viernes, 27 de enero de 2012

EL CORTEJO Y LA REALIDAD



Ahora mismo, estoy releyendo este libro que me obsequiaron y se llama: 
"El y Ella, dile si al cortejo." 
(de Joshua Harris)
Él y ella. ¿Y ahora qué? 
¿Cuál es la distancia que hay entre un: «Hola que tal» y «Sí acepto»?
¿Cómo encuentras un compañero para toda la vida girando alrededor de Dios en vez de girar a tu alrededor? 
Él y Ella es un vistazo bíblico, honesto, romántico y refrescante a las relaciones.
Se trata de un noviazgo con un propósito. Acerca de la amistad y «posiblemente» de un romance vigilado por la sabiduría. 
Únete al joven que «le dijo adiós a las citas amorosas» ... y dile hola al cortejo.
Simplemente creo que bendecirá tu vida. 
En concreto y ya con la palabra cortejo, nos imaginamos a aquel que se llevaba a cabo en la época de Jane Austen (con quien nos sentimos identificadas),  con hombres caballerosos a quienes les importaba ser muy educados, tener posesiones, alto nivel social, y pasar aunque sea, un mínimo tiempo con la mujer que amaban.
Y no es que en muchas ocasiones esté tan lejos de nuestra realidad, sin embargo, el cortejo hoy en día ha dejado de ser tan significativo, las relaciones se basan en el físico, el enamoramiento, efusividad de sentimientos, el desgate de una relación y el fin.
Ya no tiene nada que ver con el compromiso a largo plazo que podemos llegar a tener con alguien... todo es un compromiso a corto plazo, el enamoramiento acaba y después ya no interesa nada mas.
Eso mismo viví, relaciones destructivas, sin fundamento, compartiendo amor egoista... y yo me preguntaba por qué?
La respuesta la encontré hace tres años, ahora soy cristiana, si ya se, les parecerá tedioso, pero en realidad ha sido lo mas maravillosos que me ha sucedido.
El libro pertenece a un autor cristiano, así que como se podrán imaginar, todo se centra en el conocimiento y la relacion que tenemos con Dios, lo conocemos de a oidas, sabemos que es un Dios que existe y que solo esta sentado viendo lo que hacemos mal y juzgándonos (por lo menos eso creía yo),  pero no conocemos el amor tan grande que tiene para nosotros y que solo desea darnos lo mejor.
Cuando no sabemos la verdad y las cosas nos salen mal culpamos a la "suerte", pero no es mas que nosotros mismos tomando decisiones precipitadas, sin pensar y sin Dios.
No es un libro para nada aburrido, al contrario, el cortejo que se menciona en él, realmente me recuerda a La época de Jane Austen, pero vuelto mas a nuestros dias, la diferencia es que en estas relaciones de cortejo por encima de nosotros se encuentra la autoridad de Dios sobre cada una de nuestras decisiones, nos muestra lo que realmente Dios espera de nosotros cuando decidimos tener una pareja para formar una familia, comprometernos al 100% con él y con la persona a la que amamos para que las cosas realmente funcionen, pues como ya les decía antes, el mundo nos enseña a dar solamente si recibimos algo a cambio, y no debe de ser así.
Una frase que me gusto mucho fue: 
A Dios le agrada el enamoramiento y el romance, pero con sabiduria, porque estos fueron creados por Él en el cielo.
Sigo siendo una enamorada de la época de Jane Austen, es verdad, pero con la visión de que puedo alcanzar algo mejor de lo que el mundo nos ofrece, con la ayuda de Dios.

SENTIDO Y SENSIBILIDAD VIII

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En su viudez, la señora Jennings había quedado en poder de una generosa renta por el usufructo de los bienes dejados por su marido. Sólo tenía dos hijas, a las que había llegado a ver respetablemen­te casadas y, por tanto, ahora no tenía nada que hacer sino casar al resto del mundo. Hasta donde era capaz, era celosamente activa en el cumplimien­to de este objetivo y no perdía oportunidad de pla­nificar matrimonios entre los jóvenes que conocía. 
Era de notable rapidez para descubrir quién se sen­tía atraído por quién, y había gozado del mérito de hacer subir los rubores y la vanidad de muchas jóvenes con insinuaciones relativas a su poder so­bre tal o cual joven; y apenas llegada a Barton, este tipo de perspicacia le permitió anunciar que el co­ronel Brandon estaba muy enamorado de Marian­ne Dashwood. 

Más bien, sospechó que así era la Primera tarde que estuvieron juntos, por la aten­ción con que la escuchó cantar; y cuando los Middleton devolvieron la visita y cenaron en la ca­baña, se cercioró de ello al ver otra vez cómo la escuchaba. Tenía que ser así. Estaba totalmente con­vencida de ello. Sería una excelente unión, porque el era rico y ella era hermosa. Desde el momento -mismo en que había conocido al coronel Brandon, debido a sus lazos con sir John, la señora Jennings había ansiado verlo bien casado; y, además, nun­ca flaqueaba en el afán de conseguirle un buen marido a cada muchacha bonita.
La ventaja inmediata que obtuvo de ello no fue de ninguna manera insignificante, porque la proveyó de interminables bromas a costa de am­bos. En Barton Park se reía del coronel, y en la cabaña, de Marianne. Al primero, probablemente esas chanzas le eran totalmente indiferentes, ya que sólo lo afectaban a él; pero para la segunda, al comienzo fueron incomprensibles; y cuando entendió, su objeto, no sabía si reírse de lo absur­das que eran o censurar su impertinencia, ya que las consideraba un comentario insensible a los avanzados años del coronel y a su triste condi­ción de solterón.
La señora Dashwood, que no podía considerar a un hombre cinco años menor que ella tan exce­sivamente anciano como aparecía ante la juvenil imaginación de su hija, intentó limpiar a la señora Jennings del cargo de haber querido ridiculizar su edad.
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-Pero, mamá, al menos no podrá negar lo ab­surdo de la acusación, aunque no la crea intencio­nalmente maliciosa. Por supuesto que el coronel Brandon es más joven que la señora Jennings, pero es lo suficientemente viejo para ser mi padre; y si llegara a tener el ánimo suficiente para enamorar­se, ya debe haber olvidado qué se siente en esos casos. ¡Es demasiado ridículo! ¿Cuándo podrá un hombre liberarse de tales ingeniosidades, si la edad y su debilidad no lo protegen?


-¡Debilidad! -exclamó Elinor-. ¿Llamas débil al coronel Brandon? Fácilmente puedo suponer que a ti su edad te parezca mucho mayor que a mi ma­dre, pero es difícil que te engañes respecto a que sí está en uso de sus extremidades.
¿No lo escuchaste quejarse de reumatismo? ¿Y no es ésa la primera debilidad de una vida que de­clina?
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-¡Mi querida niña! -dijo la madre, riendo-, en­tonces debes estar en continuo terror de que yo haya entrado también en la decadencia; y debe pa­recerte un milagro que mi vida haya llegado a la avanzada edad de cuarenta años.

-Mamá, no está siendo justa conmigo. Sé per­fectamente que el coronel Brandon no es tan vie­jo como para que sus amigos teman perderlo por causas propias del curso de la naturaleza. Puede vivir veinte años más. Pero treinta y cinco años no tienen nada que ver con el matrimonio.

-Quizá -dijo Elinor-, sea mejor que una per­sona de treinta y cinco y otra de diecisiete no ten­gan nada que ver con un matrimonio entre sí. Pero si por casualidad llegara a tratarse de una mujer soltera a los veintisiete, no creo que el hecho de que el coronel Brandon tenga treinta y cinco le despertaría ninguna objeción a que se casara con ella.

-Una mujer de veintisiete -dijo Marianne, des­pués de una pequeña pausa- jamás podría espe­rar sentir o inspirar afecto nuevamente; y si su hogar no es cómodo, o su fortuna es pequeña, su­pongo que podría intentar conformarse con des­empeñar el oficio de institutriz, para así obtener la Seguridad con que cuenta una esposa. Por tanto, si el coronel se casara con una mujer en esa con­dición, no habría nada inapropiado. Sería un pac­to de conveniencia y el mundo estaría satisfecho. A mis ojos no sería en absoluto un matrimonio, Pero eso no importa. A mí me parecería sólo un intercambio comercial, en que cada uno querría beneficiarse a costa del otro.
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-Sé -dijo Elinor- que sería imposible conven­certe de que una mujer de veintisiete pueda sentir por un hombre de treinta y cinco algo que ni si­quiera se acerque a ese amor que lo transformaría en un compañero deseable para ella. Pero debo objetar que condenes al coronel Brandon y a su esposa al perpetuo encierro en una habitación de enfermo, por la simple razón de que ayer (un día muy frío y húmedo) él llegó a quejarse de una leve sensación reumática en uno de sus hombros.

-Pero él mencionó camisetas de franela -dijo Marianne-; y para mí, una camiseta de franela está invariablemente unida a dolores, calambres, reuma­tismo, y todos los males que pueden afligir a los ancianos y débiles.

-Si tan sólo hubiera estado sufriendo de una fiebre violenta, no lo habrías menospreciado tan­to. Confiesa, Marianne, ¿no sientes que hay algo interesante en las mejillas encendidas, ojos hundi­dos y pulso acelerado de la fiebre?
Poco después, cuando Elinor hubo abandona­do la habitación, dijo Marianne:

-Mamá, tengo una preocupación en este tema de las enfermedades que no puedo ocultarle. Es­toy segura de que Edward Ferrars no está bien. Ya llevamos acá cerca de quince días y todavía no vie­ne. Tan sólo una verdadera indisposición podría ocasionar esta extraordinaria tardanza. ¿Qué otra cosa puede detenerlo en Norland?

-¿Tú pensabas que él vendría tan pronto? -dijo la señora Dashwood-. Yo no. Al contrario, si me he llegado a sentir ansiosa al respecto, ha sido al recordar que a veces él mostraba una cierta falta de placer ante mi invitación y poca disposición a aceptar cuando le mencionaba su venida a Barton. ¿Es que Elinor lo espera ya?

-Nunca se lo he mencionado a ella, pero por supuesto tiene que estar esperándolo.
-Creo que te equivocas, porque cuando ayer le hablaba de conseguir una nueva rejilla para la chimenea del dormitorio de alojados, señaló que no había ninguna urgencia, como si la habitación no fuera a ser ocupada por algún tiempo.

-¡Qué extraño es todo esto! ¿Qué puede sig­nificar? ¡Pero todo en la forma en que se han tra­tado entre ellos ha sido inexplicable! ¡Cuán frío, cuán formal fue su último adiós! ¡Qué desganada su conversación la última tarde que estuvieron jun­tos! Al despedirse, Edward no hizo ninguna dife­rencia entre Elinor y yo: para ambas tuvo los buenos deseos de un hermano afectuoso. Dos ve­ces los dejé solos a propósito la última mañana, y cada vez él, de la manera más inexplicable, me siguió fuera de la habitación. Y Elinor, al dejar Norland y a Edward, no lloró como yo lo hice. Incluso ahora su autocontrol es invariable. ¿Cuán­do está abatida o melancólica? ¿Cuándo intenta evitar la compañía de otros, o parece inquieta e insatisfecha con ella misma?

viernes, 20 de enero de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD VII

