miércoles, 28 de marzo de 2012

10 PRINCIPIOS DEL AMOR

QUE SIGNIFICADO TIENE AMAR. 
Una definicion ideal seria esta:


“El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor jamás se extingue” (La Biblia: 1 CORINTIOS 13)


Sin amor nada podemos hacer, EL AMOR TODO LO ESPERA.


No te desesperes si aun no encontraste al amor de tu vida.


NO TE DES POR VENCID@!!!….solo ESPERA….y confía en Dios!!!


Dicen que hay 3 cosas que permanecen en la vida:
LA FE, LA ESPERANZA Y EL AMOR, pero el mayor o el más importante es el AMOR.



10 PRINCIPIOS DEL EL AMOR
1.- Nunca se da por vencido 


2.- No se preocupa por lo que no tiene 


3.-Ayuda a los demas aunque te cause inconvenientes 


4.-No se alegra cuando alguien sale herido 


5- Tolera las actitudes molestas de los demas

6.- No es vanidoso 


7.- Nunca habla mal de los demas 


8.- No lleva un registro de las cosas malas que hacen los demas 


9.-Piensa bien en los demas 


10.- Nunca dice: ” ¡ Yo primero ! “





Que tengan un lindo día!!!

jueves, 22 de marzo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XIX

Edward permaneció una semana en la cabaña; la señora Dashwood lo urgió a que se quedara más tiempo, pero como si sólo deseara mortificarse a sí mismo, pareció decidido a partir cuando mejor lo estaba pasando entre sus amigos. 
Su estado de ánimo en los últimos dos o tres días, aunque to­davía bastante inestable, había mejorado mucho; día a día parecía aficionarse más a la casa y a su en­torno, nunca hablaba de irse sin acompañar de sus­piros sus palabras, afirmaba que disponía de su tiempo por completo, incluso dudaba de hacia dón­de se dirigiría cuando se marchara..., pero aun así debía irse. Nunca una semana había pasado tan rá­pido, apenas podía creer que ya se hubiera ido. Lo dijo una y otra vez; dijo también otras cosas, que indicaban el rumbo de sus sentimientos y se contradecían con sus acciones. 
Nada le complacía en Norland, detestaba la ciudad, pero o a Norland o a Londres debía ir. Valoraba por sobre todas las cosas la gentileza que había recibido de todas ellas y su mayor dicha era estar en su compañía. Y aun así debía dejarlas a fines de esa semana, a pesar de los deseos de ambas partes y sin ninguna res­tricción en su tiempo.
Elinor cargaba a cuenta de la madre de Edward todo lo que había de sorprendente en su manera de actuar; y era una suerte para ella que él tuviera una madre cuyo carácter le fuera conocido de ma­nera tan imperfecta como para servirle de excusa general frente a todo lo extraño que pudiera ha­ber en su hijo. 
 
Sin embargo, desilusionada y mo­lesta como estaba, y a veces disgustada con el vacilante comportamiento del joven hacia ella, aun así tenía la mejor disposición general para otorgar a sus acciones las mismas sinceras concesiones y generosas calificaciones que le habían sido arran­cadas con algo más de dificultad por la señora Dashwood cuando se trataba de Willoughby. Su falta de ánimo, de franqueza y de congruencia, era atribuida en general a su falta de independencia y a un mejor conocimiento de las disposiciones y pla­nes de la señora Ferrars. La brevedad de su visita, la firmeza de su propósito de marcharse, se origi­naban en el, mismo atropello a sus inclinaciones, en la misma inevitable necesidad de transigir con su madre. 


