lunes, 16 de abril de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXI

Los Palmer volvieron a Cleveland al día siguiente, y en Barton sólo quedaron las dos familias para invitarse mutuamente. 
Pero esto no duró mucho; Elinor todavía no se sacaba bien de la cabeza a sus últimos visitantes -no terminaba de asombrar­se de ver a Charlotte tan feliz sin mayor motivo; al señor Palmer actuando de manera tan simplona, siendo un hombre capaz; y la extraña discordan­cia que a menudo existía entre marido y mujer-, antes de que el activo celo de sir John y de la se­ñora Jennings en pro de la vida social le ofrecie­ran un nuevo grupo de conocidos de ellos a quienes ver y observar.

Durante un paseo matutino a Exeter se habían encontrado con dos jovencitas a quienes la señora Jennings tuvo la alegría de reconocer como parien­tes, y esto bastó para que sir John las invitara de inmediato a ir a Barton Park tan pronto hubieran cumplido con sus compromisos del momento en Exeter. 
Sus compromisos en Exeter fueron cance­lados de inmediato ante tal invitación, y cuando sir John volvió a la casa indujo una no desprecia­ble alarma en lady Middleton al decirle que pron­to iba a recibir la visita de dos muchachas a las que no había visto en su vida, y de cuya elegan­cia.. incluso de que su trato fuera aceptable, no tenía prueba alguna; porque las garantías que su esposo y su madre podían ofrecerle al respecto no le servían de nada. Que fueran parientes empeo­raba las cosas; y los intentos de la señora Jennings de consolar a su hija con el argumento de que no se preocupara de si eran distinguidas, porque eran primas y debían tolerarse mutuamente, no fueron entonces muy afortunados.
Como ya era imposible evitar su venida, lady Middleton se resignó a la idea de la visita con toda la filosofía de una mujer bien criada, que se con­tenta simplemente con una amable reprimenda al esposo cinco o seis veces al día sobre el mismo tema.
Llegaron las jovencitas, y su apariencia no re­sultó ser en absoluto poco distinguida o sin estilo. Su vestimenta era muy elegante, sus modales eran corteses, se mostraron encantadas con la casa y ex­tasiadas ante el mobiliario, y como ocurrió que los niños les gustaban hasta el embeleso, antes de una hora de su llegada a la finca ya contaban con la aprobación de lady Middleton. 
Afirmó que realmen­te eran unas muchachas muy agradables, lo que para su señoría implicaba una entusiasta admira­ción. Ante tan vivos elogios creció la confianza de sir John en su propio juicio, y partió de inmediato a informar a las señoritas Dashwood sobre la lle­gada de las señoritas Steele y asegurarles que eran las muchachas más dulces del mundo. De recomen­daciones de esta clase, sin embargo, no era mu­cho lo que se podía deducir; Elinor sabía que en todas partes de Inglaterra se podía encontrar a las chicas más dulces del mundo, bajo todos los dis­tintos aspectos, rostros, temperamentos e inteligen­cias posibles. Sir John quería que toda la familia se dirigiera de inmediato a la finca y echara una mirada a sus invitadas. ¡Qué hombre benévolo y filantrópico! Hasta una prima tercera le costaba guardarla sólo para él.

-Vengan ahora -les decía-, se lo ruego; deben venir... no aceptaré una negativa: ustedes sí ven­drán. No se imaginan cuánto les gustarán. Lucy es terriblemente bonita, ¡y tan alegre y de buen ca­rácter! Los niños ya están apegados a ella como si fuera una antigua conocida. Y las dos se mueren de deseos de verlas a ustedes, porque en Exeter escucharon que eran las criaturas más bellas del mundo; les he dicho que era absolutamente cier­to, y mucho más. Estoy seguro de que a ustedes les encantarán ellas. Han traído el coche lleno de juguetes para los niños. ¡Cómo pueden ser tan es­quivas y pensar en no venir! Si de alguna manera son primas suyas, ¿verdad? Porque ustedes son pri­mas mías y ellas lo son de mi esposa, así es que tienen que estar emparentadas.

Pero sir John no logró su objetivo. Tan sólo pudo arrancarles la promesa de ir a la finca den­tro de uno o dos días, y luego partió asombradísi­mo ante su indiferencia, para dirigirse a su casa y alardear nuevamente de las cualidades de las Dash­wood ante las señoritas Steele, tal como había alar­deado de las señoritas Steele ante las Dashwood.