Barton Park estaba más o menos a media milla de la cabaña. 
Las Dashwood habían pasado cerca de allí al cruzar el valle pero desde su hogar no lo veían, pues lo tapaba la saliente de una colina. La casa misma era amplia y hermosa, y los Middleton vivían de manera que conjugaba la hospitalidad y la elegancia. La primera se daba para satisfacción de sir John, la última para la de su esposa. Casi nunca faltaba algún amigo alojado con ellos en la casa, y recibían más visitas de todo tipo que nin­guna otra familia de los alrededores. Ello era ne­cesario para la felicidad de ambos, dado que a pesar de sus diferentes caracteres y comportamien­tos, se parecían extremadamente en la total falta de talento y gusto, carencia que limitaba a un ran­go en verdad estrecho las ocupaciones no relacio­nadas con la vida social. Sir John estaba entrega­do a los deportes, lady Middleton a la maternidad. El cazaba y practicaba el tiro, ella consentía a sus hijos; y éstos eran sus únicos recursos. Lady Middle­ton tenía la ventaja de poder mimar a sus hijos du­rante todo el año, en tanto que las ocupaciones independientes de sir John podían darle sólo la mitad del tiempo. No obstante, continuos compro­misos en la casa y fuera de ella suplían todas las deficiencias de su naturaleza y educación, alimen­taban el buen ánimo de sir John y permitían que su esposa ejercitara su buena crianza.
Lady Middleton se preciaba de la elegancia de su mesa y de todos sus arreglos domésticos, y de esta clase de vanidad extraía las mayores satisfac­ciones en todas sus reuniones. En cambio, el gus­to de sir John por la vida social era mucho más real; disfrutaba de reunir en torno a él a más gen­te joven de la que cabía en su casa, y mientras más ruidosa era, mayor su placer. Era una bendición para toda la juventud de la vecindad, ya que en verano constantemente reunía grupos de personas para comer jamón y pollo frío al aire libre, y en invierno sus bailes privados eran lo suficientemente numerosos para cualquier muchacha que ya hubie­ra dejado atrás el insaciable apetito de los quince años.
La llegada de una nueva familia a la región era siempre motivo de alegría para él, y desde todo punto de vista estaba encantado con los inquilinos que había conseguido para su cabaña en Barton. Las señoritas Dashwood eran jóvenes, bonitas y sencillas, de modales poco afectados. Eso bastaba para asegurar su buena opinión, porque la falta de afectación era todo lo que una chica bonita podía necesitar para hacer de su espíritu algo tan cautivador como su apariencia. Complació a sir John en su carácter amistoso la posibilidad de hacer un fa­vor a aquellos cuya situación podía considerarse adversa si se la comparaba con la que habían te­nido en el pasado. Así, sus muestras de bondad a sus primas satisfacían su buen corazón; y al esta­blecer en la casita de Barton a una familia com­puesta solamente de mujeres, obtenía todos los placeres de un deportista; porque un deportista, aunque sólo estima a los representantes de su sexo que también lo son, pocas veces se muestra de­seoso de fomentar sus gustos alojándolos en su pro­pio coto.
La señora Dashwood y sus hijas fueron recibi­das en la puerta de la casa por sir John, quien les dio la bienvenida a Barton Park con espontánea sinceridad; y mientras las guiaba hasta el salón, re­petía a las jóvenes la preocupación que el mismo tema le había causado el día anterior, esto es, no poder conseguir ningún joven elegante e ingenio­so para presentarles. Ahí sólo habría otro caballe­ro además de él, les dijo; un amigo muy especial que' se estaba quedando en la finca, pero que no era ni muy joven ni muy alegre. Esperaba que le disculparan lo escaso de la concurrencia y les ase­guró que ello no volvería a repetirse. Había esta­do con varias familias esa mañana, en la esperanza de conseguir a alguien más para hacer mayor el grupo, pero había luna y todos estaban llenos de compromisos para esa noche. Afortunadamente, la madre de lady Middleton había llegado a Barton a última hora, y como era una mujer muy alegre y agradable, esperaba que las jóvenes no encontra­rían la reunión tan aburrida como podrían imagi­nar. Las jóvenes, al igual que su madre, estaban perfectamente satisfechas con tener a dos perso­nas por completo desconocidas entre la concurren­cia, y no deseaban más.
La señora Jennings, la madre de lady Middle­ton, era una mujer ya mayor, de excelente humor, gorda y alegre que hablaba en cantidades, parecía muy feliz y algo vulgar. Estaba llena de bromas y risas, y antes del final de la cena había dado repe­tidas muestras de su ingenio en el tema de ena­morados y maridos; había manifestado sus esperanzas de que las muchachas no hubieran de­jado sus corazones en Sussex, y cada vez fingía haberlas visto ruborizarse, ya sea que lo hubieran hecho o no. Marianne se sintió molesta por ello a causa de su hermana y, para ver cómo sobrelleva­ba estos ataques,, miró a Elinor con una ansiedad que le produjo a ésta una incomodidad mucho mayor que la que podían generar las triviales bu­fonadas de la señora Jennings.
El coronel Brandon, el amigo de sir John, con sus modales silenciosos y serios, parecía tan poco adecuado para ser su amigo como lady Middleton para ser su esposa, o la señora Jennings para ser la madre de lady Middleton. Su apariencia, sin em­bargo, no era desagradable, a pesar de que a jui­cio de Marianne y Margaret era un solterón sin remedio, porque ya había pasado los treinta y cin­co y entrado a la zona deslucida de la vida; pero aunque no era de rostro apuesto, había inteligen­cia en su semblante y una particular caballerosi­dad en su trato.
Nadie de la concurrencia tenía nada que lo re­comendara como compañía para las Dashwood; pero la fría insipidez de lady Middleton era tan es­pecialmente poco grata, que comparadas con ella la gravedad del coronel Brandon, e incluso la bu­lliciosa alegría de sir John y su suegra, eran interesantes. La alegría de lady Middleton sólo pareció brotar después de la cena con la entrada de sus cuatro ruidosos hijos, que la tironearon de aquí allá, desgarraron su ropa y pusieron fin a todo tipo de conversación, salvo la referida a ellos.
Al atardecer, como se descubriera que Marian­ne tenía aptitudes musicales, la invitaron a tocar. Abrieron el instrumento, todos se prepararon para sentirse encantados, y Marianne, que cantaba muy bien, a su pedido recorrió la mayoría de las can­ciones que lady Middleton había aportado a la fa­milia al casarse, y que quizá habían permanecido desde entonces en la misma posición sobre el pia­no, ya que su señoría había celebrado ese aconte­cimiento renunciando a la música, aunque según su madre tocaba extremadamente bien y, según ella misma, era muy aficionada a hacerlo.
La actuación de Marianne fue muy aplaudida. Sir John manifestaba sonoramente su admiración al finalizar cada pieza, e igualmente sonora era su conversación con los demás mientras duraba la can­ción. A menudo lady Middleton lo llamaba al or­den, se extrañaba de que alguien pudiera distraer su atención de la música siquiera por un momen­to y le pedía a Marianne que cantara una canción en especial que ella acababa de terminar. 
Sólo el coronel Brandon, entre toda la concurrencia, la es­cuchaba sin arrebatos. Su único cumplido era es - cucharla, y en ese momento ella sintió por él un respeto que los otros con toda razón habían per­dido por su desvergonzada falta de gusto. El pla­cer que el coronel había mostrado ante la música, aunque no llegaba a ese éxtasis que, con exclu­sión de cualquier otro, ella consideraba compati­ble con su propio deleite, era digno de estimación frente a la horrible insensibilidad del resto; y ella era lo bastante sensata como para conceder que un hombre de treinta y cinco años bien podía ha­ber dejado atrás en su vida toda agudeza de senti­mientos y cada exquisita facultad de gozo. 
Estaba perfectamente dispuesta a hacer todas las conce­siones necesarias a la avanzada edad del coronel que un espíritu humanitario exigiría.

