sábado, 26 de enero de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXIII

Tras una cierta oposición, Marianne cedió a los es­fuerzos de su hermana y una mañana aceptó salir con ella y la señora Jennings durante media hora. Sin embargo, lo hizo con la expresa condición de que no harían visitas y que se limitaría a acompa­ñarlas a la joyería Gray en Sackville Street, donde Elinor estaba negociando el cambio de unas po­cas alhajas de su madre que se veían anticuadas.
Cuando se detuvieron en la puerta, la señora Jennings recordó que en el otro extremo de la ca­lle vivía una señora a quien debía pasar a ver; y como nada tenía que hacer en Gray's, decidió que mientras sus jóvenes amigas cumplían su cometi­do, ella haría su visita y luego retornaría.

Al subir las escalinatas, las señoritas Dashwood encontraron tal cantidad de personas delante de ellas que nadie parecía estar disponible para aten­der su pedido, y se vieron obligadas a esperar. No les quedó más que sentarse cerca del extre­mo del mostrador que prometía un movimiento más rápido; sólo un caballero se encontraba allí, y es probable que Elinor no dejara de tener la esperanza de despertar su cortesía para que des­pacharan pronto su pedido. Pero la exactitud de su vista y la delicadeza de su gusto resultaron ser mayores que su cortesía. Estaba encargando un estuche de mondadientes para sí mismo, y hasta que no decidió su tamaño, forma y adornos -que combinó a su gusto según su propia inventiva tras examinar y analizar durante un cuarto de hora to­dos los estuches de la tienda-, no se dio tiempo para prestar atención a las dos damas, salvo dos o tres miradas bastante atrevidas; un tipo de in­terés que sirvió para grabar en Elinor el recuer­do de una figura y rostro de acusada, natural y genuina insignificancia, aunque acicalado a la úl­tima moda.
Marianne se ahorró los molestos sentimientos de desprecio y resentimiento ante la impertinencia con que las había examinado y los jactanciosos mo­dales con que el sujeto elegía los diferentes horro­res de los distintos estuches que se le presentaban, permaneciendo ajena a todo ello; era capaz de en­simismarse en sus pensamientos e ignorar todo lo que ocurría a su alrededor en la tienda del señor Gray con la misma facilidad que en su propio dor­mitorio.
Por fin el asunto fue resuelto. El marfil, el oro y las perlas, todos recibieron su ubicación, y tras fijar el último día en que su existencia podía sos­tenerse sin la posesión del estuche, el caballero se calzó los guantes con estudiada calma y, arrojan­do otra mirada a las señoritas Dashwood, pero una mirada que más parecía pedir admiración que ma­nifestarla, se retiró con un aire satisfecho en que se mezclaban un verdadero engreimiento y una afectada indiferencia.
Sin pérdida de tiempo, Elinor expuso sus asun­tos y estaba a punto de concluirlos cuando otro caballero se colocó a su lado. Se volvió a mirarlo, y con algo de sorpresa se encontró con que era su hermano.
El afecto y placer que mostraron al encontrar­se fue el suficiente para hacerlos creíbles en la tien­da del señor Gray. En verdad, John Dashwood estaba lejos de lamentar volver a ver a sus herma­nas; más bien, los tres se alegraron y él indagó acer­ca de la madre de ellas en forma respetuosa y atenta.

Elinor se enteró de que él y Fanny llevaban dos días en la ciudad.
-Tenía grandes deseos de haberlas visitado ayer -dijo John-, pero fue imposible, porque tuvimos que llevar a Harry a ver a los animales salvajes en Exeter Exchange y pasamos el resto del día con la señora Ferrars.

Harry estaba absolutamente feliz. Tenía todas las intenciones de ir a visitarlas boy en la mañana, si es que podía encontrar una media hora libre, ¡pero siempre hay tanto que hacer cuan­do recién se llega a la ciudad! He venido acá a en­cargar un sello para Fanny. Pero creo que con toda seguridad mañana podré acudir a Berkeley Street y conocer a la señora Jennings. Tengo entendido que es dueña de una muy buena fortuna. Y a los Middleton también tienen que presentármelos. Como son parientes de mi suegra, me complacerá presentarles mis respetos. Han resultado excelen­tes vecinos para ustedes, según he sabido.
-Excelentes, sin ninguna duda. Su preocupación por nuestra comodidad, la amistad que en todo nos han demostrado, van más allá de las palabras.
-Créanme que me alegra muchísimo escuchar­lo; en verdad, muchísimo. Pero era de esperar: son gente de gran fortuna, están emparentados con us­tedes, y era natural que les ofrecieran todas las muestras de cortesía y las comodidades necesarias para hacerles grata la situación. Entonces, están confortablemente instaladas en su casita de cam­po y no les falta nada. Edward nos describió el lu­gar como algo encantador; lo más completo en su tipo que podía existir, dijo, y que todas ustedes pa­recían disfrutarlo mucho. Para nosotros fue una gran alegría saberlo, les aseguro.