La antigua y ya conocida disputa entre el deber y el deseo, los padres contra los hijos, era la causa de todo. 
A Elinor le habría alegrado saber cuándo iban a terminar estas dificultades, cuándo iba a terminar esa oposición..., cuándo iba a cam­biar la señora Ferrars, dejando a su hijo en liber­tad para ser feliz. Pero, de tan vanos deseos estaba obligada a volver, para encontrar consuelo, a la re­novación de su confianza en el afecto de Edward; al recuerdo de todas las señales de interés que sus miradas o palabras habían dejado escapar mientras estaban en Barton; y, sobre todo, a esa halagado­ra prueba de ello que él usaba constantemente en torno a su dedo.
-Creo, Edward -dijo la señora Dashwood mien­tras desayunaban la última mañana-, que serías más feliz si tuvieras una profesión que ocupara tu tiem­po y les diera interés a tus planes y acciones. Ello podría no ser enteramente conveniente para tus amigos: no podrías entregarles tanto de tu tiempo. Pero -agregó con una sonrisa- te verías beneficia­do en un aspecto al menos: sabrías adónde ir cuan­do los dejas.
-De verdad le aseguro -respondió él- que he pensado mucho en este punto en el mismo sentido en que usted lo hace ahora. Ha sido, es y proba­blemente siempre será una gran desgracia para mí no haber tenido ninguna ocupación a la cual obli­gatoriamente dedicarme, ninguna profesión que me dé empleo o me ofrezca algo en la línea de la in­dependencia. Pero, por desgracia, mi propia capa­cidad de comportarme de manera gentil, y la gentileza de mis amigos, han hecho de mí lo que soy: un ser ocioso, incompetente. Nunca pudimos Ponemos de acuerdo en la elección de una profe­sión. Yo siempre preferí la iglesia, como lo sigo ha­ciendo. Pero eso no era bastante elegante para mi familia. Ellos recomendaban una carrera militar. Eso era demasiado, demasiado elegante para mí. En cuanto al ejercicio de las leyes, le concedieron la gracia de considerarla una profesión bastante deco­rosa; muchos jóvenes con despachos en alguna Aso­ciación de Abogados de Londres han logrado una muy buena llegada a los círculos más importantes, y se pasean por la ciudad conduciendo calesas muy a la moda. Pero yo no tenía ninguna inclinación por las leyes, ni siquiera en esta forma harto menos abs­trusa de ellas que mi familia aprobaba. En cuanto a la marina, tenía la ventaja de ser de buen tono, pero yo ya era demasiado mayor para ingresar a ella cuan­do se empezó a hablar del tema; y, a la larga, como no había verdadera necesidad de que tuviera una profesión, dado que podía ser igual de garboso y dispendioso con una chaqueta roja sobre los hom­bros o sin ella, se terminó por decidir que el ocio era lo más ventajoso y honorable; y a los dieciocho años los jóvenes por lo general no están tan ansio­sos de tener una ocupación como para resistir las invitaciones de sus amigos a no hacer nada. Ingre­sé, por tanto, a Oxford, y desde entonces he estado de ocioso, tal como hay que estar.

-La consecuencia de todo ello será, supongo -dijo la señora Dashwood-, ya que la indolencia no te ha traído ninguna felicidad, que criarás a tus hijos para que tengan tantos intereses, empleos, profesiones y quehaceres como Columella.

-Serán criados -respondió con tono grave- para que sean tan diferentes de mí como sea posible, en sentimientos, acciones, condición, en todo.

-Vamos, vamos, todo eso no es más que pro­ducto de tu desánimo, Edward. Estás de humor, y te imaginas que cualquiera que no sea como tú debe ser feliz. Pero recuerda que en algún momen­to todos sentirán la pena de separarse de los ami­gos, sin importar cuál sea su educación o estado. Toma conciencia de tu propia felicidad. No care­ces de nada sino de paciencia... o, para darle un nombre más atractivo, llámala esperanza. Con el tiempo tu madre te garantizará esa independencia que tanto ansías; es su deber, y muy pronto su fe­licidad será, deberá ser, impedir que toda tu juven­tud se desperdicie en el descontento. ¡Cuánto no podrán hacer unos pocos meses!

-Creo -replicó Edward- que se necesitarán muchos meses para que me ocurra algo bueno.
Este desaliento, aunque no pudo ser contagiado a la señora Dashwood, aumentó el dolor de todos ellos por la partida de Edward, que muy pronto tuvo lugar, y dejó una incómoda sensación especialmente en Elinor, que necesitó de tiempo y trabajo para apa­ciguarse. Pero como había decidido sobreponerse a ella y evitar parecer que sufría más que el resto de su familia ante la partida del joven, no utilizó los me­dios tan juiciosamente empleados por Marianne en una ocasión similar, cuando se entregó a la búsque­da del silencio, la soledad y el ocio para aumentar y hacer permanente su sufrimiento. Sus métodos moran tan diferentes como sus particulares objetivos, e igual­mente adecuados al logro de ellos.


