martes, 29 de mayo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXVII

-Si se mantiene este buen tiempo -dijo la señora Jennings cuando se encontraron al desayuno la mañana siguiente sir John no querrá abandonar Barton la próxima semana; es triste cosa para un deportista perderse un día de placer. ¡Pobrecitos! Los compadezco cuando eso les ocurre... parecen tomárselo tan a pecho.
-Es verdad -exclamó Marianne alegremente, y se encaminó hacia la ventana mientras hablaba, para ver cómo estaba el día-. No había pensado en eso. Este clima hará que muchos deportistas se queden en el campo.
Fue un recuerdo afortunado, que le devolvió todo su buen ánimo.
-En verdad es un tiempo maravilloso para ellos -continuó, mientras se sentaba a la mesa con aire de felicidad-. ¡Cómo estarán disfrutándolo! Pero -otra vez con algo de ansiedad-, no puede espe­rarse que dure demasiado. En esta época del año, y después de tantas lluvias, seguramente no segui­rá así de bueno. Pronto llegarán las heladas, y lo más probable es que sean severas. Quizá en uno o dos días; este clima tan suave no puede seguir mucho más... no, ¡quizá hiele esta noche!
-En todo caso -dijo Elinor, con la intención de impedir que la señora Jennings pudiera descifrar los pensamientos de su hermana tan claramente como ella-, diría que tendremos a sir John y a lady Middleton en la ciudad a fines de la próxima se­mana.
-Claro, querida, te aseguro que así será. Mary siempre se sale con la suya.
“Y ahora”, conjeturó en silencio Elinor, “Marian­ne escribirá a Combe en el correo de hoy”.
Pero si fue que lo hizo, la reserva con que la carta fue escrita y enviada logró eludir la vigilancia de Eli­nor, que no pudo constatar el hecho. Cualquiera fuese la verdad, y lejos como estaba Elinor de sentirse com­pletamente satisfecha al respecto, mientras viera a Marianne de buen ánimo, ella tampoco podía sentir­se muy a disgusto. Y Marianne estaba de buen áni­mo, feliz por la suavidad del clima y más contenta aún con sus expectativas de una helada.
Pasaron la mañana principalmente repartiendo tarjetas de visita en las casas de los conocidos de la señora Jennings para informarles de su vuelta a la ciudad; y todo el tiempo Marianne se mantenía ocupada observando la dirección del viento, vigi­lando las mudanzas del cielo e imaginando que cambiaba la temperatura del aire.
¿No encuentras que está más frío que en la mañana, Elinor? A mí me parece que hay una mar­cada diferencia. Apenas puedo mantener las ma­nos calientes ni siquiera en el manguito. Creo que ayer no estuvo así. Parece que está aclarando tam­bién, luego saldrá el sol y tendremos una tarde des­pejada.
Elinor se sentía a ratos divertida, a ratos ape­nada; pero Marianne no se daba por vencida y cada noche en el resplandor del fuego, y cada mañana en el aspecto de la atmósfera, veía los indudables signos de una cada vez más próxima helada.
Las señoritas Dashwood no tenían más motivos para estar descontentas con la forma de vida y el grupo de relaciones de la señora Jennings que con su comportamiento hacia ellas, que siempre era bon­dadoso. Todos sus arreglos domésticos se hacían se­gún las más generosas disposiciones, y a excepción de unos pocos amigos antiguos de la ciudad, a los cuales, para disgusto de lady Middleton, nunca ha­bía dejado de tratar, no se visitaba con nadie cuyo conocimiento pudiera en absoluto turbar a sus jó­venes acompañantes. Contenta de encontrarse en ese aspecto en mejores condiciones que las que había previsto, Elinor se mostraba muy dispuesta a transi­gir con lo poco entretenidas que resultaban sus re­uniones nocturnas, las cuales tanto en casa como fuera de ella se organizaban sólo para jugar a los naipes, algo que le ofrecía escasa diversión.
El coronel Brandon, invitado permanente a la casa, las acompañaba casi todos los días; venía a contemplar a Marianne y a hablar con Elinor, que a menudo disfrutaba más de la conversación con él que con ningún otro suceso diario, pero al mis­mo tiempo veía con gran preocupación cómo per­sistía el interés que mostraba por su hermana. Temía incluso que fuera cada vez más intenso. Le apenaba ver la ansiedad con que solía observar a Marianne y cómo parecía realmente más desalen­tado que en Barton.
Alrededor de una semana después de su llega­da, fue evidente que también Willoughby se en­contraba en la ciudad. Cuando llegaron de la salida matinal, su tarjeta se encontraba sobre la mesa.
-¡Ay, Dios! -exclamó Marianne-. Estuvo aquí mientras habíamos salido.
Elinor, regocijándose al saber que Willoughby estaba en Londres, se animó a decir:
-Puedes confiar en que mañana vendrá de nuevo.
Marianne apenas pareció escucharla, y al en­trar la señora Jennings, huyó con su preciosa tar­jeta.
Este suceso, junto con levantarle el ánimo a Eli­nor, le devolvió al de su hermana toda, y más que toda su anterior agitación. A partir de ese momen­to su mente no conoció un momento de tranquili­dad; sus expectativas de verlo en cualquier momento del día la inhabilitaron para cualquier otra cosa. A la mañana siguiente insistió en quedarse en casa cuando las otras salieron.
Elinor no pudo dejar de pensar en lo que es­taría pasando en Berkeley Street durante su au­sencia; pero una rápida mirada a su hermana cuando volvieron fue suficiente para informarle que Willoughby no había aparecido por segunda vez. En ese preciso instante trajeron una nota, que dejaron en la mesa.
-¡Para mí! -exclamó Marianne, yendo apresu­radamente hacia ella.
-No, señorita; para mi señora.
Pero Marianne, no convencida, la tomó de in­mediato.
-En verdad es para la señora Jennings. ¡Qué pesadez!
-Entonces, ¿esperas una carta? -dijo Elinor, in­capaz de seguir guardando silencio.
-¡Sí! Un poco... no mucho.
-No confías en mí -dijo Elinor, tras una corta pausa.
-¡Vamos, Elinor! ¡Tú haciendo tal reproche... tú, que no confías en nadie!
-¡Yo! -replicó Elinor, algo confundida-. Es que, Marianne, no tengo nada que decir.
-Tampoco yo -respondió enérgicamente Ma­rianne-; estamos entonces en las mismas condiciones. Ninguna de las dos tiene nada que contar; tú porque no comunicas nada, y yo porque nada es­condo.
Elinor, consternada por esta acusación de exa­gerada reserva que no se sentía capaz de ignorar, no supo, en tales circunstancias, cómo hacer que Marianne se le abriera.
No tardó en aparecer la señora Jennings, y al dársele la nota, la leyó en voz alta. Era de lady Middleton, y en ella anunciaba su llegada a Con­duit Street la noche anterior y solicitaba el placer de la compañía de su madre y sus primas esa tar­de. Ciertos negocios en el caso de sir John, y un fuerte resfrío de su lado, les impedían ir a Berke­ley Street. Fue aceptada la invitación, pero cuando se acercaba la hora de la cita, aunque la cortesía más básica hacia la señora Jennings exigía que am­bas la acompañaran en esa visita, a Elinor se le hizo difícil convencer a su hermana de ir, porque aún no sabía nada de Willoughby y, por lo tanto, esta­ba tan poco dispuesta a salir a distraerse como re­nuente a correr el riesgo de que él viniera en su ausencia.
Al terminar la tarde, Elinor había descubierto que la naturaleza de una persona no se modifica materialmente con un cambio de residencia; pues aunque recién se habían instalado en la ciudad, sir John había conseguido reunir a su alrededor a cerca de veinte jóvenes y entretenerlos con un baile. Lady Middleton, sin embargo, no aprobaba esto. En el campo, un baile improvisado era muy aceptable; pero en Londres, donde la reputación de elegan­cia era más importante y más difícil de ganar, era arriesgar mucho, para complacer a unas pocas mu­chachas, que se supiera que lady Middleton había ofrecido un pequeño baile para ocho o nueve pa­rejas, con dos violines y un simple refrigerio en el aparador.
El señor y la señora Palmer formaban parte de la concurrencia; el primero, al que no habían visto antes desde su llegada a la ciudad dado que él evi­taba cuidadosamente cualquier apariencia de aten­ción hacia su suegra y así jamás se le acercaba, no dio ninguna señal de haberlas reconocido al en­trar. Las miró apenas, sin parecer saber quiénes eran, y a la señora Jennings le dirigió una mera inclinación de cabeza desde el otro lado de la ha­bitación. Marianne echó una mirada a su alrede­dor no bien entró; fue suficiente: él no estaba ahí... y luego se sentó, tan poco dispuesta a dejarse en­tretener como a entretener a los demás. Tras ha­ber estado reunidos cerca de una hora, el señor Palmer se acercó distraídamente hacia las señori­tas Dashwood para comunicarles su sorpresa de verlas en la ciudad, aunque era en su casa que el coronel Brandon había tenido la primera noticia de su llegada, y él mismo había dicho algo muy gra­cioso al saber que iban a venir.
-Creía que las dos estaban en Devonshire -les dijo.
-¿Sí? -respondió Elinor.
-¿Cuándo van a regresar?
-No lo sé.
Y así terminó la conversación.
Nunca en toda su vida había estado Marianne tan poco deseosa de bailar como esa noche, y nun­ca el ejercicio la había fatigado tanto. Se quejó de ello cuando volvían a Berkeley Street.
-Ya, ya -dijo la señora Jennings-, sabemos muy bien a qué se debe eso; si una cierta persona a quien no nombraremos hubiera estado allí, no ha­bría estado ni pizca de cansada; y para decir verdad, no fue muy bonito de su parte no haber ve­nido a verla, después de haber sido invitado.
-¡Invitado! -exclamó Marianne.
-Así me lo ha dicho mi hija, lady Middleton, porque al parecer sir John se encontró con él en alguna parte esta mañana.
Marianne no dijo nada más, pero pareció estar extremadamente herida. Viéndola así y deseosa de hacer algo que pudiera contribuir a aliviar a su her­mana, Elinor decidió escribirle a su madre al día siguiente, con la esperanza de despertar en ella al­gún temor por la salud de Marianne y, de esta for­ma, conseguir que hiciera las averiguaciones tan largamente pospuestas; y su determinación se hizo más fuerte cuando en la mañana, después del de­sayuno, advirtió que Marianne le estaba escribien­do de nuevo a Willoughby, pues no podía imaginar que fuera a ninguna otra persona.
Cerca del mediodía, la señora Jennings salió sola por algunas diligencias y Elinor comenzó de inmediato la carta, mientras Marianne, demasiado inquieta para concentrarse en ninguna ocupación, demasiado ansiosa para cualquier conversación, paseaba de una a otra ventana o se sentaba junto al fuego entregada a tristes cavilaciones. Elinor puso gran esmero en su apelación a su madre, contán­dole todo lo que había pasado, sus sospechas so­bre la inconstancia de Willoughby, y apelando a su deber y a su afecto la urgió a que exigiera de Marianne una explicación de su verdadera situa­ción con respecto al joven.
Apenas había terminado su carta cuando una llamada a la puerta las previno de la llegada de un visitante, y a poco les anunciaron al coronel Brandon.
 Marianne, que lo había visto desde la ven­tana y que en ese momento odiaba cualquier com­pañía, abandonó la habitación antes de que él en­trara. Se veía el coronel más grave que de costum­bre, y aunque manifestó satisfacción por encontrar a la señorita Dashwood sola, como si tuviera algo especial que decirle, se sentó durante un rato sin emitir palabra. Elinor, convencida de que tenía algo que comunicarle que le concernía a su hermana, esperó con impaciencia que él se franqueara. No era la primera vez que sentía el mismo tipo de cer­teza, pues más de una vez antes, iniciando su co­mentario con la observación “Su hermana no tiene buen aspecto hoy”, o “Su hermana tiene aspecto desanimado”, había parecido estar a punto de re­velar, o de indagar, algo en particular acerca de ella. Tras una pausa de varios minutos, el coronel rom­pió el silencio preguntándole, en un tono que re­velaba una cierta agitación, cuándo tendría que felicitarla por la adquisición de un hermano. Elinor no estaba preparada para tal pregunta, y al no tener una pronta respuesta, se vio obligada a re­currir al simple pero común expediente de pregun­tarle a qué se refería.
El intentó sonreír al responderle: “El compromiso de su hermana con el señor Willoughby es algo sabido por todos”.