jueves, 19 de enero de 2012

LA RESPUESTA NO ESTÁ EN EL MUNDO...

Hay días de desaliento, de desánimo, de preguntarme cual es el propósito de mi vida, hasta donde tengo que llegar y quien establece esa meta, y Dios no deja de recordarme que...


¿Por qué tengo tristeza?

¿Por qué tengo dudas?
¿Por qué tengo temor? 

Enséñame a amar

Enséñame a perdonar
Tú te hiciste Hombre
Tú venciste a la muerte

Tú estás entre nosotros, porque nada es imposible para Ti

No hay un refugio mejor, no hay en quien más buscar ni un lugar 
que encontrar, el Amor de Dios es infinito, su amor no es egoísta,
ni condicionante como el nuestro, porque para Él nada 
es imposible.

miércoles, 18 de enero de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD VI



La primera parte del viaje transcurrió en medio de un ánimo tan melancólico que no pudo resultar sino tedioso y desagradable. Pero a medida que se aproximaban a su destino, el interés en la aparien­cia de la región donde habrían de vivir se sobre­puso a su decaimiento, y la vista del Valle Barton a medida que entraban en él las fue llenando de alegría. Era una comarca agradable, fértil, con gran­des bosques y rica en pastizales. Tras un recorrido de más de una milla, llegaron a su propia casa. En el frente, un pequeño jardín verde constituía la to­talidad de sus dominios, al que una pulcra porte­zuela de rejas les permitió la entrada.




Como vivienda, la casita de Barton, aunque pequeña, era confortable y sólida; pero en tanto casa de campo era defectuosa, porque la construc­ción era regular, el techo tenía tejas, las celosías de las ventanas no estaban pintadas de verde ni los muros estaban cubiertos de madreselva. Un corredor angosto llevaba directamente a través de la casa al jardín del fondo. 
A ambos lados de la entrada había una salita de estar de aproxima­damente dieciséis pies cuadrados; y luego esta­ban las dependencias de servicio y las escaleras. Cuatro dormitorios y dos buhardillas componían el resto de la casa. 
No había sido construida ha­cía muchos años y estaba en buenas condiciones. En comparación con Norland, ¡ciertamente era pequeña y pobre! Pero las lágrimas que hicieron brotar los recuerdos al entrar a la casa muy pron­to se secaron. Las alegró el gozo de los sirvientes a su llegada y cada una, pensando en las otras, decidió parecer contenta. Recién comenzaba sep­tiembre, el tiempo estaba hermoso, y desde la pri­mera visión que tuvieron del lugar bajo las ventajas de un buen clima, la impresión favora­ble que recibieron fue de primordial importancia para que se hiciera acreedor de su más firme apro­bación
.
La ubicación de la casa era buena. Tras ella, y a no mucha distancia a ambos lados, se levanta­ban altas colinas, algunas de las cuales eran lomas abiertas, las otras cultivadas y boscosas. La aldea de Barton estaba situada casi en su totalidad en una de estas colinas, y ofrecía una agradable vista des­de las ventanas de la casita. La perspectiva por el frente era más amplia; se dominaba todo el valle, e incluso los campos en que éste desembocaba. Las colinas que rodeaban la cabaña cerraban el va­lle en esa dirección; pero bajo otro nombre, y con otro curso, se abría otra vez entre dos de los mon­tes más empinados.
La señora Dashwood se sentía en general sa­tisfecha con el tamaño y mobiliario de la casa, pues aunque su antiguo estilo de vida hacía indispensa­ble mejorarla en muchos aspectos, siempre era un placer para ella ampliar y perfeccionar las cosas; y en ese momento contaba con dinero suficiente para dar a los aposentos todo lo que requerían de ma­yor elegancia.
-En cuanto a la casa misma -dijo-, por cierto es demasiado pequeña para nuestra familia; pero estaremos aceptablemente cómodas por el momen­to, ya que se encuentra muy avanzado el año para realizar mejoras. Quizá en la primavera, si tengo suficiente dinero, como me atrevo a decir que ten­dré, podremos pensar en construir. Estos recibos son los dos demasiado pequeños para los grupos de amigos que espero ver a menudo reunidos aquí; y tengo la idea de llevar el corredor dentro de uno de ellos, con quizá una parte del otro, y así dejar lo restante de ese otro como vestíbulo; esto, junto con una nueva sala, que puede ser agregada fácil­mente, y un dormitorio y una buhardilla arriba, ha­rán de ella una casita muy acogedora.

 Podría desear que las escaleras fueran más atractivas. Pero no se puede esperar todo, aunque supongo que no se­ria difícil ampliarlas. Ya veré cuánto le deberé al mundo cuando llegue la primavera, y planificare­mos nuestras mejoras de acuerdo con ello:
Entre tanto, hasta cuando una mujer que nun­ca había economizado en su vida pudiera llevar a cabo todos estos cambios con los ahorros de un ingreso de quinientas libras al año, sabiamente se contentaron con la casa tal como estaba; y cada una de ellas se preocupó y empeñó en organizar sus propios asuntos, distribuyendo sus libros y otras posesiones para hacer de la casa un hogar. 

