miércoles, 29 de agosto de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXIX

Al día siguiente, antes de que la doncella hubiera encendido la chimenea o que el sol lograra algún predominio sobre una gris y fría mañana de ene­ro, Marianne, a medio vestir, se encontraba hinca­da frente al banquillo junto a una de las ventanas, intentando aprovechar la poca luz que podía ro­barle y escribiendo tan rápido como podía permi­tírselo un continuo flujo de lágrimas. Fue en esa posición que Elinor la vio al despertar, arrancada de su sueño por la agitación y sollozos de su her­mana; y tras contemplarla durante algunos instan­tes con silenciosa ansiedad, le dijo con un tono de la mayor consideración y dulzura:
-Marianne, ¿puedo preguntarte...?
-No, Elinor -le respondió-, río no preguntes nada; pronto sabrás todo.
La especie de desesperada calma con que dijo esto no duró más que sus palabras, y de inmedia­to fue reemplazada por una vuelta a la misma enor­me aflicción. Transcurrieron algunos minutos antes de que pudiera retomar su carta, y los frecuentes arrebatos de dolor que, a intervalos, todavía la obli­gaban a paralizar su pluma, eran prueba suficiente de su sensación de que, casi con toda certeza, ésa era la última vez que escribía a Willoughby.
Elinor le prestó todas las atenciones que pudo, silenciosamente y sin estorbarla; y habría intentado consolarla y tranquilizarla más aún si Marianne no le hubiera implorado, con la vehemencia de la más nerviosa irritabilidad, que por nada del mundo le hablara.
En tales condiciones, era mejor para am­bas no permanecer mucho juntas; y la inquietud que embargaba el ánimo de Marianne no sólo le impi­dió quedarse en la habitación ni un instante tras ha­berse vestido, sino que, requiriendo al mismo tiempo de soledad y de un continuo cambio de lugar, la hizo deambular por la casa hasta la hora del desa­yuno, evitando encontrarse con nadie.
En el desayuno, no comió nada ni intentó ha­cerlo; y Elinor dirigió entonces toda su atención no a apremiarla, no a compadecerla ni a parecer ob­servarla con preocupación, sino a esforzarse en atraer todo el interés de la señora Jennings hacia ella.
Esta era la comida favorita de la señora Jen­nings, por lo que duraba un tiempo considerable; y tras haberla finalizado, apenas comenzaban a ins­talarse en tomo a la mesa de costura donde todas trabajaban, cuando un criado trajo una carta para Marianne, que ella le arrebató ansiosamente para salir corriendo de la habitación, el rostro con una palidez de muerte. Viendo esto, Elinor, que supo con la misma claridad que si hubiera visto las se­ñas que debían provenir de Willoughby, sintió de inmediato tal compunción que a duras penas pudo mantener en alto la cabeza, y se quedó sentada temblando de tal forma que la hizo temer que la señora Jennings necesariamente habría de adver­tirlo. La buena señora, sin embargo, lo único que vio fue que Marianne había recibido una carta de Willoughby, lo que le pareció muy divertido y, re­accionando en consecuencia, rió y manifestó su esperanza de que la encontrara a su entero gusto. En cuanto a la congoja de Elinor, la señora Jen­nings estaba demasiado ocupada midiendo estam­bre para su tapiz y no se dio cuenta de nada; y continuando con toda calma lo que estaba dicien­do, no bien Marianne había desaparecido, agregó:
-A fe mía, ¡nunca había visto a una joven tan desesperadamente enamorada! Mis niñas no se le comparan, y eso que solían ser bastante necias; pero la señorita Marianne parece una criatura to­talmente perturbada. Espero, con todo el corazón, que él no la haga esperar mucho, porque es lasti­moso verla tan enferma y desolada. Cuénteme, ¿cuándo se casan?
Elinor, aunque nunca se había sentido menos dispuesta a hablar que en ese momento, se obligó a responder a una ofensiva como ésta, y así, in­tentando sonreír, replicó:
-¿En verdad, señora, se ha convencido usted misma de que mi hermana está comprometida con el señor Willoughby? Creía que había sido sólo una broma, pero una cosa tan seria parece implicar algo más: por tanto, le suplico que no siga engañándo­se. Le puedo asegurar que nada me sorprendería más que escuchar que se iban a casar.
-¡Qué vergüenza, señorita Dashwood, qué ver­güenza! ¡Cómo puede decir eso! ¿Es que no sabe­mos que su unión es segura... que estaban locamente enamorados desde la primera vez que se vieron?
Dominic Cooper
¿Acaso no los vi juntos en Devonshire todos los días, y a todo lo largo del día? ¿Y piensa que no sabía que su hermana vino a la ciudad con­migo con el propósito de comprar su ajuar de boda? Vamos, vamos; así no va a conseguir nada. Cree que porque usted disimula tan bien, nadie más se da cuenta de nada; pero no hay tal, créame, por­que desde hace tiempo lo sabe todo el mundo en la ciudad. Yo se lo cuento a todo el mundo, y lo mismo hace Charlotte.
-De verdad, señora -le dijo Elinor con gran se­riedad-, está equivocada. Realmente está hacien­do algo muy poco bondadoso al esparcir esa noticia, y llegará a darse cuenta de ello, aunque ahora no me crea.
La señora Jennings volvió a reírse y Elinor no tuvo ánimo de decir más, pero ansiosa de todos modos por saber lo que había escrito Willoughby, se apresuró a ir a su habitación donde, al abrir la puerta, encontró a Marianne tirada en la cama, casi ahogada de pena, con una carta en la mano y dos o tres más esparcidas a su alrededor. Elinor se acer­có, pero sin decir palabra; y sentándose en la cama, le tomó una mano, la besó afectuosamente varias veces y luego estalló en sollozos en un comienzo apenas menos violentos que los de Marianne. Esta última, aunque incapaz de hablar, pareció sentir toda la ternura de estos gestos, y tras algunos mo­mentos de estar así unidas en la aflicción, puso to­das las cartas en las manos de Elinor; y luego, cubriéndose el rostro con un pañuelo, casi llegó a gritar de agonía. Elinor, aunque sabía que tal aflic­ción, por terrible que fuera de contemplar, debía seguir su curso, se mantuvo atenta a su lado hasta que estos excesos de dolor de alguna manera se habían agotado; y luego, tomando ansiosamente la carta de Willoughby, leyó lo siguiente:

Bond Street, enero
Mi querida señora,
Acabo de tener el honor de recibir su carta, por la cual le ruego aceptar mis más sinceros agra­decimientos. Me preocupa enormemente saber que algo en mi comportamiento de anoche no contara con su aprobación; y aunque me sien­to incapaz de descubrir en qué pude ser tan desafortunado como para ofenderla, le suplico me perdone lo que puedo asegurarle fue ente­ramente involuntario. Nunca recordaré mi re­lación con su familia en Devonshire sin el placer y reconocimiento más profundos, y qui­siera pensar que no la romperá ningún error o mala interpretación de mis acciones. Estimo muy sinceramente a toda su familia; pero si he sido tan desafortunado como para dar pie a que mis sentimientos se creyeran mayores de lo que son o de lo que quise expresar, mucho me re­criminaré por no haber sido más cuidadoso en las manifestaciones de esa estima. Que alguna vez haya querido decir más, aceptará que es imposible cuando sepa que mis afectos han es­tado comprometidos desde hace mucho en otra parte, y no transcurrirán muchas semanas, creo, antes de que se cumpla este compromiso. Es con gran pesar que obedezco su orden de de­volverle las cartas con que me ha honrado, y el mechón de sus cabellos que tan graciosamen­te me concedió.

Quedo, querida señora,
como su más obediente
y humilde servidor,
JOHN WILLOUGHBY

Puede imaginarse con qué indignación leyó la señorita Dashwood una carta como ésta. Aunque desde antes de leerla estaba consciente de que de­bía contener una confesión de su inconstancia y confirmar su separación definitiva, ¡no imaginaba que se pudiera utilizar tal lenguaje para anunciar­lo! Tampoco habría supuesto a Willoughby capaz de apartarse tanto de las formas propias de un sen­tir honorable y delicado... tan lejos estaba de la co­rrección propia de un caballero como para mandar una carta tan descaradamente cruel: una carta que, en vez de acompañar sus deseos de quedar libre con alguna manifestación de arrepentimiento, no reconocía ninguna violación de la confianza, ne­gaba que hubiera existido ningún afecto especial..., una carta en la cual cada línea era un insulto y que proclamaba que su autor estaba hundido profun­damente en la más encallecida vileza.
Se detuvo en ella durante algún tiempo con in­dignado asombro; luego la volvió a leer una y otra vez; pero cada relectura sirvió tan sólo para aumentar su aborrecimiento por ese hombre, y tan amargos eran sus sentimientos hacia él que no osaba darse permiso para hablar, a riesgo de ahondar en las he­ridas de Marianne al presentar el fin de su compro­miso no como una pérdida para ella de algún bien posible, sino como el haber escapado del peor y más irremediable de los males, la unión de por vida con un hombre sin principios; como una muy ver­dadera liberación, una muy importante bendición.
En su intensa meditación sobre el contenido de la carta, sobre la depravación de la mente que pudo dictarla y, probablemente, sobre la muy diferente naturaleza de una persona muy distinta, que no te­nía otra relación con el asunto que la que su cora­zón le asignaba con cada cosa que ocurría, Elinor olvidó la congoja de su hermana allí frente a ella, olvidó las tres cartas en su regazo que aún no ha­bía leído, y de manera tan completa olvidó el tiem­po que había estado en la habitación, que cuando al escuchar un coche llegando a la puerta se acer­có a la ventana para ver quién venía a horas tan inadecuadamente tempranas, fue toda sorpresa al reparar en que era el carruaje de la señora Jennings, que sabía no había sido ordenado sino hasta la una.

Decidida a no dejar a Marianne, aunque sin nin­guna esperanza de poder contribuir en ese mo­mento a su tranquilidad, se apresuró a salir para disculparse de acompañar a la señora Jennings, dado que su hermana se sentía indispuesta. La se­ñora Jennings, con una alegre preocupación por el motivo de la excusa, la aceptó con toda facili­dad, y Elinor, tras despedirse de ella y ver que par­tía sin problemas, volvió donde Marianne; la encontró intentando levantarse de la cama y alcan­zó a llegar a su lado justo a tiempo para impedir que cayera al suelo, débil y aturdida por una pro­longada falta de adecuado descanso y alimento, pues eran muchos los días que había pasado sin ningún apetito, y muchas las noches desde la últi­ma vez que había dormido verdaderamente; y aho­ra, cuando su mente ya no se sostenía en la fiebre del suspenso, se vieron las consecuencias de todo ello en una cabeza adolorida, un estómago debili­tado y una fragilidad nerviosa general. Un vaso de vino, que Elinor de inmediato le trajo, la restauró algo, y por fin fue capaz de expresar parte de su afecto al decir:
-¡Pobre Elinor! ¡Cuántas penas te doy!
-Sólo desearía -replicó su hermana- que hu­biera algo que pudiera hacer para consolarte.
Esto, al igual que habría ocurrido con cualquier otra cosa, fue demasiado para Marianne, que sólo pudo exclamar con toda la angustia de su corazón,
 “¡Ay, Elinor, que miserable me siento”, antes de que los sollozos ahogaran por completo su voz.
Elinor no pudo seguir contemplando en silen­cio este torrente de dolor que fluía sin encontrar resistencia.
-Haz un esfuerzo, Marianne -exclamó-, o te matarás y, junto contigo, a todos los que te aman. Piensa en tu madre; piensa en su aflicción al sa­ber que sufres; por ella, tienes que esforzarte.
-No puedo, no puedo -exclamó Marianne-; déjame, déjame si te aflijo; déjame, ódiame, olví­dame; pero no me tortures así. ¡Ay! ¡Qué fácil es para quienes no tienen penas propias hablar de esfuerzo! Dichosa, dichosa Elinor, no puedes te­ner idea de lo que sufro.
-¡A mí me llamas dichosa, Marianne! ¡Ah! ¡Si supieras! ¡Y cómo crees que pueda serlo viéndote tan desgraciada!
-Perdóname, perdóname -echándole los bra­zos al cuello-; sé que me compadeces; sé cuán buen corazón tienes; pero aun así eres... debes ser feliz; Edward te ama... ¡Qué, dime qué podría ma­tar una felicidad como ésa!
-Muchas, muchas circunstancias -dijo Elinor solemnemente.
-No, no, no -exclamó Marianne con voz ardien­te-; él te ama, a ti y a nadie más que a ti. No pue­des tener pena alguna.
-No puedo disfrutar de nada mientras te vea en tal estado.
-Y nunca más me verás en otra forma. La mía es una desdicha a la que nada puede poner fin.
-No debes hablar así, Marianne. ¿Acaso no tie­nes solaz alguno? ¿No tienes amigos? ¿Es tan gran­de tu pérdida que no deja espacio al consuelo? Por mucho que sufras ahora, piensa en lo que habrías sufrido si el descubrimiento de su carácter se hu­biera postergado para más adelante... si tu compro­miso se hubiera alargado por meses y meses, como podría haber ocurrido, antes-de que él hubiera de­cidido terminarlo. Con cada nuevo día de desven­turada confianza de tu parte se habría hecho más atroz el golpe.
-¡Compromiso! -exclamó Marianne-. No ha ha­bido ningún compromiso.
-¡Ningún compromiso!
-No, no es tan indigno como crees. No me ha engañado.
-Pero te dijo que te amaba, ¿no?
-Sí... no... nunca... en absoluto. Estaba
 siempre implícito, pero nunca declarado abiertamente. A veces creía que lo había hecho... pero nunca ocu­rrió.
-¿Y aun así le escribiste?
-Sí... ¿podía estar mal después de todo lo que había ocurrido? Pero no puedo hablar más.
Elinor guardó silencio, y volviendo su atención a las tres cartas que ahora le despertaban mucho mayor curiosidad que antes, se dedicó de inme­diato a examinar el contenido de todas ellas. La primera, que era la enviada por su hermana cuan­do llegaron a la ciudad, era como sigue:

Berkeley Street, enero.
¡Qué gran sorpresa te llevarás, Willoughby, al recibir ésta! Y pienso que sentirás algo más que sorpresa cuando sepas que estoy en la ciudad. La oportunidad de venir acá, aunque con la se­ñora Jennings, fue una tentación a la que no pude resistir. Ojalá recibas ésta a tiempo para venir a verme esta noche, pero no voy a con­tar con ello. En todo caso, te esperaré maña­na. Por ahora, adieu.
M.D.

La segunda nota, escrita la mañana después del baile donde los Middleton, iba en estas palabras:

No puedo expresar mi decepción al no haber estado aquí cuando viniste ayer, ni mi asom­bro al no haber recibido ninguna respuesta a la nota que te envié hace cerca de una sema­na. He estado esperando saber de ti y, más to­davía, verte, cada momento del día. Te ruego vengas de nuevo tan pronto como puedas y me expliques el motivo de haberme tenido espe­rando en vano. Sería mejor que vinieras más temprano la próxima vez, porque en general salimos alrededor de la una. Anoche estuvimos donde lady Middleton, que ofreció un baile. Me dijeron que te habían invitado. Pero, ¿es posi­ble que esto sea verdad? Debes haber cambia­do mucho desde que nos separamos si así ocurrió y tú no acudiste. Pero no estoy dispues­ta a creer que haya sido así, y espero que muy pronto me asegures personalmente que no lo fue.
M.D.

El contenido de la última nota era éste:

¿Qué debo imaginar, Willoughby, de tu com­portamiento de anoche? Otra vez te exijo una explicación. Me había preparado para encon­trarte con la natural alegría que habría seguido a nuestra separación, con la familiaridad que nuestra intimidad en Barton me parecía justifi­car. ¡Y cómo fui desairada! He pasado una no­che miserable intentando excusar una conducta que a duras penas puede ser considerada me­nos que insultante; pero aunque todavía no he podido encontrar ninguna justificación razona­ble para tu comportamiento, estoy perfectamen­te dispuesta a escucharla de ti. Quizá te han informado mal, o engañado a propósito en algo relativo a mí que me pueda haber degradado en tu opinión. Dime de qué se trata, explíca­me sobre qué bases actuaste y me daré por sa­tisfecha si puedo satisfacerte. Ciertamente me apenaría tener que pensar mal de ti; pero si me veo obligada a hacerlo, si voy a encontrarme con que no eres como hasta ahora te hemos creído, con que tu consideración por todas nosotras no era sincera y el único propósito de tu comportamiento hacia mí era el engaño, mejor saberlo lo antes posible. En este momen­to me siento llena de la más atroz indecisión; deseo absolverte, pero tener una certeza, en cualquier sentido que sea, aliviará mi sufrimien­to actual. Si tus sentimientos ya no son lo que fueron, me devolverás mis cartas y el mechón de mis cabellos que tienes en tu poder.
M.D.

En consideración a Willoughby, Elinor no ha­bría estado dispuesta a creer que tales cartas, tan llenas de afecto y confianza, pudieran haber me­recido la respuesta que tuvieron. Pero su condena de la actuación de él no le impedía ver lo inapro­piado, en último término, de que hubieran sido es­critas; y lamentaba en su interior la imprudencia que había arriesgado pruebas de ternura tan poco solicitadas, que ningún precedente justificaba y que los hechos tan severamente condenaban, cuando Marianne, advirtiendo que ya había terminado con las cartas, le observó que ellas no contenían nada sino lo que cualquiera en la misma situación ha­bría escrito.
-Yo me sentía -agregó- tan solemnemente comprometida con él como si estuviéramos unidos por el más estricto pacto legal.
-Puedo creerlo -dijo Elinor-; pero, por desgra­cia, él no sentía lo mismo.
-El sí sentía lo mismo, Elinor... semana tras se­mana lo sintió. Sé que fue así. No importa lo que lo haya hecho cambiar ahora (y nada sino las ar­tes más negras usadas contra mí pueden haberlo logrado), alguna vez le fui tan querida como mis deseos más profundos pudieron desearlo. Este me­chón de pelo, del cual ahora se deshace con tanta facilidad, lo obtuvo tras suplicármelo de la mane­ra más vehemente. ¡Si hubieras visto su aspecto, sus maneras, si hubieras escuchado su voz en ese momento! ¿Has olvidado acaso la última tarde que pasamos juntos en Barton? ¡También la mañana en que nos separamos! Cuando me dijo que podrían pasar muchas semanas antes de que nos volviéra­mos a encontrar... su congoja, ¡cómo voy a olvidar su congoja!
Durante uno o dos momentos no pudo decir nada más; pero cuando su emoción se había apla­cado, agregó con voz más firme:
-Elinor, me han utilizado de la forma más cruel, pero no ha sido Willoughby quien lo ha hecho.
-Mi querida Marianne, ¿quién, sino él? ¿Quién lo puede haber inducido a ello?
-Todo el mundo, más que su propio corazón. Antes creería que todos los seres que conozco se concertarían para degradarme ante sus ojos que creerlo a él por naturaleza capaz de tal crueldad. Esta mujer sobre la que escribe, quienquiera que sea; o cualquiera, en suma, a excepción de ti, mi querida hermana, y mamá y Edward, puede haber sido tan desalmado como para denigrarme. Fuera de ustedes tres, ¿hay alguna criatura en el mundo de quien sospecharía menos que de Willoughby, cuyo corazón conozco tan bien?
Elinor no quiso discutir, y se limitó a respon­derle:
-Quienquiera pueda haber sido ese enemigo tuyo tan detestable, arrebatémosle su malvado triun­fo, mi querida hermana, haciéndole ver con cuán­ta nobleza la conciencia de tu propia inocencia y buenas intenciones sustenta tu espíritu. Es razona­ble y digno de alabanza un orgullo que se levanta contra tal malevolencia.
-No, no -exclamó Marianne-, una desdicha como la mía no conoce el orgullo. No me importa que sepan cuán miserable me siento. Todos pue­den saborear el triunfo de verme así. Elinor, Eli­nor, los que poco sufren pueden ser tan orgullosos e independientes como quieran; Pueden resistir los insultos o humillar a su vez... Pero yo no puedo. Tengo que sentirme, tengo que ser desdichada... y bienvenidos sean a disfrutar de saberme así.
-Pero por mi madre, y por mí.,,
-Haría más que por mí misma. Pero mostrar­me contenta cuando me siento tan miserable... ¡Ah! ¿Quién podría pedirme tanto?
Nuevamente callaron ambas. Elinor estaba en­tregada a caminar pensativamente de la chimenea a la ventana, de la ventana a la chimenea, sin ad­vertir el calor que le llegaba de una o distinguir los objetos a través de la otra; y Marianne, sentada a los pies de la cama, con la cabeza apoyada con­tra uno de sus pilares, tomó de nuevo la carta de Willoughby, y tras estremecerse ante cada una de sus frases, exclamó:
-¡Es demasiado! ¡Oh, Willoughby, Willoughby, cómo puede venir esto de ti! Cruel, cruel, nada pue­de absolverte. Nada, Elinor. Sea lo que fuere que pueda haber escuchado contra Mí... ¿no debiera haber suspendido el juicio? ¿No debió habérmelo dicho, darme la oportunidad de justificarme? “El mechón de sus cabellos -repitiendo lo que la car­ta decía- que tan graciosamente me concedió”... eso es imperdonable. Willoughby, ¿dónde tenías el co­razón cuando escribiste esas palabras? ¡Oh, qué desalmada insolencia! Elinor, ¿es qUe acaso se la puede justificar?
-No, Marianne, de ninguna manera.
-Y, sin embargo, esta mujer... ¡quién sabe cuá­les puedan haber sido sus malas artes, cuán larga­mente lo habrá premeditado, cómo se las habrá ingeniado! ¿Quién es ella? ¿Quién puede_ ser? ¿A quién de sus conocidas mencionó alguna vez Wi­lloughby como joven y atractiva? ¡Oh! A nadie, a nadie... sólo me hablaba de mí.
Siguió otra pausa; Marianne, presa de gran agi­tación, terminó así:
-Elinor, debo irme a casa. Debo ir y consolar a mamá. ¿Podemos irnos mañana?
-¡Mañana, Marianne!
-Sí; ¿por qué había de quedarme aquí? Vine únicamente por Willoughby... y ahora, ¿a quién le importo? ¿Quién se interesa por mí?
-Sería imposible partir mañana. Le debemos a la señora Jennings mucho más que cortesía; y la cortesía más básica no permitiría una partida tan repentina como ésa.
-Está bien, entonces, en uno o dos días más quizá; pero no puedo quedarme mucho aquí, no puedo quedarme y aguantar las preguntas y ob­servaciones de toda esa gente. Los Middleton, los Palmer... ¿cómo voy a soportar su compasión? ¡La compasión de una mujer como la señora Jennings! ¡Ah, qué diría él de eso!
Elinor le aconsejó que se tendiera nuevamen­te, y durante unos momentos así lo hizo; pero nin­guna posición la tranquilizaba, y en un doloroso desasosiego de alma y cuerpo, cambiaba de una a otra postura, alterándose cada vez más; a duras pe­nas pudo su hermana mantenerla en la cama y du­rante algunos momentos temió verse obligada a pedir ayuda. Unas gotas de lavanda, sin embargo, que pudo convencerla de tomar, le sirvieron de ayuda; y desde ese instante hasta la vuelta de la señora Jennings permaneció en la cama, callada y quieta.

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