martes, 20 de marzo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XVIII

Elinor contempló con gran inquietud el ánimo de­caído de su amigo. La satisfacción que le ofrecía su visita era bastante parcial, puesto que el placer que él mismo obtenía parecía tan imperfecto. 
Era evidente que era desdichado, y ella habría desea­do que fuera igualmente evidente que aún la dis­tinguía por el mismo afecto que alguna vez estaba segura de haberle inspirado; pero hasta el momento parecía muy dudoso que continuara prefiriéndola, y su actitud reservada hacia ella contradecía en un instante lo que una mirada más animada había in­sinuado el minuto anterior.

A la mañana siguiente las acompañó a ella y a Marianne en la mesa del desayuno antes de que las otras hubieran bajado; y Marianne, siempre an­siosa de impulsar, en lo que le era posible, la feli­cidad de ambos, pronto los dejó solos. Pero no iba aún por la mitad de las escaleras cuando escuchó abrirse la puerta de la sala y, volviéndose, quedó estupefacta al ver que también Edward salía.

Voy al pueblo a ver mis caballos -le dijo-, ya que todavía no estás lista para desayunar; volveré muy luego.
Edward regresó con renovada admiración por la región circundante; su caminata a la aldea ha­bía sido ocasión favorable para ver gran parte del valle; y la aldea misma, ubicada mucho más alto que la casa, ofrecía una visión general de todo el lugar que le había agradado sobremanera. Este era un tema que aseguraba la atención de Marianne, y comenzaba a describir su propia admiración por estos paisajes y a interrogarlo más en detalle so­bre las cosas que lo habían impresionado de ma­nera especial, cuando Edward la interrumpió diciendo:

-No debes preguntar demasiado, Marianne; re­cuerda, no sé nada de lo pintoresco, y te ofenderé con mi ignorancia y falta de gusto si entramos en detalles. ¡Llamaré empinadas a las colinas que de­bieran ser escarpadas! Superficies inusuales y tos­cas, a las que debieran ser caprichosas y ásperas; y de los objetos distantes diré que están fuera de la vista, cuando sólo debieran ser difusos a través del suave cristal de la brumosa atmósfera. Tienes que contentarte con el tipo de admiración que ho­nestamente puedo ofrecer. La llamo una muy her­mosa región: las colinas son empinadas, los bosques parecen llenos de excelente madera, y el valle se ve confortable y acogedor, con ricos pra­dos y varias pulcras casas de granjeros disemina­dos aquí y allá. Corresponde exactamente a mi idea de una agradable región campestre, porque une belleza y utilidad... y también diría que es pinto­resca, porque tú la admiras; fácilmente puedo creer que está llena de roqueríos y promontorios, mus­go gris y zarzales, pero todo eso se pierde conmi­go. No sé nada de pintoresquismo.

-Me temo que hay demasiada verdad en eso -dijo Marianne-; pero, ¿por qué hacer alarde de ello?
-Sospecho -dijo Elinor- que para evitar caer en un tipo de afectación, Edward cae aquí en otra. Como cree que tantas personas pretenden mucho mayor admiración por las bellezas de la naturale­za de la que de verdad sienten, y le desagradan tales pretensiones, afecta mayor indiferencia ante el paisaje y menos discernimiento de los que real­mente posee. Es exquisito y quiere tener una afec­tación sólo de él.

-Es muy cierto -dijo Marianne- que la admira­ción por los paisajes naturales se ha convertido en una simple jerigonza. Todos pretenden admirarse e intentan hacer descripciones con el gusto y la ele­gancia del primero que definió lo que era la belle­za pintoresca. Detesto las jergas de cualquier tipo, y en ocasiones he guardado para mí misma mis sentimientos porque no podía encontrar otro len­guaje para describirlos que no fuera ese que ha sido gastado y manoseado hasta perder todo sentido y significado.

-Estoy convencido -dijo Edward- de que frente a un hermoso panorama realmente sientes todo el placer que dices sentir. Pero, a cambio, tu herma­na debe permitirme no sentir más del que decla­ro. Me gusta una hermosa vista, pero no según los principios de lo pintoresco. No me gustan los ár­boles contraídos, retorcidos, marchitos. Mi admira­ción es mucho mayor cuando son altos, rectos y están en flor. No me gustan las cabañas en ruinas, destartaladas. No soy aficionado a las ortigas o a los cardos o a los brezales. Me da mucho más pla­cer una acogedora casa campesina que una atala­ya; y un grupo de aldeanos pulcros y felices me agrada mucho más que los mejores bandidos del mundo.

Marianne miró a Edward con ojos llenos de sor­presa, y a su hermana con piedad. Elinor se limitó a reír.
Abandonaron el tema, y Marianne se mantuvo en un pensativo silencio hasta quede súbito un objeto capturó su atención. Estaba sentada junto a Edward, y cuando él tomó la taza de té que le- ofre­cía la señora Dashwood, su mano le pasó tan cer­ca que no pudo dejar de observar, muy visible en uno de sus dedos, un anillo que en el centro lle­vaba unos cabellos entretejidos.

