lunes, 20 de mayo de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXVII

La señora Palmer se encontraba tan bien al térmi­no de una quincena, que su madre sintió que ya no era necesario destinarle todo su tiempo a ella; y contentándose con visitarla una o dos veces al día, dio fin a esta etapa para volver a su propio hogar y a sus propias costumbres, encontrando a las señoritas Dashwood muy dispuestas a retomar la parte que habían desempeñado en ellas.
Al tercer o cuarto día tras haberse reinstalado en Berkeley Street, la señora Jennings, recién de vuelta de su visita cotidiana a la señora Palmer, en­tró con un aire de tan apremiante importancia en la sala donde Elinor se encontraba a solas, que ésta se preparó para escuchar algo prodigioso; y tras haberle dado sólo el tiempo necesario para formar­se tal idea, comenzó de inmediato a fundamentar­la diciendo: 
-¡Cielos! ¡Mi querida señorita Dashwood! ¿Supo la noticia?
-No, señora. ¿De qué se trata?
-¡Algo tan extraño! Pero ya le contaré todo. Cuando llegué donde el señor Palmer, encontré a Charlotte armando todo un alboroto en tomo al niño. Estaba segura de que estaba muy enfermo: lloraba y estaba molesto, y estaba todo cubierto de grani­tos. Lo examiné entonces de cerca, y “¡Cielos, que­rida!”, le dije. “No es nada, sólo un sarpullido”, y la niñera dijo lo mismo. Pero Charlotte no, ella no es­taba satisfecha, así que enviaron por el señor Do­novan; y por suerte acababa de llegar de Harley Street, así que fue de inmediato, y apenas vio al niño dijo lo mismo que nosotras, que no era nada sino un sarpullido, y ahí Charlotte se quedó tranquila. Y entonces, justo cuando se iba, me vino a la cabeza, y no sé cómo se me fue a ocurrir pensar en eso, pero se me vino a la cabeza preguntarle si había alguna noticia. Y entonces él puso esa sonrisita afec­tada y tonta, y fingió todo un aire de gravedad, como si supiera esto y lo otro, hasta que al fin susurró: “Por temor a que algún informe desagradable llega­ra a las jóvenes bajo su cuidado sobre la indisposi­ción de su cuñada, creo aconsejable decir que, en mi opinión, no hay motivo de alarma; confío en que la señora Dashwood se recupere perfectamente”.

-¡Cómo! ¿Está enferma Fanny?

-Es lo mismo que yo le dije, querida. “¡Cielos!”, le dije. “¿Está enferma la señora Dashwood?” Y allí salió todo a la luz; y en pocas palabras, según lo que me pude dar cuenta, parece ser esto: el señor Edward Ferrars, el mismísimo joven con quien yo solía hacerle a usted bromas (aunque, como han resultado las cosas, ahora estoy terriblemente con­tenta de que en verdad no hubiera nada de eso), el señor Edward Ferrars, al parecer, ¡ha estado com­prometido desde hace más de un año con mi pri­ma Lucy! ¡Ahí tiene, querida! ¡Y sin que nadie supiera ni una palabra del asunto, salvo Nancy! ¿Lo habría creído posible? No es en absoluto extraño que se gusten, ¡pero que las cosas avanzaran tan­to entre ellos, y sin que nadie lo sospechara! ¡Eso sí que es extraño! Nunca llegué a verlos juntos, o con toda seguridad lo habría descubierto de inme­diato. Bueno, y entonces mantuvieron todo esto muy en secreto por temor a la señora Ferrars, y ni ella ni el hermano de usted ni su cuñada sospe­charon nada de todo el asunto... hasta que esta mis­ma mañana, la pobre Nancy, que, como usted sabe, es una criatura muy bien intencionada, pero nada en el terreno de las conspiraciones, lo soltó todo. “¡Cielos!, pensó para sí, “le tienen tanto cariño a Lucy, que seguro no se opondrán a ello”; y así, vino y se fue donde su cuñada, señorita Dashwood, que estaba sola bordando su tapiz, sin imaginar lo que se le venía encima... porque acababa de decirle a su hermano, apenas hacía cinco minutos, que pen­saba armarle a Edward un casamiento con la hija de algún lord, no me acuerdo cuál. Así que ya pue­de imaginar el golpe que fue para su vanidad y orgullo. 
En seguida le dio un ataque de histeria, con tales gritos que hasta llegaron a oídos de su hermano, que se encontraba en su propio gabine­te abajo, pensando en escribir una carta a su ma­yordomo en el campo. Entonces voló escaleras arriba y allí ocurrió una escena terrible, porque para entonces se les había unido Lucy, sin soñar siquiera lo que estaba pasando. ¡Pobre criatura! La compa­dezco. Y créame, pienso que se comportaron muy duros con ella; su cuñada la reprendió hecha una furia, hasta hacerla desmayarse. 
Nancy, por su par­te, cayó de rodillas y lloró amargamente; y su her­mano se paseaba por la habitación diciendo que no sabía qué hacer. La señora Dashwood dijo que las jóvenes no podrían quedarse ni un minuto más en la casa, y su hermano también tuvo que arro­dillarse para convencerla de que las dejara al me­nos hasta que hubiesen empacado sus ropas. Y entonces ella tuvo otro ataque de histeria, y él es­taba tan asustado que mandó a buscar al señor Donovan, y el señor Donovan encontró la casa toda conmocionada. El carruaje estaba listo en la puer­ta para llevarse a mis pobres primas, y justo esta­ban subiéndose cuando él salió; la pobre Lucy, me contó, estaba en tan malas condiciones que ape­nas podía caminar; y Nancy estaba casi igual de mal. Déjeme decirle que no tengo paciencia con su cuñada; y espero con todo el corazón que se casen, a pesar de su oposición. ¡Dios! ¡Cómo se va a poner el pobre señor Edward cuando lo sepa! 
¡Que hayan maltratado así a su amada! Porque di­cen que la quiere enormemente, con todas sus fuer­zas. ¡No me extrañaría que sintiera la mayor de las pasiones! Y el señor Donovan piensa lo mismo. Conversamos mucho con él sobre esto; y lo mejor de todo es que él volvió a Harley Street, para es­tar a mano cuando se lo dijeran a la señora Fe­rrars, porque enviaron por ella apenas mis primas dejaron la casa y su cuñada estaba segura de que también ella se iba a poner histérica; y bien pue­de ponerse, por lo que a mí me importa. No le tengo compasión a ninguno de ellos. Nunca he co­nocido a gente que haga tanto alboroto por asun­tos de dinero y de grandeza. No hay ningún motivo en el mundo por el que el señor Edward y Lucy no deban casarse; estoy segura de que la señora Ferrars puede permitirse velar muy bien por su hijo; y aunque Lucy personalmente casi no tiene nada, sabe mejor que nadie cómo sacar el mayor prove­cho de cualquier cosa; y yo diría que si la señora Ferrars le asignara aunque fueran quinientas libras anuales, podría hacerlas lucir lo mismo que otra persona haría con ochocientas. ¡Cielos! ¡Qué cómo­dos podrían vivir en una casita como la de ustedes, o un poco más grande, con dos doncellas y dos cria­dos; y creo que yo podría ayudarlos en lo de las doncellas, porque la mía, Betty, tiene una hermana desocupada que les vendría perfectamente!
