lunes, 23 de abril de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXII


Marianne, que nunca había sido demasiado tole­rante de cosas como la impertinencia, la vulgari­dad, la inferioridad de índole o incluso las diferencias de gusto respecto de los suyos, en esta ocasión estaba particularmente renuente, dado su estado de ánimo, a encontrar agradables a las se­ñoritas Steele o fomentar sus avances; y a esta in­variable frialdad en su comportamiento, que frustraba todos los intentos que hacían por esta­blecer una relación de intimidad, atribuía Elinor en primer lugar la preferencia por ella que se hizo evi­dente en el trato de ambas hermanas, especialmente de Lucy, que no perdía oportunidad de entablar conversación o de intentar un mayor acercamien­to mediante una fácil y abierta comunicación de sus sentimientos.
Lucy era naturalmente lista; a menudo sus ob­servaciones eran justas y entretenidas, y como com­pañía durante una media hora, con frecuencia Elinor la encontraba agradable. Pero sus capacida­des innatas en nada habían sido complementadas por la educación; era ignorante e inculta, y la in­suficiencia de todo refinamiento intelectual en ella, su falta de información en los asuntos más corrien­tes, no podían pasar inadvertidas a la señorita Dash­wood, a pesar de todos los esfuerzos que hacía la joven por parecer superior. 
Elinor percibía el des­cuido de capacidades que la educación habría he­cho tan respetables, y la compadecía por ello; pero veía con sentimientos mucho menos tiernos la to­tal falta de delicadeza, de rectitud y de integridad de espíritu que traicionaban sus laboriosas y per­manentes atenciones y lisonjas a los Middleton; y no podía encontrar satisfacción duradera en la com­pañía de una persona que a la ignorancia unía la insinceridad, cuya falta de instrucción impedía una conversación entre ellas en condiciones de igual­dad, y cuya conducta hacia los demás quitaba todo valor a cualquier muestra de atención o deferen­cia hacia ella.

-Temo que mi pregunta le pueda parecer ex­traña -le dijo Lucy un día mientras caminaban jun­tas desde la finca a la cabaña-, pero, si me disculpa, ¿conoce personalmente a la madre de su cuñada, la señora Ferrars?

A Elinor la pregunta sí le pareció bastante ex­traña, y así lo reveló su semblante al responder que nunca había visto a la señora Ferrars.

¡Vaya! -replicó Lucy-. Qué curioso, pensaba que la debía haber visto alguna vez en Norland. Entonces quizá no pueda decirme qué clase de mujer es.
-No -respondió Elinor, cuidándose de dar su verdadera opinión de la madre de Edward, y sin grandes deseos de satisfacer lo que parecía una curiosidad impertinente-, no sé nada de ella.

-Con toda seguridad pensará que soy muy ex­traña, por preguntar así por ella -dijo Lucy, obser­vando atentamente a Elinor mientras hablaba-; pero quizá haya motivos... Ojalá me atreviera; pero, así y todo, confío en que me hará la justicia de creer que no es mi intención ser impertinente.

Elinor le dio una respuesta cortés, y camina­ron durante algunos minutos en silencio. Lo rom­pió Lucy, que retomó el tema diciendo de modo algo vacilante:

-No soporto que me crea impertinentemente curiosa; daría cualquier cosa en el mundo antes que parecerle así a una persona como usted, cuya opi­nión me es tan valiosa. Y por cierto no tendría el menor temor de confiar en usted; en verdad apre­ciaría mucho su consejo en una situación tan in­cómoda como ésta en que me encuentro; no se trata, sin embargo, de preocuparla a usted. Lamento que no conozca a la señora Ferrars.

-También yo lo lamentaría -dijo Elinor, atóni­ta-, si hubiera sido de alguna utilidad para usted conocer mi opinión sobre ella. Pero, en verdad, nunca pensé que tuviera usted relación alguna con esa familia y, por tanto, confieso que me sorpren­de algo que indague tanto sobre el carácter de la señora Ferrars.

-Supongo que sí le extraña, y debo decir que no me admira que así sea. Pero si osara explicar­le, no estaría tan sorprendida. La señora Ferrars no es en realidad nada para mí en la actualidad..., pero puede que llegue el momento..., cuán pronto lle­gue, por fuerza depende de ella..., en que nuestra relación sea muy estrecha.
Bajó los ojos al decir esto, dulcemente pudi­bunda, con sólo una mirada de reojo a su compa­ñera para observar el efecto que tenía sobre ella.
-¡Santo cielo! -exclamó Elinor-, ¿a qué se re­fiere? ¿Conoce usted al señor Robert Ferrars? ¿Lo conoce? -y no se sintió demasiado complacida con la idea de tal cuñada.
-No -replicó Lucy-, no al señor Robert Fernars..., no lo he visto en mi vida; pero sí -agregó fijando su mirada en Elinor- a su hermano mayor.

