos tres años después de este desdichado período, antes de que yo volviera a In­glaterra. Mi primera preocupación, cuando llegué, por supuesto fue buscarla. Pero la búsqueda fue tan infructuosa como triste. No pude rastrear sus pasos más allá del primero que la sedujo, y todo hacía temer que se había alejado de él sólo para hundirse más profundamente en una vida de pe­cado. Su asignación legal no se correspondía con su fortuna ni era suficiente para subsistir con al­gún bienestar, y supe por mi hermano que algu­nos meses atrás le había dado poder a otra persona para recibirla. El se imaginaba, y tranquilamente podía imaginárselo, que el derroche, y la conse­cuente angustia, la habían obligado a disponer de su dinero para solucionar algún problema urgen­te. Finalmente, sin embargo, y cuando habían trans­currido seis meses desde mi llegada a Inglaterra, pude encontrarla. El interés por un antiguo criado que, después de haber dejado mi servicio, había caído en desgracia, me indujo a visitarlo en un lu­gar de detención donde lo habían recluido por deu­das; y allí, en el mismo lugar, en igual reclusión, se encontraba mi infortunada hermana. ¡Tan cam­biada, tan deslucida, desgastada por todo tipo de sufrimientos! A duras penas podía creer que la triste y enferma figura que tenía frente a mí fuera lo que quedaba de la adorable, floreciente, saludable-mu­chacha de quien alguna vez había estado prenda­do. Cuánto dolor hube de soportar al verla así... pero no tengo derecho a herir sus sentimientos al intentar describirlo. Ya la he hecho sufrir demasia­do. Que, según todas las apariencias, estaba en las últimas etapas de la tuberculosis, fue... sí, en tal situación fue mi mayor consuelo. Nada podía ha­cer ya la vida por ella, más allá de darle tiempo para mejor prepararse a morir; y eso se le conce­dió. Vi que tuviera un alojamiento confortable y con la atención necesaria; la visité a diario durante el resto de su corta vida: estuve a su lado en sus úl­timos momentos.
Nuevamente se detuvo, intentando recobrarse; y Elinor dio salida a sus sentimientos a través de una tierna exclamación de desconsuelo por el des­tino de su infortunado amigo.

-Espero que su hermana no se ofenderá -dijo­- por la semejanza que he imaginado entre ella y mi pobre infortunada pariente. El destino, y la fortuna que les tocó en suerte, no pueden ser iguales; y si la dulce disposición natural de una hubiera sido vi­gilada por alguien más firme, o hubiera tenido un matrimonio más feliz, habría llegado a ser todo lo que usted alcanzará a ver que la otra será. Pero, ¿a qué nos lleva todo esto? Creo haberla angustiado por nada. ¡Ah, señorita Dashwood! Un tema como éste, silenciado durante catorce años... ¡es peligroso in­cluso tocarlo! Tengo que concentrarme... ser más conciso. Eti7a dejó a mi cuidado a su única hija, una niñita por ese entonces de tres años de edad, el fruto de su primera relación culpable. Ella amaba a esa niña, y siempre la había mantenido a su lado. Fue su tesoro más valioso y preciado el que me enco­mendó, y gustoso me habría hecho cargo de ella en el más estricto sentido, cuidando yo mismo de su educación, si nuestras situaciones lo hubieran permitido; pero yo no tenía familia ni hogar; y así mi pequeña Eliza fue enviada a un colegio. La iba a ver allí cada vez que podía, y tras la muerte de mi hermano (que ocurrió alrededor de cinco años atrás, dejándome en posesión de los bienes de la familia), ella me visitaba con bastante frecuencia en Delaford. Yo la llamaba una pariente lejana, pero estoy muy consciente de que en general se ha su­puesto que la relación es mucho más cercana. Hace ya tres años (acababa de cumplir los catorce) que la saqué del colegio y la puse al cuidado de una mujer muy respetable, residente en Dorsetshire, que tenía a su cargo cuatro o cinco otras niñas de aproximadamente la misma edad; y durante dos años, todo me hacía sentirme muy satisfecho con su situación. Pero en febrero pasado, hace casi un año, de improviso desapareció. Yo la había autori­zado (imprudentemente, como después se ha vis­to), obedeciendo a sus ardientes deseos, para que fuera a Bath con una de sus amiguitas, cuyo padre se encontraba allí por motivos de salud. Yo cono­cía su reputación como un muy buen hombre, y te­nía buena opinión de su hija... mejor de la que se merecía, pues ella, obstinándose en el más desati­nado sigilo, se negó a decir nada, a dar ninguna pis­ta, aunque obviamente estaba al tanto de todo. Creo que él, su padre, un hombre bien intencionado pero no muy perspicaz, era realmente incapaz de dar in­formación alguna, pues había estado casi siempre recluido en la casa, mientras las niñas correteaban por la ciudad estableciendo relaciones con quienes se les daba la gana; y él intentó convencerme, tan­to como lo estaba él, de que su hija nada tenía que ver en el asunto. En pocas palabras, no pude averi­guar nada sino que se había ido; durante ocho lar­gos meses, todo lo demás quedó sujeto a meras conjeturas. Es de imaginar lo que pensé, lo que te­mía, y también lo que sufrí.

-¡Santo Dios! -exclamó Elinor-. ¡Será posible! ¡Podría ser que Willoughby...!

-Las primeras noticias que tuve de ella -conti­nuó el coronel- me llegaron en una carta que ella misma me envió en octubre pasado. Me la remi­tieron desde Delaford y la recibí esa misma maña­na en que pensábamos ir de excursión a Whitwell; y ésa fue la razón de mi tan repentina partida de Barton, que con toda seguridad en ese momento debe haber extrañado a todos y que, según creo, ofendió a algunos. Poco podía imaginar el señor Willoughby, me parece, cuando con su mirada me reprochó la falta de cortesía en que yo habría in­currido al arruinar el paseo, que me solicitaban para prestar ayuda a alguien a quien él había llevado miseria e infelicidad; pero si lo hubiera sabido, ¿de qué habría servido? ¿Habría estado menos alegre o sido menos feliz con las sonrisas de su hermana? No, ya había hecho aquello que ningún hombre capaz de alguna compasión haría. ¡Había abando­nado a la niña cuya juventud e inocencia había se­ducido, dejándola en una situación de máxima aflicción, sin un hogar respetable, sin ayuda, sin amigos, sin saber dónde encontrarlo! La había aban­donado, con la promesa de volver; ni escribió, ni volvió, ni la auxilió.

-¡Qué inconcebible! -exclamó Elinor.

