lunes, 9 de enero de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD III

 
La señora Dashwood permaneció en Norland du­rante varios meses, y ello no porque no deseara salir de allí una vez que los lugares que tan bien conocía dejaron de despertarle la violenta emoción que durante un tiempo le habían producido; pues cuando su ánimo comenzó a revivir y su mente pudo dedicarse a algo más que agudizar su dolor mediante recuerdos tristes, se llenó de impacien­cia por partir e infatigablemente se dedicó a averi­guar por alguna residencia adecuada en las vecindades de Norlard, ya que le era imposible irse lejos de ese tan amado lugar. Pero no le llegaba noticia alguna de lugares que a la vez satisficieran sus nociones de comodidad y bienestar y se ade­cuaran a la prudencia de su hija mayor, que con más sensato juicio rechazó varias casas que su ma­dre habría aprobado, considerándolas demasiado grandes para sus ingresos.
Dashwood La señora Dashwood había sido informada por su esposo respecto de la solemne promesa hecha por su hijo en favor de ella y sus hijas, la cual había llenado de consuelo sus últimos pensamien­tos en la tierra. Ella no dudaba de la sinceridad de este compromiso más de lo que el difunto ha­bía dudado, y sentía al respecto gran satisfacción, sobre todo pensando en el bienestar de sus hijas; por su parte, sin embargo, estaba convencida de que mucho menos de siete mil libras como capi­tal le permitirían vivir en la abundancia. También se regocijaba por el hermano de sus hijas, por la bondad de ese hermano, y se reprochaba no ha­ber hecho justicia a- sus méritos antes, al creerlo incapaz de generosidad. Su atento comportamiento hacia ella y sus hermanas la convencieron de que su bienestar era caro a sus ojos y, durante largo tiempo, confió firmemente en la generosidad de sus intenciones.
El desdén que, muy al comienzo de su rela­ción, había sentido por su nuera, aumentó consi­derablemente al conocer mejor su carácter tras ese medio año de vivir con ella y su familia; y, quizá, a pesar de todas las muestras de cortesía y afecto maternal que ella le había demostrado, las dos da­mas habrían encontrado imposible vivir juntas du­rante tanto tiempo, de no haber ocurrido una cir­cunstancia particular que hizo más aceptable, en opinión de la señora Dashwood, la permanencia de sus hijas en Norland.

Esta circunstancia fue un creciente afecto en­tre su hija mayor y el hermano de la señora de John Dashwood, un joven caballeroso y agradable que les fue presentado poco después de la llegada de su hermana a Norland y que desde entonces ha­bía pasado gran parte del tiempo allí.
 Elinor Dashwood
Algunas madres podrían haber alentado esa in­timidad guiadas por el interés, dado que Edward Ferrars era el hijo mayor de un hombre que había muerto muy rico; y otras la habrían reprimido por motivos de prudencia, ya que, excepto por una suma baladí, la totalidad de su fortuna dependía de la voluntad de su madre. Pero ninguna de esas consideraciones pesó en la señora Dashwood. Le bastaba que él pareciera afable, que amara a su hija y que esa simpatía fuera recíproca. Era contrario a todas sus creencias el que la diferencia de fortuna debiera mantener separada a una pareja atraída por la semejanza de sus naturalezas; y que los méritos de Elinor no fueran reconocidos por quienes la co­nocían, le parecía inconcebible.
No fueron dones especiales en su apariencia o trato los que hicieron merecedor a Edward Fe­rrars de la buena opinión de la señora Dashwood y sus hijas. No era bien parecido y sólo en la in­timidad llegaba a mostrar cuán agradable podía ser su trato. Era demasiado inseguro para hacer­se justicia a sí mismo; pero cuando vencía su na­tural timidez, su comportamiento revelaba un corazón franco y afectuoso. Era de buen entendi­miento y la educación le había dado una mayor solidez en ese aspecto. Pero ni sus habilidades ni su inclinación lo dotaban para satisfacer los de­seos de su madre y hermana, que anhelaban ver­lo distinguido como... apenas sabían como qué. Querían que de una manera u otra ocupara un lugar importante en el mundo. Su madre deseaba interesarlo en política, hacerlo llegar al parlamento o verlo conectado con alguno de los grandes hom­bres del momento. La señora de John Dashwood deseaba lo mismo; entre tanto, hasta poder alcan­zar alguna de esas bendiciones superiores, habría satisfecho la ambición de ambas verlo conducir un birlocho. Pero Edward no tenía inclinación al­guna ni hacia los grandes hombres ni hacia los birlochos. Todos sus deseos se centraban en la comodidad doméstica y en la tranquilidad de la vida privada. Por fortuna, tenía un hermano me­nor que era más prometedor.
Edward llevaba varias semanas en la casa an­tes de que la señora Dashwood se fijara en él, ya que en esa época el estado de aflicción en que se encontraba la hacía por completo indiferente a todo lo que la rodeaba. Unicamente vio que era calla­do y discreto, y le agradó por ello.
No perturbaba con conversaciones inoportunas la desdicha que lle­naba todos sus pensamientos. Lo que primero la llevó a observarlo con mayor detención y a que le gustara aún más, fue una reflexión que dio en ha­cer Elinor un día respecto de cuán diferente era de su hermana. La alusión a ese contraste lo situó muy decididamente en el favor de la madre.