¿Qué sintió Elinor en ese momento? Estupor, que habría sido tan doloroso como agudo era, si no hubiese estado acompañado de una inmedia­ta duda respecto de la declaración que lo origi­naba. Se volvió hacia Lucy en un silencioso asombro, incapaz de adivinar el motivo o finali­dad de tal afirmación; y aunque cambió el color de su rostro, se mantuvo firme en la incredulidad, fuera de todo peligro de un ataque histérico o un desvanecimiento.
-Es natural que se sienta sorprendida -conti­nuó Lucy-, pues con toda seguridad no podría ha­berlo sabido antes; apostaría a que él nunca les dio ni el menor indicio de ello, ni a usted ni a su fa­milia, ya que se suponía era un gran secreto, y pue­do asegurar que de mí no ha salido ni una sola palabra hasta este momento. Ni una sola. persona de mi familia lo sabe, a excepción de Anne, y ja­más se lo habría mencionado a usted si no tuviera la mayor confianza del mundo en su discreción; pensaba que mi comportamiento al hacer tantas preguntas sobre la señora Ferrars debe haber pa­recido tan fuera de lugar que ameritaba una expli­cación. Y no creo que el señor Ferrars se sienta tan disgustado cuando sepa que he confiado en usted, porque me consta que tiene la mejor opi­nión del mundo respecto de toda su familia, y las considera a usted y a la otra señorita Dashwood como si fueran verdaderas hermanas -hizo una pausa.

Elinor permaneció en silencio durante algunos momentos. Su estupor ante lo que oía fue al co­mienzo demasiado grande para ser puesto en pa­labras; pero después de un rato, obligándose a hablar, y a hablar cautelosamente, dijo con un modo tranquilo que ocultaba de manera casi acep­table su sorpresa y ansiedad:

¿Puedo preguntarle si su compromiso es de larga data?

-Hemos estado comprometidos desde hace cua­tro años.

-¡Cuatro años!

-Sí.

Aunque tales palabras la sacudieron profunda­mente, Elinor seguía sin poder creerlas.

-Hasta el otro día -dijo- ni siquiera sabía que se conocieran.

-Sin embargo, nos conocemos desde hace mu­chos años. El estuvo bajo la tutela de mi tío, sabe usted, bastante tiempo.

-¡Su tío!

-Sí, el señor Pratt. ¿Nunca le escuchó mencio­nar al señor Pratt?

-Creo que sí -respondió Elinor, haciendo un esfuerzo cuya intensidad aumentaba a la par de la intensidad de su emoción.

-Estuvo cuatro años con mi tío, que vive en Longstaple, cerca de Plymouth. Fue allí donde nos conocimos, porque mi hermana y yo a menudo nos quedábamos con mi tío, y fue allí que nos com­prometimos, aunque no hasta un año después de que él había dejado de ser pupilo; pero después estaba casi siempre con nosotros. Como podrá ima­ginar, yo era bastante reacia a iniciar tal relación sin el conocimiento y aprobación de su madre; pero también era demasiado joven y lo amaba dema­siado para haber actuado con la prudencia que. debí tener... Aunque usted no lo conoce tan bien como yo, señorita Dashwood, debe haberlo visto lo sufi­ciente para darse cuenta de que es muy capaz de despertar en una mujer un muy sincero afecto.

-Por cierto -respondió Elinor, sin saber lo que decía; pero tras un instante de reflexión, agregó con una renovada seguridad en el honor y amor de Edward, y en la falsedad de su compañera-: ¡Com­prometida con el señor Ferrars! Me confieso tan absolutamente sorprendida frente a lo que dice, que en verdad... le ruego me disculpe; pero con toda seguridad debe haber algún equívoco en cuanto a la persona o el nombre. No podemos estar hablan­do del mismo señor Ferrars.

-No podemos estar hablando de ningún otro -exclamó Lucy sonriendo-. El señor Edward Fe­rrars, el hijo mayor de la señora Ferrars de Park Street, y hermano de su cuñada, la señora de John Dashwood, es la persona a la cual me refiero; debe concederme que es bastante poco probable que yo me equivoque respecto del nombre del hombre de quien depende toda mi felicidad.

-Es extraño -replicó Elinor, sumida en una do­lorosa perplejidad- que nunca le haya escuchado ni siquiera mencionar su nombre.

-No; considerando nuestra situación, no es ex­traño. Nuestro principal cuidado ha sido mantener este asunto en secreto... Usted no sabía nada de mí o de mi familia, y por ello en ningún momen­to podía darse la oportunidad de mencionarle mi nombre; y como siempre él estaba tan temeroso de que su hermana sospechara algo, tenía motivo suficiente para no mencionarlo.
Guardó silencio. Zozobró la seguridad de Eli­nor, pero el dominio sobre sí misma no se hundió con ella.

-Cuatro años han estado comprometidos -dijo con voz firme.

-Sí; y sabe Dios cuánto tiempo más deberemos esperar. ¡Pobre Edward! Se siente bastante desco­razonado -y sacando una pequeña miniatura de su bolsillo, agrega: Para evitar la posibilidad de error, tenga la bondad de mirar este rostro. Por cierto no le hace justicia, pero aun así pienso que no puede 'equivocarse respecto de la persona allí dibujada. Estos tres años lo he llevado encima.

Mientras decía lo anterior, puso la miniatura en manos de Elinor; y cuando ésta vio la pintura, si había podido seguir aferrándose a cualesquiera otras dudas por temor a una decisión demasiado apresurada o su deseo de detectar una falsedad, ahora no podía tener ninguna respecto de que si era el rostro de Edward. Devolvió la miniatura casi de inmediato, reconociendo el parecido.

-Nunca he podido -continuó Lucy- darle a cambio mi retrato, lo que me fastidia enormemen­te; ¡él siempre ha querido tanto tenerlo! Pero es­toy decidida a que me lo hagan en la primera oportunidad que tenga.

-Tiene usted toda la razón -respondió Elinor tranquilamente. Avanzaron algunos pasos en silen­cio. Lucy habló primero.

-Estoy segura -dijo-, no me cabe ninguna duda en absoluto, de que guardará fielmente ese secre­to, porque se imaginará cuán importante es para nosotros que no llegue a oídos de su madre, pues, debo decirlo, ella nunca lo aprobaría. Yo no reci­biré fortuna alguna, y creo saber que es una mu­jer notablemente orgullosa.

-En ningún momento he buscado ser su confi­dente -dijo . Elinor-, pero usted no me hace sino justicia al imaginar que soy de confiar. Su secreto está a salvo conmigo; pero excúseme si manifiesto alguna sorpresa ante tan innecesaria revelación. Al menos debe haber sentido que el enterarme a mí de ese secreto no lo hacía estar más protegido.

Mientras decía esto, miraba a Lucy con gran fi­jeza, con la esperanza de descubrir algo en su sem­blante... quizá la falsedad de la mayor parte de lo que venía diciendo; pero el rostro de Lucy se man­tuvo inmutable.



-Temía haberla hecho pensar que me estaba tomando grandes libertades con usted -le dijo- al contarle todo esto. Es cierto que no la conozco des­de hace mucho, personalmente al menos, pero du­rante bastante tiempo he sabido de usted y de toda su familia por oídas; y tan pronto como la vi, sentí casi como si fuera una antigua conocida. Además, en el caso actual, realmente pensé que le debía al­guna explicación tras haberla interrogado de ma­nera tan detallada sobre la madre de Edward; y por desgracia no tengo un alma a quien pedir conse­jo. Anne es la única persona que está enterada de ello, y no tiene criterio en absoluto; en verdad, me hace mucho más daño que bien, porque vivo en el constante temor de que traicione mi secreto. No sabe mantener la boca cerrada, como se habrá dado .cuenta; y no creo haber tenido jamás tanto pavor como el otro día, cuando sir John mencionó el nombre de Edward, de que fuera a contarlo todo. No puede imaginar por las cosas que paso con todo esto. Ya me sorprende seguir viva después de lo que he sufrido a causa de Edward estos cuatro años. Tanto suspenso e incertidumbre, y viéndolo tan poco... a duras penas nos podemos encontrar más de dos veces al año. No sé cómo no tengo destrozado el corazón.
En ese instante ' sacó su pañuelo; pero Elinor no se sentía demasiado compasiva.,
-A veces -continuó Lucy tras enjugarse los ojos-, pienso si no sería mejor para nosotros dos terminar con todo el asunto por completo -al de­cir esto, miraba directamente a su compañera-. Pero, otras veces, no tengo la fuerza de voluntad suficiente para ello. No puedo soportar la idea de hacerlo tan desdichado, como sé que lo haría la sola mención de algo así. Y también por mi par­te.., con lo querido que me es... no me creo capaz de ello. ¿Qué me aconsejaría hacer en un caso así, señorita Dashwood.? ¿Qué haría usted?
-Perdóneme -replicó Elinor, sobresaltada ante la pregunta-, pero no puedo darle consejo alguno en tales circunstancias. Es su propio juicio el que debe guiarla.

-Con toda seguridad -continuó Lucy tras unos minutos de silencio por ambas partes-, tarde o temprano su madre tendrá que proporcionarle me­dios de vida; ¡pero el pobre Edward se siente tan abatido con todo eso! ¿No le pareció terriblemente desanimado cuando estaba en Barton? Se sentía tan desdichado cuando se marchó de Longstaple para ir donde ustedes, que temí que lo creyeran muy enfermo.

-¿Venía de donde su tío cuando nos visitó?

-¡Oh, sí! Había estado quince días con noso­tros. ¿Creyeron que venía directamente de la ciu­dad?

-No -respondió Elinor, dolorosamente sensible a cada nueva circunstancia que respaldaba la ve­racidad de Lucy-. Recuerdo que nos dijo haber es­tado quince días con unos amigos cerca de Plymouth.

Recordaba también su propia sorpresa en ese entonces, cuando él no agregó nada más sobre esos amigos y guardó silencio total incluso respecto de sus nombres.

¿No pensaron que estaba terriblemente desani­mado? -repitió Lucy.

-En realidad sí, en especial cuando recién lle­gó.

-Le supliqué que hiciera un esfuerzo, temien­do que ustedes sospecharan lo que ocurría; pero le entristeció tanto no poder pasar más de quince días con nosotros, y viéndome tan afectada... ¡Po­bre hombre! Temo le ocurra lo mismo ahora, pues sus cartas revelan un estado de ánimo tan desdi­chado. Supe de él justo antes de salir de Exeter -dijo, sacando de su bolsillo una carta y mostrán­dole la dirección a Elinor sin mayores miramien­tos-. Usted conoce su letra, me imagino; una letra encantadora; pero no está tan bien hecha como acostumbra. Estaba cansado, me imagino, porque había llenado la hoja al máximo escribiéndome.
Elinor vio que era su letra, y no .pudo seguir dudando. El retrato, se había permitido creer, po­día haber sido obtenido de manera fortuita; podía no haber sido regalo de Edward; pero una corres­pondencia epistolar entre ellos sólo podía existir dado un compromiso real; nada sino eso podía au­torizarla. Durante algunos instantes se vio casi de­rrotada... el alma se le fue a los pies y apenas podía sostenerse; pero era obligatoriamente necesario so­breponerse, y luchó con tanta decisión contra la congoja de su espíritu que el éxito fue rápido y, por el momento, completo.

-Escribirnos -dijo Lucy, devolviendo la carta a su bolsillo- es nuestro único consuelo durante es­tas prolongadas separaciones. Sí, yo tengo otro con­suelo en su retrato; pero el pobre Edward ni siquiera tiene eso. Si al menos tuviera mi retrato, dice que le sería más fácil. La última vez que estu­vo en Longstaple le di un mechón de mis cabellos engarzado en un anillo, y eso le ha servido de al­gún consuelo, dice, pero no es lo mismo que un retrato. ¿Quizá le notó ese anillo cuando lo vio?

-Sí lo noté -dijo Elinor, con una voz serena tras la cual se ocultaba una emoción y una congoja mayores de cuanto hubiera sentido antes. Se sen­tía mortificada, turbada, confundida.

Por fortuna para ella habían llegado ya a su tea, y la conversación no pudo continuar. Tras Permanecer con ellas unos minutos, las señoritas Steele volvieron a la finca y Elinor quedó en liber­tad para pensar y sentirse desdichada.

martes, 17 de abril de 2012

PERSONAJES NO TAN AMADOS: WILLIAM COLLINS


Yo se, que por lo menos en algún momento de nuestra vida hemos sido cortejadas por un William Collins, que difícil, que temple de Elizabeth para cortar de tajo toda aspiración por parte de él. 

William Collins , de 25 años, es el primo del Sr. Bennet clérigo y heredero de sus bienes. Era un hombre, alto, de mirada profunda, con un aire grave y estático y modales ceremoniosos. 

El Sr. Collins, hace una visita a los Bennet. El señor Bennet y Elizabeth se divierten al ver la veneración servil a su empleadora, la noble lady Catherine de Bourgh, así como por su naturaleza de auto-importancia y pedante. 
"El señor Collins no era un hombre inteligente, y a las deficiencias de su naturaleza no las había ayudado nada ni su educación ni su vida social. Pasó la mayor parte de su vida bajo la autoridad de un padre inculto y avaro; y aunque fue a la universidad, sólo permaneció en ella los cursos meramente necesarios y no adquirió ningún conocimiento verdaderamente útil."

"por haber sido ordenado en Pascua, he tenido la suerte de ser distinguido con el patronato de la muy honorable lady Catherine de Bourgh, viuda de sir Lewis de Bourgh, cuya generosidad y beneficencia me ha elegido a mí para hacerme cargo de la estimada rectoría de su parroquia, donde mi más firme propósito será servir a Su Señoría con gratitud y respeto, y estar siempre dispuesto a celebrar los ritos y ceremonias instituidos por la Iglesia de Inglaterra."
Pronto se hace evidente que el Sr. Collins ha llegado a Longbourn para elegir una esposa de entre las hermanas Bennet y aun cuando puso sus ojos originalmente en Jane.
 la Sra. Bennet se encargo de desencantarlo al decirle que pronto tendria una propuesta de matrimonio y que no era posible, por lo cual, Collins sólo tenía que sustituir a Jane por Elizabeth y asi fue como Elizabeth fue señalada.
"A poco de haberse sentado, felicitó a la señora Bennet por tener unas hijas tan hermosas; dijo que había oído hablar mucho de su belleza, pero que la fama se había quedado corta en comparación con la realidad; y añadió que no dudaba que a todas las vería casadas a su debido tiempo."






"El señor Collins no era un hombre inteligente, y a las deficiencias de su naturaleza no las había ayudado nada ni su educación ni su vida social. Pasó la mayor parte de su vida bajo la autoridad de un padre inculto y avaro; y aunque fue a la universidad, sólo permaneció en ella los cursos meramente necesarios y no adquirió ningún conocimiento verdaderamente útil."

Debido a su alta autoestima, el Sr. Collins no sospecho que su propuesta de matrimonio iba a ser rechazada.