-Ahora puede ver cómo es su carácter: derro­chador, licencioso, y peor aún que eso. Sabiéndo­lo, como yo lo he sabido desde hace ya muchas semanas, imagínese lo que debo haber sentido al ver a su hermana tan afecta a él como siempre, y cuando se me aseguró que iba a casarse con él; imagínese lo que habré sentido pensando en to­das ustedes. Cuando vine a verla la semana pasa­da y la encontré sola, estaba decidido a saber la verdad, aunque aún indeciso en cuanto a qué ha­cer cuando la supiera. Mi comportamiento debe haberle extrañado, pero ahora lo entenderá. Tener que verlas a todas ustedes engañadas en esa for­ma; ver a su hermana... pero, ¿qué podía hacer? No tenía esperanza alguna de intervenir con éxito; y en ocasiones pensaba que su hermana aún po­día mantener suficiente influencia sobre él para re­cuperarlo. Pero tras un trato tan ignominioso, ¿quién sabe cuáles serían sus intenciones hacia ella? Cua­lesquiera hayan sido, sin embargo, puede que ahora ella se sienta agradecida de su situación, y sin duda más adelante lo estará, cuando la compare con la de mi pobre Eliza, cuando piense en la situación miserable y desesperada de esta pobre niña y se la imagine con un afecto tan fuerte por él, tan fuerte como el que ella misma le tiene, y con un espíritu atormentado por las autorrecriminaciones, que la acompañarán durante toda su vida. Con toda se­guridad esta comparación le servirá de algo. Senti­rá que sus propios sufrimientos no son nada. No provienen de una mala conducta y no pueden traer­le desgracia. Al contrario, deberán hacer que en cada uno de sus amigos aumente la amistad hacia ella. La preocupación por su desdicha y el respeto por la entereza que subyace a ella deberán refor­zar todos los afectos. Utilice, sin embargo, su pro­pia discreción para comunicarle lo que le he contado. Usted debe saber mejor qué efecto ten­drá; y si no hubiera creído muy seriamente y des­de el fondo de mi corazón que pudiera serle de alguna utilidad, que pudiera aliviar sus padecimien­tos, no me habría permitido perturbarla con este relato de las aflicciones que ha debido sufrir mi fa­milia, una narración con la cual podría sospechar­se que intento enaltecerme a costa de los demás.

Elinor acogió estas palabras con profundo agra­decimiento, asistida también por la certeza de que el conocimiento de lo ocurrido sería de importan­te provecho para Marianne.

-Para mí han sido más dolorosos -dijo- los es­fuerzos de Marianne por liberarlo de toda culpa que ninguna otra cosa, porque eso la altera más de lo que puede hacer una cabal convicción de su in­dignidad. Aunque al principio sufra mucho, estoy segura de que muy pronto encontrará alivio. Usted -continuó-, ¿ha visto al señor Willoughby des­de que lo dejó en Barton?

-Sí -replicó él gravemente-, una vez. Era inevitable encontrarme con él una vez.

Elinor, sobresaltada por su tono, lo miró inquie­ta, diciendo:
-¡Cómo! ¿Se encontró con él para...?

-No podía ser de otra manera. Eliza me había confesado, aunque muy a desgana, el nombre de su amante; y cuando él volvió a la ciudad, quince días después de mí, nos citamos para encontrar­nos, él para defender su conducta, yo para casti­garla. Retornamos indemnes, y así el encuentro nunca se hizo público.
Elinor suspiró ante lo fantasioso e innecesario de todo ello, pero tratándose de un hombre y un soldado, pretendió no desaprobarlo.
-Esa es -dijo el coronel Brandon tras una pau­sa- la desdichada semejanza entre el destino de la madre y el de la hija, ¡y de qué manera he fallado yo en aquello que se me había encomendado!
-¿Todavía está ella en la ciudad?
-No; tan pronto se recuperó del parto, puesto que la encontré próxima a dar a luz, la llevé a ella y a su hijo al campo, y allí permanece hasta hoy.
Al poco rato, pensando que estaba impidien­do a Elinor acompañar a su hermana, el coronel dio término a su visita, tras volver a recibir de ella el más sentido agradecimiento y dejarla llena de piedad y afecto por él.


martes, 13 de noviembre de 2012

¿CUANTO DURA EL VERDADERO AMOR?

EL VERDADERO AMOR... NO TIENE FIN.
No todo es romance, no todo es pasion, no todo es deseo, es simplemente el anhelo, la necesidad de permanecer siempre a tu lado, es poder dar gracias a Dios cada día, por haber puesto tu maravillosa persona en mi camino...

A: ¿PARA TI, QUE ES QUERERME?

L:
quererte mucho es mi hobby , es mi deporte favorito
es mi propósito, es mi responsabilidad
es mi ministerio, es mi consuelo,
 es mi alegría, es mi felicidad,
es mi secreto, es mi confidencia,
es mi grito, es mi indiscreción,
es como diría Garcìa Márquez,
es mi vicio, es mi destino,
es esa forma tan tierna de explicar el porque me gustas
el porque me interesas...
quererte mucho es divertido,
quererte mucho es apasionante,
quererte mucho es genial,
quererte mucho es mi himno a la alegría,
quererte mucho es ceder,
es negarme a mi,
quererte mucho es pensar en ti,
quererte mucho es transformar las cenizas en fuego,
quererte mucho es contemplar el destino en mi vida..........
tu me quieres? 

significo algo ya en ti?

A:
YA TE AMO Y SIGNIFICAS TODO PARA MI!

(Luis Aguilar G. Agosto de 2009)


martes, 6 de noviembre de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXX

Amig@s, me apena mucho la demora, pero en realidad, ando cortisima de tiempo, han pasado tantísimas cosas en mi vida, que les iré contando mas adelante.
Ademas, de que para pena mía, una vez mas publicare sin imágenes. I sorry!

Que tengan una linda lectura...

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXX

A su regreso, la señora Jennings se dirigió directa­mente a la habitación de Elinor y Marianne y, sin esperar que respondieran a su llamado, abrió la puerta y entró con aire de verdadera preocupación.
-¿Cómo está, querida? -le preguntó en tono compasivo a Marianne, que desvió el rostro sin ha­cer ningún intento por responder.

-¿Cómo está, señorita Dashwood? ¡Pobrecita! Tiene muy mal aspecto. No es de extrañar. Sí, des­graciadamente es verdad. Se va a casar pronto... ¡es un badulaque! No lo soporto. La señora Taylor me lo contó hace media hora, y a ella se lo contó una amiga íntima de ' la señorita Grey misma, de otra forma no lo habría podido creer; quedé abis­mada al saberlo. Bien, dije, todo lo que puedo de­cir es que, si es verdad, se ha portado de manera abominable con una joven a quien conozco, y de­seo con todo el corazón que su esposa le atormente la vida. Y seguiré diciéndolo para siempre, queri­da, puede estar segura. No se me ocurre adónde irán a parar los hombres por este camino; y si al­guna vez me lo vuelvo a encontrar, le daré tal re­primenda como no habrá tenido muchas en su vida. Pero queda un consuelo, mi querida señorita Ma­rianne: no es el único joven del mundo que valga la pena; y con su linda cara a usted nunca le falta­rán admiradores. ¡Ya, pobrecita! Ya no la molesta­ré más, porque lo mejor sería que llorara sus penas de una vez por todas y acabara con eso. Por suer­te, sabe usted, esta noche van a venir los Parry y los Sanderson, y eso la divertirá.