-No pueden saberlo todos -respondió Elinor-, porque su propia familia no lo sabe.
El pareció sorprenderse, y le dijo:
-Le ruego me disculpe, temo que mi pregunta haya sido impertinente; pero no pensé que se qui­siera mantener nada en secreto, puesto que se co­rresponden abiertamente y todos hablan de su boda.
¿Cómo es posible? ¿A quién se lo ha oído men­cionar?
-A muchos... a algunos a quienes usted no co­noce, a otros que le son muy cercanos: la señora Jennings, la señora Palmer y los Middleton. Pero aun así no lo habría creído (porque cuando la mente no quiere convencerse, siempre encontrará algo en qué sustentar sus dudas), si hoy no hubie­ra visto accidentalmente en manos del criado que me abrió, una carta dirigida al señor Willoughby, con letra de su hermana. Yo venía a preguntar, pero me convencí antes de poder plantear la pre­gunta. ¿Está todo ya resuelto finalmente? ¿Es po­sible que...? Pero no tengo ningún derecho, y ninguna posibilidad de éxito. Perdóneme, señori­ta Dashwood. Creo que no ha sido correcto de mi parte decir tanto, pero no sé qué hacer y con­fío absolutamente en su prudencia. Dígame que todo es ya irrevocable, que cualquier intento... que, en suma, disimular, si es que el disimulo es posible, es todo lo que queda.
Estas palabras, que fueron para Elinor una tan directa confesión del amor del coronel por su her­mana, la afectaron profundamente. En el momen­to no fue capaz de decir nada, y aun cuando recobró el ánimo, se debatió durante un breve tiem­po intentando descubrir cuál sería la respuesta más adecuada. El verdadero estado de las cosas entre Willoughby y su hermana le era tan desconocido, que al intentar explicarlo bien podía decir dema­siado, o demasiado poco.
Sin embargo, como es­taba convencida de que el afecto de Marianne por Willoughby, sin importar cuál fuese el resultado de ese afecto, no dejaba al coronel Brandon esperan­za alguna de triunfo, y al mismo tiempo deseaba protegerla de toda censura, después de pensarlo un rato decidió que sería más prudente y conside­rado decir más de lo que realmente creía o sabía. Admitió, entonces, que aunque ellos nunca le ha­bían informado sobre qué tipo de relaciones tenían, a ella no le cabía duda alguna sobre su mutuo afec­to y no le extrañaba saber que se escribían.
El coronel la escuchó en atento silencio, y al terminar ella de hablar, de inmediato se levantó de su asiento y tras decir con voz emocionada, “Le deseo a su hermana toda la felicidad imaginable; y a Willoughby, que se esfuerce por merecerla...”, se despidió y se fue.
Esta conversación no logró dar alivio a Elinor ni menguar la inquietud de su mente en relación con otros aspectos; al contrario, quedó con una tris­te impresión de la desdicha del coronel y ni siquiera pudo desear que esa infelicidad desapareciera, dada su ansiedad por que se diera el acontecimiento mis­mo que iba a corroborarla.