-Nunca vi que usaras un anillo antes, Edward -exclamó-. ¿Pertenecen a Fanny esos cabellos? Re­cuerdo que prometió darte algunos. Pero habría pensado que su pelo era más oscuro.

Marianne había manifestado sin mayor reflexión lo que en verdad sentía; pero cuando vio cuánto había turbado a Edward, su propio fastidio ante su falta de consideración fue mayor que la molestia que él sentía. El enrojeció vivamente y, lanzando una rápida mirada a Elinor, replicó:


-Sí, es cabello de mi hermana. El engaste siem­pre le da un matiz diferente, ya sabes.
La mirada de Elinor se había cruzado con la de él, y también pareció turbarse. De inmediato ella pensó, al igual que Marianne, que el cabello le per­tenecía; la única diferencia entre ambas conclusio­nes era que lo que Marianne creía un regalo dado voluntariamente por su hermana, para Elinor ha­bía sido obtenido mediante algún robo o alguna maniobra de la que ella no estaba consciente. Sin embargo, no estaba de humor para considerarlo una afrenta, y mientras cambiaba de conversación pretendiendo así no haber notado lo ocurrido, en su fuero interno resolvió aprovechar de ahí en ade­lante toda oportunidad que se le presentara para mirar ese cabello y convencerse, más allá de toda duda, de que era del mismo color que el suyo.

La turbación de Edward se alargó durante al­gún tiempo, y terminó llevándolo a un estado de abstracción aún más pronunciado. Estuvo especial­mente serio durante toda la mañana. Marianne se reprochaba de la manera más severa por lo que había dicho; pero se habría perdonado con mucho mayor rapidez si hubiera sabido cuán poco había ofendido a su hermana.

Antes de mediodía recibieron la visita de sir John y la señora Jennings, que habiendo sabido de la visita de un caballero a la cabaña, vinieron a echar una mirada al huésped. Con la ayuda de su suegra, sir John no tardó en descubrir que el nom­bre de Ferrars comenzaba con F, y esto dejó abierta para el futuro una veta de chanzas contra la recta Elinor que únicamente porque recién conocían a Edward no explotaron de inmediato. En el momen­to, tan sólo las expresivas miradas que se cruza­ron dieron un indicio a Elinor de cuán lejos había llegado su perspicacia, a partir de las indicaciones de Margaret.

Sir John nunca llegaba a casa de las Dashwood sin invitarlas ya fuera a cenar en la finca al día si­guiente, o tomar té con ellos esa misma tarde. En la ocasión actual, para distracción de su huésped a cuyo esparcimiento se sentía obligado a contri­buir, quiso comprometerlos para ambos.

-Tienen que tomar té con nosotros hoy día -les dijo-, porque estaremos completamente solos; y mañana de todas maneras deben cenar con no­sotros, porque seremos un grupo bastante grande.

La señora Jennings reforzó lo imperioso de la situación, diciendo:
-¿Y cómo saben si no organizan un baile? Y eso sí la tentará a usted, señorita Marianne.

-¡Un baile! protestó Marianne-. ¡Imposible! ¿Quién va a bailar?

-¡Quién! Pero, ustedes, y los Carey y los Whi­taker, con toda seguridad. ¡Cómo! ¿Acaso creía que nadie puede bailar porque una cierta persona a quien no nombraremos se ha ido?

-Con todo el corazón -exclamó sir John- que­rría que Willoughby estuviera entre nosotros de nuevo.
Esto, y el rubor de Marianne, despertaron nue­vas sospechas en Edward.

-¿Y quién es Willoughby? -le preguntó en voz baja a la señorita Dashwood, a cuyo lado se en­contraba.

Elinor le respondió en pocas palabras. El sem­blante de Marianne era mucho más comunicativo. Edward vio en él lo suficiente para comprender no sólo el significado de lo que los otros decían, sino también las expresiones de Marianne que antes lo habían confundido; y cuando sus visitantes se hu­bieron ido, de inmediato se dirigió a ella y, en un susurro, le dijo:

-He estado haciendo conjeturas. ¿Te digo lo que me parece adivinar?

-¿Qué quieres decir?

-¿Te lo digo?

-Por supuesto.

-Pues bien, adivino que el señor Willoughby practica la caza.
Marianne se sintió sorprendida y turbada, pero no pudo dejar de sonreír ante tan tranquila sutile­za y, tras un momento de silencio, le dijo:

-¡Ay, Edward! ¿Cómo puedes...? Pero llegará el día, espero... Estoy segura de que te gustará.

-No lo dudo -replicó él, con un cierto asom­bro ante la intensidad y calor de sus palabras; pues si no hubiera imaginado que se trataba de una bro­ma hecha para diversión de todos sus conocidos, basada nada más que en un algo o una nada en­tre el señor Willoughby y ella, no habría osado mencionarlo.

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