Salió entonces de la habitación caminando de puntillas, como si creyera que la aflicción de su jo­ven amiga pudiera aumentar con el ruido.
Para sorpresa de su hermana, Marianne decidió cenar con ellas. Elinor incluso se lo desaconsejó. Pero, “no, iba a bajar; lo soportaría perfectamente, y el barullo en tomo a ella sería menor”. Elinor, contenta de que por el momento fuera ése el mo­tivo que la guiaba y aunque no la creía capaz de sentarse a cenar, no dijo nada más; así, acomodán­dole el vestido lo mejor que pudo mientras Ma­rianne seguía echada sobre la cama, estuvo lista para acompañarla al comedor apenas las llamaron.
Una vez allí, aunque con aire muy desdicha­do, comió más y con mayor tranquilidad de la que su hermana había esperado. Si hubiera intentado hablar o se hubiera dado cuenta de la mitad de las bien intencionadas pero desatinadas atenciones que le dirigía la señora Jennings, no habría podi­do mantener esa calma; pero sus labios no deja­ron escapar ni una sílaba y su ensimismamiento la mantuvo en la mayor ignorancia de cuanto ocu­rría frente a ella.

Elinor, que valoraba la bondad de la señora Jen­nings aunque la efusión con que la expresaba a menudo era irritante y en ocasiones casi ridícula, le manifestó la gratitud y le correspondió las mues­tras de cortesía que su hermana era incapaz de ex­presar o realizar por sí misma. Su buena amiga veía que Marianne era desdichada, y sentía que se le debía todo aquello que pudiera disminuir su pena. La trató, entonces, con toda la cariñosa indulgen­cia de una madre hacia su hijo favorito en su últi­mo día de vacaciones. A Marianne debía darse el mejor lugar junto a la chimenea, había que tentar­la con todos los mejores manjares de la casa y en­tretenerla con el relato de todas las noticias del día. Si Elinor no hubiera visto en el triste semblante de su hermana un freno a todo regocijo, habría dis­frutado de los esfuerzos de la señora Jennings por curar un desengaño de amor mediante toda una variedad de confituras y aceitunas y un buen fue­go de chimenea. Sin embargo, apenas la concien­cia de todo esto se abrió paso en Marianne por repetirse una y otra vez, no pudo seguir ahí. Con una viva exclamación de dolor y una señal a su hermana para que no la siguiera, se levantó y sa­lió a toda prisa de la habitación.

¡Pobre criatura! -exclamó la señora Jennings tan pronto hubo salido-. ¡Cómo me apena verla! ¡Y miren ustedes, si no se ha ido sin terminar su vino! ¡Y también ha dejado las cerezas confitadas! ¡Dios mío! Nada parece servirle. Créanme que si supiera de algo que le apeteciera, mandaría reco­rrer toda la ciudad hasta encontrarlo. ¡Vaya, es la cosa más increíble que un hombre haya tratado tan mal a una chica tan linda! Pero cuando la plata abunda por un lado y escasea totalmente por el otro, ¡que Dios me ampare!, ya no les importan ta­les cosas.

-Entonces, la dama en cuestión, la señorita Grey creo que la llamó usted, ¿es muy rica?

-Cincuenta mil libras, querida mía. ¿La ha vis­to alguna vez? Una chica elegante, muy a la moda, según dicen, pero nada de guapa. Recuerdo muy bien a su tía, Biddy Henshawe; se casó con un hombre muy rico. Pero todos en la familia son ri­cos. ¡Cincuenta mil libras! Y desde todo punto de vista van a llegar muy a tiempo, porque dicen que él está en la ruina. ¡Era que no, siempre luciéndo­se por ahí con su calesín y sus caballos y perros de caza! Vaya, sin ánimo de enjuiciar, pero cuan­do un joven, sea quien sea, viene y enamora a una linda chica y le promete matrimonio, no tiene de­recho a desdecirse de su palabra sólo por haberse empobrecido y que una muchacha rica esté dis­puesta a aceptarlo. ¿Por qué, en ese caso, no ven­de sus caballos, alquila su casa, despide a sus criados, y no da un real vuelco a su vida? Les ase­guro que la señorita Marianne habría estado dis­puesta a esperar hasta que las cosas se hubieran arreglado. Pero no es así como se hacen las cosas hoy en día; los jóvenes de hoy jamás van a renun­ciar a ningún placer.
-¿Sabe usted qué clase de muchacha es la se­ñorita Grey? ¿Tiene reputación de ser amable?

-Nunca he escuchado nada malo de ella; de hecho, casi nunca la he oído mencionar; excepto que la señora Taylor sí dijo esta mañana que un día la señorita Walker le insinuó que creía que el señor y la señora Ellison no lamentarían ver casa­da a la señorita Grey, porque ella y la señora Elli­son nunca se habían avenido.

-¿Y quiénes son los Ellison?

-Sus tutores, querida. Pero ya es mayor de edad y puede escoger por sí misma; ¡y una linda elec­ción ha hecho! Y ahora -tras una breve pausa-, su pobre hermana se ha ido a su habitación, su­pongo, a lamentarse a solas. ¿No hay nada que se pueda hacer para consolarla? Pobrecita, parece tan cruel dejarla sola. Pero bueno, poco a poco trae­remos nuevos amigos, y eso la divertirá un poco. ¿A qué podemos jugar? Sé que ella detesta el whist; pero, ¿no hay ningún juego que se haga en ronda que sea de su agrado?

-Mi querida señora, tanta gentileza es comple­tamente innecesaria. Estoy segura de que Marian­ne no saldrá de su habitación esta noche. Intentaré convencerla, si es que puedo, de que se vaya a la cama temprano, porque estoy segura de que ne­cesita descansar.

-Claro, eso será lo mejor para ella. Que diga lo que quiere comer, y se acueste. ¡Dios! No es de extrañar que haya andado con tan mala cara y tan abatida la semana pasada y la anterior, porque ima­gino que esta cosa ha estado encima de ella todo ese tiempo. ¡Y la carta que le llegó hoy fue la últi­ma gota! ¡Pobre criatura! Si lo hubiera sabido, por supuesto que no le habría hecho bromas al res­pecto ni por todo el oro del mundo. Pero enton­ces, usted sabe, ¿cómo podría haberlo adivinado? Estaba segura de que no era sino una carta de amor común y corriente, y usted sabe que a los jóvenes les gusta que uno se ría un poco de ellos con esas cosas. ¡Dios! ¡Cómo estarán de preocupados sir John y mis hijas cuando lo sepan! Si hubiera estado en mis cabales, podría haber pasado por Conduit Street en mi camino a casa y habérselo contado. Pero los veré mañana.