PROPUESTA RECHAZADA:
"Las razones que tengo para casarme son: 
primero, que la obligación de un clérigo en circunstancias favorables como las mías, es dar ejemplo de matrimonio en su parroquia; segundo, que estoy convencido de que eso contribuirá poderosamente a mi felicidad; y tercero, cosa que tal vez hubiese debido advertir en primer término, que es el particular consejo y recomendación de la nobilísima dama a quien tengo el honor de llamar mi protectora. Por dos veces se ha dignado indicármelo, aun sin habérselo yo insinuado, y el mismo sábado por la noche, antes de que saliese de Hunsford y durante nuestra partida de cuatrillo, mientras la señora Jenkinson arreglaba el silletín de la señorita de Bourgh, me dijo: «Señor Collins, tiene usted que casarse. Un clérigo como usted debe estar casado. Elija usted bien, elija pensando en mí y en usted mismo; procure que sea una persona activa y útil, de educación no muy elevada, pero capaz de sacar buen partido a pequeños ingresos. Éste es mi consejo. Busque usted esa mujer cuanto antes, tráigala a Hunsford y que yo la vea.» Permítame, de paso, decirle, hermosa prima, que no estimo como la menor de las ventajas que puedo ofrecerle, el conocer y disfrutar de las bondades de lady Catherine de Bourgh. Sus modales le parecerán muy por encima de cuanto yo pueda describirle, y la viveza e ingenio de usted le parecerán a ella muy aceptables, especialmente cuando se vean moderados por la discreción y el respeto que su alto rango impone inevitablemente. Esto es todo en cuanto a mis propósitos generales en favor del matrimonio; ya no me queda por decir más, que el motivo de que me haya dirigido directamente a Longbourn en vez de buscar en mi propia localidad, donde, le aseguro, hay muchas señoritas encantadoras. Pero es el caso que siendo como soy el heredero de Longbourn a la muerte de su honorable padre, que ojalá viva muchos años, no estaría satisfecho si no eligiese esposa entre sus hijas, para atenuar en todo lo posible la pérdida que sufrirán al sobrevenir tan triste suceso que, como ya le he dicho, deseo que no ocurra hasta dentro de muchos años. Éste ha sido el motivo, hermosa prima, y tengo la esperanza de que no me hará desmerecer en su estima. Y ahora ya no me queda más que expresarle, con las más enfáticas palabras, la fuerza de mi afecto. En lo relativo a su dote, me es en absoluto indiferente, y no he de pedirle a su padre nada que yo sepa que no pueda cumplir; de modo que no tendrá usted que aportar más que las mil libras al cuatro por ciento que le tocarán a la muerte de su madre. Pero no seré exigente y puede usted tener la certeza de que ningún reproche interesado saldrá de mis labios en cuanto estemos casados.


Debió haberle caído como balde de agua helada la rotunda negación de Elizabeth, pero no tardo mucho en consolarse, pues se olvido tan pronto de ella que se engancho rápidamente con la amiga de Elizabeth: Charlotte Lucas.
Que terrible el hecho de que muchas mujeres hayan sucumbido o sigan sucumbiendo a casarse con un hombre tan distante de caerle bien a alguien como el Sr. Collins, solo para no quedarse solas.


lunes, 16 de abril de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXI

Los Palmer volvieron a Cleveland al día siguiente, y en Barton sólo quedaron las dos familias para invitarse mutuamente. 
Pero esto no duró mucho; Elinor todavía no se sacaba bien de la cabeza a sus últimos visitantes -no terminaba de asombrar­se de ver a Charlotte tan feliz sin mayor motivo; al señor Palmer actuando de manera tan simplona, siendo un hombre capaz; y la extraña discordan­cia que a menudo existía entre marido y mujer-, antes de que el activo celo de sir John y de la se­ñora Jennings en pro de la vida social le ofrecie­ran un nuevo grupo de conocidos de ellos a quienes ver y observar.

Durante un paseo matutino a Exeter se habían encontrado con dos jovencitas a quienes la señora Jennings tuvo la alegría de reconocer como parien­tes, y esto bastó para que sir John las invitara de inmediato a ir a Barton Park tan pronto hubieran cumplido con sus compromisos del momento en Exeter. 
Sus compromisos en Exeter fueron cance­lados de inmediato ante tal invitación, y cuando sir John volvió a la casa indujo una no desprecia­ble alarma en lady Middleton al decirle que pron­to iba a recibir la visita de dos muchachas a las que no había visto en su vida, y de cuya elegan­cia.. incluso de que su trato fuera aceptable, no tenía prueba alguna; porque las garantías que su esposo y su madre podían ofrecerle al respecto no le servían de nada. Que fueran parientes empeo­raba las cosas; y los intentos de la señora Jennings de consolar a su hija con el argumento de que no se preocupara de si eran distinguidas, porque eran primas y debían tolerarse mutuamente, no fueron entonces muy afortunados.
Como ya era imposible evitar su venida, lady Middleton se resignó a la idea de la visita con toda la filosofía de una mujer bien criada, que se con­tenta simplemente con una amable reprimenda al esposo cinco o seis veces al día sobre el mismo tema.
Llegaron las jovencitas, y su apariencia no re­sultó ser en absoluto poco distinguida o sin estilo. Su vestimenta era muy elegante, sus modales eran corteses, se mostraron encantadas con la casa y ex­tasiadas ante el mobiliario, y como ocurrió que los niños les gustaban hasta el embeleso, antes de una hora de su llegada a la finca ya contaban con la aprobación de lady Middleton. 
Afirmó que realmen­te eran unas muchachas muy agradables, lo que para su señoría implicaba una entusiasta admira­ción. Ante tan vivos elogios creció la confianza de sir John en su propio juicio, y partió de inmediato a informar a las señoritas Dashwood sobre la lle­gada de las señoritas Steele y asegurarles que eran las muchachas más dulces del mundo. De recomen­daciones de esta clase, sin embargo, no era mu­cho lo que se podía deducir; Elinor sabía que en todas partes de Inglaterra se podía encontrar a las chicas más dulces del mundo, bajo todos los dis­tintos aspectos, rostros, temperamentos e inteligen­cias posibles. Sir John quería que toda la familia se dirigiera de inmediato a la finca y echara una mirada a sus invitadas. ¡Qué hombre benévolo y filantrópico! Hasta una prima tercera le costaba guardarla sólo para él.

