miércoles, 9 de octubre de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLV

Durante un buen rato tras la partida de Willoughby, incluso después de haberse perdido en la distan­cia el ruido de su carruaje, Elinor permaneció de­masiado abatida por un enjambre de ideas muy diferentes entre sí, pero cuyo resultado general era la tristeza, para ni siquiera pensar en su hermana.

Willoughby, el mismo a quien sólo hacía me­dia hora había detestado como el más desprecia­ble de los hombres; Willoughby, a pesar de todos sus defectos, despertaba en ella una conmiseración tal por los sufrimientos que esos mismos defectos habían producido, que ahora la hacían pensar en él, apartado para siempre de su familia, con una ternura, con una pena más proporcionadas, como pronto reconoció para sí misma, a sus deseos que a sus méritos. Sintió que su influencia sobre ella se veía incrementada por circunstancias que razo­nablemente no habrían debido pesar: por el poco común atractivo de su apariencia; por sus moda­les francos, afectuosos y vivaces, que no hay mé­rito en poseer; y por ese todavía fervoroso amor por Marianne, en el que ni siquiera era inocente complacerse. Pero sintió todo esto mucho, mucho antes de sentir debilitarse su influjo.

Cuando finalmente volvió junto a la inconscien­te Marianne, la encontró recién despertándose, re­novada por tan largo y dulce sueño, tal como lo había esperado. El corazón de Elinor estaba col­mado a plenitud. El pasado, el presente, el futuro; la visita de Willoughby, ver a Marianne a salvo y la esperada llegada de su madre, la llenaron de una agitación que impidió toda señal de fatiga y la hizo temer tan sólo que pudiera traicionarse frente a su hermana. Poco fue el tiempo, sin embargo, en que la afectó ese temor, pues antes de media hora de la partida de Willoughby, el ruido de otro carruaje la hizo bajar nuevamente. Ansiosa de evitar a su madre innecesarios momentos de terrible suspen­so, corrió de inmediato al vestíbulo y llegó a la puerta principal justo a tiempo de recibirla y sos­tenerla mientras entraba.

La señora Dashwood, cuyo terror a medida que se aproximaban a la casa le había producido casi la convicción de que Marianne ya había dejado de existir, no pudo sacar la voz para preguntar por ella, ni siquiera para dirigirse a Elinor; pero ésta, sin esperar saludos ni preguntas, de inmediato le dio las buenas noticias; y su madre, tomándolas con su usual vehemencia, en un momento estuvo tan abrumada por la felicidad como antes lo había es­tado por sus temores. Entre su hija y el amigo de ésta la sostuvieron hasta llevarla a la sala; y allí, derramando lágrimas de alegría, aunque todavía incapaz de hablar, abrazó una y otra vez a Elinor, separándose de ella a intervalos para estrechar la mano del coronel Brandon con una mirada que expresaba al mismo tiempo su gratitud y su certe­za de que él compartía con ella la dicha del mo­mento. El, sin embargo, la compartía en un silencio incluso mayor que el de ella.

Apenas se recuperó la señora Dashwood, su primer deseo fue ver a Marianne; y en dos minu­tos estuvo junto a su niña amada, a quien la au­sencia, la infelicidad y el peligro habían hecho más querida aún. El placer de Elinor al ver lo que cada una de ellas sentía al encontrarse-sólo se vio refre­nado por el temor de estarle robando a Marianne horas de sueño; pero la señora Dashwood podía ser tranquila, podía hasta ser prudente cuando se trataba de la vida de una hija; y Marianne, conten­ta de saber que su madre estaba a su lado y cons­ciente de estar demasiado débil para conversar, se sometió rápidamente al silencio y quietud orde­nados por todos quienes la cuidaban. La señora Dashwood insistió en velar su sueño durante toda la noche, y Elinor, obedeciendo a los ruegos de su madre, se fue a la cama. Pero el descanso, que una noche completa sin dormir y tantas horas de la más agobiadora ansiedad parecían hacer tan ne­cesario, se vio impedido por la excitación de su ánimo. Willoughby, “el pobre Willoughby”, como ahora se permitía llamarlo, estaba constantemente en sus pensamientos; no podía sino haber escu­chado. su justificación ante el mundo, y ora se cul­paba, ora se absolvía por haberlo juzgado tan duramente antes. Pero su promesa de contárselo a su hermana le era invariablemente dolorosa. Temía hacerlo, temía los efectos que pudiera tener en Marianne; dudaba si, tras tal explicación, ella po­dría alguna vez ser feliz con otra persona; y du­rante algunos instantes deseó que Willoughby enviudara; luego, recordando al coronel Brandon, se lo reprochó, sintiendo que sus sufrimientos y su constancia, mucho más que los de su rival, mere­cían tener como recompensa a Marianne, y deseó que ocurriera cualquier cosa menos la muerte de la señora Willoughby.
La comisión del coronel Brandon en Barton no había tenido un impacto demasiado fuerte so­bre la señora Dashwood, porque ésta ya abriga­ba fuertes temores en relación con Marianne; estaba tan inquieta por ella que ya había decidi­do ir a Cleveland ese mismo día, sin aguardar ma­yores informes, y los preparativos de su viaje estaban tan avanzados antes de la llegada del co­ronel, que esperaban de un momento a otro la llegada de los Carey a buscar a Margaret, a quien su madre no quería llevar donde hubiera peligro de una infección.
 
Marianne seguía recuperándose día a día, y la radiante alegría en el semblante y en el ánimo de la señora Dashwood daban fe de que era, como repetidamente se confesaba, una de las mujeres más felices del mundo. Elinor no podía escuchar sus palabras, ni contemplar sus manifestaciones, sin preguntarse a veces si su madre alguna vez recordaba a Edward. Pero la señora Dashwood, confia­da en el moderado relato de sus desilusiones que le había hecho llegar Elinor, permitió que la exu­berancia de su alegría la llevara a pensar sólo en lo que podía aumentarla. Marianne le había sido devuelta tras un peligro en el cual -así había co­menzado a sentir- ella misma, con su propio erra­do juicio, había contribuido a ponerla, pues había estimulado su desdichado afecto por Willoughby; y en su recuperación tenía aún otro motivo de ale­gría, en el cual Elinor no había pensado. Así se lo hizo saber tan pronto como se presentó la oportu­nidad de una conversación privada entre ellas.
 
-Por fin estamos solas. Mi querida Elinor, toda­vía no conoces toda mi felicidad. El coronel Brandon ama a Marianne; él mismo me lo ha dicho.
Elinor, sintiéndose alternativamente contenta y apenada, sorprendida y no sorprendida, era toda silenciosa atención.
 
-Nunca reaccionas como yo, querida Elinor, o me extrañaría ahora tu compostura. Si alguna vez me hubiera puesto a pensar en qué sería lo mejor para mi familia, habría concluido que el matrimo­nio del coronel Brandon con una de ustedes era lo más deseable. Y creo que, de las dos, Marianne puede ser la más feliz con él.
 
Elinor estuvo medio tentada de preguntarle por qué creía eso, sabiendo que no podría darle razón alguna que se sustentara en consideraciones impar­ciales sobre edad, caracteres o sentimientos; pero su madre siempre se dejaba llevar por su imaginación en todos los temas que le interesaban y, así, en vez de preguntar, lo dejó pasar con una sonrisa.
 
-Me abrió completamente el corazón ayer mien­tras veníamos hacia acá. Fue muy de improviso, muy impremeditado. Yo, como puedes imaginár­telo, no podía hablar de nada sino de mi niña; él no podía ocultar su angustia; vi que era tan gran­de como la mía, y él, quizá pensando que la mera amistad, tal como son hoy las cosas, no podría jus­tificar una simpatía tan ardiente (o tal vez no pen­sando en nada, supongo), dejándose invadir por sentimientos irresistibles, me dio a conocer su pro­fundo, tierno y firme afecto por Marianne. La ha amado, querida Elinor, desde la primera vez que la vio.
 
En esto, sin embargo, Elinor percibió no el len­guaje, no las declaraciones del coronel Brandon, sino los adornos con que su madre solía enrique­cer todo aquello que la deleitaba, amoldándolo a su propia infatigable fantasía.
 
-Su afecto por ella, que sobrepasa infinitamente todo lo que Willoughby sintió o fingió, mucho más cálido, más sincero, más constante, como sea que lo llamemos, ¡ha subsistido incluso al conocimien­to de la desdichada predilección de Marianne por aquel joven despreciable! ¡Y sin egoísmos, sin ali­mentar esperanzas! ¿Cómo pudo verla feliz con otro? ¡Qué nobleza de espíritu! ¡Qué franqueza, qué sinceridad! Con él nadie puede engañarse.
 
