martes, 28 de febrero de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XIII

La planeada excursión a Whitwell resultó muy di­ferente a la que Elinor había esperado. Se había preparado para quedar completamente mojada, cansada y asustada; pero la ocasión resultó inclu­so más desafortunada, porque ni siquiera fueron.
Hacia las diez de la mañana todos estaban re­unidos en Barton Park, donde iban a desayunar. Aunque había llovido toda la noche el tiempo es­taba bastante bueno, pues las nubes se iban dis­persando por todo el cielo y el sol aparecía con alguna frecuencia. Estaban todos de excelente áni­mo y buen humor, ansiosos de la oportunidad de sentirse felices, y decididos a someterse a los ma­yores inconvenientes y fatigas para lograrlo.


Mientras desayunaban, llegó el correo. Entre las cartas había una para el coronel Brandon. El la co­gió, miró la dirección, su rostro cambió de color y de inmediato abandonó el cuarto.

-¿Qué le ocurre a Brandon? -preguntó sir John. Nadie supo decirlo.

-Espero que no se trate de malas noticias -dijo lady Middleton-. Tiene que ser algo extraordina­rio para hacer que el coronel Brandon dejara mi mesa de desayuno de manera tan repentina.

A los cinco minutos se encontraba de vuelta.
-¿Espero que no sean malas noticias, coronel? -preguntó la señora Jennings no bien lo vio entrar en la habitación.

-En absoluto, señora, gracias.

¿Era de Avignon? ¿Espero que no fuera para comunicarle que su hermana ha empeorado?

-No, señora. Venía de la ciudad, y es simple­mente una carta de negocios.

-Pero, ¿cómo pudo descomponerse tanto al ver la letra, si era sólo una carta de negocios? Vamos, vamos, coronel; esa explicación no sirve; cuénte­nos la verdad.

-Mi querida señora -dijo lady Middleton-, fije­se bien en lo que dice.
¿Acaso es para decirle que su prima Fanny se ha casado? -continuó la señora Jennings, sin hacer caso al reproche de su hija.

-No, por cierto que no.

-Bien, entonces sé de quién es, coronel. Y es­pero que ella esté bien.

-¿A quién se refiere, señora? -preguntó él, en­rojeciendo un tanto.

-¡Ah! Usted sabe a quién.

-Lamento muy especialmente, señora -manifes­tó el coronel dirigiéndose a lady Middleton- ha­ber recibido esta carta hoy, porque se trata de negocios que demandan mi inmediata presencia en la ciudad.

¡En la ciudad! -exclamó la señora Jennings-. ¿Qué puede tener que hacer usted en la ciudad en esta época del año?

-Verme obligado a abandonar una excursión tan agradable -continuó él- significa una gran pérdida para mí; pero mi mayor preocupación es que temo que mi presencia sea necesaria para que us­tedes tengan acceso a Whitwell.

¡Qué gran golpe fue éste para todos!

-¿Pero no sería suficiente, señor Brandon -in­quirió Marianne con una cierta desazón-, si usted le escribe una nota al cuidador de la casa?

El coronel negó con la cabeza.

-Debemos ir -dijo sir John-. No lo vamos a postergar cuando estamos por partir. Usted, Bran­don, tendrá que ir a la ciudad mañana, y no hay más que decir.

-Ojalá la solución fuera tan fácil. Pero no está en mi poder retrasar mi viaje ni un solo día.

-Si nos permitiera saber qué negocio es el que lo llama -dijo la señora Jennings-, podríamos ver si se puede posponer o no.

-No se retrasaría más de seis horas -añadió Willoughby-, si consintiera en aplazar su viaje hasta que volvamos.

-No puedo permitirme perder ni siquiera una hora.

Elinor escuchó entonces a Willoughby decirle en voz baja a Marianne:
-Algunas personas no soportan una excursión de placer. Brandon es uno. Tenía miedo de res­friarse, diría yo, e inventó esta triquiñuela para es­caparse. Apostaría cincuenta guineas a que él mismo escribió la carta.

-No me cabe la menor duda -replicó Marianne.

-Cuando usted toma una decisión, Brandon -dijo sir John-, no hay manera de persuadirlo a que cambie de opinión, siempre lo he sabido. Sin embargo, espero que lo piense mejor. Recuerde que están las dos señoritas Carey, que han venido des­ de Newton; las tres señoritas Dashwood vinieron caminando desde su casa, y el señor Willoughby se levantó dos horas antes de lo acostumbrado, to­dos con el propósito de ir a Whitwell.

El coronel Brandon volvió a repetir cuánto lamen­taba que por su causa se frustrara la excursión, pero al mismo tiempo declaró que ello era inevitable.

-Y entonces, ¿cuándo estará de vuelta?

-Espero que lo veamos en Barton -agregó su señoría- tan pronto como pueda dejar la ciudad; y debemos posponer la excursión a Whitwell has­ta su vuelta.

-Es usted muy atenta. Pero tengo tan poca cer­teza respecto de cuándo podré volver, que no me atrevo a comprometerme a ello.

-¡Oh! El tiene que volver, y lo hará -exclamó sir John-. Si no está acá a fines de semana, iré a buscarlo.

-Sí, hágalo, sir John -exclamó la señora Jen­nings-, y así quizás pueda descubrir de qué se trata su negocio.

-No quiero entrometerme en los asuntos de otro hombre; me imagino que es algo que lo avergüenza..
Avisaron en ese momento que estaban listos los caballos del coronel Brandon.

-No pensará ir a la ciudad a caballo, ¿verdad? -añadió sir John.

-No, sólo hasta Honiton. Allí tomaré la posta.

-Bien, como está decidido a irse, le deseo buen viaje. Pero habría sido mejor que cambiara de opi­nión.

-Le aseguro que no está en mi poder hacerlo.