Cuando cumplieron con la prometida visita a la finca y les fueron presentadas las jovencitas, no encontraron en la apariencia de la mayor, que casi rozaba los treinta y tenía un rostro poco agracia­do y para nada despierto, nada que admirar; pero en la otra, que no tenía más de veintidós o vein­titrés años, encontraron sobrada belleza; sus fac­ciones eran bonitas, tenía una mirada aguda y sagaz y una cierta airosidad en su aspecto que, aunque no le daba verdadera elegancia, sí la ha­cía distinguirse. 
Los modales de ambas eran especialmente corteses, y pronto Elinor tuvo que re­conocer algo de buen juicio en ellas, al ver las constantes y oportunas atenciones con que se ha­cían agradables a lady Middleton. Con los niños se mostraban en continuo arrobamiento, ensalzan­do su belleza, atrayendo su atención y compla­ciéndolos en todos sus caprichos; y el poco tiempo que podían quitarle a las inoportunas de­mandas a que su gentileza las exponía, lo dedi­caban a admirar lo que fuera que estuviera haciendo su señoría, en caso de que estuviera ha­ciendo algo, o a copiar el modelo de algún nue­vo vestido elegante que, al verle usar el día antes, las había hecho caer en interminable éxtasis. Por fortuna para quienes buscan adular tocando este tipo de puntos flacos, una madre cariñosa, aun­que es el más voraz de los seres humanos cuan­do se trata de ir a la caza de alabanzas para sus hijos, también es el más crédulo; sus demandas son exorbitantes, pero se traga cualquier cosa; y así, lady Middleton aceptaba sin la menor sorpre­sa o desconfianza las exageradas muestras de afec­to y la paciencia de las señoritas Steele hacia sus hijos. Veía con materna complacencia todas las tro­pelías e impertinentes travesuras a las que se so­metían sus primas. Observaba cómo les desataban sus cintos, les tiraban el cabello que llevaban suel­to alrededor de las orejas, les registraban sus cos­tureros y les sacaban sus cortaplumas y tijeras, y no le cabía ninguna duda acerca de que el placer era mutuo. Parecía indicar que lo único que la sor­prendía era que Elinor y Marianne estuvieran allí sentadas, tan compuestas, sin pedir que las deja­ran formar parte de lo que ocurría.

-John está tan animado hoy! -decía, al ver cómo tomaba el pañuelo de la señorita Steele y lo arrojaba por la ventana-. No deja de hacer trave­suras.

Y poco después, cuando el segundo de sus hi­jos pellizcó violentamente a la misma señorita en un dedo, comentó llena de cariño:

-¡Qué juguetón es William! ¡Y aquí está mi dul­ce Annamaria -agregó, acariciando tiernamente a una niñita de tres años que se había mantenido sin hacer ni un ruido durante los últimos dos minu­tos-. Siempre es tan gentil y tranquila; ¡jamás ha existido una chiquita tan tranquila!

Pero por desgracia, al llenarla de abrazos, un alfiler del tocado de su señoría rasguñó levemente a la niña en el cuello, provocando en este modelo de gentileza tan violentos chillidos que a duras pe­nas podrían haber sido superados por ninguna cria­tura reconocidamente ruidosa. La consternación de su madre fue enorme, pero no pudo superar la alar­ma de las señoritas Steele, y entre las tres hicieron todo lo que en una emergencia tan crítica el afec­to indicaba que debía hacerse para mitigar las ago­nías de la pequeña doliente. La sentaron en el regazo de su madre, la cubrieron de besos; una de las señoritas Steele, arrodillada para atenderla, en­jugó su herida con agua de lavanda, y la otra le llenó la boca con ciruelas confitadas. Con tales re­compensas a sus lágrimas, la niña tuvo la sabidu­ría suficiente para no dejar de llorar. Siguió chillando y sollozando vigorosamente, dio de pa­tadas a sus dos hermanos cuando intentaron tocarla, Y nada de lo que hacían para calmarla tuvo el me­nor resultado, hasta que felizmente lady Middleton recordó que en una escena de similar congoja, la semana anterior, le habían puesto un poco de mer­melada de damasco en una sien que se había ma­gullado; se propuso insistentemente el mismo remedio para este desdichado rasguño, y el ligero intermedio en los gritos de la jovencita al escuchar­lo les dio motivos para esperar que no sería recha­zado. Salió entonces de la sala en brazos de su madre a la búsqueda de esta medicina, y como los dos chicos quisieron seguirlas, aunque su madre les rogó afanosamente que se quedaran, las cuatro jó­venes se encontraron a solas en una quietud que la habitación no había conocido en muchas horas.

-¡Pobre criaturita! -dijo la señorita Steele ape­nas salieron-. Pudo haber sido un accidente muy triste.

-Aunque difícilmente puedo imaginármelo -exclamó Marianne-, a no ser que hubiera ocurri­do en circunstancias muy diferentes. Pero ésta es la manera habitual de incrementar la alarma, cuan­do en realidad no hay nada de qué alarmarse.

-Qué mujer tan dulce es lady Middleton -dijo Lucy Steele.

Marianne se quedó callada. Le era imposible decir algo que no sentía, por trivial que fuera la ocasión; y de esta forma siempre caía sobre Elinor toda la tarea de decir mentiras cuando la cortesía así lo requería. Hizo lo mejor posible, cuando el deber la llamó a ello, por hablar de lady Middle­ton con más entusiasmo del que sentía, aunque fue mucho menor que el de la señorita Lucy.

-Y sir John también -exclamó la hermana ma­yor-. ¡Qué hombre tan encantador!

También en este caso, como la buena opinión que de él tenía la señorita Dashwood no era más que sencilla y justa, se hizo presente sin grandes exageraciones. Tan sólo observó que era de muy buen talante y amistoso.

-¡Y qué encantadora familia tienen! En toda mi vida había visto tan magníficos niños. Créanme que ya los adoro, y eso que en verdad me gustan los niños con locura.

-Me lo habría imaginado -dijo Elinor con una sonrisa-, por lo que he visto esta mañana.

-Tengo la idea -dijo Lucy- de que usted cree a los pequeños Middleton demasiado consentidos; quizá estén al borde de serlo, pero es tan natural en lady Middleton; y por mi parte, me encanta ver niños llenos de vida y energía; no los soporto si son dóciles y tranquilos.

-Confieso -replicó Elinor-, que cuando estoy en Barton Park nunca pienso con horror en niños dóciles y tranquilos.

A estas palabras siguió una breve pausa, rota primero por la señorita Steele, que parecía muy in­clinada a la conversación y que ahora dijo, de ma­nera algo repentina:

-Y, ¿le gusta Devonshire, señorita Dashwood? Supongo que lamentó mucho dejar Sussex.
Algo sorprendida ante la familiaridad de esta pregunta, o al menos ante la forma en que fue he­cha, Elinor respondió que sí le había costado.

-Norland es un sitio increíblemente hermoso, ¿verdad? -agregó la señorita Steele.

-Hemos sabido que sir John tiene una enorme admiración por él -dijo Lucy, que parecía creer que se necesitaba alguna excusa por la libertad con que había hablado su hermana.

-Creo que todos lo que han estado allí tienen que admirarlo -respondió Elinor-, aunque es de suponer que nadie aprecia sus bellezas tanto como nosotras.

-¿Y tenían allá muchos admiradores distingui­dos? Me imagino que en esta parte del mundo no tienen tantos; en cuanto a mí, pienso que siempre son un gran aporte.

-Pero, ¿por qué -dijo Lucy, con aire de sentir­se avergonzada de su hermana- piensas que en Devonshire no hay tantos jóvenes guapos como en Sussex?

-No, querida, por supuesto no es mi intención decir que no los hay. Estoy segura de que hay una gran cantidad de galanes muy distinguidos en Exe­ter; pero, ¿cómo crees que podría saber si hay jó­venes agradables en Norland? Y yo sólo temía que las señoritas Dashwood encontraran aburrido Bar­ton si no encuentran acá tantos como los que acos­tumbraban tener. Pero quizá a ustedes, jovencitas, no les importen los pretendientes, y estén tan a gusto sin ellos como con ellos. Por mi parte, pien­so que son enormemente agradables, siempre que se vistan de manera elegante y se comporten con urbanidad. Pero no soporto verlos cuando son su­cios o antipáticos. Vean, por ejemplo, al señor Rose, de Exeter, un joven maravillosamente elegante, bas­tante apuesto, que trabaja para el señor Simpson, como ustedes saben; y, sin embargo, si uno lo en­cuentra en la mañana, no se lo puede ni mirar. Me imagino, señorita Dashwood, que su hermano era un gran galán antes de casarse, considerando que era tan rico, ¿no es verdad?

-Le prometo -replicó Elinor- que no sabría de­círselo, porque no entiendo bien el significado de la palabra. Pero esto sí puedo decirle: que si algu­na vez él fue un galán antes de casarse, lo es toda­vía, porque no ha habido el menor cambio en él.

-¡Ay, querida! Una nunca piensa en los hom­bres casados como galanes... Tienen otras cosas que hacer.

-¡Por Dios, Anne! -exclamó su hermana-. Sólo hablas de galanes. Harás que la señorita Dashwood crea que no piensas sino en eso.