-Estoy segura de que no será necesario preve­nir a la señora Palmer y a sir John para que no nombren al señor Willoughby ni hagan la menor alusión a lo que ha ocurrido frente a mi hermana. Su propia bondad natural les indicará cuán cruel es mostrar en su presencia que se sabe algo al res­pecto; y mientras menos se me hable a mí sobre el tema, más sufrimientos me ahorrarán, como bien podrá saberlo usted, mi querida señora.

-¡Ay, Dios! Sí, por supuesto. Debe ser terrible para usted escuchar los comentarios; y respecto de su hermana, le aseguro que por nada del mundo le mencionaré ni una palabra sobre el tema. Ya vio usted que no lo hice durante la cena. Y tampoco lo harán ni sir John ni mis hijas, porque son muy conscientes y considerados, en especial si se lo su­giero, como por cierto lo haré. Por mi parte, pien­so que mientras menos se diga acerca de estas cosas mejor es y más rápido desaparecen y se ol­vidan. Y cuándo se ha sacado algo de bueno con hablar, ¿no?

-En el caso actual, sólo puede hacer daño... más quizá que en muchos otros similares, porque éste ha ido acompañado de algunas circunstancias que, por el bien de todos los interesados, hacen inconveniente que se transforme en materia de co­mentario público. Tengo que reconocerle esto al señor Willoughby: no ha roto ningún compromiso efectivo con mi hermana.

-¡Por Dios, querida! No intente defenderlo. ¡Qué me habla de ningún compromiso efectivo después de hacerla recorrer toda la casa de Allenham y mos­trarle las habitaciones mismas en que iban a vivir de ahí en adelante!
Pensando en su hermana, Elinor no quiso se­guir con el tema, y también por Willoughby espe­raba que no le pidieran hacerlo, pues aunque Marianne podía perder mucho, era poco lo que él podía ganar si se hacía valer la verdad. Tras un cor­to silencio por ambas partes, la señora Jennings, con todo su característico buen humor, se embar­có de nuevo en el tema.

-Bueno, querida, como dicen, nadie sabe para quién trabaja, porque el que saldrá ganando con todo esto es el coronel Brandon. Al final la ten­drá; sí, claro, la tendrá. Escuche lo que le digo, si no van a estar casados ya para el verano. ¡Dios! ¡Cómo va a gozar el coronel con estas noticias! Espero que venga esta noche. Apostaría todo a uno a que será una unión mucho mejor para su hermana. Dos mil al año sin deudas ni cargas... excepto, claro está, la jovencita, su hija natural; claro, se me olvidaba ella, pero sin mayores gas­tos la pueden poner de aprendiza en alguna par­te, y entonces ya no tendrá ninguna importancia. Delaford es un sitio muy agradable, se lo asegu­ro; exactamente lo que llamo un agradable sitio a la antigua, lleno de comodidades y convenien­cias; rodeado de un enorme huerto con los me­jores frutales de toda la región, ¡y qué morera en una esquina! ¡Dios! ¡Cómo nos hartamos con Char­lotte la única vez que fuimos! Además hay un pa­lomar, unos excelentes estanques con peces para la mesa y una preciosa canaleta; en resumen, todo lo que uno podría desear; y, más aún, está cerca de la iglesia y a sólo un cuarto de milla de un camino de portazgo, así que nunca es aburrido, pues basta ir a sentarse en una vieja glorieta bajo un tejo detrás de la casa y se puede ver pasar los carruajes. ¡Ah, es un hermoso lugar! Un carnicero cerca en el pueblo y la casa del párroco a tiro de piedra. Para mi gusto, mil veces más lindo que Barton Park, donde tienen que recorrer tres mi­llas para ir por la carne y no hay ningún vecino más cerca que la madre de ustedes. Bueno, le daré ánimos al coronel apenas pueda. Ya sabe usted, un clavo saca otro clavo. ¡Si pudiéramos sacarle a Willoughby de la mente!

-Ay, si pudiéramos hacer al menos eso, señora -dijo Elinor-, nos arreglaríamos de lo más bien con o sin el coronel Brandon.

Levantándose, entonces, fue a reunirse con Marianne, a quien encontró, tal como se lo había esperado, en su habitación, inclinada en silencio­sa desesperación sobre los restos de lumbre en la chimenea, que hasta la entrada de Elinor habían sido su única luz.

-Mejor me dejas sola -fue toda la señal de aten­ción que dio a su hermana.

-Lo haré -dijo Elinor-, si te vas a la cama.

A esto, sin embargo, con la momentánea por­fía de un ardoroso padecimiento, se negó en un principio. Pero los insistentes, aunque gentiles, ar­gumentos de su hermana pronto la condujeron sua­vemente a la docilidad; y antes de dejarla, Elinor la vio recostar su adolorida cabeza sobre la almo­hada y, tal como esperaba, en camino a un cierto sosiego.

En la, sala, adonde entonces se dirigió, pronto se le reunió la señora Jennings con un vaso de vino, lleno de algo, en la mano.

-Querida -le dijo al entrar-, acabo de recordar que acá en la casa tengo un poco del mejor vino añejo de Constantia que haya probado, así que le traje un vaso para su hermana. ¡Mi pobre esposo! ¡Cómo le gustaba! Cada vez que le daba uno de sus ataques de gota hepática, decía que nada en el mundo le hacía mejor. Por favor, lléveselo a su hermana.

-Mi querida señora -replicó Elinor, sonriendo ante la diferencia de los males para los que lo re­comendaba-, ¡qué buena es usted! Pero acabo de dejar a Marianne acostada y, espero, casi dormida; y como creo que nada le servirá más que el des­canso, si me lo permite, yo me beberé el vino.

La señora Jennings, aunque lamentando no ha­ber llegado cinco minutos antes, quedó satisfecha con el arreglo; y Elinor, mientras se lo tomaba, pensaba que aunque su efecto en la gota hepáti­ca no tenía ninguna importancia en el momento, sus poderes curativos sobre un corazón desenga­ñado bien podían probarse en ella tanto como en su hermana.

El coronel Brandon llegó cuando se encontra­ban tomando el té, y por su manera de mirar a su alrededor para ver si estaba Marianne, Elinor se imaginó de inmediato que ni esperaba ni deseaba verla ahí y, en suma, de que ya sabía la causa de su ausencia. A la señora Jennings no se le ocurrió lo mismo, pues poco después de la llegada del co­ronel cruzó la habitación hasta la mesa de té que presidía Elinor y le susurró:

-Vea usted, el coronel está tan serio como siem­pre. No sabe nada de lo ocurrido; vamos, cuénte­selo, querida.
Al rato él acercó una silla a la mesa de Elinor, y con un aire que la hizo sentirse segura de que estaba plenamente al tanto, le preguntó sobre su hermana.

