lunes, 9 de abril de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XX

Al día siguiente, en el momento en que las señori­tas Dashwood ingresaban a la sala de Barton Park por una puerta, la señora Palmer entró corriendo por la otra, con el mismo aire alegre y festivo que le habían visto antes. Les tomó las manos con gran­des muestras de afecto y manifestó gran placer en verlas nuevamente.

-¡Estoy feliz de verlas! -dijo, sentándose entre Elinor y Marianne- porque el día está tan feo que temía que no vinieran, lo que habría sido terrible, ya que mañana nos vamos de aquí. Tenemos que irnos, ya saben, porque los Weston llegan a nues­tra casa la próxima semana. Nuestra venida acá fue algo muy repentino y yo no tenía idea de que lo haríamos hasta que el carruaje iba llegando a la puerta, y entonces el señor Palmer me preguntó si iría con él a Barton. ¡Es tan gracioso! ¡Jamás me dice nada! Siento tanto que no podamos perma­necer más tiempo; pero espero que muy pronto nos encontraremos de nuevo en la ciudad.

Elinor y Marianne se vieron obligadas a frenar tales expectativas.

-¡Que no van a ir a la ciudad! -exclamó la se­ñora Palmer con una sonrisa-. Me desilusionará enormemente si no lo hacen. Podría conseguirles la casa más linda del mundo junto a la nuestra, en Hanover Square. Tienen que ir, de todas maneras. Créanme que me sentiré feliz de acompañarlas en cualquier momento hasta que esté por dar a luz, si a la señora Dashwood no le gusta salir a, luga­res públicos.

Le agradecieron, pero se vieron obligadas a re­sistir sus ruegos.

-¡Ay, mi amor! -exclamó la señora Palmer diri­giéndose a su esposo, que acababa de entrar en la habitación-. Tienes que ayudarme a convencer a las señoritas Dashwood para que vayan a la ciu­dad este invierno.
Su amor no le respondió; y tras inclinarse lige­ramente ante las damas, comenzó a quejarse del clima.

-¡Qué horrible es todo esto! -dijo-. Un clima así hace desagradable todo y a todo el mundo. Con la lluvia, el aburrimiento invade todo, tanto bajo techo como al aire libre. Hace que uno deteste a todos sus conocidos. ¿Qué demonios pretende sir John no teniendo una sala de billar en esta casa? ¡Qué pocos saben lo que son las comodidades! Sir John es tan estúpido como el clima.

No pasó mucho rato antes de que llegara el res­to de la concurrencia.

-Temo, señorita Marianne -dijo sir John-, que no haya podido realizar su habitual caminata has­ta Allenham hoy día.
Marianne puso una cara muy seria, y no dijo nada.

-Ah, no disimule tanto con nosotros -dijo la señora Palmer-, porque le aseguro que sabemos todo al respecto; y admiro mucho su gusto, pues pienso que él es extremadamente apuesto. Sabe usted, no vivimos a mucha distancia de él en el campo; me atrevería a decir que a no más de diez millas.

-Mucho más, cerca de treinta -dijo su esposo.

-¡Ah, bueno! No hay mucha diferencia. Nunca he estado en la casa de él, pero dicen que es un lugar delicioso, muy lindo.

-Uno de los lugares más detestables que he vis­to en mi vida -dijo el señor Palmer.

Marianne se mantuvo en perfecto silencio, aun­que su semblante traicionaba su interés en lo que decían.

-¿Es muy feo? -continuó la señora Palmer-. En­tonces supongo que debe ser otro lugar el que es tan bonito.

Cuando se sentaron a la mesa, sir John obser­vó con pena que entre todos llegaban sólo a ocho.

-Querida -le dijo a su esposa-, es muy moles­to que seamos tan pocos. ¿Por qué no invitaste a los Gilbert a cenar con nosotros hoy?

-¿No le dije, sir John, cuando me lo mencionó antes, que era imposible? La última vez fueron ellos los que vinieron acá.

-Usted y yo, sir John -dijo la señora Jennings­- no nos andaríamos con tantas ceremonias.

-Entonces sería muy mal educada -exclamó el señor Palmer.

-Mi amor, contradices a todo el mundo -dijo su esposa, con su risa habitual-. ¿Sabes que eres bastante grosero?

-No sabía que estuviera contradiciendo a na­die al llamar a tu madre mal educada.

-Ya, ya, puede tratarme todo lo mal que quie­ra -exclamó con su habitual buen humor la seño­ra Jennings-. Me ha sacado a Charlotte de encima, y no puede devolverla. Así es que ahora se des­quita conmigo.

Charlotte se rió con gran entusiasmo al pensar que su esposo no podía librarse de ella, y alegre­mente dijo que no le importaba cuán irascible fuera él hacia ella, igual debían vivir juntos. Nadie po­día tener tan absoluto buen carácter o estar tan de­cidido a ser feliz como la señora Palmer. La estudiada indiferencia, insolencia y contrariedad de su esposo no la alteraban; y cuando él se enfada­ba con ella o la trataba mal, parecía enormemente divertida.
-¡El señor Palmer es tan chistoso! -le susurró a Elinor-. Siempre está de mal humor.