La señora Jennings finalizó su discurso, y como Elinor tuvo tiempo suficiente para ordenar sus pensamientos, pudo responder y hacer los comen­tarios que se suponía debía despertar en ella el tema en cuestión. Contenta de saber que no era sospechosa de tener ningún interés particular en él y que la señora Jennings (como últimamente va­rias veces le había parecido ser el caso) ya no se la imaginaba encariñada con Edward; y feliz sobre todo porque no estuviera ahí Marianne, se sintió muy capaz de hablar del asunto sin turbarse y dar una opinión imparcial, según creía, sobre la con­ducta de cada uno de los interesados.
No sabía Elinor muy bien cuáles eran en ver­dad sus propias expectativas al respecto, aunque se esforzó seriamente en alejar de ella la idea de que pudiera terminar de otra forma que con el matri­monio de Edward y Lucy. Sí estaba ansiosa de sa­ber lo que diría y haría la señora Ferrars, aunque no cabían muchas dudas en cuanto a su naturaleza, y más ansiosa aún de saber cómo se comportaría Edward. Sentía bastante compasión por él; por Lucy, muy poca... e incluso le costó algo de trabajo pro­curar ese poco; por el resto, ninguna.
Como la señora Jennings no cambiaba de tema, muy pronto Elinor advirtió que sería necesario pre­parar a Marianne para discutirlo. Sin pérdida de tiempo había que desengañarla, ponerla al tanto de la verdad y conseguir que escuchara los comen­tarios de los demás sin revelar ninguna inquietud por su hermana, y tampoco ningún resentimiento hacia Edward.
Penosa era la tarea que debía cumplir Elinor. Iba a tener que destruir lo que en verdad creía ser el principal consuelo de su hermana: dar detalles acerca de Edward que temía lo harían desmerecer para siempre a los ojos de Marianne; y hacer que por el parecido entre sus situaciones, que ante la viva imaginación de ella parecería enorme, debie­ra revivir una vez más su propia desilusión. Pero ingrata como debía ser tal tarea, había que cum­plirla y, en consecuencia, Elinor se apresuró a ha­cerlo.
Lejos estaba de desear detenerse demasiado en sus propios sentimientos o de mostrar que sufría mucho, a no ser que el dominio sobre sí misma que había practicado desde el momento en que supo del compromiso de Edward le indicara que sería útil frente a Marianne. Su relato fue claro y sencillo; y aunque no pudo estar desprovisto de emoción, no fue acompañado ni de agitación vio­lenta ni de arrebatos de dolor. Eso correspondía más a la oyente, porque Marianne escuchó todo horrorizada y lloró sin parar.
 Por lo general, Elinor tenía que consolar a los demás cuando ella estaba afligida tanto como cuando ellos lo estaban; y así, confortó a Marianne al ofrecerle la certidumbre de su propia tranquilidad y una vigorosa defensa de Edward frente a todos los cargos, salvo el de im­prudencia.
Pero Marianne no dio crédito durante un buen rato a ninguno de los argumentos de Elinor. Ed­ward parecía un segundo Willoughby; y si Elinor admitía, como lo había. hecho, que sí lo había ama­do muy sinceramente, ¡cómo podía sentir menos que ella! En cuanto a Lucy Steele, la consideraba tan absolutamente despreciable, tan completamente incapaz de atraer a ningún hombre sensible, que no la iban a poder convencer primero de creer, y después de perdonar, que Edward hubiera sentido antes ningún afecto por ella. Ni siquiera admitía que hubiese sido algo natural; y Elinor abandonó sus esfuerzos, dejando que algún día la convenciera de que así eran las cosas lo único que podía llegar a convencerla: un conocimiento más profundo de la humanidad.
En su primer intento de comunicación, no ha­bía podido ir más allá de establecer el hecho del compromiso y el tiempo que tenía de existencia. Irrumpieron entonces las emociones de Marianne, poniendo fin a todo orden en la descripción de los Pormenores; y durante algunos momentos, todo lo que pudo hacerse fue calmar su aflicción, tranqui­lizar sus temores y combatir su resentimiento. La Primera pregunta que hizo, que abrió el camino a nuevos detalles, fue:

-¿Y hace cuánto tiempo que lo sabes, Elinor? ¿Te ha escrito él?

-Lo he sabido desde hace cuatro meses. Cuan­do Lucy fue por primera vez a Barton Park en no­viembre pasado, me habló en privado de su compromiso.
Ante estas palabras, Marianne expresó con sus ojos lo que sus labios no podían formular. Tras un momento de asombrado silencio, exclamó:

-¡Cuatro meses! ¿Lo has sabido durante cuatro meses?
Elinor lo confirmó.

-¡Cómo! ¿Mientras cuidabas de mí cuando yo estaba sumida en el dolor, tu corazón cargaba con todo esto? ¡Y yo que te he reprochado ser feliz!

-No era conveniente que en esos momentos tú supieras cuán opuesto a eso era mi sentir.

-¡Cuatro meses! -volvió a exclamar Marianne-. ¡Y tú tan tranquila, tan alegre! ¿En qué te has sos­tenido?

-En sentir que estaba cumpliendo mi deber. Mi promesa a Lucy me imponía el secreto. Le debía a ella, entonces, evitar cualquier indicio de la verdad; y le debía a mi familia y a mis amigos evitarles una preocupación por causa mía que no estaría en mis manos solucionar.

Lo anterior pareció sacudir fuertemente a Ma­rianne.

-A menudo he querido sacarte a ti y a mamá del engaño -añadió Elinor-, y una o dos veces he intentado hacerlo; pero sin traicionar la confianza que habían depositado en mí, jamás las habría con­vencido.

-¡Cuatro meses! ¡Y todavía lo amabas!

-Sí, pero no lo amaba sólo a él; y mientras me importara tanto el bienestar de otras personas, me alegraba ahorrarles el conocimiento de lo mucho que sufría. Ahora puedo pensar y hablar de todo ello sin gran emoción. No querría que sufrieras por causa mía; porque te aseguro que yo ya no sufro excesivamente. Tengo muchas cosas en qué apo­yarme. No creo haber causado esta desilusión con ninguna imprudencia mía y la he sobrellevado, en lo que me ha sido posible, sin esparcirla a mi al­rededor. Absuelvo a Edward de toda conducta en esencia impropia. Le deseo mucha felicidad; y estoy tan segura de que siempre cumplirá con su de­ber que, aunque ahora pueda abrigar algún arrepentimiento, a la larga será feliz. Lucy no care­ce de juicio, y ése es el fundamento sobre el que se puede construir todo lo que es bueno. Y des­pués de todo, Marianne, después de lo fascinante que puede ser la idea de un amor único y perma­nente y de todo cuanto pueda ponderarse una fe­licidad que depende por completo de una persona en especial, las cosas no son así... no es adecua­do... no es posible que lo sean. Edward se casará con Lucy; se casará con una mujer superior en as­pecto e inteligencia a la mitad de las personas de su sexo; y el tiempo y la costumbre le enseñarán a olvidar que alguna vez creyó a alguna otra su­perior a ella.

-Si es así como piensas -dijo Marianne-, si pue­de compensarse tan fácilmente la pérdida de lo que es más valioso, tu aplomo y tu dominio sobre ti misma son quizá un poco menos asombrosos. Se acercan más a lo que yo puedo comprender.

-Te entiendo. Supones que mis sentimientos nunca han sido muy fuertes. Durante cuatro me­ses, Marianne, todo esto me ha pesado en la men­te sin haber podido hablar de ello a nadie en el mundo; sabiendo que, cuando lo supieran, tú y mi madre serían enormemente desgraciadas, y aun así impedida de prepararlas para ello ni en lo más mínimo. Me lo contó... de alguna manera me fue impuesto por la misma persona cuyo más antiguo compromiso destrozó todas mis expectativas; y me lo contó, así lo pensé, con aire de triunfo. Tuve, por tanto, que vencer las sospechas de esta per­sona intentando parecer indiferente allí donde mi interés era más profundo. Y no ha sido sólo una vez; una y otra vez he tenido que escuchar sus esperanzas y alegrías. Me he sabido separada de Edward para siempre, sin saber de ni siquiera una circunstancia que me hiciera desear menos la unión. Nada hay que lo haya hecho menos dig­no de aprecio, ni nada que asegure que le soy indiferente. He tenido que luchar contra la mala voluntad de su hermana y la insolencia de su ma­dre, y he sufrido los castigos de querer a alguien sin gozar de sus ventajas. Y todo esto ha estado ocurriendo en momentos en que, como tan bien lo sabes, no era el único dolor que me afligía. Si puedes creerme capaz de sentir alguna vez... con toda seguridad podrías suponer que he sufrido ahora. La tranquila mesura con que actualmente he llegado a tomar lo ocurrido, el consuelo que he estado dispuesta a aceptar, han sido producto de un doloroso esfuerzo; no llegaron por sí mis­mos; en un comienzo no contaba con ellos para aliviar mi espíritu... no, Marianne. Entonces, si no hubiera estado atada al silencio, quizá nada... ni siquiera lo que le debía a mis amigos más queri­dos... me habría impedido mostrar abiertamente que era muy desdichada.

Marianne estaba completamente consternada.
-¡Ay, Elinor! -exclamó-. Me has hecho odiar­me para siempre. ¡Qué desalmada he sido conti­go! Contigo, que has sido mi único consuelo, que me has acompañado en toda mi miseria, ¡que pa­recías sufrir únicamente por mí! ¿Así es como te lo agradezco? ¿Es ésta la única recompensa que pue­do ofrecerte? Porque tu valía me abrumaba, he es­tado intentando desconocerla.

A esta confesión siguieron las más tiernas cari­cias. Dado el estado de ánimo en que se encon­traba ahora, Elinor no tuvo dificultad alguna para obtener de ella todas las promesas que requería; y a pedido suyo, Marianne se comprometió a no to­car nunca el tema con la más mínima apariencia de amargura; a estar con Lucy sin dejar traslucir el menor incremento en el desagrado que sentía por ella; e incluso ,a ver al mismo Edward, si el azar los juntaba, sin disminuir en nada su habitual cor­dialidad. Todas eran grandes concesiones, pero cuando Marianne sentía que había hecho algún daño, nada que pudiera hacer para repararlo le pa­recía demasiado.

Cumplió a la perfección su promesa de ser dis­creta. Prestó atención a todo lo que la señora Jen­nings tenía que decir sobre el tema sin cambiar de color, no discrepó con ella en nada, y tres veces se la escuchó decir “Sí, señora”. Su única reacción al escucharla alabar a Lucy fue cambiar de asien­to, y cuando la señora Jennings mencionó el cari­ño de Edward, tan sólo se le apretó la garganta. Tantos avances en el heroísmo de su hermana hi­cieron que Elinor se sintiera capaz de afrontar todo.
La mañana siguiente las puso nuevamente a prueba con la visita de su hermano, que llegó con un aspecto muy serio a discutir el terrible asunto y traerles noticias de su esposa.

-Habrán escuchado, supongo -les dijo con gran solemnidad, no bien se hubo sentado-, del insóli­to descubrimiento que ayer tuvo lugar bajo nues­tro techo.
Todos hicieron gestos de asentimiento; parecía un momento demasiado atroz para las palabras.

-Mi esposa -continuó- ha sufrido espantosa­mente. También la señora Ferrars... en suma, ha sido una escena muy difícil y dolorosa; pero con­fío en que capearemos la tormenta sin que ningu­no de nosotros resulte demasiado abatido. ¡Pobre Fanny! Estuvo con ataques histéricos todo el día de ayer. Pero no quisiera alarmarlas demasiado. Donovan dice que no hay nada demasiado impor­tante que temer; es de buena constitución y capaz de enfrentarse a cualquier cosa. ¡Lo ha sobrelleva­do con la entereza de un ángel! Dice que no vol­verá a pensar bien de nadie; ¡y no es de extrañar, tras haber sido engañada en esa forma! Recibir tanta ingratitud tras mostrar tanta bondad y entregar tanta confianza. Fue obedeciendo a la generosidad de su corazón que invitó a estas jóvenes a su casa; simplemente porque pensó que se merecían algu­nas atenciones, que eran unas muchachas inofen­sivas y bien educadas y que serian una compañía agradable; porque por otra parte ambos deseábamos enormemente haberte invitado a ti y a Marianne a quedarse con nosotros, mientras la gentil amiga donde se están quedando ahora atendía a su hija. ¡Y ahora verse así recompensados! “Con todo el corazón”, dice la pobre Fanny con su modo afec­tuoso, “querría que hubiéramos invitado a tus her­manas en vez de a ellas”.
Hizo en este momento una pausa, esperando los agradecimientos del caso; y habiéndolos obte­nido, continuó.