-Nadie duda -dijo Elinor- sobre la reputación del coronel Brandon como hombre excelente.
 
-Sé que es así -replicó su madre con gran se­riedad-, o después de la advertencia que hemos te­nido, sería la última en estimular este afecto, o ni siquiera de complacerme en él. Pero el que haya ido a buscarme como lo hizo, con una amistad tan diligente, tan pronta, basta como prueba de que es uno de los hombres más estimables del mundo.
 
-Su reputación, sin embargo -respondió Elinor ­no descansa en un gesto de bondad, al cual su afecto por Marianne, si dejamos fuera el simple espíritu humanitario, lo habría impulsado. La señora Jennings, los Middleton, hace tiempo que lo cono­cen íntimamente, y lo respetan y aman por igual; e incluso yo, aunque desde hace poco, lo conoz­co bastante, y lo valoro y estimo tanto que, si Ma­rianne puede ser feliz con él, estaré tan dispuesta como usted a pensar que nuestra relación con él es para nosotros la mayor de las bendiciones. ¿Qué le respondió usted? ¿Le dio alguna esperanza?
 
-¡Ah, mi amor! No podía ahí hablar de espe­ranzas ni para él ni para mí. Marianne podía estar muriendo en ese momento. Pero él no pedía que le dieran esperanzas ni que lo animaran. Lo que hacía era una confidencia involuntaria, un desaho­go irreprimible frente a una amiga capaz de con­solarlo, no una petición a una madre. Aunque después de algunos momentos, porque en un co­mienzo me sentía bastante abrumada, sí dije que si ella vivía, como confiaba en que ocurriría, sería mi mayor felicidad promover el matrimonio entre ambos; y desde que llegamos, con la maravillosa seguridad que desde ese momento tenemos, se lo he repetido de diversas maneras, lo he animado con todas mis fuerzas. El tiempo, le digo, un poco de tiempo, se encargará de todo; el corazón de Marianne no se va a desperdiciar para siempre en un hombre como Willoughby. Sus propios méritos pronto deberán ganárselo.
 
-A juzgar por el ánimo del coronel, sin embar­go, no ha logrado contagiarle su optimismo.
 
-No. El cree que el amor de Marianne está de­masiado arraigado para que cambie antes de mu­cho tiempo; e incluso suponiendo que su corazón vuelva a estar libre, no confía lo suficiente en él para pensar que, con tanta diferencia de edad y manera de ser, él pueda atraerla. En eso, sin em­bargo, se equivoca mucho. La supera en años úni­camente hasta el punto en que ello constituye una ventaja, al darle firmeza de carácter y de princi­pios; y su manera de ser, estoy convencida de ello, es exactamente la que puede hacer feliz a tu her­mana. Y su aspecto, también sus modales, todos juegan a su favor. Mi simpatía por él no me cie­ga; por supuesto que no es tan apuesto como Willoughby; pero, al mismo tiempo, hay algo mu­cho más agradable en su semblante. Siempre hubo una cierta cosa, recuerda, en los ojos de Willoughby, ahí a ratos, que no me gustaba.
 
Elinor no lo recordaba; pero su madre, sin es­perar su conformidad, continuó:
 
-Y sus modales, los modales del coronel, no sólo me agradan más de lo que nunca hicieron los de Willoughby, sino que son de un estilo que es­toy segura atrae mucho más a Marianne. La genti­leza, la genuina preocupación por los demás que muestra, su varonil y no afectada sencillez, son mucho más acordes con la verdadera manera de ser de tu hermana, que la vivacidad, a menudo ar­tificial e inoportuna, del otro. Tengo plena seguri­dad de que si Willoughby hubiera resultado en verdad tan amable como ha demostrado ser lo con­trario, aun así Marianne no habría sido tan feliz con él como lo será con el coronel Brandon.
 
Hizo una pausa. Su hija no podía concordar con ella, pero no se escuchó su desacuerdo y, por tan­to, no significó ninguna ofensa.
 
-En Delaford no estará lejos de mí -añadió la señora Dashwood-, incluso si permanezco en Bar­ton; y con toda probabilidad, pues he sabido que es una aldea grande, debe haber alguna casa pe­queña o cabaña cerca que nos acomode tanto como la actual.
¡Pobre Elinor! ¡He aquí un nuevo plan para lle­varla a Delaford! Pero era fuerte de espíritu.
 
-¡Su fortuna, también! Porque a mi edad, tú sa­bes que todos se preocupan de eso; y aunque ni sé ni deseo saber a cuánto asciende, estoy segura de que debe ser considerable.
 
En ese momento los interrumpió la entrada de un tercero, y Elinor se retiró a meditar sobre todas estas cosas a solas, a desearle éxito a su amigo y, aun deseándoselo, a sentir un agudo dolor por Willoughby.

jueves, 22 de agosto de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLIV

Elinor, retrocediendo con una mirada de horror al verlo, obedeció al primer impulso de su corazón y se volvió a toda prisa para abandonar la habitación; su mano ya se encontraba en el tirador de la puerta cuando Willoughby la detuvo al avanzar rá­pidamente hacia ella y decirle, en un tono más im­perativo que suplicante:
-Señorita Dashwood, media hora... diez minu­tos... le ruego que se quede.

-No, señor -replicó ella con firmeza-, no me quedaré. Nada tengo que ver yo en sus asuntos. Supongo que los criados olvidaron decirle que el señor Palmer no se encontraba en casa.

-Aunque me hubieran dicho -exclamó él con gran vehemencia- que el señor Palmer y toda su parentela estaban en el infierno, no me habrían movido de la puerta. Es con usted que quiero ha­blar, sólo con usted.
-¡Conmigo! -había enorme asombro en su voz-. Bien, señor... sea rápido, y si le es posible, menos vehemente.

-Siéntese, y acataré ambas órdenes.

Elinor vaciló; no sabía qué hacer. La posibili­dad de que llegara el coronel Brandon y lo encon­trara ahí se le cruzó por la mente. Pero le había prometido escucharlo, y en ello estaba comprome­tida su curiosidad no menos que su honor. Tras un momento de reflexión, entonces, que la llevó a concluir que la prudencia exigía darse prisa y que su consentimiento era lo que mejor podía lograr­lo, caminó en silencio hacia la mesa y se sentó. El ocupó una silla frente a ella, y durante medio mi­nuto no cruzaron palabra.

-Le ruego sea rápido, señor -le dijo Elinor en tono impaciente-, no tengo tiempo que perder.
Sentado con aire de profunda meditación, él pareció no haberla oído.

-Su hermana -dijo abruptamente un momento después- está fuera de peligro. El criado me lo dijo. ¡Gracias a Dios! Pero, ¿es verdad? ¿Realmente es ver­dad?
Elinor no le respondió. Repitió él entonces la pregunta, con mayor urgencia aún.

-Por el amor de Dios, dígamelo: ¿está o no está fuera de peligro?

-Esperamos que lo esté.
Willoughby se levantó y cruzó la habitación.

-Si lo hubiera sabido tan sólo media hora an­tes... Pero ya que estoy aquí -habló con forzada vivacidad mientras volvía a la mesa-, ¿qué impor­ta? Por esta vez, señorita Dashwood... quizá sea la última vez... alegrémonos juntos. Estoy de hu­mor para la alegría. Dígame sinceramente -sus me­jillas se iluminaron de un rubor más profundo- ¿cree que soy más un canalla o un necio?

Elinor lo contempló más estupefacta que nun­ca. Comenzó a pensar que debía estar ebrio: era lo único que podía explicar tan extraña visita, tan insólitos modales; y con esta impresión, se puso inmediatamente de pie, diciendo:

-Señor Willoughby, le aconsejaría en este mo­mento que volviera a Combe. No puedo seguir per­diendo el tiempo con usted. Sea lo que fuere que desea tratar conmigo, será mejor que reflexione y me lo explique mañana.

-La comprendo -replicó él con una sonrisa ex­presiva y voz perfectamente tranquila-. Sí, estoy muy ebrio. Una pinta de cerveza con que acom­pañé las carnes frías que comí en Marlborough bas­tó para trastornarme.

-¡En Marlborough! -exclamó Elinor, entendien­do cada vez menos lo que ocurría.