Se despidió entonces de todo el grupo.

¿Hay alguna posibilidad de verla a usted y a Sus hermanas en la ciudad este invierno, señorita. Dashwood?

Temo que de ninguna manera.
-Entonces debo decirle adiós por más tiempo del que quisiera.

Frente a Marianne sólo inclinó la cabeza, sin decir nada.

-Vamos, coronel -insistió la señora Jennings-, antes de irse, cuéntenos a qué va.

El coronel le deseó los buenos días y, acom­pañado de sir John, abandonó la habitación.

Las quejas y lamentaciones que hasta el mo­mento la buena educación había reprimido, ahora estallaron de manera generalizada; y todos estuvie­ron de acuerdo una y otra vez en lo molesto que era sentirse así de frustrado.

-Puedo adivinar, sin embargo, qué negocio es ése -dijo la señora Jennings con gran alborozo.

-¿De verdad, señora? -dijeron casi todos.

-Sí, estoy segura de que se trata de la señorita Williams.

-¿Y quién es la señorita Williams? -preguntó Marianne.

-¡Cómo! ¿No sabe usted quién es la señorita Williams? Estoy segura de que tiene que haberla oído nombrar antes. Es pariente del coronel, que­rida; una pariente muy cercana. No diremos cuán cercana, por temor a escandalizar a las jovencitas. -Luego, bajando la voz un tanto, le dijo a Elinor-: Es su hija natural.

-¡Increíble!

-¡Oh, sí! Y se le parece como una gota de agua a otra. Me atrevería a decir que el coronel le deja­rá su fortuna.

Al volver, sir John se unió con gran entusias­mo al lamento general por tan desafortunado in­cidente; no obstante, concluyó observando que como estaban todos juntos, debían hacer algo que los alegrara; y tras algunas consultas acordaron que aunque sólo podían encontrar felicidad en Whit­well, podrían procurarse una aceptable tranquili­dad de espíritu dando un paseo por el campo. 


Trajeron entonces los carruajes; el de Willoughby fue el primero, y nunca se vio más contenta Ma­rianne que cuando subió a él. Willoughby condu­jo a gran velocidad a través de la finca, y muy pronto se habían perdido de vista; y nada más se -vio de ellos hasta su vuelta, lo que no ocurrió sino después de que todos los demás habían llegado. Ambos parecían encantados con su paseo, pero dijeron sólo en términos generales que no habían salido de los caminos, en tanto los otros habían ido hacia las lomas.

Se acordó que al atardecer habría un baile y que todos deberían estar extremadamente alegres durante todo el día. Otros miembros de la familia Carey llegaron a cenar, y tuvieron el placer de jun­tarse casi veinte a la mesa, lo que sir John obser­vó muy contento. Willoughby ocupó su lugar habitual entre las dos señoritas Dashwood mayo­res. La señora Jennings se sentó a la derecha de Elinor; y no llevaban mucho allí cuando se cruzó por detrás de la joven y de Willoughby y dijo a Marianne, en voz lo suficientemente alta para que ambos escucharan:

-Los he descubierto, a pesar de todas sus tri­quiñuelas. Sé dónde pasaron la mañana.

Marianne enrojeció, y replicó con voz inquieta:
¿Dónde, si me hace el favor?

¿Acaso no sabía usted -dijo Willoughby- que habíamos salido en mi calesa?
-Sí, sí, señor Descaro, eso lo sé bien, y estaba decidida a descubrir dónde habían estado. Espero que le guste su casa, señorita Marianne. Es muy grande, ya lo sé, y cuando venga a visitarla, espero que la haya amoblado de nuevo, porque le hacía mu­cha falta la última vez que estuve ahí hace seis años.

Marianne se dio vuelta en un estado de gran turbación. La señora Jennings rió de buena gana; y Elinor descubrió que en su insistencia por saber dónde habían estado, llegó a hacer que su propia sirvienta interrogara al mozo del señor Willoughby, y que por esa vía supo que habían ido a Allen­ham y pasado un buen rato paseando por el jar­dín y recorriendo la casa.

A Elinor se le hacía difícil creer que ello fue­ra cierto, ya que parecía tan improbable que Willoughby propusiera, o Marianne aceptara, entrar en la casa mientras la señora Smith, a quien Marianne nunca había sido presentada, se encontraba allí.

Tan pronto abandonaron el comedor, Elinor le preguntó sobre lo ocurrido; y grande fue su sor­presa al descubrir que cada una de las circunstan­cias que había relatado la señora Jennings era completamente cierta. Marianne se mostró bastan­te enojada con su hermana por haberlo dudado.

-¿Por qué habías de pensar, Elinor, que no fui­mos allá o que no vimos la casa? ¿Acaso no es eso lo que a menudo has querido hacer tú misma?

-Sí, Marianne, pero yo no iría mientras la se­ñora Smith estuviera allí, y sin otra compañía que el señor Willoughby.

-El señor Willoughby, sin embargo, es la úni­ca persona que puede tener derecho a mostrar esa casa; y como fue en un carruaje descubierto, era imposible tener otro acompañante. Jamás he pasa­do una mañana tan agradable en toda mi vida.

-Temo -respondió Elinor- que lo agradable de una ocupación no es siempre prueba de su correc­ción.

-Al contrario, nada puede ser una prueba más -contundente de ello, Elinor; pues si lo que hice hubiera sido de alguna manera incorrecto, lo ha­bría estado sintiendo todo el tiempo, porque siem­pre sabemos cuando actuamos mal, y con tal convicción no podría haber disfrutado. - -Pero, mi querida Marianne, como esto ya te ha expuesto a algunas observaciones bastante im­pertinentes, ¿no comienzas a dudar ahora de la dis­creción de tu conducta?

