viernes, 27 de enero de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD VIII

Photobucket


En su viudez, la señora Jennings había quedado en poder de una generosa renta por el usufructo de los bienes dejados por su marido. Sólo tenía dos hijas, a las que había llegado a ver respetablemen­te casadas y, por tanto, ahora no tenía nada que hacer sino casar al resto del mundo. Hasta donde era capaz, era celosamente activa en el cumplimien­to de este objetivo y no perdía oportunidad de pla­nificar matrimonios entre los jóvenes que conocía. 
Era de notable rapidez para descubrir quién se sen­tía atraído por quién, y había gozado del mérito de hacer subir los rubores y la vanidad de muchas jóvenes con insinuaciones relativas a su poder so­bre tal o cual joven; y apenas llegada a Barton, este tipo de perspicacia le permitió anunciar que el co­ronel Brandon estaba muy enamorado de Marian­ne Dashwood. 

Más bien, sospechó que así era la Primera tarde que estuvieron juntos, por la aten­ción con que la escuchó cantar; y cuando los Middleton devolvieron la visita y cenaron en la ca­baña, se cercioró de ello al ver otra vez cómo la escuchaba. Tenía que ser así. Estaba totalmente con­vencida de ello. Sería una excelente unión, porque el era rico y ella era hermosa. Desde el momento -mismo en que había conocido al coronel Brandon, debido a sus lazos con sir John, la señora Jennings había ansiado verlo bien casado; y, además, nun­ca flaqueaba en el afán de conseguirle un buen marido a cada muchacha bonita.
La ventaja inmediata que obtuvo de ello no fue de ninguna manera insignificante, porque la proveyó de interminables bromas a costa de am­bos. En Barton Park se reía del coronel, y en la cabaña, de Marianne. Al primero, probablemente esas chanzas le eran totalmente indiferentes, ya que sólo lo afectaban a él; pero para la segunda, al comienzo fueron incomprensibles; y cuando entendió, su objeto, no sabía si reírse de lo absur­das que eran o censurar su impertinencia, ya que las consideraba un comentario insensible a los avanzados años del coronel y a su triste condi­ción de solterón.
La señora Dashwood, que no podía considerar a un hombre cinco años menor que ella tan exce­sivamente anciano como aparecía ante la juvenil imaginación de su hija, intentó limpiar a la señora Jennings del cargo de haber querido ridiculizar su edad.
Photobucket


-Pero, mamá, al menos no podrá negar lo ab­surdo de la acusación, aunque no la crea intencio­nalmente maliciosa. Por supuesto que el coronel Brandon es más joven que la señora Jennings, pero es lo suficientemente viejo para ser mi padre; y si llegara a tener el ánimo suficiente para enamorar­se, ya debe haber olvidado qué se siente en esos casos. ¡Es demasiado ridículo! ¿Cuándo podrá un hombre liberarse de tales ingeniosidades, si la edad y su debilidad no lo protegen?


-¡Debilidad! -exclamó Elinor-. ¿Llamas débil al coronel Brandon? Fácilmente puedo suponer que a ti su edad te parezca mucho mayor que a mi ma­dre, pero es difícil que te engañes respecto a que sí está en uso de sus extremidades.
¿No lo escuchaste quejarse de reumatismo? ¿Y no es ésa la primera debilidad de una vida que de­clina?
Photobucket
-¡Mi querida niña! -dijo la madre, riendo-, en­tonces debes estar en continuo terror de que yo haya entrado también en la decadencia; y debe pa­recerte un milagro que mi vida haya llegado a la avanzada edad de cuarenta años.

-Mamá, no está siendo justa conmigo. Sé per­fectamente que el coronel Brandon no es tan vie­jo como para que sus amigos teman perderlo por causas propias del curso de la naturaleza. Puede vivir veinte años más. Pero treinta y cinco años no tienen nada que ver con el matrimonio.

-Quizá -dijo Elinor-, sea mejor que una per­sona de treinta y cinco y otra de diecisiete no ten­gan nada que ver con un matrimonio entre sí. Pero si por casualidad llegara a tratarse de una mujer soltera a los veintisiete, no creo que el hecho de que el coronel Brandon tenga treinta y cinco le despertaría ninguna objeción a que se casara con ella.

-Una mujer de veintisiete -dijo Marianne, des­pués de una pequeña pausa- jamás podría espe­rar sentir o inspirar afecto nuevamente; y si su hogar no es cómodo, o su fortuna es pequeña, su­pongo que podría intentar conformarse con des­empeñar el oficio de institutriz, para así obtener la Seguridad con que cuenta una esposa. Por tanto, si el coronel se casara con una mujer en esa con­dición, no habría nada inapropiado. Sería un pac­to de conveniencia y el mundo estaría satisfecho. A mis ojos no sería en absoluto un matrimonio, Pero eso no importa. A mí me parecería sólo un intercambio comercial, en que cada uno querría beneficiarse a costa del otro.
Photobucket
-Sé -dijo Elinor- que sería imposible conven­certe de que una mujer de veintisiete pueda sentir por un hombre de treinta y cinco algo que ni si­quiera se acerque a ese amor que lo transformaría en un compañero deseable para ella. Pero debo objetar que condenes al coronel Brandon y a su esposa al perpetuo encierro en una habitación de enfermo, por la simple razón de que ayer (un día muy frío y húmedo) él llegó a quejarse de una leve sensación reumática en uno de sus hombros.

-Pero él mencionó camisetas de franela -dijo Marianne-; y para mí, una camiseta de franela está invariablemente unida a dolores, calambres, reuma­tismo, y todos los males que pueden afligir a los ancianos y débiles.

-Si tan sólo hubiera estado sufriendo de una fiebre violenta, no lo habrías menospreciado tan­to. Confiesa, Marianne, ¿no sientes que hay algo interesante en las mejillas encendidas, ojos hundi­dos y pulso acelerado de la fiebre?
Poco después, cuando Elinor hubo abandona­do la habitación, dijo Marianne:

-Mamá, tengo una preocupación en este tema de las enfermedades que no puedo ocultarle. Es­toy segura de que Edward Ferrars no está bien. Ya llevamos acá cerca de quince días y todavía no vie­ne. Tan sólo una verdadera indisposición podría ocasionar esta extraordinaria tardanza. ¿Qué otra cosa puede detenerlo en Norland?

-¿Tú pensabas que él vendría tan pronto? -dijo la señora Dashwood-. Yo no. Al contrario, si me he llegado a sentir ansiosa al respecto, ha sido al recordar que a veces él mostraba una cierta falta de placer ante mi invitación y poca disposición a aceptar cuando le mencionaba su venida a Barton. ¿Es que Elinor lo espera ya?

-Nunca se lo he mencionado a ella, pero por supuesto tiene que estar esperándolo.
-Creo que te equivocas, porque cuando ayer le hablaba de conseguir una nueva rejilla para la chimenea del dormitorio de alojados, señaló que no había ninguna urgencia, como si la habitación no fuera a ser ocupada por algún tiempo.

-¡Qué extraño es todo esto! ¿Qué puede sig­nificar? ¡Pero todo en la forma en que se han tra­tado entre ellos ha sido inexplicable! ¡Cuán frío, cuán formal fue su último adiós! ¡Qué desganada su conversación la última tarde que estuvieron jun­tos! Al despedirse, Edward no hizo ninguna dife­rencia entre Elinor y yo: para ambas tuvo los buenos deseos de un hermano afectuoso. Dos ve­ces los dejé solos a propósito la última mañana, y cada vez él, de la manera más inexplicable, me siguió fuera de la habitación. Y Elinor, al dejar Norland y a Edward, no lloró como yo lo hice. Incluso ahora su autocontrol es invariable. ¿Cuán­do está abatida o melancólica? ¿Cuándo intenta evitar la compañía de otros, o parece inquieta e insatisfecha con ella misma?

No hay comentarios: