viernes, 9 de marzo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XVI

Marianne no habría sabido cómo perdonarse si hu­biera podido dormir aunque fuera un instante esa primera noche tras la partida de Willoughby. Ha­bría tenido vergüenza de mirar a su familia a la cara la mañana siguiente si no se hubiera levan­tado de la cama más necesitada de descanso que cuando se acostó. Pero los mismos sentimientos que hacían de la circunspección algo indeseable, la liberaron de todo peligro de caer en ella. 
Estu­vo despierta durante toda la noche y lloró gran parte de ella. Se levantó con dolor de cabeza, in­capaz de hablar y sin deseos de tomar ningún ali­mento, apesadumbrando en todo momento a su madre y hermanas y rechazando todas sus tenta­tivas de consuelo. ¡No iba ella a mostrar falta de sensibilidad!
Una vez terminado el desayuno, salió sola y deambuló por la aldea de Allenham, entregándose a los recuerdos de pasados goces y llorando por el actual revés de su fortuna durante la mayor parte de la mañana.




La tarde transcurrió en igual abandono a los sentimientos. Volvió a tocar cada una de las can­ciones que le gustaban y que solía tocar para Willoughby, cada aire en el que con más frecuen­cia se habían unido sus voces, y permaneció sen­tada ante el instrumento contemplando cada línea de música que él había copiado para ella, hasta que fue tan grande el pesar de su corazón que ya no podía alcanzarse tristeza mayor; y día a día se esforzó en nutrir así su dolor. Pasaba horas completas al piano alternando cantos y llantos, a menudo con la voz totalmente ahogada por las lágrimas. 
También en los libros, al igual que en la música, cortejaba la desdicha que con toda cer­teza podía obtener de la confrontación entre el pasado y el presente. No leía nada sino lo que solían leer juntos.
Tan ardiente congoja de ninguna manera po­día sostenerse para siempre; a los pocos días se sumió en una más tranquila melancolía; pero las ocupaciones a que se entregaba diariamente -sus caminatas solitarias y silenciosas meditaciones-, aún daban pie a ocasionales efluvios de dolor tan in­tensos como antes.

No llegó ninguna carta de Willoughby, y no parecía que Marianne esperara ninguna. Su madre estaba sorprendida y Elinor nuevamente se fue in­quietando. Pero la señora Dashwood era capaz de encontrar explicaciones siempre que le eran nece­sarias, lo que calmaba al menos su preocupación.

-Recuerda, Elinor -le dijo-, cuán a menudo sir John se encarga de transportar nuestro correo. Es­tuvimos de acuerdo en que el secreto puede ser necesario, y debemos reconocer que no podríamos mantenerlo si la correspondencia de Willoughby y Marianne pasara por las manos de sir John.
Elinor no pudo negar la verdad de lo anterior e intentó encontrar allí motivo suficiente para el si­lencio de los jóvenes. Pero había un método tan directo, tan sencillo y, en su opinión, tan fácil de adoptar para conocer el verdadero estado de las cosas y eliminar de una vez todo el misterio, que no pudo evitar sugerírselo a su madre.

-¿Por qué no le pregunta de inmediato a Ma­rianne -le dijo- si está o no está comprometida con Willoughby? Viniendo de usted, su madre, y una madre tan dulce e indulgente, la pregunta no pue­de molestar. Sería consecuencia natural de su cari­ño por ella. Ella solía ser toda franqueza, y con usted de manera muy especial.

-Por nada del mundo le haría tal pregunta. Su­poniendo posible que no estén comprometidos, ¡cuánta aflicción no le infligiría al así interrogarla! En todo caso, revelaría una falta de consideración tan grande a sus sentimientos. Nunca podría me­recer su confianza de nuevo tras obligarla a con­fesar algo que por el momento no se quiere en conocimiento de nadie. Conozco el corazón de Marianne: sé que me quiere profundamente y que no seré la última en quien confíe sus asuntos, cuan­do las circunstancias así lo aconsejen. Jamás inten­taría forzar las confidencias de nadie, menos aún de una niña, porque un sentido del deber contra­rio a sus deseos le impediría negarse a ello.

Elinor pensó que su generosidad era excesiva, considerando la juventud de su hermana, e insis­tió un poco, pero en vano; el sentido común, el celo común y la prudencia común, todos habían sucumbido en la romántica delicadeza de la seño­ra Dashwood.
Pasaron varios días antes de que nadie en la familia mencionara el nombre de Willoughby frente a Marianne; por supuesto, sir John y la señora Jen­nings no fueron tan delicados; sus ingeniosidades sumaron dolor a muchos momentos dolorosos; pero una tarde, la señora Dashwood, tomando al azar un volumen de Shakespeare, exclamó:

-Nunca terminamos Hamlet, Marianne; nuestro querido Willoughby se fue antes de que lo leyéra­mos completo. Lo reservaremos, de manera que cuando vuelva... Pero pueden pasar meses antes de que eso ocurra.

-¡Meses! -exclamó, con enorme sorpresa-. No, ni siquiera muchas semanas.

La señora Dashwood lamentó lo que había di­cho; pero alegró a Elinor, ya que había arrancado una respuesta de Marianne que mostraba con tan­ta fuerza su confianza en Willoughby y el conoci­miento de sus intenciones.

Una mañana, alrededor de una semana después de la partida del joven, Marianne se dejó conven­cer de unirse a sus hermanas en su caminata habi­tual en vez de ponerse a deambular sola. Hasta ese momento había evitado cuidadosamente toda com­pañía durante sus vagabundeos. 
Si sus hermanas pensaban pasear en las lomas, ella se escabullía hacia los senderos; si mencionaban el valle, con igual prisa trepaba las colinas, y nunca podían en­contrarla cuando las demás partían. Pero a la larga la vencieron los esfuerzos de Elinor, que desapro­baba enérgicamente ese permanente apartamiento. Caminaron a lo largo del camino que cruzaba el valle, casi todo el tiempo en silencio, porque era imposible ejercer control sobre la mente de Marian­ne; y Elinor, satisfecha con haber ganado un pun­to, no intentó por el momento obtener ninguna otra ventaja. 
Más allá de la entrada al valle, allí donde la campiña, aunque todavía fértil, era menos agreste y más abierta, se extendía ante ellas un largo tre­cho del camino que habían recorrido al llegar a Barton; y cuando alcanzaron este punto, se detu­vieron para mirar a su alrededor y examinar la pers­pectiva dada por la distancia desde la cual veían su casa, ubicadas como estaban en un sitio al que nunca se les había ocurrido dirigirse en sus cami­natas anteriores.
Entre todas las cosas que poblaban el paisaje, muy pronto descubrieron un objeto animado; era un hombre a caballo, que venía en dirección ha­cia ellas. En pocos minutos pudieron apreciar que era un caballero; y un instante después, arrobada, Marianne exclamó:

-¡Es él! Seguro que es... ¡Sé que es! -y se apre­suraba a ir a su encuentro cuando Elinor la llamó:

-No, Marianne, creo que te equivocas. No es Willoughby. Esa persona no es lo suficientemente alta, y no tiene su aspecto.

-Sí lo tiene, sí lo tiene -exclamó Marianne-. ¡Es­toy segura de que lo tiene! Su aspecto, su abrigo, su caballo... Yo sabía que iba a llegar así de rápido.

Caminaba llena de excitación mientras habla­ba; y Elinor, para proteger a Marianne de sus pro­pias peculiaridades, ya que estaba casi segura de que no era Willoughby, apresuró el paso y se mantuvo a la par de ella. Pronto estuvieron a trein­ta yardas del caballero. Marianne lo miró de nue­vo; sintió que se le caía el alma a los pies, se dio media vuelta y comenzaba a devolverse por don­de había venido cuando en su prisa se vio dete­nida por las voces de sus hermanas, a la que se unía una tercera casi tan conocida como la de Willoughby, rogándole que se detuviera, y se vol­vió sorprendida para ver y dar la bienvenida a Edward Ferrars.
Era la única persona del mundo a quien en ese momento podía perdonar no ser Willoughby; la única que podía haberla hecho sonreír; pero ella borró sus lágrimas para sonreírle a él, y en la feli­cidad de su hermana olvidó por un momento su propia decepción.

Edward desmontó y, entregándole el caballo a su sirviente, caminó de vuelta con ellas hacia Barton, adonde se dirigía con el propósito de vi­sitarlas. Todas le dieron la bienvenida con gran cordia­lidad, pero especialmente Marianne, que fue más calurosa en sus demostraciones de afecto que in­cluso la misma Elinor. Para Marianne, sin embar­go, el encuentro entre Edward y su hermana no fue sino la continuación de esa inexplicable frial­dad que tan a menudo había observado en el com­portamiento de ambos en Norland. En Edward, especialmente, faltaba todo aquello que un enamo­rado debiera parecer y decir en ocasiones como ésta. 
Estaba confundido, apenas mostraba placer alguno en verlas, no se veía ni exaltado ni alegre, habló escasamente y sólo cuando se veía obligado a responder preguntas, y no distinguió a Elinor a través de ninguna señal de afecto. Marianne mira­ba y escuchaba con creciente sorpresa. Casi comen­zó a sentir desagrado por Edward; y esta sensación terminó, como terminaban obligatoriamente todos sus sentimientos, llevando sus pensamientos de vuelta a Willoughby, cuyos modales contrastaban de tal manera con los de aquel que había sido ele­gido como hermano.

Tras un corto silencio que siguió a la sorpresa y preguntas iniciales, Marianne inquirió de Edward si había venido directamente desde Londres. No, había estado en Devonshire durante quince días.

-¡Quince días! -repitió Marianne, sorprendida de saber que había estado en el mismo condado que Elinor sin haberla visto antes.

Edward se mostró algo incómodo mientras agregaba que se había estado quedando con algu­nos amigos cerca de Plymouth.

-¿Ha estado últimamente en Sussex? -le pregun­tó Elinor.

-Estuve en Norland hace un mes.

-¿Y cómo está el querido, querido Norland? -exclamó Marianne.

-El querido, querido Norland -dijo Elinor- pro­bablemente esté bastante parecido a como siempre está en esta época del año... los bosques y sende­ros cubiertos de una gruesa capa de hojas secas.

-¡Ah! -exclamó Marianne-. ¡Cuán transportada de emoción me solía sentir entonces al verlas caer! ¡Cómo me he deleitado en mis caminatas viéndo­las caer en torno a mí como una lluvia impelida por el viento! ¡Qué de emociones me han inspira­do, y la estación, el aire, todo! Hoy no hay nadie que las contemple. Ven en ellas tan sólo un fasti­dio, rápidamente las barren, y las hacen desapare­cer de la vista como mejor pueden.

-No todos -dijo Elinor- tienen tu pasión por las hojas secas.

-No, mis sentimientos no suelen ser comparti­dos, ni tampoco comprendidos. Pero a veces lo son -mientras decía esto, se entregó por un instante a un breve ensueño; pero saliendo de él, continuó-: Ahora, Edward -le dijo llamando su atención al paisaje-, éste es el valle de Barton. Contémplalo, Y manténte en calma si es que puedes. ¡Mira esas colinas! ¿Alguna vez viste algo igual? Hacia la iz­quierda está la finca, Barton Park, entre esos bos­ques y plantíos. Puedes ver una esquina de la casa. Y allá, bajo esa colina lejana que se eleva con tal grandeza, está nuestra cabaña.

-Es una hermosa región -replicó él-; pero es­tas hondonadas deben estar llenas de lodo en in­vierno.

-¿Cómo puedes pensar en el lodo, con tales cosas frente a ti?

-Porque -replicó él, sonriendo- entre todas las cosas frente a mí, veo un sendero muy enfangado.

“¡Qué persona curiosa!”, se dijo Marianne mien­tras continuaba su camino.

-¿Es agradable el vecindario acá? ¿Son los Middleton gente grata?

-No, en absoluto -respondió Marianne -, no podríamos estar peor ubicadas.

-Marianne -exclamó su hermana-, ¿cómo pue­des decir eso? ¿Cómo puedes ser tan injusta? Son una familia muy respetable, señor Ferrars, y con nosotras se han portado de la manera más amisto­sa posible. ¿Es que has olvidado, Marianne, cuán­tos días placenteros les debemos?

-No -dijo Marianne en voz baja-, y tampoco cuántos momentos dolorosos.
Elinor no escuchó sus palabras y, dirigiendo la atención a su visitante, se esforzó en mantener con él algo que pudiera parecer una conversación, para lo que recurrió a hablar de su residencia actual, sus ventajas, y cosas así, con lo que logró sacarle a la fuerza alguna ocasional pregunta u observa­ción. Su frialdad y reserva la mortificaban grave­mente; se sentía molesta y algo enojada; pero decidida a guiar su conducta más por el pasado que por el presente, evitó toda apariencia de re­sentimiento o disgusto y lo trató como pensaba que debía ser tratado, dados los vínculos familiares.

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