viernes, 31 de mayo de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XXXVIII

La señora Jennings elogió cálidamente la conducta de Edward, pero sólo Elinor y Marianne compren­dían el verdadero mérito de ella. Unicamente ellas sabían qué escasos eran los incentivos que podían haberlo tentado a la desobediencia, y cuán poco consuelo, más allá de la conciencia de hacer lo co­rrecto, le quedaría tras la pérdida de sus amigos y su fortuna. 
Elinor se enorgullecía de su integridad; y Marianne le perdonaba todas sus ofensas por compasión ante su castigo. Pero aunque el haber salido todo a la luz les devolvió la confianza que siempre había existido entre ellas, no era un tema en el que ninguna de las dos quisiera detenerse demasiado cuando se encontraban a solas. Elinor lo evitaba por principio, pues advertía lo mucho que tendía a transformársele en una idea fija con las demasiado entusiastas y positivas certezas de Marianne, esto es, su creencia en que Edward la seguía queriendo, un pensamiento del cual ella más bien deseaba desprenderse; y el valor de Marianne pronto la abandonó al intentar conversar sobre un tema que cada vez le producía una mayor insatis­facción consigo misma, puesto que necesariamen­te la llevaba a comparar la conducta de Elinor con la suya propia.
Sentía todo el peso de la comparación, pero no como su hermana había esperado, incitándola ahora a hacer un esfuerzo; lo sentía con el dolor de un continuo reprocharse a sí misma, lamentaba con enorme amargura no haberse esforzado nun­ca antes, pero ello sólo le traía la tortura de la pe­nitencia sin la esperanza de la reparación. Su espíritu se había debilitado a tal grado que toda­vía se sentía incapaz de ningún esfuerzo, y así lo único que lograba era desanimarse más.
Durante uno o dos días no tuvieron ninguna otra noticia de los asuntos de Harley Street o de Bartlett's Buildings. Pero aunque ya sabían tanto del tema que la señora Jennings podría haber estado suficientemente ocupada en difundirlo sin tener que averiguar más, desde un comienzo ésta había de­cidido hacer una visita de consuelo e inspección a sus primas tan pronto como pudiera; y nada sino el verse estorbada por más visitas que lo habitual le había impedido cumplirlo en el plazo transcu­rrido.
Al tercer día tras haberse enterado de los por­menores del asunto, el clima fue tan agradable, un domingo tan hermoso, que muchos se dirigieron a los jardines de Kensington, aunque recién corría la segunda semana de marzo. La señora Jennings y Elinor estaban entre ellos; pero Marianne, que sabía que los Willoughby estaban de nuevo en la ciudad y vivía en constante temor de encontrarlos, prefirió permanecer en casa antes que aventurarse a ir a un lugar tan público.
Poco después de haber llegado al parque, se les unió y siguió con ellas una íntima amiga de la señora Jennings, a la cual ésta dirigió toda su con­versación; Elinor no lamentó esto en absoluto, por­que le permitió dedicarse a pensar tranquilamente.
No vio ni trazas de los Willoughby o de Edward, y durante algún rato de nadie que de una u otra forma, grata o ingrata, le fuera interesante. Pero al final, y con una cierta sorpresa de su parte, se vio abordada por la señorita Steele, quien, aunque con algo de timidez, se manifestó encantada de haber­se encontrado con ellas, y a instancias de la muy gentil invitación de la señora Jennings, dejó por un momento a su propio grupo para unírseles. De in­mediato, la señora Jennings se dirigió a Elinor en un susurro:

-Sáquele todo, querida. A usted la señorita Steele le contará cualquier cosa con sólo pregun­társelo. Ya ve usted que yo no puedo dejar a la señora Clarke.
Afortunadamente para la curiosidad de la se­ñora Jennings, sin embargo, y también la de Eli­nor, la señorita Steele contaba cualquier cosa sin necesidad de que le hicieran preguntas, porque de otra forma no se habrían enterado de nada.

-Me alegra tanto haberla encontrado -le dijo a Elinor, tomándola familiarmente del brazo-, porque más que nada en el mundo quería verla. -Y lue­go, bajando la voz-: Supongo que la señora Jen­nings ya sabrá todo. ¿Está enojada?
-En absoluto, según creo, con ustedes.
-Qué bueno. Y lady Middleton, ¿está ella eno­jada?
-No veo por qué habría de estarlo.
-Me alegra terriblemente escucharlo. ¡Dios san­to! ¡Lo he pasado tan mal con esto! En toda mi vida había visto a Lucy tan furiosa. Primero juró que nunca más volvería a arreglarme ninguna toca nue­va ni jamás haría ninguna otra cosa por mí; pero ahora ya se ha aplacado y estamos tan amigas como siempre. Mire, anoche le hizo este lazo a mi sombrero y le colocó la pluma. Ya, ahora también us­ted se va a reír de mí. Pero, ¿por qué no había yo de usar cintas rosadas? A mí no me importa si es el color favorito del reverendo. Por mi parte, es­toy segura de que nunca habría sabido que sí lo prefería por sobre todos los demás, de no ser por­que a él se le ocurrió decirlo. ¡Mis primas me han estado fastidiando tanto! Créame, a veces no sé qué hacer cuando estoy con ellas.
Se había desviado a un tema en el cual Elinor no tenía nada que decir, y así pronto juzgó conve­niente ver cómo volver al primero.