-Sí; salí de Londres hoy a las ocho de la ma­ñana y los únicos diez minutos que pasé fuera de mi calesín desde esa hora, fueron los que dediqué a una ligera merienda en Marlborough.
La firmeza de sus modales y la inteligencia de su mirada mientras hablaba convencieron a Elinor de que, cualquiera fuese la imperdonable locura que lo traía a Cleveland, no se trataba de ebrie­dad; y tras pensar durante unos instantes, dijo:

-Señor Willoughby, usted tiene que darse cuen­ta, y yo ciertamente así lo creo, que después de todo lo que ha pasado, su venida acá y la forma en que lo ha hecho, imponiéndome su presencia, exigen una excusa muy especial. ¿Qué pretende con esto?

-Lo que pretendo -dijo el joven con tono gra­vemente enérgico-, si es que puedo, es hacer que usted me odie un poco menos que ahora. Preten­do ofrecer alguna explicación, alguna disculpa por lo ocurrido en el pasado; abrirle mi corazón y con­vencerla de que aunque siempre he sido un bue­no para nada, no siempre he sido un canalla; y, de esta forma, obtener algo semejante al perdón de Ma... de su hermana.

¿Es ése el verdadero motivo que lo trajo aquí?

-Por mi vida que sí lo es -fue su respuesta, dicha con un fervor que trajo a la memoria de Eli­nor todo lo que había sido el antiguo Willoughby, y que a su pesar la hizo creerlo sincero.

-Si eso es todo, puede darse por satisfecho, pues Marianne sí... hace mucho que lo ha perdo­nado.

-¡Lo ha hecho! -exclamó el joven, con el mis­mo tono intenso-. Entonces me ha perdonado an­tes de que hubiera debido hacerlo. Pero me perdonará otra vez, y esta vez por motivos mucho más valederos. Ahora, ¿querrá escucharme?
Elinor asintió con un gesto de la cabeza.

-No sé -dijo, tras una pausa llena de expecta­ción por parte de Elinor, de cavilaciones en él-, cómo se habrá explicado usted mi comportamien­to con su hermana, o qué motivos diabólicos me habrá atribuido. Tal vez le sea difícil pensar mejor de mí; sin embargo, vale la pena intentarlo, y le contaré todo. Al comienzo de mi intimidad con su familia, no tenía yo ninguna otra intención, ningún otro interés en la relación que pasar momentos agradables mientras duraba mi forzada permanen­cia en Devonshire, más agradables de los que ha­bía disfrutado hasta entonces. Su hermana, con su aspecto adorable y atractivas maneras, no podía dejar de encantarme; y su trato hacia mí, casi des­de el principio fue... ¡Es increíble, cuando pienso en cómo' fue su trato, y en cómo era ella, que mi corazón haya sido tan insensible! Pero al comien­zo, debo confesarlo, sólo halagó mi vanidad. Sin preocuparme por su felicidad, pensando sólo en mi propia diversión, permitiéndome sentimientos que toda mi vida había estado acostumbrado a con­sentir, me esforcé con todos los medios a mi al­cance por hacerme agradable a ella, sin ninguna intención de corresponder a su afecto.

En este punto, la señorita Dashwood, lanzán­dole una mirada del más airado desprecio, lo de­tuvo diciéndole:

-No vale la pena, señor Willoughby, que siga hablando, o que yo siga escuchándolo. A un co­mienzo como éste nada puede seguirle. No me an­gustie haciéndome oír más sobre este asunto.

-Insisto en que lo escuche todo -replicó él-. Nunca fui dueño de una gran fortuna y siempre he sido de gustos caros, siempre me he asociado con gente de ingresos mayores que los míos. Des­de mi mayoría de edad, o incluso antes, creo, año tras año han aumentado mis deudas; y aunque la muerte de mí anciana prima, la señora Smith, me liberaría de ellas, dado que se trata de un hecho incierto y posiblemente muy distante, durante al­gún tiempo había tenido la intención de recons­truir mi situación a través del matrimonio con una mujer de fortuna. Una relación con su hermana no era, por tanto, pensable; y así me encontraba ac­tuando con una ruindad, egoísmo y crueldad que ninguna mirada de indignación o desprecio, ni si­quiera la suya, señorita Dashwood, podría censu­rar bastante, y siempre con el propósito de conquistar su afecto, sin intenciones de correspon­derlo. Pero hay una cosa que puede decirse a mi favor, incluso en ese horrendo estado de egoísta vanidad, y es que no sabía la profundidad del dañó que tramaba, porque en ese entonces no sabía lo que era amar. Pero, ¿alguna vez lo he sabido? Bien puede dudarse de ello, pues si realmente hubiera amado, ¿podría acaso haber sacrificado mis senti­mientos a la vanidad, a la avaricia? O, lo que es peor, ¿podría haber sacrificado los suyos? Pero lo he hecho. Para evitar una pobreza relativa, que su afecto y compañía habrían despojado de todos sus horrores, he perdido, elevándome a una situación de fortuna, todo lo que hubiese hecho de ella una bendición.

-Entonces -dijo Elinor, algo aplacada-, sí se sin­tió durante un tiempo encariñado con ella.

-¡Haber resistido tantos atractivos, haber recha­zado tal ternura! ¡Qué hombre en el mundo lo ha­bría hecho! Sí, poco a poco, sin darme cuenta, me encontré sinceramente enamorado de ella; y las horas más felices de mi vida fueron las que pasé con ella, cuando sentía que mis intenciones eran estrictamente honorables y mis sentimientos inta­chables. Incluso entonces, sin embargo, cuando es­taba completamente decidido a plantearle mi amor, me permití contra todo decoro postergar día a día el momento de hacerlo, llevado por mi renuencia a establecer un compromiso mientras siguiera en tan grandes apuros económicos. No voy a justifi­car esto... ni la detendré si usted quiere explayar­se sobre lo absurdo, y peor que absurdo, de dudar en comprometer mi palabra allí donde mi honor ya estaba comprometido. Los hechos han demos­trado cuán neciamente astuto fui, trabajando tanto para regalarme la posibilidad de hacerme despre­ciable y desgraciado para siempre. Por último, sin embargo, me resolví y decidí que en la primera oportunidad en que pudiera hablarle a solas, justi­ficaría las atenciones que sin cesar le había prodi­gado y le declararía abiertamente un afecto que ya había hecho tanto por mostrarle. Pero entre tanto, en el intervalo de las pocas horas que transcurri­rían antes de que se me presentara la oportunidad de hablar con ella en privado, algo ocurrió, una desafortunada circunstancia que destruyó toda mi resolución y, con ella, todo mi bienestar. Algo se descubrió -aquí vaciló y bajó los ojos-. La señora Smith había sabido, de una u otra forma, me ima­gino que a través de algún pariente lejano que que­ría privarme de su favor, sobre un asunto, una relación... pero no es necesario que me explaye sobre eso -añadió, mirándola ruborizado y con aire interrogativo-, a través de su amistad tan íntima... probablemente está al tanto de toda la historia des­de hace mucho.

-Lo estoy -respondió Elinor, también ruborizán­dose, y volviendo a endurecer su corazón contra cualquier sentimiento de compasión hacia él-, es­toy enterada de todo. Y de qué forma podrá disculpar con sus explicaciones ni la más pequeña parte de su culpa en ese atroz asunto, es más de lo que puedo imaginar.

-Recuerde -exclamó Willoughby-, por boca de quién le llegó esa historia. ¿Podía acaso ser impar­cial? Admito que debí respetar la condición y la persona misma de esa joven. No es mi intención justificarme, pero tampoco puedo permitirle a us­ted suponer que no tengo nada que argumentar; que porque sufrió, era irreprochable; y que por­que yo era un libertino, ella debía ser una santa. Si la vehemencia de sus pasiones, la debilidad de su entendimiento... pero no quiero defenderme. Su afecto por mí mereció un mejor trato, y a menudo recuerdo con enormes sentimientos de culpa esa ternura que durante un muy breve lapso tuvo el poder de crear en mí una réplica. Cómo quisiera, de todo corazón, que ello nunca hubiera ocurri­do. Pero el daño que me hice a mí es mayor que el suyo; y he dañado a alguien cuyo afecto por mí (¿puedo decirlo?) era apenas menos ardiente que el de ella, y cuya inteligencia... ¡Ah! ¡Cuán infinita­mente superior!

-Pero su indiferencia hacia esa desdichada niña..., debo decirlo, por desagradable que me sea discutir un asunto como éste..., su indiferencia no es excusa para la cruel manera en que la abando­nó. No imagine que ninguna debilidad, ninguna carencia natural de entendimiento en ella, discul­pa la insensible crueldad que usted mostró. Usted tiene que haber sabido que mientras se divertía en Devonshire con nuevos p+lanes, siempre alegre, siempre feliz, ella se veía reducida a la más total indigencia.