-Marianne no se encuentra bien -dijo ella-. Ha estado indispuesta durante todo el día y la hemos convencido de que se vaya a la cama.

-Entonces, quizá -respondió vacilante-, lo que escuché esta mañana puede ser verdad... puede ser más cierto de lo que creí posible en un comienzo.

-¿Qué fue lo que escuchó?

-Que un caballero, respecto del cual tenía mo­tivos para pensar... en suma, que un hombre a quien se sabía comprometido... pero, ¿cómo se lo puedo decir? Si ya lo sabe, como es lo más segu­ro, puede ahorrarme el tener que hacerlo.

-Usted se refiere -respondió Elinor con forza­da tranquilidad- al matrimonio del señor Willough­by con la señorita Grey. Sí, sí sabemos todo al respecto. Este parece haber sido un día de escla­recimiento general, porque hoy mismo en la ma­ñana recién lo descubrimos. ¡El señor Willoughby es incomprensible! ¿Dónde lo escuchó usted?

-En una tienda de artículos de escritorio en Pall Mall, adonde tuve que ir en la mañana. Dos seño­ras estaban esperando su coche y una le estaba contando a la otra de esta futura boda, en una voz tan poco discreta que me fue imposible no es­cuchar todo. El nombre de Willoughby, John Willoughby, repetido una y otra vez, atrajo prime­ro mi atención, y a ello siguió la inequívoca de­claración de que todo estaba ya decidido en relación con su matrimonio con la señorita Grey; ya no era un secreto, la boda tendría lugar dentro de pocas semanas, y muchos otros detalles sobre los preparativos y otros asuntos. En especial recuer­do una cosa, porque me permitió identificar al hombre con mayor precisión: tan pronto termina­ra la ceremonia partirían a Combe Magna, su pro­piedad en Somersetshire. ¡No se imagina mi asombro! Pero me seria imposible describir lo que sentí. La tan comunicativa dama, se me informó al preguntarlo, porque permanecí en la tienda hasta que se hubieron ido, era una tal señora Ellison; y ése, según me han dicho, es el nombre del tutor de la señorita Grey.

-Sí lo es. Pero, ¿escuchó también que la seño­rita Grey tiene cincuenta mil libras? Eso puede ex­plicarlo, si es que algo puede.

-Podría ser así; pero Willoughby es capaz... al menos eso creo -se interrumpió durante un ins­tante, y luego agregó en una voz que parecía des­confiar de sí misma-; y su hermana, ¿cómo lo ha...?

-Su sufrimiento ha sido enorme. Tan sólo me queda esperar que sea proporcionalmente breve. Ha sido, es la más cruel aflicción. Hasta ayer, creo, ella nunca dudó del afecto de Willoughby; e in­cluso ahora, quizá... pero, por mi parte, tengo casi la certeza de que él nunca estuvo realmente inte­resado en ella. ¡Ha sido tan falso! Y, en algunas co­sas, parece haber una cierta crueldad en él.

-¡Ah! -dijo el coronel Brandon-, por cierto que la hay. Pero su hermana no... me parece habérse­lo oído a usted... no piensa lo mismo que usted, ¿no?
-Usted sabe cómo es ella, y se imaginará de qué manera lo justificaría si pudiera.

El no respondió; y poco después, como se re­tirara el servicio de té y se formaran los grupos para jugar a las cartas, debieron dejar de lado el tema. La señora Jennings, que los había observado con­versar con gran placer y que esperaba ver cómo las palabras de la señorita Dashwood producían en el coronel Brandon un instantánea júbilo, semejante al que correspondería a un hombre en la flor de la juventud, de la esperanza y de la felicidad, lle­na de asombro lo vio permanecer toda la tarde más pensativo y más serio que nunca.

miércoles, 29 de agosto de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXIX

Al día siguiente, antes de que la doncella hubiera encendido la chimenea o que el sol lograra algún predominio sobre una gris y fría mañana de ene­ro, Marianne, a medio vestir, se encontraba hinca­da frente al banquillo junto a una de las ventanas, intentando aprovechar la poca luz que podía ro­barle y escribiendo tan rápido como podía permi­tírselo un continuo flujo de lágrimas. Fue en esa posición que Elinor la vio al despertar, arrancada de su sueño por la agitación y sollozos de su her­mana; y tras contemplarla durante algunos instan­tes con silenciosa ansiedad, le dijo con un tono de la mayor consideración y dulzura:
-Marianne, ¿puedo preguntarte...?
-No, Elinor -le respondió-, río no preguntes nada; pronto sabrás todo.
La especie de desesperada calma con que dijo esto no duró más que sus palabras, y de inmedia­to fue reemplazada por una vuelta a la misma enor­me aflicción. Transcurrieron algunos minutos antes de que pudiera retomar su carta, y los frecuentes arrebatos de dolor que, a intervalos, todavía la obli­gaban a paralizar su pluma, eran prueba suficiente de su sensación de que, casi con toda certeza, ésa era la última vez que escribía a Willoughby.
Elinor le prestó todas las atenciones que pudo, silenciosamente y sin estorbarla; y habría intentado consolarla y tranquilizarla más aún si Marianne no le hubiera implorado, con la vehemencia de la más nerviosa irritabilidad, que por nada del mundo le hablara.
En tales condiciones, era mejor para am­bas no permanecer mucho juntas; y la inquietud que embargaba el ánimo de Marianne no sólo le impi­dió quedarse en la habitación ni un instante tras ha­berse vestido, sino que, requiriendo al mismo tiempo de soledad y de un continuo cambio de lugar, la hizo deambular por la casa hasta la hora del desa­yuno, evitando encontrarse con nadie.
En el desayuno, no comió nada ni intentó ha­cerlo; y Elinor dirigió entonces toda su atención no a apremiarla, no a compadecerla ni a parecer ob­servarla con preocupación, sino a esforzarse en atraer todo el interés de la señora Jennings hacia ella.
Esta era la comida favorita de la señora Jen­nings, por lo que duraba un tiempo considerable; y tras haberla finalizado, apenas comenzaban a ins­talarse en tomo a la mesa de costura donde todas trabajaban, cuando un criado trajo una carta para Marianne, que ella le arrebató ansiosamente para salir corriendo de la habitación, el rostro con una palidez de muerte. Viendo esto, Elinor, que supo con la misma claridad que si hubiera visto las se­ñas que debían provenir de Willoughby, sintió de inmediato tal compunción que a duras penas pudo mantener en alto la cabeza, y se quedó sentada temblando de tal forma que la hizo temer que la señora Jennings necesariamente habría de adver­tirlo. La buena señora, sin embargo, lo único que vio fue que Marianne había recibido una carta de Willoughby, lo que le pareció muy divertido y, re­accionando en consecuencia, rió y manifestó su esperanza de que la encontrara a su entero gusto. En cuanto a la congoja de Elinor, la señora Jen­nings estaba demasiado ocupada midiendo estam­bre para su tapiz y no se dio cuenta de nada; y continuando con toda calma lo que estaba dicien­do, no bien Marianne había desaparecido, agregó:
-A fe mía, ¡nunca había visto a una joven tan desesperadamente enamorada! Mis niñas no se le comparan, y eso que solían ser bastante necias; pero la señorita Marianne parece una criatura to­talmente perturbada. Espero, con todo el corazón, que él no la haga esperar mucho, porque es lasti­moso verla tan enferma y desolada. Cuénteme, ¿cuándo se casan?
Elinor, aunque nunca se había sentido menos dispuesta a hablar que en ese momento, se obligó a responder a una ofensiva como ésta, y así, in­tentando sonreír, replicó:
-¿En verdad, señora, se ha convencido usted misma de que mi hermana está comprometida con el señor Willoughby? Creía que había sido sólo una broma, pero una cosa tan seria parece implicar algo más: por tanto, le suplico que no siga engañándo­se. Le puedo asegurar que nada me sorprendería más que escuchar que se iban a casar.
-¡Qué vergüenza, señorita Dashwood, qué ver­güenza! ¡Cómo puede decir eso! ¿Es que no sabe­mos que su unión es segura... que estaban locamente enamorados desde la primera vez que se vieron?
Dominic Cooper
¿Acaso no los vi juntos en Devonshire todos los días, y a todo lo largo del día? ¿Y piensa que no sabía que su hermana vino a la ciudad con­migo con el propósito de comprar su ajuar de boda? Vamos, vamos; así no va a conseguir nada. Cree que porque usted disimula tan bien, nadie más se da cuenta de nada; pero no hay tal, créame, por­que desde hace tiempo lo sabe todo el mundo en la ciudad. Yo se lo cuento a todo el mundo, y lo mismo hace Charlotte.
-De verdad, señora -le dijo Elinor con gran se­riedad-, está equivocada. Realmente está hacien­do algo muy poco bondadoso al esparcir esa noticia, y llegará a darse cuenta de ello, aunque ahora no me crea.
La señora Jennings volvió a reírse y Elinor no tuvo ánimo de decir más, pero ansiosa de todos modos por saber lo que había escrito Willoughby, se apresuró a ir a su habitación donde, al abrir la puerta, encontró a Marianne tirada en la cama, casi ahogada de pena, con una carta en la mano y dos o tres más esparcidas a su alrededor. Elinor se acer­có, pero sin decir palabra; y sentándose en la cama, le tomó una mano, la besó afectuosamente varias veces y luego estalló en sollozos en un comienzo apenas menos violentos que los de Marianne. Esta última, aunque incapaz de hablar, pareció sentir toda la ternura de estos gestos, y tras algunos mo­mentos de estar así unidas en la aflicción, puso to­das las cartas en las manos de Elinor; y luego, cubriéndose el rostro con un pañuelo, casi llegó a gritar de agonía. Elinor, aunque sabía que tal aflic­ción, por terrible que fuera de contemplar, debía seguir su curso, se mantuvo atenta a su lado hasta que estos excesos de dolor de alguna manera se habían agotado; y luego, tomando ansiosamente la carta de Willoughby, leyó lo siguiente:

Bond Street, enero
Mi querida señora,
Acabo de tener el honor de recibir su carta, por la cual le ruego aceptar mis más sinceros agra­decimientos. Me preocupa enormemente saber que algo en mi comportamiento de anoche no contara con su aprobación; y aunque me sien­to incapaz de descubrir en qué pude ser tan desafortunado como para ofenderla, le suplico me perdone lo que puedo asegurarle fue ente­ramente involuntario. Nunca recordaré mi re­lación con su familia en Devonshire sin el placer y reconocimiento más profundos, y qui­siera pensar que no la romperá ningún error o mala interpretación de mis acciones. Estimo muy sinceramente a toda su familia; pero si he sido tan desafortunado como para dar pie a que mis sentimientos se creyeran mayores de lo que son o de lo que quise expresar, mucho me re­criminaré por no haber sido más cuidadoso en las manifestaciones de esa estima. Que alguna vez haya querido decir más, aceptará que es imposible cuando sepa que mis afectos han es­tado comprometidos desde hace mucho en otra parte, y no transcurrirán muchas semanas, creo, antes de que se cumpla este compromiso. Es con gran pesar que obedezco su orden de de­volverle las cartas con que me ha honrado, y el mechón de sus cabellos que tan graciosamen­te me concedió.

Quedo, querida señora,
como su más obediente
y humilde servidor,
JOHN WILLOUGHBY

Puede imaginarse con qué indignación leyó la señorita Dashwood una carta como ésta. Aunque desde antes de leerla estaba consciente de que de­bía contener una confesión de su inconstancia y confirmar su separación definitiva, ¡no imaginaba que se pudiera utilizar tal lenguaje para anunciar­lo! Tampoco habría supuesto a Willoughby capaz de apartarse tanto de las formas propias de un sen­tir honorable y delicado... tan lejos estaba de la co­rrección propia de un caballero como para mandar una carta tan descaradamente cruel: una carta que, en vez de acompañar sus deseos de quedar libre con alguna manifestación de arrepentimiento, no reconocía ninguna violación de la confianza, ne­gaba que hubiera existido ningún afecto especial..., una carta en la cual cada línea era un insulto y que proclamaba que su autor estaba hundido profun­damente en la más encallecida vileza.
Se detuvo en ella durante algún tiempo con in­dignado asombro; luego la volvió a leer una y otra vez; pero cada relectura sirvió tan sólo para aumentar su aborrecimiento por ese hombre, y tan amargos eran sus sentimientos hacia él que no osaba darse permiso para hablar, a riesgo de ahondar en las he­ridas de Marianne al presentar el fin de su compro­miso no como una pérdida para ella de algún bien posible, sino como el haber escapado del peor y más irremediable de los males, la unión de por vida con un hombre sin principios; como una muy ver­dadera liberación, una muy importante bendición.
En su intensa meditación sobre el contenido de la carta, sobre la depravación de la mente que pudo dictarla y, probablemente, sobre la muy diferente naturaleza de una persona muy distinta, que no te­nía otra relación con el asunto que la que su cora­zón le asignaba con cada cosa que ocurría, Elinor olvidó la congoja de su hermana allí frente a ella, olvidó las tres cartas en su regazo que aún no ha­bía leído, y de manera tan completa olvidó el tiem­po que había estado en la habitación, que cuando al escuchar un coche llegando a la puerta se acer­có a la ventana para ver quién venía a horas tan inadecuadamente tempranas, fue toda sorpresa al reparar en que era el carruaje de la señora Jennings, que sabía no había sido ordenado sino hasta la una.