-Y bueno, señorita Dashwood -su tono era triunfante-, la gente puede decir lo que quiera res­pecto de que el señor Ferrars haya decidido ter­minar con Lucy, porque no hay tal, puede creerme; y es una vergüenza que se hagan correr tan odio­sos rumores. Sea lo que fuere que Lucy piense al respecto, usted sabe que nadie tenía por qué afir­marlo como algo cierto.

-Le aseguro que no he escuchado a nadie in­sinuar tal cosa =-dijo Elinor.

-¿Ah no? Pero sé muy bien que sí lo han di­cho, y más de una persona; porque la señorita Godby le dijo a la señorita Sparks que nadie en su sano juicio podría esperar que el señor Ferrars renunciara a una mujer como la señorita Morton, dueña de una fortuna de treinta mil libras, por Lucy Steele, que no tiene nada en absoluto; y lo escu­ché de la misma señorita Sparks. Y además, tam­bién mi primo Richard dijo que temía que cuando hubiera que poner las cartas sobre la mesa, el se­ñor Ferrars desaparecería; y cuando Edward no se nos acercó en tres días, yo misma no sabía qué creer; pensaba para mí que Lucy lo daba por per­dido, pues nos fuimos de la casa de su hermano el miércoles y no lo vimos en todo el jueves, vier­nes y sábado, y no sabíamos qué había sido de él. En un momento Lucy pensó escribirle, pero luego su espíritu se rebeló ante la idea. No obstante, él apareció hoy en la mañana, justo cuando volvía­mos de la iglesia; y allí supimos todo: cómo el miér­coles le habían pedido ir a Harley Street y su madre y todos los demás le habían hablado, y cómo él había declarado ante todos que sólo amaba a Lucy y que no, se casaría con nadie sino con Lucy. Y cómo había estado tan preocupado por lo ocurri­do, que junto con salir de la casa de su madre ha­bía montado en su caballo y se había dirigido a no sé qué lugar en el campo; y cómo se había que­dado en una posada todo el jueves y el viernes, para imaginar qué hacer. Y tras pensar una y otra vez todo el asunto, dijo que le parecía que ahora que no tenía fortuna, que no tenía nada en abso­luto, sería una maldad pedirle a Lucy que mantu­viera el compromiso, porque con ello saldría perdiendo, dado que él sólo tenía dos mil libras y ninguna esperanza de nada más; y si él iba a to­mar las órdenes religiosas, como en ocasiones ha­bía pensado hacer, no obtendría nada sino una parroquia, y, ¿cómo iban a vivir con eso? No so­portaba pensar que a ella no le fuera mejor en la vida, así que le imploró, si ello le importaba aun­que fuera un poco, poner término de inmediato a todo el asunto y dejar que él se las ingeniara por sí mismo. Todo esto se lo escuché decir con abso­luta claridad. Y fue completamente por el bien de ella, y pensando en ella, no en él, que habló de terminar el compromiso. Puedo jurar que nunca dijo una sílaba respecto de estar cansado de ella o desear casarse con la señorita Morton o nada que se le parezca. Pero, en todo caso, Lucy no quiso prestar oído a palabras tan bondadosas, y así le dijo de inmediato (con mucha dulzura y amor, ya sabe, todo eso... ¡Uy!, una no puede repetir esas cosas, ya sabe)... le dijo de inmediato que no tenía nin­guna intención de romper el compromiso, porque podía vivir con él con una nada, y por poco que fuera lo que él tenía, ella se contentaría con eso, o algo así. Entonces él se alegró horrores, y habla­ron durante un rato acerca de lo que debían ha­cer, y estuvieron de acuerdo en que él tomara las órdenes de inmediato y en que debían postergar su boda hasta que él pudiera obtener un benefi­cio. Y justo en ese momento no pude seguir escu­chando, porque mi prima me llamó desde abajo para decirme que la señora Richardson había lle­gado en su coche y llevaría a una de nosotras a los jardines de Kensington; así que me vi obligada a entrar en la habitación e interrumpirlos para pre­guntarle a Lucy si deseaba ir, pero no quería dejar a Edward; así que corrí arriba y me puse un par de medias de seda, y me vine con los Richardson.

-No entiendo bien qué quiere decir con eso de interrumpirlos -dijo Elinor-; ustedes estaban en la misma habitación, ¿o no?

-¡Por supuesto que no! ¡Vaya, señorita Dashwood! ¿Acaso piensa que la gente se dice palabras de amor cuando hay alguien más presente? ¡Pero, cómo se le ocurre! Estoy segura de que usted sabe de eso mucho más que yo -dijo riendo de manera afectada-. No, no; estaban encerrados en la sala, y todo lo que oí fue sólo escuchando a través de la puerta.

-¡Cómo! -exclamó Elinor-. ¿Me ha estado repi­tiendo cosas de las que se enteró únicamente es­cuchando a través de la puerta? Lamento no haberlo sabido antes, pues de ninguna manera habría acep­tado que me comunicara pormenores de una con­versación que usted misma no debía conocer. ¿Cómo pudo proceder tan mal con su hermana?

-¡Pero no! Qué problema va a haber con eso. Me limité a pararme junto a la puerta y a escuchar todo lo que podía. Y estoy segura de que Lucy ha­bría hecho lo mismo conmigo, porque hace uno o dos años, cuando Martha Sharpe y yo compartía­mos tantos secretos, ella no tenía empacho en es­conderse en un armario, o tras la pantalla de la chimenea, para escuchar lo que conversábamos.

Elinor intentó cambiar de tema, pero era im­posible alejar a la señorita Steele por más de un par de minutos de lo que ocupaba el primer lugar en su mente.

-Edward habla de irse pronto a Oxford -dijo-, pero por el momento está alojado en el N° ... de Pall Mall. Qué mala persona es su madre, ¿no? ¡Y su hermano y su cuñada tampoco fueron muy ama­bles! Pero no le voy a hablar a usted en contra de ellos; y con todo, nos enviaron a casa en su pro­pio carruaje, lo que fue más de lo que yo espera­ba. Y por mi parte, yo estaba aterrada de que su cuñada fuera a pedir que le devolviéramos los ace­ricos que nos había dado uno o dos días atrás; pero nada se dijo sobre ellos, y me cuidé de mantener el mío fuera de la vista de los demás. Edward dice que tiene que arreglar algunos asuntos en Oxford, así que debe ir allá por un tiempo; y después, ape­nas consiga a un obispo, se ordenará. ¡Qué curio­sidad me da saber qué parroquia le darán! ¡Dios bendito! -continuó con una risita tonta-, apostaría mi vida a que sé lo que dirán mis primas cuando lo sepan. Me dirán que le escriba al reverendo, para que le dé a Edward la parroquia de su nuevo be­neficio. Sé que lo harán; pero le digo que por nada del mundo haría tal cosa. “¡Ay!”, les diré directa­mente, “como pueden pensar tal cosa. Yo escribir­le al reverendo... ¡por favor!”

-Bueno -dijo Elinor-, es un alivio estar prepa­rada para lo peor. Ya tiene lista su respuesta.

La señorita Steele iba a continuar con el mis­mo tema, pero la proximidad del grupo con el que había venido la obligó a cambiarlo.

-¡Ay! Ahí vienen los Richardson. Tenía mucho más que contarle, pero tengo que ir a reunirme con ellos ya. Le aseguro que son personas muy distin­guidos. El hace horrores de dinero, y tienen su pro­pio carruaje. No tengo tiempo de hablar personal­mente a la señora Jennings, pero por favor dígale que estoy muy contenta de saber que no está eno­jada con nosotras, y lo mismo respecto de lady Middleton; y si ocurriese cualquier cosa que las obligara a usted y a su hermana a alejarse, y la se­ñora Jennings quisiese compañía, tenga plena se­guridad de que estaríamos felices de quedamos con ella durante todo el tiempo que quisiera. Supongo que lady Middleton no nos volverá a invitar esta temporada. Adiós; lamento que no estuviera acá la señorita Marianne. Déle mis más afectuosos recuer­dos. ¡Vaya, si está usted usando su vestido de mu­selina a lunares! ¿Acaso no temía rasgarlo?
Tal fue su preocupación al separarse, pues tras haberlo dicho, sólo tuvo tiempo de presentar sus respetos y despedirse de la señora Jennings antes de que la señora Richardson reclamara su compa­ñía; y así, Elinor quedó en posesión de informa­ción que serviría de alimento a sus reflexiones durante algún tiempo, aunque no se había entera­do de casi nada que ya no hubiera previsto y su­puesto por sí misma. El matrimonio de Edward y Lucy estaba tan firmemente decidido y la fecha en que tendría lugar tan absolutamente imprecisa como ella creía que estarían; según lo había espe­rado, todo dependía de ese cargo que, hasta el momento, parecía no tener posibilidad alguna de obtener.

Tan pronto estuvieron de vuelta en el carruaje, la señora Jennings se manifestó ansiosa de infor­mación; pero como Elinor deseaba difundir lo me­nos posible aquella que, en primer lugar, había sido obtenida de manera tan poco leal, se limitó a una sucinta repetición de esos simples pormenores que estaba segura que Lucy, por su propio interés, de­searía se hicieran públicos. La continuidad de su compromiso y los medios que utilizarían para lle­varlo a buen término fue todo lo que contó; y esto llevó a la señora Jennings a la siguiente y muy na­tural observación:

-¡Esperar hasta que consiga un beneficio! Cla­ro, todos sabemos cómo va a terminar eso: espe­rarán un año, y viendo que así no consiguen nada, se acomodarán en una parroquia de cincuenta li­bras anuales, más los intereses de las dos mil li­bras de él y lo poco que el señor Steele y el señor Pratt puedan darle a ella. ¡Y después tendrán un hijo cada año! ¡Y Dios los libre, qué pobres serán! Tengo que ver qué puedo darles para ayudarlos a instalar su casa. Dos doncellas y dos criados decía yo el otro día... ¡qué va! No, no, deben conseguir­se una chica fuerte para todo servicio. La hermana de Betty de ninguna manera les serviría ahora.
A la mañana siguiente le llegó a Elinor una carta por correo, de la misma Lucy. Decía como sigue:
Bartlett's Building, marzo
Espero que mi querida señorita Dashwood me perdone la libertad que me he tomado al escribirle; pero sé que sus sentimientos de amis­tad hacia mí harán que le complazca saber tan buenas noticias de mí y mi querido Edward, tras todos los problemas que debimos enfren­tar el último tiempo; por tanto, no me excusa­ré más y procederé a decirle que, ¡gracias a Dios!, aunque hemos sufrido atrozmente, aho­ra estamos muy bien y tan felices como siem­pre deberemos estar, por nuestro mutuo amor. Hemos enfrentado grandes pruebas y grandes persecuciones, pero, al mismo tiempo, debe­mos agradecer a muchos amigos, entre los cua­les usted ocupa uno de los lugares más importantes, cuya gran bondad recordaré siem­pre con toda mi gratitud, al igual que Edward, a quien le he hablado de ella. Estoy segura de que tanto a usted como a la querida señora Jen­nings les alegrará saber que ayer en la tarde pasé dos felices horas junto a él, que él no que­ría oír hablar de separamos, aunque yo, pen­sando que era mi deber hacerlo, insistí en ello en aras de la prudencia, y me habría separado de él en ese mismo momento, de haberlo él aceptado; pero me dijo que ello no ocurriría jamás, no le importaba el enojo de su madre mientras contara con mi afecto; nuestras pers­pectivas no son muy brillantes, a decir verdad, pero debemos esperar y confiar en que ocurra lo mejor; muy pronto se ordenará, y si estu­viera en su poder recomendarlo a quienquiera tenga un beneficio que otorgar, estoy segura de que no nos olvidará, y la querida señora Jen­nings también, confiamos en que intercederá por nosotros ante sir John o el señor Palmer, o cualquier amigo que pueda ayudamos. La po­bre Anne ha tenido mucha culpa en todo esto por lo que hizo, pero lo hizo con las mejores intenciones, así que no digo nada; espero que no sea un gran problema para la señora Jen­nings pasar a visitamos, si alguna mañana vie­ne por estos lados;, sería muy amable si lo hiciera, y mis primas estarían orgullosas de co­nocerla. El papel en que escribo me recuerda que ya debo terminar, rogándole que le pre­sente mis más agradecidos y respetuosos re­cuerdos, lo mismo que a sir John y lady Middleton, y a los queridos niños, cuando ten­ga oportunidad de verlos, y mi amor para la señorita Marianne, quedo, etc., etc.

Tan pronto Elinor terminó de leer la carta, lle­vó a cabo lo que, según sus conclusiones, era el verdadero objetivo de quien la había escrito, y la colocó en manos de la señora Jennings, que la leyó en voz alta con profusos comentarios de satisfac­ción y alabanza.

-¡Pero qué bien! ¡Y qué bonito escribe! Sí, pues, eso fue muy correcto, liberarlo del compromiso si él así lo quería. Eso fue muy propio de Lucy. ¡Po­bre criatura! Con todo el corazón querría poder con­seguirle un beneficio... Mire, me llama querida señora Jennings. Es una de las mejores muchachas que existe... Muy bien, le digo. Esa frase está muy bien armada. Sí, sí, por supuesto que iré a verla. ¡Qué atenta, piensa en todo el mundo! Gracias, que­rida, por mostrármela. Es una de las cartas más bo­nitas que yo haya visto, y habla muy bien de la inteligencia y los sentimientos de Lucy.

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