-Pero, le doy mi palabra, yo no lo sabía -re­plicó Willoughby con enorme vehemencia-; no re­cordaba no haberle dado mi dirección, y el simple sentido común le debería haber indicado cómo en­contrarla.

-Bien, señor, ¿y qué dijo la señora Smith?

-De inmediato me censuró la ofensa que ha­bía cometido, y puede deducirse cuán grande fue mi confusión. La pureza de su vida, sus ideas con­vencionales, su ignorancia del mundo... todo es­taba en contra mía. No podía yo negar el asunto, y vanos fueron todos mis esfuerzos por suavizar­lo. Estaba predispuesta de antemano, según creo, a dudar de la moralidad de mi conducta en ge­neral, y además estaba disgustada con la muy es­casa atención, el brevísimo tiempo que le había dedicado en esa visita mía. En pocas palabras, ter­minó en una ruptura total. Una sola cosa me ha­bría salvado. En lo más extremado de su moralidad, ¡pobre mujer!, ofreció olvidar el pasa­do si me casaba con Eliza. Eso era impensable... y así fui formalmente expulsado de su favor y de su casa. Debía salir de allí a la mañana siguiente, y la noche anterior la pasé reflexionando en cuál debía ser mi conducta futura. La lucha fue gran­de..., pero terminó demasiado pronto. Mi afecto por Marianne, mi total seguridad sobre el cariño de ella, todo fue insuficiente para contrarrestar el miedo a la pobreza, o hacer mella en esas falsas ideas sobre la necesidad de riqueza que tan na­turales me eran, y que una sociedad dispendiosa me había enseñado a cultivar. Tenía motivos para creerme seguro de la aceptación de mi actual es­posa, si optaba por ella, y logré persuadirme de que ésa era la única salida que la prudencia co­mún aconsejaba. Todavía, sin embargo, me aguar­daba una dura situación antes de poder partir de Devonshire; estaba comprometido a cenar con ustedes ese mismo día y, por tanto, necesitaba una excusa para faltar a ese compromiso. Me deba­tí largamente entre escribir esa excusa o presen­tarla en persona. Sentía que sería terrible ver a Marianne, e incluso dudaba si podría verla de nue­vo y seguir siendo capaz de persistir en mi deci­sión. En ese punto, sin embargo, subestimé mi propia capacidad, según ha sido demostrado por los hechos; porque fui, la vi, vi que era desdicha­da, y la dejé desdichada... y la dejé, esperando no verla nunca más.

-Pero, ¿por qué fue, señor Willoughby? -dijo Elinor, con tono de reproche-. Una nota habría bas­tado. ¿Por qué fue necesario ir en persona?

-Fue necesario a mi orgullo. No soportaba irme de allí en una forma que permitiera que ustedes, o el resto de los vecinos, sospechara nada de lo que realmente había ocurrido entre la señora Smith y yo, y decidí entonces detenerme en su casa de camino a Honiton. Ver a su querida hermana, sin embargo, fue terrible; y para empeorar las cosas, la encontré sola. Ustedes habían salido, no sé a dónde. ¡Tan sólo la tarde anterior la había dejado tan completa y firmemente decidido en mi interior a hacer lo correcto! En unas pocas horas nos ha­bríamos comprometido para siempre; ¡y recuerdo qué feliz, qué alegre me sentía mientras iba de la casa a Allenham, satisfecho conmigo mismo, en­cantado con todo el mundo! Pero en ese encuen­tro, el último de nuestra amistad, llegué a ella con un sentimiento de culpa que casi me quitó toda capacidad de fingir. Su dolor, su desilusión, su pro­funda pena cuando le dije que debía dejar Devon­shire tan de repente... jamás los olvidaré. ¡Y ello unido a tanta fe, tanta confianza en mí! ¡Oh, Dios! ¡Qué canalla sin sentimientos fui!

Callaron ambos por algunos instantes. Elinor fue la primera en hablar.

-¿Le dijo que volvería pronto?

-No sé lo que le dije -replicó él, impaciente-; menos de lo que me exigía el pasado, sin ninguna duda, y con toda probabilidad mucho más de lo que justificaba el futuro. No puedo pensar en eso... no servirá de nada. Y después llegó su querida madre, a torturarme más aún con toda su bondad y confianza. ¡Gracias a Dios que sí me torturó! ¡Qué infeliz me sentí! Señorita Dashwood, no puede ima­ginarse qué consuelo es mirar hacia atrás y ver cuán infeliz me sentí. Es tan enorme el rencor que me guardo por la estúpida, canallesca locura de mi pro­pio corazón, que todos los sufrimientos que en el pasado tuve por su causa, hoy no son sino senti­mientos de triunfo y gozo. En fin, fui, abandoné todo lo que amaba, y me dirigí hacia quienes, en el mejor de los casos, sólo sentía indiferencia. Mi viaje a la ciudad, en mi propio carruaje, tan tedio­so, sin nadie con quien hablar... ¡qué pensamien­tos alegres, que gratas perspectivas por delante! Y cuando recordaba Barton, ¡qué imagen consolado­ra! ¡Ah, sí fue un viaje espléndido!
Se detuvo.

-En fin, señor -dijo Elinor, que aunque com­padeciéndolo, se impacientaba por verlo partir-, ¿y es eso todo?

-¡Todo! No. ¿Ha olvidado acaso lo que ocurrió en la ciudad? ¡Esa carta infame! ¿Se la mostró?

-Sí, vi todas las notas que se escribieron.

-Cuando recibí la primera (que me llegó de in­mediato, pues todo el tiempo estuve en la ciudad), lo que sentí fue, como se dice comúnmente, im­posible de expresar. En palabras más sencillas, qui­zá demasiado sencillas para despertar ninguna emoción, mis sentimientos fueron muy, muy dolo­rosos. Cada línea, cada palabra fue, en la trillada frase que prohibiría su querida autora, si estuvie­ra aquí, una puñalada en mi corazón. Saber que Marianne estaba en la ciudad fue, en el mismo len­guaje, un rayo. ¡Rayos y puñaladas! ¡Cómo me ha­bría reprendido! Su gusto, sus opiniones... creo que las conozco mejor que las mías, y con toda segu­ridad las aprecio más.
El corazón de Elinor, que había recorrido toda una gama de emociones en el curso de esta ex­traordinaria conversación, volvió a ablandarse una vez más; aun así, sintió que era su deber refrenar en su compañero ideas como la última que había expresado.

-Eso no está bien, señor Willoughby. Recuer­de que está casado. Hábleme sólo de aquello que su conciencia estima necesario que yo escuche.

-La nota de Marianne, en que me decía que yo todavía le era tan querido como antes; que pese a las muchas, muchas semanas en que habíamos estado separados, ella seguía tan fiel en sus senti­mientos y tan llena de confianza en la fidelidad de los míos como siempre, despertó todos mis remor­dimientos. Digo que los despertó, porque el tiem­pp y Londres, las ocupaciones y la disipación, de alguna manera los habían adormecido y me había estado transformando en un villano completamen­te endurecido, creyéndome indiferente a ella y eli­giendo creer que también yo debía haberle llegado a ser indiferente; diciéndome que nuestra relación en el pasado no había sido más que un pasatiem­po, un asunto trivial; encogiéndome de hombros como prueba de ello, y acallando todo reproche, venciendo todo escrúpulo con el recurso de decir­me en silencio de vez en cuando, “Estaré feliz de todo corazón cuando la sepa bien casada”. Pero su nota me hizo conocerme mejor. Sentí que me era infinitamente más querida que ninguna otra mujer en el mundo, y que me estaba comportan­do con ella de la manera más infame. Pero en ese momento ya todo estaba definido entre la señorita Grey y yo. Retroceder era imposible. Todo lo que tenía que hacer era evitarlas a ustedes dos. No le respondí a Marianne, intentando por ese medio impedir que volviera a reparar en mí; y durante al­gún tiempo incluso estuve decidido a no acudir a Berkeley Street; pero, por último, juzgando más sa­bio fingir que sólo se trataba de una relación fría y ordinaria, esperé una mañana a que hubieran sa­lido de la casa y dejé mi tarjeta.

-¡Esperó a que saliéramos de la casa!

-Sí, incluso eso. Le sorprendería saber cuán a menudo las vi, cuántas veces estuve a punto de to­parme con ustedes. Entré en innumerables tiendas para evitar que me vieran desde el carruaje en que iban. Viviendo en Bond Street como yo lo hacía, casi no había día en que no divisara a una de ustedes; y lo único que pudo mantenemos apartados durante tanto tiempo fue mi permanente alerta, un constan­te e imperioso deseo de mantenerme fuera de la vis­ta de ustedes. Evitaba a los Middleton tanto como me era posible, al igual que a todos los que podían resultar conocidos comunes. Pero sin saber que se encontraban en la ciudad, me tropecé con sir John, creo, el día en que llegó, al día siguiente de mi vi­sita a casa de la señora Jennings. Me invitó a una fiesta, a un baile en su casa esa noche. Aunque no me hubiera dicho para convencerme que usted y su hermana estarían allí, habría sentido que era algo demasiado probable como para atreverme a ir. La mañana siguiente trajo otra breve nota de Marianne, todavía afectuosa, franca, ingenua, confiada... todo lo que podía hacer más odiosa mi conducta. No pude responderle. Lo intenté, y no pude redactar ni una sola frase. Pero creo que no había momento del día en que no pensara en ella. Si puede compa­decerme, señorita Dashwood, compadézcase de mi situación como era en ese entonces. Con la mente y el corazón llenos de su hermana, ¡tenía que re­presentar el papel de feliz enamorado frente a otra mujer! Esas tres o cuatro semanas fueron-las peores de todas. Y así, finalmente, como no es necesario que le diga, inevitablemente nos encontramos. ¡Y a qué dulce imagen rechacé! ¡Qué noche de agonía fue ésa! ¡De un lado, Marianne, hermosa como un ángel, diciendo mi nombre con tan dulces acentos! ¡Oh, Dios! ¡Alargándome la mano, pidiéndome una explicación con esos embrujadores ojos fijos en mi rostro con tan expresiva solicitud! Y Sophia, celosa como el demonio, por el otro lado, mirando todo lo que... En fin, qué importa ahora; ya todo ha ter­minado.' ¡Qué noche aquella! Huí de ustedes ape­nas pude, pero no antes de haber visto el dulce rostro de Marianne blanco como la muerte. Esa fue la última vez que la vi, la última imagen que tengo de ella. ¡Fue una visión terrible! Pero cuando hoy la imaginé muriendo de verdad, fue una especie de alivio pensar que sabía exactamente cómo aparece­ría ante los últimos que la verían en este mundo. La tuve frente a mí, siempre frente a mí durante todo el camino, con el mismo rostro y el mismo color.

A esto siguió una breve pausa en que ambos callaron, pensativos. Willoughby, levantándose pri­mero, la rompió diciendo:

-Bien, debo apresurarme e irme. ¿Seguro que su hermana está mejor, fuera de peligro? -Sí, estamos seguros.

-También su pobre madre, ¡con lo que adora a Marianne!

-Pero la carta, señor Willoughby, su propia car­ta; ¿no tiene nada que decir al respecto?

-Sí, sí, ésa en particular. Su hermana me escri­bió la mañana siguiente misma, como sabe. Ya sabe usted lo que allí decía. Yo estaba desayunando don­de los Ellison; y desde el lugar donde me alojaba me llevaron su carta, junto con otras. Y pasó que Sophia la vio antes que yo; y su porte, la elegan­cia del papel, la letra, todo le despertó inmedia­tas sospechas. Ya antes le habían llegado vagos informes sobre una relación mía con una joven en Devonshire, y lo ocurrido la noche anterior ante su vista le había indicado quién era la joven, po­niéndola más celosa que nunca. Fingiendo enton­ces ese aire juguetón que es delicioso en la mujer que uno ama, abrió ella misma la carta y leyó su contenido. Fue un buen pago a su desfachatez. Leyó las palabras que la hicieron infeliz. Yo podría haber soportado su infelicidad, pero su cólera, su inqui­na, de cualquier forma había que calmarlas. Y así, ¿qué piensa del estilo epistolar de mi esposa? Deli­cado, tierno, verdaderamente femenino, ¿verdad?

-¡Su esposa! Pero si la carta venía de su puño y letra.

-Sí, pero mi único crédito es haber copiado ser­vilmente frases que me avergonzaba firmar. El ori­ginal fue enteramente de ella, sus propias felices ideas y gentil redacción. Pero, ¿qué podía hacer yo? Estábamos comprometidos, estaban preparando todo, casi habían fijado la fecha... pero hablo como un necio. ¡Preparaciones! ¡Fecha! Hablando since­ramente, necesitaba su dinero, y en una situación como la mía tenía que hacer cualquier cosa para evitar un rompimiento. Y después de todo, ¿qué importancia podía tener para la opinión de Marian­i y sus amigos sobre mi carácter, el lenguaje en que estuviera formulada mi respuesta? Debía servir a un solo propósito. Tenía que mostrarme como un villano, y poco importaba que lo hiciera con una venia o una bravuconada. “Mi reputación ante ellas está arruinada para siempre”, me dije; “estoy para siempre proscrito de su lado; ya me creen un indi­viduo sin principios, esta carta se limitará a hacer­las creerme un sinvergüenza”. Tales eran mis razonamientos mientras, en una especie de deses­perada indiferencia, copiaba las palabras de mi es­posa y me separaba de las últimas reliquias de Marianne. Sus tres cartas, desgraciadamente las guardaba en mi cartera, o habría podido negar su existencia y conservarlas como un tesoro para siem­pre. Debí incluirlas, y ni siquiera pude besarlas. Y el mechón de su cabello, también lo había llevado siempre conmigo en mi cartera, que ahora la se­ñora registraba con la más cautivante virulencia... Ese querido mechón... todo, cada recuerdo me fue arrancado.

-Está muy equivocado, señor Willoughby, son muy censurables sus palabras -dijo Elinor, mien­tras su voz, a su pesar, traicionaba la compasión que sentía-; no debía hablar de esta forma, ni de la señora Willoughby ni de mi hermana. Usted hizo su propia elección. Nadie se la impuso. Su esposa tiene ,derecho a su gentileza, a su respeto al me­nos. Debe quererlo, o no se habría casado con us­ted. Tratarla en forma descortés, hablar de ella despreciativamente, no repara lo hecho a Marianne, ni creo que alivie su propia conciencia.

-No me hable de mi esposa -dijo él, con un profundo suspiro-. Ella no merece su compasión. Sabía que no la quería cuando nos casamos. Bien, nos casamos, vinimos a Combe Magna buscando ser felices, y después volvimos a la ciudad buscan­do estar alegres. Y ahora, ¿me compadece, señori­ta Dashwood? ¿O he dicho todo esto en vano? En su opinión, ¿soy, aunque sea tan sólo un poco, soy menos culpable que antes? No siempre fueron in­correctas mis intenciones. ¿He justificado algo de mi culpa?

-Sí, ciertamente ha eliminado algo de ella, una pequeña parte. Ha probado ser, en general, me­nos culpable de lo que lo había creído. Ha demos­trado que su corazón es menos perverso, mucho menos perverso. Pero me es difícil saber, en cuan­to a la infelicidad que ha causado, me es difícil sa­ber cómo podría haber sido peor.

-¿Le contará a su hermana, cuando se haya re­cuperado, lo que le he dicho? Permítame aligerar un poco mi culpa también en su opinión. Me dice que ya me ha perdonado. Permítame creer que un mejor conocimiento de mi corazón, de mis actua­les sentimientos, arrancará de ella un perdón más espontáneo, más natural, más dulce, menos seño­rial. Cuéntele de mi desdicha y mi arrepentimien­to, dígale que mi corazón nunca le fue infiel, y si lo desea, que en la actualidad me es más querida que nunca.

-Le diré todo cuanto sea necesario para lo que, relativamente, pueda llamarse su justificación. Pero no me ha explicado el motivo específico de su ac­tual visita, ni cómo supo de su enfermedad.

-Anoche, en el foyer del Drury Lane, me topé con sir John Middleton, y cuando vio quién era (nuestro primer encuentro en estos dos meses), me dirigió la palabra. Que hubiera cortado conmigo desde mi matrimonio, no me causaba sorpresa ni resentimiento. En ese momento, sin embargo, con su alma buena, honesta y tonta, llena de indigna­ción contra mí y preocupación por su hermana, no pudo resistir la tentación de contarme lo que él cre­yó que debía, aunque no pensó que lo hiciese, afectarme de manera tan terrible. Tan bruscamen­te como pudo, entonces, me contó que Marianne Dashwood se estaba muriendo de una fiebre pú­trida en Cleveland; una carta de la señora Jennings recibida esa mañana anunciaba que el peligro era inminente, el temor había alejado a los Palmer, etc. El golpe fue demasiado fuerte para permitirme fin­gir insensibilidad, incluso ante el poco perspicaz sir John. Su corazón se ablandó al ver cómo sufría el mío; y una parte tan grande de su inquina se había esfumado cuando nos despedimos, que casi llegó a estrecharme la mano, mientras me recor­daba una vieja promesa sobre un cachorro poin­ter. Lo que sentí al escuchar que su hermana estaba muriendo, y muriendo creyéndome el mayor villa­no del mundo, despreciándome, odiándome en sus últimos momentos... porque, ¿cómo saber qué ho­rrendos planes no me habrían imputado? Estaba se­guro de que al menos una persona podía hacerme aparecer capaz de todo. ¡Lo que sentí fue atroz! Rá­pidamente tomé una decisión, y hoy a las ocho de la mañana ya me encontraba en mi carruaje. Aho­ra ya lo sabe todo.

Elinor no respondió. Sus pensamientos estaban silenciosamente fijos en el daño irreparable que una independencia demasiado temprana, y los consi­guientes hábitos de ocio, disipación y lujos, habían causado en la mente, el carácter, la felicidad de un hombre que, a todas las ventajas de una buena apa­riencia y talentos, unía una disposición naturalmen­te franca y honesta, y temperamento sensible y afectuoso. El mundo lo había hecho extravagante y vanidoso; la extravagancia y la vanidad lo habían hecho insensible y egoísta. La vanidad, mientras Willoughby sacrificaba a otro en aras de su propio triunfo culpable, lo había involucrado en un ver­dadero afecto al que la extravagancia -o al menos su hija, la necesidad- había exigido renunciar. Cada uno de estos defectos, al conducirlo al mal, tam­bién lo había conducido al castigo. El afecto que contra todo honor, contra sus sentimientos, contra sus mejores intereses había aparentemente queri­do arrancar de sí, ahora, cuando ya no le era per­mitido, dominaba todos sus pensamientos; y la unión por cuya causa, sin ningún escrúpulo, ha­bía hecho desgraciada a su hermana, parecía ha­berse transformado en una fuente de infelicidad para él mismo de naturaleza mucho más incura­ble. De este ensimismamiento la sacó después de algunos minutos Willoughby, quien, saliendo de un ensimismamiento al menos igual de doloroso, se levantó preparándose para partir y dijo:

-No sirve de nada que permanezca aquí; debo irme.

¿Vuelve a la ciudad?

-No, a Combe Magna. Tengo algo que hacer allí; en uno o dos días más seguiré a la ciudad. Adiós.
Le alargó la mano. Ella no pudo rehusar darle la suya; él se la estrechó afectuosamente.

-Pero, ¿usted sí piensa mejor ahora de mí? -dijo, soltándola y apoyándose en la repisa de la chimenea, como si hubiera olvidado que iba a mar­charse.
Elinor le aseguró que así era; que lo perdona­ba, lo compadecía, que le deseaba lo mejor, inclu­so que fuera feliz, a lo que añadió un consejo gentil sobre el comportamiento más adecuado para lo­grarlo. Su respuesta no fue muy animadora.

-En cuanto a eso -dijo-, tendré que arreglár­melas lo mejor que pueda. En la felicidad domés­tica no puedo ni pensar. Sin embargo, si usted y su familia tienen algún interés en mi suerte y en mis actos, puede ser la manera... puede ponerme en guardia... al menos, puede ser algo por lo que vivir. A Marianne, de todas maneras, la he perdido para siempre. Incluso si, por algún bendito azar, me encontrara libre de nuevo...
Elinor lo detuvo con un reproche.

-Bien -{lijo él-, una vez más, adiós. Me iré aho­ra y viviré temiendo que ocurra una sola cosa. -¿A qué se refiere?

-Al matrimonio de su hermana.

-Está muy equivocado. Nunca podrá estar más fuera de su alcance de lo que está ahora.

-Pero será de otro. Y si ese otro fuera el mis­mo que, entre todos los hombres, menos sopor­to... Pero no me quedaré a privarme de toda su compasiva buena voluntad al mostrarle que allí donde he hecho más daño, menos puedo perdo­nar. Adiós, ¡que Dios la bendiga!
Y con estas palabras, salió casi corriendo de la habitación.

lunes, 29 de julio de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLIII

Al día siguiente, Marianne se levantó a la hora acos­tumbrada; a todas las preguntas respondió que se encontraba mejor, e intentó convencerse a sí mis­ma de ello dedicándose a sus ocupaciones habi­tuales. 
Pero haber pasado un día completo sentada junto a la chimenea temblando de escalofríos, con un libro en la mano que era incapaz de leer, o echada en un sofá, decaída y sin fuerzas, no ha­blaba muy bien de su mejoría; y cuando por fin se fue temprano a la cama sintiéndose cada vez peor, el coronel Brandon quedó simplemente ató­nito ante la tranquilidad de Elinor, que aunque la atendió y cuidó durante todo el día, en contra de los deseos de Marianne y obligándola a tomar las medicinas necesarias en la noche, tenía la misma confianza de ella en la seguridad y eficacia del sue­ño, y no estaba en verdad alarmada.