Des­empacaron el piano de Marianne y lo ubicaron en el lugar más adecuado, y colgaron los dibujos de Elinor en los muros de la sala.




Al día siguiente, apenas terminado el desayu­no, se vieron interrumpidas en sus ocupaciones por la entrada del propietario de la cabaña, que llegó a darles la bienvenida a Barton y a ofrecerles todo aquello de su propia casa y jardín que les pudiera faltar en el momento. 





Sir John Middleton era un hombre bien parecido de unos cuarenta años. An­tes había estado de visita en Stanhill, pero hacía de ello demasiado tiempo para que sus jóvenes pri­mas lo recordaran. Su semblante revelaba buen humor y sus modales eran tan amistosos como el estilo de su carta. Parecía que la llegada de sus pa­rientes lo llenaba de real satisfacción y que su co­modidad era objeto de verdadero desvelo para él. Se explayó en su profundo deseo de que ambas familias vivieran en los términos más cordiales y las exhortó tan afablemente a que cenaran en Bar­ton Park todos los días hasta que estuvieran mejor instaladas en su hogar, que aunque insistía en sus peticiones hasta un punto que sobrepasaba la bue­na educación, era imposible sentirse ofendido por ello. Su bondad no se limitaba a las palabras, por­que antes de una hora de su partida, un gran ces­to de hortalizas y frutas llegó desde la finca, se­guido antes de terminar el día por un presente de animales de caza. Más aún, insistió en llevar todas sus cartas al correo y traer las que les llegaran, y rehusó lo privaran de la satisfacción de enviarles a diario su periódico.


Lady Middleton les había mandado con él un mensaje muy cortés, en que manifestaba su inten­ción de visitar a la señora Dashwood tan pronto como pudiera estar segura de que su llegada no le significaría un inconveniente; y como este men­saje recibió una respuesta igualmente atenta, al día siguiente les presentaron a su señoría.
Por supuesto, estaban ansiosas de ver a la per­sona de quien debía depender tanto de su como­didad en Barton, y la elegancia de su apariencia las impresionó favorablemente. Lady Middleton no tenía más de veintiséis o veintisiete años, era de hermoso rostro, figura alta y llamativa y trato gra­cioso. Sus modales tenían todo el refinamiento de que carecía su esposo. Pero le habría venido bien algo de su franqueza y calidez. Y su visita se pro­longó lo suficiente para hacer disminuir en algo la admiración inicial que había provocado, al mostrar que, aunque perfectamente educada, era reserva­da, fría, y no tenía nada que decir por sí misma más allá de las más trilladas preguntas u observa­ciones.

No faltó, sin embargo, la conversación, porque sir John era muy locuaz y lady Middleton había te­nido la sabia precaución de llevar con ella a su hijo mayor, un guapo muchachito de alrededor de seis años cuya presencia ofreció en todo momento un tema al que recurrir en caso de extrema urgencia. 
Debieron indagar su nombre y edad, admirar su apostura y hacerle preguntas, que su madre contestaba por él mientras él se mantenía pegado a ella con la cabeza gacha, para gran sorpresa de su señoría, que se extrañaba de que fuera tan tímido ante los extraños cuando en casa podía hacer bas­tante ruido. En todas las visitas formales debiera haber un niño, a manera de seguro para la con­versación.
 En el caso actual, tomó diez minutos decidir si el niño se parecía más al padre o a la madre, y en qué cosa en especial se parecía a cada uno; porque, por supuesto, todos discrepaban y cada uno se manifestaba estupefacto ante la opi­nión de los demás.
Muy pronto las Dashwood tuvieron una nueva oportunidad de conversar sobre el resto de los ni­ños, porque sir John no dejó la casa sin que antes le prometieran cenar con ellos al día siguiente.