Apenas partió Edward, Elinor se sentó a su mesa de dibujo, se mantuvo ocupada durante todo el día, no buscó ni evitó mencionar su nombre, Pareció prestar el mismo interés de siempre a las Preocupaciones generales de la familia, y si con esta conducta no hizo disminuir su propia congoja, al menos evitó que aumentara de manera innecesa­ria, y su madre y hermanas se vieron libres de mu­chos afanes por su causa.

Tal comportamiento, tan exactamente opuesto al de ella, no le parecía a Marianne más meritorio que criticable le había parecido el propio. Del asun­to del dominio sobre sí misma, dio cuenta con toda facilidad: si era imposible cuando los sentimientos eran fuertes, con los apacibles no tenía ningún mé­rito. Que los sentimientos de su hermana eran apa­cibles, no osaba negarlo, aunque le avergonzaba reconocerlo; y de la fuerza de los propios tenía una prueba incontrovertible, puesto que seguía aman­do y respetando a esa hermana a pesar de este hu­millante convencimiento.

Sin rehuir a su familia o salir de la casa en vo­luntaria soledad para evitarla o quedarse despierta toda la noche para abandonarse a sus cavilaciones, Elinor descubrió que cada día le ofrecía tiempo su­ficiente para pensar en Edward, y en el comporta­miento de Edward, de todas las maneras posibles que sus diferentes estados de ánimo en momentos distintos podían producir: con ternura, piedad, aprobación, censura y duda. 
Abundaban los mo­mentos cuando, si no por la ausencia de su madre y hermanas, al menos por la naturaleza de sus ocu­paciones, se imposibilitaba toda conversación en­tre ellas y sobrevenían todos los efectos de la soledad. Su mente quedaba inevitablemente en li­bertad; sus pensamientos no podían encadenarse a ninguna otra cosa; y el pasado y el futuro rela­cionados con un tema tan interesante no podían sino hacérsele presentes, forzar su atención y ab­sorber su memoria, sus reflexiones, su imaginación.
De una ensoñación de este tipo a la que se ha­bía entregado mientras se encontraba sentada ante su mesa de dibujo, la despertó una mañana, poco después de la partida de Edward, la llegada de al­gunas visitas. Por casualidad se encontraba sola. El ruido que la puertecilla a la entrada del jardín frente a la casa hacía al cerrarse atrajo su mirada hacia la ventana, y vio un gran grupo de personas encami­nándose a la puerta. 
Entre ellas estaban sir John y lady Middleton y la señora Jennings; pero había otros dos, un caballero y una dama, que le eran por completo desconocidos. Estaba sentada cerca de la ventana y tan pronto la vio sir John, dejó que el resto de la partida cumpliera con la ceremonia de golpear la puerta y, cruzando por el césped, le hizo abrir el ventanal para conversar en privado, aunque el espacio entre la puerta y la ventana era tan pequeño como para hacer casi imposible ha­blar en una sin ser escuchado en la otra.

-Bien--le dijo-, le hemos traído algunos des­conocidos. ¿Le gustan?

-¡Shhh! Pueden escucharlo.

-Qué importa si lo hacen. Sólo son los Palmer. Puedo decirle que Charlotte es muy bonita. Alcan­zará a verla si mira hacia acá.
Como Elinor estaba segura de que la vería en un par de minutos sin tener que tomarse tal liber­tad, le pidió que la excusara de hacerlo.

-¿Dónde está Marianne? ¿Ha huido al vernos venir? Veo que su instrumento está abierto.
-Salió a caminar, creo.
En ese momento se les unió la señora Jen­nings, que no tenía paciencia suficiente para es­perar que le abrieran la puerta antes de que ella contara su historia. Se acercó a la ventana con grandes saludos:

-¿Cómo se encuentra, querida? ¿Cómo está la señora Dashwood? ¿Y dónde están sus hermanas? ¡Cómo! ¡La han dejado sola! Le agradará tener a al­guien que le haga compañía. He traído a mi otro hijo e hija para que se conozcan. ¡Imagínese que llegaron de repente! Anoche pensé haber escucha­do un carruaje mientras tomábamos el té, pero nun­ca se me pasó por la mente que pudieran ser ellos. Lo único que se me ocurrió fue que podía ser el coronel Brandon que llegaba de vuelta; así que le dije a sir John: “Creo que escucho un carruaje; quizá es el coronel Brandon que llega de vuelta...”

En la mitad de su historia, Elinor se vio obligada a volverse para recibir al resto de la concurrencia; lady Middleton le presentó a los dos desconocidos; la se­ñora Dashwood y Margaret bajaban las escaleras en ese mismo momento, y todos se sentaron a mirarse mutuamente mientras la señora Jennings continuaba con su historia a la vez que cruzaba por el corredor hasta la salita, acompañada por sir John.
La señora Palmer era varios años más joven que lady Middleton, y completamente diferente a ella en diversos aspectos. Era de corta estatura y regordeta, con un rostro muy bonito y la mayor expresión de buen humor que pueda imaginarse. Sus modales no eran en absoluto tan elegantes como los de su her­mana, pero sí mucho más agradables. Entró con una sonrisa, sonrió durante todo el tiempo que duró su visita, excepto cuando reía, y seguía sonriendo al irse. Su esposo era un joven de aire serio, de vein­ticinco o veintiséis años, con aire más citadino y más juicioso que su esposa, pero menos deseoso de com­placer o dejarse complacer. Entró a la habitación con aire de sentirse muy importante, hizo una leve in­clinación ante las damas sin pronunciar palabra y, tras una breve inspección a ellas y a sus aposentos, tomó un periódico de la mesa y permaneció leyén­dolo durante toda la visita.

La señora Palmer, por el contrario, a quien la naturaleza había dotado con la disposición a ser in­variablemente cortés y feliz, apenas había tomado asiento cuando prorrumpió en exclamaciones de admiración por la sala y todo lo que había en ella.

-¡Miren! ¡Qué cuarto tan delicioso es éste! ¡Nun­ca había visto algo tan encantador! ¡Tan sólo piense, mamá, cuánto ha mejorado desde la última vez que estuve aquí! ¡Siempre me pareció un sitio tan exquisi­to, señora -dijo volviéndose a la señora Dashwood-, pero usted le ha dado tanto encanto! ¡Tan sólo ob­serva, hermana, que delicia es todo! Cómo me gus­taría tener una casa así. ¿Y a usted, señor Palmer?

El señor Palmer no le respondió, y ni siquiera levantó la vista del periódico.

-El señor Palmer no me escucha -dijo ella rien­do-. A veces nunca lo hace. ¡Es tan cómico!

Esta era una idea absolutamente nueva para la señora Dashwood; no estaba acostumbrada a en­contrar ingenio en la falta de atención de nadie, y no pudo evitar mirar con sorpresa a ambos.

La señora Jennings, entre tanto, seguía hablan­do a todo volumen y continuaba con el relato de la sorpresa que se habían llevado la noche ante­rior al ver a sus amigos, y no cesó de hacerlo has­ta que hubo contado todo. La señora Palmer se reía con gran entusiasmo ante el recuerdo del asom­bro que les habían producido, y todos estuvieron de acuerdo dos o tres veces en que había sido una agradable sorpresa.

-Puede imaginar lo contentos que estábamos todos de verlos -agregó la señora Jennings, incli­nándose hacia Elinor y hablándole en voz baja, como si pretendiera que nadie más la escuchara, aunque estaban sentadas en diferentes extremos de la habitación-, pero, así y todo, no puedo dejar de desear que no hubieran viajado tan rápido ni he­cho una travesía tan larga, porque dieron toda la vuelta por Londres a causa de ciertos negocios, porque, usted sabe -indicó a su hija con una ex­presiva inclinación de la cabeza-, es inconvenien­te en su condición. Yo quería que se quedara en casa y descansara ahora en la mañana, pero insis­tió en venir con nosotros; ¡tenía tantos deseos de verlas a todas ustedes!

La señora Palmer se rió y dijo que no le haría ningún daño.
-Ella espera estar de parto en febrero -conti­nuó la señora Jennings.

La señora Middleton no pudo seguir soportan­do tal conversación, y se esforzó en preguntarle al señor Palmer si había alguna noticia en el pe­riódico.

-No, ninguna -replicó, y continuó leyendo.

-Aquí viene Marianne -exclamó sir John-. Aho­ra, Palmer, verás a una muchacha monstruosamente bonita.

Se dirigió de inmediato al corredor, abrió la puerta del frente y él mismo la escoltó. Apenas apa­reció, la señora Jennings le preguntó si no había estado en Allenham; y la señora Palmer se rió con tantas ganas por la pregunta como si la hubiese entendido. El señor Palmer la miró cuando entra­ba en la habitación, le clavó la vista durante algu­nos instantes, y luego volvió a su periódico. En ese momento llamaron la atención de la señora Palmer los dibujos que colgaban en los muros. Se levantó a examinarlos.

-¡Ay, cielos! ¡Qué hermosos son éstos! ¡Vaya, qué preciosura! Mírelos, mamá, ¡qué adorables! Le digo que son un encanto; podría quedarme con­templándolos para siempre -y volviendo a sentar­se, muy pronto olvidó que hubiera tales cosas en la habitación.

Cuando lady Middleton se levantó para mar­charse, el señor Palmer también lo hizo, dejó el periódico, se estiró y los miró a todos alrededor.

-Amor mío, ¿has estado durmiendo? -dijo su esposa, riendo.

El no le respondió y se limitó a observar, tras examinar de nuevo la habitación, que era de te­cho muy bajo y que el cielo raso estaba combado. Tras lo cual hizo una inclinación de cabeza, y se marchó con el resto.

Sir John había insistido en que pasaran el día siguiente en Barton Park. La señora Dashwood, que prefería no cenar con ellos más a menudo de lo que ellos lo hacían en la casita, por su parte rehu­só absolutamente; sus hijas podían hacer lo que quisieran. Pero éstas no tenían curiosidad alguna en ver cómo cenaban el señor y la señora Palmer, y la perspectiva de estar con ellos tampoco pro­metía ninguna otra diversión. Intentaron así excu­sarse también; el clima estaba inestable y no prometía mejorar. Pero sir John no se dio por sa­tisfecho: enviaría el carruaje a buscarlas, y debían ir. Lady Middleton también, aunque no presionó a la señora Dashwood, lo hizo con las hilas. La se­ñora Jennings y la señora Palmer se unieron a sus ruegos; todos parecían igualmente ansiosos de evi­tar una reunión familiar, y las jóvenes se vieron obli­gadas a ceder.


-¿Por qué tienen que invitarnos? -dijo Marian­ne apenas se marcharon-. El alquiler de esta casi­ta es considerado bajo; pero las condiciones son muy duras, si tenemos que ir a cenar a la finca cada vez que alguien se está quedando con ellos o con nosotras.

-No pretenden ser menos corteses y gentiles con nosotros ahora, con estas continuas invitacio­nes -dijo Elinor- que con las que recibimos hace unas pocas semanas. Si sus reuniones se han vuel­to tediosas e insulsas, no son ellos los que han cambiado. Debemos buscar ese cambio en otro lugar.

martes, 20 de marzo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XVIII

Elinor contempló con gran inquietud el ánimo de­caído de su amigo. La satisfacción que le ofrecía su visita era bastante parcial, puesto que el placer que él mismo obtenía parecía tan imperfecto. 
Era evidente que era desdichado, y ella habría desea­do que fuera igualmente evidente que aún la dis­tinguía por el mismo afecto que alguna vez estaba segura de haberle inspirado; pero hasta el momento parecía muy dudoso que continuara prefiriéndola, y su actitud reservada hacia ella contradecía en un instante lo que una mirada más animada había in­sinuado el minuto anterior.

A la mañana siguiente las acompañó a ella y a Marianne en la mesa del desayuno antes de que las otras hubieran bajado; y Marianne, siempre an­siosa de impulsar, en lo que le era posible, la feli­cidad de ambos, pronto los dejó solos. Pero no iba aún por la mitad de las escaleras cuando escuchó abrirse la puerta de la sala y, volviéndose, quedó estupefacta al ver que también Edward salía.

Voy al pueblo a ver mis caballos -le dijo-, ya que todavía no estás lista para desayunar; volveré muy luego.
Edward regresó con renovada admiración por la región circundante; su caminata a la aldea ha­bía sido ocasión favorable para ver gran parte del valle; y la aldea misma, ubicada mucho más alto que la casa, ofrecía una visión general de todo el lugar que le había agradado sobremanera. Este era un tema que aseguraba la atención de Marianne, y comenzaba a describir su propia admiración por estos paisajes y a interrogarlo más en detalle so­bre las cosas que lo habían impresionado de ma­nera especial, cuando Edward la interrumpió diciendo:

-No debes preguntar demasiado, Marianne; re­cuerda, no sé nada de lo pintoresco, y te ofenderé con mi ignorancia y falta de gusto si entramos en detalles. ¡Llamaré empinadas a las colinas que de­bieran ser escarpadas! Superficies inusuales y tos­cas, a las que debieran ser caprichosas y ásperas; y de los objetos distantes diré que están fuera de la vista, cuando sólo debieran ser difusos a través del suave cristal de la brumosa atmósfera. Tienes que contentarte con el tipo de admiración que ho­nestamente puedo ofrecer. La llamo una muy her­mosa región: las colinas son empinadas, los bosques parecen llenos de excelente madera, y el valle se ve confortable y acogedor, con ricos pra­dos y varias pulcras casas de granjeros disemina­dos aquí y allá. Corresponde exactamente a mi idea de una agradable región campestre, porque une belleza y utilidad... y también diría que es pinto­resca, porque tú la admiras; fácilmente puedo creer que está llena de roqueríos y promontorios, mus­go gris y zarzales, pero todo eso se pierde conmi­go. No sé nada de pintoresquismo.

-Me temo que hay demasiada verdad en eso -dijo Marianne-; pero, ¿por qué hacer alarde de ello?
-Sospecho -dijo Elinor- que para evitar caer en un tipo de afectación, Edward cae aquí en otra. Como cree que tantas personas pretenden mucho mayor admiración por las bellezas de la naturale­za de la que de verdad sienten, y le desagradan tales pretensiones, afecta mayor indiferencia ante el paisaje y menos discernimiento de los que real­mente posee. Es exquisito y quiere tener una afec­tación sólo de él.

-Es muy cierto -dijo Marianne- que la admira­ción por los paisajes naturales se ha convertido en una simple jerigonza. Todos pretenden admirarse e intentan hacer descripciones con el gusto y la ele­gancia del primero que definió lo que era la belle­za pintoresca. Detesto las jergas de cualquier tipo, y en ocasiones he guardado para mí misma mis sentimientos porque no podía encontrar otro len­guaje para describirlos que no fuera ese que ha sido gastado y manoseado hasta perder todo sentido y significado.

-Estoy convencido -dijo Edward- de que frente a un hermoso panorama realmente sientes todo el placer que dices sentir. Pero, a cambio, tu herma­na debe permitirme no sentir más del que decla­ro. Me gusta una hermosa vista, pero no según los principios de lo pintoresco. No me gustan los ár­boles contraídos, retorcidos, marchitos. Mi admira­ción es mucho mayor cuando son altos, rectos y están en flor. No me gustan las cabañas en ruinas, destartaladas. No soy aficionado a las ortigas o a los cardos o a los brezales. Me da mucho más pla­cer una acogedora casa campesina que una atala­ya; y un grupo de aldeanos pulcros y felices me agrada mucho más que los mejores bandidos del mundo.

Marianne miró a Edward con ojos llenos de sor­presa, y a su hermana con piedad. Elinor se limitó a reír.
Abandonaron el tema, y Marianne se mantuvo en un pensativo silencio hasta quede súbito un objeto capturó su atención. Estaba sentada junto a Edward, y cuando él tomó la taza de té que le- ofre­cía la señora Dashwood, su mano le pasó tan cer­ca que no pudo dejar de observar, muy visible en uno de sus dedos, un anillo que en el centro lle­vaba unos cabellos entretejidos.

-Nunca vi que usaras un anillo antes, Edward -exclamó-. ¿Pertenecen a Fanny esos cabellos? Re­cuerdo que prometió darte algunos. Pero habría pensado que su pelo era más oscuro.

