sábado, 8 de diciembre de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXI

Tras una noche en que había dormido más de lo esperado, Marianne despertó a la mañana siguien­te para encontrarse sabiéndose tan desdichada como cuando había cerrado los ojos.
Elinor la animó cuanto pudo a hablar de lo que sentía; y antes de que estuviera listo el desayuno, habían recorrido el asunto una y otra vez, Elinor sin alterar su tranquila certeza y afectuosos conse­jos, y Marianne manteniendo la exacerbación de sus emociones y cambiando una y otra vez sus opi­niones. 

A ratos creía a Willoughby tan desdichado e inocente como ella; y en otros, se desconsolaba ante la imposibilidad de absolverlo. En un momento le eran absolutamente indiferentes los comentarios del mundo, al siguiente se retiraría de él para siem­pre, y luego iba a resistirlo con toda su fuerza. En una cosa, sin embargo, permanecía constante al tratarse ese punto: en evitar, siempre que fuera posi­ble, la presencia de la señora Jennings, y en su de­cisión de mantenerse en absoluto silencio cuando se viera obligada a soportarla. Su corazón se rehu­saba a creer que la señora Jennings pudiera parti­cipar en su dolor con alguna compasión.

-No, no, no, no puede ser -exclamó--, ella es incapaz de sentir. Su afabilidad no es conmisera­ción; su buen carácter no es ternura. Todo lo que le interesa es chismorrear, y sólo le agrado porque le doy material para hacerlo.

Elinor no necesitaba escuchar esto para saber cuántas injusticias podía cometer su hermana, arras­trada por el irritable refinamiento de su propia mente cuando se trataba de opinar sobre los demás, y la excesiva importancia que atribuía a las delicadezas propias de una gran sensibilidad y al donaire de los modales cultivados. Al igual que medio mundo, si más de medio mundo fuera inteligente y bueno, Marianne, con sus excelentes cualidades y excelen­te disposición, no era ni razonable ni justa. Espera­ba que los demás tuvieran sus mismas opiniones y sentimientos, y calificaba sus motivos por el efecto inmediato que tenían sus acciones en ella. Fue en estas circunstancias que, mientras las hermanas es­taban en su habitación después del desayuno, ocu­rrió algo que rebajó aún más su opinión sobre la calidad de los sentimientos de la señora Jennings; pues, por su propia debilidad, permitió que le oca­sionara un nuevo dolor, aunque la buena señora había estado guiada por la mejor voluntad.

Con una carta en su mano extendida y una ale­gre sonrisa nacida de la convicción de ser porta­dora de consuelo, entró en la habitación diciendo:

-Mire, querida, le traigo algo que estoy segura le hará bien.
Marianne no necesitaba escuchar más. En un momento su imaginación le puso por delante una carta de Willoughby, llena de ternura y arrepentimiento, que explicaba lo ocurrido a toda satisfac­ción y de manera convincente, seguida de inmediato por Willoughby en persona, abalanzán­dose a la habitación para reforzar, a sus pies y con la elocuencia de su mirada, las declaraciones de su carta. La obra de un momento fue destrui­da por el siguiente. Frente a ella estaba la escri­tura de su madre, que hasta entonces nunca había sido mal recibida; y en la agudeza de su desilu­sión tras un éxtasis que había sido de algo más que esperanza, sintió como si, hasta ese instante, nunca hubiera sufrido.
No tenía nombre para la crueldad de la señora Jennings, aunque ciertamente hubiera sabido cómo llamarla en sus momentos de más feliz elocuen­cia; ahora sólo podía reprochársela mediante las lágrimas que le arrasaron-los ojos con apasionada violencia; un reproche, sin embargo, tan por com­pleto desperdiciado en aquella a quien estaba di­rigido, que ésta, tras muchas expresiones de compasión, se retiró sin dejar de encomendarle la carta como gran consuelo. Pero cuando tuvo la tranquilidad suficiente para leerla, fue poco el ali­vio que encontró en ella. Cada línea estaba llena de Willoughby. La señora Dashwood, todavía con­fiada en su compromiso y creyendo con la calidez de siempre en la lealtad del joven, sólo por la in­sistencia de Elinor se había decidido a exigir de Marianne una mayor franqueza hacia ambas, y esto con tal ternura hacia ella, tal afecto por Willough­by y tal certeza sobre la felicidad que cada uno encontraría en el otro, que no pudo dejar de llo­rar desesperadamente hasta terminar de leer.
De nuevo se despertó en Marianne toda su im­paciencia por volver al hogar; nunca su madre le había sido más querida, incluso por el mismo ex­ceso de su errada confianza en Willoughby, y anhelaba desesperadamente haber partido ya. Eli­nor, incapaz de decidir por sí misma qué sería me­jor para Marianne, si estar en Londres o en Barton, no le ofreció otro consuelo que la recomendación de paciencia hasta que conocieran los deseos de su madre; y finalmente logró que su hermana ac­cediera a esperar hasta saberlo.

La señora Jennings salió más temprano que de costumbre, pues no podía quedarse tranquila hasta que los Middleton y los Palmer pudieran lamentarse tanto como ella; y rehusando termi­nantemente el ofrecimiento de Elinor de acom­pañarla, salió sola durante el resto de la mañana. Elinor, con el corazón abatido, consciente del do­lor que iba a causar y dándose cuenta por la carta a Marianne del escaso éxito que había tenido en preparar a su madre, se sentó a escribirle rela­tándole lo ocurrido y a pedirle que las guiara en lo que ahora debían hacer. Marianne, entretanto, que había acudido a la sala al salir la señora Jen­nings, se mantuvo inmóvil junto a la mesa don­de Elinor escribía, observando cómo avanzaba su pluma, lamentando la dureza de su tarea, y la­mentando con más afecto aún el efecto que ten­dría en su madre.
Llevaban en esto cerca de un cuarto de hora cuando Marianne, cuyos nervios no soportaban en ese momento ningún ruido repentino, se sobresal­tó al escuchar un golpe en la puerta.

-¿Quién puede ser? -exclamó Elinor-. ¡Y tan temprano! Pensaba que estábamos a salvo.
Marianne se acercó a la ventana.

-Es el coronel Brandon -dijo, molesta-. Nunca estamos a salvo de él.


-Como la señora Jennings está fuera, no va a entrar.

-Yo no confiaría en eso -retirándose a su ha­bitación-. Un hombre que no sabe qué hacer con su tiempo no tiene conciencia alguna de su intro­misión en el de los demás.

Los hechos confirmaron su suposición, aunque estuviera basada en la injusticia y el error, porque el coronel Brandon sí entró; y Elinor, que estaba convencida de que su preocupación por Marianne lo había llevado hasta allí, y que veía esa preocu­pación en su aire triste y perturbado y en su an­sioso, aunque breve, indagar por ella, no pudo perdonarle a su hermana por juzgarlo tan a la li­gera.
-Me encontré con la señora Jennings en Bond Street -le dijo, tras el primer saludo-, y ella me ani­mó a venir; y no le fue difícil hacerlo, porque pensé que sería probable encontrarla a usted sola, que era lo que quería. Mi propósito... mi deseo, mi úni­co deseo al querer eso... espero, creo que así es... es poder dar consuelo... no, no debo decir con­suelo, no consuelo momentáneo, sino una certe­za, una perdurable certeza para su hermana. Mi consideración por ella, por usted, por su madre, espero me permita probársela mediante el relato de ciertas circunstancias, que nada sino una muy sincera consideración, nada sino el deseo de ser­les útil... creo que lo justifican. Aunque, si he de­bido pasar tantas horas intentando convencerme de que tengo la razón, ¿no habrá motivos para temer estar equivocado? -se interrumpió.

-Lo comprendo -dijo Elinor-. Tiene algo que decirme del señor Willoughby que pondrá aún más a la vista su carácter. Decirlo será el mayor signo de amistad que puede mostrar por Marianne. Cual­quier información dirigida a ese fin merecerá mi inmediata gratitud, y la de ella vendrá con el tiem­po. Por favor, se lo ruego, dígamelo.