Luego, para cambiar de tema, comenzó a ma­nifestar su admiración por la casa y el mobiliario.
Esta muestra de lo que eran las señoritas Steele fue suficiente. Las vulgares libertades que se to­maba la mayor y sus insensateces la dejaban sin nada a favor, y como a Elinor ni la belleza ni la sagaz apariencia de la menor le habían hecho per­der de vista su falta de real elegancia y naturali­dad, se marchó de la casa sin ningún deseo de conocerlas más.
No ocurrió lo mismo con las señoritas Steele. Venían de Exeter, bien provistas de admiración por sir John, su familia y todos sus parientes, y ningu­na parte de ella le negaron mezquinamente a las hermosas primas del dueño de casa, de quienes afirmaron ser las muchachas más hermosas, elegan­tes, completas y perfectas que habían visto, y a las cuales estaban particularmente ansiosas de cono­cer mejor. Y en consecuencia, pronto Elinor des­cubrió que conocerlas mejor era su inevitable destino; como sir John estaba por completo de par­te de las señoritas Steele, su lado iba a ser dema­siado fuerte para presentarle alguna oposición e iban a tener que someterse a ese tipo de intimi­dad que consiste en sentarse todos juntos en la mis­ma habitación durante una o dos horas casi a diario. No era más lo que podía hacer sir John, pero no sabía que se necesitara algo más; en su opinión, estar juntos era gozar de intimidad, y mientras sus continuos planes para que todos se reunieran fue­ran eficaces, no le cabía duda alguna de que fue­ran verdaderos amigos.
Para hacerle justicia, hizo todo lo que estaba en su poder para impulsar una relación sin reser­vas entre ellas, y con tal fin dio a conocer a las señoritas Steele todo lo que sabía o suponía respecto de la situación de sus primas en los aspec­tos más delicados; y así Elinor no las había visto más de un par de veces antes de que la mayor de ellas la felicitara por la suerte de su hermana al ha­ber conquistado a un galán muy distinguido tras su llegada a Barton.

-Seguro será una gran cosa haberla casado tan joven -dijo-, y me han dicho que es un gran galán, y maravillosamente apuesto. Y espero que también usted tenga pronto la misma buena suer­te... aunque quizá ya tiene a alguien listo por ahí.

Elinor no podía suponer que sir John fuera más comedido en proclamar sus sospechas acerca de su afecto por Edward, de lo que había sido res­pecto de Marianne; de hecho, entre las dos situa­ciones, la suya era la que prefería para sus chanzas, por su mayor novedad y porque daba mayor pá­bulo a conjeturas: desde la visita de Edward, nun­ca habían cenado juntos sin que él brindara a la salud de las personas queridas de ella, con una voz tan cargada de significados, tantas cabezadas y gui­ños, que no podía menos de alertar a todo el mun­do. Invariablemente se sacaba a colación la letra F, y con ella se habían nutrido tan incontables bro­mas, que hacía ya tiempo se le había impuesto a Elinor su calidad de ser la letra más ingeniosa del alfabeto.

Las señoritas Steele, tal como había imaginado que ocurriría, eran las destinatarias de todas estas bromas, y en la mayor despertaron una gran cu­riosidad por saber el nombre del caballero al que aludían, curiosidad que, aunque a menudo expre­sada con impertinencia, era perfectamente consis­tente con sus constantes indagaciones en los asuntos de la familia Dashwood. Pero sir John no jugó demasiado tiempo con el interés que había gozado en despertar, porque decir el nombre le era tan placentero como escucharlo era para la seño­rita Steele.

-Su nombre es Ferrars -dijo, en un murmullo muy audible-, pero le ruego no decirlo, porque es un gran secreto.

-¡Ferrars! -repitió la señorita Steele-. El señor Ferrars es el tan dichoso personaje, ¿verdad? ¡Vaya! ¿El hermano de su cuñada, señorita Dashwood? Un joven muy agradable, con toda seguridad. Lo co­nozco muy bien.
-¿Cómo puedes decir tal cosa, Anne? -exclamó Lucy, que generalmente corregía todas las declara­ciones de su hermana-. Aunque lo hemos visto una o dos veces en la casa de mi tío, es excesivo pre­tender conocerlo bien.

Elinor escuchó con atención y sorpresa todo lo anterior.
“¿Y quién era este tío? ¿Dónde vivía? ¿Cómo fue que se conocieron?” 
Tenía grandes deseos de que continuaran con el tema, aunque prefirió no unirse a la conversación; pero nada más se dijo al respecto y, por primera vez en su vida, pensó que a la señora Jennings le faltaba o curiosidad tras tan mezquina información, o deseo de manifestar su interés. La forma en que la señorita Steele había hablado de Edward aumentó su curiosidad, porque sintió que lo hacía con algo de malicia y plantaba la sospecha de que ella sabía, o se imaginaba sa­ber, algo en desmerecimiento del joven. Pero su curiosidad fue en vano, porque la señorita Steele no prestó más atención al nombre del señor Fe­rrars cuando sir John aludía a él o lo mencionaba abiertamente.

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