viernes, 3 de mayo de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXVI


Pocos días después de esta reunión, los periódicos anunciaron al mundo que la esposa de Thomas Pal­mer, Esq., había dado a luz sin contratiempos a un hijo y heredero; un párrafo muy interesante y satis­factorio, al menos para todos los conocidos cerca­nos que ya estaban enterados de la noticia.

Este suceso, de gran importancia para la felici­dad de la señora Jennings, produjo una alteración pasajera en la distribución de su tiempo y afectó en forma parecida los compromisos de sus jóve­nes amigas; pues, como deseaba estar lo más po­sible con Charlotte, iba a verla todas las mañanas apenas se vestía, y no volvía hasta el atardecer; y las señoritas Dashwood, por pedido especial de los Middleton, pasaban todo el día en Conduit Street. Si hubiera sido por su propia comodidad, habrían preferido quedarse, al menos durante las mañanas, en la casa de la señora Jennings; pero no era esto algo que se pudiera imponer en contra de los de­seos de todo el mundo. Sus horas fueron traspasa­das entonces a lady Middleton y a las dos señoritas Steele, para quienes el valor de su compañía era tan escaso como grande era el afán con que apa­rentaban buscarla.

Las Dashwood eran demasiado lúcidas para ser buena compañía para la primera; y para las últi­mas eran motivo de envidia, pues las considera­ban intrusas en sus territorios, partícipes de la amabilidad que ellas deseaban monopolizar. Aun­que nada había más cortés que el trato de lady Middleton hacia Elinor y Marianne, en realidad no le gustaban en absoluto. 
Como no la adulaban ni a ella ni a sus niños, no podía creer que fueran de buen natural; y como eran aficionadas a la lectura, las imaginaba satíricas: quizá no sabía exactamen­te qué era ser satírico, pero eso carecía de impor­tancia. En el lenguaje común implicaba una censura, y la aplicaba sin mayor cuidado.

Su presencia coartaba tanto a lady Middleton como a Lucy. Restringían el ocio de una y la ocu­pación de la otra. Lady Middleton se sentía aver­gonzada frente a ellas por no hacer nada; y Lucy temía que la despreciaran por ofrecer las lisonjas que en otros momentos se enorgullecía de idear y administrar. La señorita Steele era la menos afecta­da de las tres por la presencia de Elinor y Marian­ne, y sólo dependía de éstas que la aceptara por completo. Habría bastado con que una de las dos le hiciera un relato completo y detallado de todo lo ocurrido entre Marianne y el señor Willoughby, para que se hubiera sentido ampliamente recom­pensada por el sacrificio de cederles el mejor lu­gar junto a la chimenea después de la cena, gesto que la llegada de las jóvenes exigía. Pero esta oferta conciliatoria no le era otorgada, pues aunque a menudo lanzaba ante Elinor expresiones de pie­dad por su hermana, y más de una vez dejó caer frente a Marianne una reflexión sobre la -incons­tancia de los galanes, no producía ningún efecto más allá de una mirada de indiferencia de la pri­mera o de disgusto en la segunda. Con un esfuer­zo menor aún, se habrían ganado su amistad. ¡Si tan sólo le hubieran hecho bromas a causa del re­verendo Davies! Pero estaban tan poco dispuestas, igual que las demás, a complacerla, que si sir John cenaba fuera de casa podía pasar el día completo sin escuchar ninguna otra chanza al respecto sino las que ella misma tenía la gentileza de dirigirse.

Todos estos celos y sinsabores, sin embargo, pasaban tan totalmente inadvertidos para la seño­ra Jennings, que creía que estar juntas era algo que encantaba a las muchachas; y así, cada noche feli­citaba a sus jóvenes amigas por haberse librado de la compañía de una anciana estúpida durante tan­to rato. Algunas veces se les unía donde sir John y otras en su propia casa; pero dondequiera que fue­se, siempre llegaba de excelente ánimo, llena de júbilo e importancia, atribuyendo el bienestar de Charlotte a los cuidados que ella le había prodiga­do y lista para darles un informe tan exacto y de­tallado de la situación de su hija, que sólo la curiosidad de la señorita Steele podía desear. Ha­bía una cosa que la inquietaba, y sobre ella se que­jaba a diario. El señor Palmer persistía en la opinión tan extendida entre su sexo, pero tan poco pater­nal, de que todos los recién nacidos eran iguales; y aunque ella percibía con toda claridad en distin­tos momentos la más asombrosa semejanza entre este niño y cada uno de sus parientes por ambos lados, no había forma de convencer de ello a su padre, ni de hacerlo reconocer que no era exacta­mente como cualquier otra criatura de la misma edad; ni siquiera se lo podía llevar a admitir la sim­ple afirmación de que era el niño más hermoso del mundo.

Llego ahora al relato de un infortunio que por esta época sobrevino a la señora de John Dashwood. Ocurrió que durante la primera visita que le hicie­ron sus dos cuñadas junto a la señora Jennings en Harley Street, otra de sus conocidas llegó inespe­radamente, circunstancia que, en sí misma, apa­rentemente no podía causarle ningún mal. Pero mientras la gente se deje arrastrar por su imagina­ción para formarse juicios errados sobre nuestra conducta y la califique basándose en meras apa­riencias, nuestra felicidad estará siempre, en una cierta medida, a merced del azar. 
En esta ocasión, la dama que había llegado al último dejó que su fantasía excediera de tal manera la verdad y la pro­babilidad, que el solo escuchar el nombre de las señoritas Dashwood y entender que eran herma­nas del señor Dashwood, la llevó a concluir de in­mediato que se estaban alojando en Harley Street; Y. esta mala interpretación produjo como resultado, uno o dos días después, tarjetas de invitación para ellas, al igual que para su hermano y cuña­da, a una pequeña velada musical en su casa. La consecuencia de esto fue que la señora de John Dashwood debió someterse no sólo a la enorme incomodidad de enviar su carruaje a buscar a las señoritas Dashwood, sino que, peor aún, debió so­portar todo el desagrado de parecer hacerles algu­na atención: 
¿quién podría asegurarle que no iban a esperar salir con ella una segunda vez? 
Es ver­dad que siempre tendría en sus manos el poder para frustrar sus expectativas. Pero ello no era su­ficiente, porque cuando las personas se empeñan en una forma de conducta que saben equivocada, se sienten agraviadas cuando se espera algo mejor de ellas.

Marianne, entretanto, se vio llevada de manera tan paulatina a aceptar salir todos los días, que ha­bía llegado a serle indiferente ir a algún lugar o no hacerlo; se preparaba callada y mecánicamente para cada uno de los compromisos vespertinos, aunque sin esperar de ellos diversión alguna, y muy a menudo sin saber hasta el último momento adón­de la llevarían.

Se había vuelto tan indiferente a su vestimenta y apariencia, que en todo el tiempo que dedicaba a su arreglo no les prestaba ni la mitad de la aten­ción que recibían de la señorita Steele en los pri­meros cinco minutos que estaban juntas, después de estar lista. Nada escapaba a su minuciosa ob­servación y amplia curiosidad; veía todo y pregun­taba todo; no quedaba tranquila hasta saber el precio de cada parte del vestido de Marianne; po­dría haber calculado cuántos trajes tenía mejor que la misma Marianne; y no perdía las esperanzas de descubrir antes de que se dejaran de ver, cuánto gastaba semanalmente en lavado y de cuánto dis­ponía al año para sus gastos personales. Más aún, la impertinencia de este tipo de escrutinios se veía coronada por lo general con un cumplido que, aun­que pretendía ir de añadidura al resto de los hala­gos, era recibido por Marianne como la mayor impertinencia de todas; pues, tras ser sometida a un examen que cubría el valor y hechura de su vestido, el color de sus zapatos y su peinado, es­taba casi segura de escuchar que “a fe suya se veía de lo más elegante, y apostaría que iba a hacer muchísimas conquistas”.
Con estas animosas palabras fue despedida Ma­rianne en la actual ocasión mientras se dirigía al ca­rruaje de su hermano, el cual estaban listas para abordar cinco minutos después de tenerlo ante su puerta, puntualidad no muy grata a su cuñada, que las había precedido a la casa de su amiga y espera­ba allí alguna demora de parte de las jóvenes que pudiera incomodarla a ella o a su cochero.
Los acontecimientos de esa noche no tuvieron nada de extraordinario. La reunión, como todas las veladas musicales, incluía a una buena cantidad de personas que encontraba real placer en el espec­táculo, y muchas más que no obtenían ninguno; y, como siempre, los ejecutantes eran, en su pro­pia opinión y en la de sus amigos íntimos, los me­jores concertistas privados de Inglaterra.

Como Elinor no tenía talentos musicales, ni pre­tendía tenerlos, sin grandes escrúpulos desviaba la mirada del gran piano cada vez que deseaba ha­cerlo, y sin que ni la presencia de un arpa y un violoncelo se le impidieran, contemplaba a su gusto cualquier otro objeto de la estancia. En una de es­tas miradas errabundas, vio en el grupo de jóve­nes al mismísimo de quien habían escuchado toda una conferencia sobre estuches de mondadientes en Gray's. Poco después lo vio mirándola a ella, y hablándole a su hermano con toda familiaridad; y acababa de decidir que averiguaría su nombre con este último, cuando ambos se le acercaron y el se­ñor Dashwood se lo presentó como el señor Ro­bert Ferrars
.
Se dirigió a ella con desenvuelta cortesía y tor­ció su cabeza en una inclinación que le hizo ver tan claramente como lo habrían hecho las palabras, que era exactamente el fanfarrón que le había des­crito Lucy. Habría sido una suerte para ella si su afecto por Edward dependiera menos de sus pro­pios méritos que del mérito de sus parientes más cercanos. Pues en tales circunstancias la inclinación de cabeza de su hermano le habría dado el toque final a lo que el mal humor de su madre y herma­na habrían comenzado. Pero mientras reflexiona­ba con extrañeza sobre la diferencia entre los dos jóvenes, no le ocurrió que la vacuidad y presun­ción de uno le quitara toda benevolencia de juicio hacia la modestia y valía del otro. Por supuesto que eran diferentes, le explicó Robert al describirse a sí mismo en el transcurso del cuarto de hora de conversación que mantuvieron; refiriéndose a su hermano, lamentó la extremada gaucherie que, en su verdadera opinión, le impedía alternar en la bue­na sociedad, atribuyéndola imparcial y generosa­mente mucho menos a una falencia innata que a la desgracia de haber sido educado por un precep­tor particular; mientras que en su caso, aunque pro­bablemente sin ninguna superioridad natural o material en especial, por la sencilla razón de ha­ber gozado de las ventajas de la educación priva­da, estaba tan bien equipado como el que más para incursionar en el mundo.

-A fe mía -añadió-, creo que de eso se trata todo, y así se lo digo a menudo a mi madre cuan­do se lamenta por ello. “Mi querida señora”, le digo siempre, “no debe seguir preocupándose. El daño ya es irreparable, y ha sido por completo obra suya. ¿Por qué se dejó persuadir por mi tío, sir Robert, en contra de su propio juicio, de colocar a Edward en manos de un preceptor particular en el momen­to más crítico de su vida? Si tan sólo lo hubiera enviado a Westminster como lo hizo conmigo, en vez de enviarlo al establecimiento del señor Pratt, todo esto se habría evitado”. Así es como siempre considero todo este asunto, y mi madre está com­pletamente convencida de su error.

Elinor no contradijo su opinión, puesto que, más allá de lo que creyera sobre las ventajas de la educación privada, no podía mirar con ningún tipo de beneplácito la estada de Edward en la familia del señor Pratt.

-Creo que ustedes viven en Devonshire -fue su siguiente observación-, en una casita de cam­po cerca de Dawlish.
Elinor lo corrigió en cuanto a la ubicación, y a él pareció sorprenderle que alguien pudiera vivir en Devonshire sin vivir cerca de Dawlish. Le otor­gó, sin embargo, su más entusiasta aprobación al tipo de casa de que se trataba.

-Por mi parte -dijo-, me fascinan las casas de campo; tienen siempre tanta comodidad, tanta ele­gancia. Y, lo prometo, si tuviera algún dinero de so­bra, compraría un pequeño terreno y me construiría una, cerca de Londres, adonde pudiera ir en cual­quier momento, reunir a unos pocos amigos en tor­no mío y ser feliz. A todo el que piensa edificar algo, le aconsejo que construya una pequeña casa de cam­po. Un amigo, lord Courtland, se me acercó hace algunos días con el propósito de solicitar mi conse­jo, y me presentó tres proyectos de Bonomi.* Yo debía elegir el mejor de ellos. “Mi querido Court­land”, le dije de inmediato, arrojando los tres al fue­go, “no aceptes ninguno de ellos, y de todas maneras constrúyete una casita de campo”. Y creo que con eso se dijo todo. Algunos piensan que allí no ha­bría comodidades, no habría holgura, pero están to­talmente equivocados. El mes pasado estuve donde mi amigo Elliott, cerca de Dartford. Lady Elliott de­seaba ofrecer un baile. “Pero, ¿cómo hacerlo?”, me dijo. “Mi querido Ferrars, por favor dígame cómo organizarlo. No hay ni una sola pieza en esta casita donde quepan diez parejas, ¿y dónde puede servir­se la cena?” Yo advertí de inmediato que no habría ninguna dificultad para ello, así que le dije: “Mi que­rida lady Elliott, no se preocupe. En el comedor ca­ben dieciocho parejas con toda facilidad; se pueden colocar mesas para naipes en la salita; puede abrir­se la biblioteca para servir té y otros refrescos; y haga servir la cena en el salón”. A lady Elliott le encantó la idea. Medimos el comedor y vimos que daba ca­bida justo a dieciocho parejas, y todo se dispuso pre­cisamente según mi plan. De hecho, entonces, puede ver que basta saber arreglárselas para disfrutar de las mismas comodidades en una casita de campo o en la mansión más amplia.

Elinor concordó con todo ello, porque no creía que él mereciera el cumplido de una oposición ra­cional.
Como John Dashwood disfrutaba tan poco con la música como la mayor de sus hermanas, tam­bién había dejado a su mente en libertad de diva­gar; y fue así que esa noche se le ocurrió una idea que, al volver a casa, sometió a la aprobación de su esposa. La reflexión sobre el error de la señora Dennison al suponer que sus hermanas estaban hospedadas con ellos le había sugerido lo apropia­do que sería tenerlas realmente como huéspedes mientras los compromisos de la señora Jennings la mantenían alejada del hogar. El gasto sería insigni­ficante, y no mucho más los inconvenientes; y era, en suma, una atención que la delicadeza de su con­ciencia le señalaba como requisito para liberarse por completo de la promesa hecha a su padre. Fan­ny se sobresaltó ante esta propuesta.

-No veo cómo podría hacerse dijo-, sin ofen­der a lady Middleton, puesto que pasan todos los días con ella; de no ser así, me complacería mucho hacerlo. Sabes bien que siempre estoy dispuesta a brindarles todas las atenciones que me son posibles, y así lo demuestra el hecho de haberlas llevado con­migo esta noche. Pero son invitadas de lady Middle­ton. ¿Cómo puedo pedirles que la dejen?

Su esposo, aunque con gran humildad, no veía que sus objeciones fueran convincentes.

-Ya ha pasado una semana de esta forma en Conduit Street, y a lady Middleton no le disgusta­ría que ellas les dieran la misma cantidad de días a parientes tan cercanos.
Fanny hizo una breve pausa y luego, con re­novado vigor, dijo:

-Amor mío, se lo pediría de todo corazón, si estuviera en mi poder hacerlo. Pero acababa de decidir para mí misma pedir a las señoritas Steele que pasaran unos pocos días conmigo. Son unas jovencitas muy educadas y buenas; y pienso que les debemos esta atención, considerando lo bien que se portó su tío con Edward. Verás que pode­mos invitar a tus hermanas algún otro año; pero puede que las señoritas Steele ya no vuelvan a ve­nir a la ciudad. Estoy segura de que te gustarán; de hecho, ya sabes que sí te gustan, y mucho, y lo mismo a mi madre; ¡y a Harry le gustan tanto!

El señor Dashwood se convenció. Entendió la necesidad de invitar a las señoritas Steele de in­mediato, mientras la decisión de invitar a sus her­manas algún otro año tranquilizaba su conciencia; al mismo tiempo, sin embargo, tenía la sagaz sos­pecha de que otro año haría innecesaria la invita­ción, ya que traería a Elinor a la ciudad como esposa del coronel Brandon, y a Marianne como huésped de ellos.

Fanny, regocijándose por su escapada y orgu­llosa del rápido ingenio que se la había facilitado, le escribió a Lucy la mañana siguiente, solicitán­dole su compañía y la de su hermana durante al­gunos días en Harley Street apenas lady Middleton pudiera prescindir de ellas. Ello fue suficiente para hacer a Lucy verdadera y razonablemente feliz. ¡La señora Dashwood parecía estar personalmente dis­poniendo las cosas en su favor, alimentando sus esperanzas, favoreciendo sus intenciones! Una opor­tunidad tal de estar con Edward y su familia era, por sobre todas las cosas, de la mayor importan­cia para sus intereses; y la invitación, lo más grato que podía haber para sus sentimientos. Era una oportunidad frente a la cual todo agradecimiento parecía pobre, e insuficiente la velocidad con que se la aprovechara; y respecto de la visita a lady Middleton, que hasta ese momento no había teni­do límites precisos,- repentinamente se descubrió que siempre había estado pensada para terminar en dos días más.

Cuando a los diez minutos de haberla recibido le mostraron a Elinor la nota, debió compartir por primera vez parte de las expectativas de Lucy; tal muestra de desacostumbrada gentileza, dispensa­da a tan poco tiempo de conocerse, parecía anun­ciar que la buena voluntad hacia Lucy se originaba en algo más que una mera inquina hacia ella, y que el tiempo y la cercanía podrían llegar a secun­dar a Lucy en todos sus deseos. Sus adulaciones ya habían subyugado el orgullo de lady Middleton y encontrado el camino hacia el frío corazón de la señora de John Dashwood; y tales resultados am­pliaban las probabilidades de otros mayores aún.

Las señoritas Steele se trasladaron a Harley Street, y todo cuanto llegaba a Elinor sobre su influencia allí la hacía estar más a la expectativa del aconteci­miento. Sir John, que las visitó más de una vez, tra­jo noticias asombrosas para todos sobre el favor en que se las tenía. La señora Dashwood jamás en toda su vida había encontrado a ninguna joven tan agra­dable como a ellas; le había regalado a cada una un acerico, hecho por algún emigrado; llamaba a Lucy por su nombre de pila, y no sabía si alguna vez iba a poder separarse de ellas.




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