miércoles, 4 de enero de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD II

La señora de John Dashwood se instaló como due­ña y señora de Norland, y su suegra y cuñadas des­cendieron a la categoría de visitantes. En tanto tales, sin embargo, las trataba con tranquila urbanidad, y su marido con tanta bondad como le era posible sentir hacia cualquiera más allá de sí mismo, su es­posa e hijo. Realmente les insistió, con alguna te­nacidad, para que consideraran Norland como su hogar; y dado que ningún proyecto le parecía tan conveniente a la señora Dashwood como perma­necer allí hasta acomodarse en una casa de la ve­cindad, aceptó su invitación.
Quedarse en un lugar donde todo le recorda­ba antiguos deleites, era exactamente lo que sen­taba a su mente. En los buenos tiempos, nadie tenía un temperamento más alegre que el de ella o po­seía en mayor grado esa optimista expectativa de felicidad que es la felicidad misma. Pero también en la pena se dejaba llevar por la fantasía, y se ha­cía tan inaccesible al consuelo como en el placer estaba más allá de toda moderación.
La señora de John Dashwood no aprobaba en absoluto lo que su esposo se proponía hacer por sus hermanas. Disminuir en tres mil libras la for­tuna de su querido muchachito significaría empo­brecerlo de la manera más atroz. Le imploró pensarlo mejor. ¿Cómo podría justificarse ante sí mismo si privara a su hijo, su único hijo, de tan enorme suma? ¿Y qué derecho podían tener las señoritas Dashwood, que eran sólo sus medias hermanas -lo que para ella significaba que no eran realmente parientes-, a exigir de su generosidad una cantidad tan grande? Era bien sabido que no se podía esperar ninguna clase de afecto entre los hijos de distintos matrimonios de un hombre; y, ¿por qué habían de arruinarse, él y su pobrecito Harry, regalándoles a sus medias hermanas todo su dinero?
-Fue la última petición de mi padre -respon­dió su esposo-, que yo ayudara a su viuda y a sus hijas.
-Me atrevería a decir que no sabía de qué es­taba hablando; diez a uno a que le estaba fallan­do la cabeza en ese momento. Si hubiera estado en sus cabales no podría habérsele ocurrido pe­dirte algo así, que despojaras a tu propio hijo de la mitad de tu fortuna.
-Mi querida Fanny, él no estipuló ninguna can­tidad en particular; tan sólo me pidió, en términos generales, que las apoyara e hiciera de su situa­ción algo más desahogada de lo que estaba en sus manos hacer. Quizá habría sido mejor que dejara todo a mi criterio. Difícilmente habría podido su­poner que yo las abandonaría a su suerte. Pero como él quiso que se lo prometiera, no pude me­nos que hacerlo. Al menos, fue lo que pensé en ese momento. Existió, así, la promesa, y debe ser cumplida. Algo hay que hacer por ellas cuando de­jen Norland y se establezcan en un nuevo hogar.
-Está bien, entonces, hay que hacer algo por ellas; pero ese algo no necesita ser tres mil libras. Ten en cuenta -agregó- que cuando uno se des­prende del dinero, nunca más lo recupera. Tus her­manas se casarán, y se habrá ido para siempre. Si siquiera algún día se lo pudieran devolver a nues­tro pobre hijito...
-Pero, por supuesto -dijo su esposo con gran seriedad-, eso cambiaría todo. Puede llegar un momento en que Harry lamente haberse separado de una suma tan grande. Si, por ejemplo, llegara a tener una familia numerosa, sería un muy conve­niente suplemento a sus rentas.
-De todas maneras lo sería.
-Quizá, entonces, sería mejor para todos si se disminuyera la cantidad a la mitad. Quinientas li­bras significarían un portentoso incremento en sus fortunas.
-¡Ah, más allá de todo lo que pudiera imagi­narse! ¡Qué persona en el mundo haría siquiera la mitad por sus hermanas, incluso si fuesen verda­deras hermanas! Y en este caso... ¡sólo medias her­manas! Pero, ¡tienes un espíritu tan generoso!
-No querría hacer nada mezquino -respondió él-. En estas ocasiones, uno preferiría hacer dema­siado antes que muy poco. Al menos, nadie pue­de pensar que no he hecho suficiente por ellas; incluso ellas mismas, difícilmente pueden esperar más.
-Imposible saber qué podrían esperar ellas -dijo la señora-, pero no nos corresponde pensar en sus expectativas. El punto es qué puedes per­mitirte hacer.
-Indudablemente, y creo que puedo permitir­me darle quinientas libras a cada una. Tal como están las cosas, sin que yo agregue nada, cada una tendrá más de tres mil libras a la muerte de su ma­dre: una fortuna muy satisfactoria para cualquier mujer joven.
-Claro que lo es; y, en verdad, se me ocurre que quizá no quieran ninguna suma adicional. Ten­drán diez mil libras entre las tres. Si se casan, se­guramente harán un buen matrimonio; y si no lo hacen, pueden vivir juntas de manera muy holga­da con los intereses de las diez mil libras.
-Absolutamente cierto, y, por lo tanto, no sé si, considerándolo todo, no sería más aconsejable hacer algo por su madre mientras viva, antes que por ellas; algo como una pensión anual, quiero de­cir. Mis hermanas percibirían los beneficios tanto como ella. Cien libras al año las mantendrían en una perfecta holgura.
Su esposa dudó un tanto, sin embargo, en dar su aprobación a este plan.
-De todas maneras dijo-, es mejor que sepa­rarse de quinientas libras de una vez. Pero si la se­ñora Dashwood vive quince años más, eso se va a transformar en un abuso.
-¡Quince años! Mi querida Fanny, su vida no puede valer ni la mitad de tal cantidad.
-Por supuesto que no; pero, si te fijas, la gen­te siempre vive eternamente cuando hay una pen­sión de por medio; y ella es muy fuerte y saludable, y apenas ha cumplido los cuarenta. Una pensión anual es asunto muy serio; se repite año tras año y no hay forma de librarse de ella. Uno no se da cuenta de lo que hace. Yo sí he conocido bastante los problemas que acarrean las pensiones anuales, porque mi madre se encontraba maniatada por la obligación de pagarlas a tres antiguos sirvientes ju­bilados, según mi padre lo había establecido en su testamento. Es increíble cuán desagradable lo en­contraba. Dos veces al año había que pagar estas pensiones; y, además, estaba el problema de ha­cérsela llegar a cada uno; luego se dijo que uno de ellos había muerto, y después resultó que no había tal. A mi madre le enfermaba todo el asun­to. Sus entradas no eran de ella, decía, con estas perpetuas demandas; y había sido muy poco con­siderado de parte de mi padre, porque, de otra for­ma, el dinero habría estado por completo a disposición de mi madre, sin restricción alguna. De allí me ha venido tal aborrecimiento a las pensio­nes, que estoy segura de que por nada del mundo me ataré al pago de una.
-En verdad es desagradable -replicó el señor Dashwood- que cada año se escurra de esa forma parte del ingreso de uno. Los bienes con que uno cuenta, como tan justamente dice tu madre, no son de uno. Estar obligado a pagar regularmente una suma como ésa en fechas fijas, no es para nada deseable: lo priva a uno de su independencia.
-Indudablemente; y, después de todo, nadie te lo agradece. Sienten que están asegurados, no ha­ces más de lo que se espera de ti y ello no des­pierta ninguna gratitud. Si estuviera en tu lugar, para cualquier cosa que hiciera me guiaría por mi solo criterio. No me comprometería a darles nada to­dos los años. Algunos años puede ser muy incon­veniente desprenderse de cien, o incluso de cincuenta libras, sacándolas de nuestros propios gastos.
-Creo que tienes razón, mi amor; será mejor que no haya ninguna renta anual en este caso; lo que sea que les pueda dar ocasionalmente será de mucho mayor ayuda que una asignación anual, porque si se sintieran seguras de un ingreso ma­yor sólo elevarían su estilo de vida, y con ello no serían un penique más ricas al final del año. De todas maneras, será lo mejor. Un regalo de cincuen­ta libras de vez en cuando impedirá que se aflijan por asuntos de dinero, y pienso que saldará am­pliamente la promesa hecha a mi padre.
-Por supuesto que lo hará. A decir verdad, es­toy íntimamente convencida de que la idea de tu padre no era en absoluto que les dieras dinero. Me atrevo a decir que la ayuda en que pensaba era lo que razonablemente podría esperarse de ti; por ejemplo, cosas como buscar una casa pequeña y cómoda para ellas, ayudarlas a trasladar sus ense­res, enviarles algún presente de pesca y caza, o algo así, siempre que sea la temporada. Apostaría mi vida a que no estaba pensando en más que eso; en verdad, sería bastante raro e improcedente si hubiera pretendido otra cosa. Si no, piensa, mi que­rido señor Dashwood, cuán holgadas pueden vivir tu madre y sus hijas con los intereses de siete mil libras, además de las mil libras de cada una de las niñas, que les aportan cincuenta libras anuales por persona; y, por supuesto, de allí le pagarán a su madre por su alojamiento. Entre todas juntarán qui­nientas libras anuales, y ¿se te ocurre para qué van a querer más cuatro mujeres? ¡Les saldrá tan bara­to vivir! El mantenimiento de la casa será una nada. No tendrán carruajes ni caballos, y casi ningún sir­viente; no recibirán visitas, ¡y qué gastos van a te­ner! ¡Tan sólo piensa en lo bien que van a estar! ¡Quinientas anuales! No puedo ni imaginar cómo gastarán siquiera la mitad; y en cuanto a que les des más, es harto absurdo pensarlo. Estarán en mucho mejores condiciones de darte a ti algo.
-A fe mía -dijo el señor Dashwood-, creo que tienes toda la razón. De todas maneras, con su pe­tición mi padre no puede haber querido decir sino lo que tú señalas. Me parece muy claro ahora, y cumpliré estrictamente mi compromiso con algu­nas ayudas y gentilezas como las que has descri­to. Cuando mi madre se traslade a otra casa, me pondré a su servicio en todo lo que me sea posi­ble para acomodarla. Quizá en ese momento tam­bién sea adecuado hacerle un pequeño obsequio, como algún mueble.
-Por supuesto -replicó la señora Dashwood-. Pero, no obstante, hay una cosa que debe tenerse en cuenta. Cuando tu padre y madre se traslada­ron a Norland, aunque vendieron el mobiliario de Stanhill, guardaron toda la vajilla, cubiertos y man­telería, que ahora han quedado para tu madre. Y así, apenas se cambien tendrán su casa casi com­pletamente equipada.
-Indudablemente, ésa es una reflexión de la mayor importancia. ¡Un legado valioso, claro que sí! Y parte de la platería habría sido aquí una muy grata adición a la nuestra.
-Sí; y la vajilla para el desayuno es doblemen­te hermosa que la de esta casa. Demasiado her­mosa, a mi juicio, para los lugares en que ellas pueden permitirse vivir. Pero, de cualquier modo, así es la cosa. Tu padre sólo pensó en ellas. Y debo decir esto: no le debes a él ninguna gratitud en especial, ni estás obligado con sus deseos, porque bien sabemos que, si hubiera podido, les habría dejado casi todo lo que poseía en el mundo a ellas.
Este argumento fue irresistible. En él encontró John Dashwood toda la fuerza que antes le había faltado para llevar a cabo sus propósitos; y, por úl­timo, resolvió que sería por completo innecesario, si no totalmente inadecuado, hacer más por la viuda y las hijas de su padre que esos gestos de buena vecindad que su propia esposa le había indicado.

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