Elinor se sintió un poco avergonzada por su hermano, y no lamentó que la llegada del criado de la señora Jennings, que venía a decirle que su señora las estaba esperando en la puerta, la libe­rara de la necesidad de responderle.
El señor Dashwood las acompañó hasta las es­calinatas, fue presentado a la señora Jennings en la puerta de su carruaje, y tras manifestar de nue­vo su esperanza de poder visitarlas al día siguien­te, se retiró.

La visita se cumplió como es debido. Llegó con la falsa excusa de que su esposa no había podido venir pues “estaba tan ocupada con su madre, que en verdad no tenía tiempo de ir a ninguna otra par­te”. La señora Jennings, por su parte, le aseguró de inmediato que ella no se andaba con ceremo­nias, porque todos eran primos, o algo así, y que de todas maneras iría muy pronto a visitar a la se­ñora de John Dashwood, y que llevaría con ella a sus cuñadas. El trato de él hacia ellas, aunque re­servado, fue muy afectuoso; hacia la señora Jen­nings, de solícita cortesía; y al llegar el coronel Brandon poco después, lo observó con una curio­sidad que parecía decir que sólo esperaba saber que era rico para extender a él idéntica cortesía.

Tras permanecer media hora, le pidió a Elinor ir con él a Conduit Street para que lo presentara a Sir John y lady Middleton. Como hacía un hermo­so día, ella accedió de inmediato. Y no bien se ha­bían alejado de la casa, él comenzó a hacerle preguntas.
-¿Quién es el coronel Brandon? ¿Es un hom­bre de fortuna?
-Sí, tiene una muy buena propiedad en Dor­setshire.
-Me alegro. Parece un hombre muy caballero­so, y creo, Elinor, que puedo felicitarte por la pers­pectiva de una situación muy respetable en la vida.
-¿A mí, hermano... qué quieres decir?
-Le gustas. Lo observé muy de cerca, y estoy convencido de ello. ¿A cuánto asciende su fortu­na?
-Creo que a dos mil al año.
-Dos mil al año. -Y luego, esforzándose por alcanzar un tono de entusiasta generosidad, agre­gó-: Elinor, por ti, desearía con todo el corazón que fuera el doble.
-Sí, te creo -respondió Elinor-, pero estoy se­gura de que el coronel Brandon no tiene el me­nor deseo de casarse conmigo.
-Estás equivocada, Elinor; muy equivocada. Con un pequeño esfuerzo de tu parte lo conseguirías. Quizá por el momento esté indeciso, lo escaso de tu fortuna pueda coartarlo o sus amigos se lo des­aconsejen. Pero esas pequeñas atenciones y estí­mulos que las damas tan fácilmente pueden ofrecer, lo persuadirán a pesar de sí mismo. Y no hay ra­zón alguna para que no intentes ganártelo. No debe suponerse que algún otro afecto que hayas tenido antes... en pocas palabras, tú sabes que un afecto como ése es totalmente imposible, las objeciones son insuperables... eres demasiado sensata para no darte cuenta. El coronel Brandon es el hombre; y por mi parte, no me ahorraré ninguna amabilidad con él, de manera que tú y tu familia le agraden. Es una unión que debe complacer a todos. En fin, es algo que -bajando la voz hasta un fatuo susu­rro- será extremadamente conveniente para todas las partes. -Reconsiderando las cosas, sin embar­go, agregó-: Esto es, quiero decir... todos tus ami­gos anhelan verte bien establecida, Fanny en especial, porque tu bienestar le es muy caro, te lo aseguro. Y a su madre también, la señora Ferrars, una mujer muy bondadosa, estoy cierto de que le daría un gran placer; ella misma lo dijo el otro día.
Elinor no se dignó responder.

-Ahora, sería extraordinario -continuó-, algo muy gracioso, si Fanny pudiera ver a un hermano y yo a una hermana llegando a una situación esta­ble en sus vidas al mismo tiempo. Y no es muy improbable.

-¿Es que se casa el señor Edward Ferrars? -dijo Elinor con tono resuelto.

-Todavía no está decidido, pero hay algo de eso en el aire. Tiene una excelente madre. La se­ñora Ferrars, con la mayor generosidad, se hará pre­sente y le asignará mil libras anuales si la unión tiene lugar. La dama en cuestión es la honorable señorita Morton, hija única del fallecido lord Mor­ton, con treinta mil libras: una unión muy desea­ble por ambas partes, y no me cabe duda de que a la larga se materializará. Mil libras anuales es una importante cantidad para que una madre se des­haga de ella, la ceda para siempre; pero la señora Ferrars tiene un espíritu muy noble. Para darte otro ejemplo de su generosidad: el otro día, apenas lle­gamos a la ciudad, consciente de que en este mo­mento no abundábamos en dinero, puso en las manos de Fanny doscientas libras en billetes. Algo muy bienvenido, porque nuestros gastos son enor­mes acá.

Hizo una pausa esperando su aprobación y sim­patía, y ella se obligó a decir:
-Sin duda los gastos de ustedes, en la ciudad y en el campo, deben ser considerables, pero tam­bién cuentan con una buena renta.

-No tan buena, me atrevería a decir, como su­pone mucha gente. No me quejo, sin embargo; sin duda es holgada y, así lo espero, mejorará con el tiempo. Actualmente estamos cercando el ejido de Norland, lo que es un gasto muy serio. Y también hice una pequeña compra este medio año, la granja de East Kingham, debes recordarla, allí donde so­lía vivir el viejo Gibson. Esas tierras me eran tan convenientes en todo sentido, tan directamente co­lindantes con mi propiedad, que sentí que era mi deber comprarlas. No me habría perdonado dejar­las caer en otras manos. Hay que pagar por lo que a uno le conviene, y ello sí me ha costado una gran cantidad de dinero.

-¿Más de lo que crees que valen real e intrín­secamente?

-Vamos, espero que no. Podría haberlas ven­dido al día siguiente por más de lo que pagué; pero en cuanto al precio, en verdad habría sido bastan­te desafortunado, porque en ese momento estaban tan bajos los valores, que si no hubiera tenido la cantidad necesaria en el banco tendría que haber­las rematado con una gran pérdida.
Elinor no pudo sino sonreír.
-Cuando llegamos a Norland tuvimos también otro gasto grande inevitable. Nuestro respetado pa­dre, como bien sabes, legó todos los efectos de Stanhill que quedaban en Norland (y bien valio­sos que eran) a tu madre. Lejos estoy de quejarme por ello; el derecho que le asistía a disponer de sus bienes a su antojo es incuestionable. Pero, como consecuencia, hemos debido hacer importan­tes compras de ropa blanca, vajilla, etc., para re­emplazar lo que se entregó. Podrás imaginar, tras todos estos gastos, cuán lejos de ser ricos estamos y cuán bienvenida es la bondad de la señora Fe­rrars.

-Por supuesto -dijo Elinor-; y con el respaldo de su generosidad, espero que puedan llegar a vi­vir en condiciones más holgadas.

-Uno o dos años más pueden contribuir mu­cho a ello -respondió él gravemente-; no obstan­te, aún queda mucho por hacer. Todavía no se ha colocado ni una piedra del invernadero de Fanny, y del jardín de flores lo único que hay es el pro­yecto.

-¿Dónde estará situado el invernadero?

-En la pequeña loma tras la casa. Hemos echa­do abajo todos los viejos nogales para hacerle es­pacio. Será una hermosa vista desde varias partes del parque, y justo en la pendiente frente a él irá el jardín de flores, así que se verá muy lindo. Ya hemos eliminado los viejos espinos que crecían a manchones en la cima.

Elinor se guardó para sí los comentarios y re­paros que tenía al respecto, y agradeció que Ma­rianne no hubiera estado presente para compartir su irritación.
Habiendo dicho ya lo suficiente para dejar en claro su pobreza y evitar la necesidad de comprar un par de aretes para cada una de sus hermanas en su siguiente visita a Gray's, sus pensamientos tomaron un rumbo más alegre y comenzó a felici­tar a Elinor por tener una amiga como la señora Jennings.

-En verdad parece una mujer muy valiosa. Su casa, su forma de vida, todo habla de una renta muy buena, y es una relación que no sólo les ha sido de gran utilidad hasta ahora, sino que a la larga puede resultar materialmente provechosa. La invi­tación que les ha hecho a la ciudad ciertamente las favorece; y, de todas maneras, es una tan bue­na señal del aprecio en que las tiene, que con toda seguridad no las olvidará a la hora de su muerte. Debe tener bastante que dejar.

-Nada en absoluto, diría yo más bien; lo único que tiene es el usufructo de los bienes de su mari­do, que pasarán a sus hijos.

-Pero es impensable que viva de acuerdo con su renta. Poca gente medianamente prudente lo hace; y todo lo que ahorre, podrá repartirlo.

-¿Y no crees más probable que se lo deje a sus hijas antes que a nosotras?

-Sus hijas están muy bien casadas, y entonces no veo la necesidad de que las recuerde más. En cambio, a mi juicio, al tomarlas tan en considera­ción y tratarlas en la forma en que lo hace, les ha dado a ustedes una especie de derecho en sus pla­nes futuros que una mujer precavida no debiera pasar por alto. Nada hay más bondadoso que su trato hacia ustedes, y difícilmente puede hacerlo sin estar consciente de las expectativas que despierta con ello.

-Pero no despierta ninguna en quienes tienen más parte en esto. En verdad, hermano, tu preocu­pación por nuestro bienestar y prosperidad está lle­gando demasiado lejos.

-Vaya, por supuesto -dijo él, aparentando un aire reflexivo-, es muy poco, muy poco lo que la gente puede controlar. Pero, mi querida Elinor, ¿qué le ocurre a Marianne? Tiene muy mal aspecto, está de mal color y ha adelgazado mucho. ¿Acaso está enferma?

-No está bien, durante las últimas semanas ha estado sufriendo de los nervios.

-Lamento saberlo. A su edad, ¡cualquier enfer­medad destruye la lozanía para siempre! ¡Y la suya ha sido tan breve! En septiembre era una mucha­cha tan bonita como la mejor que yo haya visto, muy atractiva para los hombres. Su tipo de belleza tenía algo muy especialmente seductor. Recuerdo que Fanny solía decir que se iba casar antes y me­jor que tú; no es que ella no te tenga a ti un enor­me cariño, pero eso es lo que le parecía. Sin embargo, se equivocaba. Dudo que Marianne vaya a casarse ahora con un hombre que valga a lo más quinientas o seiscientas libras al año, y me enga­ñaría mucho si no lo haces mejor. ¡Dorsetshire! Conozco muy poco Dorsetshire, pero, mi querida Elinor, me encantará saber mas; y pienso que pue­do prometerte que Fanny y yo estaremos entre tus primeros y más complacidos visitantes.

Elinor puso gran esmero en intentar conven­cer a su hermano de que no había ninguna posi­bilidad de un matrimonio entre ella y el coronel Brandon; pero la expectativa lo alegraba demasia­do como para renunciar a ella, y estaba decidido a lograr una relación más cercana con ese caballe­ro y alentar el matrimonio a través de todas las atenciones posibles. Su remordimiento por no ha­ber hecho nada personalmente por sus hermanas creaba en él un enorme afán por que todos los de­más hicieran mucho por ellas; y una proposición del coronel Brandon o un legado de la señora Jen­nings eran los caminos más fáciles para compen­sar su propio descuido.
Tuvieron la suerte de encontrar a lady Middle­ton en casa, y sir John llegó antes de que pusie­ran término a su visita. Las cortesías abundaron de lado y lado. Sir John siempre estaba presto a que le agradara todo el mundo, y aunque el señor Dashwood no parecía saber mucho de caba­llos, pronto lo tuvo por un buen hombre; lady Middleton, en tanto, viendo en su aspecto suficien­tes elementos a la moda, consideró que valía la pena relacionarse con él; y el señor Dashwood se marchó encantado con ambos.

-Tendré cosas muy agradables que contarle a Fanny -le dijo a su hermana mientras iban de re­greso-. ¡Lady Middleton es de verdad una mujer muy elegante! Es el tipo de mujer que a Fanny le encantará conocer. Y la señora Jennings también, una mujer de excelente trato, aunque no tan ele­gante como su hija. Tu hermana, mi esposa, no tie­ne por qué tener reparos en visitarla, lo que, a decir la verdad, ha sido un poco el caso, y muy enten­diblemente, pues todo lo que sabíamos era que la señora Jennings era la viuda de un hombre que había obtenido todo su dinero por bajos medios; y Fanny y la señora Ferrars habían decidido de an­temano que ni la señora Jennings ni sus hijas eran el tipo de mujeres con las que Fanny querría rela­cionarse. Pero ahora puedo llevarles las más satis­factorias referencias sobre ambas.

No hay comentarios: