lunes, 12 de marzo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XVII

La sorpresa de la señora Dashwood al verlo duró sólo un momento; la venida de Edward a Bar­ton era, en su opinión, la cosa más natural del mundo. 
Su alegría y manifestaciones de afecto sobrepasaron en mucho el asombro que pudo haber sentido. Recibió el joven la más gentil de las bienvenidas de parte de ella; su timidez, frial­dad, reserva, no pudieron resistir tal recibimien­to. Ya habían comenzado a abandonarlo antes de entrar a la casa, y el encanto del trato de la se­ñora Dashwood terminó por vencerlas. En ver­dad un hombre no podía enamorarse de ninguna de sus hijas sin hacerla a ella también partícipe de su amor; y Elinor tuvo la satisfacción de ver cómo muy pronto volvía a comportarse como en realidad era. Su cariño hacia ellas y su interés por el bienestar de todas parecieron cobrar nue­va vida y hacerse otra vez manifiestos. No esta­ba, sin embargo, en el mejor de los ánimos; alabó la casa, admiró el panorama, se mostró atento y gentil; pero aun así no estaba animado. Toda la familia lo advirtió, y la señora Dashwood, atri­buyéndolo a alguna falta de generosidad de su madre, se sentó a la mesa indignada contrato­dos los padres egoístas.
¿Cuáles son los planes de la señora Ferrars para usted actualmente? -le preguntó tras haber terminado de cenar y una vez que se encontra­ron reunidos alrededor del fuego-. ¿Todavía se es­pera que sea un gran orador, a pesar de lo que usted pueda desear?
-No. Espero que mi madre se haya convenci­do ya de que mis dotes para la vida pública son tan escasas como mi inclinación a ella.
-Pero, entonces, ¿cómo alcanzará la fama? Por­que tiene que ser famoso para contentar a toda su familia; y sin ser, propenso a una vida de grandes gastos, sin interés por la gente que no conoce, sin profesión y sin tener el futuro asegurado, le pue­de ser difícil lograrlo.
-Ni siquiera lo intentaré. No tengo deseo algu­no de ser distinguido, y tengo todas las razones imaginables para confiar en que nunca lo seré. ¡Gra­cias a Dios! No se me puede obligar al genio y la elocuencia.
-Carece de ambición, eso lo sé bien. Todos sus deseos son moderados.
-Creo que tan moderados como los del resto del mundo. Deseo, al igual que todos los demás, ser totalmente feliz; pero, al igual que todos los demás, tiene que ser a mi manera. La grandeza no me hará feliz.
-¡Seria raro que lo hiciera! -exclamó Marianne-. ¿Qué tienen que ver la riqueza o la grandeza con la felicidad?

-La grandeza, muy poco -dijo Elinor-; pero la riqueza, mucho.

-¡Elinor, qué vergüenza! -dijo Marianne-. El dinero sólo puede dar felicidad allí donde no hay ninguna otra cosa que pueda darla. Más allá de un buen pasar, no puede dar real satisfacción, por lo menos en lo que se refiere al ser más ín­timo.

-Quizá -dijo Elinor, sonriendo-, lleguemos a lo mismo. Tu buen pasar y mi riqueza son muy se­mejantes, diría yo; y tal como van las cosas hoy en día, estaremos de acuerdo en que, sin ellos, fal­tará también todo lo necesario para el bienestar fí­sico. Tus ideas sólo son más nobles que las mías. Vamos, ¿en cuánto calculas un buen pasar?

-Alrededor de mil ochocientas o dos mil libras al año; no más que eso.
Elinor se echó a reír.

-¡Dos mil al año! ¡Mil es lo que yo llamo ri­queza! Ya sospechaba yo en qué terminaríamos.

-Aun así, dos mil anuales es un ingreso muy moderado -dijo Marianne-. Una familia no puede mantenerse con menos. Y creo que no estoy sien­do extravagante en mis demandas. Una adecuada dotación de sirvientes, un carruaje, quizá dos, y perros y caballos de_ caza, no se pueden mantener con menos.

Elinor sonrió nuevamente al escuchar a su her­mana describiendo con tanta exactitud sus futuros gastos en Combe Magna.

-¡Perros y caballos cazadores! -repitió Edward-. Pero, ¿por qué habrías de tenerlos? No todo el mun­do caza.

Marianne se ruborizó mientras le respondía:
-Pero la mayoría lo hace.

-¡Cómo quisiera -dijo Margaret, poniendo en marcha su fantasía- que alguien nos regalara a cada una gran fortuna!

-¡Ah! ¡Si eso ocurriera! -exclamó Marianne bri­llándole los ojos de animación, y con las mejillas resplandecientes con la dicha de esa felicidad ima­ginaria.

-Supongo que todas lo deseamos -dijo Elinor-, pese a que la riqueza no basta.

-¡Ay, cielos! -exclamó Margaret-. ¡Qué feliz se­ría! ¡No me imagino qué haría con ese dinero!
Marianne parecía no tener ninguna duda al res­pecto.

-Por mi parte, yo no sabría cómo gastar una gran fortuna -dijo la señora Dashwood- si todas mis hijas fueran ricas sin mi ayuda.

-Debería comenzar con las mejoras a esta casa -observó Elinor-, y todas sus dificultades desapa­recerían de inmediato.
-¡Qué magníficas órdenes de compra saldrían desde esta familia a Londres -dijo Edward- si ello ocurriera! ¡Qué feliz día para los libreros, los ven­dedores de música y las tiendas de grabados! Us­ted, señorita Dashwood, haría un encargo general para que se le enviara todo nuevo grabado de cali­dad; y en cuanto a Marianne, conozco su grandeza de alma: no habría música suficiente en Londres para satisfacerla. ¡Y libros! Thomson, Cowper, Scott... los compraría todos una y otra vez; compraría cada co­pia, creo, para evitar que cayeran en manos indig­nas de ellos; y tendría todos los libros que le pudieran enseñar a admirar un viejo árbol retorci­do. ¿No es verdad, Marianne? Perdóname si he so­nado algo cáustico. Pero quería mostrarte que no he olvidado nuestras antiguas discusiones.

-Me encanta que me recuerden el pasado, Ed­ward; no importa que sea melancólico o alegre, me encanta que me lo recuerden; y jamás me ofende­rás hablándome de tiempos pasados. Tienes toda la razón al suponer cómo gastaría mi dinero... parte de él, al menos mi dinero suelto, de todas mane­ras lo usaría para enriquecer mi colección de mú­sica y libros.

-Y el grueso de tu fortuna iría a pensiones anuales para los autores o sus herederos. -No, Edward, haría otra cosa.

-Quizá, entonces, la donarías como un premio a la persona que escribiera la mejor defensa de tu máxima favorita, ésa según la cual nadie puede enamorarse más de una vez en la vida: porque su­pongo que no has cambiado de opinión en ese punto, ¿verdad?

-Sin ninguna duda. A mi edad, las opiniones son tolerablemente sólidas. No parece probable que vaya a ver o escuchar nada que me haga cambiarlas.

-Puede ver que Marianne sigue tan resuelta como siempre dijo Elinor-; no ha cambiado en nada.

-Sólo está un poco más grave que antes.

-No, Edward -dijo Marianne-, no tienes nada que reprocharme. Tampoco tú estás muy alegre.

-¡Qué te hace pensar eso! -replicó el joven, con un suspiro-. Pero la alegría nunca formó parte de carácter.

-Tampoco la creo parte del de Marianne -dijo Elinor-. Difícilmente la llamaría una muchacha de gran vivacidad; es muy intensa, muy vehemente en todo lo que hace; a veces habla mucho, y siempre con gran animación..., pero no es frecuente verla realmente alegre.
-Creo que tiene usted razón -replicó Edward-; y, sin embargo, siempre la he tenido por una mu­chacha muy vivaz.
-A menudo me he descubierto cometiendo esa clase de equivocaciones -dijo Elinor-, con ideas totalmente falsas sobre el carácter de alguien en algún punto u otro; imaginando a la gente mucho más alegre o seria, más ingeniosa o estúpida de lo que realmente es, y me es difícil decir por qué, o en qué se originó el engaño. A veces uno se deja guiar por lo que las personas dicen de sí mismas, y muy a menudo por lo que otros dicen de ellas, sin darse tiempo para deliberar y discernir.

-Pero yo creía que estaba bien, Elinor –dijo Marianne- dejarse guiar cabalmente por la opinión de otras personas. Creía que se nos daba el dis­cernimiento simplemente para subordinarlo al de nuestros vecinos. Estoy segura de que ésta ha sido siempre tu doctrina.

-No, Marianne, nunca. Mi doctrina nunca ha apuntado a la sujeción del entendimiento. El com­portamiento es lo único sobre lo que he querido influir. No debes confundir el sentido de lo que digo. Me confieso culpable de haber deseado a menudo que trataras a nuestros conocidos en ge­neral con mayor cortesía; pero, ¿cuándo te he acon­sejado adoptar sus sentimientos o conformarte a su manera de juzgar las cosas en asuntos serios?

-Entonces no ha podido incorporar a su her­mana a su plan de cortesía general -dijo Edward a Elinor-. ¿No ha conquistado ningún terreno?

-Muy por el contrario -replicó Elinor, con una expresiva mirada a Marianne.
-Mi pensamiento -respondió él- está en todo de acuerdo con el suyo; pero me temo que mis acciones concuerdan mucho más con las de su her­mana. Nunca es mi deseo ofender, pero soy tan neciamente tímido que a menudo parezco desaten­to, cuando sólo me retiene mi natural torpeza. Con frecuencia he pensado que, por naturaleza, debo haber estado destinado a gustar de la gente de baja condición, ¡pues me siento tan poco cómodo en­tre personas de buena cuna cuando me son extra­ñas!

-Marianne no puede escudarse en la timidez por las desatenciones en que puede incurrir -dijo Elinor.

-Ella conoce demasiado bien su propio valer para falsas vergüenzas -replicó Edward-. La timi­dez es únicamente efecto de una sensación de in­ferioridad en uno u otro aspecto. Si yo pudiera convencerme de que mis modales son perfectamen­te naturales y elegantes, no sería tímido.

-Pero aun así, sería reservado -dijo Marianne-, y eso es peor.
Edward la quedó mirando fijamente.

-¿Reservado? ¿Soy reservado, Marianne?

-Sí, mucho.

-No te comprendo -replicó él, enrojeciendo-. ¡Reservado...! ¿Cómo, en qué sentido? ¿Qué debe­ría haberles dicho? ¿Qué es lo que supones?
Elinor pareció sorprendida ante una respuesta tan cargada de emoción, pero intentando quitarle seriedad al asunto, le dijo:
-¿Es que acaso no conoce lo suficiente a mi hermana para entender lo que dice? ¿No sabe aca­so que ella llama reservado a todo aquel que no habla tan rápido como ella ni admira lo que ella admira, y con idéntico éxtasis?
Edward no respondió. Retornó a él ese aire gra­ve y meditabundo que le era tan propio, y duran­te un rato se mantuvo allí sentado, silencioso y sombrío.

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