-Con eso basta -dijo-, basta con decir que no es como Fanny. Implica que en él se puede en­contrar todo lo que hay de amable. Ya lo amo.
-Creo que llegará a gustarle -dijo Elinor- cuan­do lo conozca más.
-¡Gustarme! -replicó la madre, con una sonri­sa-. No puedo abrigar ningún sentimiento de apro­bación inferior al amor.
-Podría estimarlo.
-No he llegado a saber aún lo que es separar la estimación del amor.
La señora Dashwood se afanó ahora en conocerlo más. Con sus modales afectuosos, rápidamente ven­ció la reserva del joven. Muy pronto advirtió cuán grandes eran sus méritos; el estar persuadida de su interés por Elinor quizá la hizo más perspicaz, pero realmente se sentía segura de su valer. E incluso las sosegadas maneras de Edward, que atentaban con­tra las más arraigadas ideas de la señora Dashwood respecto de lo que debiera ser el trato de un joven, dejaron de parecerle insípidas cuando advirtió que era de corazón cálido y temperamento afectuoso.
Ante el primer signo de amor que percibió en su comportamiento hacia Elinor, dio por cierta la existencia de un vínculo serio entre ellos y se en­tregó a considerar su matrimonio como algo que pronto se haría realidad.
-En unos pocos meses más, mi querida Marian­ne -le dijo-, con toda seguridad Elinor se habrá establecido para siempre. Para nosotros será una pérdida, pero ella será feliz.
-¡Ay, mamá! ¿Qué haremos sin ella?
-Mi amor, apenas será una separación. Vivire­mos a unas pocas millas de distancia y nos vere­mos todos los días de la vida. Tú ganarás un hermano, un hermano de verdad, cariñoso. Tengo la mejor opinión del mundo sobre los sentimien­tos de Edward... Pero te noto seria, Marianne; ¿des­apruebas la elección de tu hermana?
-Quizá -dijo Marianne- me sorprenda algo. Edward es muy amable y siento gran ternura por él. Pero aun así, no es la clase de joven... Hay algo que falta, no sobresale por su apariencia, carece por completo de esa gracia que yo habría espera­do en el hombre al cual mi hermana se sintiera seriamente atraída. En sus ojos no se advierte todo ese espíritu, ese fuego, que anuncian a la vez vir­tud e inteligencia. Y además de esto, temo, mamá, que carece de verdadero gusto. Aparentemente la música apenas le interesa, y aunque admira mu­cho los dibujos de Elinor, no es la admiración de alguien que pueda entender su valor. Es evidente, a pesar de su asidua atención cuando ella dibuja, que de hecho no sabe nada en esta materia. Ad­mira como un enamorado, no como un entendi­do. Para sentirme satisfecha, esos rasgos deben ir unidos. No podría ser feliz con un hombre cuyo gusto no coincidiera punto por punto con el mío. El debe penetrar todos mis sentimientos; a ambos nos deben encantar los mismos libros, la misma música. ¡Ay, mamá! ¡Qué falta de fuego, que man­sa fue la actitud de Edward cuando nos leyó ano­che! Lo sentí terriblemente por mi hermana. Y, sin embargo, ella lo sobrellevó con tanta compostura que apenas pareció notarlo. A duras penas pude permanecer sentada. ¡Escuchar esos hermosos ver­sos que a menudo me han hecho casi perder el sentido, pronunciados con tan impenetrable calma, tan atroz indiferencia!
-En verdad le habría hecho mucho mayor jus­ticia a una prosa sencilla y elegante. Lo pensé en ese momento; pero tenías que pasarle a Cowper.
-No, mamá, ¡si ni Cowper es capaz de animar­lo...! Pero debemos admitir que hay diferencias de gusto. En Elinor no se da mi manera de sentir, así que puede pasar esas cosas por alto y ser feliz con él. Pero si yo lo amara, me habría destrozado el corazón escucharlo leer con tan poca sensibilidad. Mamá, mientras más conozco el mundo, más con­vencida estoy de que jamás encontraré a un hom­bre al que realmente pueda amar. ¿Es tanto lo que pido? Debe tener todas las virtudes de Edward, y su apariencia y modales deben adornar su bondad con todas las gracias posibles.
-Recuerda, mi amor, que aún no tienes dieci­siete años. Es todavía demasiado temprano en la vida para que desesperes de lograr tal felicidad. ¿Por qué debías ser menos afortunada que tu ma­dre? ¡Que en tan sólo una circunstancia, Marianne mía, tu destino sea diferente al de ella!

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