martes, 29 de mayo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXVII

-Si se mantiene este buen tiempo -dijo la señora Jennings cuando se encontraron al desayuno la mañana siguiente sir John no querrá abandonar Barton la próxima semana; es triste cosa para un deportista perderse un día de placer. ¡Pobrecitos! Los compadezco cuando eso les ocurre... parecen tomárselo tan a pecho.
-Es verdad -exclamó Marianne alegremente, y se encaminó hacia la ventana mientras hablaba, para ver cómo estaba el día-. No había pensado en eso. Este clima hará que muchos deportistas se queden en el campo.
Fue un recuerdo afortunado, que le devolvió todo su buen ánimo.
-En verdad es un tiempo maravilloso para ellos -continuó, mientras se sentaba a la mesa con aire de felicidad-. ¡Cómo estarán disfrutándolo! Pero -otra vez con algo de ansiedad-, no puede espe­rarse que dure demasiado. En esta época del año, y después de tantas lluvias, seguramente no segui­rá así de bueno. Pronto llegarán las heladas, y lo más probable es que sean severas. Quizá en uno o dos días; este clima tan suave no puede seguir mucho más... no, ¡quizá hiele esta noche!
-En todo caso -dijo Elinor, con la intención de impedir que la señora Jennings pudiera descifrar los pensamientos de su hermana tan claramente como ella-, diría que tendremos a sir John y a lady Middleton en la ciudad a fines de la próxima se­mana.
-Claro, querida, te aseguro que así será. Mary siempre se sale con la suya.
“Y ahora”, conjeturó en silencio Elinor, “Marian­ne escribirá a Combe en el correo de hoy”.
Pero si fue que lo hizo, la reserva con que la carta fue escrita y enviada logró eludir la vigilancia de Eli­nor, que no pudo constatar el hecho. Cualquiera fuese la verdad, y lejos como estaba Elinor de sentirse com­pletamente satisfecha al respecto, mientras viera a Marianne de buen ánimo, ella tampoco podía sentir­se muy a disgusto. Y Marianne estaba de buen áni­mo, feliz por la suavidad del clima y más contenta aún con sus expectativas de una helada.
Pasaron la mañana principalmente repartiendo tarjetas de visita en las casas de los conocidos de la señora Jennings para informarles de su vuelta a la ciudad; y todo el tiempo Marianne se mantenía ocupada observando la dirección del viento, vigi­lando las mudanzas del cielo e imaginando que cambiaba la temperatura del aire.
¿No encuentras que está más frío que en la mañana, Elinor? A mí me parece que hay una mar­cada diferencia. Apenas puedo mantener las ma­nos calientes ni siquiera en el manguito. Creo que ayer no estuvo así. Parece que está aclarando tam­bién, luego saldrá el sol y tendremos una tarde des­pejada.
Elinor se sentía a ratos divertida, a ratos ape­nada; pero Marianne no se daba por vencida y cada noche en el resplandor del fuego, y cada mañana en el aspecto de la atmósfera, veía los indudables signos de una cada vez más próxima helada.
Las señoritas Dashwood no tenían más motivos para estar descontentas con la forma de vida y el grupo de relaciones de la señora Jennings que con su comportamiento hacia ellas, que siempre era bon­dadoso. Todos sus arreglos domésticos se hacían se­gún las más generosas disposiciones, y a excepción de unos pocos amigos antiguos de la ciudad, a los cuales, para disgusto de lady Middleton, nunca ha­bía dejado de tratar, no se visitaba con nadie cuyo conocimiento pudiera en absoluto turbar a sus jó­venes acompañantes. Contenta de encontrarse en ese aspecto en mejores condiciones que las que había previsto, Elinor se mostraba muy dispuesta a transi­gir con lo poco entretenidas que resultaban sus re­uniones nocturnas, las cuales tanto en casa como fuera de ella se organizaban sólo para jugar a los naipes, algo que le ofrecía escasa diversión.
El coronel Brandon, invitado permanente a la casa, las acompañaba casi todos los días; venía a contemplar a Marianne y a hablar con Elinor, que a menudo disfrutaba más de la conversación con él que con ningún otro suceso diario, pero al mis­mo tiempo veía con gran preocupación cómo per­sistía el interés que mostraba por su hermana. Temía incluso que fuera cada vez más intenso. Le apenaba ver la ansiedad con que solía observar a Marianne y cómo parecía realmente más desalen­tado que en Barton.
Alrededor de una semana después de su llega­da, fue evidente que también Willoughby se en­contraba en la ciudad. Cuando llegaron de la salida matinal, su tarjeta se encontraba sobre la mesa.
-¡Ay, Dios! -exclamó Marianne-. Estuvo aquí mientras habíamos salido.
Elinor, regocijándose al saber que Willoughby estaba en Londres, se animó a decir:
-Puedes confiar en que mañana vendrá de nuevo.
Marianne apenas pareció escucharla, y al en­trar la señora Jennings, huyó con su preciosa tar­jeta.
Este suceso, junto con levantarle el ánimo a Eli­nor, le devolvió al de su hermana toda, y más que toda su anterior agitación. A partir de ese momen­to su mente no conoció un momento de tranquili­dad; sus expectativas de verlo en cualquier momento del día la inhabilitaron para cualquier otra cosa. A la mañana siguiente insistió en quedarse en casa cuando las otras salieron.
Elinor no pudo dejar de pensar en lo que es­taría pasando en Berkeley Street durante su au­sencia; pero una rápida mirada a su hermana cuando volvieron fue suficiente para informarle que Willoughby no había aparecido por segunda vez. En ese preciso instante trajeron una nota, que dejaron en la mesa.
-¡Para mí! -exclamó Marianne, yendo apresu­radamente hacia ella.
-No, señorita; para mi señora.
Pero Marianne, no convencida, la tomó de in­mediato.
-En verdad es para la señora Jennings. ¡Qué pesadez!
-Entonces, ¿esperas una carta? -dijo Elinor, in­capaz de seguir guardando silencio.
-¡Sí! Un poco... no mucho.
-No confías en mí -dijo Elinor, tras una corta pausa.
-¡Vamos, Elinor! ¡Tú haciendo tal reproche... tú, que no confías en nadie!
-¡Yo! -replicó Elinor, algo confundida-. Es que, Marianne, no tengo nada que decir.
-Tampoco yo -respondió enérgicamente Ma­rianne-; estamos entonces en las mismas condiciones. Ninguna de las dos tiene nada que contar; tú porque no comunicas nada, y yo porque nada es­condo.
Elinor, consternada por esta acusación de exa­gerada reserva que no se sentía capaz de ignorar, no supo, en tales circunstancias, cómo hacer que Marianne se le abriera.
No tardó en aparecer la señora Jennings, y al dársele la nota, la leyó en voz alta. Era de lady Middleton, y en ella anunciaba su llegada a Con­duit Street la noche anterior y solicitaba el placer de la compañía de su madre y sus primas esa tar­de. Ciertos negocios en el caso de sir John, y un fuerte resfrío de su lado, les impedían ir a Berke­ley Street. Fue aceptada la invitación, pero cuando se acercaba la hora de la cita, aunque la cortesía más básica hacia la señora Jennings exigía que am­bas la acompañaran en esa visita, a Elinor se le hizo difícil convencer a su hermana de ir, porque aún no sabía nada de Willoughby y, por lo tanto, esta­ba tan poco dispuesta a salir a distraerse como re­nuente a correr el riesgo de que él viniera en su ausencia.
Al terminar la tarde, Elinor había descubierto que la naturaleza de una persona no se modifica materialmente con un cambio de residencia; pues aunque recién se habían instalado en la ciudad, sir John había conseguido reunir a su alrededor a cerca de veinte jóvenes y entretenerlos con un baile. Lady Middleton, sin embargo, no aprobaba esto. En el campo, un baile improvisado era muy aceptable; pero en Londres, donde la reputación de elegan­cia era más importante y más difícil de ganar, era arriesgar mucho, para complacer a unas pocas mu­chachas, que se supiera que lady Middleton había ofrecido un pequeño baile para ocho o nueve pa­rejas, con dos violines y un simple refrigerio en el aparador.
El señor y la señora Palmer formaban parte de la concurrencia; el primero, al que no habían visto antes desde su llegada a la ciudad dado que él evi­taba cuidadosamente cualquier apariencia de aten­ción hacia su suegra y así jamás se le acercaba, no dio ninguna señal de haberlas reconocido al en­trar. Las miró apenas, sin parecer saber quiénes eran, y a la señora Jennings le dirigió una mera inclinación de cabeza desde el otro lado de la ha­bitación. Marianne echó una mirada a su alrede­dor no bien entró; fue suficiente: él no estaba ahí... y luego se sentó, tan poco dispuesta a dejarse en­tretener como a entretener a los demás. Tras ha­ber estado reunidos cerca de una hora, el señor Palmer se acercó distraídamente hacia las señori­tas Dashwood para comunicarles su sorpresa de verlas en la ciudad, aunque era en su casa que el coronel Brandon había tenido la primera noticia de su llegada, y él mismo había dicho algo muy gra­cioso al saber que iban a venir.
-Creía que las dos estaban en Devonshire -les dijo.
-¿Sí? -respondió Elinor.
-¿Cuándo van a regresar?
-No lo sé.
Y así terminó la conversación.
Nunca en toda su vida había estado Marianne tan poco deseosa de bailar como esa noche, y nun­ca el ejercicio la había fatigado tanto. Se quejó de ello cuando volvían a Berkeley Street.
-Ya, ya -dijo la señora Jennings-, sabemos muy bien a qué se debe eso; si una cierta persona a quien no nombraremos hubiera estado allí, no ha­bría estado ni pizca de cansada; y para decir verdad, no fue muy bonito de su parte no haber ve­nido a verla, después de haber sido invitado.
-¡Invitado! -exclamó Marianne.
-Así me lo ha dicho mi hija, lady Middleton, porque al parecer sir John se encontró con él en alguna parte esta mañana.
Marianne no dijo nada más, pero pareció estar extremadamente herida. Viéndola así y deseosa de hacer algo que pudiera contribuir a aliviar a su her­mana, Elinor decidió escribirle a su madre al día siguiente, con la esperanza de despertar en ella al­gún temor por la salud de Marianne y, de esta for­ma, conseguir que hiciera las averiguaciones tan largamente pospuestas; y su determinación se hizo más fuerte cuando en la mañana, después del de­sayuno, advirtió que Marianne le estaba escribien­do de nuevo a Willoughby, pues no podía imaginar que fuera a ninguna otra persona.
Cerca del mediodía, la señora Jennings salió sola por algunas diligencias y Elinor comenzó de inmediato la carta, mientras Marianne, demasiado inquieta para concentrarse en ninguna ocupación, demasiado ansiosa para cualquier conversación, paseaba de una a otra ventana o se sentaba junto al fuego entregada a tristes cavilaciones. Elinor puso gran esmero en su apelación a su madre, contán­dole todo lo que había pasado, sus sospechas so­bre la inconstancia de Willoughby, y apelando a su deber y a su afecto la urgió a que exigiera de Marianne una explicación de su verdadera situa­ción con respecto al joven.
Apenas había terminado su carta cuando una llamada a la puerta las previno de la llegada de un visitante, y a poco les anunciaron al coronel Brandon.
 Marianne, que lo había visto desde la ven­tana y que en ese momento odiaba cualquier com­pañía, abandonó la habitación antes de que él en­trara. Se veía el coronel más grave que de costum­bre, y aunque manifestó satisfacción por encontrar a la señorita Dashwood sola, como si tuviera algo especial que decirle, se sentó durante un rato sin emitir palabra. Elinor, convencida de que tenía algo que comunicarle que le concernía a su hermana, esperó con impaciencia que él se franqueara. No era la primera vez que sentía el mismo tipo de cer­teza, pues más de una vez antes, iniciando su co­mentario con la observación “Su hermana no tiene buen aspecto hoy”, o “Su hermana tiene aspecto desanimado”, había parecido estar a punto de re­velar, o de indagar, algo en particular acerca de ella. Tras una pausa de varios minutos, el coronel rom­pió el silencio preguntándole, en un tono que re­velaba una cierta agitación, cuándo tendría que felicitarla por la adquisición de un hermano. Elinor no estaba preparada para tal pregunta, y al no tener una pronta respuesta, se vio obligada a re­currir al simple pero común expediente de pregun­tarle a qué se refería.
El intentó sonreír al responderle: “El compromiso de su hermana con el señor Willoughby es algo sabido por todos”.

-No pueden saberlo todos -respondió Elinor-, porque su propia familia no lo sabe.
El pareció sorprenderse, y le dijo:
-Le ruego me disculpe, temo que mi pregunta haya sido impertinente; pero no pensé que se qui­siera mantener nada en secreto, puesto que se co­rresponden abiertamente y todos hablan de su boda.
¿Cómo es posible? ¿A quién se lo ha oído men­cionar?
-A muchos... a algunos a quienes usted no co­noce, a otros que le son muy cercanos: la señora Jennings, la señora Palmer y los Middleton. Pero aun así no lo habría creído (porque cuando la mente no quiere convencerse, siempre encontrará algo en qué sustentar sus dudas), si hoy no hubie­ra visto accidentalmente en manos del criado que me abrió, una carta dirigida al señor Willoughby, con letra de su hermana. Yo venía a preguntar, pero me convencí antes de poder plantear la pre­gunta. ¿Está todo ya resuelto finalmente? ¿Es po­sible que...? Pero no tengo ningún derecho, y ninguna posibilidad de éxito. Perdóneme, señori­ta Dashwood. Creo que no ha sido correcto de mi parte decir tanto, pero no sé qué hacer y con­fío absolutamente en su prudencia. Dígame que todo es ya irrevocable, que cualquier intento... que, en suma, disimular, si es que el disimulo es posible, es todo lo que queda.
Estas palabras, que fueron para Elinor una tan directa confesión del amor del coronel por su her­mana, la afectaron profundamente. En el momen­to no fue capaz de decir nada, y aun cuando recobró el ánimo, se debatió durante un breve tiem­po intentando descubrir cuál sería la respuesta más adecuada. El verdadero estado de las cosas entre Willoughby y su hermana le era tan desconocido, que al intentar explicarlo bien podía decir dema­siado, o demasiado poco.
Sin embargo, como es­taba convencida de que el afecto de Marianne por Willoughby, sin importar cuál fuese el resultado de ese afecto, no dejaba al coronel Brandon esperan­za alguna de triunfo, y al mismo tiempo deseaba protegerla de toda censura, después de pensarlo un rato decidió que sería más prudente y conside­rado decir más de lo que realmente creía o sabía. Admitió, entonces, que aunque ellos nunca le ha­bían informado sobre qué tipo de relaciones tenían, a ella no le cabía duda alguna sobre su mutuo afec­to y no le extrañaba saber que se escribían.
El coronel la escuchó en atento silencio, y al terminar ella de hablar, de inmediato se levantó de su asiento y tras decir con voz emocionada, “Le deseo a su hermana toda la felicidad imaginable; y a Willoughby, que se esfuerce por merecerla...”, se despidió y se fue.
Esta conversación no logró dar alivio a Elinor ni menguar la inquietud de su mente en relación con otros aspectos; al contrario, quedó con una tris­te impresión de la desdicha del coronel y ni siquiera pudo desear que esa infelicidad desapareciera, dada su ansiedad por que se diera el acontecimiento mis­mo que iba a corroborarla.

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