lunes, 16 de enero de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD V

Apenas despachada su respuesta, la señora Dash­wood se permitió el placer de anunciar a su hijas­tro y esposa que contaba con una casa y que ya no los incomodaría sino hasta que todo estuviera listo para habitarla. La escucharon con sorpresa. La señora de John Dashwood no dijo nada, pero su esposo manifestó cortésmente que esperaba que no se irían lejos de Norland. Con gran satisfacción, la señora Dashwood le respondió que se iban a De­vonshire.


Edward rápidamente levantó los ojos al escuchar esto, y con una voz de sorpresa y preocupación que no requirieron de mayor ex­plicación para la señora Dashwood, repitió: “¡De­vonshire! ¿En verdad van allá? ¡Tan lejos de aquí! ¿Y a qué parte?” Ella le explicó la ubicación. Esta­ba a cuatro millas al norte de Exeter.

-No es sino una casita de campo -continuo-, pero espero ver allí a muchos de mis amigos. Será fácil agregarle una o dos habitaciones; y si mis ami­gos no encuentran impedimento en viajar tan le­jos para verme, con toda seguridad yo no lo encontraré para acomodarlos.
Concluyó con una muy generosa invitación al señor John Dashwood y a su esposa para que la visitaran en Barton; y a Edward le extendió otra con aun mayor afecto. Aunque en su última con­versación con su nuera las expresiones de ésta la habían decidido a no permanecer en Norland más de lo que era inevitable, no produjeron en ella el efecto al que principalmente apuntaban: separar a Edward y Elinor estaba tan lejos de ser su objetivo como lo había estado antes; y con esa invitación a su hermano, deseaba mostrarle a la señora de John Dashwood cuán escasa importancia daba a su des­aprobación de esa unión.
El señor John Dashwood le repitió a su madre una y otra vez cuán profundamente lamentaba que ella hubiera tomado una casa a una distancia tan grande de Norland que le impediría ofrecerle sus servicios para el traslado de su mobiliario. Se sen­tía en verdad molesto con la situación, porque hacía impracticable aquel esfuerzo al que había li­mitado el cumplimiento de la promesa a su padre. Los enseres fueron enviados por mar. Consistían principalmente en ropa blanca, cubiertos, vajilla y libros, junto con un hermoso piano de Marianne. La señora de John Dashwood vio partir los bultos con un suspiro; no podía evitar sentir que como la renta de la señora Dashwood iba a ser tan in­significante comparada con la suya, a ella le co­rrespondía tener cualquier artículo de mobiliario que fuera hermoso.
La señora Dashwood arrendó la casa por un año; ya estaba amoblada, y podía tomar posesión de ella de inmediato. Ninguna de las partes intere­sadas opuso dificultad alguna al acuerdo, y ella es­peró tan sólo el despacho de sus efectos desde Norland y decidir su futuro servicio doméstico an­tes de partir hacia el oeste; y esto, dada la extre­ma rapidez con que llevaba a cabo todo lo que le interesaba, muy pronto estuvo hecho. Los caballos que le había dejado su esposo habían sido vendi­dos tras su muerte, y habiéndosele ofrecido ahora una oportunidad de disponer de su carruaje, aceptó venderlo a instancias de su hija mayor. Si hubiera dependido de sus solos deseos, se lo habría que­dado, para mayor comodidad de sus hijas; pero prevaleció el buen juicio de Elinor. Fue también su sabiduría la que limitó el número de sirvientes a tres, dos doncellas y un hombre, prontamente seleccionados entre los que habían constituido su servicio en Norland.
El hombre y una de las doncellas partieron de inmediato a Devonshire a preparar la casa para la llegada de su ama, pues como la señora Dashwood desconocía por completo a lady Middleton, prefe­ría llegar directamente a la cabaña antes que hos­pedarse en Barton Park; y confió con tal seguridad en la descripción que sir John había hecho de la casa, que no sintió curiosidad de examinarla por sí misma hasta que entró en ella como su dueña. La evidente satisfacción de su nuera ante la pers­pectiva de su partida, apenas disimulada tras una fría invitación a quedarse un tiempo más, mantu­vo intacta su ansiedad por alejarse de Norland. Aho­ra era el momento en que la promesa de John Dashwood a su padre podría haberse cumplido con especial idoneidad. Como había descuidado hacerlo al llegar a la casa, el momento en que ellas la de­jaban parecía el más adecuado para ello. Pero muy pronto la señora Dashwood abandonó toda espe­ranza al respecto y comenzó a convencerse, por el sentido general de sus palabras, de que su ayu­da no iría más allá de haberlas mantenido durante seis meses en Norland. Tan a menudo se refería él a los crecientes gastos del hogar y a las permanen­tes e incalculables demandas monetarias a que es­taba expuesto cualquier caballero de alguna impor­tancia, que más parecía estar necesitado de dinero que dispuesto a darlo.
Muy pocas semanas después del día que trajo la primera carta de sir John Middleton a Norland, todos los arreglos estaban tan avanzados en su fu­turo alojamiento que la señora Dashwood y sus hi­jas pudieron comenzar su viaje.
Muchas fueron las lágrimas que derramaron en sus últimos adioses a un lugar que tanto habían amado.






-¡Querido, querido Norland! -repetía Marianne mientras deambulaba sola ante la casa la última tar­de que estuvieron allí-. ¿Cuándo dejaré de extra­ñarte?; ¿cuándo aprenderé a sentir como un hogar cualquier otro sitio? ¡Ah, dichosa casa! ¡Cómo po­drías saber lo que sufro al verte ahora desde este lugar, desde donde puede que no vuelva a verte! ¡Y ustedes, árboles que me son tan familiares! Pero ustedes, ustedes seguirán iguales. Ninguna hoja se marchitará porque nosotras nos vayamos, ninguna rama dejará de agitarse aunque ya no podamos mirarlas. No, seguirán iguales, inconscientes del pla­cer o la pena que ocasionan e insensibles a cual­quier cambio en aquellos que caminan bajo sus sombras. Y, ¿quién quedará para gozarlos?

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