viernes, 18 de enero de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXII

Cuando la señorita Dashwood dio a conocer en detalle esta conversación a su hermana, como lo hizo con gran prontitud, el efecto que tuvo en ésta no fue por completo el que la primera había es­perado. 
No fue que Marianne pareciera desconfiar de la autenticidad de lo relatado, pues a todo prestó la más tranquila y dócil atención, no objetó ni co­mentó nada, en ningún momento intentó justificar a Willoughby, y con sus lágrimas pareció mostrar que sentía imposible cualquier justificación. Pero aunque posteriormente su comportamiento le dio a Elinor la certeza de que sí había logrado con­vencerla de la culpabilidad del joven; aunque com­placida pudo ver que, como consecuencia, Marianne ya no evitaba al coronel Brandon cuan­do las visitaba, conversaba con él, e incluso hasta por iniciativa propia, con una especie de compasi­vo respeto, y aunque la veía de un ánimo menos exasperadamente irritable que antes, no la veía menos desdichada. Su mente estaba estable, pero se había establecido en un sombrío abatimiento. 

Le dolía más la pérdida de la imagen que tenía de Willoughby que el haber perdido su amor; el que hubiera seducido y abandonado a la señorita Williams, la miseria de esa pobre niña y la duda en torno a lo que alguna vez pudieron haber sido los propósitos del joven hacia ella misma, todo ello la agobiaba de tal manera que no podía allanarse a hablar de lo que sentía ni siquiera con Elinor; y con su callado ensimismamiento en sus penas, ha­cía sufrir a su hermana más que si le hubiera abier­to su corazón hablándole una y otra vez de ellas.
Relatar lo que sintió y dijo la señora Dashwood al recibir y responder la carta de Elinor sería tan sólo repetir lo que sus hijas ya habían sentido y dicho; una desilusión apenas menos dolorosa que la de Marianne, y una indignación mayor aún que la de Elinor. Una tras otra les hizo llegar largas cartas, en las que les hablaba de su dolor y de lo que pensaba; expresaba su ansiedad y preocupación por Marianne y la llamaba a soportar con entereza su desgracia. ¡Terrible debía ser en verdad la aflicción de Marianne, cuando su madre podía hablar de en­tereza! ¡Qué vejatorio y humillante debía ser el ori­gen de sus lamentos, para que la señora Dashwood no quisiera verla abandonándose a ellos!
En contra de sus propios intereses y convenien­cia, la señora Dashwood había decidido que, en ese momento, convendría más a Marianne estar en cualquier lugar menos en Barton, donde todo lo que su vista alcanzaba le recordaría intensa y do­lorosamente el pasado, al hacerle presente en todo momento a Willoughby tal como allí lo había co­nocido. Así, les recomendó a sus hijas que por nin­gún motivo acortaran su visita a la señora Jennings, pues aunque nunca habían fijado con exactitud su duración, todos esperaban que abarcaría al menos cinco o seis semanas. Allí no podrían eludir las dis­tintas ocupaciones, los proyectos y la compañía que Barton no les podía ofrecer y que, según espera­ba, podrían de vez en cuando lograr que Marianne, sin darse cuenta, se interesara por algo más allá de ella misma e incluso se divirtiera un poco, por mucho que ahora rechazara desdeñosamente am­bas posibilidades.
En cuanto al peligro de encontrarse de nuevo con Willoughby, su madre pensaba que Marianne estaba tan a salvo en la ciudad como en el cam­po, dado que nadie entre quienes se consideraban sus amigos lo admitiría ahora en su compañía. Na­die, intencionalmente, haría que se cruzaran sus caminos; por negligencia, nunca estarían expues­tos a una sorpresa; y el azar tenía menos oportu­nidad de ocurrir entre las multitudes de Londres que en el aislamiento de Barton, donde podría im­ponerle a ella la presencia del joven durante la vi­sita de éste a Allenham con ocasión de su matrimonio, un hecho que la señora Dashwood había considerado en un principio como probable, y que ahora había llegado a esperar como cierto.
Tenía aún otro motivo para desear que sus hi­jas permanecieran donde estaban: una carta de su hijastro le había comunicado que él y su esposa estarían en Londres antes de mediados de febrero, y ella consideraba correcto que vieran de vez en cuando a su hermano.
Marianne había prometido dejarse guiar por la opinión de su madre y se sometió entonces a ella sin objeciones, a pesar de ser por completo dife­rente a lo que ella deseaba o esperaba y aunque la creía un perfecto error basado en razones equi­vocadas; un error que, además, al demandar de ella la permanencia en Londres, la privaba del único alivio posible a su miseria -la íntima compasión de su madre- y la condenaba a una compañía y a si­tuaciones que le impedirían conocer ni un solo momento de paz.
No obstante, constituyó un gran consuelo para Marianne el hecho de que aquello que le hacía daño significara un bien para su hermana; y Eli­nor, por su parte, sospechando que no depende­ría de ella evitar completamente a Edward, se tranquilizó pensando que aunque la prolongación de su permanencia en Londres atentaría contra de su propia felicidad, sería mejor para Marianne que un inmediato retorno a Devonshire.
Su cuidado en proteger a su hermana de escu­char el nombre de Willoughby no fue en vano. Marianne, aunque sin saberlo, cosechó todos sus frutos; pues ni la señora Jennings, ni sir John, ni siquiera la misma señora Palmer, lo mencionaron jamás frente a ella. Elinor deseaba que igualmente se hubieran abstenido de hacerlo en su presencia, pero tal cosa era imposible, y así se veía obligada a escuchar día tras día las manifestaciones de in­dignación de todos ellos.
Sir John no lo habría creído posible. “¡Un hom­bre de quien siempre había tenido tantos motivos para pensar bien! ¡Un muchacho de tan buen ca­rácter! ¡No creía que hubiera un mejor jinete en toda Inglaterra! Era algo inexplicable. Deseaba de todo corazón verlo en el infierno. ¡Nunca más le dirigi­ría la palabra, en ningún lugar donde lo encontra­ra, por nada del mundo! No, ni siquiera si se lo topara en el albergue de Barton y tuvieran que que­darse esperando dos horas juntos. ¡Ese truhán! ¡Ese perro desleal! ¡Tan sólo la última vez que se ha­bían encontrado, había ofrecido darle uno de los cachorros de Folly! ¡Pues no! ¡Con esto se acababa todo!”
A su manera, la señora Palmer estaba igualmen­te enojada. “Estaba decidida a romper de inmedia­to toda relación con él, y agradecía al cielo no haberlo conocido nunca. Deseaba con todo el co­razón que Combe Magna no estuviera tan cerca de Cleveland; pero no tenía importancia, porque es­taba demasiado lejos para visitas; lo odiaba tanto que estaba decidida a no pronunciar nunca más su nombre, y le diría a todos los que viera que era un badulaque”.
El resto de la adhesión de la señora Palmer a la causa de Marianne se manifestaba en procurar­se todos los pormenores posibles sobre la próxi­ma boda, y comunicárselos a Elinor. Pronto pudo decir qué carrocero estaba construyéndoles su nue­vo coche, quién estaba pintando el retrato del se­ñor Willoughby y en qué tienda podía verse las ro­pas de la señorita Grey.
La tranquila y cortés despreocupación de lady Middleton constituía en estas circunstancias un grato alivio para el espíritu de Elinor, abrumado como a menudo estaba por la vocinglera compasión de los demás. Era un bálsamo para ella la seguridad de no despertar ningún interés en al menos una per­sona de su círculo de amistades; un descanso sa­ber que había alguien que estaría con ella sin sentir curiosidad alguna sobre los pormenores, ni ansie­dad por la salud de su hermana.
Suele suceder que las circunstancias del momento lleven a otorgar a cualquier atributo más valor que el que realmente tiene; y así ocurría que a veces tanta afanosa conmiseración fastidiaba a Elinor hasta lle­varla a calificar la buena educación como más im­portante para el bienestar que el buen corazón.
Lady Middleton manifestaba su parecer sobre el asunto entre una y dos veces al día, si el tema salía a relucir con alguna frecuencia, diciendo: “¡Qué cosa tan terrible, en verdad!”, y mediante este continuo aunque suave desahogo, no sólo fue ca­paz de ir a ver a las señoritas Dashwood desde un comienzo sin la menor emoción, sino que muy pronto sin recordar siquiera una palabra de todo el asunto; y habiendo defendido así la dignidad de su propio sexo y censurado decididamente lo que estaba mal en el otro, se sintió en libertad de pro­teger los intereses de su grupo, por lo que decidió (aunque algo en contra de la opinión de sir John) que, como la señora Willoughby sería una mujer elegante y rica a la vez, le dejaría su tarjeta tan pronto como se hubiera casado.
Las delicadas y siempre prudentes indagacio­nes del coronel Brandon nunca eran mal recibidas por la señorita Dashwood. Con el amistoso celo con que se había esforzado en aliviarlo, se había gana­do profusamente el privilegio de discutir de ma­nera íntima el desengaño de su hermana, y siempre conversaban con entera confianza. La principal re­compensa del coronel por el penoso esfuerzo de revelar sufrimientos pasados y humillaciones actua­les, era la compasiva mirada con que Marianne solía observarlo y la dulzura de su voz siempre que se veía obligada (aunque ello no ocurría a menudo) o se obligaba a hablarle. Eran estas cosas las que le aseguraban que con su esfuerzo había logrado aumentar la buena voluntad hacia él, y las que per­mitían a Elinor esperar que dicha buena voluntad se incrementara aún más; pero la señora Jennings, ignorando todo esto, y sabiendo únicamente que el coronel continuaba tan serio como siempre y que no podía persuadirlo de hacer él mismo su propo­sición de matrimonio ni de encargársela a ella, al cabo de dos días comenzó a pensar que, en vez de para mediados del verano, no habría boda en­tre ellos sino hasta la fiesta de san Miguel, y hacia fines de la semana ya pensaba que no habría boda en absoluto. El buen entendimiento entre el coro­nel y la mayor de las señoritas Dashwood más bien llevaba a concluir que los honores de la morera, de la canaleta y de la glorieta bajo el tejo, todos le corresponderían a ésta; y, por un tiempo, la seño­ra Jennings dejó de pensar en el señor Ferrars.
A comienzos de febrero, antes de transcurridas dos semanas desde la recepción de la carta de Willoughby, Elinor debió hacerse cargo de la di­fícil tarea de informar a su hermana de que él se había casado. Se había preocupado de que le trans­mitieran a ella la noticia apenas se supiera que la ce­remonia había tenido lugar, pues deseaba evitar que su hermana se enterara de ello por los periódicos, que la veía examinar ansiosamente cada mañana.
Marianne recibió la noticia con absoluta com­postura; no hizo ninguna observación al respecto y al comienzo no derramó ninguna lágrima; pero tras un corto rato estalló en llanto, y por el resto del día permaneció en un estado apenas menos penoso que cuando recién supo que debía espe­rar ese matrimonio.
Los Willoughby abandonaron la ciudad tan pronto como estuvieron casados; y Elinor comen­zó a confiar en que, ahora que no había peligro de ver a ninguno de los dos, pudiera persuadir a su hermana, que no se había alejado de la casa desde el momento en que recibió el primer golpe, para que poco a poco volviera a salir como antes.
Alrededor de esas fechas, las dos señoritas Steele, recién llegadas a la casa de su prima en Bartlett's Building, Holbom, aparecieron de nuevo en la casa de sus más importantes parientes en Con­duit y Berkeley Street, lugares ambos en que fue­ron recibidas con gran cordialidad.
Elinor sólo pudo lamentar verlas. Su presencia siempre se le hacía penosa, y le costaba enorme­mente responder con alguna gentileza al abruma­dor placer mostrado por Lucy al descubrir que todavía estaban en la ciudad.