-Lo haré; y, para ser breve, cuando dejé Bar­ton el pasado octubre... pero así no lo entenderá. Debo retroceder más aún. Se dará cuenta de que soy un narrador muy torpe, señorita Dashwood; ni siquiera sé dónde comenzar. Creo que será nece­sario contarle muy brevemente sobre mí, y seré muy breve. En un tema como éste -suspiró profunda­mente- estaré poco tentado a alargarme.
Se interrumpió un momento para ordenar sus recuerdos y luego, con otro suspiro, continuó.
-Probablemente habrá olvidado por completo una conversación (no se supone que haya hecho ninguna impresión en usted), una conversación que tuvimos una noche en Barton Park, una noche en que había un baile, en la cual yo mencioné una dama que había conocido hace tiempo y que se pa­recía, en alguna medida, a su hermana Marianne.

-Por cierto -respondió Elinor-, no lo he olvi­dado.

El coronel pareció complacido por este recuer­do, y agregó:
-Si no me engaña la incertidumbre, la arbitra­riedad de un dulce recuerdo, hay un gran pareci­do entre ellas, en mentalidad y en aspecto: la misma intensidad en sus sentimientos, la misma fuerza de imaginación y vehemencia de espíritu. Esta dama era una de mis parientes más cercanas, huérfana desde la infancia y bajo la tutela de mi padre. Teníamos casi la misma edad, y desde nues­tros más tempranos años fuimos compañeros de juegos y amigos. No puedo recordar algún momen­to en que no haya querido a Eliza; y mi afecto por ella, a medida que crecíamos, fue tal que quizá, juzgando por mi actual carácter solitario y mi tan poco alegre seriedad, usted me crea incapaz de haberlo sentido. El de ella hacia mí fue, así lo creo, tan ferviente como el de su hermana al señor Willoughby y, aunque por motivos diferentes, no menos desafortunado. A los diecisiete años la per­dí para siempre. Se casó, en contra de sus deseos, con mi hermano. Era dueña de una gran fortuna, y las propiedades de mi familia bastante importan­tes. Y esto, me temo, es todo lo que se puede de­cir respecto del comportamiento de quien era al mismo tiempo su tío y tutor. Mi hermano no se la merecía; ni siquiera la amaba. Yo había tenido la esperanza de que su afecto por mí la sostendría ante todas las dificultades, y por un tiempo así fue; pero finalmente la desdichada situación en que vi­vía, porque debía soportar las mayores inclemen­cias, fue más fuerte que ella, y aunque me había prometido que nada... ¡pero cuán a ciegas avanzo en mi relato! No le he dicho cómo fue que ocu­rrió esto. Estábamos a pocas horas de huir juntos a Escocia. La falsedad, o la necedad de la donce­lla de mi prima nos traicionó. Fui expulsado a la casa de un pariente muy lejano, y a ella no se le permitió ninguna libertad, ninguna compañía ni di­versión, hasta que convencieron a mi padre de que cediera. Yo había confiado demasiado en la forta­leza de Eliza, y el golpe fue muy severo. Pero si su matrimonio hubiese sido feliz, joven como era yo en ese entonces, en unos pocos meses habría terminado aceptándolo, o al menos no tendría que lamentarlo ahora. Pero no fue ése el caso. Mi her­mano no tenía consideración alguna por ella; sus diversiones no eran las correctas, y desde un comienzo la trató de manera inclemente. La con­secuencia de esto sobre una mente tan joven, tan vivaz, tan falta de experiencia como la de la seño­ra Brandon, no fue sino la esperada. Al comienzo se resignó a la desdicha de su situación; y ésta hu­biera sido feliz si ella no hubiera dedicado su vida a vencer el pesar que le ocasionaba mi recuerdo. Pero, ¿puede extrañarnos que con tal marido, que empujaba a la infidelidad, y sin un amigo que la aconsejara o la frenara (porque mi padre sólo vi­vió algunos meses más después de que se casa­ron, y yo estaba con mi regimiento en las Indias Orientales), ella haya caído? Si yo me hubiera que­dado en Inglaterra, quizá... pero mi intención era procurar la felicidad de ambos alejándome de ella durante algunos años, y con tal propósito había ob­tenido mi traslado. El golpe que su matrimonio sig­nificó para mí -continuó con voz agitada- no fue nada, fue algo trivial, si se lo compara con lo que sentí cuando, más o menos dos años después, supe de su divorcio. Fue esa la causa de esta melanco­lía... incluso ahora, el recuerdo de lo que sufrí...
Sin poder seguir hablando, se levantó precipi­tadamente y se dedicó a dar vueltas durante algu­nos minutos por la habitación. Elinor, afectada por su relato, y aún más por su congoja, tampoco pudo decir palabra. El vio su aflicción y, acercándosele, tomó una de sus manos entre las suyas, la opri­mió y besó con agradecido respeto. Unos pocos minutos más de silencioso esfuerzo le permitieron seguir con una cierta compostura.

-Transcurrieron unos tres años después de este desdichado período, antes de que yo volviera a In­glaterra. Mi primera preocupación, cuando llegué, por supuesto fue buscarla. Pero la búsqueda fue tan infructuosa como triste. No pude rastrear sus pasos más allá del primero que la sedujo, y todo hacía temer que se había alejado de él sólo para hundirse más profundamente en una vida de pe­cado. Su asignación legal no se correspondía con su fortuna ni era suficiente para subsistir con al­gún bienestar, y supe por mi hermano que algu­nos meses atrás le había dado poder a otra persona para recibirla. El se imaginaba, y tranquilamente podía imaginárselo, que el derroche, y la conse­cuente angustia, la habían obligado a disponer de su dinero para solucionar algún problema urgen­te. Finalmente, sin embargo, y cuando habían trans­currido seis meses desde mi llegada a Inglaterra, pude encontrarla. El interés por un antiguo criado que, después de haber dejado mi servicio, había caído en desgracia, me indujo a visitarlo en un lu­gar de detención donde lo habían recluido por deu­das; y allí, en el mismo lugar, en igual reclusión, se encontraba mi infortunada hermana. ¡Tan cam­biada, tan deslucida, desgastada por todo tipo de sufrimientos! A duras penas podía creer que la triste y enferma figura que tenía frente a mí fuera lo que quedaba de la adorable, floreciente, saludable-mu­chacha de quien alguna vez había estado prenda­do. Cuánto dolor hube de soportar al verla así... pero no tengo derecho a herir sus sentimientos al intentar describirlo. Ya la he hecho sufrir demasia­do. Que, según todas las apariencias, estaba en las últimas etapas de la tuberculosis, fue... sí, en tal situación fue mi mayor consuelo. Nada podía ha­cer ya la vida por ella, más allá de darle tiempo para mejor prepararse a morir; y eso se le conce­dió. Vi que tuviera un alojamiento confortable y con la atención necesaria; la visité a diario durante el resto de su corta vida: estuve a su lado en sus úl­timos momentos.
Nuevamente se detuvo, intentando recobrarse; y Elinor dio salida a sus sentimientos a través de una tierna exclamación de desconsuelo por el des­tino de su infortunado amigo.

-Espero que su hermana no se ofenderá -dijo­- por la semejanza que he imaginado entre ella y mi pobre infortunada pariente. El destino, y la fortuna que les tocó en suerte, no pueden ser iguales; y si la dulce disposición natural de una hubiera sido vi­gilada por alguien más firme, o hubiera tenido un matrimonio más feliz, habría llegado a ser todo lo que usted alcanzará a ver que la otra será. Pero, ¿a qué nos lleva todo esto? Creo haberla angustiado por nada. ¡Ah, señorita Dashwood! Un tema como éste, silenciado durante catorce años... ¡es peligroso in­cluso tocarlo! Tengo que concentrarme... ser más conciso. Eti7a dejó a mi cuidado a su única hija, una niñita por ese entonces de tres años de edad, el fruto de su primera relación culpable. Ella amaba a esa niña, y siempre la había mantenido a su lado. Fue su tesoro más valioso y preciado el que me enco­mendó, y gustoso me habría hecho cargo de ella en el más estricto sentido, cuidando yo mismo de su educación, si nuestras situaciones lo hubieran permitido; pero yo no tenía familia ni hogar; y así mi pequeña Eliza fue enviada a un colegio. La iba a ver allí cada vez que podía, y tras la muerte de mi hermano (que ocurrió alrededor de cinco años atrás, dejándome en posesión de los bienes de la familia), ella me visitaba con bastante frecuencia en Delaford. Yo la llamaba una pariente lejana, pero estoy muy consciente de que en general se ha su­puesto que la relación es mucho más cercana. Hace ya tres años (acababa de cumplir los catorce) que la saqué del colegio y la puse al cuidado de una mujer muy respetable, residente en Dorsetshire, que tenía a su cargo cuatro o cinco otras niñas de aproximadamente la misma edad; y durante dos años, todo me hacía sentirme muy satisfecho con su situación. Pero en febrero pasado, hace casi un año, de improviso desapareció. Yo la había autori­zado (imprudentemente, como después se ha vis­to), obedeciendo a sus ardientes deseos, para que fuera a Bath con una de sus amiguitas, cuyo padre se encontraba allí por motivos de salud. Yo cono­cía su reputación como un muy buen hombre, y te­nía buena opinión de su hija... mejor de la que se merecía, pues ella, obstinándose en el más desati­nado sigilo, se negó a decir nada, a dar ninguna pis­ta, aunque obviamente estaba al tanto de todo. Creo que él, su padre, un hombre bien intencionado pero no muy perspicaz, era realmente incapaz de dar in­formación alguna, pues había estado casi siempre recluido en la casa, mientras las niñas correteaban por la ciudad estableciendo relaciones con quienes se les daba la gana; y él intentó convencerme, tan­to como lo estaba él, de que su hija nada tenía que ver en el asunto. En pocas palabras, no pude averi­guar nada sino que se había ido; durante ocho lar­gos meses, todo lo demás quedó sujeto a meras conjeturas. Es de imaginar lo que pensé, lo que te­mía, y también lo que sufrí.

-¡Santo Dios! -exclamó Elinor-. ¡Será posible! ¡Podría ser que Willoughby...!

-Las primeras noticias que tuve de ella -conti­nuó el coronel- me llegaron en una carta que ella misma me envió en octubre pasado. Me la remi­tieron desde Delaford y la recibí esa misma maña­na en que pensábamos ir de excursión a Whitwell; y ésa fue la razón de mi tan repentina partida de Barton, que con toda seguridad en ese momento debe haber extrañado a todos y que, según creo, ofendió a algunos. Poco podía imaginar el señor Willoughby, me parece, cuando con su mirada me reprochó la falta de cortesía en que yo habría in­currido al arruinar el paseo, que me solicitaban para prestar ayuda a alguien a quien él había llevado miseria e infelicidad; pero si lo hubiera sabido, ¿de qué habría servido? ¿Habría estado menos alegre o sido menos feliz con las sonrisas de su hermana? No, ya había hecho aquello que ningún hombre capaz de alguna compasión haría. ¡Había abando­nado a la niña cuya juventud e inocencia había se­ducido, dejándola en una situación de máxima aflicción, sin un hogar respetable, sin ayuda, sin amigos, sin saber dónde encontrarlo! La había aban­donado, con la promesa de volver; ni escribió, ni volvió, ni la auxilió.

-¡Qué inconcebible! -exclamó Elinor.

