martes, 8 de mayo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXIV

En un tono firme, aunque cauteloso, Elinor comen­zó así:
 -No sería merecedora de la confidencia de que me ha hecho depositaria si no deseara prolongar­la, o no sintiera mayor curiosidad sobre ese tema. No me disculparé, entonces, por traerlo nuevamen­te a colación.
-Gracias -exclamó Lucy cálidamente- por rom­per el hielo; con ello me ha tranquilizado el cora­zón, pues temía haberla ofendido de alguna manera con lo que le dije el lunes.




-¡Ofenderme! ¿Cómo pudo pensar tal cosa? Créame -y Elinor habló con total sinceridad-, nada podría estar más ajeno a mi voluntad que produ­cirle tal idea. ¿Acaso pudo haber un motivo tras su confianza que no fuera honesto y halagador para mi?

-Y, sin embargo, le aseguro -replicó Lucy, sus ojillos agudos cargados de intención-, me pareció percibir una frialdad y disgusto en su trato que me hizo sentir muy incómoda. Estaba segura de que se habría enojado conmigo; y desde entonces me he reprochado por haberme tomado la libertad de preocuparla con mis asuntos. Pero me alegra enor­memente descubrir que era sólo mi imaginación, y que, usted no me culpa por ello. Si supiera qué gran consuelo, qué alivio para mi corazón fue ha­blarle de aquello en que siempre, cada instante de mi vida, estoy pensando, estoy segura de que su compasión le haría pasar por alto todo lo demás.

-Ciertamente me es fácil creer que fue un gran alivio para usted contarme lo que le ocurre, y pue­de estar segura de que nunca tendrá motivos para arrepentirse de ello. Su caso es muy desafortuna­do; la veo rodeada de dificultades, y tendrán ne­cesidad de todo el afecto que mutuamente se profesen para poder resistirlas. El señor Ferrars, se­gún creo, depende enteramente de su madre.

-Sólo tiene dos mil libras de su propiedad; se­ría locura casarse sobre esa base, aunque por mi Parte podría renunciar a toda otra perspectiva sin un suspiro. He estado siempre acostumbrada a un ingreso muy pequeño, y por él podría luchar con­tra cualquier pobreza; pero lo amo demasiado para ser el instrumento egoísta a través del cual, quizá, se le robe todo lo que su madre le podría dar si se casara a gusto de ella. Debemos esperar, puede ser por muchos años. Con casi cualquier otro hom­bre en el mundo sería una temible perspectiva; pero sé que nada puede despojarme del afecto y fideli­dad de Edward.

-Tal convicción debe ser todo para usted; y sin duda él se sostiene apoyado en idéntica confianza en los sentimientos que usted le profesa. Si hubie­ra flaqueado la fuerza de su mutuo afecto, como naturalmente ocurriría con tanta gente en tantas cir­cunstancias a lo largo de un compromiso de cua­tro años, su situación sería sin duda lamentable.

Lucy levantó la vista; pero Elinor tuvo cuidado de que su rostro no mostrara ninguna expresión que pudiera dar un cariz sospechoso a sus palabras.
-El amor de Edward -dijo Lucy- ya ha sido puesto a prueba por nuestra larga, larga separación desde nuestro compromiso, y él ha resistido tan bien sus cuitas que sería imperdonable de mi par­te si ahora lo pusiera en duda. Puedo decir sin ries­go de equivocarme que jamás, desde el primer día, me ha dado un momento de alarma al respecto.

A duras penas Elinor sabía si sonreír o suspi­rar ante tal aserto.
Lucy continuó:
-Por naturaleza, también soy de temperamen­to algo celoso, y debido a la diferencia de nues­tras situaciones, considerando que él conoce tanto más el mundo que yo, y por nuestra constante se­paración, tenía bastante tendencia a la suspicacia, lo que me habría permitido descubrir rápidamente la verdad si hubiera habido el menor cambio en su conducta hacia mí cuando nos encontrábamos, o cualquier decaimiento de ánimo para el cual no tuviese explicación, o si hubiera hablado más de una dama que de otra, o pareciera en cualquier aspecto menos feliz en Longstaple de lo que solía estar. No es mi propósito decir que soy particular­mente observadora o perspicaz en general, pero en un caso así estoy segura de que no podrían em­baucarme.

“Todo esto”, pensó Elinor, “suena muy bonito, pero no nos puede engañar a ninguna de las dos”.

-Pero -dijo después de un breve silencio-, ¿qué planes tiene? ¿O no tiene ninguno, sino esperar que la señora Ferrars se muera, lo que es una medida tan extrema, terrible y triste? ¿Es que su hijo está de­cidido a someterse a esto, y a todo el tedio de los muchos años de espera en que puede involucrarla a usted, antes que correr el riesgo de disgustar a su madre durante algún tiempo admitiendo la verdad?

-¡Si pudiéramos estar seguros de que sería sólo durante un tiempo! Pero la señora Ferrars es una mujer muy obstinada y orgullosa, y sería muy pro­bable que, en su primer ataque de ira al escucharlo, legara todo a Robert; y esa posibilidad, pensando en el bien de Edward, ahuyenta en mí toda tenta­ción de incurrir en medidas precipitadas.

-Y también por su propio bien, o está llevan­do su desinterés más allá de todo lo razonable.

Lucy miró nuevamente a Elinor, y guardó si­lencio.

¿Conoce al señor Robert Ferrars? -le pregun­tó Elinor.

-En absoluto... jamás lo he visto; pero me lo imagino muy distinto a su hermano: tonto y un gran fanfarrón.
-¡Un gran fanfarrón! -repitió la señorita Steele, que había alcanzado a escuchar estas palabras du­rante una repentina pausa en la música de Marian­ne-. ¡Ah! Me parece que están hablando de sus galanes favoritos.

-No, hermana -exclamó Lucy-, te equivocas en eso, nuestros galanes favoritos no son grandes fan­farrones.

Doy fe de que el de la señorita Dashwood no lo es -dijo la señora Jennings riendo con ganas ; es uno de los jóvenes más sencillos, de más lin­dos modales que yo haya visto. Pero en cuanto a Lucy, esta criatura sabe disimular tan bien que no hay manera de saber quién le gusta.

-¡Ah! -exclamó la señorita Steele lanzándoles una mirada sugestiva-, puedo decir que el preten­diente de Lucy es tan sencillo y de lindos modales como el de la señorita Dashwood.

Elinor se sonrojó sin querer. Lucy se mordió los labios y miró muy enojada a su hermana. Un si­lencio generalizado se posó en la habitación du­rante un rato. Lucy fue la primera en romperlo al decir en un tono más bajo, aunque en ese momen­to Marianne les prestaba la poderosa protección de un magnífico concierto:
-Le expondré sin tapujos un plan que se me ha ocurrido ahora último para manejar este asun­to; en verdad, estoy obligada a hacerla participar del secreto, porque es una de las partes interesa­das. Me atrevería a decir que ha visto a Edward lo suficiente para saber que él preferiría la iglesia antes que cualquier otra profesión. Ahora, mi plan es que se ordene tan pronto como pueda y entonces que usted interceda ante su hermano, lo que estoy se­gura tendrá la generosidad de hacer por amistad a él y, espero, algún afecto por mí, para convencer­lo de que le dé el beneficio de Norland; según entiendo, es muy bueno y no es probable que el titular actual viva mucho tiempo. Eso nos bastaría para casarnos, y dejaríamos al tiempo y las opor­tunidades para que proveyeran el resto.

-Siempre será un placer para mí -respondió Elinor- entregar cualquier señal de afecto y amis­tad por el señor Ferrars; pero, ¿no advierte que mi intervención en esta oportunidad sería completa­mente innecesaria? El es hermano de la señora de John Dashwood... eso debería bastar como reco­mendación para su esposo.

-Pero la señora de John Dashwood no aprue­ba realmente que Edward tome las órdenes.

-Entonces sospecho que mi intervención ten­dría escaso efecto.

Nuevamente guardaron silencio durante varios minutos. Por fin Lucy exclamó, con un gran suspiro:
-Creo que lo más sabio sería poner fin a todo el asunto de una vez, deshaciendo el compromi­so. Pareciera que son tantas las dificultades que nos acosan por todos lados, que aunque nos haga des­dichados por algún tiempo, a la larga quizá este­mos mejor. Pero, ¿no me aconsejaría usted, señorita Dashwood?

-No -respondió Elinor, con una sonrisa que ocultaba una gran agitación-, sobre tal tema por supuesto que no lo haré. Sabe perfectamente que mi opinión no tendría peso alguno en usted, a no ser que respaldara sus deseos.

-En verdad es injusta conmigo -respondió Lucy con gran solemnidad-; no sé de nadie cuyo juicio espete tanto como el suyo; y realmente creo que si usted fuera a decirme “Le aconsejo que, cueste lo que cueste, ponga fin a su compromiso con Ed­ward Ferrars, será lo mejor para la felicidad de am­bos”, no vacilaría en hacerlo de inmediato.

Elinor se sonrojó ante la falta de sinceridad de 'la futura esposa de Edward, y replicó:
Tal cumplido sería absolutamente eficaz para ahuyentar en mí toda posibilidad de dar mi opi­nión en esta materia, a, si es que tuviera alguna. Da demasiado valor a mi influencia; el poder de se­parar a dos personas unidas tan tiernamente es demasiado para alguien que no es parte intere­sada.

-Es precisamente porque no es parte interesa­da --lijo Lucy, con una cierta inquina y acentuan­do de manera especial esas palabras- que su parecer podría tener, con toda justicia, tal influen­cia en mí. Si pudiera suponerse que su opinión es­taría sesgada en cualquier sentido por sus propios sentimientos, no valdría la pena tenerla.

Elinor creyó más sabio no responder a esto, no fuera a ocurrir que se empujaran mutuamente a hablar con una libertad y franqueza que no podían ser convenientes, e incluso estaba en parte decidi­da a no mencionar nunca más el tema. Así, a esta conversación siguió una pausa de varios minutos, y de nuevo fue Lucy quien le puso fin.

-¿Estará en la ciudad este invierno, señorita Dashwood? -le dijo, con su habitual amabilidad.

-Por supuesto que no.

-Cuánto lo siento -respondió la otra, brillán­dole los ojos ante la información-. ¡Me habría gus­tado tanto verla allí! Pero apostaría que va a ir de todas maneras. Con toda seguridad, su hermano y su hermana la invitarán a su casa.

-No podré aceptar su invitación, si es que la hacen.

-¡Qué pena! Estaba tan confiada en que nos encontraríamos allá. Anne y yo iremos a fines de enero donde unos parientes que hace años nos es­tán pidiendo que los visitemos. Pero voy únicamen­te por ver a Edward. El estará allá en febrero; si no fuera así, Londres no tendría ningún atractivo para mí; no tengo ánimo para eso.

No transcurrió mucho tiempo antes de que ter­minara la primera ronda de naipes y llamaran a Eli­nor a la mesa, lo que puso fin a la conversación privada de las dos damas, algo a que ni una ni otra opuso gran resistencia, porque nada se había di­cho en esa ocasión que les hiciera sentir un des­agrado por la otra menor al que habían sentido antes. Elinor se sentó a la mesa con el -triste con­vencimiento de que Edward no sólo no quería a la persona que iba a ser su esposa, sino que no tenía la menor oportunidad de alcanzar ni siquiera una aceptable felicidad en el matrimonio, algo que podría haber tenido si ella, su prometida, lo hu­biera amado con sinceridad, pues tan sólo el pro­pio interés podía inducir a que una mujer atara a un hombre a un compromiso que claramente lo agobiaba.

Desde ese momento Elinor nunca volvió a to­car el tema; y cuando lo mencionaba Lucy, que no dejaba pasar la oportunidad de introducirlo en la conversación y se preocupaba especialmente de hacer saber a su confidente su felicidad cada vez que recibía una carta de Edward, la primera lo tra­taba con tranquilidad y cautela y lo despachaba apenas lo permitían las buenas maneras, pues sentía que tales conversaciones eran una concesión que Lucy no se merecía, y que para ella era peligrosa.

La visita de las señoritas Steele a Barton Park se alargó bastante más allá de lo que había supues­to la primera invitación. Aumentó el aprecio que les tenían, no podían prescindir de ellas; sir John no aceptaba escuchar que se iban; a pesar de los numerosos compromisos que tenían en Exeter y de que hubieran sido contraídos hacía tiempo, a pesar de su absoluta obligación de volver a cumplir­los de inmediato, que se hacía sentir imperativa­mente cada fin de semana, se las persuadió a quedarse casi dos meses en la finca, y ayudar en la adecuada celebración de esas festividades que requieren de una cantidad más que usual de bai­les privados y grandes cenas para proclamar su im­portancia.

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