-Me habría sentido muy decepcionada si ya no la hubiera encontrado aquí -repetía una y otra vez, con un fuerte énfasis en la palabra-. Pero siempre pensé que sí iba a estar. Estaba casi segura de que no se iba a ir de Londres por un buen tiempo to­davía; aunque usted en Barton me dijo, ¿recuerda?, que no iba a quedarse más de un mes. Pero en ese momento pensé que lo más probable era que cambiara de opinión cuando llegara el momento. Habría sido una lástima tan grande haberse ido an­tes de la llegada de su hermano y su cuñada. Y ahora, con toda seguridad, no tendrá ningún apu­ro en irse. Estoy increíblemente contenta de que no haya cumplido su palabra.
Elinor la comprendió perfectamente, y se vio obligada a recurrir a todo su dominio sobre sí mis­ma para aparentar que no era así.

-Bien, querida -dijo la señora Jennings-, ¿y en qué se vinieron?

-No en la diligencia, se lo aseguro -respondió la señorita Steele con instantáneo júbilo-; vinimos en coche de posta todo el camino, en la compañía de un joven muy elegante. El reverendo Davies ve­nía a la ciudad, así que pensamos alquilar juntos un coche; se comportó de la manera más gentil, y pagó diez o doce chelines más que nosotras.

-¡Vaya, vaya! -exclamó la señora Jennings-. ¡Muy bonito! Y el reverendo está soltero, supongo.

-Ahí tiene -dijo la señorita Steele, con una son­risita afectada-; todo el mundo me hace bromas con el reverendo, y no me imagino por qué. Mis primas dicen estar seguras de que hice una con­quista; pero, por mi parte, les aseguro que nunca he pensado ni un minuto en él. “¡Cielo santo, aquí viene tu galán, Nancy!”, me dijo mi prima el otro día, cuando lo vio cruzando la calle hacia la casa. “¡Mi galán, qué va!”, le dije yo, “No puedo imagi­nar de quién estás hablando. El reverendo no es para nada pretendiente mío”.

-Claro, claro, todo eso suena muy bien... pero no servirá de nada: el reverendo es el hombre, ya lo veo.

-¡No, de ninguna manera! -respondió su pri­ma con afectada ansiedad-, y le ruego que lo des­mienta sí alguna vez lo oye decir.
La señora Jennings le dio de inmediato todas las seguridades del caso de que por cierto no lo haría, haciendo completamente feliz a la señorita Steele.

-Supongo que irá a quedarse con su hermano y su hermana, señorita Dashwood, cuando ellos vengan a la ciudad -dijo. Lucy, volviendo a la car­ga tras un cese en las insinuaciones hostiles.

-No, no creo que lo hagamos.

-Oh, sí, yo diría que lo harán.
Elinor no quiso darle el gusto y continuar con sus negativas.

-¡Qué agradable que la señora Dashwood pue­da prescindir de ustedes dos durante tanto tiempo seguido!

-¡Tanto tiempo, qué va! -interpuso la señora Jennings-. ¡Pero si la visita recién comienza!
Tal respuesta hizo callar a Lucy.

-Lamento que no podamos ver a su hermana, señorita Dashwood -dijo la señorita Steele-. Sien­to mucho que no esté bien -pues Marianne había abandonado la habitación a su llegada.

-Es usted muy amable. También mi hermana lamentará haberse perdido el placer de verlas; pero últimamente ha estado muy afectada con dolores de cabeza nerviosos, que la inhabilitan para las vi­sitas o la conversación.

-¡Ay, querida, qué lástima! Pero tratándose de viejas amigas como Lucy y yo... quizá querría ver­nos a nosotras; y le aseguro que no diríamos pa­labra.
Elinor, con la mayor cortesía, declinó la pro­posición. “Quizá su hermana estaba acostada, o en bata, y, por tanto, no podía venir a verlas”.

-Ah, pero si eso es todo -exclamó la señorita Steele- igual podemos ir nosotras a verla a ella.
Elinor comenzó a encontrarse incapaz de so­portar tanta impertinencia; pero se salvó de tener que controlarse por la enérgica reprimenda de Lucy a Anne, que aunque quitaba bastante dulzura a sus modales, ahora, como en tantas otras ocasiones, sir­vió para dominar los de su hermana.

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