-Si las observaciones impertinentes de la se­ñora Jennings van a ser prueba de la incorrección de una conducta, todos nos encontramos en falta en cada uno de los momentos de nuestra vida. No valoro sus censuras más de lo que valoraría sus elogios. No tengo conciencia de haber hecho nada malo al pasear por los jardines de la señora Smith o visitar su casa. Algún día serán del señor Willoughby, y...

-Si un día fueran a ser tuyas, Marianne, eso no justificaría lo que has hecho.
Marianne se sonrojó ante esta insinuación, pero hasta se veía que era gratificante para ella; y tras un lapso de diez minutos de intensa meditación, se acercó nuevamente a su hermana y le dijo con bastante buen humor:

-Quizá, Elinor, fue imprudente de mi parte ir a Allenham; pero el señor Willoughby quería muy en especial mostrarme el lugar; y es una casa en­cantadora, te lo aseguro. 




Hay una salita extrema­damente linda arriba, de un tamaño muy agradable Y cómodo, que puede ser usada a lo largo de todo el año, y con muebles modernos sería exquisita. Está situada en una esquina, con ventanas a am­bos lados. Hacia un lado, a través de un campo plantado de césped donde se juega a los bolos, tras la casa, ves un hermoso bosque en pendiente; ha­cia el otro, tienes una vista de la iglesia y de la aldea y, más allá, esas bellas colinas escarpadas que tantas veces hemos admirado. 




No vi esta salita en la mejor de las circunstancias, porque nada podría estar más abandonado que ese mobiliario... pero si se lo arreglara con cosas nuevas... un par de cien­tos de libras, dice Willoughby, la transformarían en una de las salas de verano más agradables de toda Inglaterra.

Si Elinor la hubiera podido escuchar sin inte­rrupciones de los demás, le habría descrito cada habitación de la casa con idéntico entusiasmo.

martes, 21 de febrero de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XII

A la mañana siguiente, mientras Elinor y Marianne paseaban, esta última le contó algo a su hermana que, a pesar de todo lo que sabía acerca de la im­prudencia e irreflexibilidad de Marianne, la sorpren­dió por la extravagante manera en que testimoniaba ambas características. 
Marianne le dijo, con el ma­yor de los placeres, que Willoughby le había rega­lado un caballo, uno que él mismo había criado en sus propiedades de Somersetshire, pensado exactamente para ser montado por una mujer. Sin tomar en cuenta que los planes de su madre no contemplaban mantener un caballo -que, si fuera a cambiarlos, tendría que comprar otra cabalgadu­ra para el sirviente, mantener a un mozo para que lo montara y, además, construir un establo para guardarlos-, no había vacilado en aceptar el pre­sente y se lo había contado a su hermana en me­dio de un éxtasis total.
-Piensa enviar a su mozo de inmediato a Somersetshire para que lo traiga -agregó- y cuan­do llegue, cabalgaremos todos los días. Lo com­partirás conmigo. Imagínate, mi querida Elinor, el placer de galopar en alguna de estas colinas.
No se mostró en absoluto deseosa de desper­tar de un sueño tal de felicidad para admitir todas las tristes verdades de que estaba rodeado, y du­rante algún tiempo rehusó someterse a ellas. En cuanto a un sirviente adicional, el gasto sería una bagatela; estaba segura de que mamá nunca lo ob­jetaría, y cualquier caballo estaría bien para él; en todo caso, siempre podría conseguir uno en la fin­ca; y en lo referente al establo, bastaría con cual­quier cobertizo. Elinor se atrevió entonces a dudar de lo apropiado de recibir tal presente de un hom­bre al que conocían tan poco, o al menos desde hacía tan poco tiempo. Esto fue demasiado.

-Estás equivocada, Elinor -dijo acaloradamen­te- al suponer que sé poco de Willoughby. Es cierto que no lo he conocido durante mucho tiempo, pero me es más cercano que ninguna otra criatura del mundo, excepto tú y mamá. No es el tiempo ni la ocasión los que determinan la intimidad: es sólo el carácter, la disposición de las personas. Siete años podrían no bastar para que dos seres se conocie­ran bien, y siete días son más que suficientes para otros. Me sentiría culpable de una mayor falta a las convenciones si aceptara un caballo de mi her­mano que recibiéndolo de Willoughby.A John lo conozco muy poco, aunque hayamos vivido jun­tos durante años; pero respecto de Willoughby, hace tiempo que me he formado una opinión.
Elinor pensó que era más sabio no seguir to­cando el punto. Conocía el temperamento de su her­mana. Oponérsele en un tema tan sensible sólo serviría para que se apegara más a su propia opi­nión. Pero un llamado al afecto por su madre, ha­cerle ver los inconvenientes que debería sobrellevar una madre tan indulgente si (como probablemente ocurriría) consentía a este aumento de sus gastos, vencieron sin gran demora a Marianne. Prometió no tentar a su madre a tan imprudente bondad con la mención de la oferta, y decir a Willoughby la siguien­te vez que lo viera, que debía declinarla.

Fue fiel a su palabra; y cuando Willoughby la visitó ese mismo día, Elinor la escuchó manifestar­le en voz baja su desilusión por verse obligada a rechazar su presente. Al mismo tiempo le relató los motivos de este cambio, que eran de tal naturale­za como para imposibilitar toda insistencia de par­te del joven. No obstante, la preocupación de éste era muy visible, y tras expresarla con gran intensi­dad, agregó también en voz baja:

-Pero, Marianne, el caballo aún es tuyo, aun­que no puedas usarlo ahora. Lo tendré bajo mi cui­dado sólo hasta que tú lo reclames. Cuando dejes Barton para establecerte en un hogar más perma­nente, Reina Mab * te estará esperando.

Todo esto llegó a oídos de la señorita Dashwood, y en cada una de las palabras de Willoughby, en su manera de pronunciarlas y en su dirigirse a su hermana sólo por su nombre de pila, tuteándola, vio de inmediato una intimidad tan definitiva, un sentido tan transparente, que no podían sino cons­tituir clara señal de un perfecto acuerdo entre ellos. Desde ese momento ya no dudó que estuvieran comprometidos; y tal creencia no le causó otra sor­presa que advertir de qué manera caracteres tan francos habían dejado que ella, o cualquiera de sus amigos, descubrieran ese compromiso sólo por ac­cidente.

Al día siguiente, Margaret le contó algo que ilu­minó aún más este asunto. Willoughby había pa­sado la tarde anterior con ellas, y Margaret, al haberse quedado un rato en la salita con él y Ma­rianne, había tenido oportunidad de hacer algunas observaciones que, con cara de gran importancia, comunicó a su hermana mayor cuando estuvieron á solas.
-¡Ay, Elinor! -exclamó-. Tengo un enorme se­creto que contarte sobre Marianne. Estoy segura de que muy pronto se casará con el señor Willoughby.

-Has dicho lo mismo -replicó Elinor- casi to­dos los días desde la primera vez que se vieron en la colina de la iglesia; y creo que no llevaban una semana de conocerse cuando ya estabas se­gura de que Marianne llevaba el retrato de él alre­dedor del cuello; pero resultó que tan sólo era la miniatura de nuestro tío abuelo.

-Pero esto es algo de verdad diferente. Estoy segura de que se casarán muy luego, porque él tie­ne un rizo de su pelo.

-Ten cuidado, Margaret. Puede que sólo sea el pelo de un tío abuelo de él.


-Pero, Elinor, de verdad es de Marianne. Estoy casi segura de que lo es, porque lo vi cuando se lo cortaba. Anoche después del té, cuando tú y mamá salieron de la pieza, estaban cuchicheando y hablando entre ellos muy rápido, y parecía que él le estaba rogando algo, y ahí él tomó las tijeras de ella y le cortó un mechón de pelo largo, por­que tenía todo el cabello suelto a la espalda; y él lo besó, y lo envolvió en un pedazo de papel blan­co y lo metió en su cartera.
Elinor no pudo menos que dar crédito a todos estos pormenores, dichos con tal autoridad; tampoco se sentía inclinada a hacerlo, porque la circunstancia relatada concordaba perfectamente con lo que ella misma había escuchado y visto.
No siempre Margaret mostraba su sagacidad de manera tan satisfactoria para su hermana. Cuando una tarde, en Barton Park, la señora Jennings co­menzó a asediarla para que le diera el nombre del joven por quien Elinor tenía especial preferencia, materia que desde hacía tiempo carcomía su cu­riosidad, Margaret respondió mirando a su herma­na y diciendo:

-No debo decirlo, ¿verdad, Elinor?
Esto, por supuesto, hizo reír a todo el mundo, y Elinor intentó reír también. Pero el esfuerzo le fue doloroso. Estaba convencida de que Margaret pensaba en una persona cuyo nombre ella no iba a aguantar con compostura que se transformara en broma habitual de la señora Jennings.

Marianne simpatizó muy sinceramente con su hermana, pero hizo más mal que bien a la causa al ponerse muy roja y decir a Margaret, en tono muy enojado:
-Recuerda que no importa cuáles sean tus su­posiciones, no tienes derecho a repetirlas.

-Nunca he supuesto nada al respecto -respon­dió Margaret-, fuiste tú misma quien me lo dijo.

Esto aumentó aún más el regocijo de la con­currencia, que comenzó a presionar insistentemente a Margaret para que dijera algo más.

-¡Ah! Se lo suplico, señorita Margaret, cuénte­nos todo -dijo la señora Jennings-. ¿Cómo se lla­ma el caballero?

-No debo decirlo, señora. Pero lo sé muy bien; y sé dónde está él también.

-Sí, sí, podemos adivinar dónde se encuentra: en su propia casa en Norland, con toda seguridad. Apuesto que es clérigo, allá en la parroquia.

-No, no es eso. No tiene ninguna profesión.

-Margaret -dijo Marianne, enérgicamente-, sa­bes bien que todo esto es invención tuya, y que no hay tal persona.

-Bien, entonces, ha muerto recientemente, Ma­rianne, porque estoy segura de que este hombre existió, y su nombre comienza con F.

Elinor sintió en ese momento enorme gratitud hacia lady Middleton al escucharla comentar que “había llovido mucho”, aunque pensaba que la in­terrupción se debía menos a una atención hacia ella que al profundo desagrado de su señoría frente a la falta de elegancia de las bromas que encanta­ban a su esposo y a su madre. Sin embargo, la idea iniciada por ella fue de inmediato recogida por el coronel Brandon, siempre atento a los sentimien­tos de los demás; y así, mucho hablaron ambos so­bre el asunto de la lluvia. Willoughby abrió el piano y le pidió a Marianne que lo ocupara; de esta for­ma, entre las distintas iniciativas de diferentes per­sonas para acabar con el tema, éste pasó al olvido. Pero a Elinor no le fue igualmente fácil reponerse del estado de inquietud a que la había empujado.

Esa tarde se organizó una salida para ir al día siguiente a conocer un lugar muy agradable, dis­tante unas doce millas de Barton y propiedad de un cuñado del coronel Brandon, sin cuya presen­cia no podía ser visitado dado que el dueño, que se encontraba en el extranjero, había dejado es­trictas órdenes en ese tenor. 
Dijeron que el sitio era de gran belleza, y sir John, cuyos elogios fue­ron particularmente entusiastas, podía ser consi­derado un juez adecuado, porque al menos dos veces cada verano durante los últimos diez años había organizado excursiones para visitarlo. Ha­bía allí una noble cantidad de agua; un paseo en barca iba a constituir gran parte de la diversión en la mañana; se llevarían provisiones frías, sólo se emplearían carruajes abiertos, y todo se lleva­ría a cabo a la manera usual de una genuina ex­cursión de placer.
Para unos pocos entre la concurrencia parecía una empresa algo audaz, considerando la época del año y que había llovido durante la última quince­na. Elinor persuadió a la señora Dashwood, que ya estaba resfriada, de que se quedara en casa.

lunes, 13 de febrero de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XI

Poco habían imaginado la señora Dashwood y sus hijas, cuando recién llegaron a Devonshire, que al poco tiempo de ser presentadas tantos compromi­sos ocuparían su tiempo, o que la frecuencia de las invitaciones y lo continuo de las visitas les de­jarían tan pocas horas para dedicarlas a ocupacio­nes serias. Sin embargo, fue lo que ocurrió. 
Cuando Marianne se recuperó, los planes de diversiones en casa y fuera de ella que sir John había estado ima­ginando previamente, comenzaron a hacerse reali­dad. Se iniciaron los bailes privados en Barton Park e hicieron tantas excursiones a la costa como lo permitía un lluvioso octubre. En todos esos encuen­tros estaba incluido Willoughby; y la soltura y fa­miliaridad que tanta naturalidad prestaba a estas reuniones estaba calculada exactamente para dar cada vez mayor intimidad a su relación con las Dashwood; para permitirle ser testigo de las exce­lencias de Marianne, hacer más señalada su viva admiración por ella y recibir, a través del compor­tamiento de ella hacia él, la más plena seguridad de su afecto.

Elinor no podía sentirse sorprendida ante el apego entre los jóvenes. Tan sólo deseaba que lo mostraran menos abiertamente, y una o dos ve­ces se atrevió a sugerir a Marianne la convenien­cia de un cierto control sobre sí misma. Pero Marianne aborrecía todo disimulo cuando la fran­queza no iba a conducir a un mal real; y empe­ñarse en reprimir sentimientos que no eran en sí mismos censurables le parecía no sólo un esfuer­zo innecesario, sino también una lamentable su­jeción de la razón a ideas erróneas y ramplonas. Willoughby pensaba lo mismo; y en todo momen­to, el comportamiento de ambos era una perfecta ilustración de sus opiniones.
Cuando él estaba presente, ella no tenía ojos para nadie más. Todo lo que él hacía estaba bien. Todo lo que decía era inteligente. Si sus tardes en la finca concluían con partidas de cartas, él se ha­cía trampas a sí mismo y al resto de los comensa­les para darle a ella una buena mano. Si el baile constituía la diversión de la noche, formaban pa­reja la mitad del tiempo; y cuando se veían obli­gados a separarse durante un par de piezas, se Preocupaban de permanecer de pie uno junto al Otro, y apenas hablaban una palabra con nadie más. Por supuesto, tal conducta los exponía a las constantes risas de los otros, pero el ridículo no los aver­gonzaba y apenas parecía molestarlos.
La señora Dashwood celebraba todos sus sen­timientos con una ternura que la privaba de todo deseo de controlar el excesivo despliegue de ellos. Para ella, tal abundancia no era sino la consecuen­cia natural de un intenso afecto en espíritus jóve­nes y apasionados.
Esta fue la época de felicidad para Marianne. Su corazón estaba consagrado a Willoughby, y los encantos que su compañía le conferían a su hogar actual parecían debilitar más de lo que antes ha­bía creído posible el sentimental apego a Norland que había traído consigo desde Sussex.


La felicidad de Elinor no llegaba a tanto. Su co­razón no estaba tan en paz ni era tan completa su satisfacción por las diversiones en que tomaban parte. No le habían procurado compañía alguna capaz de compensar lo que había dejado atrás, o de llevarla a recordar Norland con menos añoran­za. Ni lady Middleton ni la señora Jennings podían ofrecerle el tipo de conversación que le hacía fal­ta, aunque la última era una conversadora infati­gable y la cordialidad con que la había acogido desde un comienzo le aseguraba que gran parte de sus comentarios estuvieran dirigidos a ella. Ya le había repetido su propia historia a Elinor tres o cuatro veces; y si la memoria de Elinor hubiera es­tado a la altura de los medios que la señora Jen­nings desplegaba para incrementarla, podría haber sabido desde los primeros momentos de su rela­ción todos los detalles de la última enfermedad del señor Jennings y lo que le dijo a su esposa minu­tos antes de morir. Lady Middleton era más agra­dable que su madre únicamente en que era más callada. Elinor necesitó observarla muy poco para darse cuenta de que su reserva era una simple pla­cidez en todos sus modales que nada tenía que ver con el buen juicio. Con su esposo y su madre era igual que con ella y su hermana; en consecuencia, la intimidad no era algo deseado ni buscado. Nunca tenía algo que decir que no hubiera dicho ya el día antes. Su insulsez era inalterable, porque incluso su ánimo permanecía siempre igual; y aunque no se oponía a las reuniones que organizaba su es­poso, con la condición de que todo se desarrolla­ra con distinción y sus dos hijos mayores la acompañaran, esas ocasiones no parecían ofrecer­le más placer que el que experimentaría quedán­dose en casa; y era tan poco lo que su presencia agregaba al placer de los demás a través de algu­na participación en las conversaciones, que a ve­ces lo único que les recordaba que estaba entre ellos eran los afanes que desplegaba en torno a sus fastidiosos hijos.
Tan sólo en el coronel Brandon, entre todos sus nuevos conocidos, encontró Elinor una perso­na merecedora de algún grado de respeto por sus capacidades, cuya amistad interesara cultivar o que pudiera constituir una compañía placentera. Con Willoughby no podía contarse. Tenía él toda su ad­miración y afecto, incluso como hermana; pero era un enamorado: sus atenciones pertenecían por completo a Marianne, e incluso un hombre mucho menos entretenido que él podría haber sido en ge­neral más grato. El coronel Brandon, para su des­gracia, no había sido alentado de la misma forma a pensar sólo en Marianne, y en sus conversacio­nes con Elinor encontró el mayor consuelo a la total indiferencia de su hermana.
La compasión de Elinor por él se hizo cada día mayor, pues tenía motivos para sospechar que ya había conocido las miserias de un amor desenga­ñado. Se originó esta sospecha en algunas palabras que accidentalmente salieron de su boca una tar­de en Barton Park, cuando por propia elección es­taban sentados juntos mientras los otros bailaban. Miraba él fijamente a Marianne y, tras un silencio de algunos minutos, dijo con una casi impercepti­ble sonrisa:

-Su hermana, entiendo, no aprueba las segun­das uniones.

