miércoles, 2 de mayo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXIII

Por pequeña que fuese la confianza de Elinor en la veracidad de Lucy, le era imposible, pensándo­lo con seriedad, sospechar de ella en las circuns­tancias actuales, donde difícilmente algo podía inducir a inventar mentiras como las anteriores. 

Frente a lo que Lucy afirmaba ser verdad, por tan­to, Elinor no podría, no osaría seguir dudando, res­paldado como estaba de manera tan absoluta por tantas probabilidades y pruebas, e impugnado tan sólo por sus propios deseos. El haber tenido la oportunidad de conocerse en casa del señor Pratt era la base para todo lo demás, una base a la vez indiscutible y alarmante; y la visita de Edward a algún lugar cercano a Plymouth, su melancolía, su insatisfacción con las perspectivas que se le pre­sentaban, el conocimiento íntimo que mostraban las señoritas Steele respecto de Norland y de sus relaciones familiares, que a menudo la habían sor­prendido; el retrato, la carta, el anillo, sumados constituían un conjunto de pruebas tan sólido que anulaba todo temor a condenar a Edward injusta­mente y ratificaba como un hecho que ninguna parcialidad por él podía pasar por alto, su descon­sideración hacia ella. Su resentimiento ante tal pro­ceder, su indignación por haber sido víctima de él, durante un breve lapso la hicieron centrarse sólo en sus propios sentimientos; pero pronto se abrieron paso otros pensamientos, otras consideraciones. 
¿La había estado engañando Edward intencionalmen­te? 
¿Había fingido un afecto por ella que no sen­tía? 
¿Era su compromiso con Lucy un compromiso de corazón? 
No; sin importar lo que alguna vez pudo haber sido, no podía creer tal cosa en la ac­tualidad. El afecto de Edward le pertenecía a ella. No podía engañarse en eso. Su madre, sus herma­nas, Fanny, todos se habían dado cuenta del inte­rés que él había mostrado por ella en Norland; no era una ilusión de su propia vanidad. Con certeza, él la amaba. 
¡Cómo apaciguó su corazón este convencimiento! ¡Cuántas cosas más la tentaba a perdonar! El había sido culpable, enormemente cul­pable de permanecer en Norland tras haber senti­do por primera vez que la influencia que ella tenía sobre él era mayor que la debida. En eso, no se lo podía defender; pero si él la había herido, ¡cuánto más se había herido a sí mismo! Si el caso de ella era digno de compasión, el de él era sin esperan­za. Si durante un tiempo la imprudencia de él la había hecho desdichada, a él parecía haberlo pri­vado de toda posibilidad de ser de otra forma. A la larga, ella podría reconquistar la tranquilidad; pero él, ¿en qué podía colocar sus esperanzas? ¿Po­dría alguna vez alcanzar una pasable felicidad con Lucy Steele? Si el afecto por ella fuera imposible, ¿podría él, con su integridad, su delicadeza e inte­ligencia cultivada, sentirse satisfecho con una es­posa como ésa: inculta, artera y egoísta?

El encandilamiento propio de un joven de die­cinueve años bien pudo cegarlo a todo lo que no fuera la belleza y buen carácter de Lucy; pero los cuatro años siguientes -años que, si se los vive ra­cionalmente, enriquecen tanto el entendimiento­ debían haberle abierto los ojos a las carencias de su educación; y el mismo período de tiempo, que ella vivió en compañía de personas de inferior con­dición y entregada a intereses más frívolos, quizá la había despojado de esa sencillez que alguna vez pudo haberle dado un sesgo interesante a su be­lleza.

Si cuando se suponía que era con Elinor que él quería casarse los obstáculos puestos por su ma­dre habían parecido grandes, ¡cuánto mayores no debían ser ahora, cuando la persona con quien es­taba comprometido era indudablemente inferior a ella en conexiones y, con toda probabilidad, infe­rior en fortuna! En verdad, estando el corazón de Edward tan desapegado de Lucy, quizá las exigen­cias sobre su paciencia no fueran demasiado gran­des; ¡pero la melancolía no puede ser sino el estado natural de una persona que se siente aliviada ante las expectativas de oposición y la dureza de parte de la familia!

A medida que se sucedían dolorosamente en ella estos pensamientos, lloraba por él más que por sí misma. Apoyada en la convicción de no haber hecho nada que la hiciera merecedora de su ac­tual desdicha, y consolada por la creencia de que Edward no había hecho nada que le enajenara su afecto, Elinor pensó que incluso ahora, en medio del punzante dolor tras el duro golpe recibido, po­día dominarse lo suficiente para esconder de su madre y hermanas toda sospecha de la verdad. Y tan bien cumplió sus propias expectativas, que cuando se les unió en el momento de la cena tan sólo dos horas después de haber asistido a la muer­te de sus más caras esperanzas, nadie podría ha­ber sospechado, por la apariencia de las hermanas, que Elinor vivía un secreto duelo frente a las ba­rreras que para siempre la separarían del objeto de su amor, y que Marianne se solazaba en su inte­rior en las perfecciones de un hombre de cuyo co­razón se sentía enteramente prisionera, y a quien esperaba ver en cada carruaje que se acercaba a su casa.

La necesidad de ocultar de su madre y de Ma­rianne lo que le había sido confiado como un se­creto, aunque la obligaba a un incesante esfuerzo, no agravaba el dolor de Elinor. Al contrario, era un alivio para ella ahorrarse el tener que comuni­car algo que las habría afligido tanto, y liberarse al mismo tiempo de escuchar cómo su excesiva y afectuosa parcialidad por ella probablemente se habría desatado en condenas a Edward, algo que era más de lo que se sentía capaz de soportar.

Elinor sabía que no podría recibir ayuda algu­na de los consejos o de la conversación de su fa­milia; la ternura y pena que manifestarían sólo iban a aumentar el dolor que sentía, en tanto que el do­minio sobre sí misma no recibiría estímulo ni de su ejemplo ni de sus elogios. La soledad la hacía más fuerte y su propio buen juicio le ofreció un tan buen apoyo, que su firmeza se mantuvo sin flaquear y su apariencia de alegría todo lo invaria­ble que podía estar en medio de padecimientos tan punzantes y recientes.
A pesar de lo mucho que había sufrido en su primera conversación con Lucy sobre el tema, pron­to sintió un vivo deseo de reanudarla, y esto por más de una razón. Deseaba escuchar otra vez mu­chos detalles de su compromiso; deseaba enten­der con mayor claridad lo que Lucy realmente sentía por Edward, si era en verdad sincera en sus declaraciones de tierno afecto por él; y muy en es­pecial quería convencer a Lucy, por su presteza en incursionar en el asunto de nuevo y su tranquili­dad al conversar sobre él, que no le interesaba más que como amiga, algo que temía haber dejado al menos en duda con su involuntaria agitación durante su conversación matinal. Que Lucy se incli­nara a sentirse celosa de ella parecía bastante pro­bable; era evidente que Edward siempre la había alabado mucho, y evidente no sólo por lo que Lucy decía, sino por su atreverse a confiarle, tras tan poco tiempo de conocerse en persona, un secreto tan reconocida y obviamente importante. E inclu­so los comentarios jocosos de sir John podían ha­ber pesado en ello. Pero, en verdad, mientras Elinor siguiera sintiéndose tan segura en su interior de que Edward realmente la amaba, no se requería de más cálculos de probabilidades para considerar natural que Lucy se sintiera celosa; y de sus celos, su mis­ma confidencia era prueba suficiente. ¿Qué otra ra­zón podía haber para revelar su historia, sino que Elinor supiera de los mayores derechos que Lucy tenía sobre Edward y aprendiera a evitarlo en el futuro? No le costaba mucho comprender hasta este punto las intenciones de su rival, y en tanto esta­ba firmemente decidida a actuar según lo exigían todos los principios de honor y honestidad para luchar contra su propio afecto por Edward y verlo lo menos posible, no podía negarse el consuelo de intentar convencer a Lucy de que su corazón esta­ba indemne. Y como nada podían agregar sobre el tema más doloroso que lo ya escuchado, no dudó de su propia capacidad para soportar tran­quilamente una repetición de los pormenores. .

Pero la oportunidad de hacer lo planeado tar­dó en llegar, aunque Lucy estaba tan bien dispuesta como ella a aprovechar cualquier ocasión que se presentase, pues un clima bastante variable les im­pidió salir a caminar, actividad que fácilmente les habría permitido separarse de los demás; y aunque se encontraban al menos día por medio en la fin­ca o en la cabaña, y en especial en la primera, no se suponía que el objetivo de reunirse fuera con­versar. Tal idea jamás se les pasaría por la mente ni a sir John ni a lady Middleton, y así dejaban muy poco tiempo para una charla en la que participa­ran todos, y ninguno en absoluto para diálogos personales. Se reunían para comer, beber y reírse juntos, jugar a las cartas o a las adivinanzas o a cualquier otro entretenimiento que produjera la su­ficiente algarabía.
Una o dos de este tipo de reuniones habían pasado ya sin darle a Elinor oportunidad alguna de encontrarse con Lucy en privado, cuando una mañana apareció sir John en la casa para rogarles encarecidamente que fueran a cenar con lady Middleton ese día, ya que él debía asistir al club en Exeter y ella podría quedar totalmente sola, a excepción de su madre y las dos señoritas Steele. Elinor, que previó se le ofrecía una buena oportu­nidad para el asunto que tenía en mente en una reunión como ésta, donde estarían más a sus an­chas bajo la tranquila y bien educada dirección de lady Middleton que en las ocasiones en que su es­poso las juntaba para sus ruidosas tertulias, aceptó de inmediato la invitación. Margaret, con el per­miso de su madre, también aceptó, y a Marianne, aunque siempre reacia a asistir a estas reuniones, la convenció su madre de hacer lo mismo, pues no soportaba verla aislarse de toda oportunidad de diversión.

Fueron las jóvenes, y lady Middleton se vio fe­lizmente a salvo de la terrible soledad que la ha­bía amenazado. La reunión transcurrió tan insulsa como había previsto Elinor; no produjo ni una sola idea o expresión novedosa, y nada pudo ser me­nos interesante que la totalidad de la conversación tanto en el comedor como en la sala; los niños las acompañaron a esta última, y mientras ellos per­manecían allí, era demasiado evidente la imposi­bilidad de atraer la atención de Lucy como para intentarlo. Sólo se marcharon cuando retiraron las cosas del té. Se colocó entonces la mesa para ju­gar a los naipes, y Elinor comenzó a preguntarse cómo había podido tener la esperanza de que iba a encontrar tiempo para conversar en la finca. To­das se levantaron, preparándose para una partida de cartas.

-Me alegro -le dijo lady Middleton a Lucy- de que no vaya a terminar la canastilla de mi pobre­cita Annamaria esta noche, porque estoy segura de que le dañaría los ojos hacer trabajos de filigrana a la luz de las velas. Y ya encontraremos mañana cómo compensar la desilusión de mi preciosa chi­quita y, así, espero que no le va a importar dema­siado.

Bastó con esta insinuación; Lucy volvió a sus cabales de manera instantánea y replicó:
-Pero, se equivoca absolutamente, lady Middle­ton; tan sólo estaba esperando saber si pueden rea­lizar su partida sin mí, o ya me habría puesto a trabajar en la filigrana. Por nada del mundo des­ilusionaría al angelito; y si usted me quiere en la mesa de naipes ahora, estoy decidida a terminar la canastilla después de cenar.

-Es usted muy buena; espero que no le haga daño a los ojos... ¿podría tocar la campanilla para que traigan velas para trabajar? Sé que mi pobre niñita se sentiría terriblemente desilusionada si la cesta no estuviera terminada mañana, pues aunque le dije que de ninguna manera iba a estar lista, es­toy segura de que confía en que lo estará.

Lucy acercó su mesa de trabajo y se sentó a ella con una presteza y buen ánimo que parecían insinuar que su mayor placer era hacer una cesta de filigrana para una niña consentida.

Lady Middleton les propuso a las demás una par­tida de “casino”. Nadie hizo ninguna objeción, ex­cepto Marianne, que con su habitual incumplimiento de las normas de cortesía generales, exclamó:

-Su señoría tendrá la bondad de excusarme... usted sabe que detesto los naipes. Iré al piano; no lo he tocado desde que lo afinaron.
Y sin más ceremonia, se alejó hacia el instru­mento.
Lady Middleton pareció estar agradeciendo al cielo por no haber hecho jamás ella una observa­ción tan descortés.

-Usted sabe, señora, que Marianne nunca se puede mantener demasiado tiempo alejada de ese instrumento -dijo Elinor, esforzándose en mitigar la ofensa-; y no me extraña, porque es el piano mejor templado que me haya tocado escuchar.
Las cinco restantes se disponían ahora a repar­tir las cartas.

-Quizá -continuó Elinor-, si yo me saliera del juego, podría ser de alguna utilidad a la señorita Lucy, enrollando los papeles para ella; y queda to­davía tanto por hacer con la canastilla que, según creo, va a ser imposible que con su solo trabajo pueda terminarla esta noche. Me encantará ese tra­bajo, si ella me permite tomar parte en él.

-Por supuesto que estaré muy agradecida de su ayuda -exclamó Lucy-, pues me he dado cuenta de que todavía falta por hacer más de lo que creí; Y sería algo terrible desilusionar a la querida An­namaria después de todo.

-¡Oh! Eso sería espantoso, por supuesto -dijo la señorita Steele-. Pobre corazoncito, ¡cómo la quiero!

-Es usted muy amable -le dijo lady Middleton a Elinor-; y como de verdad le gusta el trabajo, quizá igual prefiera no incorporarse al juego sino hasta otra partida, ¿o quiere hacerlo ahora?

Elinor aprovechó gustosamente el primer ofre­cimiento, y así, con un poco de ese buen trato al que Marianne nunca podía condescender, al mis­mo tiempo logró su propio objetivo y complació a lady Middleton. Lucy le hizo lugar con presteza, y las dos buenas rivales se sentaron así lado a lado en la misma mesa, y con la máxima armonía se em­peñaron en llevar adelante la misma labor. El pia­no, frente al cual Marianne, absorta en su música y en sus pensamientos, había olvidado la presencia de otras personas en el cuarto, afortunadamente esta­ba tan cerca de ellas que la señorita Dashwood juz­gó que, protegida por su sonido, podía plantear el tema que le interesaba sin riesgo de ser escucha­da en la mesa de naipes.

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