-Vengan ahora -les decía-, se lo ruego; deben venir... no aceptaré una negativa: ustedes sí ven­drán. No se imaginan cuánto les gustarán. Lucy es terriblemente bonita, ¡y tan alegre y de buen ca­rácter! Los niños ya están apegados a ella como si fuera una antigua conocida. Y las dos se mueren de deseos de verlas a ustedes, porque en Exeter escucharon que eran las criaturas más bellas del mundo; les he dicho que era absolutamente cier­to, y mucho más. Estoy seguro de que a ustedes les encantarán ellas. Han traído el coche lleno de juguetes para los niños. ¡Cómo pueden ser tan es­quivas y pensar en no venir! Si de alguna manera son primas suyas, ¿verdad? Porque ustedes son pri­mas mías y ellas lo son de mi esposa, así es que tienen que estar emparentadas.

Pero sir John no logró su objetivo. Tan sólo pudo arrancarles la promesa de ir a la finca den­tro de uno o dos días, y luego partió asombradísi­mo ante su indiferencia, para dirigirse a su casa y alardear nuevamente de las cualidades de las Dash­wood ante las señoritas Steele, tal como había alar­deado de las señoritas Steele ante las Dashwood.

Cuando cumplieron con la prometida visita a la finca y les fueron presentadas las jovencitas, no encontraron en la apariencia de la mayor, que casi rozaba los treinta y tenía un rostro poco agracia­do y para nada despierto, nada que admirar; pero en la otra, que no tenía más de veintidós o vein­titrés años, encontraron sobrada belleza; sus fac­ciones eran bonitas, tenía una mirada aguda y sagaz y una cierta airosidad en su aspecto que, aunque no le daba verdadera elegancia, sí la ha­cía distinguirse. 
Los modales de ambas eran especialmente corteses, y pronto Elinor tuvo que re­conocer algo de buen juicio en ellas, al ver las constantes y oportunas atenciones con que se ha­cían agradables a lady Middleton. Con los niños se mostraban en continuo arrobamiento, ensalzan­do su belleza, atrayendo su atención y compla­ciéndolos en todos sus caprichos; y el poco tiempo que podían quitarle a las inoportunas de­mandas a que su gentileza las exponía, lo dedi­caban a admirar lo que fuera que estuviera haciendo su señoría, en caso de que estuviera ha­ciendo algo, o a copiar el modelo de algún nue­vo vestido elegante que, al verle usar el día antes, las había hecho caer en interminable éxtasis. Por fortuna para quienes buscan adular tocando este tipo de puntos flacos, una madre cariñosa, aun­que es el más voraz de los seres humanos cuan­do se trata de ir a la caza de alabanzas para sus hijos, también es el más crédulo; sus demandas son exorbitantes, pero se traga cualquier cosa; y así, lady Middleton aceptaba sin la menor sorpre­sa o desconfianza las exageradas muestras de afec­to y la paciencia de las señoritas Steele hacia sus hijos. Veía con materna complacencia todas las tro­pelías e impertinentes travesuras a las que se so­metían sus primas. Observaba cómo les desataban sus cintos, les tiraban el cabello que llevaban suel­to alrededor de las orejas, les registraban sus cos­tureros y les sacaban sus cortaplumas y tijeras, y no le cabía ninguna duda acerca de que el placer era mutuo. Parecía indicar que lo único que la sor­prendía era que Elinor y Marianne estuvieran allí sentadas, tan compuestas, sin pedir que las deja­ran formar parte de lo que ocurría.

-John está tan animado hoy! -decía, al ver cómo tomaba el pañuelo de la señorita Steele y lo arrojaba por la ventana-. No deja de hacer trave­suras.

Y poco después, cuando el segundo de sus hi­jos pellizcó violentamente a la misma señorita en un dedo, comentó llena de cariño:

-¡Qué juguetón es William! ¡Y aquí está mi dul­ce Annamaria -agregó, acariciando tiernamente a una niñita de tres años que se había mantenido sin hacer ni un ruido durante los últimos dos minu­tos-. Siempre es tan gentil y tranquila; ¡jamás ha existido una chiquita tan tranquila!

Pero por desgracia, al llenarla de abrazos, un alfiler del tocado de su señoría rasguñó levemente a la niña en el cuello, provocando en este modelo de gentileza tan violentos chillidos que a duras pe­nas podrían haber sido superados por ninguna cria­tura reconocidamente ruidosa. La consternación de su madre fue enorme, pero no pudo superar la alar­ma de las señoritas Steele, y entre las tres hicieron todo lo que en una emergencia tan crítica el afec­to indicaba que debía hacerse para mitigar las ago­nías de la pequeña doliente. La sentaron en el regazo de su madre, la cubrieron de besos; una de las señoritas Steele, arrodillada para atenderla, en­jugó su herida con agua de lavanda, y la otra le llenó la boca con ciruelas confitadas. Con tales re­compensas a sus lágrimas, la niña tuvo la sabidu­ría suficiente para no dejar de llorar. Siguió chillando y sollozando vigorosamente, dio de pa­tadas a sus dos hermanos cuando intentaron tocarla, Y nada de lo que hacían para calmarla tuvo el me­nor resultado, hasta que felizmente lady Middleton recordó que en una escena de similar congoja, la semana anterior, le habían puesto un poco de mer­melada de damasco en una sien que se había ma­gullado; se propuso insistentemente el mismo remedio para este desdichado rasguño, y el ligero intermedio en los gritos de la jovencita al escuchar­lo les dio motivos para esperar que no sería recha­zado. Salió entonces de la sala en brazos de su madre a la búsqueda de esta medicina, y como los dos chicos quisieron seguirlas, aunque su madre les rogó afanosamente que se quedaran, las cuatro jó­venes se encontraron a solas en una quietud que la habitación no había conocido en muchas horas.