Decidida a no dejar a Marianne, aunque sin nin­guna esperanza de poder contribuir en ese mo­mento a su tranquilidad, se apresuró a salir para disculparse de acompañar a la señora Jennings, dado que su hermana se sentía indispuesta. La se­ñora Jennings, con una alegre preocupación por el motivo de la excusa, la aceptó con toda facili­dad, y Elinor, tras despedirse de ella y ver que par­tía sin problemas, volvió donde Marianne; la encontró intentando levantarse de la cama y alcan­zó a llegar a su lado justo a tiempo para impedir que cayera al suelo, débil y aturdida por una pro­longada falta de adecuado descanso y alimento, pues eran muchos los días que había pasado sin ningún apetito, y muchas las noches desde la últi­ma vez que había dormido verdaderamente; y aho­ra, cuando su mente ya no se sostenía en la fiebre del suspenso, se vieron las consecuencias de todo ello en una cabeza adolorida, un estómago debili­tado y una fragilidad nerviosa general. Un vaso de vino, que Elinor de inmediato le trajo, la restauró algo, y por fin fue capaz de expresar parte de su afecto al decir:
-¡Pobre Elinor! ¡Cuántas penas te doy!
-Sólo desearía -replicó su hermana- que hu­biera algo que pudiera hacer para consolarte.
Esto, al igual que habría ocurrido con cualquier otra cosa, fue demasiado para Marianne, que sólo pudo exclamar con toda la angustia de su corazón,
 “¡Ay, Elinor, que miserable me siento”, antes de que los sollozos ahogaran por completo su voz.
Elinor no pudo seguir contemplando en silen­cio este torrente de dolor que fluía sin encontrar resistencia.
-Haz un esfuerzo, Marianne -exclamó-, o te matarás y, junto contigo, a todos los que te aman. Piensa en tu madre; piensa en su aflicción al sa­ber que sufres; por ella, tienes que esforzarte.
-No puedo, no puedo -exclamó Marianne-; déjame, déjame si te aflijo; déjame, ódiame, olví­dame; pero no me tortures así. ¡Ay! ¡Qué fácil es para quienes no tienen penas propias hablar de esfuerzo! Dichosa, dichosa Elinor, no puedes te­ner idea de lo que sufro.
-¡A mí me llamas dichosa, Marianne! ¡Ah! ¡Si supieras! ¡Y cómo crees que pueda serlo viéndote tan desgraciada!
-Perdóname, perdóname -echándole los bra­zos al cuello-; sé que me compadeces; sé cuán buen corazón tienes; pero aun así eres... debes ser feliz; Edward te ama... ¡Qué, dime qué podría ma­tar una felicidad como ésa!
-Muchas, muchas circunstancias -dijo Elinor solemnemente.
-No, no, no -exclamó Marianne con voz ardien­te-; él te ama, a ti y a nadie más que a ti. No pue­des tener pena alguna.
-No puedo disfrutar de nada mientras te vea en tal estado.
-Y nunca más me verás en otra forma. La mía es una desdicha a la que nada puede poner fin.
-No debes hablar así, Marianne. ¿Acaso no tie­nes solaz alguno? ¿No tienes amigos? ¿Es tan gran­de tu pérdida que no deja espacio al consuelo? Por mucho que sufras ahora, piensa en lo que habrías sufrido si el descubrimiento de su carácter se hu­biera postergado para más adelante... si tu compro­miso se hubiera alargado por meses y meses, como podría haber ocurrido, antes-de que él hubiera de­cidido terminarlo. Con cada nuevo día de desven­turada confianza de tu parte se habría hecho más atroz el golpe.
-¡Compromiso! -exclamó Marianne-. No ha ha­bido ningún compromiso.
-¡Ningún compromiso!
-No, no es tan indigno como crees. No me ha engañado.
-Pero te dijo que te amaba, ¿no?
-Sí... no... nunca... en absoluto. Estaba
 siempre implícito, pero nunca declarado abiertamente. A veces creía que lo había hecho... pero nunca ocu­rrió.
-¿Y aun así le escribiste?
-Sí... ¿podía estar mal después de todo lo que había ocurrido? Pero no puedo hablar más.
Elinor guardó silencio, y volviendo su atención a las tres cartas que ahora le despertaban mucho mayor curiosidad que antes, se dedicó de inme­diato a examinar el contenido de todas ellas. La primera, que era la enviada por su hermana cuan­do llegaron a la ciudad, era como sigue:

Berkeley Street, enero.
¡Qué gran sorpresa te llevarás, Willoughby, al recibir ésta! Y pienso que sentirás algo más que sorpresa cuando sepas que estoy en la ciudad. La oportunidad de venir acá, aunque con la se­ñora Jennings, fue una tentación a la que no pude resistir. Ojalá recibas ésta a tiempo para venir a verme esta noche, pero no voy a con­tar con ello. En todo caso, te esperaré maña­na. Por ahora, adieu.
M.D.

La segunda nota, escrita la mañana después del baile donde los Middleton, iba en estas palabras:

No puedo expresar mi decepción al no haber estado aquí cuando viniste ayer, ni mi asom­bro al no haber recibido ninguna respuesta a la nota que te envié hace cerca de una sema­na. He estado esperando saber de ti y, más to­davía, verte, cada momento del día. Te ruego vengas de nuevo tan pronto como puedas y me expliques el motivo de haberme tenido espe­rando en vano. Sería mejor que vinieras más temprano la próxima vez, porque en general salimos alrededor de la una. Anoche estuvimos donde lady Middleton, que ofreció un baile. Me dijeron que te habían invitado. Pero, ¿es posi­ble que esto sea verdad? Debes haber cambia­do mucho desde que nos separamos si así ocurrió y tú no acudiste. Pero no estoy dispues­ta a creer que haya sido así, y espero que muy pronto me asegures personalmente que no lo fue.
M.D.

El contenido de la última nota era éste:

¿Qué debo imaginar, Willoughby, de tu com­portamiento de anoche? Otra vez te exijo una explicación. Me había preparado para encon­trarte con la natural alegría que habría seguido a nuestra separación, con la familiaridad que nuestra intimidad en Barton me parecía justifi­car. ¡Y cómo fui desairada! He pasado una no­che miserable intentando excusar una conducta que a duras penas puede ser considerada me­nos que insultante; pero aunque todavía no he podido encontrar ninguna justificación razona­ble para tu comportamiento, estoy perfectamen­te dispuesta a escucharla de ti. Quizá te han informado mal, o engañado a propósito en algo relativo a mí que me pueda haber degradado en tu opinión. Dime de qué se trata, explíca­me sobre qué bases actuaste y me daré por sa­tisfecha si puedo satisfacerte. Ciertamente me apenaría tener que pensar mal de ti; pero si me veo obligada a hacerlo, si voy a encontrarme con que no eres como hasta ahora te hemos creído, con que tu consideración por todas nosotras no era sincera y el único propósito de tu comportamiento hacia mí era el engaño, mejor saberlo lo antes posible. En este momen­to me siento llena de la más atroz indecisión; deseo absolverte, pero tener una certeza, en cualquier sentido que sea, aliviará mi sufrimien­to actual. Si tus sentimientos ya no son lo que fueron, me devolverás mis cartas y el mechón de mis cabellos que tienes en tu poder.
M.D.

