jueves, 25 de julio de 2013

SENTIDO Y SENSIBILIDAD XLII

Otra corta visita a Harley Street, en la cual Elinor recibió las felicitaciones de su hermano por viajar hasta Barton sin incurrir en ningún gasto y por el hecho de que el coronel Brandon podría seguirlas a Cleveland en uno o dos días, completó el con­tacto de hermano y hermanas en la ciudad; y una débil invitación de Fanny a que fueran a Norland siempre que llegaran a pasar por ahí, que de to­das las cosas posibles era la menos probable, jun­to a una promesa más cálida, aunque menos pública, de John a Elinor respecto de una pronta visita a Delaford, fue todo lo que se dijo respecto de un futuro encuentro en el campo.
Divertía a Elinor observar que todos sus ami­gos parecían decididos a enviarla a Delaford, de todos los lugares, precisamente el que ahora me­nos querría visitar o el último en que desearía vi­vir; pues no sólo su hermano y la señora Jennings lo consideraban su futuro hogar, sino que incluso Lucy, al despedirse, la invitó insistentemente a que la visitara allí.
En los primeros días de abril, y en las prime­ras horas de la mañana, aunque tolerablemente temprano, los dos grupos, provenientes de Hanover Square y de Berkeley Street, salieron desde sus res­pectivos hogares para encontrarse en el camino, según lo habían convenido. Para comodidad de Charlotte y de su hijo echarían más de dos días en el viaje, y el señor Palmer, moviéndose de manera más expedita con el coronel Brandon, se les uni­ría en Cleveland poco después.
Marianne, aunque escasas habían sido las ho­ras gratas pasadas en Londres y ansiosa como es­taba desde hacía tanto por alejarse de allí, llegado el momento no pudo evitar una gran pena al de­cir adiós a la casa donde por última vez había dis­frutado de aquellas esperanzas y aquella confianza en Willoughby que ahora se habían apagado para siempre. Tampoco pudo abandonar el lugar en que Willoughby se entregaba a nuevos compromisos y a nuevos planes en los que ella no tendría parte alguna, sin derramar copiosas lágrimas.
La satisfacción de Elinor en el momento de la partida fue más real. Nada había en Londres que entretuviera sus pensamientos y permaneciera en sus recuerdos; a nadie dejaba atrás de quien sepa­rarse para siempre le significara ni un instante de pena; le alegraba liberarse de la persecución de la amistad de Lucy; estaba agradecida por alejar de allí a su hermana sin que se hubiese encontrado con Willoughby desde su matrimonio, y tenía pues­tas sus esperanzas en lo que unos pocos meses de tranquilidad en Barton podrían hacer para devol­ver la paz de espíritu a Marianne, y afianzar la suya propia.

El viaje transcurrió sin contratiempos. El segun­do día los llevó al querido, o repudiado, condado de Somerset, que así aparecía por turnos en la ima­ginación de Marianne; y en la mañana del tercer día llegaron a Cleveland.
Cleveland era una casa amplia, de moderna construcción, ubicada en la pendiente de una loma cubierta de pasto. No tenía parque, pero los jardi­nes de agrado eran de buen tamaño; y como cual­quier otro lugar de la misma importancia, tenía su monte bajo y su alameda; por un camino de grava lisa que circundaba una plantación se llegaba al frontis de la casa; el césped estaba salpicado de árboles; la casa misma se erguía al amparo de abe­tos, serbales y acacias, y todos juntos, entrevera­dos con altos chopos lombardos, formaban una espesa barrera que ocultaba la vista de las depen­dencias.

Marianne entró en la casa con el corazón hen­chido de emoción por saberse a sólo ochenta mi­llas de Barton y a no más de treinta de Combe Magna; y antes de haber estado quince minutos entre sus muros, mientras los demás ayudaban a Charlotte, que deseaba mostrarle el niño al ama de llaves, salió de nuevo, escabulléndose por los si­nuosos senderos entre los arbustos que recién co­menzaban a reverdecer, para alcanzar un montículo distante; y allí, desde un templete griego, su mira­da, recorriendo una amplia zona de campiñas ha­cia el sudeste, pudo posarse tiernamente en las lejanas colinas recortadas contra el horizonte e ima­ginar que desde sus cumbres se alcanzaría a ver Combe Magna.
En tales momentos de preciosa, incomparable angustia, se embriagó en lágrimas de agonía por estar en Cleveland; y al volver por caminos dife­rentes a la casa, sintiendo el feliz privilegio de gozar de la libertad del campo, de deambular de un lugar a otro en una soberana y lujosa soledad, re­solvió entregarse la mayor parte de las horas de todos los días que permanecería con los Palmeral placer de estos vagabundeos solitarios.
Volvió justo a tiempo para unirse a los demás en el momento en que salían de la casa en una excursión por las inmediaciones; y el resto de la mañana pasó rápidamente mientras paseaban con toda calma por el huerto, examinando las enreda­deras en flor sobre los muros y escuchando al jar­dinero lamentarse por las plagas; recorrieron sin apuro el invernadero, donde la pérdida de sus plan­tas favoritas, incautamente expuestas _y quemadas por las heladas, hicieron reír a Charlotte; y visita­ron el corral de aves, donde encontró nuevos mo­tivos de regocijo en las rotas esperanzas de la moza: gallinas que abandonaban sus nidos, o se las ro­baba un zorro, o nidadas de prometedores pollue­los que morían antes de tiempo.
Como la mañana había estado hermosa y sin humedad en el aire, Marianne, con sus proyectos de pasar la mayor parte del tiempo afuera, no pen­só que el clima podría cambiar durante su perma­nencia en Cleveland. Fue una gran sorpresa, entonces, encontrar que una tenaz lluvia le impe­día salir después de la cena. Había confiado en un paseo vespertino al templete griego, y quizá por todo el lugar, y un anochecer nada más que frío o hú­medo no la habría disuadido; pero una lluvia densa y persistente ni siquiera a ella podía parecerle un clima seco y agradable para una caminata.
Los de la casa formaban un grupo pequeño, y las horas fueron pasando tranquilamente. La seño­ra Palmer tenía a su hijo y la señora Jennings sus bordados; hablaron de los amigos que habían de­jado atrás, organizaron los compromisos de lady Middleton y varias veces se preguntaron si el se­ñor Palmer y el coronel Brandon llegarían más allá de Reading esa noche. Elinor, aunque con escaso interés en la conversación, participaba en ella; y Marianne, que tenía el don de arreglárselas en cual­quier casa para llegar a la biblioteca, sin importar . cuánto la evitara la familia en general, muy pronto se agenció un libro.
La señora Palmer no escatimaba nada que su constante buen humor y espíritu amistoso pudie­ran ofrecer para que sus invitadas se sintieran bien acogidas. La franqueza y cordialidad de su trato más que compensaba por esa falta de compostura y ele­gancia que a menudo la hacía fallar en las forma­lidades de la cortesía; conquistaba con su afabilidad, acreditada por su rostro tan lindo; sus necedades, aunque evidentes, no desagradaban porque no era presuntuosa; y Elinor le habría podido perdonar cualquier cosa, salvo su risa.
La llegada de los dos caballeros al día siguien­te, a una cena muy tardía, aportó un grato aumen­to de la concurrencia y una muy bienvenida variación en las conversaciones, que una larga ma­ñana bajo la misma lluvia sostenida había reduci­do a niveles muy bajos.
Elinor había visto tan poco al señor Palmer, y en ese poco había visto tanta diversidad en su tra­to a su hermana y a ella misma, que no sabía qué esperar de él al encontrarlo en su propia familia. Lo que encontró, sin embargo, fue un comporta­miento perfectamente caballeroso hacia todos sus invitados, y sólo en ocasiones áspero con su es­posa y la madre de ella; lo encontró muy capaz de ser una grata compañía, y lo único que le im­pedía serlo siempre era una excesiva capacidad de sentirse tan superior a la gente en general como debía creerse con respecto de la señora Jennings y de Charlotte. En cuanto a los restantes aspectos de su carácter y hábitos, no mostraban, hasta don­de Elinor alcanzaba a percibir, ningún rasgo inusual en personas de su sexo y edad. Le gustaba una buena mesa, pero no solía llegar a la hora; quería a su hijo, pero fingía desdén; y haraganeaba en la mesa de billar durante las mañanas en vez de dedicarlas a los negocios. En conjunto, sin embargo, a Elinor le gustaba mucho más de lo que había es­perado, y en su corazón no lamentaba que no le pudiera gustar más: no lamentaba que la observa­ción de su epicureísmo, su egoísmo y su presun­ción la llevaran a descansar con gusto en el recuerdo del generoso temple de Edward, sus gus­tos simples y tímidos sentimientos.
En esos días Elinor tuvo noticias de Edward, o al menos de algunos sucesos relacionados con sus intereses, a través del coronel Brandon, que hacía poco había estado en Dorsetshire y que, dirigién­dose a ella al mismo tiempo como amiga desinte­resada del señor Ferrars y gentil confidente suya, le conversaba largamente sobre la rectoría de De­laford, describía sus deficiencias y- le contaba qué pensaba hacer para solucionarlas. Su comporta­miento hacia ella en esto, al igual que en todo lo demás; su sincero placer en verla tras una ausen­cia de tan sólo diez días; su disposición a conver­sar con ella y su respeto por sus opiniones, bien podían justificar que la señora Jennings estuviera convencida de que la quería, y quizá hasta habría bastado para que Elinor también lo sospechara si no creyera, como desde el comienzo, que Marian­ne seguía siendo su verdadera predilecta. Pero tal como eran las cosas, esa idea no se le habría pa­sado por la mente de no ser por las insinuaciones de la señora Jennings; y entre las dos, Elinor no podía evitar creerse mejor observadora: ella obser­vaba los ojos del coronel, en tanto la señora Jen­nings sólo pensaba en su comportamiento; y mientras sus miradas de ansiosa inquietud cuando Marianne comenzó a sentir los primeros síntomas de un fuerte resfrío manifestados en dolores de ca­beza y de garganta, al no estar expresadas en pa­labras escapaban completamente a la observación de la señora Jennings, ella podía descubrir en sus ojos los vivos sentimientos y la innecesaria alarma de un enamorado.

Dos deliciosas caminatas vespertinas al tercer y cuarto día de su estancia allí, no sólo por la gra­va seca entre los arbustos sino por todo el lugar, y especialmente por los rincones más alejados, don­de había algo más de vida silvestre que en el res­to, donde los árboles eran más añosos y la hierba más larga y húmeda, habían producido en Marianne -con la ayuda de la enorme imprudencia de que­darse con las medias y los zapatos mojados pues­tos- un resfrío tan violento que, aunque durante un día o dos ella intentó restarle importancia o ne­garlo, terminó por imponerse a través de malesta­res cada vez mayores, hasta no poder seguir siendo ignorado ni por ella misma ni por el interés de los demás. De todos lados le llovieron recetas que, como siempre, fueron rechazadas. Aunque se sen­tía débil y afiebrada, con los miembros adoloridos, tos y la garganta áspera, un buen sueño durante la noche la sanaría por completo; y fue con bas­tantes dificultades que Elinor pudo persuadirla, cuando se fue a la cama, de probar uno o dos de los remedios más sencillos.

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