-¡Pobre criaturita! -dijo la señorita Steele ape­nas salieron-. Pudo haber sido un accidente muy triste.

-Aunque difícilmente puedo imaginármelo -exclamó Marianne-, a no ser que hubiera ocurri­do en circunstancias muy diferentes. Pero ésta es la manera habitual de incrementar la alarma, cuan­do en realidad no hay nada de qué alarmarse.

-Qué mujer tan dulce es lady Middleton -dijo Lucy Steele.

Marianne se quedó callada. Le era imposible decir algo que no sentía, por trivial que fuera la ocasión; y de esta forma siempre caía sobre Elinor toda la tarea de decir mentiras cuando la cortesía así lo requería. Hizo lo mejor posible, cuando el deber la llamó a ello, por hablar de lady Middle­ton con más entusiasmo del que sentía, aunque fue mucho menor que el de la señorita Lucy.

-Y sir John también -exclamó la hermana ma­yor-. ¡Qué hombre tan encantador!

También en este caso, como la buena opinión que de él tenía la señorita Dashwood no era más que sencilla y justa, se hizo presente sin grandes exageraciones. Tan sólo observó que era de muy buen talante y amistoso.

-¡Y qué encantadora familia tienen! En toda mi vida había visto tan magníficos niños. Créanme que ya los adoro, y eso que en verdad me gustan los niños con locura.

-Me lo habría imaginado -dijo Elinor con una sonrisa-, por lo que he visto esta mañana.

-Tengo la idea -dijo Lucy- de que usted cree a los pequeños Middleton demasiado consentidos; quizá estén al borde de serlo, pero es tan natural en lady Middleton; y por mi parte, me encanta ver niños llenos de vida y energía; no los soporto si son dóciles y tranquilos.

-Confieso -replicó Elinor-, que cuando estoy en Barton Park nunca pienso con horror en niños dóciles y tranquilos.

A estas palabras siguió una breve pausa, rota primero por la señorita Steele, que parecía muy in­clinada a la conversación y que ahora dijo, de ma­nera algo repentina:

-Y, ¿le gusta Devonshire, señorita Dashwood? Supongo que lamentó mucho dejar Sussex.
Algo sorprendida ante la familiaridad de esta pregunta, o al menos ante la forma en que fue he­cha, Elinor respondió que sí le había costado.

-Norland es un sitio increíblemente hermoso, ¿verdad? -agregó la señorita Steele.

-Hemos sabido que sir John tiene una enorme admiración por él -dijo Lucy, que parecía creer que se necesitaba alguna excusa por la libertad con que había hablado su hermana.

-Creo que todos lo que han estado allí tienen que admirarlo -respondió Elinor-, aunque es de suponer que nadie aprecia sus bellezas tanto como nosotras.

-¿Y tenían allá muchos admiradores distingui­dos? Me imagino que en esta parte del mundo no tienen tantos; en cuanto a mí, pienso que siempre son un gran aporte.

-Pero, ¿por qué -dijo Lucy, con aire de sentir­se avergonzada de su hermana- piensas que en Devonshire no hay tantos jóvenes guapos como en Sussex?

-No, querida, por supuesto no es mi intención decir que no los hay. Estoy segura de que hay una gran cantidad de galanes muy distinguidos en Exe­ter; pero, ¿cómo crees que podría saber si hay jó­venes agradables en Norland? Y yo sólo temía que las señoritas Dashwood encontraran aburrido Bar­ton si no encuentran acá tantos como los que acos­tumbraban tener. Pero quizá a ustedes, jovencitas, no les importen los pretendientes, y estén tan a gusto sin ellos como con ellos. Por mi parte, pien­so que son enormemente agradables, siempre que se vistan de manera elegante y se comporten con urbanidad. Pero no soporto verlos cuando son su­cios o antipáticos. Vean, por ejemplo, al señor Rose, de Exeter, un joven maravillosamente elegante, bas­tante apuesto, que trabaja para el señor Simpson, como ustedes saben; y, sin embargo, si uno lo en­cuentra en la mañana, no se lo puede ni mirar. Me imagino, señorita Dashwood, que su hermano era un gran galán antes de casarse, considerando que era tan rico, ¿no es verdad?

-Le prometo -replicó Elinor- que no sabría de­círselo, porque no entiendo bien el significado de la palabra. Pero esto sí puedo decirle: que si algu­na vez él fue un galán antes de casarse, lo es toda­vía, porque no ha habido el menor cambio en él.

-¡Ay, querida! Una nunca piensa en los hom­bres casados como galanes... Tienen otras cosas que hacer.