Marianne había manifestado sin mayor reflexión lo que en verdad sentía; pero cuando vio cuánto había turbado a Edward, su propio fastidio ante su falta de consideración fue mayor que la molestia que él sentía. El enrojeció vivamente y, lanzando una rápida mirada a Elinor, replicó:


-Sí, es cabello de mi hermana. El engaste siem­pre le da un matiz diferente, ya sabes.
La mirada de Elinor se había cruzado con la de él, y también pareció turbarse. De inmediato ella pensó, al igual que Marianne, que el cabello le per­tenecía; la única diferencia entre ambas conclusio­nes era que lo que Marianne creía un regalo dado voluntariamente por su hermana, para Elinor ha­bía sido obtenido mediante algún robo o alguna maniobra de la que ella no estaba consciente. Sin embargo, no estaba de humor para considerarlo una afrenta, y mientras cambiaba de conversación pretendiendo así no haber notado lo ocurrido, en su fuero interno resolvió aprovechar de ahí en ade­lante toda oportunidad que se le presentara para mirar ese cabello y convencerse, más allá de toda duda, de que era del mismo color que el suyo.

La turbación de Edward se alargó durante al­gún tiempo, y terminó llevándolo a un estado de abstracción aún más pronunciado. Estuvo especial­mente serio durante toda la mañana. Marianne se reprochaba de la manera más severa por lo que había dicho; pero se habría perdonado con mucho mayor rapidez si hubiera sabido cuán poco había ofendido a su hermana.

Antes de mediodía recibieron la visita de sir John y la señora Jennings, que habiendo sabido de la visita de un caballero a la cabaña, vinieron a echar una mirada al huésped. Con la ayuda de su suegra, sir John no tardó en descubrir que el nom­bre de Ferrars comenzaba con F, y esto dejó abierta para el futuro una veta de chanzas contra la recta Elinor que únicamente porque recién conocían a Edward no explotaron de inmediato. En el momen­to, tan sólo las expresivas miradas que se cruza­ron dieron un indicio a Elinor de cuán lejos había llegado su perspicacia, a partir de las indicaciones de Margaret.

Sir John nunca llegaba a casa de las Dashwood sin invitarlas ya fuera a cenar en la finca al día si­guiente, o tomar té con ellos esa misma tarde. En la ocasión actual, para distracción de su huésped a cuyo esparcimiento se sentía obligado a contri­buir, quiso comprometerlos para ambos.

-Tienen que tomar té con nosotros hoy día -les dijo-, porque estaremos completamente solos; y mañana de todas maneras deben cenar con no­sotros, porque seremos un grupo bastante grande.

La señora Jennings reforzó lo imperioso de la situación, diciendo:
-¿Y cómo saben si no organizan un baile? Y eso sí la tentará a usted, señorita Marianne.

-¡Un baile! protestó Marianne-. ¡Imposible! ¿Quién va a bailar?

-¡Quién! Pero, ustedes, y los Carey y los Whi­taker, con toda seguridad. ¡Cómo! ¿Acaso creía que nadie puede bailar porque una cierta persona a quien no nombraremos se ha ido?

-Con todo el corazón -exclamó sir John- que­rría que Willoughby estuviera entre nosotros de nuevo.
Esto, y el rubor de Marianne, despertaron nue­vas sospechas en Edward.

-¿Y quién es Willoughby? -le preguntó en voz baja a la señorita Dashwood, a cuyo lado se en­contraba.

Elinor le respondió en pocas palabras. El sem­blante de Marianne era mucho más comunicativo. Edward vio en él lo suficiente para comprender no sólo el significado de lo que los otros decían, sino también las expresiones de Marianne que antes lo habían confundido; y cuando sus visitantes se hu­bieron ido, de inmediato se dirigió a ella y, en un susurro, le dijo:

-He estado haciendo conjeturas. ¿Te digo lo que me parece adivinar?

-¿Qué quieres decir?

-¿Te lo digo?

-Por supuesto.

-Pues bien, adivino que el señor Willoughby practica la caza.
Marianne se sintió sorprendida y turbada, pero no pudo dejar de sonreír ante tan tranquila sutile­za y, tras un momento de silencio, le dijo:

-¡Ay, Edward! ¿Cómo puedes...? Pero llegará el día, espero... Estoy segura de que te gustará.

-No lo dudo -replicó él, con un cierto asom­bro ante la intensidad y calor de sus palabras; pues si no hubiera imaginado que se trataba de una bro­ma hecha para diversión de todos sus conocidos, basada nada más que en un algo o una nada en­tre el señor Willoughby y ella, no habría osado mencionarlo.