lunes, 21 de mayo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXVI

Al verse en el carruaje con la señora Jennings, e iniciando un viaje a Londres bajo su protección y como su huésped, Elinor no pudo dejar de cavi­lar sobre su propia situación: 
¡tan breve era el tiempo que la conocían, tan poco compatibles en edad y temperamento, y tantas objeciones había levantado ella contra este viaje tan sólo unos días antes! Pero todas estas objeciones habían sucum­bido, avasalladas ante ese feliz entusiasmo juvenil que tanto Marianne como su madre compartían; y Elinor, a pesar de sus ocasionales dudas sobre la constancia de Willoughby, no podía contemplar el arrobamiento de la maravillosa espera a que estaba entregada Marianne, desbordándole en el alma e iluminándole los ojos, sin sentir cuán va­cías eran sus propias perspectivas, cuán falto de alegría su propio estado de ánimo comparado con el de ella, y cuán gustosamente viviría igual an­siedad que Marianne si con ello pudiese tener igual vivificante objetivo, igual posibilidad de es­peranza. Pero ahora faltaba poco, muy poco tiem­po, para saber cuáles eran las intenciones de Willoughby: con toda seguridad ya se encontraba en la ciudad. La ansiedad por partir que mostra­ba Marianne era clara señal de su confianza en encontrarlo allí; y Elinor estaba decidida no sólo a averiguar todo lo que pudiera sobre el carácter del joven, ya fuera a través de sus propias obser­vaciones o de lo que otros pudieran informarle, sino también a vigilar su conducta hacia su her­mana con atención tan celosa que le permitiera estar segura de lo que él era y de sus propósitos antes de que se hubieran reunido muchas veces. Si el resultado de sus observaciones fuera desfavorable, estaba decidida a abrirle los ojos a su hermana del modo que fuese; si no era así, la tarea que tendría por delante sería diferente: de­bería aprender a evitar las comparaciones egoís­tas y desterrar de ella todo pesar que pudiera menguar su satisfacción por la felicidad de Ma­rianne.
El viaje duró tres días, y el comportamiento de Marianne durante todo el recorrido constituyó una buena muestra de lo que podría esperarse en el futuro de su deferencia y afabilidad hacia la seño­ra Jennings. Guardó silencio durante casi todo el camino, envuelta en sus propias cavilaciones y no hablando casi nunca por propia voluntad, excepto cuando algún objeto de belleza pintoresca apare­cía ante su vista arrancándole alguna expresión de gozo, que dirigía exclusivamente a su hermana. Para compensar esta conducta, sin embargo, Eli­nor asumió de inmediato el deber de cortesía que se había impuesto como tarea, fue extremadamen­te atenta con la señora Jennings, conversó con ella, se rió con ella y la escuchó siempre que le era po­sible; y la señora Jennings, por su parte, las trató a ambas con toda la bondad imaginable, se preocu­pó en todo momento de que estuvieran cómodas y entretenidas, y sólo la disgustó no lograr que eli­gieran su propia cena en la posada ni poder obli­garlas a confesar si preferían el salmón o el bacalao, el pollo cocido o las chuletas de ternera. Llegaron a la ciudad alrededor de las tres de la tarde del tercer día, felices de liberarse, tras un viaje tan pro­longado, del encierro del carruaje, y listas a dis­frutar del lujo de un buen fuego.
La casa era hermosa y estaba hermosamente equipada, y de inmediato pusieron a disposición de las jóvenes una habitación muy confortable.
Había pertenecido a Charlotte, y sobre la repisa de la chimenea aún colgaba un paisaje hecho por ella en sedas de colores, prueba de haber pasado siete años en un gran colegio de la ciudad, con algu­nos resultados.
Como la cena no iba a estar lista antes de dos horas después de su llegada, Elinor quiso ocupar ese lapso en escribirle a su madre, y se sentó dis­puesta a ello. Poco minutos después Marianne hizo lo mismo.
-Yo estoy escribiendo a casa, Marianne -le dijo Elinor-; ¿no sería mejor que dejaras tu carta para uno o dos días más?
-No le voy a escribir a mi madre -replicó Ma­rianne apresuradamente, y como queriendo evitar más preguntas.
Elinor no le dijo nada más; en seguida se le ocurrió que debía estarle escribiendo a Willoughby y de inmediato concluyó que, sin importar el mis­terio en que pudieran querer envolver sus relacio­nes, debían estar comprometidos. Esta convicción, aunque no por completo satisfactoria, la compla­ció, y continuó su carta con la mayor presteza. Ma­rianne terminó la suya en unos pocos minutos; en extensión, no podía ser más de una nota; la do­bló, la selló y escribió las señas con ansiosa rapi­dez. Elinor pensó que podía distinguir una gran W en la dirección, y acababa de terminar cuando Ma­rianne, tocando la campanilla, pidió al criado que la atendió que hiciera llegar esa carta al correo de dos peniques. Con esto se dio por terminado el asunto.
Marianne seguía de muy buen ánimo, pero ale­teaba en ella una inquietud que impedía que su hermana se sintiera completamente satisfecha, y esta inquietud aumentó con el correr de la tarde.
Apenas pudo probar bocado durante la cena, y cuando después volvieron a la sala parecía escu­char con enorme ansiedad el ruido de cada carruaje que pasaba.
Fue una gran tranquilidad para Elinor que la señora Jennings, por estar ocupada en sus habita­ciones, no pudiera ver lo que ocurría. Trajeron las cosas para el té, y ya Marianne había tenido más de una decepción ante los golpes en alguna puer­ta vecina, cuando de repente se escuchó uno muy fuerte que no podía confundirse con alguno en otra casa. Elinor se sintió segura de que anunciaba la llegada de Willoughby, y Marianne, levantándose de un salto, se dirigió hacia la puerta. Todo estaba en silencio; no duró más de algunos segundos, ella abrió la puerta, avanzó unos pocos pasos hacia la escalera, y tras escuchar durante medio minuto vol­vió a la habitación en ese estado de agitación que la certeza de haberlo oído naturalmente produci­ría. En medio del éxtasis alcanzado por sus emo­ciones en ese instante, no pudo evitar exclamar:
-¡Oh, Elinor, es Willoughby, estoy segura de que es él!
Parecía casi a punto de arrojarse en los brazos de él, cuando apareció el coronel Brandon.
 Fue un golpe demasiado grande para soportarlo con serenidad, y de inmediato Marianne abando­nó la habitación. Elinor también estaba decepcio­nada; pero, al mismo tiempo, su aprecio por el coronel Brandon le permitió darle la bienvenida, y le dolió de manera muy especial que un hom­bre que mostraba un interés tan grande en su her­mana advirtiera que todo lo que ella experimentaba al verlo era pesar y desilusión. En seguida obser­vó que para él no había pasado inadvertido, que incluso había mirado a Marianne cuando abando­naba la habitación con tal asombro y preocupación, que casi le habían hecho olvidar lo que la cortesía exigía hacia ella.
-¿Está enferma su hermana? -le preguntó.
Elinor respondió con algo de turbación que sí lo estaba, y luego se refirió a dolores de cabeza, desánimo y excesos de fatiga, y a todo lo que de­centemente pudiera explicar el comportamiento de su hermana.
La escuchó él con la más intensa atención, pero, aparentando tranquilizarse, no habló más del asunto y comenzó a explayarse en torno a su placer de verlas en Londres, con las usuales preguntas sobre el viaje y los amigos que habían dejado atrás.
Así, de manera sosegada, sin gran interés por ninguna de las partes, siguieron hablando, ambos desalentados y con la cabeza puesta en otras co­sas. Elinor tenía grandes deseos de preguntar si Willoughby se encontraba en la ciudad, pero te­mía apenarlo con preguntas sobre su rival; hasta que finalmente, por decir algo, le preguntó si ha­bía estado en Londres desde la última vez que se habían visto.
-Sí -replicó él, ligeramente turbado-, casi todo el tiempo desde entonces; he estado una o dos ve­ces en Delaford por unos pocos días, pero nunca he podido volver a Barton.
Esto, y el modo en que fue dicho, de inmedia­to le recordó a Elinor todas las circunstancias de su partida de ese sitio, con la inquietud y sospe­chas que habían despertado en la señora Jennings, y temió que su pregunta hubiera dado a entender una curiosidad por ese tema mucho mayor de la que alguna vez hubiera sentido.
La señora Jennings no tardó en aparecer en la sala.
-¡Ay, coronel! -le dijo, con su ruidosa alegría habitual-, estoy terriblemente feliz de verlo... dis­cúlpeme si no vine antes... le ruego me excuse, pero he tenido que revisar un poco por aquí y arre­glar mis asuntos, porque hace mucho que no es­taba en casa, y usted sabe que siempre hay un mundo de pequeños detalles que atender cuando uno ha estado alejada por un tiempo; y luego he tenido que ver las cosas de Cartwright. ¡Cielos, he estado trabajando como una hormiga desde la hora de la cena! Pero, cuénteme, coronel, ¿cómo fue a adivinar que estaría en la ciudad hoy día?
-Tuve el placer de escucharlo en la casa del señor Palmer, donde he estado cenando.
-¡Ah, así fue! Y, ¿cómo están todos ahí? ¿Cómo está Charlotte? Podría asegurarle que ya debe es­tar de un buen tamaño a estas alturas.
-La señora Palmer se veía muy bien, y me en­cargó decirle que de todas maneras la verá ma­ñana.
-Claro, seguro, así lo pensé. Bien, coronel, he traído a dos jóvenes conmigo, como puede ver... quiero decir, puede ver sólo a una de ellas, pero hay otra en alguna parte. Su amiga, la señorita Ma­rianne, también... como me imagino que no lamen­tará saber. No sé cómo se las arreglarán entre usted y el señor Willoughby respecto de ella. Sí, es una gran cosa ser joven y guapa. Bueno, alguna vez fui joven, pero nunca fui muy guapa... mala suer­te para mí. No obstante, me conseguí un muy buen esposo, y vaya a saber usted si la mayor de las be­llezas puede hacer más que eso. ¡Ah, pobre hom­bre! Ya lleva muerto ocho años, y está mejor así. Pero, coronel, ¿dónde ha estado desde que deja­mos de vemos? ¿Y cómo van sus asuntos? Vamos, vamos, que no haya secretos entre amigos.
El coronel respondió con su acostumbrada mansedumbre a todas sus preguntas, pero sin sa­tisfacer su curiosidad en ninguna de ellas. Elinor había comenzado a preparar el té, y Marianne se vio obligada a volver a la habitación.

