viernes, 12 de julio de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLI

Después de haber ido a agradecer al coronel Bran­don, Edward se dirigió a casa de Lucy con su feli­cidad a cuestas; y ésta era tan grande cuando llegó a Bartlett's Buildings, que al día siguiente la joven pudo asegurarle a la señora Jennings, que la había ido a visitar para felicitarla, que nunca antes en toda su vida lo había visto tan contento.
Por lo menos la felicidad de Lucy y su estado de ánimo no dejaban lugar a dudas, y con gran entusiasmo se unió a la señora Jennings en sus expectativas de un grato encuentro en la rectoría de Delaford antes del día de san Miguel. Al mis­mo tiempo, estaba tan lejos de negar a Elinor el crédito que Edward le daría, que se refirió a su amistad por ambos con la más entusiasta gratitud, estaba pronta a reconocer cuánto le debían, y de­claró abiertamente que ningún esfuerzo, presente o futuro, que realizara la señorita Dashwood en bien de ellos la sorprendería, puesto que la creía capaz de cualquier cosa por aquellos a quienes realmente apreciaba. 
En cuanto al coronel Bran­don, no sólo estaba dispuesta a adorarlo como a un santo, sino que, más aún, verdaderamente de­seaba que en todas las cosas terrenales se lo tra­tara como tal; deseaba que las contribuciones que recibía aumentaran al máximo; y secretamente decidió que, una vez en Delaford, se valdría lo más posible de sus criados, su carruaje, sus vacas y sus gallinas.

Había transcurrido ya una semana desde la vi­sita de John Dashwood a Berkeley Street, y como desde entonces no habían tenido ninguna noticia sobre la indisposición de su esposa más allá de una averiguación verbal, Elinor comenzó a sentir que era necesario hacerle una visita. Sin embargo, tal obligación no sólo iba en contra de sus propias in­clinaciones, sino que, además, no encontraba nin­gún estímulo en sus compañeras. Marianne, no satisfecha con negarse absolutamente a ir, inten­tó con todas sus fuerzas impedir que fuera su her­mana; y en cuanto a la señora Jennings, aunque su carruaje estaba siempre al servicio de Elinor, era tanto lo que le disgustaba la señora de John Dashwood, que ni la curiosidad de ver cómo esta­ba tras el tardío descubrimiento, ni su intenso de­seo de agraviarla tomando partido por Edward, pudieron vencer su renuencia a estar de nuevo en su compañía. Como resultado, Elinor partió sola a una visita que nadie podía tener menos deseos de hacer, y a correr el riesgo de un tête-à-tête con una mujer que a nadie podía desagradarle con más motivos que a ella.
Le dijeron que la señora Dashwood no estaba; pero antes de que el carruaje pudiera devolverse, por casualidad salió su esposo. Manifestó gran pla­cer en encontrarse con Elinor, le dijo que en ese momento iba a visitarlas a Berkeley Street, y ase­gurándole que Fanny estaría feliz de verla, la invi­tó a entrar.
Subieron hasta la sala. No había nadie allí.

-Supongo que Fanny está en su habitación -le dijo-; iré a buscarla de inmediato, porque estoy se­guro de que no tendrá ningún inconveniente en verte a ti ... lejos de ello, en realidad. Especialmen­te ahora... pero, de todos modos, tú y Marianne siempre fueron sus favoritas. ¿Por qué no vino Ma­rianne?
Elinor la disculpó lo mejor que pudo.

-No lamento verte a ti sola -replicó él-, por­que tengo mucho que hablar contigo. Este beneficio del coronel Brandon, ¿es verdad? ¿Realmente se lo ha ofrecido a Edward? Lo escuché ayer por ca­sualidad, e iba a verte con el propósito de averi­guar más sobre ello.

-Es completamente cierto. El coronel Brandon le ha dado el beneficio de Delaford a Edward.

-¿Es posible? ¡Qué increíble! ¡No hay ninguna relación, ningún parentesco entre ellos! ¡Y ahora que los beneficios se negocian a un precio tan alto! ¿Cuánto da éste?

-Cerca de doscientas libras al año.

-Muy bien, y para la siguiente postulación a un beneficio de ese valor, suponiendo que el último titular haya sido viejo y de mala salud, y lo fuera a dejar vacante luego, podría haber conseguido, digamos, mil cuatrocientas libras. ¿Y cómo es po­sible que no arreglara ese asunto antes de que mu­riera esta persona? Por supuesto, ahora es muy tarde para venderlo, ¡pero alguien con el juicio del coronel Brandon! ¡Me extraña que haya sido tan poco previsor en algo por lo que es tan usual, tan natural preocuparse! Bien, estoy convencido de que casi todos los seres humanos tienen enormes in­congruencias. Pensando en ello, sin embargo, su­pongo que esto puede ser lo que ha ocurrido: Edward mantendrá el beneficio hasta que la per­sona a quien el coronel realmente ha vendido la postulación tenga la edad suficiente para hacerse cargo de él. Sí, sí, es lo que ha ocurrido, puedes estar segura.

Elinor lo contradijo, sin embargo, terminante­mente; y lo obligó a aceptar su autoridad en la ma­teria contándole que el coronel Brandon le había encomendado a ella transmitir su ofrecimiento a Edward y, por tanto, tenía que entender bien los términos en que había sido hecho.

-¡Es en verdad asombroso! -exclamó él, des­pués de escuchar sus palabras-. ¿Y qué motivo ha­brá tenido el coronel para hacerlo?

-Uno muy sencillo: ayudar al señor Ferrars.

-Bien, bien; sea lo que fuere el coronel Bran­don, ¡Edward Ferrars es un hombre afortunado! Sin embargo, no le menciones a Fanny este asunto; porque aunque lo ha sabido por mí y lo ha toma­do bastante bien, no querrá oír hablar mucho de ello.

En este punto le costó algo a Elinor refrenarse de observar que, a su parecer, Fanny bien podría haber sobrellevado con compostura la adquisición de un capital por parte de su hermano a través de medios que no significaban un empobrecimiento ni para ella ni para su hijo.

-La señora Ferrars -añadió él, bajando la voz a un tono acorde con la importancia del tema­ hasta ahora no sabe nada de esto, y creo que será mejor ocultárselo mientras sea posible. Cuando se realice la boda, temo que deberá enterarse de todo.

-Pero, ¿por qué habría de tomarse tales precau­ciones? Aunque no se debiera suponer que la se­ñora Ferrars pueda tener la menor satisfacción al saber que su hijo tiene el dinero suficiente para vi­vir... tal cosa sería impensable; pero, ¿por qué, des­pués de lo que hizo, debe suponerse que a ella le importe algo? Ha terminado con su hijo, lo ha ex­pulsado de su lado para siempre y ha hecho que todos aquellos sobre quienes tiene influencia ha­gan lo mismo. Con toda seguridad, después de ha­ber hecho esto no es posible imaginarla capaz de sentir alguna pena o alegría relacionada con él..., no puede interesarle nada que le acontezca. ¡No será tan inconsistente como para despreocuparse del bienestar de un hijo, y luego seguir preocupán­dose por él como lo haría una madre!

-¡Ay, Elinor! -dijo John-. Tu razonamiento es bueno, pero en su base hay ignorancia de lo que es la naturaleza humana. Cuando se lleve a cabo la infortunada unión de Edward, no te quepa duda de que su madre sufrirá tanto como si nunca lo hubie­ra arrojado de su lado; por ello, mientras sea posi­ble, es necesario ocultarle todas las circunstancias que puedan adelantar ese terrible momento. La señora Ferrars nunca podrá olvidar que Edward es su hijo.

-Me sorprendes; habría creído que a estas al­turas ya casi se le había borrado de la memoria.

-Estás completamente equivocada. La señora Ferrars es una de las madres más afectuosas que existen.

Elinor guardó silencio.

-Ahora -dijo el señor Dashwood tras una bre­ve pausa-, estamos pensando que Robert se case con la señorita Morton.

Elinor, sonriendo ante el tono grave e impor­tantísimo de la voz de su hermano, le respondió muy tranquila:
-La dama, me imagino, no tiene opción en esto.
-¡Opción! ¿Qué quieres decir?

-Todo lo que quiero decir es que supongo, por tu forma de hablar, que a la señorita Morton le debe dar lo mismo casarse con Edward o con Robert.

-Por supuesto que no hay diferencia alguna; porque ahora Robert, para todos los efectos y pro­pósitos, será considerado el hijo mayor; y en lo de­más, ambos son jóvenes muy agradables... no he sabido que uno sea superior al otro.

Elinor no dijo nada más, y John también guar­dó silencio durante algunos instantes. Puso fin a sus reflexiones de la siguiente forma:

-De una cosa, mi querida hermana -le dijo to­mándole una mano cariñosamente y hablándole en un impresionante susurro-, puedes estar segura: y te la haré saber, porque sé que te agradará. Tengo buenas razones para creer... 
en verdad, lo sé de la mejor fuente o no lo repetiría, porque en caso con­trario sería muy incorrecto mencionarlo... pero lo sé de la mejor fuente... 
no que se lo haya escu­chado decir exactamente a la misma señora Ferrars, pero su hija sí lo hizo, y ella me lo contó a mí... 
que, en resumen, más allá de las objeciones que pudo haber contra cierta... 
cierta unión... 
ya me entiendes... 
la señora Ferrars la habría preferido mil veces, no la habría molestado ni la mitad que ésta. Me sentí extremadamente contento de saber que lo veía desde esa perspectiva... 
una circunstancia muy gratificante, te imaginarás, para todos noso­tros. “No habría tenido punto de comparación”, dijo, “de dos males, el menor; y ahora estaría dis­puesta a transigir para que no ocurriese nada peor”. Pero todo eso está fuera de discusión: no hay que pensar en ello, ni mencionarlo; en lo referente a cualquier unión, ya lo sabes... 
no hay posibilidad alguna... todo eso ha terminado. 
Pero pensé con­tarte esto, porque sabía cuánto te complacería. No que tengas nada que lamentar, mi querida Elinor. No cabe duda de que lo estás haciendo muy bien... 
igual de bien o, si se toma en cuenta todo, quizá mejor... 
¿Has estado con el coronel Brandon aho­ra último?
Elinor había escuchado lo suficiente si no para gratificar su vanidad y elevar su autoestima, para agitar sus nervios y hacerla pensar; y le alegró, por tanto, que la entrada del señor Ferrars la salvara de tener que responder a tanta cosa y del peligro de escuchar más a su hermano. Tras charlar durante algunos momentos, John Dashwood, recor­dando que aún no había informado a Fanny sobre la presencia de su hermana, abandonó la habita­ción en su búsqueda. 
Y Elinor quedó allí con la tarea de mejorar su relación con Robert, el cual, con su alegre despreocupación, con la satisfecha autocomplacencia que le permitía disfrutar de un tan injusto reparto del amor y de la generosidad de su madre en perjuicio de su hermano exclui­do... amor y generosidad de los que se había he­cho merecedor tan sólo por su propia vida disipada y la integridad de ese hermano, confirmaba a Eli­nor en su más desfavorable opinión sobre su inte­ligencia y sentimientos.
Apenas habían estado dos minutos a solas cuan­do él empezó a hablar de Edward, pues también había sabido del beneficio e hizo muchas pregun­tas al respecto. Elinor repitió los detalles que ya le había comunicado a John, y el efecto que tuvie­ron en Robert, aunque muy diferente, no fue me­nos fuerte. Se rió sin ninguna moderación. La idea de Edward transformado en clérigo y viviendo en una pequeña casa parroquial lo divertía sin lími­tes; y cuando a ello agregó la fantástica visión de Edward leyendo plegarias vestido con una sobre­pelliz blanca y haciendo las amonestaciones públi­cas del matrimonio de John Smith y Mary Brown, no pudo imaginarse nada más ridículo.
Elinor, en tanto, aguardaba en silencio y con imperturbable gravedad, el fin de tales necedades, sin poder evitar que sus ojos se clavaran en él con una mirada que mostraba todo el desprecio que le infundía. Era una mirada, sin embargo, muy bien dirigida, porque alivió sus sentimientos sin darle a entender nada a él. Cuando él dejó de lado sus comentarios ingeniosos, no lo hizo llevado por ningún reproche de ella, sino por su propia sen­sibilidad.

-Podemos bromear al respecto -dijo finalmen­te, recuperándose de las risas afectadas que habían alargado considerablemente la genuina alegría del momento-, pero, a fe mía, es algo muy serio. ¡Po­bre Edward! Está arruinado para siempre. Lo lamen­to enormemente, porque sé que es una criatura de muy buen corazón, tan bien intencionado como el que más. No debe juzgarlo, señorita Dashwood, basándose en lo poco que lo conoce. ¡Pobre Ed­ward! Es cierto que sus modales no son de lo más felices. Pero ya se sabe que no todos nacemos con las mismas capacidades, con el mismo porte. ¡Po­bre muchacho! ¡Imaginarlo entre extraños! ¡Qué cosa lamentable! Pero a fe mía que es de tan gran corazón como el mejor del reino; y le digo y le aseguro que nada me ha sacudido nunca tanto como esto que ha ocurrido. No podía creerlo. Mi madre fue la primera en decírmelo, y yo, sintien­do que debía actuar con decisión, de inmediato le dije: “Mi querida señora, no sé qué se propone ha­cer en estas circunstancias, pero en cuanto a mí, debo decirle que si Edward se casa con esta jo­ven, yo no lo volveré a mirar nunca más”. Eso fue lo que le dije de inmediato... ¡me sentía escandali­zado más allá de todo lo imaginable! ¡Pobre Ed­ward! ¡Se ha hundido por completo! ¡Se ha marginado para siempre de toda sociedad decen­te! Pero mientras se lo decía directamente a mi ma­dre, no me extrañaba en absoluto; es lo que se podía esperar de la educación que recibió. Mi po­bre madre casi enloqueció.

-¿Ha visto alguna vez a la joven?

-Sí, una vez, cuando estaba alojada en esta casa. Me había dejado caer por unos diez minutos, y me bastó con lo que vi de ella. Una simple muchacha pueblerina, desmañada, sin estilo ni ele­gancia, y casi sin ningún atractivo. La recuerdo per­fectamente. Justo el tipo de muchacha que habría creído capaz de cautivar al pobre Edward. Apenas mi madre me contó todo el asunto, de inmediato me ofrecí a hablarle, a disuadirlo de la unión; pero, según pude darme cuenta, ya era demasiado tar­de para hacer algo, pues por desgracia no estuve ahí en los primeros momentos y no supe nada de lo ocurrido hasta después de la ruptura, cuando, ya sabe usted, no me correspondía interferir. Pero si se me hubiera informado unas pocas horas an­tes, probablemente habría podido hacer algo. De todas maneras le habría hecho ver las cosas a Edward con toda claridad. “Mi querido amigo”, le habría dicho, “piensa en lo que haces. Estás com­prometiéndote en la más desafortunada unión, que toda tu familia desaprueba de manera unánime”. En fin, no puedo evitar pensar que habría encon­trado alguna manera de lograrlo. Pero ahora es de­masiado tarde. Debe estar muerto de hambre, sabe usted; con toda seguridad, absolutamente muerto de hambre.
Acababa de plantear este punto con gran com­postura cuando la llegada de la señora de John Dashwood puso fin al tema. Pero aunque ésta nun­ca lo mencionaba fuera de su propia familia, Elinor pudo ver cómo influía en su mente, visible en ese algo como expresión confundida que tenía al en­trar y en un intento de cordialidad en su trato ha­cia ella. 
Incluso llegó tan lejos como mostrarse afectada por el hecho de que Elinor y su hermana dejarían tan pronto la ciudad, y había confiado en verlas más; un esfuerzo en el cual su marido, que la había acompañado a la habitación y seguía cada una de sus palabras con aire enamorado, parecía encontrar todo lo que hay de más afectuoso y agra­ciado.

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