Tras observarlo durante un breve lapso, Elinor no estaba tan dispuesta a darle a él crédito por ser tan genuina y naturalmente de mal talante y mal educado como deseaba aparecer. Puede que su temperamento se hubiera agriado algo al descubrir, como tantos otros de su sexo, que por un inexpli­cable prejuicio en favor de la belleza, se encontra­ba casado con una mujer muy tonta; pero ella sabía que esta clase de desatino era demasiado común para que un hombre sensato se sintiera afectado por mucho tiempo. Más bien era un deseo de dis­tinción, creía, lo que lo inducía a ser tan displicente con todo el mundo y a su generalizado desprecio por todo lo que se le ponía por delante. Era el de­seo de parecer superior a los demás. El motivo era demasiado corriente para que causara sorpresa; pero los medios, aunque tuvieran éxito en estable­cer su superioridad en mala crianza, no parecían adecuados para ganarle el aprecio de nadie que no fuera su mujer.


-¡Ah! Mi querida señorita Dashwood -le dijo la señora Palmer poco después-, tengo un favor tan grande que pedirles, a usted y a su hermana. ¿Irían a Cleveland a pasar un tiempo estas Navidades? Por favor, acepten, y vayan mientras los Weston están con nosotros. ¡No pueden imaginar lo feliz que me harán! Mi amor -dijo, dirigiéndose a su marido-, ¿no te encantaría recibir a las señoritas Dashwood en Cleveland?

-Por supuesto -respondió él con tono despecti­vo-, fue mi único propósito al venir a Devonshire.

-Ahí tienen -dijo su esposa-, ya ven que el señor Palmer las espera; así que no pueden ne­garse.

Las dos, Elinor y Marianne, declinaron la invi­tación de manera clara y decidida.

-Pero no, deben ir y van a ir. Estoy segura de que les gustará por sobre todas las cosas. Los Wes­ton estarán con nosotros, y será sumamente agra­dable. No pueden imaginarse la delicia de lugar que es Cleveland; y lo pasamos tan bien ahora, por­que el señor Palmer está todo el tiempo recorrien­do la región en la campaña electoral; y vienen a cenar con nosotros muchas personas a las que nun­ca he visto antes, lo que es absolutamente encan­tador. Pero, ¡pobre!, es muy fatigoso para él, porque tiene que hacerse agradable a todo el mundo.

A duras penas pudo Elinor mantenerse seria mientras concordaba en la dificultad de tal em­presa.
-¡Qué delicia será -dijo Charlotte- cuando él esté en el Parlamento! ¿Verdad? ¡Cómo me voy a reír! Será tan cómico ver que sus cartas le llegan dirigidas con las iniciales M.P. (Miembro del Parlamento), Pero, saben, dice que nunca enviará mis cartas con las franquicias que él tendrá por ser parlamentario. Ha dicho que no lo hará, ¿no es verdad, señor Palmer?

El señor Palmer la ignoró por completo.

-El no soporta escribir -continuó-, dice que es espantoso.

-No -dijo él-, nunca he dicho algo tan irracio­nal. No me hagas cargar a mí con todos los agra­vios que le haces tú al lenguaje.

-Mírenlo, vean qué divertido es. ¡Siempre es así! En ocasiones pasa la mitad del día sin hablarme, y después sale con algo tan divertido... y por cual­quier cosa que se le ocurra.

Al volver a la sala, la señora Palmer sorpren­dió a Elinor al preguntarle si su esposo no le gus­taba enormemente.

-Por supuesto -respondió Elinor-, parece una persona muy amena.

-Bueno... me alegra tanto que sea así. Me ima­giné que le gustaría, pues es tan agradable; puedo asegurarle que al señor Palmer le gustan enorme­mente usted y sus hermanas, y no se imaginan qué desilusionado se sentirá si no vienen a Cleveland. No logro imaginarme por qué rehúsan hacerlo.

De nuevo Elinor se vio obligada a declinar la invitación; y mediante un cambio de tema, puso fin a sus ruegos. Pensaba en la probabilidad de que, por vivir en la misma región, la señora Palmer pu­diera darles referencias sobre Willoughby más de­talladas que las que se podían deducir del limitado conocimiento que de él tenían los Middleton, y es­taba ansiosa de obtener de cualquier persona una confirmación de los méritos del joven que permi­tiéra eliminar toda posibilidad de temor por Ma­riana. Comenzó preguntándole si veía mucho al señor Willoughby en Cleveland y si estaban ínti­mamente relacionados con él.

-¡Ah! Sí, querida; lo conozco sumamente bien -respondió la señora Palmer-. No es que alguna vez haya hablado con él, por cierto que no; pero siempre lo veo en la ciudad. Por una u otra causa, nunca me ha ocurrido estar quedándome en Bar­ton al mismo tiempo que él en Allenham. Mamá lo vio acá una vez antes; pero yo estaba con mi tío en Weymouth. Sin embargo, puedo decir que me habría encontrado innumerables veces con él en Somersetshire, si por desgracia no hubiese ocu­rrido que nunca hayamos estado allí al mismo tiem­po. El pasa muy poco en Combe, según creo; pero si alguna vez lo hiciese, no creo que el señor Pal­mer lo visitara, porque, como usted sabe, el señor Willoughby está en la Oposición, y además está tan lejos. Sé muy bien por qué pregunta: su hermana va a casarse con él. Me alegra horrores, porque así, sabe usted, la tendré de vecina.

-Le doy mi palabra -dijo Elinor- de que usted sabe mucho más que yo de ese asunto, si alguna razón la asiste para esperar tal unión.

-No intente negarlo, porque usted sabe que todo el mundo habla de ello. Le aseguro que lo escuché cuando pasaba por la ciudad.

-¡Mi querida señora Palmer!

-Por mi honor que lo hice... El lunes en la ma­ñana me encontré con el coronel Brandon en Bond Street, justo antes de que saliéramos de la ciudad, y él me lo contó personalmente.

-Me sorprende usted mucho. ¡Que el coronel Brandon se lo contó! Con toda seguridad se equi­voca usted. Dar tal información a una persona a quien no podía interesarle, incluso si fuera verda­dera, no es lo que yo esperaría del coronel Bran­don.

-Pero le aseguro que ocurrió así, tal como se lo dije, y le contaré cómo fue. Cuando nos encon­tramos con él, se devolvió y caminó un trecho con nosotros; y comenzamos a hablar de mi cuñado y de mi hermana, y de una cosa y otra, y yo le dije: “Entonces, coronel, he oído que hay una nueva fa­milia en la casita de Barton, y mamá me ha conta­do que son muy bonitas y que una de ellas se va a casar con el señor Willoughby, de Combe Mag­na. Cuénteme, ¿es verdad? Porque por supuesto usted debe saberlo, como ha estado en Devonshi­re hace tan poco”.

-¿Y qué dijo el coronel?

-Oh, no dijo mucho; pero parecía saber que era verdad, así que a partir de ese momento lo tomé como cosa cierta. ¡Será maravilloso, le digo! ¿Cuándo tendrá lugar?

¿El señor Brandon se encontraba bien, espero?

-Ah, sí, muy bien; y lleno de elogios hacia us­ted; todo lo que hizo fue decir buenas cosas so­bre usted.

-Me halagan sus alabanzas. Parece un hombre excelente; y lo creo extraordinariamente agradable.

-Yo también... Es un hombre tan encantador, que es una lástima que sea tan serio y apático. Mamá dice que también él estaba enamorado de su hermana. Le aseguro que sería un gran cumpli­do si lo estuviera, porque casi nunca se enamora de nadie.

¿Es muy conocido el señor Willoughby en su parte de Somersetshire? -dijo Elinor.

-¡Oh, sí, mucho! Quiero decir, no creo que mucha gente lo trate, porque Combe Magna está tan lejos; pero le aseguro que todos lo creen su­mamente agradable. Nadie es más apreciado que el señor Willoughby en cualquier lugar al que vaya, Y puede decírselo así a su hermana. Qué mons­truosa buena suerte la suya al haberlo conquista­do, palabra de honor; y no es que la suerte de él no sea mayor, porque su hermana es tan bien pa­recida y encantadora que nada puede ser lo bas­tante bueno para ella. Sin embargo, para nada creo que sea más guapa que usted, le aseguro; creo que las dos son extremadamente bonitas, y estoy se­gura de que lo mismo piensa el señor Palmer, aun­que anoche no logramos que lo reconociera.

La información de la señora Palmer sobre Wi­lloughby no era demasiado sustanciosa; pero cual­quier testimonio en su favor, por pequeño que fuese, le era grato a Elinor.

-Estoy tan contenta de que finalmente nos ha­yamos conocido -continuó Charlotte-. Y ahora es­pero que siempre seamos buenas amigas. ¡No puede imaginarse cuánto quería conocerla! ¡Es tan maravilloso que vivan en la cabaña! ¡Nada puede igualárselo, se lo aseguro! ¡Y me alegra tanto que su hermana vaya a casarse bien! Espero que pase mucho tiempo en Combe Magna. Es un sitio deli­cioso, desde todo punto de vista.

-Hace mucho tiempo que se conocen con el coronel Brandon, ¿verdad?

-Sí, mucho; desde que mi hermana se casó. Era amigo de sir John. Creo -agregó en voz baja- que le habría gustado bastante tenerme como esposa, si hubiera podido. Sir John y lady Middleton tam­bién lo deseaban. Pero mamá no creyó que esa unión fuera suficientemente buena para mí; de no haber sido así, sir John habría hablado con el co­ronel y nos habríamos casado de inmediato.

-¿El coronel Brandon no sabía de la proposi­ción de sir John a su madre antes de que la hicie­ra? ¿Alguna vez le había manifestado a usted su afecto?

-¡Oh, no! Pero si mamá no se hubiera opuesto a ello, diría que a él nada le habría gustado más.
En ese entonces no me había visto más de dos ve­ces, porque fue antes de que yo dejara el colegio. Pero soy mucho más feliz tal como estoy. El señor Palmer es exactamente la clase de hombre que me gusta.


No hay comentarios: