martes, 6 de noviembre de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXX

Amig@s, me apena mucho la demora, pero en realidad, ando cortisima de tiempo, han pasado tantísimas cosas en mi vida, que les iré contando mas adelante.
Ademas, de que para pena mía, una vez mas publicare sin imágenes. I sorry!

Que tengan una linda lectura...

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXX

A su regreso, la señora Jennings se dirigió directa­mente a la habitación de Elinor y Marianne y, sin esperar que respondieran a su llamado, abrió la puerta y entró con aire de verdadera preocupación.
-¿Cómo está, querida? -le preguntó en tono compasivo a Marianne, que desvió el rostro sin ha­cer ningún intento por responder.

-¿Cómo está, señorita Dashwood? ¡Pobrecita! Tiene muy mal aspecto. No es de extrañar. Sí, des­graciadamente es verdad. Se va a casar pronto... ¡es un badulaque! No lo soporto. La señora Taylor me lo contó hace media hora, y a ella se lo contó una amiga íntima de ' la señorita Grey misma, de otra forma no lo habría podido creer; quedé abis­mada al saberlo. Bien, dije, todo lo que puedo de­cir es que, si es verdad, se ha portado de manera abominable con una joven a quien conozco, y de­seo con todo el corazón que su esposa le atormente la vida. Y seguiré diciéndolo para siempre, queri­da, puede estar segura. No se me ocurre adónde irán a parar los hombres por este camino; y si al­guna vez me lo vuelvo a encontrar, le daré tal re­primenda como no habrá tenido muchas en su vida. Pero queda un consuelo, mi querida señorita Ma­rianne: no es el único joven del mundo que valga la pena; y con su linda cara a usted nunca le falta­rán admiradores. ¡Ya, pobrecita! Ya no la molesta­ré más, porque lo mejor sería que llorara sus penas de una vez por todas y acabara con eso. Por suer­te, sabe usted, esta noche van a venir los Parry y los Sanderson, y eso la divertirá.

Salió entonces de la habitación caminando de puntillas, como si creyera que la aflicción de su jo­ven amiga pudiera aumentar con el ruido.
Para sorpresa de su hermana, Marianne decidió cenar con ellas. Elinor incluso se lo desaconsejó. Pero, “no, iba a bajar; lo soportaría perfectamente, y el barullo en tomo a ella sería menor”. Elinor, contenta de que por el momento fuera ése el mo­tivo que la guiaba y aunque no la creía capaz de sentarse a cenar, no dijo nada más; así, acomodán­dole el vestido lo mejor que pudo mientras Ma­rianne seguía echada sobre la cama, estuvo lista para acompañarla al comedor apenas las llamaron.
Una vez allí, aunque con aire muy desdicha­do, comió más y con mayor tranquilidad de la que su hermana había esperado. Si hubiera intentado hablar o se hubiera dado cuenta de la mitad de las bien intencionadas pero desatinadas atenciones que le dirigía la señora Jennings, no habría podi­do mantener esa calma; pero sus labios no deja­ron escapar ni una sílaba y su ensimismamiento la mantuvo en la mayor ignorancia de cuanto ocu­rría frente a ella.

Elinor, que valoraba la bondad de la señora Jen­nings aunque la efusión con que la expresaba a menudo era irritante y en ocasiones casi ridícula, le manifestó la gratitud y le correspondió las mues­tras de cortesía que su hermana era incapaz de ex­presar o realizar por sí misma. Su buena amiga veía que Marianne era desdichada, y sentía que se le debía todo aquello que pudiera disminuir su pena. La trató, entonces, con toda la cariñosa indulgen­cia de una madre hacia su hijo favorito en su últi­mo día de vacaciones. A Marianne debía darse el mejor lugar junto a la chimenea, había que tentar­la con todos los mejores manjares de la casa y en­tretenerla con el relato de todas las noticias del día. Si Elinor no hubiera visto en el triste semblante de su hermana un freno a todo regocijo, habría dis­frutado de los esfuerzos de la señora Jennings por curar un desengaño de amor mediante toda una variedad de confituras y aceitunas y un buen fue­go de chimenea. Sin embargo, apenas la concien­cia de todo esto se abrió paso en Marianne por repetirse una y otra vez, no pudo seguir ahí. Con una viva exclamación de dolor y una señal a su hermana para que no la siguiera, se levantó y sa­lió a toda prisa de la habitación.

¡Pobre criatura! -exclamó la señora Jennings tan pronto hubo salido-. ¡Cómo me apena verla! ¡Y miren ustedes, si no se ha ido sin terminar su vino! ¡Y también ha dejado las cerezas confitadas! ¡Dios mío! Nada parece servirle. Créanme que si supiera de algo que le apeteciera, mandaría reco­rrer toda la ciudad hasta encontrarlo. ¡Vaya, es la cosa más increíble que un hombre haya tratado tan mal a una chica tan linda! Pero cuando la plata abunda por un lado y escasea totalmente por el otro, ¡que Dios me ampare!, ya no les importan ta­les cosas.