-Ahora puede ver cómo es su carácter: derro­chador, licencioso, y peor aún que eso. Sabiéndo­lo, como yo lo he sabido desde hace ya muchas semanas, imagínese lo que debo haber sentido al ver a su hermana tan afecta a él como siempre, y cuando se me aseguró que iba a casarse con él; imagínese lo que habré sentido pensando en to­das ustedes. Cuando vine a verla la semana pasa­da y la encontré sola, estaba decidido a saber la verdad, aunque aún indeciso en cuanto a qué ha­cer cuando la supiera. Mi comportamiento debe haberle extrañado, pero ahora lo entenderá. Tener que verlas a todas ustedes engañadas en esa for­ma; ver a su hermana... pero, ¿qué podía hacer? No tenía esperanza alguna de intervenir con éxito; y en ocasiones pensaba que su hermana aún po­día mantener suficiente influencia sobre él para re­cuperarlo. Pero tras un trato tan ignominioso, ¿quién sabe cuáles serían sus intenciones hacia ella? Cua­lesquiera hayan sido, sin embargo, puede que ahora ella se sienta agradecida de su situación, y sin duda más adelante lo estará, cuando la compare con la de mi pobre Eliza, cuando piense en la situación miserable y desesperada de esta pobre niña y se la imagine con un afecto tan fuerte por él, tan fuerte como el que ella misma le tiene, y con un espíritu atormentado por las autorrecriminaciones, que la acompañarán durante toda su vida. Con toda se­guridad esta comparación le servirá de algo. Senti­rá que sus propios sufrimientos no son nada. No provienen de una mala conducta y no pueden traer­le desgracia. Al contrario, deberán hacer que en cada uno de sus amigos aumente la amistad hacia ella. La preocupación por su desdicha y el respeto por la entereza que subyace a ella deberán refor­zar todos los afectos. Utilice, sin embargo, su pro­pia discreción para comunicarle lo que le he contado. Usted debe saber mejor qué efecto ten­drá; y si no hubiera creído muy seriamente y des­de el fondo de mi corazón que pudiera serle de alguna utilidad, que pudiera aliviar sus padecimien­tos, no me habría permitido perturbarla con este relato de las aflicciones que ha debido sufrir mi fa­milia, una narración con la cual podría sospechar­se que intento enaltecerme a costa de los demás.

Elinor acogió estas palabras con profundo agra­decimiento, asistida también por la certeza de que el conocimiento de lo ocurrido sería de importan­te provecho para Marianne.

-Para mí han sido más dolorosos -dijo- los es­fuerzos de Marianne por liberarlo de toda culpa que ninguna otra cosa, porque eso la altera más de lo que puede hacer una cabal convicción de su in­dignidad. Aunque al principio sufra mucho, estoy segura de que muy pronto encontrará alivio. Usted -continuó-, ¿ha visto al señor Willoughby des­de que lo dejó en Barton?

-Sí -replicó él gravemente-, una vez. Era inevitable encontrarme con él una vez.

Elinor, sobresaltada por su tono, lo miró inquie­ta, diciendo:
-¡Cómo! ¿Se encontró con él para...?

-No podía ser de otra manera. Eliza me había confesado, aunque muy a desgana, el nombre de su amante; y cuando él volvió a la ciudad, quince días después de mí, nos citamos para encontrar­nos, él para defender su conducta, yo para casti­garla. Retornamos indemnes, y así el encuentro nunca se hizo público.
Elinor suspiró ante lo fantasioso e innecesario de todo ello, pero tratándose de un hombre y un soldado, pretendió no desaprobarlo.
-Esa es -dijo el coronel Brandon tras una pau­sa- la desdichada semejanza entre el destino de la madre y el de la hija, ¡y de qué manera he fallado yo en aquello que se me había encomendado!
-¿Todavía está ella en la ciudad?
-No; tan pronto se recuperó del parto, puesto que la encontré próxima a dar a luz, la llevé a ella y a su hijo al campo, y allí permanece hasta hoy.
Al poco rato, pensando que estaba impidien­do a Elinor acompañar a su hermana, el coronel dio término a su visita, tras volver a recibir de ella el más sentido agradecimiento y dejarla llena de piedad y afecto por él.


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