-Lo que sufrió la pobre señora Ferrars cuando Fanny se lo contó, es indescriptible. Mientras ella, con el más sincero afecto, había estado planifican­do la unión más conveniente para él, ¡cómo supo­ner que todo el tiempo él había estado compro­metido con otra persona! ¡No se le habría pasado por la mente sospechar algo así! Y si hubiera sos­pechado la existencia de cualquier predisposición de parte de él, no la hubiera buscado por ese lado. “Ahí, se los aseguro”, dijo, “me habría sentido a salvo”. Ha sido una verdadera agonía para ella. Conversamos entre nosotros, entonces, sobre lo que debía hacerse, y finalmente ella decidió enviar por Edward. El acudió. Pero me es muy triste contar­les lo que siguió. Todo lo que la señora Ferrars pudo decir para inducirlo a poner fin al compro­miso, reforzado, como pueden suponer, por mis argumentos y los ruegos de Fanny, resultó inútil. El deber, el cariño, todo lo desestimó. Nunca ha­bía pensado que Edward fuese tan obstinado, tan insensible. Su madre le explicó los generosos pro­yectos que tenía para él, en caso de que se casase con la señorita Morton; le dijo que le traspasaría las propiedades de Norfolk, las cuales, descontan­do las contribuciones, producen sus buenas mil li­bras al año; incluso le ofreció, cuando las cosas se pusieron desesperadas, subirlo a mil doscientas; y por el contrario, si persistía en esta unión tan des­ventajosa, le describió las inevitables penurias que acompañarían su matrimonio. Le insistió en que las dos mil libras de que personalmente dispone se­rían todo su haber; no lo volvería a ver nunca más; y estaría tan lejos de prestarle la menor ayuda, que si él fuera a asumir cualquier profesión con miras a obtener un mejor ingreso, haría todo lo que es­tuviera en su poder para impedirle progresar en ella.
Ante esto, Marianne, en un arrebato de indig­nación, golpeó sus manos exclamando:
-¡Dios bendito! ¡Cómo es posible!

-Bien puede extrañarte, Marianne -replicó su hermano-, la obstinación capaz de resistir argumen­tos como ésos. Tu exclamación es absolutamente natural.

Marianne iba a replicar, pero recordó sus pro­mesas, y se abstuvo.

-Todos estos esfuerzos, sin embargo -continuó él-, fueron en vano. Edward dijo muy poco; pero cuando habló, lo -hizo de la manera más decidida. Nada podría convencerlo de renunciar a su com­promiso. Cumpliría con él, sin importar el costo.

-Entonces -exclamó la señora Jennings con brusca sinceridad, incapaz de seguir guardando si­lencio-, ha actuado como un hombre honesto. Le ruego me perdone, señor Dashwood, pero si él hubiera hecho otra cosa, habría pensado que era un truhán. En algo me incumbe este asunto, al igual que a usted, porque Lucy Steele es prima mía, y creo que no hay mejor muchacha en el mundo, ni otra más merecedora de un buen esposo.

John Dashwood no cabía en sí- de asombro; pero era tranquilo por naturaleza, poco dado a irri­tarse, y nunca tenía intenciones de ofender a na­die, en especial a nadie con dinero. Fue así que replicó, sin ningún resentimiento:

-Por ningún motivo hablaría yo sin respeto de algún familiar suyo, señora. La señorita Lucy Steele es, me atrevería a decir, una joven muy meritoria, pero en el caso actual, debe saber usted que la unión es imposible. Y haberse comprometido en secreto con un joven entregado al cuidado de su tío, especialmente el hijo de una mujer-de tan gran fortuna como la señora Ferrars, quizá es, conside­rado en conjunto, un poquito extraordinario. En pocas palabras, no es mi intención desacreditar el comportamiento de nadie a quien usted estime, se­ñora Jennings. Todos le deseamos la mayor felici­dad a su prima, y la conducta de la señora Ferrars ha sido en todo momento la que adoptaría cual­quier madre buena y consciente en parecidas cir­cunstancias. Se ha comportado con dignidad y generosidad. Edward ha echado sus propias suer­tes, y temo que le van a salir mal.

Marianne expresó con un suspiro un temor se­mejante; y a Elinor se le encogió el corazón al pen­sar en los sentimientos de Edward mientras desafiaba las amenazas de su madre por una mujer que no podía recompensarlo.

-Bien, señor -dijo la señora Jennings-, ¿y cómo terminó todo?

-Lamento decir, señora, que con la más desdi­chada ruptura: Edward ha perdido para siempre la consideración de su madre. Ayer abandonó su casa, pero ignoro a dónde se ha ido o si está todavía en la ciudad; porque, por supuesto, nosotros no po­demos preguntar nada.

-¡Pobre joven! ¿Y qué va a ser de él?

-Sí, por cierto, señora. Qué triste es pensarlo. ¡Nacido con la expectativa de tanta riqueza! No pue­do imaginar una situación más deplorable. Los in­tereses de dos mil libras, ¡cómo va a vivir una persona con eso! Y cuando, además, se piensa que, de no haber sido por su propia locura en tres me­ses más habría recibido dos mil quinientas libras anuales (puesto que la señorita Morton posee trein­ta mil libras), no puedo imaginar situación más fu­nesta. Todos debemos tenerle lástima; y más aún considerando que ayudarlo está totalmente fuera de nuestro alcance.

-¡Pobre joven! -exclamó la señora Jennings Les aseguro que de muy buen grado le daría alo­jamiento y comida en mi casa; y así se lo diría, si pudiera verlo. No está bien que tenga que costearse todo solo ahora, viviendo en posadas y tabernas.
Elinor le agradeció íntimamente por su bondad hacia Edward, aunque no podía evitar sonreír ante la manera en que era expresada.

-Si tan sólo hubiese hecho por sí mismo -dijo John Dashwood- lo que sus amigos estaban dis­puestos a hacer por él, estaría ahora en la situa­ción que le corresponde y nada le habría faltado. Pero tal como son las cosas, ayudarlo está fuera del alcance de nadie. Y hay algo más que se está preparando en su contra, peor que todo lo ante­rior: su madre ha decidido, empujada por un esta­do de ánimo muy entendible, asignar de inmediato a Robert las mismas propiedades que, en las con­diciones- adecuadas, habrían sido de Edward. La dejé esta mañana con su abogado, hablando de este asunto.

-¡Bien! dijo la señora Jennings-, ésa es su venganza. Cada uno lo hace a su manera. Pero no creo que yo me vengaría dando independencia econó­mica a un hijo porque el otro me había fastidiado.

Marianne se levantó y salió de la habitación.

-¿Puede haber algo más mortificante para el espíritu de un hombre -continuó John- que ver a su hermano menor dueño de una propiedad que podría haber sido suya? ¡Pobre Edward! Lo com­padezco sinceramente.

Tras algunos minutos más entregado al mis­mo tipo de expansiones, terminó su visita; y ase­gurándoles repetidas veces a sus hermanas que no había ningún peligro grave en la indisposición de Fanny y que, por lo tanto no debían preocu­parse por ella, se fue, dejando a las tres damas con unánimes sentimientos sobre los sucesos del momento, al menos en lo que tocaba a la con­ducta de la señora Ferrars, la de los Dashwood y la de Edward.
La indignación de Marianne estalló no bien su hermano dejó la habitación; y como su vehemen­cia hacía imposible la discreción de Elinor e inne­cesaria la de la señora Jennings, las tres se unieron en una muy animada crítica de todo el grupo.

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