-Entonces, la dama en cuestión, la señorita Grey creo que la llamó usted, ¿es muy rica?

-Cincuenta mil libras, querida mía. ¿La ha vis­to alguna vez? Una chica elegante, muy a la moda, según dicen, pero nada de guapa. Recuerdo muy bien a su tía, Biddy Henshawe; se casó con un hombre muy rico. Pero todos en la familia son ri­cos. ¡Cincuenta mil libras! Y desde todo punto de vista van a llegar muy a tiempo, porque dicen que él está en la ruina. ¡Era que no, siempre luciéndo­se por ahí con su calesín y sus caballos y perros de caza! Vaya, sin ánimo de enjuiciar, pero cuan­do un joven, sea quien sea, viene y enamora a una linda chica y le promete matrimonio, no tiene de­recho a desdecirse de su palabra sólo por haberse empobrecido y que una muchacha rica esté dis­puesta a aceptarlo. ¿Por qué, en ese caso, no ven­de sus caballos, alquila su casa, despide a sus criados, y no da un real vuelco a su vida? Les ase­guro que la señorita Marianne habría estado dis­puesta a esperar hasta que las cosas se hubieran arreglado. Pero no es así como se hacen las cosas hoy en día; los jóvenes de hoy jamás van a renun­ciar a ningún placer.
-¿Sabe usted qué clase de muchacha es la se­ñorita Grey? ¿Tiene reputación de ser amable?

-Nunca he escuchado nada malo de ella; de hecho, casi nunca la he oído mencionar; excepto que la señora Taylor sí dijo esta mañana que un día la señorita Walker le insinuó que creía que el señor y la señora Ellison no lamentarían ver casa­da a la señorita Grey, porque ella y la señora Elli­son nunca se habían avenido.

-¿Y quiénes son los Ellison?

-Sus tutores, querida. Pero ya es mayor de edad y puede escoger por sí misma; ¡y una linda elec­ción ha hecho! Y ahora -tras una breve pausa-, su pobre hermana se ha ido a su habitación, su­pongo, a lamentarse a solas. ¿No hay nada que se pueda hacer para consolarla? Pobrecita, parece tan cruel dejarla sola. Pero bueno, poco a poco trae­remos nuevos amigos, y eso la divertirá un poco. ¿A qué podemos jugar? Sé que ella detesta el whist; pero, ¿no hay ningún juego que se haga en ronda que sea de su agrado?

-Mi querida señora, tanta gentileza es comple­tamente innecesaria. Estoy segura de que Marian­ne no saldrá de su habitación esta noche. Intentaré convencerla, si es que puedo, de que se vaya a la cama temprano, porque estoy segura de que ne­cesita descansar.

-Claro, eso será lo mejor para ella. Que diga lo que quiere comer, y se acueste. ¡Dios! No es de extrañar que haya andado con tan mala cara y tan abatida la semana pasada y la anterior, porque ima­gino que esta cosa ha estado encima de ella todo ese tiempo. ¡Y la carta que le llegó hoy fue la últi­ma gota! ¡Pobre criatura! Si lo hubiera sabido, por supuesto que no le habría hecho bromas al res­pecto ni por todo el oro del mundo. Pero enton­ces, usted sabe, ¿cómo podría haberlo adivinado? Estaba segura de que no era sino una carta de amor común y corriente, y usted sabe que a los jóvenes les gusta que uno se ría un poco de ellos con esas cosas. ¡Dios! ¡Cómo estarán de preocupados sir John y mis hijas cuando lo sepan! Si hubiera estado en mis cabales, podría haber pasado por Conduit Street en mi camino a casa y habérselo contado. Pero los veré mañana.

-Estoy segura de que no será necesario preve­nir a la señora Palmer y a sir John para que no nombren al señor Willoughby ni hagan la menor alusión a lo que ha ocurrido frente a mi hermana. Su propia bondad natural les indicará cuán cruel es mostrar en su presencia que se sabe algo al res­pecto; y mientras menos se me hable a mí sobre el tema, más sufrimientos me ahorrarán, como bien podrá saberlo usted, mi querida señora.

-¡Ay, Dios! Sí, por supuesto. Debe ser terrible para usted escuchar los comentarios; y respecto de su hermana, le aseguro que por nada del mundo le mencionaré ni una palabra sobre el tema. Ya vio usted que no lo hice durante la cena. Y tampoco lo harán ni sir John ni mis hijas, porque son muy conscientes y considerados, en especial si se lo su­giero, como por cierto lo haré. Por mi parte, pien­so que mientras menos se diga acerca de estas cosas mejor es y más rápido desaparecen y se ol­vidan. Y cuándo se ha sacado algo de bueno con hablar, ¿no?

-En el caso actual, sólo puede hacer daño... más quizá que en muchos otros similares, porque éste ha ido acompañado de algunas circunstancias que, por el bien de todos los interesados, hacen inconveniente que se transforme en materia de co­mentario público. Tengo que reconocerle esto al señor Willoughby: no ha roto ningún compromiso efectivo con mi hermana.

-¡Por Dios, querida! No intente defenderlo. ¡Qué me habla de ningún compromiso efectivo después de hacerla recorrer toda la casa de Allenham y mos­trarle las habitaciones mismas en que iban a vivir de ahí en adelante!
Pensando en su hermana, Elinor no quiso se­guir con el tema, y también por Willoughby espe­raba que no le pidieran hacerlo, pues aunque Marianne podía perder mucho, era poco lo que él podía ganar si se hacía valer la verdad. Tras un cor­to silencio por ambas partes, la señora Jennings, con todo su característico buen humor, se embar­có de nuevo en el tema.

-Bueno, querida, como dicen, nadie sabe para quién trabaja, porque el que saldrá ganando con todo esto es el coronel Brandon. Al final la ten­drá; sí, claro, la tendrá. Escuche lo que le digo, si no van a estar casados ya para el verano. ¡Dios! ¡Cómo va a gozar el coronel con estas noticias! Espero que venga esta noche. Apostaría todo a uno a que será una unión mucho mejor para su hermana. Dos mil al año sin deudas ni cargas... excepto, claro está, la jovencita, su hija natural; claro, se me olvidaba ella, pero sin mayores gas­tos la pueden poner de aprendiza en alguna par­te, y entonces ya no tendrá ninguna importancia. Delaford es un sitio muy agradable, se lo asegu­ro; exactamente lo que llamo un agradable sitio a la antigua, lleno de comodidades y convenien­cias; rodeado de un enorme huerto con los me­jores frutales de toda la región, ¡y qué morera en una esquina! ¡Dios! ¡Cómo nos hartamos con Char­lotte la única vez que fuimos! Además hay un pa­lomar, unos excelentes estanques con peces para la mesa y una preciosa canaleta; en resumen, todo lo que uno podría desear; y, más aún, está cerca de la iglesia y a sólo un cuarto de milla de un camino de portazgo, así que nunca es aburrido, pues basta ir a sentarse en una vieja glorieta bajo un tejo detrás de la casa y se puede ver pasar los carruajes. ¡Ah, es un hermoso lugar! Un carnicero cerca en el pueblo y la casa del párroco a tiro de piedra. Para mi gusto, mil veces más lindo que Barton Park, donde tienen que recorrer tres mi­llas para ir por la carne y no hay ningún vecino más cerca que la madre de ustedes. Bueno, le daré ánimos al coronel apenas pueda. Ya sabe usted, un clavo saca otro clavo. ¡Si pudiéramos sacarle a Willoughby de la mente!

-Ay, si pudiéramos hacer al menos eso, señora -dijo Elinor-, nos arreglaríamos de lo más bien con o sin el coronel Brandon.

Levantándose, entonces, fue a reunirse con Marianne, a quien encontró, tal como se lo había esperado, en su habitación, inclinada en silencio­sa desesperación sobre los restos de lumbre en la chimenea, que hasta la entrada de Elinor habían sido su única luz.

-Mejor me dejas sola -fue toda la señal de aten­ción que dio a su hermana.

-Lo haré -dijo Elinor-, si te vas a la cama.

A esto, sin embargo, con la momentánea por­fía de un ardoroso padecimiento, se negó en un principio. Pero los insistentes, aunque gentiles, ar­gumentos de su hermana pronto la condujeron sua­vemente a la docilidad; y antes de dejarla, Elinor la vio recostar su adolorida cabeza sobre la almo­hada y, tal como esperaba, en camino a un cierto sosiego.

En la, sala, adonde entonces se dirigió, pronto se le reunió la señora Jennings con un vaso de vino, lleno de algo, en la mano.

-Querida -le dijo al entrar-, acabo de recordar que acá en la casa tengo un poco del mejor vino añejo de Constantia que haya probado, así que le traje un vaso para su hermana. ¡Mi pobre esposo! ¡Cómo le gustaba! Cada vez que le daba uno de sus ataques de gota hepática, decía que nada en el mundo le hacía mejor. Por favor, lléveselo a su hermana.

-Mi querida señora -replicó Elinor, sonriendo ante la diferencia de los males para los que lo re­comendaba-, ¡qué buena es usted! Pero acabo de dejar a Marianne acostada y, espero, casi dormida; y como creo que nada le servirá más que el des­canso, si me lo permite, yo me beberé el vino.

La señora Jennings, aunque lamentando no ha­ber llegado cinco minutos antes, quedó satisfecha con el arreglo; y Elinor, mientras se lo tomaba, pensaba que aunque su efecto en la gota hepáti­ca no tenía ninguna importancia en el momento, sus poderes curativos sobre un corazón desenga­ñado bien podían probarse en ella tanto como en su hermana.

El coronel Brandon llegó cuando se encontra­ban tomando el té, y por su manera de mirar a su alrededor para ver si estaba Marianne, Elinor se imaginó de inmediato que ni esperaba ni deseaba verla ahí y, en suma, de que ya sabía la causa de su ausencia. A la señora Jennings no se le ocurrió lo mismo, pues poco después de la llegada del co­ronel cruzó la habitación hasta la mesa de té que presidía Elinor y le susurró:

-Vea usted, el coronel está tan serio como siem­pre. No sabe nada de lo ocurrido; vamos, cuénte­selo, querida.
Al rato él acercó una silla a la mesa de Elinor, y con un aire que la hizo sentirse segura de que estaba plenamente al tanto, le preguntó sobre su hermana.

-Marianne no se encuentra bien -dijo ella-. Ha estado indispuesta durante todo el día y la hemos convencido de que se vaya a la cama.

-Entonces, quizá -respondió vacilante-, lo que escuché esta mañana puede ser verdad... puede ser más cierto de lo que creí posible en un comienzo.

-¿Qué fue lo que escuchó?

-Que un caballero, respecto del cual tenía mo­tivos para pensar... en suma, que un hombre a quien se sabía comprometido... pero, ¿cómo se lo puedo decir? Si ya lo sabe, como es lo más segu­ro, puede ahorrarme el tener que hacerlo.

-Usted se refiere -respondió Elinor con forza­da tranquilidad- al matrimonio del señor Willough­by con la señorita Grey. Sí, sí sabemos todo al respecto. Este parece haber sido un día de escla­recimiento general, porque hoy mismo en la ma­ñana recién lo descubrimos. ¡El señor Willoughby es incomprensible! ¿Dónde lo escuchó usted?

-En una tienda de artículos de escritorio en Pall Mall, adonde tuve que ir en la mañana. Dos seño­ras estaban esperando su coche y una le estaba contando a la otra de esta futura boda, en una voz tan poco discreta que me fue imposible no es­cuchar todo. El nombre de Willoughby, John Willoughby, repetido una y otra vez, atrajo prime­ro mi atención, y a ello siguió la inequívoca de­claración de que todo estaba ya decidido en relación con su matrimonio con la señorita Grey; ya no era un secreto, la boda tendría lugar dentro de pocas semanas, y muchos otros detalles sobre los preparativos y otros asuntos. En especial recuer­do una cosa, porque me permitió identificar al hombre con mayor precisión: tan pronto termina­ra la ceremonia partirían a Combe Magna, su pro­piedad en Somersetshire. ¡No se imagina mi asombro! Pero me seria imposible describir lo que sentí. La tan comunicativa dama, se me informó al preguntarlo, porque permanecí en la tienda hasta que se hubieron ido, era una tal señora Ellison; y ése, según me han dicho, es el nombre del tutor de la señorita Grey.

-Sí lo es. Pero, ¿escuchó también que la seño­rita Grey tiene cincuenta mil libras? Eso puede ex­plicarlo, si es que algo puede.

-Podría ser así; pero Willoughby es capaz... al menos eso creo -se interrumpió durante un ins­tante, y luego agregó en una voz que parecía des­confiar de sí misma-; y su hermana, ¿cómo lo ha...?

-Su sufrimiento ha sido enorme. Tan sólo me queda esperar que sea proporcionalmente breve. Ha sido, es la más cruel aflicción. Hasta ayer, creo, ella nunca dudó del afecto de Willoughby; e in­cluso ahora, quizá... pero, por mi parte, tengo casi la certeza de que él nunca estuvo realmente inte­resado en ella. ¡Ha sido tan falso! Y, en algunas co­sas, parece haber una cierta crueldad en él.

-¡Ah! -dijo el coronel Brandon-, por cierto que la hay. Pero su hermana no... me parece habérse­lo oído a usted... no piensa lo mismo que usted, ¿no?
-Usted sabe cómo es ella, y se imaginará de qué manera lo justificaría si pudiera.

El no respondió; y poco después, como se re­tirara el servicio de té y se formaran los grupos para jugar a las cartas, debieron dejar de lado el tema. La señora Jennings, que los había observado con­versar con gran placer y que esperaba ver cómo las palabras de la señorita Dashwood producían en el coronel Brandon un instantánea júbilo, semejante al que correspondería a un hombre en la flor de la juventud, de la esperanza y de la felicidad, lle­na de asombro lo vio permanecer toda la tarde más pensativo y más serio que nunca.