lunes, 21 de mayo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXVI

Al verse en el carruaje con la señora Jennings, e iniciando un viaje a Londres bajo su protección y como su huésped, Elinor no pudo dejar de cavi­lar sobre su propia situación: 
¡tan breve era el tiempo que la conocían, tan poco compatibles en edad y temperamento, y tantas objeciones había levantado ella contra este viaje tan sólo unos días antes! Pero todas estas objeciones habían sucum­bido, avasalladas ante ese feliz entusiasmo juvenil que tanto Marianne como su madre compartían; y Elinor, a pesar de sus ocasionales dudas sobre la constancia de Willoughby, no podía contemplar el arrobamiento de la maravillosa espera a que estaba entregada Marianne, desbordándole en el alma e iluminándole los ojos, sin sentir cuán va­cías eran sus propias perspectivas, cuán falto de alegría su propio estado de ánimo comparado con el de ella, y cuán gustosamente viviría igual an­siedad que Marianne si con ello pudiese tener igual vivificante objetivo, igual posibilidad de es­peranza. Pero ahora faltaba poco, muy poco tiem­po, para saber cuáles eran las intenciones de Willoughby: con toda seguridad ya se encontraba en la ciudad. La ansiedad por partir que mostra­ba Marianne era clara señal de su confianza en encontrarlo allí; y Elinor estaba decidida no sólo a averiguar todo lo que pudiera sobre el carácter del joven, ya fuera a través de sus propias obser­vaciones o de lo que otros pudieran informarle, sino también a vigilar su conducta hacia su her­mana con atención tan celosa que le permitiera estar segura de lo que él era y de sus propósitos antes de que se hubieran reunido muchas veces. Si el resultado de sus observaciones fuera desfavorable, estaba decidida a abrirle los ojos a su hermana del modo que fuese; si no era así, la tarea que tendría por delante sería diferente: de­bería aprender a evitar las comparaciones egoís­tas y desterrar de ella todo pesar que pudiera menguar su satisfacción por la felicidad de Ma­rianne.
El viaje duró tres días, y el comportamiento de Marianne durante todo el recorrido constituyó una buena muestra de lo que podría esperarse en el futuro de su deferencia y afabilidad hacia la seño­ra Jennings. Guardó silencio durante casi todo el camino, envuelta en sus propias cavilaciones y no hablando casi nunca por propia voluntad, excepto cuando algún objeto de belleza pintoresca apare­cía ante su vista arrancándole alguna expresión de gozo, que dirigía exclusivamente a su hermana. Para compensar esta conducta, sin embargo, Eli­nor asumió de inmediato el deber de cortesía que se había impuesto como tarea, fue extremadamen­te atenta con la señora Jennings, conversó con ella, se rió con ella y la escuchó siempre que le era po­sible; y la señora Jennings, por su parte, las trató a ambas con toda la bondad imaginable, se preocu­pó en todo momento de que estuvieran cómodas y entretenidas, y sólo la disgustó no lograr que eli­gieran su propia cena en la posada ni poder obli­garlas a confesar si preferían el salmón o el bacalao, el pollo cocido o las chuletas de ternera. Llegaron a la ciudad alrededor de las tres de la tarde del tercer día, felices de liberarse, tras un viaje tan pro­longado, del encierro del carruaje, y listas a dis­frutar del lujo de un buen fuego.
La casa era hermosa y estaba hermosamente equipada, y de inmediato pusieron a disposición de las jóvenes una habitación muy confortable.
Había pertenecido a Charlotte, y sobre la repisa de la chimenea aún colgaba un paisaje hecho por ella en sedas de colores, prueba de haber pasado siete años en un gran colegio de la ciudad, con algu­nos resultados.
Como la cena no iba a estar lista antes de dos horas después de su llegada, Elinor quiso ocupar ese lapso en escribirle a su madre, y se sentó dis­puesta a ello. Poco minutos después Marianne hizo lo mismo.
-Yo estoy escribiendo a casa, Marianne -le dijo Elinor-; ¿no sería mejor que dejaras tu carta para uno o dos días más?
-No le voy a escribir a mi madre -replicó Ma­rianne apresuradamente, y como queriendo evitar más preguntas.
Elinor no le dijo nada más; en seguida se le ocurrió que debía estarle escribiendo a Willoughby y de inmediato concluyó que, sin importar el mis­terio en que pudieran querer envolver sus relacio­nes, debían estar comprometidos. Esta convicción, aunque no por completo satisfactoria, la compla­ció, y continuó su carta con la mayor presteza. Ma­rianne terminó la suya en unos pocos minutos; en extensión, no podía ser más de una nota; la do­bló, la selló y escribió las señas con ansiosa rapi­dez. Elinor pensó que podía distinguir una gran W en la dirección, y acababa de terminar cuando Ma­rianne, tocando la campanilla, pidió al criado que la atendió que hiciera llegar esa carta al correo de dos peniques. Con esto se dio por terminado el asunto.
Marianne seguía de muy buen ánimo, pero ale­teaba en ella una inquietud que impedía que su hermana se sintiera completamente satisfecha, y esta inquietud aumentó con el correr de la tarde.
Apenas pudo probar bocado durante la cena, y cuando después volvieron a la sala parecía escu­char con enorme ansiedad el ruido de cada carruaje que pasaba.
Fue una gran tranquilidad para Elinor que la señora Jennings, por estar ocupada en sus habita­ciones, no pudiera ver lo que ocurría. Trajeron las cosas para el té, y ya Marianne había tenido más de una decepción ante los golpes en alguna puer­ta vecina, cuando de repente se escuchó uno muy fuerte que no podía confundirse con alguno en otra casa. Elinor se sintió segura de que anunciaba la llegada de Willoughby, y Marianne, levantándose de un salto, se dirigió hacia la puerta. Todo estaba en silencio; no duró más de algunos segundos, ella abrió la puerta, avanzó unos pocos pasos hacia la escalera, y tras escuchar durante medio minuto vol­vió a la habitación en ese estado de agitación que la certeza de haberlo oído naturalmente produci­ría. En medio del éxtasis alcanzado por sus emo­ciones en ese instante, no pudo evitar exclamar:
-¡Oh, Elinor, es Willoughby, estoy segura de que es él!
Parecía casi a punto de arrojarse en los brazos de él, cuando apareció el coronel Brandon.
 Fue un golpe demasiado grande para soportarlo con serenidad, y de inmediato Marianne abando­nó la habitación. Elinor también estaba decepcio­nada; pero, al mismo tiempo, su aprecio por el coronel Brandon le permitió darle la bienvenida, y le dolió de manera muy especial que un hom­bre que mostraba un interés tan grande en su her­mana advirtiera que todo lo que ella experimentaba al verlo era pesar y desilusión. En seguida obser­vó que para él no había pasado inadvertido, que incluso había mirado a Marianne cuando abando­naba la habitación con tal asombro y preocupación, que casi le habían hecho olvidar lo que la cortesía exigía hacia ella.
-¿Está enferma su hermana? -le preguntó.
Elinor respondió con algo de turbación que sí lo estaba, y luego se refirió a dolores de cabeza, desánimo y excesos de fatiga, y a todo lo que de­centemente pudiera explicar el comportamiento de su hermana.
La escuchó él con la más intensa atención, pero, aparentando tranquilizarse, no habló más del asunto y comenzó a explayarse en torno a su placer de verlas en Londres, con las usuales preguntas sobre el viaje y los amigos que habían dejado atrás.
Así, de manera sosegada, sin gran interés por ninguna de las partes, siguieron hablando, ambos desalentados y con la cabeza puesta en otras co­sas. Elinor tenía grandes deseos de preguntar si Willoughby se encontraba en la ciudad, pero te­mía apenarlo con preguntas sobre su rival; hasta que finalmente, por decir algo, le preguntó si ha­bía estado en Londres desde la última vez que se habían visto.
-Sí -replicó él, ligeramente turbado-, casi todo el tiempo desde entonces; he estado una o dos ve­ces en Delaford por unos pocos días, pero nunca he podido volver a Barton.
Esto, y el modo en que fue dicho, de inmedia­to le recordó a Elinor todas las circunstancias de su partida de ese sitio, con la inquietud y sospe­chas que habían despertado en la señora Jennings, y temió que su pregunta hubiera dado a entender una curiosidad por ese tema mucho mayor de la que alguna vez hubiera sentido.
La señora Jennings no tardó en aparecer en la sala.
-¡Ay, coronel! -le dijo, con su ruidosa alegría habitual-, estoy terriblemente feliz de verlo... dis­cúlpeme si no vine antes... le ruego me excuse, pero he tenido que revisar un poco por aquí y arre­glar mis asuntos, porque hace mucho que no es­taba en casa, y usted sabe que siempre hay un mundo de pequeños detalles que atender cuando uno ha estado alejada por un tiempo; y luego he tenido que ver las cosas de Cartwright. ¡Cielos, he estado trabajando como una hormiga desde la hora de la cena! Pero, cuénteme, coronel, ¿cómo fue a adivinar que estaría en la ciudad hoy día?
-Tuve el placer de escucharlo en la casa del señor Palmer, donde he estado cenando.
-¡Ah, así fue! Y, ¿cómo están todos ahí? ¿Cómo está Charlotte? Podría asegurarle que ya debe es­tar de un buen tamaño a estas alturas.
-La señora Palmer se veía muy bien, y me en­cargó decirle que de todas maneras la verá ma­ñana.
-Claro, seguro, así lo pensé. Bien, coronel, he traído a dos jóvenes conmigo, como puede ver... quiero decir, puede ver sólo a una de ellas, pero hay otra en alguna parte. Su amiga, la señorita Ma­rianne, también... como me imagino que no lamen­tará saber. No sé cómo se las arreglarán entre usted y el señor Willoughby respecto de ella. Sí, es una gran cosa ser joven y guapa. Bueno, alguna vez fui joven, pero nunca fui muy guapa... mala suer­te para mí. No obstante, me conseguí un muy buen esposo, y vaya a saber usted si la mayor de las be­llezas puede hacer más que eso. ¡Ah, pobre hom­bre! Ya lleva muerto ocho años, y está mejor así. Pero, coronel, ¿dónde ha estado desde que deja­mos de vemos? ¿Y cómo van sus asuntos? Vamos, vamos, que no haya secretos entre amigos.
El coronel respondió con su acostumbrada mansedumbre a todas sus preguntas, pero sin sa­tisfacer su curiosidad en ninguna de ellas. Elinor había comenzado a preparar el té, y Marianne se vio obligada a volver a la habitación.

Tras su entrada el coronel Brandon se puso más pensativo y silencioso que antes, y la señora Jen­nings no pudo convencerlo de que se quedara más rato. Esa tarde no llegó ningún otro visitante, y las damas estuvieron de acuerdo en irse a la cama tem­prano.
Marianne se levantó al día siguiente con reno­vados ánimos y aire contento. Parecía haber olvi­dado la decepción de la tarde anterior ante las expectativas de lo que podía ocurrir ese día. No hacía mucho que habían terminado su desayuno cuando el birlocho de la señora Palmer se detuvo ante la puerta, y pocos minutos después entró rien­do a la habitación, tan encantada de verlos a to­dos, que le era difícil decir si su placer era mayor por ver a su madre o de nuevo a las señoritas Dash­wood. ¡Tan sorprendida de su llegada a la ciudad, aunque más bien era lo que había estado esperan­do todo ese tiempo! ¡Tan enojada porque habían aceptado la invitación de su madre tras rehusar la de ella, aunque al mismo tiempo jamás las habría perdonado si no hubieran venido!
-El señor Palmer estará tan contento de verlas -dijo-; ¿qué creen que dijo cuando supo que ve­nían con mamá? En este momento no recuerdo qué fue, ¡pero fue algo tan gracioso!
Tras una o dos horas pasadas en lo que su ma­dre llamaba una tranquila charla o, en otras pala­bras, innumerables preguntas de la señora Jennings sobre todos sus conocidos, y risas sin motivo de la señora Palmer, la última propuso que todas la acompañaran a algunas tiendas donde tenía que hacer esa mañana, a lo cual la señora Jennings y Elinor accedieron prontamente, ya que también te­nían algunas compras que hacer; y Marianne, aun­que declinó la invitación en un primer momento, se dejó convencer de ir también.
Era evidente que, dondequiera fuesen, ella es­taba siempre alerta. En Bond Street, especialmente, donde se encontraba la mayor parte de los lugares que debían visitar, sus ojos se mantenían en cons­tante búsqueda; y en cualquier tienda a la que en­trara el grupo, ella, absorta en sus pensamientos, no lograba interesarse en nada de lo que tenía enfren­te y que ocupaba a las demás. Inquieta e insatisfe­cha en todas partes, su hermana no logró que le diera su opinión sobre ningún artículo que quisiera comprar, aunque les atañera a ambas; no disfrutaba de nada; tan sólo estaba impaciente por volver a casa de nuevo, y a duras penas logró controlar su mo­lestia ante el tedio que le producía la señora Pal­mer, cuyos ojos quedaban atrapados por cualquier cosa bonita, cara o novedosa; que se enloquecía por comprar todo, no podía decidirse por nada, y per­día el tiempo entre el éxtasis y la indecisión.
Ya estaba avanzada la mañana cuando volvie­ron a casa; y no bien entraron, Marianne corrió an­siosamente escaleras arriba, y cuando Elinor la siguió, la encontró alejándose de la mesa con des­consolado semblante, que muy a las claras decía que Willoughby no había estado allí.
-¿No han dejado ninguna carta para mí desde que salimos? -le preguntó al criado que en ese momento entraba con los paquetes. La respuesta fue negativa-. ¿Está seguro? -le dijo-. ¿Está seguro de que ningún criado, ningún conserje ha dejado ninguna carta, ninguna nota?
El hombre le respondió que no había venido nadie.
-¡Qué extraño! -dijo Marianne en un tono bajo y lleno de desencanto, a tiempo que se alejaba ha­cia la ventana.
“¡En verdad, qué extraño!”, dijo Elinor para sí, mirando a su hermana con gran inquietud. “Si ella no supiera que él está en la ciudad, no le habría escrito como lo hizo; le habría escrito a Combe Magna; y si él está en la ciudad, ¡qué extraño que no haya venido ni escrito! ¡Ah, madre querida, de­bes estar equivocada al permitir un compromiso tan dudoso y oscuro entre una hija tan joven y un hom­bre tan poco conocido! ¡Me muero por preguntar, pero cómo tomarán que yo me entrometa!”

Decidió, tras algunas consideraciones, que si las apariencias se mantenían durante muchos días tan ingratas como lo eran en ese momento, le haría ver a su madre con la mayor fuerza posible la ne­cesidad de investigar seriamente el asunto.
La señora Palmer y dos damas mayores, cono­cidas íntimas de la señora Jennings, a quienes ha­bía encontrado e invitado en la mañana, cenaron con ellas. La primera las dejó poco después del té para cumplir sus compromisos de la noche; y Eli­nor se vio obligada a completar una mesa de whist para las demás. Marianne no aportaba nada en es­tas ocasiones, pues nunca había aprendido ese jue­go, pero aunque así quedaron las horas de la tarde a su entera disposición, no le fueron de mayor pro­vecho en cuanto a distracción de lo que fueron para Elinor, porque transcurrieron para ella cargadas de toda la ansiedad de la espera y el dolor de la de­cepción._ A ratos intentaba leer durante algunos mi­nutos; pero pronto arrojaba a un lado el libro y se entregaba nuevamente a la más interesante ocupación de recorrer la habitación de un lado a otro, una y otra vez, deteniéndose un momento cada vez que llegaba a la ventana, con la esperanza de es­cuchar el tan ansiado toque en la puerta.

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