-No -replicó Elinor-; sus opiniones son com­pletamente románticas.

-O más bien, según creo, considera imposible su existencia.

-Así lo creo. Pero cómo se las ingenia para ello sin pensar en el carácter de su propio padre, que tuvo dos esposas, es algo que no sé. Unos pocos años más, sin embargo, sentará sus opiniones so­bre la razonable base del sentido común y la ob­servación; y puede que entonces se las pueda definir y defender mejor que hoy, cuando sólo ella lo hace.

-Probablemente es lo que ocurrirá -replicó él-; pero hay algo tan dulce en los prejuicios de una mente joven, que uno llega a sentir pena de ver cómo ceden y les abren paso a opiniones más comunes.

-No puedo estar de acuerdo con usted en eso -dijo Elinor-. Sentimientos como los de Marianne presentan inconvenientes que ni todos los encan­tos del entusiasmo y la ignorancia habidos y por haber pueden redimir. Todas sus normas tienen la desafortunada tendencia a ignorar por comple­to los cánones sociales; y espero que un mejor conocimiento del mundo sea de gran beneficio para ella.

Tras una corta pausa, él reanudó la conversa­ción diciendo:
-¿No hace ninguna distinción su hermana en sus objeciones a una segunda unión? ¿Le parece igualmente descalificable en cualquier persona? ¿Por el resto de su vida deberán mantenerse igualmen­te indiferenciados aquellos que se han visto des­ilusionados en su primera elección, ya sea por la inconstancia de su objeto o la perversidad de las circunstancias?

-Le aseguro que no conozco sus principios en detalle. Sólo sé que nunca la he escuchado admi­tir ningún caso en que sea perdonable una segun­da unión.

-Eso -dijo él- no puede durar; pero un cam­bio, un cambio total en los sentimientos... No, no, no debo desearlo... porque cuando los refinamien­tos románticos de un espíritu joven se ven obliga­dos a ceder, ¡cuán a menudo los suceden opiniones demasiado comunes y demasiado peligrosas! Ha­blo por experiencia. Conocí una vez a una dama que en temperamento y espíritu se parecía mucho a su hermana, que pensaba y juzgaba como ella, pero que a causa de un cambio impuesto, debido a una serie de desafortunadas circunstancias...

Aquí se interrumpió bruscamente; pareció pen­sar que había dicho demasiado, y con la expresión de su rostro generó conjeturas que de otra manera no habrían entrado en la cabeza de Elinor. La dama mencionada habría pasado de largo sin despertar sospecha alguna, si él no hubiera convencido a la señorita Dashwood de que nada concerniente a ella debía salir de sus labios. Tal como ocurrió, no se requirió sino el más ligero esfuerzo de la imagina­ción para conectar su emoción con el tierno recuer­do de un amor pasado. Elinor no fue más allá. Pero Marianne, en su lugar, no se habría contentado con tan poco. Su activa imaginación habría elaborado rápidamente toda la historia, disponiendo todo en el más melancólico orden, el de un amor desgra­ciado.

martes, 7 de febrero de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD X

El protector de Marianne, según los términos en que con más elegancia que precisión ensalzara Mar­garet a Willoughby, llegó a la casa muy temprano la mañana siguiente para preguntar personalmen­te por ella. 

Fue recibido por la señora Dashwood con algo más que cortesía: con una amabilidad que las palabras de sir John y su propia gratitud inspi­raban; y todo lo que tuvo lugar durante la visita llevó a darle al joven plena seguridad sobre el buen sentido, elegancia, trato afectuoso y comodidad hogareña de la familia con la cual se había rela­cionado por un accidente. Para convencerse de los encantos personales de que todas hacían gala, no había necesitado una segunda entrevista.
La señorita Dashwood era de tez delicada, ras­gos regulares y una figura notablemente bonita. Ma­rianne era más hermosa aún. Su silueta, aunque no tan, correcta como la de su hermana, al tener la ven­taja de la altura era más llamativa; y su rostro era tan encantador, que cuando en los tradicionales panegíricos se la llamaba una niña hermosa, se fal­taba menos a la verdad de lo que suele ocurrir. Su cutis era muy moreno, pero su transparencia le daba un extraordinario brillo; todas sus facciones eran correctas; su sonrisa, dulce y atractiva; y en sus ojos, que eran muy oscuros, había una vida, un espíritu, un afán que difícilmente podían ser contemplados sin placer. 
Al comienzo contuvo ante Willoughby la expresividad de su mirada, por la turbación que le producía el recuerdo de su ayu­da. Pero cuando esto pasó; cuando recuperó el con­trol de su espíritu; cuando vio que a su perfecta educación de caballero él unía la franqueza y vi­vacidad; y, sobre todo, cuando le escuchó afirmar que era apasionadamente aficionado a la música y al baile, le dio tal mirada de aprobación que con ella aseguró que gran parte de sus palabras estu­vieran dirigidas a ella- durante el resto de su esta­día.
Lo único que se requería para inducirla a ha­blar era mencionar cualquiera de sus diversiones favoritas. No podía mantenerse en silencio cuan­do se tocaban esos temas, y no era ni tímida ni reservada para discutirlos. Rápidamente descubrie­ron que compartían el gusto por el baile y la mú­sica, y que ello nacía de una general similitud de juicio en todo lo que concernía a ambas activida­des. Animada por esto a examinar con mayor de­tenimiento las opiniones del joven, Marianne Procedió a interrogarlo en tomo al tema de los li­bros; trajo a colación sus autores favoritos hablan­do de ellos con tal arrobamiento, que cualquier joven de veinticinco años tendría que haber sido en verdad insensible para no transformarse en un inmediato converso a la excelencia de tales obras, sin importar cuán poco las hubiera tenido en con­sideración antes. Sus gustos eran extraordinariamen­te semejantes. Ambos idolatraban los mismos libros, los mismos pasajes; o, si aparecía cualquier dife­rencia o surgía cualquier objeción de parte de él, no duraba sino hasta el momento en que la fuerza de los argumentos de la joven o el brillo de sus ojos podían desplegarse. El asentía a todas sus de­cisiones, se contagiaba de su entusiasmo y mucho antes del fin de su visita, conversaban con la fami­liaridad de conocidos de larga data.

-Bien, Marianne -dijo Elinor inmediatamente tras su partida-, creo que para una mañana lo has hecho bastante bien. Ya has averiguado la opinión del señor Willoughby en casi todas las materias de importancia. Estás al tanto de lo que piensa de Cowper y Scott; tienes total certidumbre de que aprecia sus encantos tal como debe hacerse, y has recibido todas las seguridades necesarias -respecto de que no admira a Pope más allá de lo adecua­do. Pero, ¡cómo podrás continuar tu relación con él tras despachar de manera tan extraordinaria to­dos los posibles temas de conversación! Pronto ha­brán agotado todos los tópicos preferidos. Otro encuentro bastará para que él explique sus senti­mientos sobre la belleza pintoresca y los segundos matrimonios, y entonces ya no tendrás nada más que preguntar...

-¡Elinor! -exclamó Marianne-. ¿Estás siendo jus­ta? ¿Estás siendo equitativa? ¿Es que mis ideas son tan escasas? Pero entiendo lo que dices. Me he sen­tido demasiado cómoda, demasiado feliz, he esta­do demasiado franca. He faltado a todos los lugares comunes relativos al decoro. He sido abierta y sin­cera allí donde debí ser reservada, opaca, desga­nada y falsa. Si sólo hubiera conversado del clima y de los caminos, y si sólo hubiera hablado una vez en diez minutos, me habría salvado de este re­proche.

-Querida mía -dijo su madre-, no debes sen­tirte ofendida por Elinor; ella sólo bromeaba. Yo misma la regañaría si la creyera capaz de desear poner freno al placer de tu conversación con nues­tro nuevo amigo.

Marianne se apaciguó en un instante.

Willoughby, por su parte, dio tantas pruebas del placer que le producía la relación con ellas como su evidente deseo de profundizarla podía ofrecer. Las visitaba diariamente. Al comienzo su excusa fue preguntar por Marianne; pero la alentadora forma en que era recibido, que día a día crecía en genti­leza, hizo innecesaria tal excusa antes de que la perfecta recuperación de Marianne dejara de ha­cerla posible. Debió quedarse confinada a la casa durante algunos días, pero nunca encierro alguno había sido menos molesto. Willoughby era un jo­ven de grandes habilidades, imaginación rápida, espíritu vivaz y modales francos y afectuosos. Es­taba hecho exactamente para conquistar el cora­zón de Marianne, porque a todo esto unía no sólo una apariencia cautivadora, sino una mente llena de un natural apasionamiento, que ahora desper­taba y crecía con el ejemplo del de ella y que lo encomendaba a su afecto más que ninguna otra cosa.


Poco a poco la compañía de Willoughby se transformó en el más exquisito placer de Marian­ne. Juntos leían, conversaban, cantaban; los talen­tos musicales que él mostraba eran considerables, y leía con toda la sensibilidad y entusiasmo de que tan lamentablemente había carecido Edward.
En la opinión de la señora Dashwood, el jo­ven aparecía tan sin tacha como lo era para Ma­rianne; y Elinor no veía nada en él digno de censura más que una propensión -que lo hacía ex­tremadamente parecido a su hermana y que a ésta muy en especial deleitaba- a decir demasiado lo que pensaba en cada ocasión, sin prestar atención ni a personas ni a circunstancias. Al formar y dar apresuradamente su opinión sobre otra gente, al sacrificar la cortesía general al placer de entregar por completo su atención a aquello que llenaba su corazón, y al pasar con demasiada facilidad por sobre las convenciones sociales mostraba un des­cuido que Elinor no podía aprobar, a pesar de todo lo que él y Marianne dijeran en favor de ello.

Marianne comenzaba ahora a advertir que la desesperación que se había apoderado de ella a los dieciséis años y medio al pensar que jamás iba a conocer a un hombre que satisficiera sus ideas de perfección, había sido apresurada e injustifica­ble. Willoughby era todo lo que su imaginación había elaborado en esa desdichada hora, y en cada una de sus épocas más felices, como capaz de atraerla; y en su comportamiento, él mostraba que sus deseos en tal aspecto eran tan intensos como numerosos eran sus dones.