En consideración a Willoughby, Elinor no ha­bría estado dispuesta a creer que tales cartas, tan llenas de afecto y confianza, pudieran haber me­recido la respuesta que tuvieron. Pero su condena de la actuación de él no le impedía ver lo inapro­piado, en último término, de que hubieran sido es­critas; y lamentaba en su interior la imprudencia que había arriesgado pruebas de ternura tan poco solicitadas, que ningún precedente justificaba y que los hechos tan severamente condenaban, cuando Marianne, advirtiendo que ya había terminado con las cartas, le observó que ellas no contenían nada sino lo que cualquiera en la misma situación ha­bría escrito.
-Yo me sentía -agregó- tan solemnemente comprometida con él como si estuviéramos unidos por el más estricto pacto legal.
-Puedo creerlo -dijo Elinor-; pero, por desgra­cia, él no sentía lo mismo.
-El sí sentía lo mismo, Elinor... semana tras se­mana lo sintió. Sé que fue así. No importa lo que lo haya hecho cambiar ahora (y nada sino las ar­tes más negras usadas contra mí pueden haberlo logrado), alguna vez le fui tan querida como mis deseos más profundos pudieron desearlo. Este me­chón de pelo, del cual ahora se deshace con tanta facilidad, lo obtuvo tras suplicármelo de la mane­ra más vehemente. ¡Si hubieras visto su aspecto, sus maneras, si hubieras escuchado su voz en ese momento! ¿Has olvidado acaso la última tarde que pasamos juntos en Barton? ¡También la mañana en que nos separamos! Cuando me dijo que podrían pasar muchas semanas antes de que nos volviéra­mos a encontrar... su congoja, ¡cómo voy a olvidar su congoja!
Durante uno o dos momentos no pudo decir nada más; pero cuando su emoción se había apla­cado, agregó con voz más firme:
-Elinor, me han utilizado de la forma más cruel, pero no ha sido Willoughby quien lo ha hecho.
-Mi querida Marianne, ¿quién, sino él? ¿Quién lo puede haber inducido a ello?
-Todo el mundo, más que su propio corazón. Antes creería que todos los seres que conozco se concertarían para degradarme ante sus ojos que creerlo a él por naturaleza capaz de tal crueldad. Esta mujer sobre la que escribe, quienquiera que sea; o cualquiera, en suma, a excepción de ti, mi querida hermana, y mamá y Edward, puede haber sido tan desalmado como para denigrarme. Fuera de ustedes tres, ¿hay alguna criatura en el mundo de quien sospecharía menos que de Willoughby, cuyo corazón conozco tan bien?
Elinor no quiso discutir, y se limitó a respon­derle:
-Quienquiera pueda haber sido ese enemigo tuyo tan detestable, arrebatémosle su malvado triun­fo, mi querida hermana, haciéndole ver con cuán­ta nobleza la conciencia de tu propia inocencia y buenas intenciones sustenta tu espíritu. Es razona­ble y digno de alabanza un orgullo que se levanta contra tal malevolencia.
-No, no -exclamó Marianne-, una desdicha como la mía no conoce el orgullo. No me importa que sepan cuán miserable me siento. Todos pue­den saborear el triunfo de verme así. Elinor, Eli­nor, los que poco sufren pueden ser tan orgullosos e independientes como quieran; Pueden resistir los insultos o humillar a su vez... Pero yo no puedo. Tengo que sentirme, tengo que ser desdichada... y bienvenidos sean a disfrutar de saberme así.
-Pero por mi madre, y por mí.,,
-Haría más que por mí misma. Pero mostrar­me contenta cuando me siento tan miserable... ¡Ah! ¿Quién podría pedirme tanto?
Nuevamente callaron ambas. Elinor estaba en­tregada a caminar pensativamente de la chimenea a la ventana, de la ventana a la chimenea, sin ad­vertir el calor que le llegaba de una o distinguir los objetos a través de la otra; y Marianne, sentada a los pies de la cama, con la cabeza apoyada con­tra uno de sus pilares, tomó de nuevo la carta de Willoughby, y tras estremecerse ante cada una de sus frases, exclamó:
-¡Es demasiado! ¡Oh, Willoughby, Willoughby, cómo puede venir esto de ti! Cruel, cruel, nada pue­de absolverte. Nada, Elinor. Sea lo que fuere que pueda haber escuchado contra Mí... ¿no debiera haber suspendido el juicio? ¿No debió habérmelo dicho, darme la oportunidad de justificarme? “El mechón de sus cabellos -repitiendo lo que la car­ta decía- que tan graciosamente me concedió”... eso es imperdonable. Willoughby, ¿dónde tenías el co­razón cuando escribiste esas palabras? ¡Oh, qué desalmada insolencia! Elinor, ¿es qUe acaso se la puede justificar?
-No, Marianne, de ninguna manera.
-Y, sin embargo, esta mujer... ¡quién sabe cuá­les puedan haber sido sus malas artes, cuán larga­mente lo habrá premeditado, cómo se las habrá ingeniado! ¿Quién es ella? ¿Quién puede_ ser? ¿A quién de sus conocidas mencionó alguna vez Wi­lloughby como joven y atractiva? ¡Oh! A nadie, a nadie... sólo me hablaba de mí.
Siguió otra pausa; Marianne, presa de gran agi­tación, terminó así:
-Elinor, debo irme a casa. Debo ir y consolar a mamá. ¿Podemos irnos mañana?
-¡Mañana, Marianne!
-Sí; ¿por qué había de quedarme aquí? Vine únicamente por Willoughby... y ahora, ¿a quién le importo? ¿Quién se interesa por mí?
-Sería imposible partir mañana. Le debemos a la señora Jennings mucho más que cortesía; y la cortesía más básica no permitiría una partida tan repentina como ésa.
-Está bien, entonces, en uno o dos días más quizá; pero no puedo quedarme mucho aquí, no puedo quedarme y aguantar las preguntas y ob­servaciones de toda esa gente. Los Middleton, los Palmer... ¿cómo voy a soportar su compasión? ¡La compasión de una mujer como la señora Jennings! ¡Ah, qué diría él de eso!
Elinor le aconsejó que se tendiera nuevamen­te, y durante unos momentos así lo hizo; pero nin­guna posición la tranquilizaba, y en un doloroso desasosiego de alma y cuerpo, cambiaba de una a otra postura, alterándose cada vez más; a duras pe­nas pudo su hermana mantenerla en la cama y du­rante algunos momentos temió verse obligada a pedir ayuda. Unas gotas de lavanda, sin embargo, que pudo convencerla de tomar, le sirvieron de ayuda; y desde ese instante hasta la vuelta de la señora Jennings permaneció en la cama, callada y quieta.