jueves, 21 de marzo de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXV

La curiosidad de Elinor por ver a la señora Ferrars estaba satisfecha. Había encontrado en ella todo lo que hacía indeseable una mayor unión entre am­bas familias. 

Había visto lo suficiente de su arro­gancia, su mezquindad y su decidido prejuicio en contra de ella para comprender todos los obstácu­los que habrían dificultado su compromiso con Ed­ward y pospuesto el matrimonio, si él hubiera estado libre; y casi había visto lo- suficiente para agradecer, por su propio bien, que el enorme im­pedimento de su falta de libertad la salvara de su­frir bajo aquellos que podría haber creado la señora Ferrars; la salvara de tener que depender de su ca­pricho o de tener que conquistar su buena opinión. O al menos, si no era capaz de alegrarse por ver a Edward encadenado a Lucy, decidió que, si Lucy hubiera sido más agradable, tendría que haberse alegrado.
Elinor pensaba con extrañeza cómo Lucy podía sentirse tan ensalzada por las muestras de cortesía de la señora Ferrars; cómo podían cegarla tanto sus intereses y vanidad como para hacerla creer que la atención que se le prestaba únicamente porque no era Elinor, era un cumplido dirigido a ella... o para permitirle sentirse animada por una preferencia que sólo se le otorgaba por desconocimiento de su ver­dadera condición. Pero que así era no sólo lo ha­bían manifestado en ese momento los ojos de Lucy, sino que al día siguiente se hizo más claro aún: obe­deciendo a sus deseos, lady Middleton la dejó en Berkeley Street con la esperanza de ver a Elinor a solas, para contarle lo feliz que era.
La ocasión resultó ser propicia, porque muy lue­go después de su llegada un mensaje de la señora Palmer hizo salir a la señora Jennings.

-Mi querida amiga -exclamó Lucy en cuanto estuvieron solas-, vengo a hablarle de cuán feliz soy. ¿Hay acaso algo más halagador que la forma en que ayer me trató la señora Ferrars? ¡Qué ex­tremadamente amable fue! Usted sabe cuánto te­mía yo la sola idea de verla; pero apenas le fui presentada, su trato fue tan afable que casi pare­cía haberse prendado de mí. ¿Verdad que así fue? Usted lo vio todo; ¿y no la dejó totalmente sorpren­dida?
-En verdad fue muy cortés con usted.

-¡Cortés! ¡Cómo puede haber visto sólo corte­sía! Yo vi mucho más... ¡una amabilidad dirigida a nadie más que a mí! Ningún orgullo, ninguna alta­nería, y lo mismo su cuñada: ¡toda dulzura y afa­bilidad!
Elinor habría querido hablar de otra cosa, pero Lucy la seguía presionando para que reconociera que tenía motivos para sentirse tan feliz, y Elinor se vio obligada a continuar.

-Sin duda, si hubieran sabido de su compro­miso -le dijo-, nada podría ser más halagador que la forma en que la trataron; pero no siendo ése el caso...

-Me imaginé que diría eso -replicó Lucy con prontitud-; pero por qué razón la señora Ferrars iba a aparentar que yo le gustaba, si no era así... y agradarle es todo para mí. No podrá privarme de mi satisfacción. Estoy segura de que todo termina­rá bien y que desaparecerán todos los obstáculos que yo preveía. La señora Ferrars es una mujer en­cantadora, al igual que su cuñada. ¡Las dos son ado­rables! ¡Me sorprende no haberle escuchado nunca decir cuán agradable es la señora Dashwood!
Para esto Elinor no tenía alguna respuesta que dar, y no intentó ninguna.
¿Está enferma, señorita Dashwood? Parece aba­tida, no habla... con toda seguridad no se siente, bien. 

-Nunca mi salud fue mejor.

-Me alegra de todo corazón, pero en verdad no lo parecía. Lamentaría mucho que usted se en­fermara... ¡usted que ha sido el mayor consuelo del mundo para mí! Sólo Dios sabe qué habría sido de mí sin su amistad.

Elinor intentó una respuesta cortés, aunque du­dando mucho de su capacidad de lograrlo. Pero pareció satisfacer a Lucy, quien respondió de in­mediato:

-En verdad estoy plenamente convencida de su afecto por mí, y junto al amor de Edward, es mi mayor consuelo. ¡Pobre Edward! Pero ahora hay algo bueno: podremos vemos, y muy a menudo, porque como lady Middleton quedó encantada con la se­ñora Dashwood, me parece que iremos bastante se­guido a Harley Street, y Edward pasa la mitad del tiempo con su hermana. Además, lady Middleton y la señora Ferrars se van a visitar ahora; y la señora Fernars y su cuñada fueron tan amables en decir más de una vez que siempre estarían encantadas de ver­me. ¡Son tan encantadoras! Estoy segura de que si alguna vez le cuenta a su cuñada lo que pienso de ella, no podrá alabarla lo suficiente.

Pero Elinor no quiso darle ninguna esperanza en cuanto a que le diría algo a su cuñada. Lucy prosiguió:

-Estoy segura de que me habría dado cuenta de inmediato si le hubiera desagradado a la seño­ra Ferrars. Si únicamente me hubiera hecho una inclinación de cabeza muy formal, sin decir una palabra, y después hubiera actuado como si yo no existiera, sin siquiera mirarme con alguna compla­cencia... usted sabe a qué me refiero..., si me hu­biera dado ese trato intimidante, habría renunciado a todo llena de desesperación. No lo habría sopor­tado. Porque cuando a ella le disgusta algo, sé que lo demuestra con la mayor rudeza.

Elinor no pudo dar ninguna respuesta a este educado triunfo; se lo impidieron la puerta que se abría de par en par, el criado que anunciaba al se­ñor Ferrars, y la inmediata entrada de Edward.
Fue un momento muy incómodo, y así lo de­mostró el semblante de cada uno de ellos. To­dos adquirieron un aire extremadamente necio, y Edward pareció no saber si abandonar de nuevo la habitación o seguir avanzando. La mismísima cir­cunstancia, en su peor forma, que cada uno había deseado de manera tan ferviente evitar, se les ha­bía venido encima: no sólo se encontraban los tres juntos, sino que además estaban juntos sin el pa­liativo que habría significado la presencia de cual­quier otra persona. Las damas fueron las primeras en recuperar el dominio sobre sí mismas. No le co­rrespondía a Lucy adelantarse con ninguna mani­festación, y era necesario seguir manteniendo las apariencias de un secreto. Debió limitarse así a co­municar su ternura a través de la mirada, y tras un ligero saludo, no dijo más.
Pero Elinor sí tenía algo más que hacer; y es­taba tan ansiosa, por él y por ella, de hacerlo bien, que tras un momento de reflexión se obligó a dar­le la bienvenida con un aire y modales casi des­envueltos y casi llanos; y esforzándose y luchando consigo misma un poco más, incluso logró mejo­rarlos. No iba a permitir que la presencia de Lucy o la conciencia de alguna injusticia hacia ella le impidieran decir que estaba contenta de verlo y que había lamentado mucho no estar en casa cuando él había ido a Berkeley Street. Tampoco iba a de­jarse arredrar por la observadora mirada de Lucy, que no tardó en sentir clavada en ella, privándolo de las atenciones que, en tanto amigo y casi pa­riente, se merecía.

La actitud de Elinor tranquilizó a Edward, que encontró ánimo suficiente para sentarse; pero su turbación todavía era mayor que la de las jóvenes en un grado explicable por las circunstancias, aun­que no fuera corriente tratándose de su sexo, pues carecía de la frialdad de corazón de Lucy y de la tranquilidad de conciencia de Elinor.
Lucy, luciendo un aire recatado y plácido, pa­recía decidida a no contribuir en nada a la como­didad de los otros y se mantuvo en completo silencio; y casi todo lo que se dijo nació de Eli­nor, que debió ofrecer voluntariamente todas las informaciones sobre la salud de su madre, su ve­nida a la ciudad, etc., que Edward debió haber so­licitado, y no solicitó.

Sus afanes no terminaron ahí, pues poco des­pués se sintió heroicamente dispuesta a tomar la decisión de dejar a Lucy y Edward solos, con la excusa de ir a buscar a Marianne; y en verdad lo hizo, y con la mayor galanura, pues se detuvo va­rios minutos en el descansillo de la escalinata, con la más altiva entereza, antes de ir en busca de su hermana. Cuando lo hizo, sin embargo, debieron cesar los arrebatos de Edward, pues la alegría de Marianne la arrastró de inmediato al salón. Su pla­cer al verlo fue como todas sus otras emociones, intensas en sí mismas e intensamente expresadas. Fue a su encuentro extendiéndole una mano, que él tomó, y saludándolo con voz donde era mani­fiesto un cariño de hermana.

-¡Querido Edward! -exclamó-. ¡Este sí es un momento feliz! ¡Casi podría compensar todo lo de­más!

Edward intentó responder a su amabilidad tal como se lo merecía, pero ante tal testigo no se atre­vía a decir ni la mitad de lo que en verdad sentía. Volvieron a sentarse, y durante algunos momentos todos guardaron silencio; Marianne, entre tanto, observaba con la más expresiva ternura unas ve­ces a Edward, otras a Elinor, lamentando únicamen­te que el placer de ambos se viera estorbado por la inoportuna presencia de Lucy. Edward fue el pri­mero en hablar, y lo hizo para referirse al aspecto cambiado de Marianne y manifestar su temor de que Londres no le sentara bien.

-¡Oh, no pienses en mí! -replicó ella con ani­mosa entereza, aunque se le llenaron los ojos de lágrimas al hablar-, no pienses en mi salud. Elinor está bien, como puedes ver. Eso debiera bastarnos a ti y a mí.
Esta observación no iba a hacerles más fácil la situación a Edward y a Elinor, ni tampoco conquis­taría la buena voluntad de Lucy, quien miró a Ma­riana con expresión nada benévola.

-¿Te gusta Londres? -le dijo Edward, deseoso de decir cualquier cosa que permitiera cambiar de tema.

-En absoluto. Esperaba encontrar grandes di­versiones aquí, pero no he hallado ninguna. Verte, Edward, ha sido el único consuelo que me ha ofre­cido; y ¡gracias a Dios!, tú no has cambiado.
Hizo una pausa; nadie dijo nada. .

-Creo, Elinor -agregó Marianne después de un rato-, que debemos pedir a Edward que nos acom­pañe en nuestra vuelta a Barton. Estaremos partien­do en una o dos semanas, me imagino; y confío en que él no se negará a aceptar esta solicitud.
El pobre Edward masculló algo, pero qué fue, nadie lo supo, ni siquiera él. Pero Marianne, que se dio cuenta de su agitación y que sin mayor esfuerzo era capaz de atribuirla a cualquier causa que le pa­reciera conveniente, se sintió completamente satisfe­cha y muy pronto comenzó a hablar de otra cosa.

-¡Qué día pasamos ayer en Harley Street, Ed­ward! ¡Tan aburrido, tan espantosamente aburrido! Pero -tengo mucho que contarte al respecto, que no puedo decir ahora.
Y con tal admirable discreción, postergó para el momento en que pudieran hablar más en priva­do su declaración respecto a haber encontrado a sus mutuos parientes más insoportables que nun­ca, y el especial desagrado que le había produci­do la madre de él.

-Pero, ¿por qué no estabas tú ahí, Edward? ¿Por qué no fuiste?

-Tenía otro compromiso.

-¡Otro compromiso! ¿Y cómo, si te esperaban tus amigas?

-Quizá, señorita Marianne -exclamó Lucy, de­seosa de vengarse de alguna manera de ella-, us­ted crea que los jóvenes nunca honran sus compromisos, grandes o pequeños, cuando no les interesa cumplirlos.

Elinor se sintió muy enojada, pero Marianne pareció por completo insensible al sarcasmo de Lucy, pues le respondió con gran tranquilidad:

-En realidad, no es así; porque, hablando en serio, estoy segura de que sólo su conciencia man­tuvo a Edward alejado de Harley Street. Y en ver­dad creo que su conciencia es delicadísima, la más escrupulosa en el cumplimiento de todos sus com­promisos, por insignificantes que sean y aunque vayan en contra de su interés o de su placer. Na­die teme más que él causar dolor o destrozar una expectativa, y es la persona más incapaz de egoís­mo que yo conozca. Sí, Edward, es así y así lo diré. ¡Cómo! ¿Es que nunca vas a permitir que te ala­ben? Entonces no puedes ser mi amigo, pues quie­nes acepten mi amor y mi estima deben someterse a mis más abiertos elogios.
El contenido de sus elogios en el caso actual, sin embargo, resultaba particularmente inadecua­do a los sentimientos de dos tercios de su audito­rio, y para Edward fue tan poco alentador que muy luego se levantó para marcharse.

-¡Tan pronto te vas! -dijo Marianne-. Mi queri­do Edward, no puedes hacerlo.
Y llevándolo ligeramente a un lado, le susurró su convencimiento de que Lucy no se quedaría mucho rato más. Pero incluso este incentivo falló, porque persistió en irse; y Lucy, que se habría que­dado más tiempo que él aunque su visita hubiera durado dos horas, poco después se fue también.

-¡Qué la traerá acá tan a menudo! -dijo Marian­ne en cuanto salió-. ¡Cómo no se daba cuenta de que queríamos que se fuera! ¡Qué fastidio para Ed­ward!

-¿Y por qué? Todas somos amigas de él, y es a Lucy a quien ha conocido por más tiempo. Es na­tural que desee verla tanto como a nosotras.
Marianne la miró fijamente, y dijo:

-Sabes, Elinor, éste es el tipo de cosas que no soporto escuchar. Si lo dices nada más que para que alguien te contradiga, como imagino debe ser el caso, debieras recordar que yo sería la última persona del mundo en hacerlo. No puedo rebajar­me a que me saquen con engaños declaraciones que en verdad nadie desea.

Con esto abandonó la habitación, y Elinor no se atrevió a seguirla para decir algo más, pues ata­da como estaba por la promesa hecha a Lucy de guardar su secreto, no podía dar a Marianne nin­guna información que pudiera convencerla; y por dolorosas que fueran las consecuencias de permi­tirle seguir en el error, estaba obligada- a aceptar­las. Todo lo que podía esperar era que Edward no la expusiera a menudo, y tampoco se expusiera él, al sinsabor de tener que escuchar las desacertadas muestras de afecto de Marianne, y tampoco a la reiteración de ningún otro aspecto de las penurias que habían acompañado su último encuentro... y este último deseo, podía confiar plenamente en que se cumpliría.

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