viernes, 20 de enero de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD VII

Barton Park estaba más o menos a media milla de la cabaña. 
Las Dashwood habían pasado cerca de allí al cruzar el valle pero desde su hogar no lo veían, pues lo tapaba la saliente de una colina. La casa misma era amplia y hermosa, y los Middleton vivían de manera que conjugaba la hospitalidad y la elegancia. La primera se daba para satisfacción de sir John, la última para la de su esposa. Casi nunca faltaba algún amigo alojado con ellos en la casa, y recibían más visitas de todo tipo que nin­guna otra familia de los alrededores. Ello era ne­cesario para la felicidad de ambos, dado que a pesar de sus diferentes caracteres y comportamien­tos, se parecían extremadamente en la total falta de talento y gusto, carencia que limitaba a un ran­go en verdad estrecho las ocupaciones no relacio­nadas con la vida social. Sir John estaba entrega­do a los deportes, lady Middleton a la maternidad. El cazaba y practicaba el tiro, ella consentía a sus hijos; y éstos eran sus únicos recursos. Lady Middle­ton tenía la ventaja de poder mimar a sus hijos du­rante todo el año, en tanto que las ocupaciones independientes de sir John podían darle sólo la mitad del tiempo. No obstante, continuos compro­misos en la casa y fuera de ella suplían todas las deficiencias de su naturaleza y educación, alimen­taban el buen ánimo de sir John y permitían que su esposa ejercitara su buena crianza.
Lady Middleton se preciaba de la elegancia de su mesa y de todos sus arreglos domésticos, y de esta clase de vanidad extraía las mayores satisfac­ciones en todas sus reuniones. En cambio, el gus­to de sir John por la vida social era mucho más real; disfrutaba de reunir en torno a él a más gen­te joven de la que cabía en su casa, y mientras más ruidosa era, mayor su placer. Era una bendición para toda la juventud de la vecindad, ya que en verano constantemente reunía grupos de personas para comer jamón y pollo frío al aire libre, y en invierno sus bailes privados eran lo suficientemente numerosos para cualquier muchacha que ya hubie­ra dejado atrás el insaciable apetito de los quince años.
La llegada de una nueva familia a la región era siempre motivo de alegría para él, y desde todo punto de vista estaba encantado con los inquilinos que había conseguido para su cabaña en Barton. Las señoritas Dashwood eran jóvenes, bonitas y sencillas, de modales poco afectados. Eso bastaba para asegurar su buena opinión, porque la falta de afectación era todo lo que una chica bonita podía necesitar para hacer de su espíritu algo tan cautivador como su apariencia. Complació a sir John en su carácter amistoso la posibilidad de hacer un fa­vor a aquellos cuya situación podía considerarse adversa si se la comparaba con la que habían te­nido en el pasado. Así, sus muestras de bondad a sus primas satisfacían su buen corazón; y al esta­blecer en la casita de Barton a una familia com­puesta solamente de mujeres, obtenía todos los placeres de un deportista; porque un deportista, aunque sólo estima a los representantes de su sexo que también lo son, pocas veces se muestra de­seoso de fomentar sus gustos alojándolos en su pro­pio coto.
La señora Dashwood y sus hijas fueron recibi­das en la puerta de la casa por sir John, quien les dio la bienvenida a Barton Park con espontánea sinceridad; y mientras las guiaba hasta el salón, re­petía a las jóvenes la preocupación que el mismo tema le había causado el día anterior, esto es, no poder conseguir ningún joven elegante e ingenio­so para presentarles. Ahí sólo habría otro caballe­ro además de él, les dijo; un amigo muy especial que' se estaba quedando en la finca, pero que no era ni muy joven ni muy alegre. Esperaba que le disculparan lo escaso de la concurrencia y les ase­guró que ello no volvería a repetirse. Había esta­do con varias familias esa mañana, en la esperanza de conseguir a alguien más para hacer mayor el grupo, pero había luna y todos estaban llenos de compromisos para esa noche. Afortunadamente, la madre de lady Middleton había llegado a Barton a última hora, y como era una mujer muy alegre y agradable, esperaba que las jóvenes no encontra­rían la reunión tan aburrida como podrían imagi­nar. Las jóvenes, al igual que su madre, estaban perfectamente satisfechas con tener a dos perso­nas por completo desconocidas entre la concurren­cia, y no deseaban más.
La señora Jennings, la madre de lady Middle­ton, era una mujer ya mayor, de excelente humor, gorda y alegre que hablaba en cantidades, parecía muy feliz y algo vulgar. Estaba llena de bromas y risas, y antes del final de la cena había dado repe­tidas muestras de su ingenio en el tema de ena­morados y maridos; había manifestado sus esperanzas de que las muchachas no hubieran de­jado sus corazones en Sussex, y cada vez fingía haberlas visto ruborizarse, ya sea que lo hubieran hecho o no. Marianne se sintió molesta por ello a causa de su hermana y, para ver cómo sobrelleva­ba estos ataques,, miró a Elinor con una ansiedad que le produjo a ésta una incomodidad mucho mayor que la que podían generar las triviales bu­fonadas de la señora Jennings.
El coronel Brandon, el amigo de sir John, con sus modales silenciosos y serios, parecía tan poco adecuado para ser su amigo como lady Middleton para ser su esposa, o la señora Jennings para ser la madre de lady Middleton. Su apariencia, sin em­bargo, no era desagradable, a pesar de que a jui­cio de Marianne y Margaret era un solterón sin remedio, porque ya había pasado los treinta y cin­co y entrado a la zona deslucida de la vida; pero aunque no era de rostro apuesto, había inteligen­cia en su semblante y una particular caballerosi­dad en su trato.
Nadie de la concurrencia tenía nada que lo re­comendara como compañía para las Dashwood; pero la fría insipidez de lady Middleton era tan es­pecialmente poco grata, que comparadas con ella la gravedad del coronel Brandon, e incluso la bu­lliciosa alegría de sir John y su suegra, eran interesantes. La alegría de lady Middleton sólo pareció brotar después de la cena con la entrada de sus cuatro ruidosos hijos, que la tironearon de aquí allá, desgarraron su ropa y pusieron fin a todo tipo de conversación, salvo la referida a ellos.
Al atardecer, como se descubriera que Marian­ne tenía aptitudes musicales, la invitaron a tocar. Abrieron el instrumento, todos se prepararon para sentirse encantados, y Marianne, que cantaba muy bien, a su pedido recorrió la mayoría de las can­ciones que lady Middleton había aportado a la fa­milia al casarse, y que quizá habían permanecido desde entonces en la misma posición sobre el pia­no, ya que su señoría había celebrado ese aconte­cimiento renunciando a la música, aunque según su madre tocaba extremadamente bien y, según ella misma, era muy aficionada a hacerlo.
La actuación de Marianne fue muy aplaudida. Sir John manifestaba sonoramente su admiración al finalizar cada pieza, e igualmente sonora era su conversación con los demás mientras duraba la can­ción. A menudo lady Middleton lo llamaba al or­den, se extrañaba de que alguien pudiera distraer su atención de la música siquiera por un momen­to y le pedía a Marianne que cantara una canción en especial que ella acababa de terminar. 
Sólo el coronel Brandon, entre toda la concurrencia, la es­cuchaba sin arrebatos. Su único cumplido era es - cucharla, y en ese momento ella sintió por él un respeto que los otros con toda razón habían per­dido por su desvergonzada falta de gusto. El pla­cer que el coronel había mostrado ante la música, aunque no llegaba a ese éxtasis que, con exclu­sión de cualquier otro, ella consideraba compati­ble con su propio deleite, era digno de estimación frente a la horrible insensibilidad del resto; y ella era lo bastante sensata como para conceder que un hombre de treinta y cinco años bien podía ha­ber dejado atrás en su vida toda agudeza de senti­mientos y cada exquisita facultad de gozo. 
Estaba perfectamente dispuesta a hacer todas las conce­siones necesarias a la avanzada edad del coronel que un espíritu humanitario exigiría.

No hay comentarios: