viernes, 11 de mayo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXV

Aunque la señora Jennings acostumbraba pasar gran parte del año en las casas de sus hijos y ami­gos, no carecía de una vivienda permanente de su propiedad. 
Desde la muerte de su esposo, que ha­bía comerciado con éxito en una parte menos ele­gante de la ciudad, pasaba todos los inviernos en una casa ubicada en una de las calles cercanas a Portman Square. Hacia ella comenzó a dirigir sus pensamientos al aproximarse enero, y a ella un día, repentinamente y sin que se lo hubieran espera­do, invitó a las dos señoritas Dashwood mayores para que la acompañaran. 
Elinor, sin observar los cambios de color en el rostro de su hermana y la animada expresión de sus ojos, que revelaban que el plan no le era indiferente, rehusó de inmediato, agradecida pero terminantemente, a nombre de las dos, creyendo estar haciéndose cargo de un deseo compartido. 

El motivo al que recurrió fue su firme decisión de no dejar a su madre en esa época del año. La señora Jennings recibió el rechazo de su invitación con algo de sorpresa, y la repitió de in­mediato.

-¡Ay, Dios! Estoy segura de que su madre pue­de pasarse muy bien sin ustedes, y les ruego me concedan el favor de su compañía, porque he pues­to todas mis esperanzas en ello. No se imaginen que van a ser ninguna molestia para mí, porque no haré nada fuera de lo que acostumbro para aten­derlas. Sólo significará enviar a Betty en el coche de posta, y confío en que eso sí puedo permitir­melo. Nosotras tres iremos muy cómodas en mi ca­lesín; y cuando estemos en la ciudad, si no desean ir a donde yo voy, santo y bueno, siempre pue­den salir con alguna de mis hijas. Estoy segura de que su madre no se opondrá a ello, pues he teni­do tanta suerte en sacarme a mis hijos de las ma­nos, que me considerará una persona muy adecuada para estar a cargo de ustedes; y si no con­sigo casar bien al menos a una de ustedes antes de dar por terminado el asunto, no será por causa mía. Les hablaré bien de ustedes a todos los jóve­nes, pueden estar seguras.

-Tengo la idea -dijo sir John- de que la seño­rita Marianne no se opondría a tal plan, si su her­mana mayor accediera a él. Es muy duro, en verdad, que no pueda distraerse un poco, sólo por­que la señorita Dashwood no lo desea. Así que les recomendaría a ustedes dos que partan a la ciu­dad cuando se cansen de Barton, sin decirle una palabra sobre ello a la señorita Dashwood.

-No -exclamó la señora Jennings-, estoy segura de que estaré terriblemente contenta de la compa­ñía de la señorita Marianne, vaya o no vaya la se­ñorita Dashwood, sólo que mientras más, mayor es la alegría, digo yo, y pensé que sería más có­modo para ellas estar juntas; porque si se cansan de mí, pueden hablar entre ellas, y reírse de mis rarezas a mis espaldas. Pero una u otra, si no am­bas, debo tener. ¡Que Dios me bendiga! Cómo pue­den imaginarse que puedo vivir andando por ahí sola, yo que hasta este invierno siempre he estado acostumbrada a tener a Charlotte conmigo. Vamos, señorita Marianne, démonos las manos para sellar este trato, y si la señorita Dashwood cambia de opinión luego, tanto mejor.

-Le agradezco, señora, de todo corazón le agra­dezco -dijo Marianne calurosamente-; su invitación ha comprometido mi gratitud para siempre, y po­der aceptarla me haría tan feliz... sí, sería casi la máxima felicidad que puedo imaginar. Pero mi ma­dre, mi queridísima, bondadosa madre... creo que es muy justo lo que Elinor ha planteado, y si nues­tra ausencia la fuera a hacer menos feliz, le fuera a restar comodidad... ¡Oh, no! Nada podría indu­cirme a dejarla. Esto no puede significar, no debe significar un conflicto.

La señora Jennings volvió a repetir cuán segu­ra estaba de que la señora Dashwood podría pa­sarse muy bien sin ellas; y Elinor, que ahora comprendía a su hermana y veía cuán indiferente a casi todo lo demás la hacía su ansiedad por vol­ver a ver a Willoughby, no planteó ninguna otra objeción directa al plan; se limitó a referirlo a la voluntad de su madre, de quien, sin embargo, no esperaba recibir gran apoyo en su esfuerzo por im­pedir una visita que tan inconveniente le parecía para Marianne, y que también por su propio bien tenía especial interés en evitar. En todo lo que Ma­riana deseaba, su madre estaba ansiosa por com­placerla; no podía esperar inducir a esta última a comportarse con cautela en un asunto respecto del cual nunca había podido inspirarle desconfianza, y no se atrevía a explicar la causa de su propia renuencia a ir a Londres. Que Marianne, quisqui­llosa como era, perfectamente al tanto de la forma de conducirse de la señora Jennings que tanto la desagradaba, en sus esfuerzos por lograr su obje­tivo estuviera dispuesta a pasar por alto todas las molestias de ese tipo y a ignorar lo que más la irri­taba en su sensibilidad, era una prueba tal, tan fuer­te, tan plena, de la importancia que daba a ese objetivo, que a pesar de todo lo ocurrido sorpren­dió a Elinor, como si nada la hubiera preparado para presenciarlo.

Cuando le contaron sobre la invitación, la se­ñora Dashwood, convencida de que tal salida po­dría significar muchas diversiones para sus dos hijas y percibiendo a través de todas las cariñosas aten­ciones de Marianne cuán ilusionada estaba con el viaje, no quiso ni oír que rehusaran el ofrecimien­to por causa de ella; insistió en que aceptaran de inmediato y comenzó a imaginar, con su habitual alegría, las diversas ventajas que para todas ellas resultarían de esta separación.

-Me encanta este plan -exclamó-, es exactamen­te lo que yo habría deseado. A Margaret y a mí nos beneficiará tanto como a ustedes. Cuando ustedes y los Middleton se hayan ido, ¡qué tranquilas y feli­ces lo pasaremos juntas, con nuestros libros y nuestra música! ¡Encontrarán tan crecida a Margaret cuando vuelvan! Y también tengo un pequeño plan de arre­glo de los dormitorios de ustedes, que ahora podré llevar a cabo sin incomodarlas. Me parece que tie­nen que ir a la ciudad; a mi juicio, todas las jóve­nes en las condiciones de vida que ustedes tienen deben conocer las costumbres y diversiones de Lon­dres. Estarán al cuidado de una buena mujer, muy maternal, de cuya bondad no me cabe la menor duda. Y lo más probable es que vean a su herma­no, y cualesquiera sean sus defectos, o los de su esposa, cuando pienso de quién es hijo, no quisie­ra verlos tan alejados unos de otros.

-Aunque con su habitual preocupación por nuestra felicidad -dijo Elinor- ha estado obviando todos los obstáculos a este plan que ha podido ima­ginar, persiste una objeción que, en mi opinión, no puede ser despachada tan fácilmente.

Un enorme desaliento apareció en el rostro de Marianne.

-¿Y qué es -dijo la señora Dashwood- lo que mi querida y prudente Elinor va a sugerir? ¿Qué obstáculo formidable es el que nos va a poner por delante? No quiero escuchar ni una palabra sobre el costo que tendrá.

-Mi objeción es ésta: aunque tengo muy bue­na opinión de la bondad de la señora Jennings, no es el tipo de mujer cuya compañía vaya a sernos placentera, o cuya protección eleve nuestro rango.

-Eso es muy cierto -respondió su madre-, pero en su sola compañía, sin otras personas, casi no estarán, y casi siempre aparecerán en público con lady Middleton.

-Si Elinor desiste de ir por el desagrado que le produce la señora Jennings -dijo Marianne-, al menos que eso no impida que yo acepte su invita­ción. No tengo tales escrúpulos y estoy segura de que puedo tolerar sin mayor esfuerzo todos los in­convenientes de ese tipo.

Elinor no pudo evitar sonreír ante este desplie­gue de indiferencia respecto del comportamiento social de una persona hacia la cual tantas veces le había costado conseguir de Marianne al menos una aceptable cortesía, y en su interior decidió que si su hermana se empeñaba en ir, también ella iría, pues no creía correcto dejar a Marianne en situa­ción de guiarse únicamente por su propio juicio, o dejar a la señora Jennings a merced de Marian­o como todo solaz en sus horas hogareñas. Tal decisión le fue más fácil de aceptar al recordar que Edward Ferrars, según lo informado por Lucy, no iba a estar en la ciudad antes de febrero, y que para ese entonces la permanencia de ella y de su hermana, sin tener que acortarla de ninguna ma­nera absurda, ya habría terminado.

-Quiero que las dos vayan -dijo la señora Dash­wood-; estas objeciones son un disparate. Se en­tretendrán mucho en Londres, y más aún si están juntas; y si Elinor alguna vez condescendiera a aceptar de antemano la posibilidad de disfrutar, vería que en la ciudad podría hacerlo de innume­rables maneras; incluso hasta podría agradarle la oportunidad de mejorar sus relaciones con la fa­milia de su cuñada.
A menudo Elinor había deseado que se le pre­sentase la ocasión de ir debilitando la confianza que tenía su madre en las relaciones entre ella y Edward, de manera que el golpe fuera menor cuando toda la verdad saliera a luz; y ahora, frente a esta aco­metida, aunque casi sin ninguna esperanza de lo­grarlo, se obligó a dar inicio a sus planes diciendo con toda la tranquilidad que le fue posible:

-Me gusta mucho Edward Ferrars y siempre me alegrará verlo; pero en cuanto al resto de la fami­lia, me es completamente indiferente si alguna vez llegan a conocerme o no.

La señora Dashwood sonrió y no dijo nada. Marianne levantó la mirada llena de asombro, y Eli­nor pensó que habría sido mejor mantener la boca cerrada.
Tras dar vueltas al asunto muy poco más, se decidió finalmente que aceptarían plenamente la invitación. Al enterarse, la señora Jennings dio gran­des muestras de alegría y les ofreció todo tipo de seguridades sobre su afecto y el cuidado que tendría de las jóvenes. Y no sólo ella estaba conten­ta; sir John se mostró encantado, porque para un hombre cuya mayor ansiedad era el temor a estar solo, agregar dos más a los habitantes de Londres no era algo de despreciar. Incluso lady Middleton se dio el trabajo de estar encantada, lo que para ella era salirse un poco de su camino habitual; en cuanto a las señoritas Steele, en especial Lucy, nun­ca habían estado más felices en toda su vida que al saber esta noticia.
Elinor se sometió a los preparativos que con­trariaban sus deseos con mucho menos disgusto del que había esperado sentir. En lo que a ella con­cernía, ir o no a la ciudad ya no era asunto que le preocupase; y cuando vio a su madre tan plena­mente contenta con el plan, y la dicha en el ros­tro, en la voz y el comportamiento de su hermana; cuando la vio recuperar su animación habitual e ir incluso más allá de lo que había sido su alegría acostumbrada, no pudo sentirse insatisfecha de la causa de todo ello y no quiso permitirse descon­fiar de las consecuencias.

El júbilo de Marianne ya casi iba más allá de la felicidad, tan grande era la turbación de su áni­mo y su impaciencia por partir. Lo único que la hacía recuperar la calma era sus pocos deseos de dejar a su madre; y al momento de partir su aflic­ción por ello fue enorme. La tristeza de su madre fue apenas menor, y Elinor fue la única de las tres que parecía considerar la separación como algo menos que eterna.
Partieron la primera semana de enero. Los Middleton las seguirían alrededor de una semana después. Las señoritas Steele seguían en la finca, que abandonarían solo con el resto de la familia.

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