También la señora Dashwood, en cuya mente la futura riqueza de Willoughby no había hecho brotar especulación alguna en torno a un posible matrimonio entre los jóvenes, se vio arrastrada an­tes de terminar la semana a poner en ello sus es­peranzas y expectativas, y a felicitarse en secreto por haber ganado dos yernos como Edward y Willoughby.
La preferencia del coronel Brandon por Marian­ne, tan anticipadamente descubierta por sus ami­gos, se hizo por primera vez perceptible a Elinor cuando ellos dejaron de advertirla. Comenzaron a dirigir su atención e ingenio a su más afortunado rival, y las chanzas de que el primero había sido objeto antes de que se despertara en él interés par­ticular alguno, dejaron de caer sobre él cuando sus sentimientos realmente comenzaron a ser merece­dores de ese ridículo que con tanta justicia se vin­cula a la sensibilidad. Elinor se vio obligada, aunque en contra de su voluntad, a creer que los sentimien­tos que para su propia diversión la señora Jennings le había atribuido al coronel, en verdad los había despertado su hermana; y que si una general afi­nidad entre ambos podía impulsar el afecto del se­ñor Willoughby por Marianne, una igualmente notable oposición de caracteres no era obstáculo al afecto del coronel Brandon. Veía esto con pre­ocupación, pues, ¿qué esperanzas podía tener un hombre circunspecto de treinta y cinco años fren­te a un joven lleno de vida de veinticinco? Y como ni siquiera podía desearlo vencedor, con todo el corazón lo deseaba indiferente. Le gustaba el co­ronel; a pesar de su gravedad y reserva, lo consi­deraba digno de interés. Sus modales, aunque serios, eran suaves, y su reserva parecía más el resultado de una cierta pesadumbre del espíritu que de un temperamento naturalmente sombrío. Sir John había dejado caer insinuaciones de pasadas heridas y desilusiones, que dieron pie a Elinor para creerlo un hombre desdichado y mirarlo con respeto y compasión.

Quizá lo compadecía y estimaba más por los desaires que recibía de Willoughby y Marianne, quienes, prejuiciados en su contra por no ser ni vivaz ni joven, parecían decididos a menospreciar sus méritos.

-Brandon es justamente el tipo de persona -afirmó Willoughby un día en que conversaban so­bre él- de quien todos hablan bien y que no le importa a nadie; a quien todos están dichosos de ver, y con quien nadie se acuerda de hablar.
-Es exactamente lo que pienso de él -excla­mó Marianne.
-Pero no hagan alarde de ello -dijo Elinor-, porque en eso los dos son injustos. En Barton Park todos lo estiman profundamente, y por mi parte nunca lo veo sin hacer todos los esfuerzos posi­bles para conversar con él.
-Que usted esté de su parte -replicó Willough­by- ciertamente habla en favor del coronel; pero en lo que toca al aprecio de los demás, ello cons­tituye en sí mismo un reproche. ¿Quién querría so­meterse a la indignidad de ser aprobado por mujeres como lady Middleton y la señora Jennings, algo que a cualquiera dejaría por completo indife­rente?

-Pero puede que el maltrato de gente como usted y Marianne compense por el aprecio de lady Middleton y su madre. Si la alabanza de éstas es censura, la censura de ustedes puede ser alaban­za; porque la falta de discernimiento de ellas no es mayor que los prejuicios e injusticia de ustedes.
-Mi protegido, como usted lo -llama, es un hom­bre sensato; y la sensatez siempre me será atracti­va. Sí, Marianne, incluso en un hombre entre los treinta y los cuarenta. Ha visto mucho del mundo, ha estado en el extranjero, ha leído y tiene una ca­beza que piensa. He encontrado que puede dar­ me mucha información sobre diversos temas, y siempre ha respondido a mis preguntas con la di­ligencia que dan la buena educación y el buen ca­rácter.
-Cuando sale en defensa de su protegido, es hasta cáustica.

-Lo que significa -exclamó Marianne desdeño­samente- que te ha dicho que en las Indias Orien­tales el clima es cálido y que los mosquitos son una molestia.

-Me lo habría dicho, no me cabe la menor duda, si yo lo hubiera preguntado; pero ocurre que son cosas de las cuales ya había sido informada.

-Quizá -dijo Willoughby- sus observaciones se hayan ampliado a la existencia de nababs, mohú­res* de oro y palanquines.

-Me atrevería a decir que sus observaciones han ido mucho más allá de su imparcialidad, señor Willoughby. Pero, ¿por qué le disgusta?

-No me disgusta. Al contrario, lo considero un hombre muy respetable, de quien todos hablan bien y en el cual nadie se fija; que tiene más dine­ro del que puede gastar, más tiempo del que sabe cómo emplear, y dos abrigos nuevos cada año.

-A lo que se puede agregar -exclamó Marian­ne- que no tiene ni genio, ni gusto, ni espíritu. Que su mente es sin brillo, sus sentimientos sin ardor, su voz sin expresión.

-Ustedes decretan cuáles son sus imperfeccio­nes de manera tan general -replicó Elinor-, y en tal medida apoyados en la fuerza de su imagina­ción, que los encomios que yo puedo hacer de él resultan por comparación fríos e insípidos. Lo úni­co que puedo decir es que es un hombre de buen juicio, bien educado, cultivado, de trato gentil y, así lo creo, de corazón afectuoso.

-Señorita Dashwood -protestó Willoughby-, ahora me está tratando con muy poca amabilidad. Intenta desarmarme con razones y convencerme contra mi voluntad. Pero no resultará. Descubrirá que mi testarudez es tan grande como su destre­za. Tengo tres motivos irrefutables para que me desagrade el coronel Brandon: me ha amenazado con que llovería cuando yo quería que hiciese buen tiempo; le ha encontrado fallas a la suspensión de mi calesa, y no puedo convencerlo de que me com­pre la yegua castaña. Sin embargo, si en algo la compensa que le diga que, en mi opinión, su ca­rácter es irreprochable en otros aspectos, estoy dis­puesto a admitirlo. Y en pago por una confesión que no deja de darme un cierto dolor, usted no puede negarme el privilegio de que él me desagra­de igual que antes.