Una noche muy agitada y febril, sin embargo, frustró las esperanzas de ambas; y cuando Marianne, tras insistir en levantarse se confesó incapaz de sentarse y se devolvió voluntariamente a la cama, Elinor se mostró dispuesta a aceptar el consejo de la señora Jennings y enviar por el boticario de los Palmer.
El boticario acudió, examinó a la paciente, y aunque animó a la señorita Dashwood a confiar en que unos pocos días le devolverían la salud a su hermana, al declarar que su dolencia tenía una tendencia pútrida y permitir que sus labios pronun­ciaran la palabra “infección”, instantáneamente alar­mó a la señora Palmer, por su hijo. La señora Jennings, que desde un comienzo había creído la enfermedad más seria de lo que pensaba Elinor, escuchó con aire grave el informe del señor Ha­rris, y confirmando los temores y preocupación de Charlotte, la urgió a alejarse de allí con su criatu­ra; y el señor Palmer, aunque trató de vanas sus aprensiones,. se vio incapaz de resistir la enorme ansiedad y porfía de su esposa. Se decidió, enton­ces, su partida; y antes de una hora después de la llegada del señor Harris, partió con su hijito y la niñera a la casa de una pariente cercana del señor Palmer, que vivía unas pocas millas pasado Bath; allí, ante sus insistentes ruegos, su esposo prome­tió unírsele en uno o dos días, y a ese lugar su madre prometió acompañarla, también obedecien­do a sus súplicas. La señora Jennings, sin embar­go, con una bondad que hizo a Elinor realmente quererla, se manifestó decidida a no moverse de Cleveland mientras Marianne siguiera enferma, y a esforzarse mediante sus más atentos cuidados en reemplazar a la madre de quien la había alejado; y en todo momento Elinor encontró en ella una activa y bien dispuesta colaboradora, deseosa de compartir todas sus fatigas y, muy a menudo, de gran utilidad por su mayor experiencia en el cui­dado de enfermos.
La pobre Marianne, exánime y abatida por el carácter de su dolencia y sintiéndose completa­mente indispuesta, ya no podía confiar en que al día siguiente se repondría; y pensar en lo que al día siguiente habría ocurrido de no mediar su des­afortunada enfermedad, agravó su malestar; por­que ese día iban a iniciar su viaje a casa y, acompañadas todo el camino por un criado de la señora Jennings, sorprenderían a su madre a la mañana siguiente. Lo poco que habló fue para la­mentar esta inevitable demora; y ello aunque Eli­nor intentó levantarle el ánimo y hacerla creer, como en ese momento ella misma lo creía, que ese retraso sería muy breve.
El día siguiente trajo poco o ningún cambio en el estado de la paciente; evidentemente no estaba mejor, y salvo el hecho de que no había ninguna mejoría, no parecía haber empeorado. El grupo se había reducido ahora aún más, pues el señor Pal­mer, aunque sin muchos deseos de irse, tanto por espíritu humanitario y su buen natural como por no querer parecer atemorizado por su esposa, ter­minó dejando que el coronel Brandon lo conven­ciera de seguirla, según le había prometido; y mientras preparaba su partida, el coronel Brandon mismo, haciendo un esfuerzo mucho mayor, tam­bién comenzó a hablar de irse. En este punto, sin embargo, la bondad de la señora Jennings se in­terpuso de muy buena manera, pues que el coro­nel se alejara mientras su amada sufría tal inquietud por causa de su hermana significaría privarlas a ambas de todo consuelo; y así, diciéndole sin tar­danza que para ella misma era necesaria su pre­sencia en Cleveland, que lo necesitaba para jugar al piquet con ella en las tardes mientras la señorita Dashwood estaba arriba con su hermana, etc., le insistió tanto que se quedara, que él, que al acce­der cumplía con lo que su corazón deseaba en pri­mer lugar, no pudo ni siquiera fingir por mucho rato alguna vacilación al respecto, en especial cuan­do los ruegos de la señora Jennings fueron cálida­mente secundados por el señor Palmer, que parecía sentirse aliviado al dejar allí a una persona tan ca­paz de apoyar o aconsejar a la señorita Dashwood en cualquier emergencia.
A Marianne, por supuesto, la mantuvieron aje­na a todas estas disposiciones. No sabía que había sido la causa de que los dueños de Cleveland tu­vieran que dejar su casa antes de la semana de ha­ber llegado. No la sorprendió no ver a la señora Palmer, y como por ello mismo no le preocupaba, nunca mencionaba su nombre.
Dos días habían pasado desde la partida del señor Palmer, y las condiciones de la paciente se mantenían iguales, con muy pocos cambios. El se­ñor Harris, que la visitaba todos los días, de ma­nera bastante audaz seguía hablando de una rápida mejoría, y la señorita Dashwood se mostraba igual­mente optimista; pero los demás no tenían expec­tativas tan alegres. Muy al comienzo del ataque, la señora Jennings había decidido que Marianne nun­ca se recuperaría; y el coronel Brandon, cuyo prin­cipal servicio era escuchar los presagios de la señora Jennings, no estaba en un estado de ánimo capaz de resistir su influencia. Intentó recurrir a la razón para superar temores que la opinión diferente del boticario hacía parecer absurdos; pero la gran cantidad de horas que cada día pasaba a solas eran demasiado propicias para alimentar pensamientos tristes, y no podía borrar de su mente la convic­ción de que no iba a ver más a Marianne con vida.
En la mañana del tercer día, sin embargo, las sombrías predicciones de ambos resultaron casi fa­llidas, pues cuando llegó el señor Harris declaró a su paciente mucho mejor. Tenía el pulso más fuerte y mostraba síntomas mucho más favorables que en su visita anterior. Elinor, confirmadas sus más gra­tas esperanzas, era toda alegría. Estaba feliz porque, en las cartas a su madre, se había atenido a su pro­pio juicio y no al de sus amigos, y por haberle res­tado importancia a la indisposición que había retrasado su partida de Cleveland, y casi se atrevió a fijar la fecha en que Marianne podría viajar.
Pero el día no terminó de manera tan auspi­ciosa como había comenzado. Hacia el anochecer recrudeció la enfermedad de Marianne, con más pesadez, agitación y malestar que antes. Su herma­na, sin embargo, aún optimista, prefería atribuir el cambio sólo al cansancio de haber estado sentada mientras le hacían la cama; y tras hacerle tomar con todo cuidado los cordiales prescritos, con alegría la vio sumirse en un sopor que esperaba fuese muy beneficioso. Su sueño, aunque no tan tranquilo como habría esperado Elinor, duró un tiempo con­siderable; y ésta, ansiosa de observar por sí misma los resultados, decidió quedarse a su lado hasta que despertara. La señora Jennings, que no estaba en­terada del cambio operado en la paciente, se fue a la cama más temprano que de costumbre; su don­cella, una de las principales encargadas del cuida­do de la enferma, estaba buscando un poco de solaz en la habitación del ama de llaves, y Elinor permanecía sola con Marianne.
El sueño de Marianne comenzó a hacerse cada vez más agitado; y Elinor, que en ningún momen­to dejaba de observar atentamente sus continuos cambios de posición y escuchar los reiterados, aun­que inarticulados quejidos que salían de sus labios, casi deseaba sacarla de un sopor tan penoso cuan­do Marianne, repentinamente despierta ante un rui­do imprevisto en la casa, se irguió sobresaltada, exclamando en un desvarío febril:

-¿Ha venido mamá?

-Todavía no -replicó su hermana, ocultando su terror y ayudando a Marianne a tenderse nueva­mente-; aunque espero que luego estará aquí. Hay un largo trecho, lo sabes, desde acá a Barton.

-Pero no debe dar la vuelta por Londres -ex­clamó Marianne, con el mismo tono inquieto-. Nun­ca la volveré a ver, si va a Londres.
Alarmada, Elinor se dio cuenta de que Marian­ne estaba delirando, y mientras intentaba calmar­la, ansiosamente le tomó el pulso. Era más débil y rápido que nunca; y al ver que Marianne seguía desvariando acerca de mamá, su temor aumentó hasta el punto de decidirla a enviar de inmediato por el señor Harris y despachar un mensajero a Barton para hacer venir a su madre. Junto con to­mar esta resolución, pensó en consultar de inme­diato con el coronel Barton la mejor forma de lle­varla a cabo; y así, tan pronto hubo llamado a la doncella para que la reemplazara junto a su her­mana, se apresuró a bajar a la sala donde sabía que por lo general él se encontraba, aunque mucho más tarde que en el momento actual.
No era momento para vacilaciones. De inme­diato le hizo presente sus temores y sus dificulta­des. Sus temores, el coronel no tenía ni el valor ni la confianza necesarios para intentar aplacarlos: los escuchó con silencioso desaliento; pero de sus di­ficultades se hizo cargo de inmediato, pues con una rapidez que parecía evidenciar que mentalmente ya había previsto la ocasión y el servicio requerido, se ofreció a ser el mensajero que traería a la seño­ra Dashwood. Elinor no presentó ninguna objeción que no fuera fácilmente rebatida. Le agradeció con palabras breves pero fervorosas, y mientras él se apresuraba a enviar a su criado con un mensaje para el señor Harris y una orden para conseguir caballos de posta de inmediato, ella le escribió unas pocas líneas a su madre.
El consuelo de un amigo como el coronel Bran­don en esos momentos, de un compañero de esa laya para su madre... ¡qué enorme gratitud desper­taba en ella! ¡Un amigo cuyo juicio la iba a guiar, cuya compañía aliviaría su dolor y cuyo afecto qui­zá la calmaría...! En la medida en que la perturba­ción que debía producir en ella un llamado como ése pudiera serle suavizada, su presencia, su trato y su ayuda con toda seguridad iban a lograrlo.