Tras su entrada el coronel Brandon se puso más pensativo y silencioso que antes, y la señora Jen­nings no pudo convencerlo de que se quedara más rato. Esa tarde no llegó ningún otro visitante, y las damas estuvieron de acuerdo en irse a la cama tem­prano.
Marianne se levantó al día siguiente con reno­vados ánimos y aire contento. Parecía haber olvi­dado la decepción de la tarde anterior ante las expectativas de lo que podía ocurrir ese día. No hacía mucho que habían terminado su desayuno cuando el birlocho de la señora Palmer se detuvo ante la puerta, y pocos minutos después entró rien­do a la habitación, tan encantada de verlos a to­dos, que le era difícil decir si su placer era mayor por ver a su madre o de nuevo a las señoritas Dash­wood. ¡Tan sorprendida de su llegada a la ciudad, aunque más bien era lo que había estado esperan­do todo ese tiempo! ¡Tan enojada porque habían aceptado la invitación de su madre tras rehusar la de ella, aunque al mismo tiempo jamás las habría perdonado si no hubieran venido!
-El señor Palmer estará tan contento de verlas -dijo-; ¿qué creen que dijo cuando supo que ve­nían con mamá? En este momento no recuerdo qué fue, ¡pero fue algo tan gracioso!
Tras una o dos horas pasadas en lo que su ma­dre llamaba una tranquila charla o, en otras pala­bras, innumerables preguntas de la señora Jennings sobre todos sus conocidos, y risas sin motivo de la señora Palmer, la última propuso que todas la acompañaran a algunas tiendas donde tenía que hacer esa mañana, a lo cual la señora Jennings y Elinor accedieron prontamente, ya que también te­nían algunas compras que hacer; y Marianne, aun­que declinó la invitación en un primer momento, se dejó convencer de ir también.
Era evidente que, dondequiera fuesen, ella es­taba siempre alerta. En Bond Street, especialmente, donde se encontraba la mayor parte de los lugares que debían visitar, sus ojos se mantenían en cons­tante búsqueda; y en cualquier tienda a la que en­trara el grupo, ella, absorta en sus pensamientos, no lograba interesarse en nada de lo que tenía enfren­te y que ocupaba a las demás. Inquieta e insatisfe­cha en todas partes, su hermana no logró que le diera su opinión sobre ningún artículo que quisiera comprar, aunque les atañera a ambas; no disfrutaba de nada; tan sólo estaba impaciente por volver a casa de nuevo, y a duras penas logró controlar su mo­lestia ante el tedio que le producía la señora Pal­mer, cuyos ojos quedaban atrapados por cualquier cosa bonita, cara o novedosa; que se enloquecía por comprar todo, no podía decidirse por nada, y per­día el tiempo entre el éxtasis y la indecisión.
Ya estaba avanzada la mañana cuando volvie­ron a casa; y no bien entraron, Marianne corrió an­siosamente escaleras arriba, y cuando Elinor la siguió, la encontró alejándose de la mesa con des­consolado semblante, que muy a las claras decía que Willoughby no había estado allí.
-¿No han dejado ninguna carta para mí desde que salimos? -le preguntó al criado que en ese momento entraba con los paquetes. La respuesta fue negativa-. ¿Está seguro? -le dijo-. ¿Está seguro de que ningún criado, ningún conserje ha dejado ninguna carta, ninguna nota?
El hombre le respondió que no había venido nadie.
-¡Qué extraño! -dijo Marianne en un tono bajo y lleno de desencanto, a tiempo que se alejaba ha­cia la ventana.
“¡En verdad, qué extraño!”, dijo Elinor para sí, mirando a su hermana con gran inquietud. “Si ella no supiera que él está en la ciudad, no le habría escrito como lo hizo; le habría escrito a Combe Magna; y si él está en la ciudad, ¡qué extraño que no haya venido ni escrito! ¡Ah, madre querida, de­bes estar equivocada al permitir un compromiso tan dudoso y oscuro entre una hija tan joven y un hom­bre tan poco conocido! ¡Me muero por preguntar, pero cómo tomarán que yo me entrometa!”

Decidió, tras algunas consideraciones, que si las apariencias se mantenían durante muchos días tan ingratas como lo eran en ese momento, le haría ver a su madre con la mayor fuerza posible la ne­cesidad de investigar seriamente el asunto.
La señora Palmer y dos damas mayores, cono­cidas íntimas de la señora Jennings, a quienes ha­bía encontrado e invitado en la mañana, cenaron con ellas. La primera las dejó poco después del té para cumplir sus compromisos de la noche; y Eli­nor se vio obligada a completar una mesa de whist para las demás. Marianne no aportaba nada en es­tas ocasiones, pues nunca había aprendido ese jue­go, pero aunque así quedaron las horas de la tarde a su entera disposición, no le fueron de mayor pro­vecho en cuanto a distracción de lo que fueron para Elinor, porque transcurrieron para ella cargadas de toda la ansiedad de la espera y el dolor de la de­cepción._ A ratos intentaba leer durante algunos mi­nutos; pero pronto arrojaba a un lado el libro y se entregaba nuevamente a la más interesante ocupación de recorrer la habitación de un lado a otro, una y otra vez, deteniéndose un momento cada vez que llegaba a la ventana, con la esperanza de es­cuchar el tan ansiado toque en la puerta.

viernes, 11 de mayo de 2012

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXV

Aunque la señora Jennings acostumbraba pasar gran parte del año en las casas de sus hijos y ami­gos, no carecía de una vivienda permanente de su propiedad. 
Desde la muerte de su esposo, que ha­bía comerciado con éxito en una parte menos ele­gante de la ciudad, pasaba todos los inviernos en una casa ubicada en una de las calles cercanas a Portman Square. Hacia ella comenzó a dirigir sus pensamientos al aproximarse enero, y a ella un día, repentinamente y sin que se lo hubieran espera­do, invitó a las dos señoritas Dashwood mayores para que la acompañaran. 
Elinor, sin observar los cambios de color en el rostro de su hermana y la animada expresión de sus ojos, que revelaban que el plan no le era indiferente, rehusó de inmediato, agradecida pero terminantemente, a nombre de las dos, creyendo estar haciéndose cargo de un deseo compartido. 

El motivo al que recurrió fue su firme decisión de no dejar a su madre en esa época del año. La señora Jennings recibió el rechazo de su invitación con algo de sorpresa, y la repitió de in­mediato.

-¡Ay, Dios! Estoy segura de que su madre pue­de pasarse muy bien sin ustedes, y les ruego me concedan el favor de su compañía, porque he pues­to todas mis esperanzas en ello. No se imaginen que van a ser ninguna molestia para mí, porque no haré nada fuera de lo que acostumbro para aten­derlas. Sólo significará enviar a Betty en el coche de posta, y confío en que eso sí puedo permitir­melo. Nosotras tres iremos muy cómodas en mi ca­lesín; y cuando estemos en la ciudad, si no desean ir a donde yo voy, santo y bueno, siempre pue­den salir con alguna de mis hijas. Estoy segura de que su madre no se opondrá a ello, pues he teni­do tanta suerte en sacarme a mis hijos de las ma­nos, que me considerará una persona muy adecuada para estar a cargo de ustedes; y si no con­sigo casar bien al menos a una de ustedes antes de dar por terminado el asunto, no será por causa mía. Les hablaré bien de ustedes a todos los jóve­nes, pueden estar seguras.

-Tengo la idea -dijo sir John- de que la seño­rita Marianne no se opondría a tal plan, si su her­mana mayor accediera a él. Es muy duro, en verdad, que no pueda distraerse un poco, sólo por­que la señorita Dashwood no lo desea. Así que les recomendaría a ustedes dos que partan a la ciu­dad cuando se cansen de Barton, sin decirle una palabra sobre ello a la señorita Dashwood.

-No -exclamó la señora Jennings-, estoy segura de que estaré terriblemente contenta de la compa­ñía de la señorita Marianne, vaya o no vaya la se­ñorita Dashwood, sólo que mientras más, mayor es la alegría, digo yo, y pensé que sería más có­modo para ellas estar juntas; porque si se cansan de mí, pueden hablar entre ellas, y reírse de mis rarezas a mis espaldas. Pero una u otra, si no am­bas, debo tener. ¡Que Dios me bendiga! Cómo pue­den imaginarse que puedo vivir andando por ahí sola, yo que hasta este invierno siempre he estado acostumbrada a tener a Charlotte conmigo. Vamos, señorita Marianne, démonos las manos para sellar este trato, y si la señorita Dashwood cambia de opinión luego, tanto mejor.

-Le agradezco, señora, de todo corazón le agra­dezco -dijo Marianne calurosamente-; su invitación ha comprometido mi gratitud para siempre, y po­der aceptarla me haría tan feliz... sí, sería casi la máxima felicidad que puedo imaginar. Pero mi ma­dre, mi queridísima, bondadosa madre... creo que es muy justo lo que Elinor ha planteado, y si nues­tra ausencia la fuera a hacer menos feliz, le fuera a restar comodidad... ¡Oh, no! Nada podría indu­cirme a dejarla. Esto no puede significar, no debe significar un conflicto.

La señora Jennings volvió a repetir cuán segu­ra estaba de que la señora Dashwood podría pa­sarse muy bien sin ellas; y Elinor, que ahora comprendía a su hermana y veía cuán indiferente a casi todo lo demás la hacía su ansiedad por vol­ver a ver a Willoughby, no planteó ninguna otra objeción directa al plan; se limitó a referirlo a la voluntad de su madre, de quien, sin embargo, no esperaba recibir gran apoyo en su esfuerzo por im­pedir una visita que tan inconveniente le parecía para Marianne, y que también por su propio bien tenía especial interés en evitar. En todo lo que Ma­riana deseaba, su madre estaba ansiosa por com­placerla; no podía esperar inducir a esta última a comportarse con cautela en un asunto respecto del cual nunca había podido inspirarle desconfianza, y no se atrevía a explicar la causa de su propia renuencia a ir a Londres. Que Marianne, quisqui­llosa como era, perfectamente al tanto de la forma de conducirse de la señora Jennings que tanto la desagradaba, en sus esfuerzos por lograr su obje­tivo estuviera dispuesta a pasar por alto todas las molestias de ese tipo y a ignorar lo que más la irri­taba en su sensibilidad, era una prueba tal, tan fuer­te, tan plena, de la importancia que daba a ese objetivo, que a pesar de todo lo ocurrido sorpren­dió a Elinor, como si nada la hubiera preparado para presenciarlo.

Cuando le contaron sobre la invitación, la se­ñora Dashwood, convencida de que tal salida po­dría significar muchas diversiones para sus dos hijas y percibiendo a través de todas las cariñosas aten­ciones de Marianne cuán ilusionada estaba con el viaje, no quiso ni oír que rehusaran el ofrecimien­to por causa de ella; insistió en que aceptaran de inmediato y comenzó a imaginar, con su habitual alegría, las diversas ventajas que para todas ellas resultarían de esta separación.

-Me encanta este plan -exclamó-, es exactamen­te lo que yo habría deseado. A Margaret y a mí nos beneficiará tanto como a ustedes. Cuando ustedes y los Middleton se hayan ido, ¡qué tranquilas y feli­ces lo pasaremos juntas, con nuestros libros y nuestra música! ¡Encontrarán tan crecida a Margaret cuando vuelvan! Y también tengo un pequeño plan de arre­glo de los dormitorios de ustedes, que ahora podré llevar a cabo sin incomodarlas. Me parece que tie­nen que ir a la ciudad; a mi juicio, todas las jóve­nes en las condiciones de vida que ustedes tienen deben conocer las costumbres y diversiones de Lon­dres. Estarán al cuidado de una buena mujer, muy maternal, de cuya bondad no me cabe la menor duda. Y lo más probable es que vean a su herma­no, y cualesquiera sean sus defectos, o los de su esposa, cuando pienso de quién es hijo, no quisie­ra verlos tan alejados unos de otros.

-Aunque con su habitual preocupación por nuestra felicidad -dijo Elinor- ha estado obviando todos los obstáculos a este plan que ha podido ima­ginar, persiste una objeción que, en mi opinión, no puede ser despachada tan fácilmente.

Un enorme desaliento apareció en el rostro de Marianne.

-¿Y qué es -dijo la señora Dashwood- lo que mi querida y prudente Elinor va a sugerir? ¿Qué obstáculo formidable es el que nos va a poner por delante? No quiero escuchar ni una palabra sobre el costo que tendrá.

-Mi objeción es ésta: aunque tengo muy bue­na opinión de la bondad de la señora Jennings, no es el tipo de mujer cuya compañía vaya a sernos placentera, o cuya protección eleve nuestro rango.

-Eso es muy cierto -respondió su madre-, pero en su sola compañía, sin otras personas, casi no estarán, y casi siempre aparecerán en público con lady Middleton.

-Si Elinor desiste de ir por el desagrado que le produce la señora Jennings -dijo Marianne-, al menos que eso no impida que yo acepte su invita­ción. No tengo tales escrúpulos y estoy segura de que puedo tolerar sin mayor esfuerzo todos los in­convenientes de ese tipo.

Elinor no pudo evitar sonreír ante este desplie­gue de indiferencia respecto del comportamiento social de una persona hacia la cual tantas veces le había costado conseguir de Marianne al menos una aceptable cortesía, y en su interior decidió que si su hermana se empeñaba en ir, también ella iría, pues no creía correcto dejar a Marianne en situa­ción de guiarse únicamente por su propio juicio, o dejar a la señora Jennings a merced de Marian­o como todo solaz en sus horas hogareñas. Tal decisión le fue más fácil de aceptar al recordar que Edward Ferrars, según lo informado por Lucy, no iba a estar en la ciudad antes de febrero, y que para ese entonces la permanencia de ella y de su hermana, sin tener que acortarla de ninguna ma­nera absurda, ya habría terminado.

-Quiero que las dos vayan -dijo la señora Dash­wood-; estas objeciones son un disparate. Se en­tretendrán mucho en Londres, y más aún si están juntas; y si Elinor alguna vez condescendiera a aceptar de antemano la posibilidad de disfrutar, vería que en la ciudad podría hacerlo de innume­rables maneras; incluso hasta podría agradarle la oportunidad de mejorar sus relaciones con la fa­milia de su cuñada.
A menudo Elinor había deseado que se le pre­sentase la ocasión de ir debilitando la confianza que tenía su madre en las relaciones entre ella y Edward, de manera que el golpe fuera menor cuando toda la verdad saliera a luz; y ahora, frente a esta aco­metida, aunque casi sin ninguna esperanza de lo­grarlo, se obligó a dar inicio a sus planes diciendo con toda la tranquilidad que le fue posible:

-Me gusta mucho Edward Ferrars y siempre me alegrará verlo; pero en cuanto al resto de la fami­lia, me es completamente indiferente si alguna vez llegan a conocerme o no.

La señora Dashwood sonrió y no dijo nada. Marianne levantó la mirada llena de asombro, y Eli­nor pensó que habría sido mejor mantener la boca cerrada.
Tras dar vueltas al asunto muy poco más, se decidió finalmente que aceptarían plenamente la invitación. Al enterarse, la señora Jennings dio gran­des muestras de alegría y les ofreció todo tipo de seguridades sobre su afecto y el cuidado que tendría de las jóvenes. Y no sólo ella estaba conten­ta; sir John se mostró encantado, porque para un hombre cuya mayor ansiedad era el temor a estar solo, agregar dos más a los habitantes de Londres no era algo de despreciar. Incluso lady Middleton se dio el trabajo de estar encantada, lo que para ella era salirse un poco de su camino habitual; en cuanto a las señoritas Steele, en especial Lucy, nun­ca habían estado más felices en toda su vida que al saber esta noticia.
Elinor se sometió a los preparativos que con­trariaban sus deseos con mucho menos disgusto del que había esperado sentir. En lo que a ella con­cernía, ir o no a la ciudad ya no era asunto que le preocupase; y cuando vio a su madre tan plena­mente contenta con el plan, y la dicha en el ros­tro, en la voz y el comportamiento de su hermana; cuando la vio recuperar su animación habitual e ir incluso más allá de lo que había sido su alegría acostumbrada, no pudo sentirse insatisfecha de la causa de todo ello y no quiso permitirse descon­fiar de las consecuencias.

El júbilo de Marianne ya casi iba más allá de la felicidad, tan grande era la turbación de su áni­mo y su impaciencia por partir. Lo único que la hacía recuperar la calma era sus pocos deseos de dejar a su madre; y al momento de partir su aflic­ción por ello fue enorme. La tristeza de su madre fue apenas menor, y Elinor fue la única de las tres que parecía considerar la separación como algo menos que eterna.
Partieron la primera semana de enero. Los Middleton las seguirían alrededor de una semana después. Las señoritas Steele seguían en la finca, que abandonarían solo con el resto de la familia.

martes, 8 de mayo de 2012

PERSONAJES MUY AMADOS: FITZWILLIAM GEORGE ALEXANDER DARCY



Sabida estoy de que hay muchísimos blogs en donde ya se ha hablado tantisimas veces de este hombre que es considerado uno de los  principales héroes románticos de la literatura y mi blog no es la ecepcion, porque este hombre, aunque exista solo en nuestra imaginación, es fuente de inspiración.

Fitzwilliam George Alexander Darcy

Mr. Darcy es un acaudalado caballero con una renta superior a 10.000 libras al año, y el propietario de Pemberley , una gran finca en Derbyshire , Inglaterra .
de carácter reservado y firmes opiniones.

Durante un baile al cual asiste con su amigo Charles Bingley y las  hermanas de este, conoce a la familia Bennet, pronto Bingley se interesa por Jane, la mayor y Darcy inicia una serie de desencuentros con la segunda de las hijas, Elizabeth Bennet.


Lizzie, es una joven inteligente e independiente que durante un baile lo escucha decir que "no es lo suficientemente bonita como para interesarlo", herida en su orgullo y sin mucho ánimo de relacionarse con él a menudo enfrenta las opiniones de Darcy. 
Jane se enferma en casa de los Bingley, lo que la obliga a permanecer unos días en cama, Lizzie la compaña, lo que le da la oportunidad a Darcy de conocerla un poco más. 
Posteriormente, conoce la joven a George Wickham, un antiguo conocido de Darcy, quien le habla constantemente mal de él, lo que solo aumenta la aprensión de Lizzie hacia Darcy.















Darcy, se ha enamorado de Lizzie, mientras que al mismo tiempo lucha contra sus sentimientos continuos de superioridad, irónicamente, Darcy desaprueba cuando su amigo Bingley desarrolla un apego serio hacia Jane, asi que entre el y la hermana de Bingley traman sutilmente persuadirle de que Jane no devuelve sus sentimientos (que él honestamente cree) y los Bingley abandonan Netherfield.


 Meses después, Darcy encuentra a Elizabeth en Rosings, la propiedad de Lady Catherine, su tía. Darcy que ha luchado durante meses contra sus sentimientos se da cuenta que le resulta imposible vivir sin Elizabeth y contra toda expectativa le propone matrimonio, pero ignora que ella se ha enterado que fue él quien convenció a Bingley de abandonar Netherfield rompiendo el corazón de Jane y que además Wickham le ha dicho que Darcy, en contra de los deseos de su padre, le ha arrebatado la herencia que le correspondía.
Declara su amor por Elizabeth y le ofrece una propuesta de matrimonio. 
La proposición de Darcy le resultó sumamente desagradable a Lizzy, por la referencia a la condición social de su familia y el esfuerzo tan grande que hacía para superar su inferioridad.