-¡Por Dios, Anne! -exclamó su hermana-. Sólo hablas de galanes. Harás que la señorita Dashwood crea que no piensas sino en eso.

Luego, para cambiar de tema, comenzó a ma­nifestar su admiración por la casa y el mobiliario.
Esta muestra de lo que eran las señoritas Steele fue suficiente. Las vulgares libertades que se to­maba la mayor y sus insensateces la dejaban sin nada a favor, y como a Elinor ni la belleza ni la sagaz apariencia de la menor le habían hecho per­der de vista su falta de real elegancia y naturali­dad, se marchó de la casa sin ningún deseo de conocerlas más.
No ocurrió lo mismo con las señoritas Steele. Venían de Exeter, bien provistas de admiración por sir John, su familia y todos sus parientes, y ningu­na parte de ella le negaron mezquinamente a las hermosas primas del dueño de casa, de quienes afirmaron ser las muchachas más hermosas, elegan­tes, completas y perfectas que habían visto, y a las cuales estaban particularmente ansiosas de cono­cer mejor. Y en consecuencia, pronto Elinor des­cubrió que conocerlas mejor era su inevitable destino; como sir John estaba por completo de par­te de las señoritas Steele, su lado iba a ser dema­siado fuerte para presentarle alguna oposición e iban a tener que someterse a ese tipo de intimi­dad que consiste en sentarse todos juntos en la mis­ma habitación durante una o dos horas casi a diario. No era más lo que podía hacer sir John, pero no sabía que se necesitara algo más; en su opinión, estar juntos era gozar de intimidad, y mientras sus continuos planes para que todos se reunieran fue­ran eficaces, no le cabía duda alguna de que fue­ran verdaderos amigos.
Para hacerle justicia, hizo todo lo que estaba en su poder para impulsar una relación sin reser­vas entre ellas, y con tal fin dio a conocer a las señoritas Steele todo lo que sabía o suponía respecto de la situación de sus primas en los aspec­tos más delicados; y así Elinor no las había visto más de un par de veces antes de que la mayor de ellas la felicitara por la suerte de su hermana al ha­ber conquistado a un galán muy distinguido tras su llegada a Barton.

-Seguro será una gran cosa haberla casado tan joven -dijo-, y me han dicho que es un gran galán, y maravillosamente apuesto. Y espero que también usted tenga pronto la misma buena suer­te... aunque quizá ya tiene a alguien listo por ahí.

Elinor no podía suponer que sir John fuera más comedido en proclamar sus sospechas acerca de su afecto por Edward, de lo que había sido res­pecto de Marianne; de hecho, entre las dos situa­ciones, la suya era la que prefería para sus chanzas, por su mayor novedad y porque daba mayor pá­bulo a conjeturas: desde la visita de Edward, nun­ca habían cenado juntos sin que él brindara a la salud de las personas queridas de ella, con una voz tan cargada de significados, tantas cabezadas y gui­ños, que no podía menos de alertar a todo el mun­do. Invariablemente se sacaba a colación la letra F, y con ella se habían nutrido tan incontables bro­mas, que hacía ya tiempo se le había impuesto a Elinor su calidad de ser la letra más ingeniosa del alfabeto.

Las señoritas Steele, tal como había imaginado que ocurriría, eran las destinatarias de todas estas bromas, y en la mayor despertaron una gran cu­riosidad por saber el nombre del caballero al que aludían, curiosidad que, aunque a menudo expre­sada con impertinencia, era perfectamente consis­tente con sus constantes indagaciones en los asuntos de la familia Dashwood. Pero sir John no jugó demasiado tiempo con el interés que había gozado en despertar, porque decir el nombre le era tan placentero como escucharlo era para la seño­rita Steele.

-Su nombre es Ferrars -dijo, en un murmullo muy audible-, pero le ruego no decirlo, porque es un gran secreto.

-¡Ferrars! -repitió la señorita Steele-. El señor Ferrars es el tan dichoso personaje, ¿verdad? ¡Vaya! ¿El hermano de su cuñada, señorita Dashwood? Un joven muy agradable, con toda seguridad. Lo co­nozco muy bien.
-¿Cómo puedes decir tal cosa, Anne? -exclamó Lucy, que generalmente corregía todas las declara­ciones de su hermana-. Aunque lo hemos visto una o dos veces en la casa de mi tío, es excesivo pre­tender conocerlo bien.

Elinor escuchó con atención y sorpresa todo lo anterior.
“¿Y quién era este tío? ¿Dónde vivía? ¿Cómo fue que se conocieron?” 
Tenía grandes deseos de que continuaran con el tema, aunque prefirió no unirse a la conversación; pero nada más se dijo al respecto y, por primera vez en su vida, pensó que a la señora Jennings le faltaba o curiosidad tras tan mezquina información, o deseo de manifestar su interés. La forma en que la señorita Steele había hablado de Edward aumentó su curiosidad, porque sintió que lo hacía con algo de malicia y plantaba la sospecha de que ella sabía, o se imaginaba sa­ber, algo en desmerecimiento del joven. Pero su curiosidad fue en vano, porque la señorita Steele no prestó más atención al nombre del señor Fe­rrars cuando sir John aludía a él o lo mencionaba abiertamente.