El, entretanto, sintiera lo que sintiese, actuaba con toda la firmeza de una mente ordenada; hizo todos los arreglos necesarios con la mayor diligen­cia, y calculó con exactitud el momento en que ella podría esperar su vuelta. No perdió ni un instante en demoras de ningún tipo. 
Llegaron los caballos incluso antes de que se los esperara, y el coronel Brandon, limitándose a estrechar la mano de Eli­nor con una mirada solemne y unas pocas pala­bras dichas en una voz demasiado baja para que llegaran a sus oídos, se apresuró a montar en el carruaje. Eran entonces aproximadamente las doce, y Elinor volvió a los aposentos de su hermana para esperar la llegada del boticario y velar junto a ella por el resto de la noche. Fue una noche de sufri­mientos casi iguales para ambas hermanas. Hora tras hora fueron pasando en insomne dolor y deli­rio por parte de Marianne, y la más cruel ansiedad en Elinor, antes de que apareciera el señor Harris. Se habían despertado los temores de Elinor, que la hacían pagar con creces toda su anterior seguri­dad, y la sirviente sentada junto a ella -porque no había permitido que llamaran a la señora Jennings ­la torturaba aún más al insinuar las cosas que su ama había pensado desde el comienzo.
A intervalos, las ideas de Marianne seguían fi­jas incoherentemente en su madre, y cada vez que mencionaba su nombre, el corazón de la pobre Eli­nor sufría una punzada de dolor; se reprochaba haber tomado a la ligera tantos días de enferme­dad, y anhelando un socorro inmediato, pensaba que pronto todo socorro sería en vano, que todo se había retrasado demasiado, y se imaginaba a su afligida madre llegando demasiado tarde a ver a su preciosa hija con vida o en uso de su razón.
Estaba a punto de enviar a buscar de nuevo al señor Harris o, si él no podía acudir, solicitar nue­vos consejos, cuando el boticario -pero no antes de las cinco- hizo su aparición. Su opinión, sin embargo, compensó en algo su tardanza, pues aun­que reconoció un cambio inesperado y desfavora­ble en su paciente, insistió en que no había un pe­ligro grave y se refirió al alivio que un nuevo tra­tamiento debía procurar con una confianza que, en menor grado, se comunicó a Elinor. Prometió ir de nuevo dentro de las tres o cuatro horas siguientes, y dejó tanto a su paciente como a la preocupada acompañante más tranquilas de lo que las había encontrado.
La señora Jennings se enteró de lo ocurrido en la mañana, dando muestras de gran preocupación y con muchos reproches por no haber sido llama­da a ayudar. Sus antiguos temores, que ahora revi­vían con mucho mejor base, no le dejaron duda alguna sobre lo ocurrido; y aunque se esforzaba en consolar a Elinor, su certeza sobre el peligro que corría su hermana no le permitía ofrecerle el con­suelo de la esperanza. Su corazón estaba realmen­te apesadumbrado. El rápido decaer, la temprana muerte de una muchacha tan joven, tan adorable como Marianne, habría podido afectar incluso a una persona menos cercana. Pero Marianne podía es­perar más de la compasión de la señora Jennings. Durante tres meses le había servido de compañía, todavía estaba a su cuidado, y se sabía que la ha­bían herido profundamente y que había sufrido durante largo tiempo. También veía la angustia de la hermana, que era muy en especial su favorita; y en cuanto su madre, cuando la señora Jennings pensaba que probablemente Marianne sería para ella lo que Charlotte era para sí misma, sentía una genuina compasión por sus sufrimientos.
El señor Harris fue puntual en su segunda visi­ta, pero las esperanzas que había colocado en los efectos de la anterior se vieron frustradas. Sus me­dicamentos habían fallado; la fiebre no había sido vencida; y Marianne, sólo más tranquila -no más dueña de sí- permanecía en un denso sopor. Eli­nor, captando todos, y más que todos sus temores en un solo instante, propuso solicitar más consejos. Pero él lo juzgó innecesario; aún tenía algo más que intentar, una nueva prescripción en cuyo éxito con­fiaba tanto como en el de la última, y su visita con­cluyó con animosas palabras de seguridad que llegaron a los oídos de la señorita Dashwood, pero no lograron alcanzar su corazón. Aunque se mante­nía tranquila, excepto cuando pensaba en su ma­dre, casi había perdido las esperanzas; y en este estado siguió hasta mediodía, apenas moviéndose del lado de su hermana, su mente saltando de una ima­gen de dolor a otra, de un amigo acongojado a otro, con su espíritu abatido al máximo por la conversa­ción de la señora Jennings, que no tenía reparos en atribuir la gravedad y peligro de este trastorno a las muchas semanas en que Marianne ya antes había estado indispuesta a causa de su desengaño. Elinor sentía cuán razonable era esa idea, y ello le signifi­caba un nuevo dolor añadido a sus reflexiones.
Alrededor de mediodía, sin embargo, comen­zó -pero con una cautela, un temor a ilusionarse falsamente que durante algún rato la hicieron ca­llar, incluso frente a su amiga- a imaginar, a tener la esperanza de estar percibiendo una ligera mejo­ría en el pulso de su hermana; esperó, vigiló, lo examinó una y otra vez; y finalmente, con una agi­tación más difícil de ocultar bajo un exterior cal­mado que toda su angustia precedente, se atrevió a comunicar sus esperanzas. La señora Jennings, aunque obligada tras un examen a reconocer una recuperación temporal, intentó que su joven ami­ga evitara entregarse a la idea de que continuaría así; y Elinor, recorriendo mentalmente todos los ar­gumentos que le recomendaban desconfiar, también se dijo que no debía alimentar esperanzas. Pero era demasiado tarde. La esperanza ya había hecho su entrada; y ella, sintiendo su ansioso aletear, se in­clinó sobre su hermana para aguardar... ya ni sa­bía qué. Pasó media hora, y los síntomas favorables seguían bendiciéndola. Incluso aparecieron otros, confirmándolos. Su respiración, su piel, sus labios, todos apelaban a Elinor con señales de mejoría, y Marianne fijó sus ojos en ella con una mirada ra­cional, aunque lánguida. La ansiedad y la esperanza la acosaban en igual medida, impidiéndole un mo­mento de tranquilidad hasta la llegada del señor Harris a las cuatro, cuando las seguridades que le dio, sus felicitaciones por una recuperación de su hermana que incluso sobrepasaba sus expectativas, le entregaron confianza y consuelo, y pudo dejar correr lágrimas de alegría.
Marianne estaba notablemente mejor en- todo sentido, y el señor Harris la declaró por completo fuera de peligro. La señora Jennings, quizá satisfe­cha porque sus presagios habían recibido justifica­ción parcial en la última alarma que habían vivido, se permitió confiar en el juicio del boticario y ad­mitió con genuina alegría, y pronto con indudable gozo, la probabilidad de una completa recuperación.
Elinor no podía estar alegre. Su gozo era de una clase diferente, y llevaba a algo muy distinto a la alegría. Marianne devuelta a la vida, a la salud, a los amigos y a su amorosa madre, era una idea que le llenaba el corazón de exquisito consuelo y se lo expandía en fervorosa gratitud; pero no se manifes­taba ni en demostraciones externas de alegría, ni en palabras o sonrisas. Todo lo que abrigaba el pecho de Elinor era satisfacción, callada y fuerte.
Siguió junto a su hermana con escasos interme­dios toda la tarde, calmando cada uno de sus temores, satisfaciendo cada una de las interrogantes de su debilitado espíritu, prestando todos los auxilios necesarios y vigilando casi cada mirada y cada alien­to. Por supuesto, en algunos momentos se le hizo presente la posibilidad de una recaída, recordándo­le lo que era la ansiedad; pero cuando sus frecuen­tes y minuciosos exámenes le mostraron que continuaban todos y cada uno de los síntomas de recuperación, y a las seis vio a Marianne sumirse en un sueño tranquilo, ininterrumpido y, según todas las apariencias, confortable, acalló todas sus dudas.
Se acercaba ya el momento en que podía es­perarse el regreso del coronel Brandon. A las diez, creía Elinor, o no mucho más tarde, su madre se vería libre del terrible suspenso con que ahora de­bía ir viajando hacia ellas. ¡Quizá también el coro­nel era apenas un poco menos merecedor de piedad! ¡Ah, cuán lento transcurría el tiempo que aún los mantenía en la ignorancia!
A las siete, dejando a Marianne todavía entre­gada a un dulce sueño, se unió a la señora Jen­nings en la sala para tomar té. Sus temores la habían mantenido incapaz de desayunar, y en la cena el giro repentino de los acontecimientos le había impedido comer mucho; el actual refrigerio, entonces, con los sentimientos de gozo con que Elinor llegaba a él, fue muy especialmente bien re­cibido. Al terminar, la señora Jennings quiso con­vencerla de que descansara algo antes de la llegada de su madre, y le permitiera a ella tomar su lugar junto a Marianne; pero Elinor no se sentía ni fati­gada ni capaz de dormir, y no iba a permitir que la mantuvieran lejos de su hermana ni por un ins­tante. La señora Jennings subió con ella entonces hasta la pieza de la enferma para constatar que todo seguía bien, la dejó allí entregada a su cometido y a sus pensamientos, y se retiró a sus habitaciones a escribir algunas cartas y luego a dormir.
La noche era fría y tormentosa. Si hubieran sido las diez, Elinor habría estado segura de que en ese momento escuchaba un carruaje acercándose a la casa; y fue tan grande su seguridad de haberlo es­cuchado, a pesar de que era casi imposible que ya hubieran llegado, que se dirigió al saloncito junto a la. pieza y abrió una celosía para constatar la ver­dad. En seguida vio que sus oídos no la habían engañado. De inmediato tuvo a la vista el brillo de los faroles de un carruaje. A su incierta luz le pa­reció distinguir que era tirado por cuatro caballos; y esto, aunque era señal del enorme temor de su madre, explicó en parte tan inesperada rapidez.
Nunca, en toda su vida, había encontrado Eli­nor más difícil mantenerse tranquila. Saber lo que su madre debía estar sintiendo en el momento en que el carruaje se detuvo ante la puerta... sus du­das, su miedo, ¡quizá su desesperación!, ¡y lo que ella debía decir!... sabiendo eso era imposible man­tener la calma. Todo lo que quedaba por hacer era apresurarse; y así, quedándose sólo hasta que pudo dejar a la doncella de la señora Jennings con su hermana, corrió escaleras abajo.

El trajín que escuchó en el vestíbulo mientras. pasaba por un recibidor interior, le confirmó que ya estaban en la casa. Avanzó a toda prisa hacia la sala, entró... y allí vio únicamente a Willoughby.