«Se explicaba bien, pero no sólo de su amor tenía que hablar, y no fue más elocuente en el tema de la ternura que en el del orgullo. La inferioridad de Elizabeth, la degradación que significaba para él, los obstáculos de familia que el buen juicio le había hecho anteponer siempre a la estimación. Hablaba de estas cosas con un ardor que reflejaba todo lo que le herían, pero todo ello no era lo más indicado para apoyar su demanda.»

Elizabeth se ofende y lo rechaza con vehemencia, expresando sus razones para no gustar de él, incluyendo su conocimiento de su interferencia con Jane y Bingley y la cuenta que recibió del señor Wickham del supuesto trato injusto de Darcy hacia él. 













«También podría yo replicó Elizabeth–– preguntar por qué con tan evidente propósito de ofenderme y de insultarme me dice que le gusto en contra de su voluntad, contra su buen juicio y hasta contra su modo de ser. ¿No es ésta una excusa para mi falta de cortesía, si es que en realidad la he cometido? Pero, además, he recibido otras provocaciones, lo sabe usted muy bien. Aunque mis sentimientos no hubiesen sido contrarios a los suyos, aunque hubiesen sido indiferentes o incluso favorables, ¿cree usted que habría algo que pudiese tentarme a aceptar al hombre que ha sido el culpable de arruinar, tal vez para siempre, la felicidad de una hermana muy querida?»
Insultado por réplicas arrogantes de Darcy, Elizabeth afirma que el camino por donde él le propuso matrimonio le impidió sentir la preocupación por lo que "podría haber sentido que había comportado de una manera más caballerosa"
Darcy se aparta de la ira y la mortificación y la noche escribe una carta a Elizabeth en el que defiende su honor herido, revela los motivos de su intervención le explica que en el caso de Jane, creía firmemente que la joven no sentía por Bingley lo mismo que Bingley por ella, que no pretendió hacerle daño sino que le hacía un favor a su amigo y luego narró los abusos y la mala conducta de Wickham, como incluso pretendió seducir y fugarse con su hermana, Georgiana, de 15 años, con la idea de quedarse con la herencia de la joven y como al darse cuenta que no heredaría nada huye dejándola con el corazón roto. La carta y una serie de hechos confirman a Lizzie que estaba equivocada.
Finalmente, aunque inicialmente se enojó por la negativa vehemente de Elizabeth y sus duras críticas, Darcy se sorprende al descubrir la realidad de cómo su comportamiento es percibido por los demás, especialmente Elizabeth, y se compromete a re-evaluar sus acciones. 


 Unos meses más tarde, Darcy inesperadamente se encuentra con Elizabeth cuando ella está de visita en su finca en Derbyshire con su tía y tío Gardiner. Elizabeth por primera vez se vergüenza de ser descubierta en Pemberley, que sólo visitó en la creencia de que Darcy estaba ausente, sin embargo ella se sorprende al descubrir un marcado cambio en el carácter de Darcy. Después de haber respondido a las críticas de Elizabeth, Darcy ahora está decidido a mostrar la "forma caballerosa", que ella le acusó de carecer y la asombra con su bondad para con ella y sus relaciones.
Lizzy comienza a conocer el verdadero carácter de Darcy, pero la noticia de la huida de Lydia, su hermana menor con Wickham los separa nuevamente. Darcy, les sigue la pista a Lydia y a Wickham y tras ofrecerles dinero logra convencer a Wickham para que se casen, de forma que el nombre de la familia no se vea envuelto en el escándalo.










 La intervención de Darcy no se hizo para ganar  el corazón de Elizabeth, ya que trató de evitar que se enterara de su participación, sino más bien fue para aliviar su sufrimiento (la intervención de Darcy para ayudar a Elizabeth le costó tanto como los ingresos de un año). 
Darcy también se sentía en parte responsable de no advertir a la familia de Elizabeth y el público del verdadero carácter de Wickham. 
 Darcy entonces libera a Bingley y regresan juntos a Netherfield, se compromete con Jane, Lizzie ve la mano de Darcy y se entera además de su participación en la boda de su hermana, todas sus dudas desaparecen y descubre que se ha enamorado de Darcy.
«¡Cuánto le dolieron a Elizabeth su ingratitud y las insolentes palabras que le había dirigido! Estaba avergonzada de sí misma, pero orgullosa de él, orgullosa de que se hubiera portado tan compasivo y noblemente.»










Darcy regresa a Londres y estando allá, se entera que su tía ha reclamado a Lizzie un posible compromiso, asi que inmediatamente regresa a Longbourn y tras hablar con la joven y confesarse mutuamente que aun están enamorados, se comprometen.
«Si Elizabeth hubiese sido capaz de mirarle a los ojos, habría visto cuán bien se reflejaba en ellos la delicia que inundaba su corazón; pero podía escucharle, y los sentimientos que Darcy le confesaba y que le demostraban la importancia que ella tenía para él, hacían su cariño cada vez más valioso.»
La pareja reflexionar sobre sus errores cometidos, y Darcy da gracias a Elizabeth, por mostrarle el error de sus maneras: "por usted, me sentí conmovido correctamente".
Darcy en Meryton es descrito como fría y distante, un hombre con un gran sentido de orgullo personal que a menudo se expresa como la arrogancia. 
Por su actitud distante y aparente desprecio de los que le rodean se gana el desprecio muchos. Pero finalmente se puso de manifiesto que estas primeras impresiones son erróneas, esto es, Darcy al parecer arrogante, ponía máscaras a su  verdadero caracter que era sinceramente generoso y recto, y es Darcy, de hecho, quien fue tratado injustamente por Wickham cuyo propio personaje se revela como poco fiable y de doble personalidad. 
Incluso en la interferencia de Darcy entre Jane y Bingley se explica como motivado por una preocupación genuina por su amigo y no de mala intención, aunque al re-examinar su comportamiento, Darcy admite que su intervención era perjudicial.
Las frases de Darcy

"He luchado en vano. Ya no puedo más. Soy incapaz de contener mis sentimientos. Permítame que le diga que la admiro y la amo apasionadamente".

"–Sí –replicó Darcy, sin poder contenerse por más tiempo–, pero eso fue cuando empecé a conocerla, porque hace ya muchos meses que la considero como una de las mujeres más bellas que he visto"

"–Es usted demasiado generosa para burlarse de mí. Si sus sentimientos son aún los mismos que en el pasado abril, dígamelo de una vez. Mi cariño y mis deseos no han cambiado, pero con una sola palabra suya no volveré a insistir más."